viernes, 20 de julio de 2018

Barcelona, puerto franco


Me alertó la menor de mis hijas mientras rodeábamos la estatua en autobús. “En el dedo de Colón han puesto algo.” Como quiera que no acertábamos a identificar el objeto, tecleé en el iPhone ‘Barcelona’ + ‘Colón’ + ‘Activistas’. Y ahí estaba: “Dos escaladores, activistas de la organización Proactiva Open Arms, han colocado este miércoles un chaleco salvavidas gigante en la estatua de Cristóbal Colón en Barcelona, coincidiendo con la llegada al puerto del barco Open Arms con 60 migrantes a bordo”. (Migrantes, sí, como las golondrinas en invierno.) No era la primera vez que miembros de un movimiento social, ONG o similar se encaramaban al monumento para quebrar el skyline de la ciudad con un reclamo reivindicativo. En 1991, dos insumisos al servicio militar obligatorio se encerraron en la cúpula tras inutilizar el ascensor y desplegaron una pancarta, no recuerdo si alusiva a la mili, los objetores presos o la guerra del Golfo, por ahí andaría. Lo que distingue aquella acción de la del pasado 4 de julio es que la segunda fue el colofón a una campaña puesta en marcha por el Ayuntamiento de Barcelona, primer agitador de la ciudad. Ese mismo día, del balcón de su sede, en la plaza de San Jaime, colgaba, además del preceptivo lazo amarillo, una pancarta de bienvenida al barco Open Arms con la inscripción ‘Barcelona, puerto seguro’. 

Desde que Ada Colau ejerce de alcaldesa, buena parte de las causas que defiende Barcelona en Comú han tenido eco en la fachada del edificio, relegando a lo exiguo el escudo que proyectara Molina i Casamajó, único emblema que debería distinguir a la Casa de la Ciudad. Así, además del lazo amarillo y el ‘safe passage’ (con la aberración que supone situar en idéntico plano a quienes huyen de la guerra y de la miseria y a quienes, como gobernantes de una próspera región de Occidente, se dieron al capricho de violentar la ley y azuzar a una mitad de la población contra la otra); aparte de tan antitéticas proclamas, en fin, hemos visto pancartas con los lemas ‘Llibertat presos polítics’, ‘Més democràcia’ (un modo como otro de insinuar que en España no la hay), el recurrente ‘Welcome Refugees’, una declaración de huelga por el 8-M, el arcoíris LGTBI y un estupefaciente ‘The planet first’, para que los turistas sepan cómo se las gasta la alcaldesa con Trump. 

El consistorio es hoy un top manta ideológico, en cabal reflejo del top manta textil que se extiende por el casco antiguo a rebufo de la retórica de integración, sindicación, cooperativismo… En la certeza de que no hay mejor solución para un problema que declararlo irresoluble, Colau y su equipo no plantean otra medida que la invocación de las causas. Así, la proliferación de manteros, lejos de interpelar al Gobierno municipal, constituye una expresión del desequilibrio estructural entre el Norte y el Sur, un asunto, en fin, sobre el que poco o nada podemos hacer, salvo sensibilizar a la población. E idéntico tratamiento merecen el vandalismo ultraizquierdista o las algaradas nacionalistas.  ¿Que la muchachada de Arran asalta un autobús turístico, como sucedió no hace mucho? Se trata de “una iniciativa simbólica, una de las tantas que se producen en la ciudad” [el vandalismo como iniciativa que se produce], y que hace necesario impulsar un debate sobre la gentrificación. ¿Que los CDR okupan la antigua cárcel Modelo? Lo que en verdad merece nuestra repulsa es que el Estado español pisotee los derechos y las libertades de los dirigentes independentistas. Entre los efectos más lesivos del trienio populista en Barcelona se halla la supeditación de cualquier posibilidad de progreso a un magma de razones inconsútiles que van de Chomsky a Montalbán, concejales áulicos. Si Manuel Valls aspira finalmente a la alcaldía, el primer punto de su programa ni siquiera ha de ser el restablecimiento del orden. Habrá que ir más allá: habrá que restablecer la política.

