lunes, 27 de enero de 2020

Nostalgia del dóberman

Fiel a su naturaleza perdonavidas, el PSOE vuelve a invocar la necesidad de que el PP se civilice. Sólo de ese modo, arguyen sus mandos, la democracia española será homologable al resto de democracias europeas, esas donde los partidos de derecha son todo lo modernos que un partido de derechas puede ser.

Hubo una época en que el prototipo de 'pepero' moderno, aquel en el que la izquierda veía una suerte de horizonte moral, fue Alberto Ruiz-Gallardón, verso suelto; tan suelto, de hecho, que en apenas unos años pasó de autorizar la dispensación gratuita a menores de la píldora postcoital a abanderar la ley del aborto más restrictiva de nuestra historia reciente. También a Cristina Cifuentes se le adjudicó el papel de derechista buena, el mismo que en los últimos tiempos ha recaído en Borja Sémper.

Por cierto, resulta obsceno que ninguno de los medios que fueron a consolar a Sémper con el solo objetivo de seguir vituperando a Cayetana Álvarez de Toledo, ya saben, "¿está usted de acuerdo con que la situación es hoy más difícil que cuando ETA mataba?", le formularan esa misma pregunta a la viuda de Gregorio Ordóñez, Ana Iríbar, cuyo diagnóstico al respecto no parece diferir del que esbozara Álvarez de Toledo. Pero claro, la ecuanimidad no tiene lugar en la operación de acoso y derribo de que está siendo objeto la portavoz del grupo parlamentario del PP.

A lo que íbamos: la mutación contemporánea de la consigna es "Ojalá el PP dejé de bailar al compás de Vox". Y así volver, ¡animalistas los quiere Dios!, a su prístina condición de dóberman. Que la dirigente del PP que más ha porfiado en subrayar la faz demagoga de Vox, que con más agudeza, en fin, ha desvelado su deje xenófobo (inexorablemente vinculado a su condición de partido nacionalista) haya sido precisamente Álvarez de Toledo, no impide que sus enemigos (a diestra y siniestra) sigan identificando sus posiciones con lo que tildan de deriva ultra del PP.

Porque es la guerra, sí, pero no sólo. La consolidación 'ambiental' de esa falacia también tiene que ver con la clave de bóveda de la era Twitter, cual es el descrédito de la verdad. No en vano, Sánchez se permite acusar a los populares de bailar al son de Abascal al tiempo que él y su guardia pretoriana se podemizan sin rebozo, protagonizando la clase de escándalos que cabría esperar (¡que sólo cabría esperar!) de Iglesias, Montero o Garzón, en lo que se antoja una burda maniobra para ir vaciando de sentido a sus socios del Ejecutivo.

La reunión ¡bilateral! con Torra, el nombramiento de Delgado como Fiscal General del Estado, la reforma del delito de sedición, el encuentro furtivo en Barajas con Delcy Rodríguez, el desprecio institucional a Juan Guaidó... Eso sí, el partido que se radicaliza, el que se aleja de los estándares europeos, es el PP. Y es que el programa de gobierno no tiene más que un punto, y es el de ser opositores a la oposición.

Voz Pópuli, 27 de enero de 2020

lunes, 20 de enero de 2020

Un reservado

Oficina Nacional de Prospectiva y Estrategia de País a Largo Plazo. Dada la trayectoria de Iván Redondo, detrás de tan pomposo nombre no habrá, no puede haber, ninguna "estrategia de país", sino un think tank que tendrá por cometido la perpetuación de su cliente en el cargo. Lo más parecido, por cierto, a un organismo de esas características fue Euromind, el foro que promovió la ex eurodiputada Teresa Giménez Barbat en el Parlamento Europeo, y que durante cuatro años expurgó la política de apriorismos para anclarla en los hechos.

Altos vuelos, en suma. Y de un individuo como Redondo, para el que la verdad no resulta tan crucial como la emoción, no cabe esperar más que bajuras. La denominación misma del superchiringuito (lo mucho que porfían Vox y Cs en extender el vocablo y les ha pasado inadvertida la más certera de sus aplicaciones); la añadidura de 'De País' a un convoy en el que ya figura 'Nacional' es un caso elocuente de 'Excusatio non petita, accusatio manifesta'. Cualquier otro dirigente que no fuera Sánchez no exigiría la reiteración; en Sánchez, en cambio, es inexcusable, y así parece entenderlo su consejero áulico.

