El diputado Fernández ha exhibido con inusitada crudeza lo que, desde hace unos años, es un rasgo cardinal de la política catalana: la ínfula literaria. No en vano, Rodrigo Rato no sólo hubo de soportar las grotescas invectivas del cupaire; también hubo de lidiar con su afectación escénica, deudora en alguna de sus aristas de los soliloquios de Pepe Rubianes, Ada Colau o Leo Bassi.
A semejanza de Carod-Rovira, quien creía sin ambages que la política había hurtado al periodismo a un articulista de fuste, Fernández no pierde ocasión de rezumar intelectualidad, ya sea evocando a Salvador Espriu en su blog o ilustrando un artículo en la edición catalana de El Mundo con una cita de Leonardo Sciascia. Tal es su arrobamiento ante la diosa Cultura, su ardor filológico, que no ve el momento de gritarle al mundo que él, antes que a diputado, aspiraba a émulo de Darío Fo, a situacionista a la manera de Vila-Matas, a Alfonso Sastre de la plaza Rovira.
No obstante, y visto lo visto en su performance del martes, tal vez estemos ante un discípulo del editor italiano Giangiacomo Feltrinelli. No, no lo digo por su labor en el semanario Directa, sino por la clase de preguntas que planteó (¡a sandalia quitada!) a Rato, y cuya eficacia propagandística se resume en que a punto he estado de escribir "el bueno de Rodrigo". Me refiero, sobre todo, a las preguntas "¿Sabe lo que es esto?" y "¿Usted tiene miedo?".
Porque "¿Sabe lo que es esto?", en el contexto en que fue formulada, esto es, tras haber desenvainado la alpargata, nada tiene que ver con la oratoria política; más bien guarda el eco de esas muletillas con que torturadores tipo Billy el Niño apretaban las clavijas al rojo de turno. Porque "¿Usted tiene miedo?" es un tipo de puntilla que sólo se permite quien, de nuevo, mantiene una relación con su interlocutor, ya convertido en guiñapo, de sometimiento físico. Porque "¿Usted tiene miedo?" pertenece a la semántica del violador, del serial killer, del secuestrador. Porque "¿Usted tiene miedo?", dicho así, con el retintín del que, en efecto, lo ejerce a quemarropa, es lo que probablemente le espetaron a Ortega Lara o le descerrajaron a Miguel Ángel Blanco.
Esta mañana, en Els Matins de TV3 (ver artículo de Pablo Planas), Fernández ha declarado que, poco antes de su intervención, un escalofrío le recorrió el espinazo, y que decir lo que dijo le provocó cierta tensión. El prurito del virtuoso, claro, salvo por el detalle de que lo suyo no es teatro del absurdo, sino un psicodrama perfectamente real.
Libertad Digital, 13 de noviembre de 2013
jueves, 14 de noviembre de 2013
El cantor de las maracas blancas
Me habían invitado a la cena de la peña taurina Mario Cabré y, como quiera que no sabía de su existencia, me asomé a internet. Google me trajo un alud de artículos sobre el célebre galán, pero ninguno sobre la peña que lleva su nombre. El periodista que, en una suerte de cooptación gremial, me había abierto las puertas de la entidad, debutaba también esa noche, avalado a su vez por un colega que, por todo detalle, le había hablado de la segura presencia de algún que otro patricio barcelonés. Pregunté a mi amigo Oriol Trillas, taurino de pro, y tampoco él sabía nada al respecto. Mi benigna inopia, tan desprejuiciada, y el hecho de que el encuentro se celebrara en el Colegio de Médicos, en la parte alta de la ciudad, me llevaron a fantasear con la posibilidad de conocer, de primera mano, las entrañas de una sociedad secreta. No iba desencaminado. Después de todo, qué otra cosa son los pijos.
Ya en la mesa, supimos que la peña Mario Cabré no era taurina, sino cultural, mas el nombre resultó aún más inexacto que el adjetivo.
—¿«Peña», dices? —se revolvió la dama que se sentaba a mi izquierda. —No, no, de peña nada; club, más bien.
El promotor del club era el psiquatra forense Leopoldo Ortega-Monasterio (hijo del insigne compositor de «El meu avi», José Luis Ortega Monasterio, este, sin guión). No bien los comensales tomamos asiento, Leopoldo se dio un garbeo por las mesas para tomarnos la filiación, sin desprovechar la ocasión para bromear sagazmente con los caballeros y adular graciosamente a las señoras. Leopoldo, digámoslo ya, parecía salido de una película de teléfono blanco, o acaso de una novela nitrogenada de Eduardo Mendoza.
El leitmotiv de la velada era Menorca, lugar de veraneo de los Ortega-Monasterio y, según me pareció por algunos comentarios, de buena parte de los invitados (sospecho que los únicos que no disponíamos de residencia en la isla o en alguna de esas aldeas potemkin que son el Ampurdán o la Cerdaña éramos, ay, los chicos de la prensa). Por si quedaba alguna duda de que nos habíamos infiltrado en una manada de ricos, la sufrida ensalada que nos sirvieron de primero y el rosbif de ultratumba que hizo el segundo vinieron a despejarla. No en vano, el pésimo gusto por las cosas de comer es condición de alta cuna en Cataluña desde tiempos inmemoriales.
