El pasado domingo día 23 de julio, no bien dio las doce el campanario
de Calella de Palafrugell, los poco más de cien bañistas que, provistos
de silbatos y a pie derecho, se concentraban en la playa del Canadell,
dieron inicio a lo que parecía una protesta.
Renuente a aceptar
que a los pijos (también) les sobran los motivos, fui por una octavilla
(fantaseé con la posibilidad, lo admito, de unas octavillas en blanco
hueso satinado, a lo American Psycho). Según decía el panfleto,
un funcionario obviamente anodino, en un remoto despacho ministerial,
había proyectado una reordenación del área destinada al baño que, en la
práctica, vetaba la zambullida desde una roca llamada la Trona, en lo
que para los veraneantes supone todo un rito de paso.
¡Qué sabrán
en Madrid de nuestras necesidades!, clamaban los amotinados. O acaso he
de decir clamábamos, pues al punto me convertí en un simpatizante de tan
noble causa; qué digo simpatizante: ¡un activista! En mi flamante
militancia influyeron mis hijas, dignas usuarias del peñasco por más que
el tronismo que de verdad las moviliza sea el de Tele 5. Sea como sea,
me encandilaba la idea de manifestarme cada domingo a la hora del vermut
hasta doblarle las rodillas al Estado. Incluso me veía acampando una
noche en la playa, cantando en torno a una hoguera ‘Nos ocupamos del
mar’, de Alberto Pérez, mi brazo rodeando a alguna milf de La Bonanova
persuadida de la necesidad de plantar cara al poder. ‘Y tenemos dividida
la tarea / ella cuida de las olas, yo vigilo la marea…’ De ahí que
hoy, la noticia de
que la Capitanía Marítima de Palamós había aceptado la petición de
desplazar el canal de paso de las embarcaciones para dejar La Trona a
los bañistas, me haya sumido en el desconsuelo. Yo, que tan felices me
las prometía, ni siquiera he tenido ocasión de estrenar mi silbato.
The Objective, 3 de agosto de 2017
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