domingo, 31 de marzo de 2019

Gestión abierta

El comunicado en el que Mireia Boya explica su marcha del órgano de dirección de la CUP merece la posteridad por su valor de prontuario del MeToo. En primer lugar, la exparlamentaria cupaire dice haber sufrido un “episodio continuado de agresión psicológica”, sintagma tomado del argot médico-jurídico o acaso psicosocial, del que cabría inferir la existencia de un diagnóstico, sanción o cualquier otro dictamen que aspire a una cierta objetividad. A ello también apuntaría la expresión “gestión emocional complicada” [del daño infligido], tan “complicada”, de hecho, que la afectada precisa de inmediato que dicha “gestión” está “aún abierta”. Y, sin embargo, la frase que sigue desmiente la posibilidad de que los hechos hayan sido evaluados por nadie que no sea la propia Boya: “Así lo viví entonces y así lo siento ahora”. Y con ser sorprendente que una víctima de “agresión psicológica” aluda a ella mediante el verbo vivir, bien entendido que las agresiones no se viven, se sufren, más lo es que esa fraseología cuasi forense desemboque en un ‘al menos así me lo parece’.

No hay en el texto rastro alguno del hombre que, al decir de los medios, protagonizó la agresión; a decir verdad, no hay rastro de ningún macho. A lo más que llega su autora es al deíctico “aquella persona”, que, por lo demás, parece coherente con los usos gramaticales de un partido cuyos militantes, también los de sexo masculino, se refieren a sí mismos como “nosotras”. Sólo sabremos que se trata de una agresión machista (hasta ese momento, bien podía ser un bullying, digamos, genérico) por el arranque del tercer párrafo: “Me marcho consciente de que dejo el reto colectivo de mejorar la gestión de las agresiones machistas”. He tenido que leerlo varias veces para esclarecer su significado, sin ningún éxito. Convengamos en que Boya sugiere que es esa “persona” quien debería abandonar el partido, o ser expulsada. Pero incluso ese punto se sirve al lector envuelto en bruma. El verdadero déficit, no obstante, tiene que ver con la máxima que empuja a Boya a hacer pública su acusación: “Lo personal es político”. Lo pintoresco que resulta, en fin, que alguien que milita en una organización como la CUP, que alienta y justifica los ataques a sedes de partidos rivales, que ha hecho del escrache al adversario una forma de vida, presente semejante catálogo de susceptibilidades.

Voz Pópuli, 31 de marzo de 2019

viernes, 29 de marzo de 2019

Europa en sus aceros

Desde el minuto 1 llevó ensartados a Iglesias, Abascal y Puigdemont en un mantra acusador, implacable, los tres caudillos hechos hidra de tinieblas, adalides de un tiempo aciago en que el bienestar no genera sino ofendidos a media jornada, oprimidos de pega e indignados sin memoria. En su habitación de un hotel de Sarajevo, un intelectual trata de poner en pie un discurso sobre Europa. Apenas dispone de hora y media para ello, la misma cuenta atrás, en cierto modo, que pende sobre el Viejo Continente. Cito de memoria: “Ese iluso de Iglesias cree que el populismo es como el colesterol: que hay uno bueno y uno malo; como si el odio que hoy se vierte contra las élites no fuera a alcanzar mañana a los inmigrantes, a los homosexuales… Vean, si no, a los chalecos amarillos: el primer sábado se manifestaron contra el Gobierno, el segundo la emprendieron con la prensa, el tercero con los comerciantes y el cuarto con los judíos.” Dígase a modo de fiera letanía, de rumor embravecido, de amargo ritornelo que es al tiempo mitin y soflama, editorial y homilía, necrológica y arenga.

