jueves, 31 de diciembre de 2020

Memorias del fin del mundo

El 31 de diciembre de 1999, tomando el aperitivo en el bar Terra con Juanito y otros amigos, hubo alguien que propuso un brindis por el fin del mundo. Al parecer, esa noche, y debido al llamado efecto 2000, la vida, tal como la entendíamos entonces (¡atienda, Castells!), entraría en una suerte de colapso que aniquilaría a la humanidad. El Terra es un bar de borrachos donde el día en que el Madrid ganó la séptima, el paleta Trujillo (que vio el partido en el bar de al lado para evitar que, en caso de derrota, se le ciscaran los culés) entró como un miura a eso de las doce, se bajó los pantalones, se bajó los calzoncillos, se agarró la chorra y dijo: «¡Campeones de Europa, sí, hijos de puta, campeones de Europa!». Juanito y yo celebramos la bravata, pero no tanto como el hecho de que Trujillo llevara unos calzoncillos del Betis; «manque pierda», clamaban a la altura del paquete. Ése era, ay, el Terra, el garito del Chino (un poco a lo Makinavaja) en el que horas antes de que el siglo y la vida tocaran a su fin, nuestro cuñado de guardia nos animó a entrechocar los quintos por penúltima vez. La razón exacta, según mal recuerdo, era que los programadores de los misiles nucleares no habían tenido en cuenta los dos dígitos y, por consiguiente, a eso de las 00.15 empezarían a llover misiles Scud sobre Barcelona. Juanito aplacó el conato milenarista con su gracejo habitual: «Esta noche, el único misil que vas a ver dispararse es el tuyo, y eso con suerte». Tengo, en fin, cierta experiencia en armagedones. El de este año, ciertamente abrasador, se compone de estas palabras:

Boomer, slofie, racializar, gamificación, incel, cocooner, coronavirus, COVID-19, contagio, R0, letalidad, prevalencia, infodemia, pandemia, mascarilla, hidrogel, distancia, EPI, UCI, epidemiólogo, alarma (estado de), confinamiento, teletrabajo, zoom, muerte, ancianos, curva, triaje, residencias, pico, PCR, desescalar, rastreador, cuarentena, repunte, MoMo, martillo, danza, webinar, ERTE, Black-Lives-Matter, descolonización, brote, rebrote, vandalizar, madrileñofobia, reconfinamiento, cancelación, fosfina, antígeno, burbuja, perimetrar, presencial, allegado, vacuna. Madrid.

Como cada año, Patricia Jacas ha custodiado, alentado, sugerido, corregido y ampliado una lista que, como ocurre en las novelas colombianas, se me ha ido de las manos, y empieza a ser tan suya como mía.

The Objective, 31 de diciembre de 2020

jueves, 26 de noviembre de 2020

Ho visto Maradona


José María Minguella vio jugar a Maradona en el campo de Argentinos Juniors en 1977. No era a él a quien había ido a ojear, sino a Jorge López, un delantero al que quería colocar en el Burgos. Pero no hacía falta ser Minguella para reparar en aquel portento de 16 años (había debutado con 15) que llenaba de hinchas los tablones del viejo Bocayá. Como él mismo cuenta en Minguella leaks, sus decepcionantes memorias (el escamoteo se advierte desde el título), fue ver al crío y, al punto, negociar con el presidente de Argentinos, Próspero Consoli, un suboficial retirado de la Armada. De aquella Armada.

-No puede ser. Si acepto el traspaso me matan.

No pudo ser. Minguella cerró el acuerdo en 100.000 dólares y corrió a ofrecerlo al Barça, cuyo gerente, Jaume Rosell (el padre de Sandro, en efecto) declinó la oferta. Demasiado dinero para un adolescente, máxime en la era anterior a YouTube, siendo el único aval posible Minguella y sus propios ojos.

Nuestro agente volvió a la carga en el 78, con Núñez como presidente, y cuando parecía que lo tenía hecho, cuando ya había convencido a Núñez, a Maradona, a Consoli y a Grondona, topó con Carlos Lacoste, el militar que había estado a cargo de la organización del Mundial 78, evento para el que dilapidó unos 500 millones de dólares sin aportar una sola factura. Aquella Argentina.

Antes de la entrevista con el milico, Consoli dio ánimos a Minguella. Él mismo les cuenta cómo transcurrió:

"Me recibió un soldado en unas instalaciones militares del todo lúgubres. Tras atravesar un pasillo casi sin luz, en un cuartucho, me esperaba Lacoste, que me dijo que el jugador no podía irse del país. '¡La patria lo necesita!'."

En 1979, vencida esa resistencia, las negociaciones parecen prosperar. Minguella arrastra a Wembley a Núñez, Casaus y Gaspart con ocasión de un Inglaterra-Argentina y, al fin, los mandamases atisban un destello de genialidad. Ah, pero la vida, esa cruzada inverosímil, obliga a un paréntesis. 

"En Londres vivimos una situación especial. Coincidimos en el hotel en que nos alojábamos con el popular cantante Demis Roussos y Núñez me dijo que quería conocerlo. Hablé con el griego y no hubo problemas."

(Desde entonces, Minguella es para mí el hombre que presentó a Núñez a Demis Roussos, una de esas escenas tipo el día en que Albano y Romina pararon en Los Checas que mi amigo Rafa Lahuerta lleva prendidas en la solapa.)

Con todo, lo que más me llamó la atención del relato de Mingui fue lo siguiente:

"El partido, por cierto, lo ganó Inglagerra 3-1. Maradona marcó de penalti y Kevin Keegan hizo dos goles, aunque el recuerdo de aquel encuentro fue una jugada tremenda de Maradona, preludio de la que le hizo a los ingleses en México, en que dribló a medio equipo y no fue gol de milagro."

Una decantación biográfica ante la que yo, en un requiebro falaz, me permito decir: ¡Lo tenía ensayado!

Mas nada de lo que yo diga puede igualar la visión de ese mismo eslalon ni el verbo quebrado, hoy en televisión, de Jorge Valdano, el escritor que en sueños sigue corriendo a su izquierda en el Azteca.

The Objective, 26 de noviembre de 2020

sábado, 21 de noviembre de 2020

Otegis

El barrio de Divis Flats, en Belfast, se hallaba vertebrado en torno al polígono del mismo nombre, un complejo laberíntico levantado a mediados de los sesenta para realojar a miles de familias procedentes de los suburbios, en su mayoría católicas. Retretes comunitarios, ascensores averiados, patios convertidos en estercoleros… Piensen en unas Tres Mil Viviendas fabuladas por un brutalista enloquecido y envueltas en la bruma. Una obra social irreprochable, que cumplía a rajatabla con todas y cada una de las contraindicaciones del bien. En 1972, en uno de los pisos de aquel humedal de hormigón vivía Jean McConville, una viuda de 38 años con diez hijos a su cargo.

En diciembre de ese mismo año, una cuadrilla de encapuchados de los Provos (IRA Provisional) se presentó en su hogar y la secuestró. Cuadrilla, estimado lector, no es una elección inocente. A punto he estado de escribir que se la llevaron “a punta de pistola” pero ni siquiera hizo falta. Sobre Jean pesaba la acusación de ser una chivata. Al parecer, había socorrido a un soldado británico en uno de los corredores del Divis, y al punto aparecieron las primeras pintadas, lo que abrió la veda al hostigamiento de la familia. [En el film(in) ’71, el Divis aparece como uno de esos enclaves a los que la comandancia de las tropas del Reino Unido prohíbe entrar a sus soldados; un territorio mítico a fuer de real].

Al newyorker Patrick Radden Keefe, 44 años, le llamó la atención la desaparición de McConville, un caso tabú en Irlanda del Norte, donde tabú es el eufemismo que alude a la general resignación ante la evidencia de que nuestros muchachos, ay, la habían tenido que asesinar. ‘Tenido que’, sí; la barbarie y los libros de estilo son irreconciliables. Lo que no previó Keefe es que su investigación, reunida en el antológico No digas nada (Reservoir Books), echaría a rodar una bola que abarcaría la historia de la que es, probablemente, la banda terrorista que más altas cotas ha alcanzado en el escalafón del glamour. A ello contribuyeron las hermanas Dolours y Marian Price, tan sumamente idénticas en su oligofrenia swinging que Margaret Thatcher las tomó por gemelas.

Pero No digas nada es, por encima de todo, la más escalofriante caracterización de todos los otegis que en el mundo han sido, encarnada, aquí, en Gerry Adams. Se trata, de hecho, de una biografía de Adams (¡y familia!), del retrato asombrado del individuo que ordenó la detención de McConville y resolvió desaparecerla. Según declaró Dolours Price, dejar su cadáver en la vía pública no les habría dejado en buen lugar. Más dejando diez huérfanos en tierra de quién.

The Objective, 21 de noviembre de 2020

viernes, 9 de octubre de 2020

Sobreentendidos


La novela me dejó una mueca de recelo que no supe a qué atribuir; tal vez, me dije, el problema es ése, que se trata de una novela, pero fui incapaz de explicarme por qué la ficción, o cuando menos esa ficción, tan sumamente amena, tan eficazmente construida, se me fue aposentando en el recuerdo como un beau geste de retrogusto amargo.
Hasta que, mediado el segundo episodio de la serie, di con la clave. En Patria hay un pueblo, sí, y un hombre sometido a la extorsión de una banda terrorista, y aun un cateto que cumple el encargo de matarlo. También un cura inverosímil al que Aramburu, astutamente, ha endilgado una cuota exorbitante de responsabilidad moral. Pero ningún otro elemento permite vislumbrar el régimen de opresión, de flagrante ausencia de libertades, al que la mayoría nacionalista sometió a la minoría constitucionalista.

