domingo, 27 de septiembre de 2020

No había espejos


Abe Bomba, judío de Częstochowa, llevaba cuatro semanas en Treblinka cuando las autoridades seleccionaron entre los internos a una brigada de peluqueros que él mismo, que había desempeñado el oficio durante años en su ciudad natal, fue llamado a liderar. El cometido para el que fueron reclutados fue el de cortar el pelo a las mujeres que ingresaban en el campo. Se trataba de que las recién llegadas creyeran estar recibiendo un trato decoroso, lo suficiente como para que la muerte resultara una incongruencia.

La mañana en que empezaron a trabajar, un grupo de soldados les condujo, a través de un sendero circundado por una maraña de alambres (designado por los nazis con el nombre de "el camino al cielo") hacia la estancia que haría las veces de peluquería: la cámara de gas. "Habían puesto bancos", rememora ante Claude Lanzmann en la monumental Shoah, "para que las mujeres pudieran sentarse y no sospecharan que ésa era su última etapa, su último suspiro. Para que no sospecharan nada. Un kapo nos lo transmitió con estas palabras: "Peluqueros, deben hacerlo de tal manera que todas las mujeres que entren aquí crean que sólo van a recibir un corte de pelo, tomar una ducha, y que después saldrán de aquí".

"Descríbalo con precisión", le ruega Lanzmann.

"Esperábamos dentro de la cámara de gas y llegaba el transporte, mujeres con sus hijos. Los peluqueros empezábamos a cortarles el pelo y yo creo que algunas de ellas, si no todas, sabían ya lo que les iba a suceder. Llegaban desnudas, tanto ellas como los niños. Tratábamos de hacerlo lo mejor posible, como lo hubiese hecho un peluquero que hace un corte normal, pero que debe, al mismo tiempo, quitar el máximo de pelo, pues los nazis lo enviaban a Alemania, sus razones tendrían. No las rapábamos. Era, insisto, un corte normal, con peine y tijeras; la idea era que pareciera bonito, pero nosotros éramos 16 y ellas eran unas 70 por tanda, así que apenas podíamos dedicar 2 minutos a cada corte, porque fuera ya había otro grupo esperando. No había tiempo que perder. Cuando estaban todas peladas, nos mandaban salir y las gaseaban. Un comando sacaba los cadáveres y limpiaba el suelo para que entrara el siguiente grupo".

-¿Y usted qué sentía?

-Le voy a contar una cosa: uno de los días en que estuve cortando el pelo en la cámara de gas, llegaron unas mujeres de mi ciudad, Częstochowa. Otro peluquero, también de Częstochowa, amigo mío, vio que entre esas mujeres estaban su mujer y su hermana.

En ese instante, Abe se quiebra. La entrevista se desarrolla en la peluquería que, cuando Lanzmann puso en pie el proyecto, él regentaba en Jolón, Israel. Mientras Lanzmann le interroga, Abe arregla a un cliente. La evocación de su amigo, enfrentado a la tarea de cortar el pelo a su mujer y su hermana, le impide seguir hablando, mas no proseguir con el trabajo.

"Continúe, Abe, es necesario y usted lo sabe."

Éste es un artículo de actualidad.

The Objective, 27 de septiembre de 2020

viernes, 25 de septiembre de 2020

Sánchez y Ayuso

La equiparación entre Isabel Díaz Ayuso y Pedro Sánchez a la hora de evaluar el fracaso español en la contención del coronavirus es el último grito en equidistancias. A semejanza de lo que ocurrió en Cataluña, se trata de hacer pasar la frivolidad, el dolce far niente de la vida contemplativa, por un alarde de sensatez e incluso de integridad.
Cual si rindiera a su público una prueba de independencia, de insobornable lucidez, el demediador demediado divisa el incendio y reparte negligencias a diestro y siniestro, según una modalidad de tercerespañismo más emparentada con quienes ni saben ni contestan que con Chaves, Costa o Madariaga, y cuyo único propósito, en verdad, es mancharse lo menos posible.

La Comunidad de Madrid ha incurrido en errores, y la propia Ayuso los ha reconocido sin remilgos, disculpándose por ello y admitiendo que hay aspectos de su gestión que habría resuelto de otra forma. Con todo, un porcentaje abrumador de la indeterminación con que, en algunas ocasiones, ha actuado su Gobierno, o de los riesgos que ha asumido en otras, son imputables a la voluntad de guardar el equilibrio, inexorablemente precario, entre dos obligaciones: la de velar por la salud y la de evitar la ruina; ambos convergen en un mismo punto: salvaguardar la vida.

Detrás de las deficiencias de Sánchez, en cambio, siempre ha habido un indisimulado afán por, en los primeros días de la pandemia, anteponer su agenda ideológica a la emergencia sanitaria y, desde entonces, servirse del derrumbe para tratar de desproveer de legitimidad a la derecha y convertir nuestra monarquía parlamentaria en una república tintinesca. Por el camino, ha instituido una doble contabilidad mortuoria (la gubernamental y la antigubernamental), ha llamado a sus esbirros a retorcer el dolor, ha fabulado un comité de expertos a cuyas reuniones, no lo olvidemos, decía asistir ("¡hay que ver lo que aprendo!", llegó a apostillar), ha tomado al asalto las instituciones y ha usurpado el papel de la Corona acudiendo a la Real Casa de Correos como los Reyes acuden a consolar a los deudos en los funerales de Estado (y eso en el mejor de los casos, pues tuvo la osadía de proclamar que él iba a ayudar, como aquellos hombres que, antiguamente, ayudaban en casa).

La política, cualquier política, es inseparable de la moral que la sostiene, de ahí que no quepa comparar a quien trata de sofocar el incendio con quien, entre ostentosas tribulaciones, va calculando el terreno edificable. Con el equidistante al fondo tocando la lira.

The Objective, 25 de septiembre de 2020