Era Bernard-Henri Lévy y era el Coliseum, sí, pero podía ser un bardo en una esquina de Brooklyn, tan recentísimas nuevas voceaba: “41 senadores franceses denuncian la represión contra los líderes del procés”. Y bien: quién mejor que un histrión para dar noticia de histrionía. El dueño del hotel, un catalán inverosímil que guardaba un raro parecido con el cómico Boadella, le va surtiendo de whisky, aspirinas, embustes: “Verá, señor Lévy, los catalanes somos… los catalanes somos diferentes”. Pero nuestro hombre no se da a la bebida; lo haría de buena gana, sí, pero Europa, el sabor de los besos en el Duomo, bien merecen mantenerse sobrio. Porque hay esperanza. Y así, como un borracho lúcido, evoca una conversación con Thatcher. De Yugoslavia, hablaban. Ella: ¿Cómo se le ocurre, mesié, comparar Sbrenica con Auschwitz? Él: Ah, madam, porque si el recuerdo de Auschwitz no sirve para evitar Sbrenica, a qué el recuerdo de Auschwitz. Cuando Lévy se zambulle en la bañera es ya un hombre empapado que acaso pretenda, al subrayar esa misma condición, al encarnar literalmente al “intelectual que se moja”, ofrendarse como ejemplo y bien está.

Voz Pópuli, 29 de marzo de 2019

lunes, 25 de marzo de 2019

Oh, la paz

El pasado lunes 4 de marzo el Ayuntamiento de Barcelona inauguró el memorial de las víctimas del ataque islamista del 17 de agosto de 2017. Se trata de una lámina de bronce de 12 metros de largo y 20 de ancho, emplazada junto al mosaico de Miró, en las Ramblas, en el punto donde el terrorista Younes Abouyaaqoub abandonó la furgoneta con la que había matado a 13 personas y herido a 132. En la lámina figura la leyenda, escrita en árabe, catalán, castellano e inglés: “Que la paz te cubra, oh ciudad de paz”, junto al grabado de la palabra Barcelona que el artista Frederic Amat realizó después del atentado, y la fecha y hora del mismo: “17 de agosto de 2017. 16.50h”.

El menor de los problemas de ese lema es la mentira. Guerra de Sucesión, bullangues, sitios, quemas de conventos, la Rosa de Foc, pistolerismo, terrorismo anarco-sindicalista, Hechos del Seis de Octubre, Guerra Civil, Hechos de Mayo, el Proceso… La historia de la ciudad se aviene mal con el sintagma desiderativo, de prosa patufet, “ciudad de paz”. Pero la falla principal no está ahí, sino en la naturaleza de la inscripción. En el género. Estamos ante un memorial que no guarda memoria de la tarde de finales de agosto en que una furgoneta entró por Canaletas. A contramano interrumpiendo el jueves.

Las Ramblas no es la única estación barcelonesa que habría de incluirse en una hipotética ruta temática del terrorismo. En el parque de Can Dragó, a unos doscientos metros de Hipercor, el lugar donde el viernes 19 de junio de 1987 ETA hizo estallar el coche bomba que segó la vida de 21 personas, hay una pirámide de granito negro del escultor estadounidense Sol LeWitt. Al pie, este rótulo: “La ciudad de Barcelona en recuerdo y homenaje a las víctimas del terrorismo”. A diferencia de la instalación de las Ramblas, ésta menciona a las víctimas y al terrorismo. Unas víctimas etéreas y un terrorismo innominado, desprovisto de anclajes fácticos, y que permite a cada cual proyectar sus agravios. También, me temo, sus fantasías. Pero nos vamos acercando.

Entre el 16 y el 18 de marzo de 1938, la Aviazione Legionaria Italiana lanzó sobre Barcelona 44 toneladas de explosivos en 12 oleadas. Hubo 670 muertos y 1.200 heridos. En la confluencia de Balmes con Gran Vía, donde una bomba impactó con un camión cargado de trilita, provocando la mayor devastación de aquellos días, el Ayuntamiento de Barcelona colocó el monumento Encaix, de Margarita Andreu, ocho barras de acero onduladas de 10 metros de altura. En el suelo, una plancha reza: “A las personas muertas en los bombardeos fascistas (1937-1939) de la Guerra Civil en Barcelona y a todos los pueblos víctimas de otras guerras”. Personas, muertas, bombardeos y fascistas. Eso es.

