viernes, 20 de agosto de 2021

Solo de plancha para convictos

Patricia Jacas, en el papel de María en La mujer sola. Foto: Eva Blanch.

En noviembre de 2019, mi amiga Patricia Jacas interpretó el monólogo La mujer sola, de Franca Rame y Dario Fo, en las nueve prisiones que hay en Cataluña. La gira formaba parte de la batería de actividades reeducativas que venía propiciando el Pacto de Estado contra la Violencia de Género, gracias al cual, en la cresta del verano, Patricia había paseado esa misma obra por nueve pueblos de la comarca de Olmedo, en Valladolid. Nuestra diva estaba curtida, por así decirlo, en plazas turbulentas, si bien en esta ocasión la postfunción no iba a consistir en una velada bajo el cielo de la España desierta, dispuesta con la templanza chic que caracteriza a su agente, la periodista y activista cultural Inés García-Albi, sino en una charla-coloquio. Como quiera que no podía acompañarla como reportero ni tan siquiera como aventurero, lo hice como presentador, atrezzista y, en general, mozo de espadas. Conocía el paño. Mi primo Gabino de Paco, durante su encierro en la Modelo, había llevado las riendas del grupo de teatro del penal, que al filo de San Juan solía dar una sesión para internos y familiares. Recuerdo con agrado (y lo digo sin ápice de conmiseración) su montaje, a principios de los 2000, de Cómeme el coco, negro, de La Cubana, pieza memorable del teatro popular de la escena barcelonesa, perteneciente a una época, finales de los ochenta, en que todas y cada una de las palabras del sintagma fueron verdad.

El texto de Rame y Fo, que data de 1977, tiene como protagonista a María, un ama de casa que, plancha que te plancha, rinde un soliloquio disfrazado de cháchara vecinal, y en el que desgrana en clave de humor la abisal infelicidad que le ha deparado el matrimonio. Su marido la maltrata, su cuñado, con el que conviven, la acosa, y sus hijos la ignoran. María, como ella dice, tiene de todo: olla exprés, batidora, picadora, licuadora, trituradora… Pero se sabe un electrodoméstico más.

Valga un botón:

Mi marido me ha dicho [acaba de hablar con él por teléfono, y vuelve a dirigirse a su interlocutora] que nada más llegar me va a inflar a tortas. […] ¿A mí? ¿Que si mi marido me pega? ¿A mí? Pues claro. Pero dice que lo hace porque me quiere, ¡que me adora! Que soy como una niña, y él tiene que protegerme… ¡Y para protegerme mejor, el primero en jorobarme es él! Me encierra en casa, me da de hostias, y luego pretende que hagamos el amor. Y le importa un bledo que a mí no me apetezca. Yo tengo que estar siempre dispuesta, a punto, como el Nescafé: lavada, perfumada, depilada, pintada, cálida, voluptuosa, sensual… ¡pero callada! Basta con que respire, y suelte de vez en cuando un gritito, para que él crea que me gusta. Y a mí, con mi marido, no me gusta nada. Bueno, es que no siento…, no consigo alcanzar… ; (Muy incómoda, no encuentra la palabra adecuada. La vecina se la sugiere.) Eso es…, esa palabra…, ¡es que hay que ver qué palabra! Yo nunca la digo. ¡Orgasmo!

El progreso de la humanidad ha convertido La mujer sola en una pieza de museo. (Empiezo a oír el griterío.) Pero la generalidad adolece de fisuras. Los reos ante los que María exclamaba ‘¡orgasmo!’, los reos ante los que María, evocando un fugaz adulterio con un joven inglés, entornaba los párpados, mimaba su cintura y se alborotaba el cabello, esos reos eran, en cierto modo, prueba de ambas afirmaciones. Ni el crimen de pareja se ha extinguido ni la mayoría de los individuos que incurren en él habrían estado entalegados a finales de los setenta.