No parece ilegítimo que el jefe del Ejecutivo pretenda eternizarse en La Moncloa. Ahora bien, instaurar para ello un ministerio en la sombra, esto es, con presupuesto a cargo del erario pero al margen de cualquier posibilidad de escrutinio (no en vano, una de las virtudes más renombradas de Redondo es... ¡su secretismo!, del que también es tributario su prestigio) es una aberración. Jamás, en fin, una figura pública con tanta ascendencia en un presidente se había visto exonerada de la obligación de rendir cuentas a la oposición y a la prensa.

En este sentido, resulta oportuno echar la vista atrás y recordar los días en que Pablo Iglesias clamaba en sus homilías por el advenimiento de la democracia real, bien entendido que la que se había instaurado en España con la Transición no podía llamarse de tal modo, pues su ámbito de decisión no era el Parlamento sino los reservados de los restaurantes de lujo. La Oficina de Iván Redondo no es más que la institucionalización del reservado en el centro del poder, lo que, en cierto modo, confirma que el tan cacareado mandato de transparencia (cacareado, sobre todo, por Podemos) no ha sido más que un sortilegio al servicio de la demagogia.

(Me pregunto, a cuenta de esta y otras remodelaciones, en qué quedará la Secretaría de Estado de la España Global, fletada en 2018 para "mejorar la percepción de nuestro país en el exterior y entre los propios españoles". Y si el Clérigo de Lledoners no habrá ordenado ya que la clausuren; o, por decirlo con las formas que la cárcel le ha inoculado, 'que la chapen').

Voz Pópuli, 20 de enero de 2020

domingo, 19 de enero de 2020

El payo Chac no se acaba nunca

Rosario Amaya, esposa de Jacques Léonard.  Montjuïc. Barcelona, 1952. 
© Jacques Léonard. Archivo Familia Jacques Léonard 
La Estruje. Montjuïc. Barcelona, ca. 1960.
© Jacques Léonard. Archivo Familia Jacques Léonard 
Rosario y Josefa Amaya. Montjuïc. Barcelona, ca. 1950.
© Jacques Léonard. Archivo Familia Jacques Léonard 
La Fona. Pasaje de la Vinyeta, Barcelona, ca. 1960
© Jacques Léonard. Archivo Familia Jacques Léonard 

La playa del Somorrostro pone de relieve, más que ningún otro paisaje barcelonés, el derrame de progreso acontecido en la ciudad en los últimos setenta años. El arenal que va del Hospital del Mar al puerto Olímpico, hoy jalonado por centros de investigación punteros y flamantes espacios de recreo, fue hasta 1966 el núcleo de un enjambre de barracas que se extendía por el norte hasta el Bogatell, y en el que llegaron a hacinarse 18.000 personas, en su mayoría gitanas. De ese y otros asentamientos, como los de Montjuïc, Casa Antúnez o Pequín, levantó testimonio gráfico el fotógrafo parisino Jacques Léonard, un bohemio de familia acomodada que había echado el ancla en Barcelona tras enamorarse gravemente de la modelo de pintores Rosario Amaya, prima de la bailaora Carmen y, como ella, de raza calé. En su arraigo, tan determinante como el flechazo fue la admiración que profesaba a la cultura romaní, al punto que atisbó en los valores que la cimentaban una suerte de horizonte moral. Nacía la leyenda del Payo Chac, como en adelante le llamarían quienes, en puridad, eran ya los suyos.


Con la misma Rolleiflex con que se ganaba el parné en publicaciones como La Gaceta Ilustrada o La Vanguardia, Léonard atrapó la vida a borbotones de la gitanería, en lo que fue el reportaje de su vida. Su mirada no se recrea en los tópicos paternalistas ni pretende suscitar la compasión del espectador; antes bien, confiere a sus personajes una dignidad insospechada incluso para los gitanos mismos, a los que el '¡click!' arranca a menudo un gesto de asombro. La lente del Payo Chac convierte a los quincalleros en señores de los caminos y a las matriarcas en arrebatos de bronce. Con una particularidad: el grueso de los retratos suele ir acompañado de un pie. Los más de 3.000 negativos que Santi y Álex Léonard, los hijos de Jacques y Rosario, legaron en 2011 a l'Arxiu Fotogràfic de Barcelona, no son una montonera innominada; antes bien, corresponden a individuos realmente existentes.