El programa del alcaldable Valls debe incluir la restitución de las políticas de memoria. Y la primera y más urgente medida es coser a todos los muertos las palabras clave que les han hurtado, precisamente nuestros aguerridos, históricos memoriosos.

Voz Pópuli, 25 de marzo de 2019

miércoles, 20 de marzo de 2019

El sobrino del suicida

El libro de Sergio González Ausina Última carta. Un suicidio en mi familia (Deliberar) me recordó que el asunto más crucial del que debe ocuparse un escritor suele estar bien a mano. Yo sé que ha de llegar el día en que me ponga a la tarea, y que todo lo que he ido publicando hasta ahora es una antología del disimulo. También sé que cuando me enfrente a ello tendré más mimbres, y que acaso el tiempo haya depurado la memoria de indeseables truculencias. Un recuerdo alisado. Pero no me engaño: si postergo el encuentro es por cobardía. Y Sergio es un valiente, un periodista de fuste que en lugar de vadear torpemente la cuestión, resolvió batirse con ella. La cuestión, por ir iluminando su hazaña, es su familia. La familia muerta y la familia viva, que es el único vehículo para llegar a la primera y la peor de las compañías para hacerlo.

Sergio había colaborado en el (cada vez menos) extinto diario Factual, de Arcadi Espada, como coautor del blog “Última carta”, en el que se encaraba con el tabú del suicidio a partir de notas de suicidas. Luego de que el diario echara el cierre, regresó a la empresa familiar, en lo que parecía un preludio de su claudicación frente al periodismo, que no frente a la escritura. Al término de una de esas jornadas, de vuelta a casa con su padre, Sergio le habló del blog. La comezón, en fin, del que deja una tarea inacabada. “Pues tú tuviste un tío que se suicidó”. La cabeza de Sergio convertida en avispero: ¿Quién era ese hombre? ¿Por qué nunca le habían hablado de él? ¿Cómo se quitó la vida? ¿A qué se dedicó?

Última carta es el intento de responder a esas preguntas, un relato seco, vertiginoso, en el que el autor va volcando las pruebas con pulcritud forense, y en el que se superponen diversas capas, casi a modo de subtramas. La de la investigación puramente archivística; la de las decenas de interrogatorios (digo bien, interrogatorios) a todos aquellos individuos cuya sombra se cierne sobre el suicida, aun de forma fortuita y en aspectos marginales. La del padre, verdadero protagonista del libro, y al que Sergio, como un Carrère de ninguna parte (la España vacía es, sin apenas pretensión, otro de los grandes temas de la obra), somete al cedazo indeseable de la memoria, aun a riesgo de que una palabra de más o una de menos apelmace la relación entre ambos. Y por último, el de la mujer. Instigadora de la aventura, eficaz colaboradora, su figura se diluye a medida que su marido hace de las pesquisas su gran prioridad existencial, en un ensimismamiento que va rompiendo en obsesión, y que recuerda al del Graysmith de Zodiac o acaso al Dreyfuss que moldeaba el puré de patatas en Encuentros en la tercera fase. La obra, en efecto, dejará un temblor en la vida. Y un postrero corolario, tan imprevisible como sobrecogedor (dejémoslo aquí, spoiler).

El resultado es una delicadísima biografía de Vicente González Luelmo, muerto el 17 de agosto de 1977 en Valcuende, provincia de León, a la edad de 25 años. Desde la vía férrea donde le encontraron, Sergio González Ausina levanta una emocionante necrológica que sella el paso del suicida por este mundo, rescatándolo del olvido y rescatándonos a nosotros del oscurantismo. Como hizo Ivan Jablonka con Laëtitia Perrais, pero a despecho de su tiempo.