Ni rastro (entiéndanme) del partido político de ultraizquierda que alienta y justifica los crímenes, ni de la formación de raigambre xenófoba que los legitima, ni de las asociaciones de víctimas (una falla que el autor aspira a subsanar mediante la inclusión, a modo de estrambote, de Consuelo Ordóñez, el único personaje real), ni de la rebelión cívica en defensa del Estado de Derecho, encarnado aquí en una caterva de torturadores que alimentan la falacia de que algo hubo, algo hubo… y que favorece, de paso, la humanización de sus contrarios, esto es, de especímenes que si se vieran desprovistos de esa razón no habrían de ser sino objeto de estudio en el ámbito de la neurología del mal. Los lectores, sencillamente, hemos llenado esos vacíos con nuestros propios sobreentendidos, lo que explicaría, en parte, la unanimidad en torno a la obra, lienzo en blanco.

La violencia de Patria, en efecto, parece brotar de la tierra misma, como por efecto de un resorte inmemorial o una maldición de dioses, hasta resultar en un Puerto Hurraco con ínfulas. Tal vez en esa decantación involuntaria se aloje, parafraseando a Mario Vargas Llosa, la única verdad de la mentira.

Se me reprochará que Patria no tiene vocación de ensayo, y que un novelista arrastra los materiales que le viene en gana. A lo que yo opongo que nadie transita La fiesta del Chivo, por seguir con Vargas, sin llevarse consigo una impresión fragmentaria, sí, pero inexpugnable, de la Dictadura de Trujillo.

The Objective, 9 de octubre de 2020

domingo, 27 de septiembre de 2020

No había espejos


Abe Bomba, judío de Częstochowa, llevaba cuatro semanas en Treblinka cuando las autoridades seleccionaron entre los internos a una brigada de peluqueros que él mismo, que había desempeñado el oficio durante años en su ciudad natal, fue llamado a liderar. El cometido para el que fueron reclutados fue el de cortar el pelo a las mujeres que ingresaban en el campo. Se trataba de que las recién llegadas creyeran estar recibiendo un trato decoroso, lo suficiente como para que la muerte resultara una incongruencia.

La mañana en que empezaron a trabajar, un grupo de soldados les condujo, a través de un sendero circundado por una maraña de alambres (designado por los nazis con el nombre de "el camino al cielo") hacia la estancia que haría las veces de peluquería: la cámara de gas. "Habían puesto bancos", rememora ante Claude Lanzmann en la monumental Shoah, "para que las mujeres pudieran sentarse y no sospecharan que ésa era su última etapa, su último suspiro. Para que no sospecharan nada. Un kapo nos lo transmitió con estas palabras: "Peluqueros, deben hacerlo de tal manera que todas las mujeres que entren aquí crean que sólo van a recibir un corte de pelo, tomar una ducha, y que después saldrán de aquí".

"Descríbalo con precisión", le ruega Lanzmann.

"Esperábamos dentro de la cámara de gas y llegaba el transporte, mujeres con sus hijos. Los peluqueros empezábamos a cortarles el pelo y yo creo que algunas de ellas, si no todas, sabían ya lo que les iba a suceder. Llegaban desnudas, tanto ellas como los niños. Tratábamos de hacerlo lo mejor posible, como lo hubiese hecho un peluquero que hace un corte normal, pero que debe, al mismo tiempo, quitar el máximo de pelo, pues los nazis lo enviaban a Alemania, sus razones tendrían. No las rapábamos. Era, insisto, un corte normal, con peine y tijeras; la idea era que pareciera bonito, pero nosotros éramos 16 y ellas eran unas 70 por tanda, así que apenas podíamos dedicar 2 minutos a cada corte, porque fuera ya había otro grupo esperando. No había tiempo que perder. Cuando estaban todas peladas, nos mandaban salir y las gaseaban. Un comando sacaba los cadáveres y limpiaba el suelo para que entrara el siguiente grupo".

-¿Y usted qué sentía?

-Le voy a contar una cosa: uno de los días en que estuve cortando el pelo en la cámara de gas, llegaron unas mujeres de mi ciudad, Częstochowa. Otro peluquero, también de Częstochowa, amigo mío, vio que entre esas mujeres estaban su mujer y su hermana.

En ese instante, Abe se quiebra. La entrevista se desarrolla en la peluquería que, cuando Lanzmann puso en pie el proyecto, él regentaba en Jolón, Israel. Mientras Lanzmann le interroga, Abe arregla a un cliente. La evocación de su amigo, enfrentado a la tarea de cortar el pelo a su mujer y su hermana, le impide seguir hablando, mas no proseguir con el trabajo.

"Continúe, Abe, es necesario y usted lo sabe."

Éste es un artículo de actualidad.

The Objective, 27 de septiembre de 2020

viernes, 25 de septiembre de 2020

Sánchez y Ayuso

La equiparación entre Isabel Díaz Ayuso y Pedro Sánchez a la hora de evaluar el fracaso español en la contención del coronavirus es el último grito en equidistancias. A semejanza de lo que ocurrió en Cataluña, se trata de hacer pasar la frivolidad, el dolce far niente de la vida contemplativa, por un alarde de sensatez e incluso de integridad.
Cual si rindiera a su público una prueba de independencia, de insobornable lucidez, el demediador demediado divisa el incendio y reparte negligencias a diestro y siniestro, según una modalidad de tercerespañismo más emparentada con quienes ni saben ni contestan que con Chaves, Costa o Madariaga, y cuyo único propósito, en verdad, es mancharse lo menos posible.

La Comunidad de Madrid ha incurrido en errores, y la propia Ayuso los ha reconocido sin remilgos, disculpándose por ello y admitiendo que hay aspectos de su gestión que habría resuelto de otra forma. Con todo, un porcentaje abrumador de la indeterminación con que, en algunas ocasiones, ha actuado su Gobierno, o de los riesgos que ha asumido en otras, son imputables a la voluntad de guardar el equilibrio, inexorablemente precario, entre dos obligaciones: la de velar por la salud y la de evitar la ruina; ambos convergen en un mismo punto: salvaguardar la vida.

Detrás de las deficiencias de Sánchez, en cambio, siempre ha habido un indisimulado afán por, en los primeros días de la pandemia, anteponer su agenda ideológica a la emergencia sanitaria y, desde entonces, servirse del derrumbe para tratar de desproveer de legitimidad a la derecha y convertir nuestra monarquía parlamentaria en una república tintinesca. Por el camino, ha instituido una doble contabilidad mortuoria (la gubernamental y la antigubernamental), ha llamado a sus esbirros a retorcer el dolor, ha fabulado un comité de expertos a cuyas reuniones, no lo olvidemos, decía asistir ("¡hay que ver lo que aprendo!", llegó a apostillar), ha tomado al asalto las instituciones y ha usurpado el papel de la Corona acudiendo a la Real Casa de Correos como los Reyes acuden a consolar a los deudos en los funerales de Estado (y eso en el mejor de los casos, pues tuvo la osadía de proclamar que él iba a ayudar, como aquellos hombres que, antiguamente, ayudaban en casa).

La política, cualquier política, es inseparable de la moral que la sostiene, de ahí que no quepa comparar a quien trata de sofocar el incendio con quien, entre ostentosas tribulaciones, va calculando el terreno edificable. Con el equidistante al fondo tocando la lira.

The Objective, 25 de septiembre de 2020

domingo, 30 de agosto de 2020

Un brote de pánico

Las memorias de Woody Allen son un soberbio prontuario de su filmografía, al punto que es difícil resistirse a la tentación de alternar su lectura con la revisitación (discúlpenme la babeliada) de algunas de sus películas, empezando por Bananas, esa entrañable chaladura en la que el sueño cheguevariano que alimentó a tantas generaciones de izquierdistas termina hecho jirones, y en la que ya aletea la vocación iconoclasta, casi contracultural, de este liberal a fuer de neoyorquino.

Ciñéndose a la ley del género, A propósito de nada es un ajuste de cuentas, en este caso con Mia Farrow, precursora del catecismo pro cancelación, y a la que Allen recibe en el libro con una majestuosa reflexión acerca de las sinrazones del amor, una letanía en la que va ensartando el ‘cómo pude’ a modo de mea culpa, y donde opone la ofuscación del flechazo a las numerosas evidencias de que Farrow era exactamente lo que parecía: una jodida chiflada que tenía como hobby la adopción en serie de churumbeles, signaling virtue avant la lettre que practicaba con la fruición y el desahogo que le permitía el dinero de Allen. ¿Sabían, por cierto, que Allen y Farrow jamás llegaron a convivir, y que Allen no ejerció jamás de padre de Soon Yi? 
Honestamente, yo no tenía ni idea, y mucho me temo que, por limitarnos a España, solo Rosa Belmonte estuviera al cabo del goteo de insidias a que dio lugar el relato oficial, orquestado sobre todo por el New York Times, al que el protagonista reserva la que su más doliente diatriba.

