He recurrido al bloqueo en las redes sociales en raras ocasiones, y casi todas en el contexto de los meses de furia 2017. No todos los bloqueos fueron «virtuales», esto es, de tuiteros que se hacían llamar «Imparapla», «Gracienc», «Pu*a Espanya» o «Destral»; los hubo, y hablé de ello hace quince días, «presenciales» (me resisto a emplear «reales» para categorizar cuanto sucede o cobra entidad al margen de internet). Bien es verdad que en tales casos me incliné, antes que por el bloqueo, por el silenciamiento, a menudo con la voluntad de preservar la amistad, dado el riesgo de que una nimiedad destemplada (un sí o un no, por decirlo con Nathalie Sarraute) terminara por arruinarla.
En lo que respecta a X, no obstante, ignoro cuál de las dos censuras es más nociva para la general concordia. El bloqueo, ciertamente, es más virulento, casi una declaración de hostilidad, por mucho que a veces sea reactivo (qué decir del preventivo, ese que el damnificado descubre de manera azarosa sin que haya mediado roce alguno con su bloqueador; estremece imaginar a un cincuentón, de esos que vive con la madre y el gato, cancelando vidas por anticipado como quien clavetea recortes de supuestos enemigos en la pared de un motelucho).
Con todo, sospecho que el silenciamiento, con su vitola de contención, de solución evitativa, tiende a acantonarnos en una cámara de eco bastante más hermética. Siquiera porque bloquear es un acción beligerante que, llevada al extremo, implica una cierta penalidad. Cómo no evocar a Curro Romero y su perplejidad ante los que le arrojaban papel higiénico: «¡Lo que nunca entenderé es que se tomen el trabajo de ir a comprarlo!». Silenciar, en cambio, es un automatismo sin consecuencias. Los mismos X e IG, sabedores de nuestra natural renuencia al conflicto, nos tranquilizan: «La persona a la que ha silenciado/dejado de seguir no se enterará». Y así, fiados a la «impunidad», amordazamos a discreción hasta convertir nuestra cuenta en una suerte de soliloquio, que lo sigue siendo a pesar de que intervengan otras voces, pues no cabe descartar que sean las que oímos en nuestra cabeza.
Hablo en plural mayestático, pero lo cierto es que he tratado de evitar esta deriva a base de no despegarme de gentes que probablemente votan a partidos a los que yo no voto, y a las que tengo por algo así como una toma de tierra. Sé que es mutuo, y en esa correspondencia entreveo la posibilidad de que España no se nos vaya de las manos. Antes me deshago de imbéciles que de izquierdistas.
Este sábado fue noticia que el ministro Óscar Puente había bloqueado al delegado de Urbanismo, Medio Ambiente y Movilidad del Ayuntamiento de Madrid, Borja Carabante, que había posteado este mensaje:
Dos descarrilamientos de trenes en Atocha en 9 días. Hoy, 5 atendidos por@EmergenciasMad. @oscar_puente_ y @sanchezcastejon siguen mirando para otro lado.
A las 18 horas del sábado, al de Carabante habían seguido tres bloqueos más, entre ellos el del alcalde Almeida, que se añaden a los 200 que en noviembre tenía contabilizados La Nueva Crónica. Incluso se había servido para ello de la cuenta del Ayuntamiento de Valladolid. ¡Un tipo con trazabilidad, sin duda!
Nunca he sabido qué hace el poder en X, un medio que propende a la degradación del debate por razones que tienen que ver con el algoritmo, la molicie y el sectarismo. El caso de Ciudadanos, por ejemplo. Poco se ha escrito sobre cómo Twitter vulgarizó sus mensajes hasta hacer de Rivera y sus palmeros una caricatura vergonzante; pioneros, con Podemos, en el uso ponzoñoso de las redes, con el cruasán de Villacís como apoteosis. El culto a ese marketing de plexiglás ha llevado a los partidos mainstream a impartir cursillos para «posicionarse» en redes, esa ciénaga donde «hay que estar, hay que estar».
Pero Puente, y por ello cabe reconocerle como un fiero precursor, ha inaugurado una originalísima extensión del sanchismo: la del bloqueo de millones de españoles (pues eso representa un concejal, un partido, un parlamentario) en nombre de la cordialidad.
La nueva trova vallisoletana.
The Objective, 10 de diciembre de 2013
domingo, 10 de diciembre de 2023
domingo, 26 de noviembre de 2023
¿Ya se ha roto España?
El procés provocó en Cataluña una fractura social cuyos efectos aún perduran y para la que no se adivina sutura a medio plazo, menos aún después de que el presidente del Gobierno haya reactivado la agenda golpista. Amistades que se remontaban a la infancia, que habían sobrevivido a la erosión del tiempo, se rompieron de manera inexorable en el curso de discusiones donde los argumentos, lejos de exponerse civilizadamente, esto es, con cierta coquetería intelectual, se arrojaban a la cara de quien habiendo sido un medio hermano había devenido en feroz antagonista. Lejos de delimitar un marco deliberativo para persuadir al adversario en buena lid, con razones atendibles, se imponía su humillación. Con más saña, si cabe, cuanto más estrecho era, o había sido el vínculo.
Hay matices. En ocasiones, el Virus finiquitó relaciones que ya habían rendido sus mejores días. En tales casos, Cataluña/España fue el pretexto para no perseverar en afectos al borde de la extinción, entreverados de silencios que habían pasado de lo incómodo a lo inhóspito. Tampoco conviene fiarse de las muchas hipérboles que ha esparcido el Trauma: tengo para mí que el soniquete de las «familias rotas» tiene algo de aderezo retórico, sin más valor fáctico que el que cabría conceder a un reñidero de cuñados; ojerizas endémicas, en fin, que afloraban al calor de la cuestión nacional. Un Barça-Español por otros medios.
No obstante, y si bien creo infundado hablar de una plaga de rupturas familiares, es verdad que no pocos cónclaves empezaron a celebrarse bajo una sombra ominosa, una suerte de acuerdo respecto al desacuerdo que obligaba, siquiera por decoro navideño, a una cierta contención. Había una diferencia sustancial entre ahondar enconos e inaugurar inquinas, de ahí que el subtexto que presidiera los encuentros fuera «tengamos la fiesta en paz», un «prohibido terminantemente el cante» adaptado al fenómeno.