La más reciente muestra del fondo Léonard es Romís (mujeres, en caló), setenta fotografías que reivindican la figura de la mujer gitana, un retablo viviente en que se entreveran la comicidad, la fiereza, el orgullo y, por qué no decirlo, la soberbia. Adolescentes con hijos a cuestas, adivinadoras envueltas en bisutería, alquimistas de la cocina del aprovechamiento, casaderas en cuyos ojos aletea un fulgor de esperanza... Ninguna de las instantáneas escapa al zarpazo de la miseria, pero ésta no se halla sobrerrepresentada ni eclipsa a las verdaderas protagonistas. Lo que nos cuenta el Payo Chac es más, mucho más turbador que lo que pueda evocar una cría descalza, sucia y hambrienta. Es la posibilidad de que en ese humedal arraigara algo parecido a la felicidad.

Fashion & Arts Magazine, enero de 2020

viernes, 17 de enero de 2020

Cabeza de afgano

El día 7 de enero Santiago Abascal llevó a la tribuna del Congreso a tres jóvenes afganos a los que la policía había detenido en Murcia por la presunta violación, la madrugada de fin de año, de tres hermanas estadounidenses. La presunción es mía, no de Abascal, quien tampoco la aplicó al resto de los individuos, en su mayoría extranjeros, a los que ese día sacó a la palestra. Como es costumbre en los dirigentes de Vox, el redondeo, ya fuera en forma de imprecisión, exageración o ausencia de cautela, fue el rasgo predominante del discurso. Siempre al alza. Porque si bien la enumeración de incriminados se atuvo en lo sustancial a la verdad, el dato con que la abrochó (el 70% de los condenados en manadas son extranjeros) procedía del subtítulo (falaz) de un reportaje de El Mundo en el que se mezclaban de manera un tanto confusa informes correspondientes a periodos distintos.

De acuerdo con el Registro Central de Penados, dependiente del Ministerio de Justicia, el total de condenados en España por delitos contra la libertad e indemnidad sexual fue en 2018 de 2.754, de los que 2.035 eran españoles (73,9%) y 719 extranjeros (26,1%). El número de extranjeros sobre la población inscrita en el padrón a 1 de enero de 2019 era de poco más de 5 millones de individuos, lo que arroja un porcentaje sobre la población residente en España del 10,6%. Cruzando el número de condenados por delitos sexuales con el número de extranjeros (inscritos en el padrón, insisto) la tasa de delincuentes sexuales condenados entre la población extranjera en España es, en efecto, mayor que la de condenados entre la española (0,014% frente a 0,005%, respectivamente).

Dicho de otro modo: tal vez haya una razón atendible por la que acometer una tarea de prevención específica, pero de ahí a proyectar un simulacro electoralista hay un trecho. Y Vox, como el partido populista que es, lo recorre sin rebozo ninguno, consciente de que su prédica sólo es eficaz cuando contiene la dosis justa de mentiras.

Ocurre, sin embargo, que la realidad rara vez se acomoda al trazo grueso. Así, la sospecha de que las tres hermanas estadounidenses se habían inventado la violación para cobrar el seguro ha dejado a Vox colgando de la brocha, y nunca mejor dicho. Las denuncias falsas figuran en su repertorio, sí, pero abrazar esa causa convertía a los tres afganos en sujetos de derecho, de ahí que en lugar de rectificar (máxime habiendo llevado el caso a las Cortes) hayan echado tierra sobre el asunto. Y así, incapacitados por su demagogia, no han se han atrevido a aventurar la posibilidad, ciertamente escandalosa, de que tres mujeres hayan visto en los afganos a los candidatos idóneos para endilgarles un crimen, aprovechándose así de su pertenencia a un colectivo 'criminalizable'. ¡De lo que son capaces, ay, las mujeres! Pero hasta ahí, ya digo, no les ha llegado la manta.

Voz Pópuli, 17 de enero de 2020

lunes, 13 de enero de 2020

El Ministerio de Playas y Adoquines

Una parte nada despreciable de las noticias que genera la Universidad (y no sólo la española) tiene que ver con la intolerancia. La última, el boicot en la UPF a manos de una decena de feministas de la ponencia que el profesor Pablo de Lora debía dictar sobre transexualidad, en el marco del seminario Gender, organizado por el grupo de investigación Barcelona Institute of Analytic Philosophy. Lo que quebró a De Lora no fue tanto la extorsión cuanto que el grupúsculo que la ejecutó actuara con el beneplácito, y aun el estímulo, de una profesora que también participaba en la sesión, y que días antes había retuiteado este grafitti de lavabo: "De Lora señoro, cis y heteropatriarcal". Huelga decir que la colega, a la que él escuchó con atención, no le dirigió la palabra durante el acto, aunque no se sabe si por desprecio o por vergüenza.

