miércoles, 24 de junio de 2020

Little cosmic kite, which planet did you come from?


Por el centro corre Burruchaga a modo de falsa liebre; un zaguero de Inglaterra intenta encimarle previendo que el pase de la muerte acabe por buscar sus botas. Por la izquierda galopa Valdano, que es el delantero que, libre de marca, se halla en mejor disposición para reventar la red. De hecho, se trata del enésimo aluvión tridentino que la Albiceleste pone en práctica en la fase final. Un despliegue canónico, perfectamente reconocible, donde el ‘tomá’ y la devolución son un imperativo moral. Tal vez por ello, al llegar al vestuario, Maradona farfulla una excusa para la historia: «Me fue imposible dártela, Jorge, cada vez que levantaba la cabeza me salía un inglés». Años después, Valdano seguía sin salir de su asombro: «¡El tipo se estaba merendando a media Inglaterra y además me veía subir por el segundo poste! No sé con qué parte me veía, pero vi la secuencia mil veces y puedo descartar que fuera con los ojos».

En lo más alto del anecdotario permanecen esculpidas las palabras del Negro Enrique: «Con el pase que te di, Dieguito, como para haberla fallado”. También Valdano apuró su ‘parte de los ángeles’: «Maradona metió la pelota en la portería, cierto, pero yo la recogí. Algún mérito debe de tener eso, ¿no?».

Valdano, en efecto, rescató el balón de la portería con el partido encarrilado. Cuando le preguntaron por qué dejó al descubierto una humildad sospechosa, como lo es, en general, la literatura: “Me pareció indecoroso echarme encima de Maradona. El gol que marcó era tan sumamente individual, tan suyo, que pensé que abrazarle estaba de más, que era una forma de restarle protagonismo; así que no se me ocurrió otra cosa que ir para la puerta y recoger la pelota. Eso fue todo”.

Un muchacho del Barça marcó un gol parecido veintiún años después y Maradona volvió a cuadrar el universo: «Cuando haga eso mismo en los cuartos de un Mundial en lugar de hacerlo contra el Getafe, me lo comparan ¿ok? Hay algo más: mi gol fue útil y el suyo no, y eso también cuenta». Siempre me pregunté hasta qué punto la locución de Víctor Hugo Morales, casi un microrrelato, fue decisiva para asentar la leyenda. Hasta que se me ocurrió ver el vídeo con la locución atribulada, melancólica, airada del perdedor. Y si no es el mismo gol se le parece bastante.

The Objective, 24 de junio de 2020

sábado, 20 de junio de 2020

En el nombre del Bola

Cuando Pablo Iglesias le soltó a Iván Espinosa que lo que de verdad pretendía Vox era dar un golpe de estado, sabía perfectamente de lo que hablaba. Él mismo se ha desdoblado en un sinnúmero de ocasiones para, en el patético intento de venderse como estadista (título que en España se abarata por momentos; véase el caso de Albert Rivera, que fue investido como tal por su afición y hoy pretende ejercer de ex presidente sin haber consumado el acto, jarrón de los chinos); en el empeño, en suma, de proyectar de sí una imagen de político aplomado, fiable, posibilista, etc., acabar desvelando su agenda oculta.

El día 19 de marzo defendió las caceroladas contra el Rey que habían convocado las extensiones neuronales de su propio partido (esa trama asociativa “por la salvaguarda de lo público” a la que nuestro primer tautólogo llama lagente) puntualizando que, si bien su opinión sobre la monarquía era de sobra conocida, él estaba allí como vicepresidente del Gobierno. Como si debiéramos agradecerle que se abstuviera de quemar la efigie de Felipe VI, cual es costumbre en Cataluña para conmemorar las derrotas, sin que importe cuál. Ahora, en otro de sus alardes de bifidismo (“hombre blanco hablar con lengua de serpiente”, cantaba su idolatrado Javier Krahe), ha declarado que como secretario general de Unidas Podemos está a favor de desmilitarizar la Guardia Civil pero como vicepresidente segundo no se puede pronunciar. Donde desmilitarizar, no vayamos a confundirnos a estas alturas, es un eufemismo de desmantelar.