Con todo, la de Farrow es la parte menos afortunada del libro. Se trata, sin duda, de la más nutritiva, pero en lo estilístico supone una quiebra de la hilarante stand up comedy que es A propósito…, y que en algunos pasajes bordea, conforme a la vieja fascinación de Allen por la magia, un número magistral de prestidigitación. El modo despreocupado, casi cachazudo, con que, por ejemplo, trata de deshacer algunos de los malentendidos que se han adherido a su biografía, ¿es un alarde de descarnada franqueza o una risueña expresión de coquetería? Probablemente haya algo de ambas. Véase, en este sentido, el que a mi juicio constituye el desmentido seminal:

“Me asombra cuántas veces me describen como ‘un intelectual’. […] Iletrado y sin ningún interés en nada académico, cuando crecí era el prototipo del vago que pasa el tiempo sentado delante de la tele, cerveza en mano, con el partido de fútbol americano a toda pastilla y el póster central desplegable de Playboy pegado en la pared con cinta adhesiva […] No tengo ideas profundas ni pensamientos elevados, ni entiendo la mayoría de los poemas que no empiezan con ‘Las rosas son rojas, las violetas son azules’. Lo que sí poseo, sin embargo, es un par de gafas de montura negra, y yo sugiero que este atributo es el que, sumado a un don para apropiarme de citas tomadas de fuentes eruditas demasiado complejas para que yo pueda entenderlas, pero que puedo emplear en mi trabajo para dar la engañosa impresión de que sé más de lo que realmente sé, mantiene a flote mi cuento de hadas.”

Pero de lo que quería hablarles, en realidad, es de Cataluña. Verán, A propósito… es una romería de individuos que han dejado huella en la vida de Allen. Dado que el suyo es un monólogo a borbotones, la información no está dosificada con arreglo a jerarquía alguna. En otras palabras: por el libro desfila todo pichichi, por insignificante o marginal que haya sido el roce con el autor. Ante semejante torrentera, cabría esperar que Jaume Roures, que se ha vanagloriado en infinidad de ocasiones de ser íntimo de Allen, tuviera un hueco en el fragmento dedicado a ese infame borrón que es Vicky Cristina Barcelona. Nada. Ni una mísera mención, y ello en una obra, insisto, en que aparecen cientos, si no miles, de nombres propios.

Hay algo más, y nadie como el propio Allen para contarlo:

“Visité Oviedo por primera vez cuando me informaron de que había sido galardonado con el Premio Príncipe de Asturias. Yo lo rechacé […] porque jamás acepto ningún galardón cuya concesión depende de que yo esté presente en el acto. […] De pronto me llama el distribuidor de nuestra película en España con un brote de pánico. No puedo rechazar ese premio. Es el más importante de España, es enorme en toda Europa. Lo entregan el príncipe y la reina. Es como el Nobel para ellos”.

¡Un brote de pánico, el independentista!

The Objective, 30 de agosto de 2020

jueves, 20 de agosto de 2020

El hombre de Amer

Carles Puigdemont (Amer, 1962) es periodista, ha sido diputado del Parlamento de Cataluña, alcalde de Girona y, en enero de 2016, fue investido 130º presidente de la Generalitat de Cataluña. Durante su mandato se celebró el primer referéndum sobre la independencia de Cataluña, y se aprobó en el Parlamento una declaración por la que se constituía la República catalana. Como respuesta, el gobierno español cesó a todos los miembros del ejecutivo catalán, incluido el presidente Puigdemont, que ante la ola de represión política se vio obligado a exiliarse en Bélgica. En las elecciones al Parlamento del 21 de diciembre de 2017 encabezó la candidatura de Junts per Catalunya, que obtuvo el mayor porcentaje de votos del bloque independentista, pero los tribunales españoles le negaron el derecho a ser investido president. Actualmente es diputado del Parlamento Europeo y preside el Consell per la República Catalana. Durante su exilio, ha sido invitado por universidades e instituciones políticas, sociales y culturales de toda Europa y ha publicado dos libros: La crisis catalana. Una oportunidad para Europa (2018) y Re-unámonos (2019).

El párrafo que acaban de leer es la reseña biográfica de Carles Puigdemont que aparece en la solapa de Me explico (vol. 1), su último comunicado. No es obra de Puigdemont ni de su escriba, Xavi Xergo, sino del sello editorial. Puigdemont es. Me voy haciendo a un mundo sin más filtros que los de Instagram, pero más lentamente de lo que sería deseable. De ahí que todavía me alarme ante el hecho de que Plaza y Janés, de la que fuera puntal el exquisito Mario Lacruz, que a tantos españoles alfabetizó, haga suyo el arrebato de @KRLS en el único recodo del libro en el que cabía esperar un resto de discreción, acaso una hilatura wikipédica: sucedió a Mas y antecedió a Torra. No obstante, para PyJ, perteneciente a Penguin Random House, el segundo grupo editorial en España, Puigdemont “fue investido 130º presidente de la Generalitat de Cataluña”, “[ante la ola de represión política] se vio obligado a exiliarse en Bélgica”, y, tras las elecciones de diciembre de 2017 “los tribunales españoles le negaron el derecho a ser investido president”. Fue, se vio obligado y le negaron. El desaliento cunde frente a la sospecha, fundamentada en un rosario de evidencias, de que el primer grupo editorial habría procedido con idéntica incuria, en lo que no sería más que la enésima expresión, por parafrasear a Jordi Pujol, de una postración antigua.

Ah, el comunicado. Ha habido que vadearlo, sí.

Me explico: de la investidura al exilio es la historia de cómo la insólita posibilidad de extranjerizar a la mitad de la población catalana acaba por cobrar verosimilitud, y casi legitimidad, gracias a la aquiescencia de las élites. Javier Godó, Isidre Fainé, ¡Vicente del Bosque!, Luis Conde (al que el protagonista describe como “un experto en dar la razón a todo el mundo”), Emili Cuatrecasas, Juan Villar-Mir, Juan Luis Cebrián (impagable, su tarjeta de presentación: “Tenemos muchas cosas en común: mi mujer también es rumana”)… La larga relación de personajes que concede a Puigdemont estatus de interlocutor normativo (una suerte de parte contratante en un conflicto más o menos instigado por la intransigencia de la vieja España) y se aviene a discutir con él de condiciones, plazos y otras formalidades, cuando no a jalear su desafío, explica en parte por qué el procés entró en combustión. El ex columnista de El Punt transita por la vida pública española al arrullo del “hay que negociar”, “tenemos que hablar”, “hay que entenderse”, la clase de santiguamiento que, lejos de apaciguar las ansias de independencia, las excita.

A ello no son ajenos los políticos, digamos, constitucionales, empezando por Pedro Sánchez. Frente a un Puigdemont que, en sus cogitaciones, se plantea la necesidad de “hacer lo que hacía Pujol en la clandestinidad: ir a buscar los ejes vertebradores de los pueblos; gente sana, con ganas de trabajar por el país”, el trémulo líder del PSOE trata de ponerle fecha a un hipotético referéndum (“Y este referéndum, ¿cuándo tendríamos que hacerlo?”), lo que lleva al primero a vislumbrar una conquista que se revelará crucial: “[Sánchez] ha entrado en el marco mental del referéndum”. No es menor la que cosecha ante Albert Rivera al confiarle éste que “Ciudadanos no contribuirá a avivar el conflicto lingüístico” y convenir con él en que, en lo tocante al reparto de dinero entre las autonomías, “en Andalucía […] se tienen que poner las pilas”, para, en un intento de reconducir la crisis, anunciarle que en Madrid habrá “cambios” (“Ahora no puedo decirte nada, pero ya lo verás”). Un Duran i Lleida, se malicia Puigdemont.

El papel de Rajoy, al que vemos ejecutar el gif del barco en numerosos pasajes del dietario, es, como se sabe, el de obstinado incrédulo, actitud que suscita en ocasiones el asombro del propio Puigdemont, como cuando en la comida de clausura de un foro profesional regala a quienes le acompañan en la mesa (además de Puigdemont, Antonio Asensio, Joan Rosell, José Creuheras…) su erudición sobre la segunda división del calcio. “¿Cómo es posible que este hombre sepa todo eso?”, se pregunta Puigdemont, quien tiende a ver en la evitación del conflicto al Estado en retirada.

Con el calendario volando hacia el 1-O, el presidente sobrevenido de la Generalitat de Cataluña no le hace ascos a las mieles del cargo: su admirado Quico Pi de la Serra se detiene a hablar con él en plena calle, el conejo a la rabiosa de Les Goges le sabe cada día mejor y no ve el momento de que llegue el día de partido para codearse en el palco del Camp Nou con prohombres como Florentino Pérez. (A decir verdad, tiene muy poco que envidiar a Rajoy, pues también para explicar al auge del soberanismo recurre a un símil futbolístico, el que le sirve el aforista Gerard Piqué: “¡Gracias, Tribunal Constitucional, contigo empezó todo!”.) Por si fuera poco, cada tanto se permite dar rienda suelta a su vena cantarina voceando en dependencias oficiales el “Torna, torna, Serrallonga”, acompañado al piano de su fiel Comín, así en la comida de Navidad del Govern o a media tarde de un martes cualquiera, tras haberse despejado la agenda. Y es que la desconexión se hizo carne en Puigdemont mucho antes de que se promulgaran las leyes. Y no sólo en su acepción de relajo. De ello da fe su reflexión, ¡pasada a limpio!, ante las críticas por las fotos de la paella en Ca Rahola: “¿Qué pasa? ¿Tenemos que cohibirnos? ¿Un país que tiene gente preparada que queda para comerse una paella y sostiene una estelada no tendría que estar orgulloso de esta gente en lugar de destrozarla? Vivimos acomplejados, eso es lo que nos pasa”. Ése es, grosso modo, el hombre que está poniendo a España de rodillas.
Su único dolor de cabeza se llama Oriol Junqueras. Si todas las memorias se escriben contra alguien, éstas le conceden ese honor al ex vicepresidente de la Generalitat, que sale de Me explico desollado. Con una particularidad: a su fama de desleal, ampliamente ameritada en filtraciones, desautorizaciones y encuentros paralelos, Puigdemont añade la incompetencia, que tiene como cima la gestión del litigio con el Gobierno de Aragón a propósito de las pinturas de Sijena.