Llegados los postres, Leopoldo subió a la tarima y, micrófono en mano, evocó sus veraneos en Menorca mientras, sobre una pantalla tamaño cinexín, se iban sucediendo estampas familiares. «Aquí estoy con papá…» «En esta otra, con mis hermanos…» «Ah, los pescadores»… Por supuesto, ninguno de los clubbers hablaba en catalán; cuando menos, ninguno de los que yo alcancé a oír, que fueron unos cuantos, entre ellos los marqueses de Alella y los condes de no recuerdo qué erial. Quienes sí lo hablaban eran los dos indígenas que Leopoldo había mandado venir de la misma Menorca, y que ahora se disponían a ofrecernos un recital de canciones marineras a mayor gloria de Ortega padre. El catalán, en efecto, fue durante un lapso de la noche barcelonesa la lengua del servicio, como en los viejos buenos tiempos en que, ni que decir tiene, seguía instalada aquella troupe. A diferencia de lo que sucede con los cuadros flamencos de los señoritos andaluces, que normalmente cenan sobras en la cocina, los dos especímenes baleáricos habían cenado en una mesa contigua a la nuestra. El cometido de su actuación, según deduje, fue abrochar la remembranza veraniega esbozada por Leopoldo. Lo que no ya no sé si estaba previsto es que la luz mortecina y las sucesivas prórrogas del concierto, insólitamente springsteeniano, acabaran por despertar no ya bostezos, que también los hubo, sino ronquidos que, dado el público, no podían ser sino ostentóreos. Cuando ya el recital agonizaba, la dama de mi izquierda me susurró que ya faltaba poco para lo bueno. «Para el número fuerte», precisó, «que es lo que todos, en realidad, venimos a ver».
Volvía a ser el turno de Leopoldo, que se arrancó con «Violetas imperiales», sosteniendo en vilo la nota de «Españaaaaaaa» como si prolongara no supe qué, si una verónica o un orgasmo. El público, su público, murmuraba la canción entre bamboleos; no, no es que se la supieran, sino que la letra se iba proyectando en la pantalla. ¿Un karaoke? Más bien los años cincuenta con power point. Cuando Leopoldo atacó «Amar y vivir» hubieron de contenerme, pues hice ademán de saltar a la palestra para remedar un dúo, y al fin vencer. Y otro tanto le ocurrió a uno de mis colegas cuando anunció «Tuna compostelana», ya la cuarta planta del Colegio de Médicos viniéndose abajo de pura felicidad. «Si en la facultad de periodismo no hubiera habido tanto capullo, habríamos tenido una tuna como Dios manda», y siguió a lo suyo, secundando con graciosa marcialidad a Leopoldo, que a esas horas era ya el gran Leopoldo, y uno había de decir su nombre mascando esquirlas de neón.
Antes de irnos, Leopoldo improvisó una votación. «Se trata de votar si nos seguimos viendo los viernes, que tienen la ventaja de que podemos trasnochar más y la desventaja de que hasta el sábado no podemos ir a nuestras casas de fin de semana, o el jueves, que tienen la desventaja de que al día siguiente algunos trabajamos».
Por una vez en mi vida, estuve con el bando ganador.
Jot Down, 8 de noviembre de 2013
Ya en la mesa, supimos que la peña Mario Cabré no era taurina, sino cultural, mas el nombre resultó aún más inexacto que el adjetivo.
—¿«Peña», dices? —se revolvió la dama que se sentaba a mi izquierda. —No, no, de peña nada; club, más bien.
El promotor del club era el psiquatra forense Leopoldo Ortega-Monasterio (hijo del insigne compositor de «El meu avi», José Luis Ortega Monasterio, este, sin guión). No bien los comensales tomamos asiento, Leopoldo se dio un garbeo por las mesas para tomarnos la filiación, sin desprovechar la ocasión para bromear sagazmente con los caballeros y adular graciosamente a las señoras. Leopoldo, digámoslo ya, parecía salido de una película de teléfono blanco, o acaso de una novela nitrogenada de Eduardo Mendoza.
El leitmotiv de la velada era Menorca, lugar de veraneo de los Ortega-Monasterio y, según me pareció por algunos comentarios, de buena parte de los invitados (sospecho que los únicos que no disponíamos de residencia en la isla o en alguna de esas aldeas potemkin que son el Ampurdán o la Cerdaña éramos, ay, los chicos de la prensa). Por si quedaba alguna duda de que nos habíamos infiltrado en una manada de ricos, la sufrida ensalada que nos sirvieron de primero y el rosbif de ultratumba que hizo el segundo vinieron a despejarla. No en vano, el pésimo gusto por las cosas de comer es condición de alta cuna en Cataluña desde tiempos inmemoriales.
Llegados los postres, Leopoldo subió a la tarima y, micrófono en mano, evocó sus veraneos en Menorca mientras, sobre una pantalla tamaño cinexín, se iban sucediendo estampas familiares. «Aquí estoy con papá…» «En esta otra, con mis hermanos…» «Ah, los pescadores»… Por supuesto, ninguno de los clubbers hablaba en catalán; cuando menos, ninguno de los que yo alcancé a oír, que fueron unos cuantos, entre ellos los marqueses de Alella y los condes de no recuerdo qué erial. Quienes sí lo hablaban eran los dos indígenas que Leopoldo había mandado venir de la misma Menorca, y que ahora se disponían a ofrecernos un recital de canciones marineras a mayor gloria de Ortega padre. El catalán, en efecto, fue durante un lapso de la noche barcelonesa la lengua del servicio, como en los viejos buenos tiempos en que, ni que decir tiene, seguía instalada aquella troupe. A diferencia de lo que sucede con los cuadros flamencos de los señoritos andaluces, que normalmente cenan sobras en la cocina, los dos especímenes baleáricos habían cenado en una mesa contigua a la nuestra. El cometido de su actuación, según deduje, fue abrochar la remembranza veraniega esbozada por Leopoldo. Lo que no ya no sé si estaba previsto es que la luz mortecina y las sucesivas prórrogas del concierto, insólitamente springsteeniano, acabaran por despertar no ya bostezos, que también los hubo, sino ronquidos que, dado el público, no podían ser sino ostentóreos. Cuando ya el recital agonizaba, la dama de mi izquierda me susurró que ya faltaba poco para lo bueno. «Para el número fuerte», precisó, «que es lo que todos, en realidad, venimos a ver».