Esta clase de altercados nunca ha sido excepcional, y menos en las facultades catalanas, donde la vida académica se rige desde tiempos inmemoriales por la consigna "Fora feixistes de la universitat". En los últimos años, no obstante, los embates del autoritarismo se han institucionalizado, y no lo digo únicamente porque sean cada vez más frecuentes o porque entre los activistas se cuenten docentes (la acometida de Pablo Iglesias y sus cachorros contra Rosa Díez y Antonio Elorza es hoy un paradigma); también por la creación de estructuras como las unidades de Igualdad, el equivalente en materia feminista y LGTBI a las oficinas de delación lingüísticas.

La de la UPF, sin ir más lejos, llegó a presentar a los organizadores de Gender la petición de un alumno de que se desconvocara a De Lora (por "señoro", hemos de suponer) y él ocupara su vacante. Recordemos, por lo demás, que el equipo de gobierno de la UAB se negó a condenar (invocando el diluyente "rechazamos") el escrache a Cayetana Álvarez de Toledo del pasado abril, y que esas mismas autoridades han sido condenadas  en segunda instancia por vulneración de los derechos fundamentales del alumnado, tras negarse a inscribir a la asociación Jóvenes de Sociedad Civil Catalana de la UAB en el directorio de colectivos del Campus de Bellaterra.

No está de más subrayar que el odio es unidirecional y quienes lo segregan pertenecen a la misma esfera. La cuenta de Twitter de la directora de la Unidad de Igualdad de la UPF es, en este sentido, harto elocuente, pues alterna con ejemplar paridad la exaltación batasuna y la lucha LGTBI. Un mismo frente, como puso de manifiesto la profesora de Filosofía del Derecho de la UPF Neus Torbisco-Casals, en una de las jornadas de la Universitat Catalana d'Estiu: "Si a partir de mañana yo digo que dejo de ser una mujer, que quiero que me traten como un hombre, es más importante mi voluntad subjetiva que lo que me consideran los demás". Con la autodeterminación de Cataluña, concluyó, sucede algo similar, "lo que ocurre es que el derecho internacional, que es poco sofisticado, aún no lo admite".

No, a Castells no se le ha nombrado ministro de Universidades por ser una eminencia. Ni siquiera por ser un impostor. Su único mérito haber legitimado la violencia callejera que ha engendrado el 'procés' y haber reclamado que no se demonizara a los "jóvenes catalanes" que "se han puesto en primera línea" después de ver "cómo pegaban a sus abuelos". Viene de parte de Colau, por lo que rara vez una cuota habia sido tan representativa.

Voz Pópuli, 13 de enero de 2020

sábado, 11 de enero de 2020

El populismo y sus metáforas

El cáncer que sufre la diputada de En Comu Podem Aina Vidal sobrevoló la sesión de investidura como una causa política, equiparable en solemnidad, urgencia y heroicidad a la proclamación del Gobierno de coalición PSOE + Unidas Podemos. La propia Vidal, en el comunicado en que hizo pública su enfermedad, y en el mismo párrafo en que la describía como un "cáncer raro, extendido y agresivo", mencionaba los 'bramidos de la derecha' para, unas líneas más allá, vincular el Ejecutivo progresista con el 'retorno' de las inversiones en ciencia e investigación (que, como es sabido, se habían extinguido bajo el mandato del PP). "Porque la ciencia es vida y la vida necesita recursos", remachaba, identificando, cuando menos de manera imprudente, a la izquierda con la vida. Al hilo de estas palabras, Pablo Iglesias comenzó su intervención agradeciéndole su presencia en el Congreso e Íñigo Errejón, en una vuelta de tuerca, equiparó el anhelo de curación de Aina a la conquista del poder. "Muchísima fuerza y todo el coraje porque esta lucha también la vas a ganar”. También, sí: el derrame sentimental en el que de súbito se reencontraron los excompañeros, había obrado el efecto de conferir a la dolencia un sentido ideológico.

Obviamente, no se trata de un fenómeno novedoso. De hecho, esta misma semana la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, ha hecho saber, bando, que tuvo a su segundo hijo en abril de 2017, con 43 años y siendo alcaldesa; que el niño nació por cesárea y todo salió bien, él guapísimo y, lo más importante, sano; que a ella le quedó la barriga destrozada, con la musculatura abdominal abierta y una hernia importante en el ombligo. "Explico esto", concluía, "porque creo que mi experiencia es compartida por miles de mujeres y creo que es oportuno visibilizarla". La deformación que le produjo el alumbramiento engrosaba, así, su repertorio de experiencias simbólicas, representativas de todos y cada uno de los frentes identitarios que hoy en día vertebran a la izquierda. El tipo de retórica, en fin, que anteayer señaló a Mariano Rajoy como responsable indirecto de que un joven tirase a su hijo al Besós, o que declaró 'crímenes de Estado' los suicidios habidos durante la crisis, o que llenó las redes sociales con imágenes de parias buscando sobras en contenedores, convirtiendo España en una, dos, tres Calcutas. Para explotar esa veta, ciertamente, nunca hizo falta leer a Gramsci; bastó con intuir que no hay nada más persuasivo que hablarle al pueblo, a la gente, con el muñón a la vista.