Del verdadero problema de Puigdemont, no obstante, sabremos por las omisiones que salpican las páginas finales. El día 1 de octubre de 2017, tras votar en Cornellá de Terri, el todavía presidente de la Generalitat regresa al colegio de San Julián de Ramis para darse un baño de multitudes y, al bajar del coche, una mujer le sale al paso. Se llama Cayetana Álvarez de Toledo y sus palabras se cuentan entre las primeras que Puigdemont se ve obligado a sortear desde enero de 2016.

Presidente, ¿está preparado para ir a la cárcel por sedición?” Silencio. Insisto, presidente: ¿está preparado para ingresar en prisión por su masiva agresión a la democracia?”. Puigdemont, el gesto duro y vencido, no me contestó. Intentó girar la cara, pero mi perfil y las preguntas se quedaron ahí. Sus escoltas, tensos, me exigieron que me callara y a él, que avanzara hacia la luz.

Luego vendrían las del Rey y, el día 8, las de los cientos de miles de españoles que se manifestaron en Barcelona. Son las únicas tachaduras genuinas de un relato inexplicable.

The Objective, 2 de agosto de 2020

miércoles, 19 de agosto de 2020

La diana móvil

Destituida Cayetana, el escalafón de la radicalidad experimentará en breve un deslizamiento, y los redactores de política, con independencia de si el diario es socialdemócrata o no, redoblarán sus invectivas contra Isabel Díaz Ayuso. No en vano, se trata de la dirigente del PP que está haciendo valer el discurso más orgullosamente desinhibido contra el mainstream izquierdista, que en España se articula en torno al intento de desvertebración del pacto constitucional. Por de pronto, su determinación le podría valer una moción de censura, tal como acaba de anunciar el Delegado del Gobierno en Madrid, que no hace ni tres días consintió una manifestación chamánica en el centro de la ciudad. ¡Así se ejerce la moderación! He dicho ‘los redactores’ porque en la prensa se produce un fenómeno que desbarata el corpus del periodismo, de suerte que mientras que los Bustos y Latorres pesan las palabras hasta lo infinitesimal, los Junqueras y Lamets no tienen el menor reparo a la de cortar las noticias con «giros al centro», «triunfos de la moderación» y otras estricninas.

Paradójicamente, tampoco Pablo Casado está a salvo de que le endilguen, más pronto que tarde, el escapulario de derechista feroz, pues a poco que franquee el umbral de lo que La Sexta considera admisible, será acusado de «recuperar su perfil más intransigente», «volver a las andadas» o «acercarse a Vox». Los titulares que jalonan la trayectoria del conservadurismo operan a modo de módulos prefabricados desde que El País alumbró en 2001 el seminal «el PP se queda solo», acechando el realismo mágico, puramente sinestésico, de una soledad de 10 millones de votantes. Por lo demás, José Luis Martínez-Almeida, al que sigo con atención desde que Emilia Landaluce empezó a ensalzar como azote del carmenismo, no debe de ignorar que su popularidad (merecida, en cualquier caso) obedece fundamentalmente al plácet que le ha otorgado la biempensancia, siempre necesitada de un Gallardón al que poner como ejemplo de político ejemplar al que, eso sí, «no votaría nunca», según ese paternalismo que osa arrogarse la elección de que lo que conviene, o no, al votante popular. Que esos salvoconductos los extiendan gentes que no aspiran sino a desmantelar lo que llaman el régimen del 78 da la medida del atolladero en que se halla España.

The Objective, 19 de agosto de 2020

miércoles, 29 de julio de 2020

Una botellada (en castellà, “un botellón”)

El presidente Torra ha apelado al deber cívico (histórico), a los 10 días que habrán de estremecernos, a los datos y a los análisis (en el intento de conjurar los temores sin fundamento), al respeto para con la salud del conjunto de la sociedad, de la “experteza” y los protocolos médicos, a una nueva y gran solidaridad, a un nuevo y gran esfuerzo colectivo, a la participación ciudadana, a la epidemiología, a la complejidad crítica de la situación. A la vida. Al bien común, a la conciencia individual y comunitaria, a la movilidad e interacción social responsables; a las manos, la mascarilla y la distancia. También a Miquel Martí i Pol, del que ha citado, comiéndose palabras, “Podem, si vols, asseure’ns”, nostrada “Historia de las sillas”.

A lo que no ha apelado Torra es al proverbial sentido común del pueblo catalán, una omisión que me ha parecido decepcionante por cuanto ‘seny’ es una voz que comprende todas y cada una de las prescripciones que ha ido enumerando. 

Aunque se entiende. La preservación del mito pasa por no someterlo a examen, y ello pese a que, según ha podido inferirse de su traducción, el botellón sea una costumbre eminentemente española. Tampoco ha tratado de persuadir a sus conciudadanos con aquel antiguo sortilegio, el món ens mira, no vaya a ser verdad.

Ni ha invocado explícitamente a Catalunya. Y no por deferencia con la otra mitad (cuyo ADN averiado no parece dificultar —¡antes al contrario!— que sea un vector de transmisión más). Le guía la ligera sospecha de que ante una crisis real la hechicería no surte efecto. En la tradición de esos muchos católicos que no creen en Dios, sólo en la Iglesia. 

 The Objective, 29 de julio de 2020

domingo, 19 de julio de 2020

Vida y aventis

Siempre me dio que la renuencia de Juan Marsé a rendir sus memorias no tuvo tanto que ver con la modestia, como él gustaba de proferir de manera arrebatada, cuanto con la circunstancia de que su vida había sido devorada por la ficción. A ojos de sus lectores, Marsé no pasaba por ser el astuto y codicioso novelista que fue, sino por un hombre de acción en el que se confundían hasta la promiscuidad el arroyo y el satén, el chorizo y el señorito, el murciano y el santgervé. Un outsider de la cultura con vocación de canalla tocado por la varita del talento. Así las cosas, para qué estropear la leyenda con un relato carente de épica, en que el florido Pijoaparte se viera desdibujado por el seco literato. El cuento de su adopción, de hecho, había situado el listón tan alto que mucho habría tenido que fabular para que el resto de la historia presentara destellos apreciables.

No, el destino de Marsé no quedó sellado en un taxi luego de que el chófer, Mingo Faneca, cuya esposa había fallecido en el parto de Joan no hacía un mes, lo ofreciera al matrimonio Pep Marsé y Berta Carbó, a quienes había recogido casualmente en la Clínica del Pilar después de que éstos perdieran a su recién nacido. Como detalla la árida biografía de Josep Maria Cuenca, Mientras llega la felicidad, el acuerdo entre Mingo y Pep no se gesta fortuitamente durante una carrera que, por lo demás, nunca tuvo lugar, ni hay constancia alguna de que Berta recibiera atención obstétrica en un hospital barcelonés (ni tarragonés, lugar de procedencia de la pareja). La verdad no sólo es menos fantástica; además, desmiente el linaje obrerista con que Marsé solía investirse, y que alimentó, en sus inicios, el mito del escritor fabril. No en vano, Mingo y Pep, este último, hijo de un propietario rural de Sant Jaume dels Domenys, se habían conocido en Estat Català. Dos ultras, en efecto. 

El de Marsé, en suma, es un caso extraordinario de hombre hecho a sí mismo, pero no en el sentido que suele atribuirse a la expresión. Hace tres veranos leí de nuevo Últimas tardes con Teresa, y pese a que el tiempo había arrasado numerosos pasajes (lo que tomé por esplendor retórico era sólo beatería, y el inverosímil despertar de Manolo en el cuarto de la criada me pareció de una ortopedia zafonesca), conserva el embrujo de esas novelas que devienen en ritos de paso, de las que extraes, siquiera ilusoriamente, los útiles elementales para emprender un camino que más pronto que tarde ha de desembocar en traición.