El aire de fronda venía batiendo la región desde mucho antes de que un lazo amarillo (y sobre todo, el hecho de no llevarlo) denotara que la convivencia había pasado a mejor vida. A partir del surgimiento y la consolidación de Ciudadanos, un partido inconcebible en ese pútrido balneario que fue el oasis, la risa conejera de la cohorte nacionalista devino en rictus desencajado. A la censura y el vacío mediáticos con que el régimen acogió la buena nueva, siguió una hostilidad ambiental que rompió en amenazas, boicots, agresiones. El conflicto, después de años de latencia y disimulo, se dirimía por fin a cielo abierto gracias a una formación explícitamente antinacionalista, que precisamente ponía en entredicho la posibilidad de serlo sin sufrir represalias. El cambio de paradigma se hizo insoportable para la clase dirigente; también para la que regía los destinos del PSC y el PPC, que oficiaban de perfectas coartadas de un pluralismo ficticio: si los socialistas jamás aspiraron a ningún otro papel que no fuera el de cómplice, los populares (con la salvedad del periodo luminoso de Aleix Vidal-Quadras) rara vez pasaron de comparsa, y a esa condición, por cierto, pretende devolverlos Alberto Núñez Feijóo, aunque ello sería materia para otro artículo.
Sólo quienes teníamos tratos recurrentes con la política, quienes nos sentíamos de antiguo concernidos por ella, sospechamos que los acontecimientos (el 3% y el 15M como aceleradores) podrían precipitar una quiebra de cierto calado. Con el 1-O en el horizonte, el cisma que se venía insinuando en ámbitos hiperpolitizados se manifestó también en empresas, comunidades de vecinos, asociaciones de padres de alumnos, patios de colegio, aulas universitarias… La consumación de la revuelta, favorecida por la cesantía del Gobierno de Mariano Rajoy, acabó por volar los pocos diques que quedaban en pie y llevó la discordia a la red social primigenia, a ese círculo sagrado que creíamos inexpugnable y que al punto se tornó quebradizo. Íntimos que nunca habíamos cruzado una palabra más alta que otra nos vimos arrastrados a broncas tabernarias, a tanganas del tipo trofeo Colombino donde nada, ningún pliegue biográfico, parecía quedar a salvo, en las que el Tema resucitaba aquello que dijiste un día, aquello que dije yo. La huida hacia delante de un hatajo de corruptos, fundada en lustros de roturación normativa, hizo del bar-de-toda-la-vida un campo de minas en que los parroquianos más atentos a la actualidad, a los que se nos podía identificar por ir armados con un periódico de papel, comenzamos a mirarnos de reojo. Soy incapaz de datar el día en que una amiga me dijo: «¿Tú crees que X [en alusión a un común, y nunca mejor dicho] también fue a votar?». Ni el instante en que, allá por 2019 , un tipo al que sigo apreciando me preguntó sobresaltado: «¿De verdad estás en contra de que el pueblo vote?». En contra. El pueblo. Vote. Y esa pértiga, «De verdad», con la que no sé si quería ensalzarme o ensartarme.
Los Usos amorosos de la postguerra española, el ensayo de Carmen Martín Gaite del que tanto aprendí a mis dieciocho, me venía a la mente cada vez que pensaba en los hábitos que había instaurado la procesía, y en particular en la etiqueta que abrazamos quienes teníamos la firme voluntad de plantarle cara a las circunstancias, de sobrevolar la contingencia aun perteneciendo a bandos contrarios. Porque había bandos, sí, y las filas siguen estando prietas.
En las cenas de antiguos alumnos de EGB, nadie sacaba a relucir su vicio para que la noche no se agriara por un asunto que, de críos, nos la había traído al pairo. Con los amigos-de-toda-la-vida medió un juramento escrito en tinta simpática por el que convinimos en eludir cualquier cuestión susceptible de reyerta, en fingirnos indiferentes a la urgencia, let’s pretend. ¡Como si cupiera ensimismarse esculpiendo un puré de patatas cuando el mundo tal-como-lo-conocíamos se iba derrumbando como los glaciares se derrumban en La 2! Quienes teníamos en la política nuestro nexo fundamental nos convertimos en especialistas de primerísimo nivel en la práctica del eslalon, y hubo una tarde en que me escuché diciéndole a un hombre por el que tengo verdadera estima: «Nos definen muchos más atributos que un referéndum: la conversación, el mestizaje, Rafa Marañón, aquella general de pie, Francisco Casavella, los macarrones del Monocrom…».
Un protocolo autogestionario que, en cualquier caso, acumuló miles de fracasos.
Estos días, cuando recibo en el móvil por enésima vez el chistecito de «¿Qué? ¿Ya se ha roto España?», no puedo por menos que admitir que la formulación peca de inexacta, por mucho que quienes se dan a la broma no se atreverían a decir: «¿Qué? ¿Ya se ha roto Cataluña?». Hay clases.
No, España no se rompe. Rompemos los españoles.
Y ni siquiera el hecho de que la izquierda carezca de convicciones, de que no tenga más asidero que el cinismo, evitará que el estropicio se extienda.
Hay matices. En ocasiones, el Virus finiquitó relaciones que ya habían rendido sus mejores días. En tales casos, Cataluña/España fue el pretexto para no perseverar en afectos al borde de la extinción, entreverados de silencios que habían pasado de lo incómodo a lo inhóspito. Tampoco conviene fiarse de las muchas hipérboles que ha esparcido el Trauma: tengo para mí que el soniquete de las «familias rotas» tiene algo de aderezo retórico, sin más valor fáctico que el que cabría conceder a un reñidero de cuñados; ojerizas endémicas, en fin, que afloraban al calor de la cuestión nacional. Un Barça-Español por otros medios.
No obstante, y si bien creo infundado hablar de una plaga de rupturas familiares, es verdad que no pocos cónclaves empezaron a celebrarse bajo una sombra ominosa, una suerte de acuerdo respecto al desacuerdo que obligaba, siquiera por decoro navideño, a una cierta contención. Había una diferencia sustancial entre ahondar enconos e inaugurar inquinas, de ahí que el subtexto que presidiera los encuentros fuera «tengamos la fiesta en paz», un «prohibido terminantemente el cante» adaptado al fenómeno.