The Objective, 20 de marzo de 2019

domingo, 17 de marzo de 2019

Nuet, el polipolítico

Inspirado por un tuit del filósofo Xavier Fina, traté de reconstruir el sinuoso currículum de Joan Josep Nuet. Nuet es coordinador general de Esquerra Unida i Alternativa, formación que opera en Cataluña como referente de Izquierda Unida, integrada en la coalición electoral Catalunya en Comú-Podem (donde también confluyen, además de Catalunya en Comú y Podem, Iniciativa per Catalunya Verds, Barcelona en Comú y Equo Catalunya). Además, es secretario general del partido Comunistes de Catalunya, heredero del Partit dels Comunistes de Catalunya (en la jerga de la izquierda militante, ‘rusos’, por sus tesis prosoviéticas, en oposición al eurocomunismo), escindido del PSUC en 1982, y que pertenece a EUiA, perteneciente, a su vez, a CC-Podem.
 

Desde octubre pasado lidera, junto a la también diputada autonómica Elisenda Alamany, la plataforma Soberanistes, que, bajo el lema ‘Som comuns, som sobiranistes’, trata (trataba) de agrupar a los comunes (CC-Podem y satélites) de orientación soberanista. Hace tres semanas, Alamany y Nuet anunciaron que Soberanistes se constituía en partido político bajo la denominación de Nova, y  de resultas, Alamany abandonó el grupo parlamentario CC-Podem. No así Nuet, quien, hasta ayer mismo, en que Catalunya en Comú le ha notificó la suspensión de militancia y reclamado el escaño, había simultaneado todas sus responsabilidades con la dirigencia de Nova.

La gota que colmó el vaso fue la inclusión de Nuet en las listas de ERC al Congreso como número 4, desempeño que, muy probablemente, nuestro hombre pretendía compatibilizar con el resto de filiaciones. Recordemos: Comunistes, EUiA, Catalunya En Comú-Podem, Soberanistes... y Nova.


Estamos ante un peculiarísimo espécimen de la política, pues más que cambiar de chaqueta, Nuet las acumula. Se le ha comparado con Mascarell, aunque lo cierto es que a su lado, el ex PSC es un aprendiz, precisamente por esa misma partícula, ‘ex’, a la que Nuet lleva más de treinta años resistiéndose. Ni siquiera Ernest Maragall, hoy en ERC, y que se arrastra por la plaza de San Jaime desde los tiempos de Porcioles, presenta una hoja de servicios tan pluripotente. El  único cargo al que la edad y el decoro le obligaron a renunciar fue el de secretario general de las juventudes del PCC, las CJC. Los demás, ya digo, los lleva consigo, cual si encarnara la historia reciente de la política catalana (desde Pere Ardiaca hasta nuestros días). Tan sólo por ello, por su condición de criatura geológica, merece la pena su cuidado.


Voz Pópuli, 17 de marzo de 2019

domingo, 10 de marzo de 2019

La ministra consorte

Begoña lo ignore, pero si está tras la pancarta junto a las ministras del ramo, es por sus méritos. Ciertamente, no se trata de los méritos que el femenismo asocia a la realización personal de la mujer, pero no por ello dejan de serlo. He escrito femenismo, sí; del mismo modo que el nacionalismo catalán entregó la senyera al constitucionalismo, el feminismo renunció a la bandera de la igualdad para darse a un identitarismo que, como el viernes supieron de primera mano las diputadas de Ciudadanos, se fundamenta en la exclusión: del centro, de las derechas, de los hombres blancos heteros… De todo ese variado repertorio de tipos humanos, en fin, al que nuestra izquierda, en sus desvelos taxonómicos, ha tildado de ‘fascista’. Por cierto, ¿se imaginan a Elvira liderando una manifestación contra el rojerío, así considerado, en compañía de Soraya, Cospedal y Ana Pastor?  ‘¡Abajo el comunismo, arriba el marianismo!’. Porque estamos hablando de un extravío incluso más grave o, cuando menos, más ridículo.