Volvía a ser el turno de Leopoldo, que se arrancó con «Violetas imperiales», sosteniendo en vilo la nota de «Españaaaaaaa» como si prolongara no supe qué, si una verónica o un orgasmo. El público, su público, murmuraba la canción entre bamboleos; no, no es que se la supieran, sino que la letra se iba proyectando en la pantalla. ¿Un karaoke? Más bien los años cincuenta con power point. Cuando Leopoldo atacó «Amar y vivir» hubieron de contenerme, pues hice ademán de saltar a la palestra para remedar un dúo, y al fin vencer. Y otro tanto le ocurrió a uno de mis colegas cuando anunció «Tuna compostelana», ya la cuarta planta del Colegio de Médicos viniéndose abajo de pura felicidad. «Si en la facultad de periodismo no hubiera habido tanto capullo, habríamos tenido una tuna como Dios manda», y siguió a lo suyo, secundando con graciosa marcialidad a Leopoldo, que a esas horas era ya el gran Leopoldo, y uno había de decir su nombre mascando esquirlas de neón.
Antes de irnos, Leopoldo improvisó una votación. «Se trata de votar si nos seguimos viendo los viernes, que tienen la ventaja de que podemos trasnochar más y la desventaja de que hasta el sábado no podemos ir a nuestras casas de fin de semana, o el jueves, que tienen la desventaja de que al día siguiente algunos trabajamos».
Por una vez en mi vida, estuve con el bando ganador.
Jot Down, 8 de noviembre de 2013
Canal 9 y la ley de Mahoma
La carta publicada por Iolanda Mármol, corresponsal de Canal 9 en Madrid, tras el anuncio de cierre de la cadena es, sin duda, la mejor razón para cerrarla. Ya en sus inicios, cuando el resto de las televisiones autonómicas aún se hallaban tocadas por el halo de inocencia que otorga lo virginal, Canal 9 se mostró más concernida por contentar las pulsiones del bajo vientre que por el mandato de promoción de lo vernáculo. Con el programa Tómbola, que inició sus emisiones en 1997, la cadena valenciana se hizo un hueco en el hall of fame del mamarrachismo televisivo. La verdadera telebasura, no obstante, consistía en la vistosidad con que se daba jabón al presidente de turno. En eso, ciertamente, Canal 9 fue un dechado de transparencia, ahora que esa cláusula se ha puesto tan de moda. No en vano, ni siquiera se puede hablar de servidumbre política, puesto que a efectos prácticos (y fácticos) Canal 9 siempre fue el poder mismo, la primera consejería del Consell.
La gran marca de la casa, no obstante, no fue el horrísono sigilo con que sus noticiarios tramitaban cualquier asunto que salpicara a los populares, sino su furibundo anticatalanismo, en respuesta al no menos furibundo pancatalanismo de TV3. Es fama que la gota malaya de los Països Catalans contribuyó decisivamente a modelar una identidad, la valenciana, hasta entonces carente de aristas. Al nacionalismo catalán, siempre sensible a la preservación de las minorías, le cabe el mérito de haber fundado el valencianismo moderno. Contra sí mismo, sí, nadie es perfecto; ni siquiera los valencianos. "Valencianos", sí, digo bien. Porque, paradójicamente, los activistas que desde Cataluña más han destacado en la defensa de la entelequia Països Catalans no han sido sino valencianos. Gentes como Vicent Sanchis, Vicent Partal, Isabel-Clara Simó o Alfons López-Tena.
Volviendo a Mármol y su denuncia (a toro pasado) de que le exigieron que de Zaplana sólo saliera su perfil bueno, o de que le prohibieron dar la noticia del cheque-bebé de Zapatero, o la obligaron a cantar las excelencias de Terra Mítica… Tan sólo una cosa: Iolanda, cielo, ya lo sabíamos. Y otra más: el periodista que se deja manipular es, cuando menos, copartícipe de la manipulación. Lo que debe concluirse, en fin, de esa lista mourinho con que te abres las carnes no es que los políticos compren, que va de suá, sino que tú te dejaste comprar.
Libertad Digital, 6 de noviembre de 2013
La gran marca de la casa, no obstante, no fue el horrísono sigilo con que sus noticiarios tramitaban cualquier asunto que salpicara a los populares, sino su furibundo anticatalanismo, en respuesta al no menos furibundo pancatalanismo de TV3. Es fama que la gota malaya de los Països Catalans contribuyó decisivamente a modelar una identidad, la valenciana, hasta entonces carente de aristas. Al nacionalismo catalán, siempre sensible a la preservación de las minorías, le cabe el mérito de haber fundado el valencianismo moderno. Contra sí mismo, sí, nadie es perfecto; ni siquiera los valencianos. "Valencianos", sí, digo bien. Porque, paradójicamente, los activistas que desde Cataluña más han destacado en la defensa de la entelequia Països Catalans no han sido sino valencianos. Gentes como Vicent Sanchis, Vicent Partal, Isabel-Clara Simó o Alfons López-Tena.
Volviendo a Mármol y su denuncia (a toro pasado) de que le exigieron que de Zaplana sólo saliera su perfil bueno, o de que le prohibieron dar la noticia del cheque-bebé de Zapatero, o la obligaron a cantar las excelencias de Terra Mítica… Tan sólo una cosa: Iolanda, cielo, ya lo sabíamos. Y otra más: el periodista que se deja manipular es, cuando menos, copartícipe de la manipulación. Lo que debe concluirse, en fin, de esa lista mourinho con que te abres las carnes no es que los políticos compren, que va de suá, sino que tú te dejaste comprar.