Frente a ese público de excepción desplegó Patricia, en las tres cárceles en que la vi, un repertorio de matices de tal insolencia, maestría servida ‘al desprecio’, que me dije que sus aspiraciones eran ya, por realistas, una temeridad. Su afición al teatro, que había empezado a cultivar en el jardín de Juan Abreu y Marta Sugrañes para vengar la afrenta del tiempo, le había abierto las puertas de la Factoría Cultural Martínez, donde ofician García-Albi y Marcos Isamat; la galería Senda y el Centre Pompidou Málaga. Y tras el periplo penitenciario, iría poniendo picas en fortalezas cada vez más inexpugnables: el palacio de Can Vivot, la sala Romea, el Círculo de Bellas Artes, las Noches de Gibralfaro… 

La mujer sola de otoño del 19 era, de hecho, una reposición, pues por entonces Patricia ya se había encarado con otra soledad, la de la publicista rusa Alisa, cuyo testimonio recoge Svetlana Aleksiévich en El fin del Homo Sovieticus, y que sigue siendo su composición más sobrecogedora, un inquietante fenómeno de transfiguración en el que la actriz desaparece por completo para materializarse en el cuerpo y la voz (con un acento endiabladamente genuino) de una ejecutiva implacable, de las que no hace prisioneros, y alrededor de la cual se viene abajo un mundo, o acaso su decorado.

Aquí, transubstanciada en Alisa, la publicista empoderada de De una soledad muy parecida a la felicidad. 

En los tres centros que llegué a pisar con Patricia y con Lidia (su otra auxiliar, que se acabaría revelando como una sobresaliente dinamizadora cultural) nos recibió el (es probable que me traicione la memoria) ‘coordinador de talleres’, personaje que respondía al arquetipo de educador animoso, baqueteado y probo con el que los presos mantienen una relación confianzuda, casi paterno-filial, mas no exenta de las sanciones de rigor. Una relación, en suma, donde el método socio-afectivo no sólo incluye el "como lo vuelvas a hacer te voy a meter un parte"; también es su premisa.

No bien llegados al teatrillo (o al salón de actos que hacía sus veces), nuestro anfitrión en jefe nos asignaba a algún recluso en trance de que le concedieran la condicional para que se ocupara de aprestar la mesa de sonido, pues el montaje incluye el ring de un teléfono de baquelita y dos canciones. En uno de los centros tuve ocasión de conversar con el técnico en cuestión, que resultó ser un eslavo con aspecto de matón de Spectra que había trabajado de camarero en Alicante ("en un restaurante de primera", me dijo) y que, "por la mala cabeza", se dio al menudeo de cocaína y al cabo, "amenazado", se vio atrapado en una red de tráfico a gran escala. Fuera le aguardaba su mujer, también eslava, con la que se había casado al poco de que lo encarcelaran, y sólo al hablar de ella parecía descubrir, arrobado y temblón, un flanco de vulnerabilidad. La coordinadora del lugar, que no nos había quitado ojo, me advirtió en un aparte: "No te creas todo lo que te digan".

Mi principal y poco menos que única misión consistía en una brevísima exposición a modo de preámbulo que ayudaba al auditorio a ‘entrar en situación’. "La protagonista", les anticipaba, "es una mujer a quien su esposo tiene encerrada [un apunte necesario: María vive bajo llave] y acostumbra a pegarle, y que le cuenta sus penas a una vecina que está asomada al patio, y a la que el espectador no ve ni oye; nos la tenemos que imaginar". Dado que la inmensa mayoría de los presidiarios lo ignoraba todo acerca de las convenciones teatrales, y que entre la cuantiosa delegación magrebí no faltaba quienes apenas sabían español, mis palabras eran correspondidas con un alentador, gratificante cabeceo.

Salvo por los Jóvenes de Quatre Camins, que se alborotaron como legionarios a los que hubiera ido a ver Carmen Sevilla, las representaciones se sucedieron sin grandes incidencias, y aun, en algún caso, con gran éxito de crítica. Es cierto que, del interés que mostraban, había que descontar que tanto la asistencia como la actitud favorecían la redención de pena, en especial la que cumplían quienes se hallaban condenados por un delito ‘de género’, pero el bravísimo triunfo de Patricia se cifra, máxime tratándose del infierno, en los detalles. En la sección ‘pro’ de dicho complejo, algunos marroquíes con dificultades para seguir la función le pidieron a un compatriota que les fuera traduciendo a María, y ese redoble de atención no aligeraba la condena.