A nadie extrañen esas reiteradas escisiones entre deseo y simulacro, máxime en un individuo que para justificar la ley contra el maltrato infantil invoca nada menos que al Bola, un personaje tan ficticio como las emergencias en que se funda su ideario. Ah, tipificar como delito el odio a los pobres.

Miren al trasluz. De lo que se trata en realidad es de naturalizar la inquina a “los ricos”. En ese punto, no obstante, advierto un escollo. Cuál de los dos Iglesias prohijará esa reforma, ¿el antiguo Vecino de Vallecas o el propietario del chalé de Galapagar? 

The Objective, 20 de junio de 2020

domingo, 24 de mayo de 2020

Fiera es la noche


Si el 15 de agosto es el día del Watusi, el 19 de julio es el del Jarabo. Este año hará 62 de la noche en que José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez-Morris fue dejando tras de sí un reguero de muerte que devendría en leyenda. Literalmente, además: a los niños de la época se les solía conminar a portarse bien bajo la amenaza de que, si no, se los llevaría Jarabo, una suerte de coco nacional. 

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Mi generación supo de él gracias al personaje recreado por Sancho Gracia en el primer episodio de La huella del crimen, emitido en TVE el 12 de abril de 1985. En el arranque del telefilme, dirigido por Juan Antonio Bardem, le vemos deambular por las inmediaciones del Retiro. Viste un terno blanco que sugiere una elegancia algo tronada incluso para la época, y canturrea-silba la habanera que a lo lejos interpreta una orquestilla. Y fuma. Fuma con parsimonia, como domesticando el humo para envolverse en él.

Borracho, cocainómano, morfinómano (debió de ser un pionero en el consumo de speedball), chulo, estafador, maltratador, putero, ladrón y, finalmente, asesino, Jarabo gustaba de condensar semejante acervo en una sola palabra: español. A finales de los cincuenta, en los días en que se bebió la Gran Vía a ritmo de cha-cha-chá, la baladronada joseantoniana "Soy español, una de las pocas cosas serias…" con que, según cuentan, Jarabo se abría de capa en la barra de Chicote, era una secreción puramente melancólica. Cuando menos entre el vulgo. A la dictadura, no obstante, le quedaba media vida y mucho fuelle. Y a cuenta precisamente del nacionalismo sobre el que se fundaba el régimen, y que Jarabo encarnaba de manera tan fatua como esperpéntica, el destino le reservaría una postrera, funesta ironía.

Jarabo vino al mundo en Madrid en 1923, en el seno de una familia acaudalada. Como otros niños de alta cuna, estudió (un decir) en el colegio del Pilar, semillero de jerarcas (un tío suyo, Francisco Ruiz-Jarabo, ejerció de presidente del Tribunal Supremo y, posteriormente, sería nombrado ministro de Justicia). Desde su más temprana adolescencia se muestra proclive a la golfería, inclinación que su madre, consentidora de manual, se esmera en cultivar llenándole los bolsillos de billetes. Al cumplir los 17, los padres, y Jarabo con ellos, emigran a Puerto Rico. Entre las razones que influyen en el traslado se cuenta la intención de enderezar al hijo, quien a bordo del vapor Magallanes sufre su primera intoxicación etílica, con shock hepático incluido. Entre los pocos autores que han arrojado algo de luz acerca del periplo americano de Jarabo, se halla el periodista Francisco Pérez Abellán; de algunos de sus textos y las crónicas de la época en ABC y La Vanguardia proceden los datos de este artículo.