Voz Pópuli, 20 de julio de 2018

viernes, 13 de julio de 2018

Verdad o acción

Raras veces me han dicho “no”, así, a bocajarro, pero lo que me inquieta de verdad es que tampoco recuerdo que me hayan dicho “sí”, por lo que a no mucho tardar (¡o eso espero!) habré de responder de mi conducta ante un juez. Hablo, por supuesto, de mi experiencia como adulto; de crío, el sí y el no, de viva voz o manuscritos en una de esas notitas que iban circulando de pupitre en pupitre, fueron el código binario de mis desasosiegos. De ese sin aristas parecen sacados los usos amorosos que impone el nuevo mujerismo, y a los que el Gobierno pretende otorgar rango de ley. En adelante, todo lo que la seducción tiene de sofisticado, de civilizatorio, ¡de humano! habrá de pasar por el cedazo del metoo. La conversación ingeniosa, las ocurrencias chistosas, aquel pestañeo suyo; el lenguaje, en suma, ese milagro que nos exime de la humillación de preguntar sí o no, será un crédito potestativo, pues en última instancia, y antes de rozarse siquiera, habrá que sellar una póliza.

Y qué hay de los arrebatos, esos lances en los que no media palabra ni consentimiento alguno, por vago o impreciso que sea, y en los que se entremezclan la brusquedad, el desespero e incluso el desdén. Qué hacemos con la mantequilla de El último tango y la harina de El cartero siempre llama dos veces, qué con Eyes Wide Shut o Herida. ¿Y el alcohol, presente en la inmensa mayoría de las relaciones entre desconocidos? ¿Qué ha previsto el progresismo (¡el progresismo!) para sancionar esa evidencia? Desde que a propósito de los 5 de Pamplona, tantísimas (y tantísimos) comentaristas concluyeron que hacer una mamada con los ojos cerrados revela coacción, cabe esperarlo todo. Y no lo digo retóricamente: Podemos registró ayer una proposición no de ley que incluye una multa de tres a nueve meses o de 31 a 50 días de trabajos comunitarios para quien se dirija “a una persona en vía pública con proposiciones, comportamientos o presiones de carácter sexual o sexista que, sin llegar a constituir trato degradante ni atentado contra la libertad sexual, creen para la víctima una situación intimidatoria”. Aluden, en efecto, a las zalamerías de toda la vida, a las que tan propenso soy. Ya no digamos mi amigo Juan Abreu, del que las charcuteras del mercado celebran sus preciosidad, belleza, mami linda y qué te has hecho en el pelo hoy, esa querencia suya al piropeo frente a la que la izquierda no ofrece más que cilicio.

Voz Pópuli, 13 de julio de 2018

sábado, 7 de julio de 2018

Dios es cuadrado

Bajo el pretexto de la sofisticación tecnológica y el prurito civilizador, el fútbol moderno ha ido renovando las cláusulas del contrato con el público. Si en mi niñez, en mitad de una retransmisión, el locutor de turno (del que sólo se esperaba que murmurara el nombre del futbolista que tocaba la pelota; sólo José Félix Pons se permitía algún aderezo) hubiera anunciado: “No se pierdan, después del partido, la nueva entrega de Lo que se avecina, la serie más disparatada de la ficción televisiva”, habría abjurado del mundo. Hoy, en cambio, finjo no haber oído nada, y de esa suspensión de la incredulidad saco el aplomo para seguir, mal que bien, a pie de obra.

El emplazamiento de las cámaras no ayuda. Como nos hizo ver Patricia Jacas a su marido y a mí en la final de la Champions contra la Juventus, la omnisciencia de la realización, y en especial esa steady que cuelga del cielo, están más cerca del FIFA Nintendo que de aquellos picados unicejos que tantos goles dejaron fuera de plano, en el limbo perfecto de la fantasía. Y qué es hoy el estallido de la celebración sino una pura retención de humores en espera del dictamen del VAR; gozos en diferido y desconsuelos tántricos, sí, también a ello nos iremos acostumbrando en memoria del niño que somos. A lo que no logro hacerme, pues el colapso es casi multiorgánico, es a que los jugadores, cuya única gesticulación homologada de Platko a Benzema ha consistido en casar las mitades de una esfera abollada, se den a la mímica del cuadrado. Por esa insólita ventana se está yendo mi fe.

The Objective, 7 de julio de 2018

viernes, 6 de julio de 2018

Un porcentaje familiar

Las negociaciones sobre la composición del Consejo de RTVE han supuesto una nítida evocación, casi una celebración, del pujolismo. Tardà ha tenido bloqueado el nombramiento de los candidatos no porque éstos le incomodaran, pues tanto ellos (¡sobre todo ellas!) como él pertenecen a la más fecunda e insoluble hermandad de nuestro país, la de sus haters. Ni lo que exigía, en fin, tenía que ver con la televisión ni su perenne atuendo luctuoso es una expresión de solidaridad con la histérica protesta de los trabajadores del medio. Su demanda, como cualquier chantaje que se precie, era harina de otro costal. Y cabría formularla en estos términos: yo hago la vista gorda en un asunto por el que, después de todo, no tengo el menor interés (entre otros motivos, porque dispongo de mi propia televisión, donde hago y deshago sin que ningún locutor funda a negro ni se enfunde en negro, siendo éste un privilegio que también he obtenido gracias al tráfico de influencias, que, cuando se trata de Cataluña, adopta el nombre de peix al cove), y tú consientes en acercar a nuestros presos y entrevistarte, en pie de igualdad, con el presidente Torra; sí, el mismo al que llamaste racista, qué le vamos a hacer.