El aire de fronda venía batiendo la región desde mucho antes de que un lazo amarillo (y sobre todo, el hecho de no llevarlo) denotara que la convivencia había pasado a mejor vida. A partir del surgimiento y la consolidación de Ciudadanos, un partido inconcebible en ese pútrido balneario que fue el oasis, la risa conejera de la cohorte nacionalista devino en rictus desencajado. A la censura y el vacío mediáticos con que el régimen acogió la buena nueva, siguió una hostilidad ambiental que rompió en amenazas, boicots, agresiones. El conflicto, después de años de latencia y disimulo, se dirimía por fin a cielo abierto gracias a una formación explícitamente antinacionalista, que precisamente ponía en entredicho la posibilidad de serlo sin sufrir represalias. El cambio de paradigma se hizo insoportable para la clase dirigente; también para la que regía los destinos del PSC y el PPC, que oficiaban de perfectas coartadas de un pluralismo ficticio: si los socialistas jamás aspiraron a ningún otro papel que no fuera el de cómplice, los populares (con la salvedad del periodo luminoso de Aleix Vidal-Quadras) rara vez pasaron de comparsa, y a esa condición, por cierto, pretende devolverlos Alberto Núñez Feijóo, aunque ello sería materia para otro artículo.
Sólo quienes teníamos tratos recurrentes con la política, quienes nos sentíamos de antiguo concernidos por ella, sospechamos que los acontecimientos (el 3% y el 15M como aceleradores) podrían precipitar una quiebra de cierto calado. Con el 1-O en el horizonte, el cisma que se venía insinuando en ámbitos hiperpolitizados se manifestó también en empresas, comunidades de vecinos, asociaciones de padres de alumnos, patios de colegio, aulas universitarias… La consumación de la revuelta, favorecida por la cesantía del Gobierno de Mariano Rajoy, acabó por volar los pocos diques que quedaban en pie y llevó la discordia a la red social primigenia, a ese círculo sagrado que creíamos inexpugnable y que al punto se tornó quebradizo. Íntimos que nunca habíamos cruzado una palabra más alta que otra nos vimos arrastrados a broncas tabernarias, a tanganas del tipo trofeo Colombino donde nada, ningún pliegue biográfico, parecía quedar a salvo, en las que el Tema resucitaba aquello que dijiste un día, aquello que dije yo. La huida hacia delante de un hatajo de corruptos, fundada en lustros de roturación normativa, hizo del bar-de-toda-la-vida un campo de minas en que los parroquianos más atentos a la actualidad, a los que se nos podía identificar por ir armados con un periódico de papel, comenzamos a mirarnos de reojo. Soy incapaz de datar el día en que una amiga me dijo: «¿Tú crees que X [en alusión a un común, y nunca mejor dicho] también fue a votar?». Ni el instante en que, allá por 2019 , un tipo al que sigo apreciando me preguntó sobresaltado: «¿De verdad estás en contra de que el pueblo vote?». En contra. El pueblo. Vote. Y esa pértiga, «De verdad», con la que no sé si quería ensalzarme o ensartarme.
Los Usos amorosos de la postguerra española, el ensayo de Carmen Martín Gaite del que tanto aprendí a mis dieciocho, me venía a la mente cada vez que pensaba en los hábitos que había instaurado la procesía, y en particular en la etiqueta que abrazamos quienes teníamos la firme voluntad de plantarle cara a las circunstancias, de sobrevolar la contingencia aun perteneciendo a bandos contrarios. Porque había bandos, sí, y las filas siguen estando prietas.
En las cenas de antiguos alumnos de EGB, nadie sacaba a relucir su vicio para que la noche no se agriara por un asunto que, de críos, nos la había traído al pairo. Con los amigos-de-toda-la-vida medió un juramento escrito en tinta simpática por el que convinimos en eludir cualquier cuestión susceptible de reyerta, en fingirnos indiferentes a la urgencia, let’s pretend. ¡Como si cupiera ensimismarse esculpiendo un puré de patatas cuando el mundo tal-como-lo-conocíamos se iba derrumbando como los glaciares se derrumban en La 2! Quienes teníamos en la política nuestro nexo fundamental nos convertimos en especialistas de primerísimo nivel en la práctica del eslalon, y hubo una tarde en que me escuché diciéndole a un hombre por el que tengo verdadera estima: «Nos definen muchos más atributos que un referéndum: la conversación, el mestizaje, Rafa Marañón, aquella general de pie, Francisco Casavella, los macarrones del Monocrom…».
Un protocolo autogestionario que, en cualquier caso, acumuló miles de fracasos.
Estos días, cuando recibo en el móvil por enésima vez el chistecito de «¿Qué? ¿Ya se ha roto España?», no puedo por menos que admitir que la formulación peca de inexacta, por mucho que quienes se dan a la broma no se atreverían a decir: «¿Qué? ¿Ya se ha roto Cataluña?». Hay clases.
No, España no se rompe. Rompemos los españoles.
Y ni siquiera el hecho de que la izquierda carezca de convicciones, de que no tenga más asidero que el cinismo, evitará que el estropicio se extienda.
The Objective, 26 de noviembre de 2023
domingo, 19 de noviembre de 2023
Aquí siempre se ha jugado
En los últimos dos años, raro ha sido el jueves en que el pleno de la Asamblea de Madrid no se haya visto perturbado por manifestaciones contra el Gobierno de Isabel Díaz Ayuso. Frente al número 142 de la avenida Pablo Neruda se han concentrado sucesivamente, y a menudo simultáneamente, asociaciones vecinales, entidades ecologistas, sindicatos de taxistas, de médicos, de docentes, de estudiantes, de celadores, de limpiadoras… La gente, en fin. Es probable, debería comprobarlo, que incluso el gremio de fruteros haya protagonizado algún juernes de clamor. Ni que decir tiene que en el hemiciclo resonaban los megáfonos, los tambores y las cacerolas, un estrépito a duras penas amortiguado por el revestimiento de vidrio del recinto, y que de puro ordinario parecía consustancial a la actividad legislativa, cuando no su banda sonora.
La policía, que sólo en una ocasión se vio desbordada por la multitud, acostumbraba a actuar sin aspavientos, limitándose a establecer un cordón que mantuviera al gentío a raya, esto es, lo suficientemente alejado de la puerta principal como para que no se produjeran conatos de agresión a los diputados, huelga aclarar que de derechas. Lo que no pudieron impedir, en febrero de 2023, es que dos médicos se encadenaran a la verja mientras un tercero activaba una humareda que se acabó filtrando al interior del edificio, para estupefacción de las señorías del PP y de Vox, que no estaban en el secreto, y la meliflua complacencia de las de la izquierda, que sí lo estaban. En el secreto y en el ajo, como por lo demás era habitual. De hecho, y según estipulaba el rito, un poco antes de la hora del almuerzo, los portavoces de Más Madrid, PSOE y Podemos, por estricto orden de irrelevancia, se reunían en la calle con los activistas a los que previamente habían azuzado, para exhibir ante las cámaras el prurito de camaradería que los identificaba como campeones mundiales de la empatía. Se daba entonces la insólita circunstancia de que los líderes izquierdistas participaban del griterío contra la institución de la que formaban parte, y lo hacían sin desmayo hasta que, ay, apremiaba la gazuza.