Libertad Digital, 6 de noviembre de 2013
Inmaculados
El auge del soberanismo en Cataluña parece haber despertado del letargo a una serie de autores que, en los últimos veinte años, apenas habían opuesto reparos al nacionalismo. Uno intuía que, dada la naturaleza de algunas de sus propuestas intelectuales, el pensamiento pujolista les debía de parecer un incordio, pero era imposible saberlo, porque lo cierto es que sólo afilaban el verbo con el Partido Popular. Cuando se les inquiría acerca de esa condescendencia, argüían que el conflicto identitario les resultaba ajeno, y que, en cualquier caso, quienes se mostraban críticos con el nacionalismo eran en verdad nacionalistas de otro signo. Y así, entre vapores, seguían a lo suyo, excretando estupendísimas novelas sobre los confines de la amistad o indagando en las claves del descrédito de la política.
Fui de los ingenuos que creyeron que, con la aparición de Ciutadans, y dado que entre los autores del manifiesto seminal había tipos tan encantadoramente marcianos como Félix de Azúa o Ferran Toutain, se produciría una suerte de eclosión intelectual por la que, al fin, el nacionalismo se situaría en el punto de mira de las plumas más finas, sagaces y elegantes del país. Un ingenuo, ya digo, porque lo que sucedió fue que los ausentes tomaron Ciutadans como unidad de medida para calibrar lo que jamás habrían de decir. Y así, por ejemplo, Elvira Lindo rehusó firmar el Manifiesto por la lengua común después de haber sido boicoteada en su pregón de las fiestas de la Mercè por emplear el castellano.
Pero en los últimos tiempos, repito, y como consecuencia de la amenaza de secesión propagada por Artur Mas, proliferan los artículos de gentes que, ahora sí, creen llegado el momento de decir esta boca es mía, quién sabe ya si a beneficio de inventario. Pienso, digámoslo ya, en hombres como Andrés Trapiello, Jordi Soler, Manuel Cruz, Enrique de Hériz o Miguel González. No, no se apuren; las más de las veces logran salir del empeño sin un solo rasguño y, por supuesto, habiéndose ciscado lo suficiente en España como para no los confundan con gentuza. Bien pensado, sería una lástima que, después de tantos años mirando para otro lado, ahora, justo en la zona cesarini, fueran a tildarles de anticatalanes. A ellos.
(Ah, los nombres. Verán, creo que en estos casos es más nocivo ocultarlos, como hizo el ministro Montoro cuando acusó a (algunos) actores españoles de evadir impuestos. ¡No, si yo al Partido Popular también sé criticarlo!).
Libertad Digital, 31 de octubre de 2013
Fui de los ingenuos que creyeron que, con la aparición de Ciutadans, y dado que entre los autores del manifiesto seminal había tipos tan encantadoramente marcianos como Félix de Azúa o Ferran Toutain, se produciría una suerte de eclosión intelectual por la que, al fin, el nacionalismo se situaría en el punto de mira de las plumas más finas, sagaces y elegantes del país. Un ingenuo, ya digo, porque lo que sucedió fue que los ausentes tomaron Ciutadans como unidad de medida para calibrar lo que jamás habrían de decir. Y así, por ejemplo, Elvira Lindo rehusó firmar el Manifiesto por la lengua común después de haber sido boicoteada en su pregón de las fiestas de la Mercè por emplear el castellano.
Pero en los últimos tiempos, repito, y como consecuencia de la amenaza de secesión propagada por Artur Mas, proliferan los artículos de gentes que, ahora sí, creen llegado el momento de decir esta boca es mía, quién sabe ya si a beneficio de inventario. Pienso, digámoslo ya, en hombres como Andrés Trapiello, Jordi Soler, Manuel Cruz, Enrique de Hériz o Miguel González. No, no se apuren; las más de las veces logran salir del empeño sin un solo rasguño y, por supuesto, habiéndose ciscado lo suficiente en España como para no los confundan con gentuza. Bien pensado, sería una lástima que, después de tantos años mirando para otro lado, ahora, justo en la zona cesarini, fueran a tildarles de anticatalanes. A ellos.
(Ah, los nombres. Verán, creo que en estos casos es más nocivo ocultarlos, como hizo el ministro Montoro cuando acusó a (algunos) actores españoles de evadir impuestos. ¡No, si yo al Partido Popular también sé criticarlo!).
Libertad Digital, 31 de octubre de 2013
jueves, 24 de octubre de 2013
Indignados, pero éstos de verdad
En funesta correspondencia con los recortes sanitarios o educativos, este tiempo nos trae la excarcelación de una serial killer en nombre de los derechos humanos, esto es, un recorte moral. En este caso, no obstante, no habrá más respuesta popular que la de las víctimas, que, a lo sumo, recibirán el apoyo de un puñado de ciudadanos. La melindrosa apatía que, históricamente, ha mostrado la ciudadanía española ante el terrorismo; ese delicado desdén por quienes han tenido la desgracia de sufrir en sus carnes el disparo a quemarropa o el coche bomba, tiene tanto que ver con el miedo como con la holgura, tanto que ver con el espanto como con la abundancia.
Al día siguiente del intento de golpe de Estado del 23-F hubo en Barcelona una manifestación. Arcadi Espada lo cuenta en Contra Catalunya:
La noche del 24 de febrero de 1981 yo tenía veintitrés años, llovía y hacía mucho frío en Barcelona, y era uno de los dos mil que habíamos considerado necesario participar en la movilización ciudadana contra el intento de golpe de Estado. Esa noche se me cayó la cara de vergüenza y es probable que la cara siga en el suelo desde entonces. Había soportado muy escocido el hecho de pasar las primeras horas del golpe de Estado en la habitación de que disponía en casa de mis padres, escuchando la radio como un bobo y tomando notas de alta semiótica: bajé a las Ramblas y sólo vi al cantante Raimon que iba preguntando con la mirada, como yo, sólo que él debía de tener las respuestas, por adulto y por poeta.