Entre los españoles que no obtuvieron ningún beneficio se cuentan los sediciosos del 1-O, que habían sido trasladados a Cataluña en junio. Sólo Carme Forcadell, en Mas d’Enric, presenció la obra. Al terminar, se acercó a Patricia y la felicitó con semblante apesadumbrado, a lo que María, desarmada, respondió con un compungido "ánimo".

El impacto del deslizamiento y golpetazo de las verjas corredizas tendía a desvanecerse al entrar en Barcelona.

En Si alguien me hubiera dicho, su más reciente espectáculo, alterna un texto con retazos autobiográficos (escrito ad hoc por Eduardo Mendoza) y canciones compuestas por ella misma. Con dirección de Martina Cabanas, y Walfrido Domínguez a la guitarra.

The Objective, 20 de agosto de 2021

viernes, 2 de julio de 2021

Lo del covid

Lo del covid. El tema del covid. El uso de sintagmas que nos resguardaran del virus, que atenuaran, a modo de silenciador, su estruendo, vino a reflejar la certidumbre estadística de que el riesgo de contagio no iba exactamente con nosotros. La primera mascarilla que utilizamos, en efecto, fue el lenguaje, y sirvió para conjurar el apocalipsis. (En «con esto del covid», el demostrativo tal vez sugiera una vaga resignación a la peste, o incluso el parentesco con ese otro prodigio de la fraseología vidente: «Ha venido para quedarse». Pero no. Es sólo un atajo para no decir que es una lata, esto del covid, tanto como el trabajar o el control aeroportuario).

Después de siglos leyendo jeremiadas contra la amenaza que supone para la libertad la divulgación de datos personales, el pueblo no ve el momento de anunciar que ya ha recibido los dos sacramentos vacunales, con selfie incluido y anotación de marca y lote. Mas no hay cuidado. Con el flemón del brazo todavía caliente en Twitter, hay quien clama contra el reconocimiento facial por IA.

Las mujeres han sido algo más recelosas, a sabiendas de que dar noticia del pinchazo equivale a revelar no ya la edad, sino su pavorosa franja.

Ni la inminencia cotidiana del colapso asistencial ni las acusaciones a Ayuso por parte de la izquierda de estar desmantelando la sanidad pública fueron incompatibles con los flashmobs en los hospitales, un ritual que al principio se me hizo bola, y que hoy tengo por un ixultante endicio de democracia. No íbamos a autoaplaudirnos únicamente los civiles.

En la presentación en Madrid del diario de la exeurodiputada Teresa Giménez Barbat (Mil días en Bruselas; Editorial Funambulista), coincido con Ramón Arcusa y su bellísima esposa, Shura Hall. Ambos rebosan lozanía, vitalidad, y hambre de veraneo ciertamente envidiable. Hablamos de sus memorias, sobre todo de la parte que dedica a su juventud, un fresco de la Barcelona franquista a contrafibra del género, y donde abundan los catalanes que, como el propio Arcusa, vivieron despreocupados de la política. Hay pasajes en que incluso se les presume una nota de felicidad. 
Una osadía, sin duda. 

Sólo de camino a casa, caigo en la cuenta de que Resistiré devino en marzo de 2020 nuestro primerísimo auxilio.

The Objective, 2 de julio de 2021

viernes, 4 de junio de 2021

Con el chacachuá


De 190 euros a poco más de 40. Tal era la diferencia entre una ida y vuelta Madrid-Barcelona en el AVE convencional y el mismo doblete en Ouigo, el tren de alta velocidad de la compañía francesa SNCF, que empezó a operar en España el 7 de mayo. ¿Dónde estaba el quid? ¿Sería ese convoy una suerte de ‘sevillano’ con ínfulas? ¿Un ‘transmiseriano’ para millennials? Media hora antes de partir, un whatsapp trató de infundirme un cierto anhelo de aventura, como si lo que me aguardara fuera un pasatiempo estimulante: «Querido pasajero, ¿qué tal estás? Esperamos que con muchas ganas de comenzar tu viaje porque el embarque de tu tren ya está abierto. […] ¡Que tengas buen viaje!». A la primacía del tuteo no puede oponerse más que un mohín de resignación, e incluso me parece conveniente que así sea, no vaya a confundirse a quienes seguimos cultivando el tratamiento de usted con un novísimo reducto de ofendidos.

