No, el destino de Marsé no quedó sellado en un taxi luego de que el chófer, Mingo Faneca, cuya esposa había fallecido en el parto de Joan no hacía un mes, lo ofreciera al matrimonio Pep Marsé y Berta Carbó, a quienes había recogido casualmente en la Clínica del Pilar después de que éstos perdieran a su recién nacido. Como detalla la árida biografía de Josep Maria Cuenca, Mientras llega la felicidad, el acuerdo entre Mingo y Pep no se gesta fortuitamente durante una carrera que, por lo demás, nunca tuvo lugar, ni hay constancia alguna de que Berta recibiera atención obstétrica en un hospital barcelonés (ni tarragonés, lugar de procedencia de la pareja). La verdad no sólo es menos fantástica; además, desmiente el linaje obrerista con que Marsé solía investirse, y que alimentó, en sus inicios, el mito del escritor fabril. No en vano, Mingo y Pep, este último, hijo de un propietario rural de Sant Jaume dels Domenys, se habían conocido en Estat Català. Dos ultras, en efecto.
El de Marsé, en suma, es un caso extraordinario de hombre hecho a sí mismo, pero no en el sentido que suele atribuirse a la expresión. Hace tres veranos leí de nuevo Últimas tardes con Teresa, y pese a que el tiempo había arrasado numerosos pasajes (lo que tomé por esplendor retórico era sólo beatería, y el inverosímil despertar de Manolo en el cuarto de la criada me pareció de una ortopedia zafonesca), conserva el embrujo de esas novelas que devienen en ritos de paso, de las que extraes, siquiera ilusoriamente, los útiles elementales para emprender un camino que más pronto que tarde ha de desembocar en traición.
Libertad Digital, 19 de julio de 2020
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