Y Federico Jiménez Losantos lo refrenda en La ciudad que fue:
Nunca lo sentí tanto y tan claramente como una noche que me llevó a las orillas del llanto político (...) Fue la del 24 de febrero de 1981, al día siguiente del golpe de estado del 23-F (...) Hacía frío. Era de noche. Por el Arco de Triunfo abajo, camino del Parlamento de Cataluña, desfilaban los demócratas catalanes en oposición al golpe y en defensa de la democracia. Pero apenas desfilaba nadie. Cuatro gatos, si se comparaba con Madrid: los mismos que nos manifestábamos contra Franco.
Ahí estaban los dos, ateridos ante la evidencia de que no eran un millón; de que, a la hora de la verdad, poco se sintieron concernidos ante la amenaza que el golpismo representaba para la democracia; una amenaza mucho más verosímil y objetiva que el hecho de que el ministro Acebes cocinara la investigación del 11-M. En cierto modo, con el terrorismo ha ocurrido otro tanto. Apenas cuatro gatos se han sentido concernidos, y las víctimas han sido vistas como una secta simétricamente rencorosa, hasta confundirse en un bucle con los asesinos, ya convertidos en victimarios. Era decir "víctimas" y que te dijeran "Bueno, claro, son víctimas", como si lo sensato fuera relativizar su enajenación en lugar de hacerla nuestra.
Este verano, a propósito del descarrilamiento del Alvia en Santiago, Ricardo y Nacho esculpieron en El Mundo una viñeta que decía "80 muertos y 47 millones de heridos". Ése es el detalle que nos ha pasado por alto.
Libertad Digital, 23 de octubre de 2013
Al día siguiente del intento de golpe de Estado del 23-F hubo en Barcelona una manifestación. Arcadi Espada lo cuenta en Contra Catalunya:
La noche del 24 de febrero de 1981 yo tenía veintitrés años, llovía y hacía mucho frío en Barcelona, y era uno de los dos mil que habíamos considerado necesario participar en la movilización ciudadana contra el intento de golpe de Estado. Esa noche se me cayó la cara de vergüenza y es probable que la cara siga en el suelo desde entonces. Había soportado muy escocido el hecho de pasar las primeras horas del golpe de Estado en la habitación de que disponía en casa de mis padres, escuchando la radio como un bobo y tomando notas de alta semiótica: bajé a las Ramblas y sólo vi al cantante Raimon que iba preguntando con la mirada, como yo, sólo que él debía de tener las respuestas, por adulto y por poeta.
Y Federico Jiménez Losantos lo refrenda en La ciudad que fue:
Nunca lo sentí tanto y tan claramente como una noche que me llevó a las orillas del llanto político (...) Fue la del 24 de febrero de 1981, al día siguiente del golpe de estado del 23-F (...) Hacía frío. Era de noche. Por el Arco de Triunfo abajo, camino del Parlamento de Cataluña, desfilaban los demócratas catalanes en oposición al golpe y en defensa de la democracia. Pero apenas desfilaba nadie. Cuatro gatos, si se comparaba con Madrid: los mismos que nos manifestábamos contra Franco.
Ahí estaban los dos, ateridos ante la evidencia de que no eran un millón; de que, a la hora de la verdad, poco se sintieron concernidos ante la amenaza que el golpismo representaba para la democracia; una amenaza mucho más verosímil y objetiva que el hecho de que el ministro Acebes cocinara la investigación del 11-M. En cierto modo, con el terrorismo ha ocurrido otro tanto. Apenas cuatro gatos se han sentido concernidos, y las víctimas han sido vistas como una secta simétricamente rencorosa, hasta confundirse en un bucle con los asesinos, ya convertidos en victimarios. Era decir "víctimas" y que te dijeran "Bueno, claro, son víctimas", como si lo sensato fuera relativizar su enajenación en lugar de hacerla nuestra.
Este verano, a propósito del descarrilamiento del Alvia en Santiago, Ricardo y Nacho esculpieron en El Mundo una viñeta que decía "80 muertos y 47 millones de heridos". Ése es el detalle que nos ha pasado por alto.
Libertad Digital, 23 de octubre de 2013
Españolistas vs espanyolistas: un relato catalán
Hace aproximadamente un año, el entonces presidente del RCD Español, Ramón Condal, suscribió un convenio de apoyo a la internacionalización de las 'selecciones nacionales catalanas', alegando que el Español no podía quedarse al margen de lo que él mismo calificó como 'iniciativa de país'. No había transcurrido una semana cuando la peña españolista La Toga Perica, integrada por juristas, remitió una carta a Condal en que hacía constar su "profundo malestar" por el apoyo del club a lo que, según juzgaban, era "una maniobra de claro sesgo ideológico que vulnera[ba] de plano la filosofía de nuestro club "y "dinamita[ba] la imprescindible neutralidad política que ha de mantener por respeto a la pluralidad ideológica de sus socios y accionistas".
No fue la única peña que se pronunció al respecto. En cuanto hubo partido en Cornellá-El Prat, La Curva, el grupo ultra que ocupa el fondo Cornellá ( léase 'ultra' en su acepción de 'foco de animación', si bien es cierto que muchos de sus miembros provienen de las antiguas Brigadas Blanquiazules, éstas sí, ultras a lo largo y ancho del término); La Curva, decíamos, recibió al equipo al son del '¡Que viva España!', pasodoble que en boca de sus integrantes adquiere un brío inequívocamente marcial. El cántico desató la silbatina de un sector de la tribuna, lo que a su vez encendió los ánimos de los hinchas que, si bien jamás incurrirían en el mal gusto de entonarlo, no consideran que hacerlo merezca reproche alguno. Había bastado con que Condal se enfundara la camiseta de Cataluña para que la grada se convirtiera en un avispero.