Una vez en San Juan, y en un arrebato en el que algo influye la euforia alcohólica, contrae matrimonio al más puro estilo Las Vegas con una joven de la alta sociedad puertorriqueña, Luz Álvarez, con la que tiene un hijo. La vida de casado se acaba revelando incompatible con su abnegada dedicación al proxenetismo y al tráfico de estupefacientes, y recala en Nueva York, donde sus fechorías serán igualmente homéricas. Tanto que un tribunal estadounidense lo condena por “trata de blancas” a tres años de reclusión en Springfield, Missouri. No serán en vano: gracias a la prestación de servicios en la enfermería del penal (especializado, al parecer, en un variado repertorio de dementes) se agencia una acreditación de “experto en psiquiatría” que, de regreso a España, hará valer para hacerse pasar por facultativo. Tras su excarcelación, y ya divorciado, regresa a Madrid, no sin antes testar el género en varios burdeles de La Habana. El 20 de mayo de 1950 aterriza en Barajas con la enésima provisión de fondos de su madre: 10 millones de pesetas, que apenas le duran dos años. Dado que la asignación familiar (unas 7.000 pesetas al mes) no le alcanza ni para el limpiabotas, empieza a malvender propiedades familiares y, dilapidado también ese maná, recurre a estafas, sablazos, hurtos… Por entonces es ya un viejo conocido de los cuartelillos por las incontables peleas en que se enzarza con valentones de mal vino como él. Por lo general, presta declaración, paga la fianza y vuelve a sus quehaceres. Los ocho años que median entre su retorno a España y la noche de autos transcurren entre restaurantes de postín (fue un asiduo del Lhardy, de donde se hizo traer la cena a la comisaría en que confesó los crímenes) y de tablaos como el Villa Rosa, el Zambra o el Duende, “grutas de maravilla”, como los ha dado en llamar ese castizo de guardia que es Ángel Antonio Herrera.

De la década prodigiosa de Jarabo dio cuenta La Vanguardia el 8 de agosto de 1958: 

“Desde que llegó a España en 1950, Jarabo había gastado unos 15 millones de pesetas. Recibía dinero con regularidad de su madre y de una tía llamada Victoria que le había asignado 7.000 pesetas mensuales. 'Cuqui', como era conocido familiarmente, vendió en Madrid una patente, propiedad de su padre, de lámparas Neón, por dos millones de pesetas. Vendió también varios coches, que compraba previamente, e hipotecó una finca que sus padres poseen en la calle de Arturo Soria. Todo el dinero era poco para sus diversiones. La necesidad de dinero le acuciaba, acostumbrado al derroche y a la vida ociosa. Toxicómano empedernido, buscaba las drogas que su organismo le pedía en cualquier parte. Y así llega el momento en que no encuentra otra salida que el robo y el crimen. Sin embargo, niega repetidamente que el móvil de los asesinatos fuera el robo.” 

La prensa de la época, y en particular los diarios ABC y La Vanguardia, se ocuparon del caso con un despliegue comparable al que, en nuestros días, mereció el juicio en el Supremo a los golpistas catalanes. De ese caudal de noticias extraería Bardem los detalles para rodar su antológico Jarabo, al que habíamos dejado un sábado de julio junto al Retiro, camino de las páginas de sucesos.

Esa noche, sobre las 22 horas, se presenta en el domicilio del prestamista Emilio Fernández (Lope de Rueda, 57), quien, junto con su socio, Félix López, regenta la casa de empeños Jusfer (Sainz de Baranda, 19). El verano anterior Jarabo había empeñado en ese “antro de usura”, como lo describió Pedro Costa, el anillo de oro y brillantes de su amante de entonces, Beryl Martin, una joven inglesa de paso por Madrid que un año más tarde, acuciada por su marido, le reclamaría la joya. Cuando Jarabo (al cabo, un caballero español) acude a desempeñarla, Fernández y López le exigen el doble de lo estipulado y aun le amenazan con poner en conocimiento del esposo de Beryl la carta en la que esta autorizaba la operación, y que contiene pormenores sobre su adulterio. A Emilio Fernández y a su esposa, Amparo Alonso, los mata de sendos disparos en la cabeza; a la criada, Paulina Ramos, de una cuchillada en el corazón. Abandona la casa al día siguiente y pasa el fin de semana en una pensión. El lunes, a primerísima hora, accede a Jusfer con la llave de Fernández y aguarda a que López abra el negocio. No bien entra le descerraja dos tiros en la nuca. No halla rastro del anillo ni de la carta, pero el rapto homicida es apenas un paréntesis en su verbena a perpetuidad. Galán crepuscular, lo primero que se le ocurre es llevar el traje ensangrentado a una tintorería de confianza (“le reventé la cara a un marine y me puso perdido”); luego vendría una noche de tango y zambra en compañía de dos prostitutas y, al fin, su detención. La Policía había cursado aviso a todas las tintorerías de Madrid de que notificaran limpiezas de trajes con manchas de sangre, y Jarabo fue por el suyo.

Ah, la postrera, funesta ironía. 