Las protestas, insisto, no operaban el mismo efecto en los legisladores a los que interpelaban, a saber, los del PP, que en los que, ya fuera bajo cuerda o sin ambages, las habían auspiciado. (¡Si lo sabré yo, que, como esculpiera José Martí, viví en el monstruo y le conozco las entrañas!) Mientras que los primeros se veían condicionados por el ceremonial intimidatorio, los segundos se refocilaban con la música de viento que amplificaba (que dopaba) su discurso.
Así y todo, cuando la extorsión se producía en el exterior, el impacto, amén de relativo, tendía a decrecer conforme avanzaba la legislatura; incluso al orador más párvulo e impresionable se le termina por encallecer el verbo. Y si especifico «exterior» es porque había una segunda modalidad: la indoor. La potestad de los grupos parlamentarios para alojar en la tribuna de invitados a colectivos concernidos por alguno de los puntos del orden del día (una forma como otra de coerción ambiental, pues el debate se puede seguir por internet) derivó más de una vez en trifulcas que incluyeron insultos, lanzamiento de octavillas, despliegue de pancartas… Sin que la bancada zurda faltara a la usanza de jalear tales actitudes con vítores y aplausos, aunque con ello conculcaran el reglamento.
Viene esto a cuento de la reacción airada de la izquierda (y los recelitos de la derecha morigerada) ante las movilizaciones que venimos protagonizando los constitucionalistas, y en las que debemos perseverar para que el Estado de Derecho siga en pie.
Que no nos achante la especie de que, por que la mitad de los ciudadanos abracemos la democracia militante, España vaya a romperse. En eso, y sólo en eso, doy la razón a los rompedores.
The Objective, 19 de noviembre de 2023
La policía, que sólo en una ocasión se vio desbordada por la multitud, acostumbraba a actuar sin aspavientos, limitándose a establecer un cordón que mantuviera al gentío a raya, esto es, lo suficientemente alejado de la puerta principal como para que no se produjeran conatos de agresión a los diputados, huelga aclarar que de derechas. Lo que no pudieron impedir, en febrero de 2023, es que dos médicos se encadenaran a la verja mientras un tercero activaba una humareda que se acabó filtrando al interior del edificio, para estupefacción de las señorías del PP y de Vox, que no estaban en el secreto, y la meliflua complacencia de las de la izquierda, que sí lo estaban. En el secreto y en el ajo, como por lo demás era habitual. De hecho, y según estipulaba el rito, un poco antes de la hora del almuerzo, los portavoces de Más Madrid, PSOE y Podemos, por estricto orden de irrelevancia, se reunían en la calle con los activistas a los que previamente habían azuzado, para exhibir ante las cámaras el prurito de camaradería que los identificaba como campeones mundiales de la empatía. Se daba entonces la insólita circunstancia de que los líderes izquierdistas participaban del griterío contra la institución de la que formaban parte, y lo hacían sin desmayo hasta que, ay, apremiaba la gazuza.
Las protestas, insisto, no operaban el mismo efecto en los legisladores a los que interpelaban, a saber, los del PP, que en los que, ya fuera bajo cuerda o sin ambages, las habían auspiciado. (¡Si lo sabré yo, que, como esculpiera José Martí, viví en el monstruo y le conozco las entrañas!) Mientras que los primeros se veían condicionados por el ceremonial intimidatorio, los segundos se refocilaban con la música de viento que amplificaba (que dopaba) su discurso.
Así y todo, cuando la extorsión se producía en el exterior, el impacto, amén de relativo, tendía a decrecer conforme avanzaba la legislatura; incluso al orador más párvulo e impresionable se le termina por encallecer el verbo. Y si especifico «exterior» es porque había una segunda modalidad: la indoor. La potestad de los grupos parlamentarios para alojar en la tribuna de invitados a colectivos concernidos por alguno de los puntos del orden del día (una forma como otra de coerción ambiental, pues el debate se puede seguir por internet) derivó más de una vez en trifulcas que incluyeron insultos, lanzamiento de octavillas, despliegue de pancartas… Sin que la bancada zurda faltara a la usanza de jalear tales actitudes con vítores y aplausos, aunque con ello conculcaran el reglamento.
Viene esto a cuento de la reacción airada de la izquierda (y los recelitos de la derecha morigerada) ante las movilizaciones que venimos protagonizando los constitucionalistas, y en las que debemos perseverar para que el Estado de Derecho siga en pie.
Que no nos achante la especie de que, por que la mitad de los ciudadanos abracemos la democracia militante, España vaya a romperse. En eso, y sólo en eso, doy la razón a los rompedores.
The Objective, 19 de noviembre de 2023
domingo, 5 de noviembre de 2023
Del tomar y la tomadura
El intento de acomodar el debate sobre la amnistía a la eventualidad de que el auténtico PSOE despierte, como si el que se halla bajo la tutela de Pedro Sánchez fuera su remedo sin alma, se alimenta de las críticas de los antiguos dirigentes socialistas, y en particular de las que supura con su habitual farolería, propia de quien habla para la Historia en lugar de para la prensa, Felipe González. Su más reciente wikiquote, que adquirió la forma de ataque de dignidad, sobrevino a las puertas del Palacio de las Cortes, cuando un periodista le dejó botando una pregunta no muy diferente a la que le formuló en 1995 el buen Iñaki, y para la que, como entonces, no cabía otra respuesta que no fuera un ‘no’. Como Fernando Palmero escribió en El Mundo con justo asombro, por quién nos toma.
Ciñámonos, por no enredarnos en sus más célebres trapacerías, al antecedente del acto que había motivado su presencia en el Congreso: el juramento de Felipe de Borbón. González, que encaraba la recta final de su primera legislatura al frente del Gobierno, conminó a Gregorio Peces-Barba, a la sazón presidente de la cámara, a que le concediera la prerrogativa de pronunciar un discurso. Las diferencias entre ambos, que ya habían aflorado en forma de llamadas a la cortesía parlamentaria, derivaron esta vez en un enfrentamiento de cuyos pormenores dio cuenta Peces-Barba en el último capítulo de su libro de memorias La democracia en España, en que atribuye la porfía de Moncloa en intervenir la ceremonia al culto a la personalidad instituido por aquel al que apodaron Dios, sin que le faltaran méritos para ello. Así acota el autor la deriva despótica del felipismo (y sólo estábamos en 1986): “Se había llegado a tal borrachera de éxito que todos, según comprendí entonces, éramos unos simples delegados del presidente, sin personalidad ni independencia”.