Cuenta Gabriel García Márquez en Noticia de un secuestro que el presidente colombiano César Gaviria, en los años de plomo del narcoterrorismo, cuando los cárteles hacían volar cada día un coche bomba en Medellín, Bogotá o Cali, y los familiares de las víctimas se le agolpaban implorantes en su residencia oficial, echó en falta la posibilidad de volver la mirada y exigir, también él, explicaciones, responsabilidades, consuelo… Mas a quién. “El presidente de Colombia era yo, y por encima de mí no había nadie más” [No recuerdo con exactitud la cita, aunque es probable que concluyera con un “bueno, sí, estaba Dios”]. El viernes, mientras veía a la primera dama y su séquito corear consignas contra el fascismo (cuyas únicas expresiones en España, por cierto, están perfectamente descritas y son atribuibles a quienes han propiciado el ascenso de Sánchez a la Presidencia) me acordaba del dolor, la entereza y el pudor que asoman en la reflexión de Gaviria. Aún me ronda la inquietud de que los medios que, como El País, publicaron el vídeo tan alegremente, sin ironía ninguna, pretendan que cunda el ejemplo.

Voz Pópuli, 10 de marzo de 2019Z

martes, 5 de marzo de 2019

Un semejante

La vecina que alertó a los bomberos ha declarado a la prensa que la rata estaba “atemorizada” y daba “unos gritos espantosos”. En la imagen que traen los periódicos, en efecto, el roedor, un ejemplar de Rattus norvegicus, denota una angustia horrísona, cuasi tan humana como su obesidad. (Hay en su torcimiento una nota implorante, una suerte de interpelación o súplica al espectador, efecto al que tal vez contribuya la frontalidad del plano, ese levísimo picado que habría sido imposible en condiciones de libertad: esas bestias, lo sé bien, te saltan a la cara, y no las disuade la diferencia de tamaño).

El caso ha devenido en carnaza para las clases de ética, donde la controversia acerca de la pena de muerte ya sólo planea sobre los animales. La misma Bensheim-Auerbach, la localidad del oeste de Alemania a la que los medios han vuelto los ojos, se ha convertido en el plató de un psicodrama global, confusamente engarzado con la arena política. Mientras unos vecinos lamentan que las autoridades destinen recursos a socorrer a un ser inmundo, otros defienden que sobre esta especie se pose al fin la mano benefactora del hombre, habiendo estado ausente la de Dios desde el origen de los tiempos. También en este conflicto asoma una tercera vía: la de quienes, asumiendo que la operación debía regirse por el protocolo cinematográfico, es decir, sin que nuestra protagonista resultara dañada, previenen del riesgo de empatizar con un vector de transmisión de la inmundicia. Por encima de todos ellos se alza la voz de quien achaca la gordura del bicho a la demasiada comida que desperdiciamos. Un reflejo catacúmbico de la opulencia y el derroche de los hombres.