Conviene tener en cuenta que no hacía ni un mes de la manifestación del 11 de septiembre de 2012, que había reunido a 350.000 nacionalistas en las calles de Barcelona. La adhesión del presidente del Español al cónclave 'proseleccions' tenía algo de seguidismo, cuando no de mimetismo a secas. Aquellos días, en efecto, la efervescencia soberanista convirtió el repudio a España en una muestra de 'normalidad institucional' y cualquier disidencia al respecto pasó a ser considerada poco menos que un crimen de lesa patria. Por otra parte, Condal era un presidente en el disparadero. Su aciaga gestión tocaba a su fin, por lo que su decisión de arropar a Artur Mas debió de verse afectada por el 'síndrome del convento'. En el supuesto, insisto, de que hubiera decidido algo, más allá de dejarse mecer por la consigna 'Independència'.
No obstante, lo que de veras respaldaba la deriva soberanista de Condal era la historia reciente del RCD Español.
Todo empezó cuando, a finales de los noventa, la directiva, entonces presidida por Daniel Sánchez Llibre, suprimió la 'ñ' del nombre oficial e incrustó en su lugar el dígrafo 'ny'. La mudanza obedecía al propósito de dulcificar la imagen del club, comúnmente asociada al más bronco españolismo (valga la redundancia), para que aquélla resultara menos indigesta o, por decirlo en neolengua, más políticamente correcta. No en vano, el cambio de decorado acaecido con el pujolismo había convertido al RCD Español en un grumo en el paisaje, en una anomalía cuya expresión más palmaria era el viejo Sarriá, en el que resultaba imposible dilucidar dónde terminaba la solera y dónde comenzaba la mugre, y donde todo, desde las banderas inconstitucionales (cuando no directamente delictivas) hasta la venta de carajillos, parecía tener las horas contadas.
Sarriá fue el escenario en que se consumó la epopeya de Sócrates, Rossi y Maradona en el 82, sí, pero también evocaba el lado más luctuoso del deporte rey, el de las tragedias Heysel, Valley Parade o Hillsborough. La demolición del estadio y el posterior traslado a Montjuïc, con la consiguiente pérdida de protagonismo de las Brigadas Blanquiazules, allanaron el camino a la directiva en su afán de desterrar la 'eñe'.
Inútiles esfuerzos de 'integración'
La renuncia al castellano, no obstante, no suscitó ninguna muestra de calidez entre la Cataluña biempensante; antes al contrario, en la ofrenda floral al monumento a Rafael de Casanova, con motivo de la Diada, los insultos y escupitajos a la delegación del Español se hicieron cada vez más habituales. De ahí, tal vez, que la directiva de Sánchez Llibre creyera necesario deshacerse del himno bilingüe para, luego de una desdichada adaptación al catalán, acabar adoptando una tonada candorosa que jamás ha tenido la más ínfima repercusión en el cancionero de la hinchada. Ni que decir tiene que ese horrísono 'Jo t'estimo Espanyol' que hoy en día esputa la megafonía de Cornellá tampoco ha levantado adhesión alguna entre los custodios de la bondad universal. De hecho, ni siquiera la erradicación de las Brigadas Blanquiazules y la volatilización de las banderas españolas hizo que el Español resultara agraciado en el reparto de salvoconductos de catalanidad. Ni siquiera la erradicación de las Brigadas Blanquiazules y de las banderas españolas hizo que el Español resultara agraciado en el reparto de salvoconductos de catalanidad.
Entretanto, la peña Juvenil se ha desgajado de la Curva para ocupar uno de los altos del fondo Prat, en lo que se antoja un calco del destierro que ese mismo grupo vivió en Sarriá en junio de 1997, después de que sus miembros recibieran amenazas de las Brigadas Blanquiazules. En aquella ocasión, la discordia entre ambos grupos se debió a la negativa de la Juvenil a seguir enarbolando rojigualdas, aunque lo cierto es que, como acostumbra a suceder en esta clase de trifulcas, las banderas enmascaraban una disputa de largo aliento por el reparto de entradas, aderezada por el odio africano, indesmayable, que se profesaban Jota, entonces jefe de la Juvenil, y Freddy, a la sazón líder de Brigadas. Ahora, los miembros de la Juvenil acusan al núcleo duro de Curva de volver a las andadas, esto es, de reavivar el nacionalismo (español) en el graderío, dinamitando uno de los principios fundacionales de la propia Curva, cual es la neutralidad política, la misma neutralidad que invocaban los juristas de La Toga Perica en su diatriba contra Ramón Condal.
Los actuales curveros niegan la mayor y recuerdan que las únicas banderas que se ven en la grada, además de las blanquiazules, son las independentistas. En efecto, basta un barrido circular para constatar que el giro catalanista de la directiva ha traído consigo un panorama inédito en el RCD Español, donde, históricamente, las banderas cuatribarradas no dejaban de ser un fenómeno marginal. La tortilla ha tardado quince años en caer, pero el vuelco es palmario. Ahora, mientras que la pericada ‘españolista’ sigue aferrada al compromiso, cada vez menos férreo, de no exhibir símbolos nacionales, la pericada catalanista considera que mostrar la senyera es poco menos que un síntoma de normalidad institucional.
Una tensión-no-resuelta que, en cualquier caso, tiene al menos la virtud de evocar la pluralidad de Cataluña de una forma asombrosamente precisa; bastante más precisa, desde luego, que la representación de Cataluña que proyecta el Barça, varado desde hace siglos en el unanimismo o, por emplear la retórica de Vázquez Montalbán, en el desempeño simbólico de la función de ejército civil desarmado de Cataluña, y para quien el Español siempre fue un club de inadaptados. Aunque ésa, claro, es otra historia.