Ésta es la clase de chalaneo que la izquierda, con su habitual pomposidad, denomina forja de consensos en pos de un país plural, un trueque al que la derecha, por cierto, no sólo no ha sido ajena; antes al contrario, ha llegado a poner en la balanza mercancías tan inverosímiles como el destierro a Bruselas de su mejor hombre. La propuesta de Ciudadanos de un umbral del 3% de los votos en el cómputo nacional para lograr representación en el Congreso, no pretende sino levantar un dique frente a quienes se sirven de la democracia para tratar de reventarla. Huelga decir que no estamos ante un problema exclusivamente español. El Parlamento Europeo aprobó el miércoles una reforma electoral en idéntico sentido y por las mismas razones. Para conjurar la posibilidad de que, llegado el día, un aldeano orgullosísimo de serlo suba a la tribuna de oradores y, sabedor de que sus votos son necesarios para vaya a usted a saber qué complot, exclame: “¡Vaya, vaya... así que ésta es la gran Europa!”.

Voz Pópuli, 6 de julio de 2018

viernes, 29 de junio de 2018

Los he encontrado tranquilos y animados


Desde que la justicia decretara a finales de 2017 el ingreso en la prisión de Estremera de los políticos y activistas procesados por el 1-O, la nómina de celebrities y cargos públicos que han pasado por dicho centro penitenciario no hace más que aumentar, al punto que la peregrinación a Madrid empieza a ser (otro) requisito ineludible para seguir acreditando la condición de persona de bien, ya sea en las modalidades de equidistante profesional, racista bonachón o tertuliano sentimental. Así, por lo bajo, se habrán dejado ver por el páramo mesetario alrededor de una treintena de aspirantes a antifranquista del año, y al parecer la lista de espera es interminable.

Un googleo a vuelapluma, del que, obviamente, quedan excluidos los familiares y otros íntimos, arroja el siguiente saldo: Joan Manuel Serrat, Pablo Iglesias, Jaume Asens, Ada Colau, Gabriel Rufián, Enrique Santiago (Izquierda Unida), Jordi Évole, Xavier Sardà, Marta Pascal, Roger Torrent, Carles Mundó (ERC), Carles Castillo (PSC), Dante Fachín, Gerardo Pisarello, Isaac Peraire (alcalde de Prats de Lluçanès), Alfred Bosch, Jordi Basté (conductor del magazine matinal de RAC1, del grupo Godó), Sílvia Cóppulo (locutora de Catalunya Ràdio), Andreu Pujol (escritor), Joaquim Torra, Marta Pascal, Josep Maria Soler Canals (abad de Montserrat), Xavier Novell (obispo de Solsona), Meritxell Roiger (alcaldesa de Tortosa), Mercè Conesa (alcaldesa de Sant Cugat), Jaume Collboni, Benet Salellas (CUP), Aitor Esteban

Semejante aluvión de visitas, huelga decirlo, supone un descrédito para el Estado de Derecho y un aval a la intentona golpista del pasado octubre. Con todo, no me preocupa tanto España (ni la posibilidad de que el régimen de entrevistas esté siendo conculcado a capricho de quienes anhelan un selfie frente a la cárcel) cuanto la salud de sus presos. Sospecho, en fin, que no hay peor castigo que lidiar casi a diario con un profesional de la solidaridad que, como aquellos regidores que acudían al 'Un, Dos, Tres', lleva consigo un chorizo mágnum, el afecto de toda su tribu y una sincera invitación a hacer de pregonero en cuanto las circunstancias lo permitan. Ningún interno debería estar expuesto a ese suplicio ni a sus más que probables secuelas.

Voz Pópuli, 29 de junio de 2018

viernes, 22 de junio de 2018

Os saludamos con alegría

Berlanga hacía cine futurista. El comité de bienvenida en el puerto de Valencia a esos pobres desgraciados, en el que no habría desentonado una paella para 600, asemejaba un Mr. Marshall coloreado, remasterizado y, ay, pixelado, un remedo levantino de Villar del Río donde el decreto de algarabía tendiera a confundir a redentores y redimidos en una misma e improbable falla estival.
 