Libertad Digital, 19 de julio de 2020

martes, 7 de julio de 2020

Celebrity

Y dado que en Italia las cosas se estaban poniendo que ni te cuento, va Sánchez y me pregunta: "Doctor, ¿cómo lo ves?". El presi y yo nos tuteamos, sí, la nuestra es una relación entre iguales… ¡de doctor a doctor! Yo llevaba días lanzando advertencias; qué digo "días"; diez años llevo perfilando escenarios, que los tenía todos salvo éste. Bueno, pues va Sánchez y me suelta que cierra el país, y yo me lo quedo mirando y pienso: "¡Ole tus huevos!". Y no era para menos, porque cuando yo se lo medio sugerí noté como si me pusieran trescientos kilos de piedras en esta espaldica mía… Aunque no te vayas a creer, que aquí donde me ves he jugado al rugby… Si es que a mí todo se me da bien: la escalada, el rock and roll, la epidemiología, el motorismo… ¿Tú has visto la moto que tengo? Pues la pillé por mil euros que estaba para el desguace… Total, que me pongo una mañana con mi llave inglesa, aprieto una tuerca por aquí, le pongo un manguito por allá… y ahí la tienes, ¿mola o no mola? Y zumba, ¿eh?, que tenía al Illa acojonao perdido. Y a ver, no me extraña, porque si a mí, que soy un hombre que desconoce los límites, me llega a pasar algo en aquel momento, igual ahora España ya no existe. Pues esa moto la apañé yo. Y es que me gusta arreglar lo que no está roto… ¡Espera!: "Arreglar lo que no está roto". Qué pedazo de paradoja. Si es que es estarme quieto y empezar a brotarme pensamientos que ni Daniel Innerarity... Disculpa, que me reclaman en el despacho de al lado. [Óyeme, ¡ni se te ocurra fisgar en este dossier, que es donde tengo cifrado el futuro de la humanidad! Ya te he dicho que yo trabajo a años vista, con las luces largas, que mis informes no son para la política ni para el periodismo sino para la posteridad. Pues aquí lo dejo, para que veas que me fío de ti y que creo en la bondad del género humano; si es que, modestamente, soy la polla.] ¿De qué estábamos hablando? Ah, sí. Mírame fijamente: ¿no ves toda la puta ciencia reflejada en mis ojos? Pues ya estaría todo dicho. Pon también que tengo una psicología del copón porque mi padre era psiquiatra y que llevo la camisa sin planchar porque me sale de la almendra; bueno, por eso y porque (apunta esto, apunta, que tus lectoras van a flipar), porque la plancha pasó a ser un elemento de apariencia y dominación. ¿De quién depende la plancha? De la mujer, ¿no? ¡Pues entonces! Mal me está decirlo, pero en el futuro todos los hombres dirán cosas como ésta. Y ojo, que aquí donde me ves, que si camisetas con mi cara y tal… cada vez que pienso en esos 28.000 muertos… 28.000, nada menos… que se dice pronto, pero a poco que te paras a contarlos… 28.000… Y entonces me digo que no, que no lo acepto. Pero ni por ésas. Por mucho que lo niegue ahí están: 28.000. Ni uno más. 

Libertad Digital, 7 de julio de 2020

miércoles, 24 de junio de 2020

Little cosmic kite, which planet did you come from?


Por el centro corre Burruchaga a modo de falsa liebre; un zaguero de Inglaterra intenta encimarle previendo que el pase de la muerte acabe por buscar sus botas. Por la izquierda galopa Valdano, que es el delantero que, libre de marca, se halla en mejor disposición para reventar la red. De hecho, se trata del enésimo aluvión tridentino que la Albiceleste pone en práctica en la fase final. Un despliegue canónico, perfectamente reconocible, donde el ‘tomá’ y la devolución son un imperativo moral. Tal vez por ello, al llegar al vestuario, Maradona farfulla una excusa para la historia: «Me fue imposible dártela, Jorge, cada vez que levantaba la cabeza me salía un inglés». Años después, Valdano seguía sin salir de su asombro: «¡El tipo se estaba merendando a media Inglaterra y además me veía subir por el segundo poste! No sé con qué parte me veía, pero vi la secuencia mil veces y puedo descartar que fuera con los ojos».

En lo más alto del anecdotario permanecen esculpidas las palabras del Negro Enrique: «Con el pase que te di, Dieguito, como para haberla fallado”. También Valdano apuró su ‘parte de los ángeles’: «Maradona metió la pelota en la portería, cierto, pero yo la recogí. Algún mérito debe de tener eso, ¿no?».

Valdano, en efecto, rescató el balón de la portería con el partido encarrilado. Cuando le preguntaron por qué dejó al descubierto una humildad sospechosa, como lo es, en general, la literatura: “Me pareció indecoroso echarme encima de Maradona. El gol que marcó era tan sumamente individual, tan suyo, que pensé que abrazarle estaba de más, que era una forma de restarle protagonismo; así que no se me ocurrió otra cosa que ir para la puerta y recoger la pelota. Eso fue todo”.

Un muchacho del Barça marcó un gol parecido veintiún años después y Maradona volvió a cuadrar el universo: «Cuando haga eso mismo en los cuartos de un Mundial en lugar de hacerlo contra el Getafe, me lo comparan ¿ok? Hay algo más: mi gol fue útil y el suyo no, y eso también cuenta». Siempre me pregunté hasta qué punto la locución de Víctor Hugo Morales, casi un microrrelato, fue decisiva para asentar la leyenda. Hasta que se me ocurrió ver el vídeo con la locución atribulada, melancólica, airada del perdedor. Y si no es el mismo gol se le parece bastante.

The Objective, 24 de junio de 2020

sábado, 20 de junio de 2020

En el nombre del Bola

Cuando Pablo Iglesias le soltó a Iván Espinosa que lo que de verdad pretendía Vox era dar un golpe de estado, sabía perfectamente de lo que hablaba. Él mismo se ha desdoblado en un sinnúmero de ocasiones para, en el patético intento de venderse como estadista (título que en España se abarata por momentos; véase el caso de Albert Rivera, que fue investido como tal por su afición y hoy pretende ejercer de ex presidente sin haber consumado el acto, jarrón de los chinos); en el empeño, en suma, de proyectar de sí una imagen de político aplomado, fiable, posibilista, etc., acabar desvelando su agenda oculta.

El día 19 de marzo defendió las caceroladas contra el Rey que habían convocado las extensiones neuronales de su propio partido (esa trama asociativa “por la salvaguarda de lo público” a la que nuestro primer tautólogo llama lagente) puntualizando que, si bien su opinión sobre la monarquía era de sobra conocida, él estaba allí como vicepresidente del Gobierno. Como si debiéramos agradecerle que se abstuviera de quemar la efigie de Felipe VI, cual es costumbre en Cataluña para conmemorar las derrotas, sin que importe cuál. Ahora, en otro de sus alardes de bifidismo (“hombre blanco hablar con lengua de serpiente”, cantaba su idolatrado Javier Krahe), ha declarado que como secretario general de Unidas Podemos está a favor de desmilitarizar la Guardia Civil pero como vicepresidente segundo no se puede pronunciar. Donde desmilitarizar, no vayamos a confundirnos a estas alturas, es un eufemismo de desmantelar.

A nadie extrañen esas reiteradas escisiones entre deseo y simulacro, máxime en un individuo que para justificar la ley contra el maltrato infantil invoca nada menos que al Bola, un personaje tan ficticio como las emergencias en que se funda su ideario. Ah, tipificar como delito el odio a los pobres.

Miren al trasluz. De lo que se trata en realidad es de naturalizar la inquina a “los ricos”. En ese punto, no obstante, advierto un escollo. Cuál de los dos Iglesias prohijará esa reforma, ¿el antiguo Vecino de Vallecas o el propietario del chalé de Galapagar? 

The Objective, 20 de junio de 2020

domingo, 24 de mayo de 2020

Fiera es la noche


Si el 15 de agosto es el día del Watusi, el 19 de julio es el del Jarabo. Este año hará 62 de la noche en que José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez-Morris fue dejando tras de sí un reguero de muerte que devendría en leyenda. Literalmente, además: a los niños de la época se les solía conminar a portarse bien bajo la amenaza de que, si no, se los llevaría Jarabo, una suerte de coco nacional. 

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Mi generación supo de él gracias al personaje recreado por Sancho Gracia en el primer episodio de La huella del crimen, emitido en TVE el 12 de abril de 1985. En el arranque del telefilme, dirigido por Juan Antonio Bardem, le vemos deambular por las inmediaciones del Retiro. Viste un terno blanco que sugiere una elegancia algo tronada incluso para la época, y canturrea-silba la habanera que a lo lejos interpreta una orquestilla. Y fuma. Fuma con parsimonia, como domesticando el humo para envolverse en él.

Borracho, cocainómano, morfinómano (debió de ser un pionero en el consumo de speedball), chulo, estafador, maltratador, putero, ladrón y, finalmente, asesino, Jarabo gustaba de condensar semejante acervo en una sola palabra: español. A finales de los cincuenta, en los días en que se bebió la Gran Vía a ritmo de cha-cha-chá, la baladronada joseantoniana "Soy español, una de las pocas cosas serias…" con que, según cuentan, Jarabo se abría de capa en la barra de Chicote, era una secreción puramente melancólica. Cuando menos entre el vulgo. A la dictadura, no obstante, le quedaba media vida y mucho fuelle. Y a cuenta precisamente del nacionalismo sobre el que se fundaba el régimen, y que Jarabo encarnaba de manera tan fatua como esperpéntica, el destino le reservaría una postrera, funesta ironía.