De la crónica del juicio en LV del 4 de febrero de 1969: 

“El presidente de la sala, Ilustrísimo señor don Antonio Ochoa Olalla, cede la palabra al letrado don Roberto Reyes, que ostenta la acusación privada en nombre de la madre de Amparo Alonso, Marta Alonso Bravo. Comienza éste relatando cómo se enteró del suceso, estando fuera de España, y cómo consideró que debía tratarse de exageraciones de la prensa extranjera, pues le parecía a él que el protagonista de tales hechos no podría ser español. ‘Los españoles nos matamos apasionadamente —dice— como lo demostró nuestra guerra de liberación, y no somos capaces de pasar una noche entera con tres personas muertas por nuestra propia mano’”. 

El abogado alude así a la formación extranjera del procesado, quien, a pesar de llevar residiendo nueve años en España, seguía empleando expresiones como milla, yarda o pulgada. Acto seguido, dedica un elogio a la prensa nacional, “que se mantuvo dentro de una gran ecuanimidad”, y cita como única excepción “una revista catalana que publicó los hechos desfigurados y con detalles de mal gusto”. Alega, asimismo, que “un psicópata atípico no puede tener el sentimiento noble de caballero español, de rescatar una joya para una dama”.

Del mismo modo que en la Cataluña de hoy no se tiene constancia de que haya degenerados, digamos, vernáculos, Jarabo no era, no podía ser español. Hasta ahí, hasta su más hondo orgullo, le alcanzó el garrote. 

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En la Prisión Provincial de Madrid (Redención)

En las primeras horas de la mañana de hoy, en el patio principal de la Prisión Provincial de Madrid, ha sido ejecutado, con las formalidades exigidas por la ley en estos casos, la sentencia de pena de muerte dictada contra José María Jarabo. La ejecución ha tenido lugar en cumplimiento de la sentencia dictada por el Tribunal Supremo, por la que se le condenaba a cuatro penas de muerte como autor de dos asesinatos y dos robos con homicidio. El cuerpo fue llevado al cementerio escoltado por coches policiales.

En el camposanto se produjo un incidente: corría por Madrid el rumor de que Jarabo no había sido ejecutado gracias a sus influencias. Y un comisario oyó que uno de los chóferes lo comentaba, añadiendo que el que iba en el féretro era un gitano que también estaba condenado a muerte. El comisario agarró al chófer por el brazo, le puso la pistola en la sien y le obligó a abrir el féretro: ‘¿Es o no es Jarabo, rojo de mierda?’.

The Objective, 24 de mayo de 2020

miércoles, 6 de mayo de 2020

Hasta la boya

El forense de la localidad costera de Amity concluye que las heridas de la bañista hallada muerta en la playa son compatibles con un ataque de tiburón. En las aguas de Amity abundan los escualos pero nunca se había tenido noticia de uno con semejante diámetro de mordedura. La biología marina acredita, además, que estos depredadores tienden a echar el ancla en el medio que les procura alimento. La temporada turística, principal fuente de ingresos de la mayoría de los lugareños, está a punto de dar comienzo, pero ello no obsta para que el jefe de policía, Martin Brody, prohíba terminantemente el baño. El alcalde, Larry Vaughan, sopesa las consecuencias del éxodo de los veraneantes en la economía local y asume el riesgo de reabrir las playas. De acuerdo con las leyes de la ficción, el espectador infiere que el primero es un bienhechor y el segundo un malnacido; que uno obra en favor de sus convecinos y el otro vela únicamente por el negocio. Se trata, en cierto modo, del mismo precepto pseudocristiano por el que, sin apenas injerencias del sentido común (la incredulidad en suspenso general), damos por hecho que el viejo Quint no saldrá vivo de la peripecia: el tamaño de su arrogancia habría requerido, en efecto, un barco más grande. Si Amity no fuera un territorio mítico y el monstruo, un ingenio mecánico, Brody conservaría su vitola de héroe pero Vaughan no sería el villano que exige el guión, como saben los millones de españoles a los que hoy acecha la ruina. A esa clase de encrucijada nos ha llevado una pandemia en que la prensa de izquierdas no ha escatimado en mitos bastante más obscenos que el del liberal inmisericorde, como el que afirma que Grecia actuó de forma previsora porque no-tuvo-más-remedio (¡!), el que anuncia el advenimiento del novísimo hombre y, mi favorito, el que establece una relación causal, que no casual, entre el éxito en la gestión de la crisis y los gobiernos liderados por mujeres; la única condición, al parecer, es que Isabel Díaz Ayuso no figure entre ellas.