Por lo demás, hasta ese momento nada hacía presagiar una experiencia truculenta, susceptible de un artículo airado. Bien es cierto que en el hall de Atocha, el azafato que organizaba la fila nos apremió algo enfáticamente para que lleváramos el billete a la vista y el paso por el control fuera más fluido, pero la inmunidad de rebaño frente a este tipo de lances hace ya tiempo que excede del 90%. ¡Ah, si a mi padre, con mi edad, le hubieran siquiera sugerido ese ‘rapidito, que nos vamos’! En cualquier caso, me dije, ese protocolo, lejos de abaratar el precio parecía encarecerlo, por lo que la trampa, la razón de esos 150 euros de diferencia, debía de aguardar en el interior mismo del tren. ¿Nos darían escobazos en mitad de los túneles? ¿Nos intentarían vender una vajilla a la altura de Guadalajara, como a mi pobre abuela cuando salía de excursión por 10 euros (menú y «café con gotas» included) con el casal de jubilados de la Barceloneta?

Ya en el andén, atisbé una probable explicación: los vagones (Alstom Eurodúplex) disponen de dos alturas («Tierra» y «Cielo», según la nomenclatura fengshui de Ouigo), lo que optimiza el número de plazas hasta alcanzar un total de 509, 105 más que los vehículos de la serie 103 del AVE que cubren el trayecto Madrid-Barcelona. La contrapartida es que los techos son algo bajos (particularmente en la Tierra). Esa nimiedad (simpáticamente contrarrestada con el aire a lo Imaginarium del mobiliario) una vibración algo más perceptible de lo habitual (sobre todo en el Cielo) y el hecho de que el bar, en una flagrante vulneración del Madrid Way of Life, estuviera cerrado, clausuran el capítulo de aprensiones ‘tripadvisor’.

En cuanto a los avisos por megafonía, esa irritante letanía con que las empresas ferroviarias le recuerdan a uno su insignificancia (¡el pop-up desvirtualizado!), son al menos algo más diáfanos que esos intrigantes jadeos de tuberculoso del tren de toda la vida; además, presentan trazas de la fraseología de Vueling. Al arrancar, un maquinista llamado Fernando nos dio la bienvenida en nombre de la tripulación, y aun nos informó, en una exótica contorsión aérea, de la «duración aproximada del viaje». Primero en español y luego en inglés. En efecto, no hubo turra en catalán, la más impositiva de todas por inútil, ya la llengua convertida en un mero atributo del que recelar, otro lazo amarillo. Jubilosamente, la omisión (esto es, el desdén) coincidió con la noticia de la prohibición en Francia del lenguaje inclusivo y de la inmersión lingüística, por lo que me dije que al fin España iba a conocer el jacobinismo en todo su esplendor, y que tal vez Ouigo fuera, además, una escuela low cost contra el asterixmo. Un avantage peut en cacher un autre.

El chasco me lo llevé a la vuelta, en que sí hubo versión en catalán (¿dependería el protocolo de la ciudad de origen, según la secular distinción entre locales y visitantes?). Con todo, que la Norma (escribo para mis coetáneos) nos hablara, no en el estándar de costumbre, sino en concupiscente valenciano, alivió el trance, e incluso hubo en ello algo de goce.

Este, claro está, es un artículo en pruebas.