Jarabo vino al mundo en Madrid en 1923, en el seno de una familia acaudalada. Como otros niños de alta cuna, estudió (un decir) en el colegio del Pilar, semillero de jerarcas (un tío suyo, Francisco Ruiz-Jarabo, ejerció de presidente del Tribunal Supremo y, posteriormente, sería nombrado ministro de Justicia). Desde su más temprana adolescencia se muestra proclive a la golfería, inclinación que su madre, consentidora de manual, se esmera en cultivar llenándole los bolsillos de billetes. Al cumplir los 17, los padres, y Jarabo con ellos, emigran a Puerto Rico. Entre las razones que influyen en el traslado se cuenta la intención de enderezar al hijo, quien a bordo del vapor Magallanes sufre su primera intoxicación etílica, con shock hepático incluido. Entre los pocos autores que han arrojado algo de luz acerca del periplo americano de Jarabo, se halla el periodista Francisco Pérez Abellán; de algunos de sus textos y las crónicas de la época en ABC y La Vanguardia proceden los datos de este artículo.

Una vez en San Juan, y en un arrebato en el que algo influye la euforia alcohólica, contrae matrimonio al más puro estilo Las Vegas con una joven de la alta sociedad puertorriqueña, Luz Álvarez, con la que tiene un hijo. La vida de casado se acaba revelando incompatible con su abnegada dedicación al proxenetismo y al tráfico de estupefacientes, y recala en Nueva York, donde sus fechorías serán igualmente homéricas. Tanto que un tribunal estadounidense lo condena por “trata de blancas” a tres años de reclusión en Springfield, Missouri. No serán en vano: gracias a la prestación de servicios en la enfermería del penal (especializado, al parecer, en un variado repertorio de dementes) se agencia una acreditación de “experto en psiquiatría” que, de regreso a España, hará valer para hacerse pasar por facultativo. Tras su excarcelación, y ya divorciado, regresa a Madrid, no sin antes testar el género en varios burdeles de La Habana. El 20 de mayo de 1950 aterriza en Barajas con la enésima provisión de fondos de su madre: 10 millones de pesetas, que apenas le duran dos años. Dado que la asignación familiar (unas 7.000 pesetas al mes) no le alcanza ni para el limpiabotas, empieza a malvender propiedades familiares y, dilapidado también ese maná, recurre a estafas, sablazos, hurtos… Por entonces es ya un viejo conocido de los cuartelillos por las incontables peleas en que se enzarza con valentones de mal vino como él. Por lo general, presta declaración, paga la fianza y vuelve a sus quehaceres. Los ocho años que median entre su retorno a España y la noche de autos transcurren entre restaurantes de postín (fue un asiduo del Lhardy, de donde se hizo traer la cena a la comisaría en que confesó los crímenes) y de tablaos como el Villa Rosa, el Zambra o el Duende, “grutas de maravilla”, como los ha dado en llamar ese castizo de guardia que es Ángel Antonio Herrera.

De la década prodigiosa de Jarabo dio cuenta La Vanguardia el 8 de agosto de 1958: 

“Desde que llegó a España en 1950, Jarabo había gastado unos 15 millones de pesetas. Recibía dinero con regularidad de su madre y de una tía llamada Victoria que le había asignado 7.000 pesetas mensuales. 'Cuqui', como era conocido familiarmente, vendió en Madrid una patente, propiedad de su padre, de lámparas Neón, por dos millones de pesetas. Vendió también varios coches, que compraba previamente, e hipotecó una finca que sus padres poseen en la calle de Arturo Soria. Todo el dinero era poco para sus diversiones. La necesidad de dinero le acuciaba, acostumbrado al derroche y a la vida ociosa. Toxicómano empedernido, buscaba las drogas que su organismo le pedía en cualquier parte. Y así llega el momento en que no encuentra otra salida que el robo y el crimen. Sin embargo, niega repetidamente que el móvil de los asesinatos fuera el robo.” 

La prensa de la época, y en particular los diarios ABC y La Vanguardia, se ocuparon del caso con un despliegue comparable al que, en nuestros días, mereció el juicio en el Supremo a los golpistas catalanes. De ese caudal de noticias extraería Bardem los detalles para rodar su antológico Jarabo, al que habíamos dejado un sábado de julio junto al Retiro, camino de las páginas de sucesos.

Esa noche, sobre las 22 horas, se presenta en el domicilio del prestamista Emilio Fernández (Lope de Rueda, 57), quien, junto con su socio, Félix López, regenta la casa de empeños Jusfer (Sainz de Baranda, 19). El verano anterior Jarabo había empeñado en ese “antro de usura”, como lo describió Pedro Costa, el anillo de oro y brillantes de su amante de entonces, Beryl Martin, una joven inglesa de paso por Madrid que un año más tarde, acuciada por su marido, le reclamaría la joya. Cuando Jarabo (al cabo, un caballero español) acude a desempeñarla, Fernández y López le exigen el doble de lo estipulado y aun le amenazan con poner en conocimiento del esposo de Beryl la carta en la que esta autorizaba la operación, y que contiene pormenores sobre su adulterio. A Emilio Fernández y a su esposa, Amparo Alonso, los mata de sendos disparos en la cabeza; a la criada, Paulina Ramos, de una cuchillada en el corazón. Abandona la casa al día siguiente y pasa el fin de semana en una pensión. El lunes, a primerísima hora, accede a Jusfer con la llave de Fernández y aguarda a que López abra el negocio. No bien entra le descerraja dos tiros en la nuca. No halla rastro del anillo ni de la carta, pero el rapto homicida es apenas un paréntesis en su verbena a perpetuidad. Galán crepuscular, lo primero que se le ocurre es llevar el traje ensangrentado a una tintorería de confianza (“le reventé la cara a un marine y me puso perdido”); luego vendría una noche de tango y zambra en compañía de dos prostitutas y, al fin, su detención. La Policía había cursado aviso a todas las tintorerías de Madrid de que notificaran limpiezas de trajes con manchas de sangre, y Jarabo fue por el suyo.

Ah, la postrera, funesta ironía. 

De la crónica del juicio en LV del 4 de febrero de 1969: 

“El presidente de la sala, Ilustrísimo señor don Antonio Ochoa Olalla, cede la palabra al letrado don Roberto Reyes, que ostenta la acusación privada en nombre de la madre de Amparo Alonso, Marta Alonso Bravo. Comienza éste relatando cómo se enteró del suceso, estando fuera de España, y cómo consideró que debía tratarse de exageraciones de la prensa extranjera, pues le parecía a él que el protagonista de tales hechos no podría ser español. ‘Los españoles nos matamos apasionadamente —dice— como lo demostró nuestra guerra de liberación, y no somos capaces de pasar una noche entera con tres personas muertas por nuestra propia mano’”. 

El abogado alude así a la formación extranjera del procesado, quien, a pesar de llevar residiendo nueve años en España, seguía empleando expresiones como milla, yarda o pulgada. Acto seguido, dedica un elogio a la prensa nacional, “que se mantuvo dentro de una gran ecuanimidad”, y cita como única excepción “una revista catalana que publicó los hechos desfigurados y con detalles de mal gusto”. Alega, asimismo, que “un psicópata atípico no puede tener el sentimiento noble de caballero español, de rescatar una joya para una dama”.

Del mismo modo que en la Cataluña de hoy no se tiene constancia de que haya degenerados, digamos, vernáculos, Jarabo no era, no podía ser español. Hasta ahí, hasta su más hondo orgullo, le alcanzó el garrote. 

——

En la Prisión Provincial de Madrid (Redención)

En las primeras horas de la mañana de hoy, en el patio principal de la Prisión Provincial de Madrid, ha sido ejecutado, con las formalidades exigidas por la ley en estos casos, la sentencia de pena de muerte dictada contra José María Jarabo. La ejecución ha tenido lugar en cumplimiento de la sentencia dictada por el Tribunal Supremo, por la que se le condenaba a cuatro penas de muerte como autor de dos asesinatos y dos robos con homicidio. El cuerpo fue llevado al cementerio escoltado por coches policiales.

En el camposanto se produjo un incidente: corría por Madrid el rumor de que Jarabo no había sido ejecutado gracias a sus influencias. Y un comisario oyó que uno de los chóferes lo comentaba, añadiendo que el que iba en el féretro era un gitano que también estaba condenado a muerte. El comisario agarró al chófer por el brazo, le puso la pistola en la sien y le obligó a abrir el féretro: ‘¿Es o no es Jarabo, rojo de mierda?’.

The Objective, 24 de mayo de 2020

miércoles, 6 de mayo de 2020

Hasta la boya

El forense de la localidad costera de Amity concluye que las heridas de la bañista hallada muerta en la playa son compatibles con un ataque de tiburón. En las aguas de Amity abundan los escualos pero nunca se había tenido noticia de uno con semejante diámetro de mordedura. La biología marina acredita, además, que estos depredadores tienden a echar el ancla en el medio que les procura alimento. La temporada turística, principal fuente de ingresos de la mayoría de los lugareños, está a punto de dar comienzo, pero ello no obsta para que el jefe de policía, Martin Brody, prohíba terminantemente el baño. El alcalde, Larry Vaughan, sopesa las consecuencias del éxodo de los veraneantes en la economía local y asume el riesgo de reabrir las playas. De acuerdo con las leyes de la ficción, el espectador infiere que el primero es un bienhechor y el segundo un malnacido; que uno obra en favor de sus convecinos y el otro vela únicamente por el negocio. Se trata, en cierto modo, del mismo precepto pseudocristiano por el que, sin apenas injerencias del sentido común (la incredulidad en suspenso general), damos por hecho que el viejo Quint no saldrá vivo de la peripecia: el tamaño de su arrogancia habría requerido, en efecto, un barco más grande. Si Amity no fuera un territorio mítico y el monstruo, un ingenio mecánico, Brody conservaría su vitola de héroe pero Vaughan no sería el villano que exige el guión, como saben los millones de españoles a los que hoy acecha la ruina. A esa clase de encrucijada nos ha llevado una pandemia en que la prensa de izquierdas no ha escatimado en mitos bastante más obscenos que el del liberal inmisericorde, como el que afirma que Grecia actuó de forma previsora porque no-tuvo-más-remedio (¡!), el que anuncia el advenimiento del novísimo hombre y, mi favorito, el que establece una relación causal, que no casual, entre el éxito en la gestión de la crisis y los gobiernos liderados por mujeres; la única condición, al parecer, es que Isabel Díaz Ayuso no figure entre ellas.