ZoomNews, 22 de octubre de 2013
No fue la única peña que se pronunció al respecto. En cuanto hubo partido en Cornellá-El Prat, La Curva, el grupo ultra que ocupa el fondo Cornellá ( léase 'ultra' en su acepción de 'foco de animación', si bien es cierto que muchos de sus miembros provienen de las antiguas Brigadas Blanquiazules, éstas sí, ultras a lo largo y ancho del término); La Curva, decíamos, recibió al equipo al son del '¡Que viva España!', pasodoble que en boca de sus integrantes adquiere un brío inequívocamente marcial. El cántico desató la silbatina de un sector de la tribuna, lo que a su vez encendió los ánimos de los hinchas que, si bien jamás incurrirían en el mal gusto de entonarlo, no consideran que hacerlo merezca reproche alguno. Había bastado con que Condal se enfundara la camiseta de Cataluña para que la grada se convirtiera en un avispero.
Conviene tener en cuenta que no hacía ni un mes de la manifestación del 11 de septiembre de 2012, que había reunido a 350.000 nacionalistas en las calles de Barcelona. La adhesión del presidente del Español al cónclave 'proseleccions' tenía algo de seguidismo, cuando no de mimetismo a secas. Aquellos días, en efecto, la efervescencia soberanista convirtió el repudio a España en una muestra de 'normalidad institucional' y cualquier disidencia al respecto pasó a ser considerada poco menos que un crimen de lesa patria. Por otra parte, Condal era un presidente en el disparadero. Su aciaga gestión tocaba a su fin, por lo que su decisión de arropar a Artur Mas debió de verse afectada por el 'síndrome del convento'. En el supuesto, insisto, de que hubiera decidido algo, más allá de dejarse mecer por la consigna 'Independència'.
No obstante, lo que de veras respaldaba la deriva soberanista de Condal era la historia reciente del RCD Español.
Todo empezó cuando, a finales de los noventa, la directiva, entonces presidida por Daniel Sánchez Llibre, suprimió la 'ñ' del nombre oficial e incrustó en su lugar el dígrafo 'ny'. La mudanza obedecía al propósito de dulcificar la imagen del club, comúnmente asociada al más bronco españolismo (valga la redundancia), para que aquélla resultara menos indigesta o, por decirlo en neolengua, más políticamente correcta. No en vano, el cambio de decorado acaecido con el pujolismo había convertido al RCD Español en un grumo en el paisaje, en una anomalía cuya expresión más palmaria era el viejo Sarriá, en el que resultaba imposible dilucidar dónde terminaba la solera y dónde comenzaba la mugre, y donde todo, desde las banderas inconstitucionales (cuando no directamente delictivas) hasta la venta de carajillos, parecía tener las horas contadas.
Sarriá fue el escenario en que se consumó la epopeya de Sócrates, Rossi y Maradona en el 82, sí, pero también evocaba el lado más luctuoso del deporte rey, el de las tragedias Heysel, Valley Parade o Hillsborough. La demolición del estadio y el posterior traslado a Montjuïc, con la consiguiente pérdida de protagonismo de las Brigadas Blanquiazules, allanaron el camino a la directiva en su afán de desterrar la 'eñe'.
Inútiles esfuerzos de 'integración'
La renuncia al castellano, no obstante, no suscitó ninguna muestra de calidez entre la Cataluña biempensante; antes al contrario, en la ofrenda floral al monumento a Rafael de Casanova, con motivo de la Diada, los insultos y escupitajos a la delegación del Español se hicieron cada vez más habituales. De ahí, tal vez, que la directiva de Sánchez Llibre creyera necesario deshacerse del himno bilingüe para, luego de una desdichada adaptación al catalán, acabar adoptando una tonada candorosa que jamás ha tenido la más ínfima repercusión en el cancionero de la hinchada. Ni que decir tiene que ese horrísono 'Jo t'estimo Espanyol' que hoy en día esputa la megafonía de Cornellá tampoco ha levantado adhesión alguna entre los custodios de la bondad universal. De hecho, ni siquiera la erradicación de las Brigadas Blanquiazules y la volatilización de las banderas españolas hizo que el Español resultara agraciado en el reparto de salvoconductos de catalanidad. Ni siquiera la erradicación de las Brigadas Blanquiazules y de las banderas españolas hizo que el Español resultara agraciado en el reparto de salvoconductos de catalanidad.
Entretanto, la peña Juvenil se ha desgajado de la Curva para ocupar uno de los altos del fondo Prat, en lo que se antoja un calco del destierro que ese mismo grupo vivió en Sarriá en junio de 1997, después de que sus miembros recibieran amenazas de las Brigadas Blanquiazules. En aquella ocasión, la discordia entre ambos grupos se debió a la negativa de la Juvenil a seguir enarbolando rojigualdas, aunque lo cierto es que, como acostumbra a suceder en esta clase de trifulcas, las banderas enmascaraban una disputa de largo aliento por el reparto de entradas, aderezada por el odio africano, indesmayable, que se profesaban Jota, entonces jefe de la Juvenil, y Freddy, a la sazón líder de Brigadas. Ahora, los miembros de la Juvenil acusan al núcleo duro de Curva de volver a las andadas, esto es, de reavivar el nacionalismo (español) en el graderío, dinamitando uno de los principios fundacionales de la propia Curva, cual es la neutralidad política, la misma neutralidad que invocaban los juristas de La Toga Perica en su diatriba contra Ramón Condal.
Los actuales curveros niegan la mayor y recuerdan que las únicas banderas que se ven en la grada, además de las blanquiazules, son las independentistas. En efecto, basta un barrido circular para constatar que el giro catalanista de la directiva ha traído consigo un panorama inédito en el RCD Español, donde, históricamente, las banderas cuatribarradas no dejaban de ser un fenómeno marginal. La tortilla ha tardado quince años en caer, pero el vuelco es palmario. Ahora, mientras que la pericada ‘españolista’ sigue aferrada al compromiso, cada vez menos férreo, de no exhibir símbolos nacionales, la pericada catalanista considera que mostrar la senyera es poco menos que un síntoma de normalidad institucional.