The Objective, 4 de junio de 2021

viernes, 21 de mayo de 2021

Breve historia universal del periodismo


Hay en la prosa de Xavier Pericay un rasgo cautivador, cual es el de propiciar que el lector se asome al proceso reflexivo que le ha llevado a una u otra conclusión. La suya es una estrategia discursiva basada en incisos aclaratorios de tinte humorístico que aligeran el texto antes que sobrecargarlo, a la manera de un sutil andamiaje que formara parte del edificio. Leerle, en fin, siempre me ha parecido eso que hoy se da en llamar una experiencia, pues de sus artículos y ensayos se obtiene, las más de las veces, un conocimiento que excede la revelación del qué para adentrarse en el deleite del cómo.
Maître à penser, llaman en Francia a esos raros ejemplares.

Su más reciente obra, Las edades del periodismo, añade a esos méritos el de la brevedad, una cualidad que, lejos de la creencia imperante, nada tiene que ver con la superficialidad (la ausencia de editores, así como la necesidad de retener al usuario en la web a fin de que el promedio de permanencia sea un baremo tarifario de la publicidad, ha llevado a que legiones de incautos confundan la hondura con el exceso de metraje, con el KO por aplastamiento).

Tal como cuenta el propio Pericay en su opúsculo (primorosamente editado por Athenaica), esa misma condición, la de la pesadez y la espesura, acompañó a los periódicos en la niñez de un oficio que aún había de perfilarse como tal. No en vano, los primeros periodistas solían ser escribidores con cierto afán didáctico, divulgativo, que se procuraban el sustento en otro gremio. Viene esto a cuento de la última de las edades, la de las exequias, pues así, aunque no tan drásticamente, la presenta el autor. De ahí tal vez que abrevie la faena como haría un Curro Romero que ya no viera toro para prolongarla. Las redes, los zascas y el clickbait, sí, pero a qué ahondar en ello. Además, ¿no se trata de un breviario?

El corolario corre de mi cuenta porque aún soy más impresionable que quien fuera mi profesor en Tercero de Periodismo, aquella UAB. Y, por qué no decirlo: a diferencia de él, he sufrido los efectos del ocaso de una forma más nítida, pues ni siquiera alcancé a disfrutar el esplendor de una edad, si no de oro, sí de cestas de Navidad y de almuerzos en el Reno o la Orotava, que también han desaparecido.

Las edades del periodismo es un fabuloso libro circular al que le falta un pase de pecho. La inmensa mayoría de quienes hoy nos dedicamos a escribir en periódicos también nos procuramos el sustento en otro gremio. Como-no-puede-ser-de-otra-manera. El saldo no es forzosamente negativo. Los análisis que hoy en día publica la prensa son cada vez más serviciales, certeros, exquisitos. El problema, no sé si irresoluble, es la ausencia de noticias. No de declaraciones, sino de noticias. El último hito en escritura recreativa tuvo su origen en Pepu Hernández, que dijo en la radio no saber exactamente lo que defendía ni por qué. Y el volquete de piezas sobre el revisionismo a que dio lugar fue humillante; sobre todo, para el revisionista.

Anotó sabiamente Enric González que el periodismo actual consiste en sacar cosas de internet para meterlas de nuevo. La contrariedad, dejó en el aire, es que para refinar lo que se mete, que de eso va la vida, ya no hay tiempo. Ni edad.

The Objective, 21 de mayo de 2021

viernes, 26 de marzo de 2021

Taxidermia

Ciudadanos es un partido en descomposición desde que, tras las elecciones al Congreso de abril de 2019, Albert Rivera renunció a forzar un acuerdo con el PSOE para evitar que éste virase hacia Podemos y los nacionalismos, enterrando así la posibilidad, en absoluto remota, de ser decisivo para la gobernabilidad de España.

En vez de explorar esa vía, que es lo que otorgaba sentido a Cs, se obstinó en el sorpasso al PP, es decir, en refundar el mismo bipartidismo que tanto había denostado, aprovechando el lapso de debilidad de la que ya consideraba una formación en almoneda. Es cierto que tras el pacto en el Parlamento de Navarra tal vez ya no hubiera vuelta atrás, pero también que hasta ese momento no hubo ningún intento serio de construir una alternativa al Acuerdo Frankenstein.
Tampoco hay que desdeñar la irresponsabilidad en que incurrió Inés Arrimadas al abdicar de la obligación de presentar su candidatura en el Parlamento de Cataluña. Bah, ¡no tengo ninguna posibilidad! Como si exponer el proyecto de una Cataluña constitucionalista no hubiera contribuido a normalizar ese mismo horizonte.