The Objective, 6 de mayo de 2020

viernes, 24 de abril de 2020

The Gipsy Prince


Rafael Castellón Vargas nunca supo qué ser, si torero, bailaor o cantante, la santísima trinidad de las artes a las que cualquier gitano de su tiempo estaba condenado. En la duda llegó a serlo todo: novillero fracasado, precursor de un paso de baile que amenazaba traspié, como de padrino borracho en un bautizo (y que luego sería el santo y seña del Jero, el del medio de Los Chichos), y vocalista de feria. Una medianía, dirán. En absoluto. De la amalgama de todas sus carencias surgió un artista irrepetible, un pionero sin conciencia alguna de serlo, tan seguro de su majestuosidad que sus actuaciones consistían básicamente en un repertorio de muecas que la afirmaran: nunca tuvo público sino un espejo, y acaso esa circunstancia influyó en que en todas sus galas parecía estar debutando. De él dejó escrito Carlos Herrera que le faltó cabeza y le sobró esparcimiento para llegar a ser una estrella. Traduzco: un flipao de sí mismo.

Cuenta la leyenda que el apodo de Príncipe le vino de sus ojos claros y la gorra de marinero con que lo tocaba su madre, que en cierta ocasión le arreó un tortazo en un tranvía y una viajera, al verlo, dijo en voz alta: “El guantazo que le ha dado la chacha, no te puedes fiar de ellas”. La ‘chacha’ respondió sacándose una teta y amorrando al hijo. “Pues tiene usted un príncipe”, terció la entrometida. Como era costumbre en la época, Castellón emergió al artisteo siendo aún un principito: no tenía 15 años cuando debutó en el Calderón, en el espectáculo de Lola Flores. El Príncipe Gitano cultivó la rumba, la zambra, la bulería, la copla, y en ninguno de los géneros escatimó ese horrísono bebebebe… que es a la música lo que el abaniqueo a la lidia. Pero cómo exigirle contención al exagerado. Cuando se medía con Rafael Farina (sí, millenials, el galleo rap no lo habéis inventado vosotros), el escenario se convertía en un bar del far west con algo más de lumbre.

El pasado verano entrevisté a Lolita para un reportaje sobre el Pescadilla y mencioné al Príncipe Gitano a propósito de Dos extraños son. “No te equivoques, mi padre era mi padre; el Príncipe Gitano era otra cosa”. Dos raros que, a su manera, desafiaron el canon como lo hicieron Bambino, María Jiménez o Camarón… O como su hermana, la Terremoto, cuyo hit Achilipú se recuerda por Las Grecas. Al Príncipe le ocurrió lo mismo: el Porompompero fue antes suyo que de Escobar, y el Obí-obá fue popularizado por los Gipsy Kings, que sí se atrevieron a publicitarse como reyes sin que importara de qué.

Fue Elvis quien parodió In The Ghetto.

The Objective, 24 de abril de 2020

martes, 21 de abril de 2020

Monclovismo de crisis

- Caracterización de la pandemia como una suerte de plaga bíblica ante la que sólo cabe la prédica. El tono afligido, rayando en el sollozo, de las primeras intervenciones de Sánchez, esas peroratas en las que parecía arrogarse el infortunio que sufría la Nación (encarnándose él mismo en ella, como posteriormente verbalizaría sin rebozo ninguno al proclamarse su máximo representante) trataban de exprimir la política emocional sobre la que ha teorizado el coach Redondo. La adversidad nos ha golpeado, sí, y frente a ello imploro vuestra compasión. O, por mejor decir, ‘tu’ compasión. La empatía y la antipatía como extensiones morales de la izquierda y la derecha.

- Utilización abusiva de los medios de comunicación públicos, en comparecencias revestidas de un boato y trascendencia que no se compadecen con el contenido de los mensajes, generalmente huecos. Esa ocupación trivial de los espacios televisivos ha involucrado también a altos cargos de instituciones policiales y militares. Véanse, a este respecto, las retahílas de infracciones superfluas, tipo ‘ayer le dimos el alto a un individuo que paseaba por la playa de San Juan’.

- Disolución de la responsabilidad. La apostilla de que la pandemia no es un problema exclusivamente español, sino planetario, se ha ido adhiriendo al discurso de la mayoría de los ministros del Gabinete. El azote que nos ha infligido el destino es universal y (alehop) ningún país estaba preparado para ello. Obviamente (¡razonablemente!), tampoco España. Como-no-podía-ser-de-otra-manera.

- Omisión sistemática de los casos griego, portugués y del Véneto.

- Escamoteo del duelo y exaltación del júbilo. En lugar de un minuto de silencio por los muertos, una salva de aplausos a los vivos (que en Lavapiés suelen ir acompañadas de gritos estridentes, entre el irrintzi batasuno y el alarido comanche). La España de los balcones como primavera de la sororidad. Una crisis versificada por Carlos del Amor.

- La post pandemia como reset moral que sitúe “la vida”, “lo común”, en el centro del debate político. Según es costumbre en España, la invitación a cambiar ‘nuestra’ escala de valores es unidireccional: quien está obligado a hacerlo son los demás. Una oportunidad, en suma, para que la derecha deponga su actitud.

- Invocaciones al ‘verdadero’ patriotismo, a menudo reforzadas por el uso de lenguaje belicista (el enemigo, la guerra) del que se infiere, cuasi naturalmente, el imperativo del ‘prietas las filas’, que permite presentar al discrepante como un traidor. De esa fraseología son tributarios los continuos llamamientos a la unidad (“este virus lo paramos unidos”), cuyo colofón ha sido el intento de forjar unos ‘pactos de la Moncloa’ que, dada la composición del Gobierno, no tienen otro propósito que blindarse tras una inmunidad de Estado.

- Intento de proyectar la acción del Gobierno como un hito democrático, añadiendo ese mismo adjetivo, ‘democrático’, a los anuncios presidenciales de mayor empaque. ‘Se trata del mayor despliegue de la democracia española’, ‘estamos ante una medida sin precedentes en la historia democrática de nuestro país’… Una forma de adanismo que, en este caso, aspiraba a identificar la estrategia del Ejecutivo con una operación de salvaguarda de la libertad.

The Objective, 21 de abril de 2020

viernes, 10 de abril de 2020

Mortaja blanca de mi esperanza


El progreísmo convirtió La España vacía, título del meritorio ensayo de Sergio del Molino, en la España vaciada, operación paranomásica por la que un sintagma descriptivo devino en seca incriminación. Detrás del participio vaciada, en efecto, debía haber un alguien, complemento agente. Y puesto que en nuestro ecosistema político esa clase de señalamiento opera en un solo sentido, la responsable del vaciado no podía ser sino la derecha, ese campo semántico de la desolación. Bastaba con ver el rictus de perspicacia con que los presentadores de las televisiones, de todas las televisiones, pronunciaban "España vaciada", ese retintín en el que aún se obstinan, como quien aspira a insinuar que a ellos no se la cuelan, que si el periodismo exige porqués (¡ir más allá!, claman, ignorando lo mucho que deben sus análisis a Jiménez del Oso), ahí están su ceño fruncido y su proverbial antipatía. La base de semejante imputación es, además de ontológica, taumatúrgica. Dado el umbral de confort que ha propiciado el progreso (al punto de obligar a la izquierda a acularse en lo identitario), cómo no iba a merecer un 15-M que en el Pico de Urbión aún no haya fibra óptica. De hecho, la inmensa mayoría de los filtros (mileurista, desafecta, tóxica...) que nuestro socialpopulismo instagramer aplica a España son achacables al PP y sus envolturas.

La imagen que hizo fortuna para ilustrar la Gran Depresión fue la de un chamarilero al que el New York Times hizo pasar por famélica legión, y la explicación de esa indigencia no pudo tener mejor iconografía que la Valencia de Paco Camps. Un trampantojo y una falla. Y por lo que toca a la huelga feminista del 8-M, aún resuena la consigna que, en boca de Begoña, resumía el caso: "Dónde están, no se ven, las banderas del PP". De algún modo, la misma trama que redundó en 5 millones de parados servía para sustanciar políticamente el terrorismo machista. "Ya son 30 con la de hoy…". Ese "ya", no lo duden, encierra un argumentario.

Ahora, con la crisis del coronavirus, mostrar los féretros es amarillismo, morbosidad, demagogia. Mal gusto. Rafa Latorre dejó anteayer escrito en El Mundo el pie de foto más urgente de estos días. La imagen, no obstante, hablaba por sí misma. No ya por el 'No trespassing' trocado en 'Celebración de cumpleaños'; lo conmovedor era el orden alfabético: higiénico, salvífico, brutal. El Gobierno querría que la tragedia quedara confinada en un puñado de ripiosos anecdotarios del yo. Y que los lemas que presidieran el estado de alarma fueran "La España de los balcones" o el "Gorda, que estoy de guardia".