Una tensión-no-resuelta que, en cualquier caso, tiene al menos la virtud de evocar la pluralidad de Cataluña de una forma asombrosamente precisa; bastante más precisa, desde luego, que la representación de Cataluña que proyecta el Barça, varado desde hace siglos en el unanimismo o, por emplear la retórica de Vázquez Montalbán, en el desempeño simbólico de la función de ejército civil desarmado de Cataluña, y para quien el Español siempre fue un club de inadaptados. Aunque ésa, claro, es otra historia.
ZoomNews, 22 de octubre de 2013
Los nacionales
Mis primeros años de vida transcurrieron en un piso del número 55 del Paseo Nacional, en el barrio de la Barceloneta. La vía, transitada por camiones de gran tonelaje, discurría paralela a los antiguos tinglados, que ocultaban el mar a los transeúntes. A principios de los noventa, la reforma de la fachada marítima, enmarcada en la gran transformación que experimentó la ciudad con vistas a los Juegos, trajo consigo la demolición de los tinglados, lo que procuró a los lugareños una brisa enaltecedora y grandes atardeceres. Un año después de los Juegos, el Paseo Nacional pasó a llamarse Juan de Borbón en honor al Conde de Barcelona. Los Reyes de España descubrieron la placa inaugural el 23 de septiembre de 1993, aprovechando que ese día el Ayuntamiento de Barcelona les imponía la medalla de oro de la ciudad. Jaime Arias, que nos dejó el pasado viernes, glosó la visita real en un artículo para la eternidad. Aquella prosa conmemorativa, en efecto, cobra hoy aspecto de lápida. Lean, si no, la frase que abrocha el texto:
Justo es recordar que el President [por Josep Tarradellas] iba a Madrid respaldado por las principales fuerzas políticas y que, luego, Jordi Pujol y los principales hombres de la coalición convergente, a la hora de la verdad, han mantenido una inalterada e inapreciable norma de ayuda a la gobernabilidad del Estado.
No hay una sola palabra que se tenga en pie. Ah, las muchas veces que embarranqué en ese mismo fraseo al final de un artículo, en ese instante en que las aduanas de la incredulidad se aflojan hasta lo indecible y cualquier silencio se da por bien empleado.
El 14 de marzo de este mismo año, el Ayuntamiento solicitó a la Ponencia del Nomenclátor que el Paseo Juan de Borbón volviera a llamarse Paseo Nacional. Convendrán conmigo en que la tentación metafórica es irresistible: el periodo borbónico se antoja, en efecto, un barbecho entre nacionales de uno y otro signo.
El veto a la fotografía del torero Padilla se encuadra en la ingente nacionalización del espacio público emprendida por el alcalde Trias; la única tarea, en realidad, que le granjeará una pizca de posteridad. Desde que llegó al cargo en junio de 2011, ha prohibido el rodaje de una escena taurina, ha prohibido que los autobuses urbanos anuncien un libro crítico con la gestión de Artur Mas en el apartado de la sanidad, ha convertido a Cristóbal Colón en un boixonoi, ha prohibido el rodaje de la serie Isabel, ha prohibido la instalación de una pantalla gigante para seguir la final de la Eurocopa, ha ordenado retirar de la Plaza de San Jaime la placa de la Constitución de 1837.
Para modernizar una ciudad se requiere audacia; para perpetuarla en el catetismo, en cambio, basta un cepillo. El de los nacionalistas es de cerdas metálicas, pues lo que pretenden no es borrar el toreo, o a Padilla, o la serie Isabel. No, lo que pretenden borrar es Barcelona. Y así dejar de odiarla.
Libertad Digital, 16 de octubre de 2013
Justo es recordar que el President [por Josep Tarradellas] iba a Madrid respaldado por las principales fuerzas políticas y que, luego, Jordi Pujol y los principales hombres de la coalición convergente, a la hora de la verdad, han mantenido una inalterada e inapreciable norma de ayuda a la gobernabilidad del Estado.
No hay una sola palabra que se tenga en pie. Ah, las muchas veces que embarranqué en ese mismo fraseo al final de un artículo, en ese instante en que las aduanas de la incredulidad se aflojan hasta lo indecible y cualquier silencio se da por bien empleado.
El 14 de marzo de este mismo año, el Ayuntamiento solicitó a la Ponencia del Nomenclátor que el Paseo Juan de Borbón volviera a llamarse Paseo Nacional. Convendrán conmigo en que la tentación metafórica es irresistible: el periodo borbónico se antoja, en efecto, un barbecho entre nacionales de uno y otro signo.
El veto a la fotografía del torero Padilla se encuadra en la ingente nacionalización del espacio público emprendida por el alcalde Trias; la única tarea, en realidad, que le granjeará una pizca de posteridad. Desde que llegó al cargo en junio de 2011, ha prohibido el rodaje de una escena taurina, ha prohibido que los autobuses urbanos anuncien un libro crítico con la gestión de Artur Mas en el apartado de la sanidad, ha convertido a Cristóbal Colón en un boixonoi, ha prohibido el rodaje de la serie Isabel, ha prohibido la instalación de una pantalla gigante para seguir la final de la Eurocopa, ha ordenado retirar de la Plaza de San Jaime la placa de la Constitución de 1837.
Para modernizar una ciudad se requiere audacia; para perpetuarla en el catetismo, en cambio, basta un cepillo. El de los nacionalistas es de cerdas metálicas, pues lo que pretenden no es borrar el toreo, o a Padilla, o la serie Isabel. No, lo que pretenden borrar es Barcelona. Y así dejar de odiarla.
Libertad Digital, 16 de octubre de 2013
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