Sánchez, ciertamente, trató de retorcer el protocolo para evitar que su asiento en el escenario (a la izquierda de la Infanta Sofía y en segundo plano) pusiera de relieve su condición de subalterno; nada que no pueda equipararse (¡y a la baja!) a las presiones que alentó González, de quien el actual jefe del Ejecutivo no es sino su alumno más impúdico. Únicamente la evidencia de que las cesiones de Sánchez precipitan el colapso del Estado de Derecho, y la desfachatez con que acostumbra a desentenderse del periódico de ayer para refundar el mundo al paso de la necesidad (¡cómo le va a pesar conceder indultos y borrar delitos, si él ha basado su acción política en una permanente autoamnistía!) nos permiten entrever en el legado de González un atisbo de decencia. Pero que nadie se engañe: estamos ante una cuestión de grado, no de naturaleza (y que también interpela, por cierto, al PP, no ya al de los tiempos de Aznar y Rajoy, que va de suyo, sino al que hoy sopesa volver a confundirse, entiéndase en sentido oblicuo, con el nacionalismo ambiente).
Sánchez ha abundado en los mismos sectarismo, cinismo y cesarismo de los que hizo gala González, con la sola diferencia de que en su caso los alardes de poder son aún más aparatosos, una degeneración que bien podría obedecer a la necesidad de sacudirse el estigma del gobernante maniatado, es decir, a su debilidad, y que, en cualquier caso, no es insensible al qué dirán. Como él mismo ha entendido hace tiempo, es la condición de posibilidad de la España demediada, y el regodeo elemental de quienes han crecido en el odio de prestado a la derecha.
Ciñámonos, por no enredarnos en sus más célebres trapacerías, al antecedente del acto que había motivado su presencia en el Congreso: el juramento de Felipe de Borbón. González, que encaraba la recta final de su primera legislatura al frente del Gobierno, conminó a Gregorio Peces-Barba, a la sazón presidente de la cámara, a que le concediera la prerrogativa de pronunciar un discurso. Las diferencias entre ambos, que ya habían aflorado en forma de llamadas a la cortesía parlamentaria, derivaron esta vez en un enfrentamiento de cuyos pormenores dio cuenta Peces-Barba en el último capítulo de su libro de memorias La democracia en España, en que atribuye la porfía de Moncloa en intervenir la ceremonia al culto a la personalidad instituido por aquel al que apodaron Dios, sin que le faltaran méritos para ello. Así acota el autor la deriva despótica del felipismo (y sólo estábamos en 1986): “Se había llegado a tal borrachera de éxito que todos, según comprendí entonces, éramos unos simples delegados del presidente, sin personalidad ni independencia”.
Sánchez, ciertamente, trató de retorcer el protocolo para evitar que su asiento en el escenario (a la izquierda de la Infanta Sofía y en segundo plano) pusiera de relieve su condición de subalterno; nada que no pueda equipararse (¡y a la baja!) a las presiones que alentó González, de quien el actual jefe del Ejecutivo no es sino su alumno más impúdico. Únicamente la evidencia de que las cesiones de Sánchez precipitan el colapso del Estado de Derecho, y la desfachatez con que acostumbra a desentenderse del periódico de ayer para refundar el mundo al paso de la necesidad (¡cómo le va a pesar conceder indultos y borrar delitos, si él ha basado su acción política en una permanente autoamnistía!) nos permiten entrever en el legado de González un atisbo de decencia. Pero que nadie se engañe: estamos ante una cuestión de grado, no de naturaleza (y que también interpela, por cierto, al PP, no ya al de los tiempos de Aznar y Rajoy, que va de suyo, sino al que hoy sopesa volver a confundirse, entiéndase en sentido oblicuo, con el nacionalismo ambiente).
Sánchez ha abundado en los mismos sectarismo, cinismo y cesarismo de los que hizo gala González, con la sola diferencia de que en su caso los alardes de poder son aún más aparatosos, una degeneración que bien podría obedecer a la necesidad de sacudirse el estigma del gobernante maniatado, es decir, a su debilidad, y que, en cualquier caso, no es insensible al qué dirán. Como él mismo ha entendido hace tiempo, es la condición de posibilidad de la España demediada, y el regodeo elemental de quienes han crecido en el odio de prestado a la derecha.
The Objective, 5 de noviembre de 2023
domingo, 22 de octubre de 2023
El hamasismo español
Durante la segunda década del siglo, cuando la crisis desatada en 2008 dejó a tantísimos españoles a la intemperie, frente al centro de atención primaria de mi barrio solían apostarse militantes de la CUP para anunciar el fin del mundo. Megáfono en mano, alertaban a los usuarios de la existencia de un plan para desmantelar la sanidad pública, una suerte de conjura bilderberg cuya expresión más ostensible eran los sucesivos tijeretazos que había ido ejecutando Boi Ruiz, a la sazón consejero de Sanidad. Que el propósito de Ruiz fuera redimensionar el gasto para evitar que la cobertura universal y la cartera de prestaciones no se fueran al guano no disuadió a la demagogia rampante, máxime en una época en la que el ‘todogratismo’ se hizo ley y cualquier cesión en ese sentido desembocaba en un psicodrama colectivo. Que nos pudiéramos ‘bajar’ películas y tuviéramos que pagar por las medicinas era, en el libreto de la izquierda radical y no pocos liberales, una afrenta.
En Madrid, el papel de Ruiz lo desempeñaría, con idéntico éxito de crítica y público, Javier Fernández-Lasquetty, si bien el recorte catalán, de cerca de 1.400 millones de euros en 5 años, no resistió comparación con el mesetario, cifrado en unos pocos cientos de millones y que acabaría por revertirse en 2016. También en esa lid Cataluña anduvo, comme d'habitude, a la vanguardia de España.
Sea como fuere, el populismo olió sangre, y la posibilidad de vincular las estrecheces presupuestarias con la maléfica voluntad de la casta, que ambicionaba perpetuarse en los reservados para seguir atiborrándose de “carpachos de gambas” mediante el saqueo de ‘lo público’, se tradujo en acciones como la presencia cotidiana de los cupaires a las puertas del ‘seguro’.
“Ante la amenaza neoliberal”, me encasquetó la diputada Eulàlia Reguant una mañana en que fui a por recetas, “la reivindicación de la salud es revolucionaria”. La diputada, sí; los cuadros que habían comenzado a repartir pasquines en 2010 se habían convertido en 2012 en diputados autonómicos (tres años antes, dicho sea de paso, de que Podemos se plantara en la Asamblea de Madrid). Su discurso, ramplonamente eficaz, venía a decir que ante la inminente división de la población entre lozanos y moribundos, producto de la pertenencia a una u otra escala económica, sólo ellos propugnaban la supervivencia de la famélica legión.