Resumiendo: Ciudadanos, cada vez que se le ha presentado la ocasión de ejercer el poder o de establecer un vínculo real con su ejercicio, ha tomado la peor decisión posible.

Este despilfarro de su capital político no se puede entender sin tres factores: 1) El liderazgo hipertrófico de Rivera, que jamás admitió la más mínima enmienda. 2) Una estructura de partido al servicio del César, con una guardia pretoriana discretísima, sin bagaje formativo ni grandes convicciones, y cuya principal misión no fue sino detectar y aplastar a los críticos, a veces por acción y casi siempre por omisión. 3) Un estilo de hacer política basado en la reiteración de eslóganes de vuelo bajo, los zascas tuiteros y el desprecio a cualquier indicio de intelectualidad. Ninguno de los tres se puede entender sin los otros.

La actual entrada en barrena de Cs es sólo la decantación natural de un partido que, desde su nacimiento, ha sobrevivido de manera milagrosa a sus propios errores, desde Libertas, el Yoyas y el perro Lucas a los abracitos catalanes, el contumaz Aguado y la chapuza murciana. Incluso el suicida más torpe acaba acertando tarde o temprano.

The Objective, 26 de marzo de 2021

viernes, 12 de marzo de 2021

El caso Álvarez

El documental sobre Nevenka Fernández pone de manifiesto que, en efecto, a las mujeres les queda un trecho por recorrer para consolidar la igualdad real, pero no sólo por las razones que suelen esgrimirse. La justicia consideró acreditado que Fernández fue objeto de acoso por parte de su superior, el entonces alcalde de Ponferrada Ismael Álvarez, al que multó con 6.000 euros y obligó a indemnizar a la víctima con 12.000 (una sentencia que hoy nos parece irrisoria, lo que da fe del progreso general de la humanidad del que habla el optimismo ilustrado).
o obstante, hay un aspecto del relato de Fernández del que sigo recelando, y que también he observado, en alguna medida, en mujeres que han sufrido esa clase de violencia intimidatoria. A ello contribuye, obviamente, el modo en que Ana Pastor y Juan José Millás, verdadero tutor de la serie (incluso la metáfora de la pecera es deudora de su pluma) orientan el testimonio de la protagonista. Fernández mantuvo un idilio con Álvarez por el que pasa prácticamente de puntillas, sin dar más que un par de pinceladas en las que afirma que el personaje le inspiraba pena (por el reciente fallecimiento de su mujer) y le despertaba admiración. No me atrevo a asegurar que tal disparidad sea imposible. En todo caso, y según sus palabras, nunca se sintió cómoda y tardó muy poco en convencerse de que debía poner fin a la relación.

Ahora bien, el hecho de que ese episodio, el del cortejo, la seducción y la aventura, se ventile de manera tan apresurada, omitiendo cualquier referencia a lo que de atrayente o placentero pudo haber en el trato con Álvarez, y caracterizando la vivencia, en suma, como un error fruto de una suerte de enajenación transitoria, parece destinado a impedir que la historia adolezca de fisuras, a neutralizar cualquier posible sospecha de que Fernández actuara de forma veleidosa, a riesgo de que el hostigamiento posterior fuera tenido por «comprensible».