Hasta que una portada vino a recordarnos que si el poder estuviera en manos del enemigo, ésta sería la España muerta. O, por ceñirme al protocolo, exterminada.

Libertad Digital, 10 de abril de 2020

martes, 7 de abril de 2020

España anovillada

Sabía de Cruz Novillo por su logotipo de El Mundo y mi propensión a recordar exotismos. Un planeta dividido en secciones. Por decirlo sin ambages: de Cruz Novillo lo ignoraba casi todo, máxime teniendo en cuenta hasta qué punto la memoria visual de cualquier español es, en tantos recovecos, una reminiscencia de su obra. Hoy, gracias al extraordinario documental de Andrea Gutiérrez Bermejo y Miguel Larraya (Filmin), sé que también le debemos los emblemas de Correos, Renfe, Repsol, PSOE, la primigenia Antena 3, Cadena Cope o la Policía Nacional, un encargo, este último, que remató reemplazando los uniformes marrones que vestían los agentes a principios de los ochenta, más propios de una dictadura bananera (¡maderos!), por ese azul inobjetablemente europeo que siguen luciendo. No es exagerado afirmar que Cruz Novillo dotó a la democracia de identidad corporativa, máxime en el plano institucional, donde, de su mano, el yugo y las flechas dieron paso a una semiótica aseada, más acorde con el país moderno, cuasi milagroso, en que España parecía convertirse. El hombre que diseñó España, se titula el ¿biopic?, al que Andrea y Miguel, pareja, han consagrado cuatro años de intermitencias. Dos españoles, en efecto, cuando lo habitual es que detrás del apostolado de cualquier insólito nacional haya un académico oxoniense. Mantuve con ellos, dechado de amabilidad, una conversación confinada; me interesaba saber cómo habían llegado a Novillo, qué les había conducido a celebrar su figura con esa película, originalísima por cuanto, además, comprende el making-of de su propio cartel. “Todo empezó por eso, por sus carteles”, me dice Andrea. La cartelería, claro: Peppermint Frappé, La escopeta nacional, Cría cuervos, Ana y los lobos, Mamá cumple 100 años, Deprisa deprisa, Historias del Kronen, Barrio, Los lunes al sol… Acaso el principal mérito de Querejeta haya sido confiarle a este gigante el póster de sus producciones. Se trata, por lo demás, del único diseñador que se ha ocupado de la bandera de una comunidad autónoma. Fue la de Madrid, la última en serlo, y lo hizo al alimón con Santiago Amón. Para ello, como cuenta en EQDE Joaquín Leguina, Novillo se inspiró en el grana-carmesí del estandarte de Castilla y las estrellas de la osa menor (“el claro cielo de Madrid”, López de Hoyos dixit), siete fulgores que los ultras de la época tildaron de vietnamitas. Una enseña doblemente roja, ay. Creerán mis coetáneos que les hablo de Novillo como una vieja gloria. Ayer, conforme al vaciado universal que ha conllevado el estado de alarma, limpió su logo de El Mundo, ese por el que tuve noticia de él hace ya 30 años. Un planeta al que estos días sólo le quedan secciones. ¿Que diseñó? Tal es la única tacha de un trabajo imprescindible.

The Objective, 7 de abril de 2020

lunes, 27 de enero de 2020

Nostalgia del dóberman

Fiel a su naturaleza perdonavidas, el PSOE vuelve a invocar la necesidad de que el PP se civilice. Sólo de ese modo, arguyen sus mandos, la democracia española será homologable al resto de democracias europeas, esas donde los partidos de derecha son todo lo modernos que un partido de derechas puede ser.

Hubo una época en que el prototipo de 'pepero' moderno, aquel en el que la izquierda veía una suerte de horizonte moral, fue Alberto Ruiz-Gallardón, verso suelto; tan suelto, de hecho, que en apenas unos años pasó de autorizar la dispensación gratuita a menores de la píldora postcoital a abanderar la ley del aborto más restrictiva de nuestra historia reciente. También a Cristina Cifuentes se le adjudicó el papel de derechista buena, el mismo que en los últimos tiempos ha recaído en Borja Sémper.

Por cierto, resulta obsceno que ninguno de los medios que fueron a consolar a Sémper con el solo objetivo de seguir vituperando a Cayetana Álvarez de Toledo, ya saben, "¿está usted de acuerdo con que la situación es hoy más difícil que cuando ETA mataba?", le formularan esa misma pregunta a la viuda de Gregorio Ordóñez, Ana Iríbar, cuyo diagnóstico al respecto no parece diferir del que esbozara Álvarez de Toledo. Pero claro, la ecuanimidad no tiene lugar en la operación de acoso y derribo de que está siendo objeto la portavoz del grupo parlamentario del PP.

A lo que íbamos: la mutación contemporánea de la consigna es "Ojalá el PP dejé de bailar al compás de Vox". Y así volver, ¡animalistas los quiere Dios!, a su prístina condición de dóberman. Que la dirigente del PP que más ha porfiado en subrayar la faz demagoga de Vox, que con más agudeza, en fin, ha desvelado su deje xenófobo (inexorablemente vinculado a su condición de partido nacionalista) haya sido precisamente Álvarez de Toledo, no impide que sus enemigos (a diestra y siniestra) sigan identificando sus posiciones con lo que tildan de deriva ultra del PP.

Porque es la guerra, sí, pero no sólo. La consolidación 'ambiental' de esa falacia también tiene que ver con la clave de bóveda de la era Twitter, cual es el descrédito de la verdad. No en vano, Sánchez se permite acusar a los populares de bailar al son de Abascal al tiempo que él y su guardia pretoriana se podemizan sin rebozo, protagonizando la clase de escándalos que cabría esperar (¡que sólo cabría esperar!) de Iglesias, Montero o Garzón, en lo que se antoja una burda maniobra para ir vaciando de sentido a sus socios del Ejecutivo.

La reunión ¡bilateral! con Torra, el nombramiento de Delgado como Fiscal General del Estado, la reforma del delito de sedición, el encuentro furtivo en Barajas con Delcy Rodríguez, el desprecio institucional a Juan Guaidó... Eso sí, el partido que se radicaliza, el que se aleja de los estándares europeos, es el PP. Y es que el programa de gobierno no tiene más que un punto, y es el de ser opositores a la oposición.

Voz Pópuli, 27 de enero de 2020

lunes, 20 de enero de 2020

Un reservado

Oficina Nacional de Prospectiva y Estrategia de País a Largo Plazo. Dada la trayectoria de Iván Redondo, detrás de tan pomposo nombre no habrá, no puede haber, ninguna "estrategia de país", sino un think tank que tendrá por cometido la perpetuación de su cliente en el cargo. Lo más parecido, por cierto, a un organismo de esas características fue Euromind, el foro que promovió la ex eurodiputada Teresa Giménez Barbat en el Parlamento Europeo, y que durante cuatro años expurgó la política de apriorismos para anclarla en los hechos.

Altos vuelos, en suma. Y de un individuo como Redondo, para el que la verdad no resulta tan crucial como la emoción, no cabe esperar más que bajuras. La denominación misma del superchiringuito (lo mucho que porfían Vox y Cs en extender el vocablo y les ha pasado inadvertida la más certera de sus aplicaciones); la añadidura de 'De País' a un convoy en el que ya figura 'Nacional' es un caso elocuente de 'Excusatio non petita, accusatio manifesta'. Cualquier otro dirigente que no fuera Sánchez no exigiría la reiteración; en Sánchez, en cambio, es inexcusable, y así parece entenderlo su consejero áulico.

No parece ilegítimo que el jefe del Ejecutivo pretenda eternizarse en La Moncloa. Ahora bien, instaurar para ello un ministerio en la sombra, esto es, con presupuesto a cargo del erario pero al margen de cualquier posibilidad de escrutinio (no en vano, una de las virtudes más renombradas de Redondo es... ¡su secretismo!, del que también es tributario su prestigio) es una aberración. Jamás, en fin, una figura pública con tanta ascendencia en un presidente se había visto exonerada de la obligación de rendir cuentas a la oposición y a la prensa.

En este sentido, resulta oportuno echar la vista atrás y recordar los días en que Pablo Iglesias clamaba en sus homilías por el advenimiento de la democracia real, bien entendido que la que se había instaurado en España con la Transición no podía llamarse de tal modo, pues su ámbito de decisión no era el Parlamento sino los reservados de los restaurantes de lujo. La Oficina de Iván Redondo no es más que la institucionalización del reservado en el centro del poder, lo que, en cierto modo, confirma que el tan cacareado mandato de transparencia (cacareado, sobre todo, por Podemos) no ha sido más que un sortilegio al servicio de la demagogia.

(Me pregunto, a cuenta de esta y otras remodelaciones, en qué quedará la Secretaría de Estado de la España Global, fletada en 2018 para "mejorar la percepción de nuestro país en el exterior y entre los propios españoles". Y si el Clérigo de Lledoners no habrá ordenado ya que la clausuren; o, por decirlo con las formas que la cárcel le ha inoculado, 'que la chapen').

Voz Pópuli, 20 de enero de 2020