Antes que como un partido independentista, comparecían en los CAP, los hospitales, las escuelas y los centros cívicos como miembros de una plataforma de auxilio social, presta a proveer al pueblo de todos y cada uno de los servicios que se hallaban implantados en España desde hacía décadas, y poniendo el acento en la perentoria necesidad de propagar el uso de la copa menstrual. Se trababa de inocular en el electorado la percepción de que eran ellos, con sus tenderetes a las puertas de cualquier dependencia sanitaria, educativa, etc. quienes preservaban el derecho a la vida.
La táctica caló, al punto de que la ultraizquierda madrileña ha tratado, en vano, de condicionar el bienestar de los ciudadanos a la defensa de lo que dan en llamar ‘joya de la corona’, y que pasa igualmente por la cartelería, las ocupaciones y las coacciones.
Pensaba en ello estos días a propósito del arraigo de Hamás entre los palestinos; en el hecho de que la milicia terrorista cuente sus seguidores por decenas de millares, vasallos a quienes también han hecho creer que el trabajo abnegado de sus élites en pro del ‘bien común’, de la ‘vida bonita’, les ha permitido vivir en el mejor de los vertederos posibles, esto es, un vertedero subvencionado. Y ello, con la sola condición de odiar al vecino y resignarse a ser los campeones del victimismo.
Más Madrid, MeMe.
The Objective, 22 de octubre de 2023
En Madrid, el papel de Ruiz lo desempeñaría, con idéntico éxito de crítica y público, Javier Fernández-Lasquetty, si bien el recorte catalán, de cerca de 1.400 millones de euros en 5 años, no resistió comparación con el mesetario, cifrado en unos pocos cientos de millones y que acabaría por revertirse en 2016. También en esa lid Cataluña anduvo, comme d'habitude, a la vanguardia de España.
Sea como fuere, el populismo olió sangre, y la posibilidad de vincular las estrecheces presupuestarias con la maléfica voluntad de la casta, que ambicionaba perpetuarse en los reservados para seguir atiborrándose de “carpachos de gambas” mediante el saqueo de ‘lo público’, se tradujo en acciones como la presencia cotidiana de los cupaires a las puertas del ‘seguro’.
“Ante la amenaza neoliberal”, me encasquetó la diputada Eulàlia Reguant una mañana en que fui a por recetas, “la reivindicación de la salud es revolucionaria”. La diputada, sí; los cuadros que habían comenzado a repartir pasquines en 2010 se habían convertido en 2012 en diputados autonómicos (tres años antes, dicho sea de paso, de que Podemos se plantara en la Asamblea de Madrid). Su discurso, ramplonamente eficaz, venía a decir que ante la inminente división de la población entre lozanos y moribundos, producto de la pertenencia a una u otra escala económica, sólo ellos propugnaban la supervivencia de la famélica legión.
Antes que como un partido independentista, comparecían en los CAP, los hospitales, las escuelas y los centros cívicos como miembros de una plataforma de auxilio social, presta a proveer al pueblo de todos y cada uno de los servicios que se hallaban implantados en España desde hacía décadas, y poniendo el acento en la perentoria necesidad de propagar el uso de la copa menstrual. Se trababa de inocular en el electorado la percepción de que eran ellos, con sus tenderetes a las puertas de cualquier dependencia sanitaria, educativa, etc. quienes preservaban el derecho a la vida.
La táctica caló, al punto de que la ultraizquierda madrileña ha tratado, en vano, de condicionar el bienestar de los ciudadanos a la defensa de lo que dan en llamar ‘joya de la corona’, y que pasa igualmente por la cartelería, las ocupaciones y las coacciones.
Pensaba en ello estos días a propósito del arraigo de Hamás entre los palestinos; en el hecho de que la milicia terrorista cuente sus seguidores por decenas de millares, vasallos a quienes también han hecho creer que el trabajo abnegado de sus élites en pro del ‘bien común’, de la ‘vida bonita’, les ha permitido vivir en el mejor de los vertederos posibles, esto es, un vertedero subvencionado. Y ello, con la sola condición de odiar al vecino y resignarse a ser los campeones del victimismo.
Más Madrid, MeMe.
The Objective, 22 de octubre de 2023
domingo, 15 de octubre de 2023
¿Gaza no es Hamás?
Una de las cantaletas que mejor acomodo han encontrado en el debate sobre Israel es la que distingue entre Hamás y el pueblo palestino. Se trata de una escisión reconfortante, que suele procurar a quien la enarbola un estatus moral a prueba de banderías, un blindaje más o menos eficaz frente a la acusación de columnismo de lesa humanidad. No en vano, la caracterización de Hamás como un organismo anómalo, ajeno por completo a la verdadera idiosincrasia del paisanaje, nos permite abogar por el derecho de Israel a defenderse sin que el progreísmo, expendeduría única de certificados de conducta, nos considere unos desalmados. Incluso Henrique Cymerman, el único corresponsal que no parte de la premisa de que Israel es un Estado ilegítimo, remataba de esta guisa la conexión del sábado en el informativo de Cuatro: “Hay algo fundamental: una cosa es Hamás y otra los palestinos”.
Semejante aseveración, cuya fisura más obvia es la inferencia de que los miembros de Hamás no serían exactamente palestinos, sino de un enclave ignoto entre Marruecos y Pakistán, proyecta dos estampas.
Por un lado, la del terrorista programado para exterminar judíos, léase occidentales, una suerte de agente plenipotenciario de Alá que, calcando el libro de estilo del ISIS, se precia de ‘editar’ el mal, de depurarlo hasta convertirlo en un sofisticado videoclip que tiene sus nichos de mercado en Lavapiés, el Raval, Saint-Denis o Molenbeek, como recoge el estremecedor (también, por compasivo) V13 de Carrère.