En ese domund de la posverdad se apretujaron arribistas del último día, profesionales de la solidaridad y clickbaiters de primera hora; a todos les unía el afán de mimetizarse con los pasajeros del Aquarius, al punto que hay imágenes donde, insisto, se hace difícil distinguir al negrito del americano. Nunca sabremos, por cierto, quién estaba más de paso.

Precursor de precursores, Berlanga también incrustó el spoiler de nuestro tiempo en Todos a la cárcel. Recordemos, si no, el argumento del film: con el pretexto de conmemorar el Día Internacional del Preso de Conciencia, una corte de políticos, empresarios e intelectuales que habían conocido la cárcel durante el franquismo, acude a pasar el día a la prisión Modelo de Valencia. El objetivo confeso es ponerse en la piel de los internos para reivindicar la memoria del antifranquismo (un autohomenaje) y ponderar, por comparación, las excelentes condiciones de las instituciones penitenciarias de la España democrática; el inconfesable, rematar los flecos de alguna que otra corruptela y, a despecho de cualquier vestigio de moralidad, seguir pretendiéndose víctimas aunque ya lo sean sólo de sí mismos.

The Objective, 22 de junio de 2018

Hacia la soberania alimentaria

El chef Joan Roca, del Celler de Can Roca, ha declarado a El País que ellos [los hermanos Roca] no hacen política, que son cocineros. La afirmación, de la que está elidida la conjunción ‘porque’, pretende establecer un vínculo causal entre dicha profesión y un cierto grado de activismo social, por el que la primera devendría en incapacitación (¿moral?) para ejercer el segundo.  No son los únicos restauradores michelin que consideran compatible aparecer en el colorín pontificando sobre lo humano y lo divino para luego, al ser preguntados por uno de los grandes vectores de la intelectualidad, cual es el compromiso político, recular obscenamente haciéndose pasar por cantineros de olla podrida.

En el caso de los Roca, empero, la proposición es doblemente falsa, pues el 1 de octubre, con ocasión de la intentona golpista, y quién sabe si tratando de emular el envío de caviar y champán por parte de Oriol Regàs, a la sazón propietario de Via Veneto, a los intelectuales que se encerraron en Montserrat en protesta contra el proceso de Burgos; el día, en suma, en que el nacionalismo movilizó a niños y ancianos contra el Estado de Derecho, los artífices del laureado restaurante gerundense repartieron avituallamientos entre los voluntarios del colegio electoral de su barrio, el Talaià. “El sumiller Josep Roca”, recogió La Vanguardia, “ha transportado personalmente una cazuela con fideos que se ha servido a las personas reunidas en ese centro, que ha reabierto después de que las fuerzas de seguridad irrumpiesen en él y se detuviesen las votaciones provisionalmente”. Así, los Roca no sólo han hecho política, sino que, en el culmen de la conciliación, la han hecho a la cazuela y para colectividades (Regàs, al cabo, sólo hubo uno).
 
Sirva el ejemplo para quienes aún conciben la posibilidad de que el amor, como dice la canción, convierta en milagro el barro. A Josep, Joan y Jordi, ay, ni siquiera ese gesto les sirve hoy para convalidar el hospedaje del discurso del Rey. Al punto de hacerse público que el evento (consagrado, recordémoslo, a la ‘educación del talento emprendedor’) se celebraría en el Espai Mas Marroch, el salón de banquetes del Celler, un cupaire de buena familia (hermano del ex parlamentario que en 2016 tenía declarados 2 pisos, 3 locales y 6 fincas rústicas), y con la necesaria complicidad de la alcaldesa de Girona, ha abierto la veda contra los Roca; recordándonos de paso al resto de los ciudadanos que la nuestra sólo está cerrada provisionalmente.

Por cierto, estas fueron las palabras con que, el 29 de junio de 2017, Felipe VI cerró su intervención: “El compromiso firme y sincero de la Fundación con sus proyectos y con esta tierra, con Girona, con Cataluña. Y este compromiso significa creer en esta tierra y amarla […] El año que viene, cuando nos volvamos a reunir para reconocer los méritos de nuestros nuevos premiados, tendremos, una vez más, la oportunidad de reafirmar nuestro compromiso con los valores que han agrandado Cataluña, que han sido la base de su progreso y, por tanto, del progreso de toda España”. 

Intoleraplas, ciertamente.

Voz Pópuli, 22 de junio de 2018