Paradójicamente, la deliberada, calculadísima depreciación del escarceo, no sólo no beneficia la tesis que se pretende defender, sino que, por el contrario, indica que Fernández, Pastor y Millás han interiorizado la idea de que un noviazgo en el que hubiera habido algún poso de arrebatamiento, de efusión, haría menos ilegítimo el hostigamiento del despechado. El próximo desafío es conjurar ese atavismo, bien entendido que el amor, por verdadero que sea, puede ser un salvoconducto moral para acosar a nadie. (Depurar la verdad, en suma, de aproximaciones narrativas como la que Millás perpetró en su caso contra la realidad:

Un día pregunté a Nevenka si nunca había sido la novia de su padre. La respuesta de Nevenka fue: "Yo he gustado a todos los hombres menos a mi padre". ¿Más simetrías? ¿Más asociaciones? ¿Más casualidades? Hay más, desde luego, pero entre todas ellas destaca, por terrible, la de que Nevenka se entregara [sic] a un hombre de la edad de su padre (y un trasunto de él, evidentemente) por el que más tarde sería acosada. […] El alcalde, en efecto, representaba todos los atributos del padre y Nevenka, siempre en mi opinión, se entregó a él como una forma de dar satisfacción a ese padre esquivo ("yo he gustado a todos los hombre menos a mi padre"). [...] Cuando este padre la decepcionó nuevamente, Nevenka dijo "hasta aquí hemos llegado, no seré sensata nunca más", y entonces fue al juzgado, denunció los hechos y lo puso todo patas arriba. […] No me resisto a señalar la coincidencia de que Lucas, su novio, padece psoriasis, igual que el padre de Nevenka. Las coincidencias, cuanto más casuales parecen, más significado tienen. Y más conmovedoras resultan.

The Objective, 12 de marzo de 2021

domingo, 31 de enero de 2021

No te mudarás a Lavapiés


La altitud. Madrid, me dijo mi amigo, está a 660 metros de promedio, y algunos barrios a más de 700; notarás, al principio, que al caminar te cansas un poco más que en Barcelona.

Olvídate de quedar en fin de semana. Todo ese bullicio que hay de lunes a jueves se desvanece a partir del viernes. La familia, la sierra, un conocido al que hay que alojar y pasear… El caso es que te vas a encontrar más solo de lo que te imaginas.

Ten presente que sólo hay un público más ignorante que el del Camp Nou: el del Bernabéu. No vayas a llevarte una decepción porque ovacionen los sprints en balde del Sandokán de turno o abucheen a Benzemá.

Creo que el único que sigue diciendo ‘tronco’ es Ángel Expósito, no te arriesgues.

Retén esta palabra: «Fenomenal».

Notarás que al segundo día de haber pisado el mismo bar el camarero te llama por tu nombre. Sigue habiendo ciudades así, no le des más vueltas.

A medida que llega el verano, observarás que el fin de semana empieza cada día una hora antes. Tú a lo tuyo, que por ahí empieza la perdición.

Cuando vayas a un cocktail, nunca, bajo ningún concepto, llegues el primero; peor sería que te fueras el último, esquivando a los recogevasos.

Presume de catalán. Por alguna extraña razón, los madrileños nos profesan admiración (bien, últimamente no tanta, pero todavía hay incautos que creen que somos medio franceses y, lo que es más cojonudo, ¡trabajadores!).

Cuando te digan ‘¡Comemos!’ no te lo tomes al pie de la letra. Es una mera fórmula de despedida. Me explicaste que en aquel pueblo del Ripollés, Camprodón, el saludo al paso más extendido es ‘On vas!’ [¡Adónde vas!], y que tú te detenías a explicarlo, que si al bar, que si a pescar truchas… para incredulidad de los nativos. Pues bien, el ¡comemos! es algo parecido. Un ‘¡aupa!’ con ínfulas de compromiso.

Especialízate en algo, conviértete, por ejemplo, en un experto conocedor de bares de ensaladillas, o de tortillas de patatas. Eso en Madrid es un detente bala, no preguntes por qué.

Te dirán, cuando busques piso, que Lavapiés es el próximo Tribeca, y que bien vale la pena pagar un dineral por una buhardilla porque con la inminente llegada de los hípsters, el precio se duplicará. Hace 20 años de esa leyenda, entonces a los hípsters se les llamaba bo-bos.

Si alguien te dice ‘¡Comemos un fin de semana de éstos!’, es que no quiere saber nada de ti.

Cómprate un buen abrigo.

The Objective, 31 de enero de 2021