Al otro lado, el paria universal, reo a su pesar de un conflicto desquiciado, jalonado por escaladas bélicas cada vez más recurrentes, en lo que constituye un círculo vicioso del que él y sus iguales, asimismo desposeídos de todo atributo, de toda dignidad, acaso de sus seres queridos, son damnificados seculares. La imaginería que acompaña a estas víctimas-por-antonomasia no se entendería sin la tele, que se recrea en la exhibición del desgarro, del desconsuelo, del tormento. Ni que decir tiene que los dirigentes yihadistas, sabedores desde tiempo inmemorial de que Europa aborrece ver víctimas reales pero es en cambio sensible a la retórica del sentimentalismo; conscientes, en fin, de que la izquierda explota la tragedia que aflige únicamente a una de las partes, no se para en barras a la hora de aliñar los funerales con toda clase de recursos escénicos. El último del hemos tenido noticia, a falta de la verificación newtral, es un muñeco con mercromina en el rostro que simulaba el cadáver de un bebé, y al que un individuo daba un beso sin tan siquiera reprimir una sonrisa fullera.
Convengo en que Gaza no es Hamás, pero mis recelos relativos a la existencia de un corte abrupto entre unos, seres de luz, y otros, heraldos del apocalipsis, no distan en exceso de los que Geraldine Schwarz desgrana en Los amnésicos respecto al grado de responsabilidad en el nazismo de los llamados mitläufer, aquellos alemanes que, por codicia o indiferencia, fueron cómplices de la barbarie. Gaza no es Hamás, y rebatir ese extremo ni siquiera es políticamente útil, pues equivaldría a la condena definitiva de los gazatíes, pero fueron los gazatíes quienes votaron masivamente a Hamás en unas elecciones que la comunidad internacional, con la UE al frente, tildó de modélicas. Gaza no es Hamás, de acuerdo, pero han sido muchos años de banderas americanas pisoteadas e incendiadas, de fanatismo a espuertas y de llamadas a la guerra santa, como para obviar la evidencia de que Gaza, si no Hamás, sí es su caldo de cultivo.
En cualquier caso, entiendo que la tentación de practicar la teoría de conjuntos sea irresistible. De Israel sí puede decirse, sin temor a patinar, que no es Netanyahu, lo que, por pura analogía, induce a un sesgo abrasador.
The Objective, 15 de octubre de 2023
Semejante aseveración, cuya fisura más obvia es la inferencia de que los miembros de Hamás no serían exactamente palestinos, sino de un enclave ignoto entre Marruecos y Pakistán, proyecta dos estampas.
Por un lado, la del terrorista programado para exterminar judíos, léase occidentales, una suerte de agente plenipotenciario de Alá que, calcando el libro de estilo del ISIS, se precia de ‘editar’ el mal, de depurarlo hasta convertirlo en un sofisticado videoclip que tiene sus nichos de mercado en Lavapiés, el Raval, Saint-Denis o Molenbeek, como recoge el estremecedor (también, por compasivo) V13 de Carrère.
Al otro lado, el paria universal, reo a su pesar de un conflicto desquiciado, jalonado por escaladas bélicas cada vez más recurrentes, en lo que constituye un círculo vicioso del que él y sus iguales, asimismo desposeídos de todo atributo, de toda dignidad, acaso de sus seres queridos, son damnificados seculares. La imaginería que acompaña a estas víctimas-por-antonomasia no se entendería sin la tele, que se recrea en la exhibición del desgarro, del desconsuelo, del tormento. Ni que decir tiene que los dirigentes yihadistas, sabedores desde tiempo inmemorial de que Europa aborrece ver víctimas reales pero es en cambio sensible a la retórica del sentimentalismo; conscientes, en fin, de que la izquierda explota la tragedia que aflige únicamente a una de las partes, no se para en barras a la hora de aliñar los funerales con toda clase de recursos escénicos. El último del hemos tenido noticia, a falta de la verificación newtral, es un muñeco con mercromina en el rostro que simulaba el cadáver de un bebé, y al que un individuo daba un beso sin tan siquiera reprimir una sonrisa fullera.
Convengo en que Gaza no es Hamás, pero mis recelos relativos a la existencia de un corte abrupto entre unos, seres de luz, y otros, heraldos del apocalipsis, no distan en exceso de los que Geraldine Schwarz desgrana en Los amnésicos respecto al grado de responsabilidad en el nazismo de los llamados mitläufer, aquellos alemanes que, por codicia o indiferencia, fueron cómplices de la barbarie. Gaza no es Hamás, y rebatir ese extremo ni siquiera es políticamente útil, pues equivaldría a la condena definitiva de los gazatíes, pero fueron los gazatíes quienes votaron masivamente a Hamás en unas elecciones que la comunidad internacional, con la UE al frente, tildó de modélicas. Gaza no es Hamás, de acuerdo, pero han sido muchos años de banderas americanas pisoteadas e incendiadas, de fanatismo a espuertas y de llamadas a la guerra santa, como para obviar la evidencia de que Gaza, si no Hamás, sí es su caldo de cultivo.
En cualquier caso, entiendo que la tentación de practicar la teoría de conjuntos sea irresistible. De Israel sí puede decirse, sin temor a patinar, que no es Netanyahu, lo que, por pura analogía, induce a un sesgo abrasador.
The Objective, 15 de octubre de 2023
domingo, 8 de octubre de 2023
Memorias del subdesarrollo
El anuncio de que el Mundial 2030 se disputará en seis países convierte en literal el término arrabalero con que nos referíamos al campeonato: los mundiales. “Los mundiales del 82”, decíamos asombrados a años vista, como si el acontecimiento, que empezaba a abrazar la globalización, fuera a reventar las costuras de una España que rezumaba provisionalidad. En la Barceloneta había dudas más que razonables respecto a lo que parecía un hito espectral, del que no había más prueba que su enquistamiento en el habla, ese ritornelo que ceñía el futuro a un horizonte mítico: “Esto no va a estar para los Mundiales”, y que volvió a circular aún más enfáticamente con el ‘A la ville de’.
En un apaño no muy distinto al que acabará beneficiando a Arabia, la FIFA había designado el 6 de julio de 1966 a los anfitriones de 1974, 1978 y 1982 conforme a la tácita ley de la alternancia entre América y Europa que regía por entonces, de suerte que España se retiró de la votación de 1974 y fue proclamada automáticamente sede de los Mundiales de 1982. Esos dieciséis años de hibernación contribuyeron sin duda a sumir el advenimiento en la bruma de la incertidumbre, apenas acotada por urgencias tan inderogables como pasar página de la dictadura e instaurar la democracia.
El certificado de veracidad llegaría tres años antes, cuando el maná de la remodelación de los estadios daría rienda suelta a cotas de pillaje desconocidas en España: miles de millones de las antiguas dilapidados en remiendos de cemento para cuya adjudicación, en algunos casos, ni siquiera mediaron concursos. La etiqueta #Mundial82 de la hemeroteca de El País es un llamativo prontuario de aquel subdesarrollo, que tiende a agigantar por comparación la inverosimilitud del 92, cual si ese otro país no fuera el resultado de una evolución plausible, sino de una brecha en el tiempo.