Tal es, con matices, la idea que vertebra el colosal Ratas (Alba Editorial, 2005), del periodista Robert Sullivan, y que se resume en la máxima ‘ahí donde hay hombres hay ratas’ (con su viceversa, acaso más inquietante). Para el reportaje, que es al tiempo una fabulosa intrahistoria de Nueva York, a la que rinde tributo, Sullivan se entrevistó con ecólogos, periodistas, políticos, basureros, policías, exterminadores… y buceó en toda la literatura relevante sobre el tema, desde estudios científicos sobre el bacilo de la peste a informes de reurbanización de barrios deprimidos, sin olvidar los canónicos Plague!, de Charles T. Gregg, y Diario del año de la peste, de Daniel Defoe. Pero sobre todo tuvo los ojos abiertos. “No he recurrido a métodos extraordinarios […] Lo único que he hecho ha sido apostarme en un callejón […] a no más de una o dos manzanas de Wall Street, Broadway o del solar donde se emplazaba el World Trade Center. […] Esperar y observar, con lluvia o sin ella, jornada tras jornada, siempre de noche, cuando, en general, los seres humanos duermen y las ratas reviven”. Organizado en torno a los efectos del paso de las estaciones en dicho observatorio, Ratas es también un prontuario del asombro: especímenes del tamaño de una nutria que lideran, de un modo muy cercano a la coacción, al resto de la manada; decenas de ratas cuyas colas se enmarañan de manera accidental, formando un ovillo inexpugnable (en argot, un “rey de ratas”); peleas de ratas y perros en el Manhattan de los Dead Rabbits, los Plug Uglies, el Tammany Hall… y Henry Bergh, fundador de la Sociedad de Prevención contra la Crueldad con los Animales. Jamás el término pionero le habrá cabido a alguien con tanto merecimiento. Corpulento, de porte erguido, sombrero de ala recta y levita azul oscuro, Bergh patrullaba las calles y reprendía a los cocheros que maltrataban a sus caballos, improvisaba soflamas animalistas en el más puro estilo Speaker’s Corner y aun emprendió una batalla legal contra el propietario del bar-reñidero Sportsman’s Hall, Kit Burns. Éste, en su defensa de la “caza recreativa”, alegó:

“Cualquier persona con dos dedos de frente sabe que las ratas son alimañas. Bergh toma partido por las ratas y no nos deja matarlas porque cree que son animales. ¿No mataría él una rata si se la encontrara en su despensa? ¡Claro que sí! Pero, ¿mataría un caballo si se lo encontrara en su patio? Claro que no. ¿Por qué? Porque un caballo es un animal, pero la rata no. Yo conozco a las ratas. Sé que son alimañas y hay que matarlas. Y si podemos sacar algún partido divirtiéndonos con su muerte, tanto mejor.”

El mundo. Una trazabilidad.

Voz Pópuli, 5 de marzo de 2019

sábado, 2 de marzo de 2019

Aténgase a los hechos

Era previsible que Rufián saliera trasquilado de su testimonio en el juicio del 'procés', pues no hay en España un político tan refractario a la exactitud. Fue oír de boca del juez Marchena la palabra “hechos” y sumirse el joven diputado de ERC en el desconcierto. Diríase que se trataba de la primera vez en su vida adulta que se veía urgido a respetar una cláusula casi demoníaca: hechos, ahí es nada. ¡Nombres a él, que sólo conoce adjetivos! La pregunta que me asalta a cuenta de las reconvenciones (bien que escasas, ay) de Marchena a reos y testigos, es por qué lo que resulta inadmisible en un juzgado es de recibo en el Parlamento. Por qué a los legisladores, en fin, no se les obliga al mismo compromiso factual cuando declaran en Cortes. Se me dirá que la política es persuasión, y que el lenguaje persuasivo es indisociable de alguna que otra dosis de ironía e incluso de sarcasmo. Lo cierto, no obstante, es que nadie que no sea un cínico puede afirmar que lo que se vería desterrado del Congreso es la deslumbrante oratoria de sus señorías. (Que la política sea persuasión, de hecho, es una consideración tan ilusa -e ilusionante- como la existencia del libre albedrío, pero aceptemos pulpo.)


Imagínense a un Marchena ejerciendo de presidente del Congreso, un hombre bueno que ante el menor intento de derrame sentimental, homilía extemporánea o insulto al adversario, cortara por lo sano (‘Cíñase a los hechos’) so pena de amonestación. Que empezara a regir un código por el que la actividad parlamentaria se atuviera al lenguaje recto, a la economía discursiva, a la verdad. Un parlamentarismo exento de grasa, que por pura antiadherencia fuera expulsando a los mendaces, los zafios, los insolentes. Just facts. Escuchaba ayer una tertulia en que uno de los participantes exclamaba: “¿Pero qué se ha creído Rufián, que estaba en una tertulia?”, cuando la pregunta, desalentadora y fatal, es si se creía en una Comisión de Investigación.

Voz Pópuli, 2 de marzo de 2019