He vuelto a Susan Sontag, su cenital La enfermedad y sus metáforas: "La utlización del cáncer en el lenguaje político promueve el fatalismo y justifica medidas 'duras'. [...] Nunca es inocente el concepto de enfermedad, pero cuando se trata de cáncer se podría sostener que en sus metáforas va implícito un genocidio". Pero no. Unidas Podemos ni siquiera ha incurrido en metáforas desafortunadas. Antes bien, su lenguaje incriminatorio es de una cristalina rectitud.

Hay una postrera, fatal consecuencia en todo ello: la posibilidad de que el cáncer de Aina Vidal no sea el cáncer de Aina Vidal, sino una alegoría.


The Objective, 11 de enero de 2020

lunes, 6 de enero de 2020

En busca del unicornio

El sanchismo, ese -ismo que ha hecho fortuna para designar la enésima deriva del PSOE- ha tenido el efecto indeseado de preservar la inocencia de las siglas. Gracias a esa sinécdoque que el grueso de los críticos de Sánchez hemos puesto en circulación con no poca naturalidad, y en algún caso con un deje de perspicacia, ha prosperado la idea (¡el desideratum!) de que el candidato a la presidencia y su corte de palmeros se hallan más allá de lo admisible, mientras que los barones, la vieja guardia y aun los exiliados interiores, gentes, en fin, como Nicolás Redondo, Joaquín Leguina o el ya ex militante José María Múgica, constituyen un rescoldo que, oportunamente avivado por una suerte de Deus ex Machina, devolverá al partido a sus cabales más pronto que tarde.

Abroquelada en esa fantasía, fiada al advenimiento de un PSOE (auténtico) de veras concernido por la defensa del Estado de Derecho, hay una pléyade intelectual dispuesta a seguir esperando a ese Godot que, como dijera Pedro Laín, representa "la felicidad salvadora y plenaria, la resolución de todos los reales y posibles problemas de su existencia". La verbalización de esa espera, no obstante, suele ser más prosaica. 'Los históricos no permitirán esa tropelía', 'Si la vaselina prende, la rebelión será imparable', '¿Y Borrell? ¿Se ha pronunciado ya Borrell?', 'Me resisto a creer que en el PSOE no quede nadie con principios'.

Y qué decir de quienes leen el poso en los editoriales de El País, vislumbrando en afirmaciones tan sumamente sensacionales como que convendría que los españoles conocieran la letra del acuerdo con ERC, un dique postrero frente al nacional-populismo.

La grave acumulación de evidencias, insisto, no parece tener efecto alguno. Lo singular del caso español es que esa izquierda exquisita persevera en la búsqueda (ciertamente, cada vez más desesperada) de socialistas mitólogicos. Al punto que no descarto que la resistencia a la realidad no sea más que una expresión atenuada del mismo sectarismo de quienes, a estas alturas, sólo se reconocen en el desprecio, más o menos tosco, más o menos elegante, al adversario. Ni que el sit & talk de Iceta comparta sustrato con quienes, enarbolando la bandera del antinacionalismo, ven en el Gobierno Frankenstein una respetabilísima oportunidad para la paz.

Volviendo al uso discrecional del concepto 'sanchismo', lo cierto es que antes que sinécodque, es sinonimia. No queda en el PSOE una sola corriente que evoque, en clave de modernidad, las que convergieron en su seno durante los ochenta y los noventa. No hay felipistas ni guerristas ni renovadores. Sólo socialistas a fuer de sanchistas o viceversa. (De hecho, y paradójicamente dada su tradición presidencialista, el único partido español donde hoy cabe hablar de 'convivencia de sensibilidades' -por precaria que ésta sea- es el Partido Popular).

Ante el páramo, en fin, en que se ha convertido el PSOE, no parece descabellado revisar el discurso que le achaca ir con malas compañías. Siquiera por no concederle el beneplácito de que, desde alguna remota perspectiva, ellos pudieran ser la buena.


Voz Pópuli, 6 de enero de 2020