Algunas de las noticias de la montonera son netamente taciturnas, como la que informa, sólo meses antes del evento, de que “el Gobierno confirma su apoyo al Mundial” (y que da perfecta cuenta de la antigua separación entre Iglesia y Estado); o la que reseña, con pavorosa campechanía y asumiendo sin ambages la prosa terrorista, que “ETApm no tiene interés en atentar contra el Mundial-82” (“No tenemos ningún interés”, decía la fe de etarras, “en atentar contra los participantes o el público del Mundial de fútbol, deporte que es muy popular en España”). La tregua mundialista de los polimilis (VIII Asamblea) coincidió con la conjura del boicot británico, en la que debió de influir, además de un juicioso desmentido de The Times (“El mundial no se juega en Argentina. Argentina no es el único país que participa en el campeonato y su equipo no debe ser considerado como el representante del gobierno de Buenos Aires”), la evidencia de que también en Reino Unido el-fútbol-es-un-deporte-muy-popular. Las hostilidades, que las hubo, encontraron un feliz aterrizaje en “El Naranjito”, según su fiel denominación, que cumplió la función de catalizar la ira de una izquierda que había renunciado a liderar la Liga Antienajenación porque, ya saben, el-fútbol-es-un-deporte-etc. Este fiero editorial (“Fuera ese mamarracho”) es uno de los mayores exponentes de lo que bien cabe interpretar, dada la época, como un tiro por elevación:
“Los ciudadanos españoles se han despertado con la pesadilla de que la imagen que va a servir para singularizar a nuestro país como organizador del próximo Campeonato Mundial de Fútbol es un horripilante engendro que trata de imitar los nefastos simbolismos antropomórficos del peor Walt Disney y que tiende a confundir el espíritu nacional con alguna marca de quinta fila de refrescos”.
Y Francisco Umbral, que durante aquellos días y contraviniendo su querencia se prodigó en futbolerías, reveló a qué marca de quinta fila aludía en el texto, conjetura:
“Julián Santamaría, el genio del graffiti artístico, loco de pelambrera y de pasado, viejo tronco del rollo y la inventiva, es el hombre que venció en cruel batalla al indeseable Naranjito -¿ustedes se acuerdan?-, aquel engendro de la peor nostalgia de Walt Disney, una cosa entre Disneylandia y la fanta, con todo mi respeto y toda mi sed para la fanta”.
También él, por cierto, decía los mundiales, y así los seguiré nombrando, aunque en puridad se traten ya de unos Juegos de la Empatía que, a no mucho tardar, también serán declarados no-binario. Un espectáculo multilingüe sin vencedores pero, sobre todo, sin vencidos.
The Objective, 8 de octubre de 2023
En un apaño no muy distinto al que acabará beneficiando a Arabia, la FIFA había designado el 6 de julio de 1966 a los anfitriones de 1974, 1978 y 1982 conforme a la tácita ley de la alternancia entre América y Europa que regía por entonces, de suerte que España se retiró de la votación de 1974 y fue proclamada automáticamente sede de los Mundiales de 1982. Esos dieciséis años de hibernación contribuyeron sin duda a sumir el advenimiento en la bruma de la incertidumbre, apenas acotada por urgencias tan inderogables como pasar página de la dictadura e instaurar la democracia.
El certificado de veracidad llegaría tres años antes, cuando el maná de la remodelación de los estadios daría rienda suelta a cotas de pillaje desconocidas en España: miles de millones de las antiguas dilapidados en remiendos de cemento para cuya adjudicación, en algunos casos, ni siquiera mediaron concursos. La etiqueta #Mundial82 de la hemeroteca de El País es un llamativo prontuario de aquel subdesarrollo, que tiende a agigantar por comparación la inverosimilitud del 92, cual si ese otro país no fuera el resultado de una evolución plausible, sino de una brecha en el tiempo.
Algunas de las noticias de la montonera son netamente taciturnas, como la que informa, sólo meses antes del evento, de que “el Gobierno confirma su apoyo al Mundial” (y que da perfecta cuenta de la antigua separación entre Iglesia y Estado); o la que reseña, con pavorosa campechanía y asumiendo sin ambages la prosa terrorista, que “ETApm no tiene interés en atentar contra el Mundial-82” (“No tenemos ningún interés”, decía la fe de etarras, “en atentar contra los participantes o el público del Mundial de fútbol, deporte que es muy popular en España”). La tregua mundialista de los polimilis (VIII Asamblea) coincidió con la conjura del boicot británico, en la que debió de influir, además de un juicioso desmentido de The Times (“El mundial no se juega en Argentina. Argentina no es el único país que participa en el campeonato y su equipo no debe ser considerado como el representante del gobierno de Buenos Aires”), la evidencia de que también en Reino Unido el-fútbol-es-un-deporte-muy-popular. Las hostilidades, que las hubo, encontraron un feliz aterrizaje en “El Naranjito”, según su fiel denominación, que cumplió la función de catalizar la ira de una izquierda que había renunciado a liderar la Liga Antienajenación porque, ya saben, el-fútbol-es-un-deporte-etc. Este fiero editorial (“Fuera ese mamarracho”) es uno de los mayores exponentes de lo que bien cabe interpretar, dada la época, como un tiro por elevación:
“Los ciudadanos españoles se han despertado con la pesadilla de que la imagen que va a servir para singularizar a nuestro país como organizador del próximo Campeonato Mundial de Fútbol es un horripilante engendro que trata de imitar los nefastos simbolismos antropomórficos del peor Walt Disney y que tiende a confundir el espíritu nacional con alguna marca de quinta fila de refrescos”.
Y Francisco Umbral, que durante aquellos días y contraviniendo su querencia se prodigó en futbolerías, reveló a qué marca de quinta fila aludía en el texto, conjetura:
“Julián Santamaría, el genio del graffiti artístico, loco de pelambrera y de pasado, viejo tronco del rollo y la inventiva, es el hombre que venció en cruel batalla al indeseable Naranjito -¿ustedes se acuerdan?-, aquel engendro de la peor nostalgia de Walt Disney, una cosa entre Disneylandia y la fanta, con todo mi respeto y toda mi sed para la fanta”.
También él, por cierto, decía los mundiales, y así los seguiré nombrando, aunque en puridad se traten ya de unos Juegos de la Empatía que, a no mucho tardar, también serán declarados no-binario. Un espectáculo multilingüe sin vencedores pero, sobre todo, sin vencidos.
The Objective, 8 de octubre de 2023
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