The Objective, 6 de mayo de 2020

viernes, 24 de abril de 2020

The Gipsy Prince


Rafael Castellón Vargas nunca supo qué ser, si torero, bailaor o cantante, la santísima trinidad de las artes a las que cualquier gitano de su tiempo estaba condenado. En la duda llegó a serlo todo: novillero fracasado, precursor de un paso de baile que amenazaba traspié, como de padrino borracho en un bautizo (y que luego sería el santo y seña del Jero, el del medio de Los Chichos), y vocalista de feria. Una medianía, dirán. En absoluto. De la amalgama de todas sus carencias surgió un artista irrepetible, un pionero sin conciencia alguna de serlo, tan seguro de su majestuosidad que sus actuaciones consistían básicamente en un repertorio de muecas que la afirmaran: nunca tuvo público sino un espejo, y acaso esa circunstancia influyó en que en todas sus galas parecía estar debutando. De él dejó escrito Carlos Herrera que le faltó cabeza y le sobró esparcimiento para llegar a ser una estrella. Traduzco: un flipao de sí mismo.

Cuenta la leyenda que el apodo de Príncipe le vino de sus ojos claros y la gorra de marinero con que lo tocaba su madre, que en cierta ocasión le arreó un tortazo en un tranvía y una viajera, al verlo, dijo en voz alta: “El guantazo que le ha dado la chacha, no te puedes fiar de ellas”. La ‘chacha’ respondió sacándose una teta y amorrando al hijo. “Pues tiene usted un príncipe”, terció la entrometida. Como era costumbre en la época, Castellón emergió al artisteo siendo aún un principito: no tenía 15 años cuando debutó en el Calderón, en el espectáculo de Lola Flores. El Príncipe Gitano cultivó la rumba, la zambra, la bulería, la copla, y en ninguno de los géneros escatimó ese horrísono bebebebe… que es a la música lo que el abaniqueo a la lidia. Pero cómo exigirle contención al exagerado. Cuando se medía con Rafael Farina (sí, millenials, el galleo rap no lo habéis inventado vosotros), el escenario se convertía en un bar del far west con algo más de lumbre.

El pasado verano entrevisté a Lolita para un reportaje sobre el Pescadilla y mencioné al Príncipe Gitano a propósito de Dos extraños son. “No te equivoques, mi padre era mi padre; el Príncipe Gitano era otra cosa”. Dos raros que, a su manera, desafiaron el canon como lo hicieron Bambino, María Jiménez o Camarón… O como su hermana, la Terremoto, cuyo hit Achilipú se recuerda por Las Grecas. Al Príncipe le ocurrió lo mismo: el Porompompero fue antes suyo que de Escobar, y el Obí-obá fue popularizado por los Gipsy Kings, que sí se atrevieron a publicitarse como reyes sin que importara de qué.

Fue Elvis quien parodió In The Ghetto.

The Objective, 24 de abril de 2020

martes, 21 de abril de 2020

Monclovismo de crisis

- Caracterización de la pandemia como una suerte de plaga bíblica ante la que sólo cabe la prédica. El tono afligido, rayando en el sollozo, de las primeras intervenciones de Sánchez, esas peroratas en las que parecía arrogarse el infortunio que sufría la Nación (encarnándose él mismo en ella, como posteriormente verbalizaría sin rebozo ninguno al proclamarse su máximo representante) trataban de exprimir la política emocional sobre la que ha teorizado el coach Redondo. La adversidad nos ha golpeado, sí, y frente a ello imploro vuestra compasión. O, por mejor decir, ‘tu’ compasión. La empatía y la antipatía como extensiones morales de la izquierda y la derecha.

- Utilización abusiva de los medios de comunicación públicos, en comparecencias revestidas de un boato y trascendencia que no se compadecen con el contenido de los mensajes, generalmente huecos. Esa ocupación trivial de los espacios televisivos ha involucrado también a altos cargos de instituciones policiales y militares. Véanse, a este respecto, las retahílas de infracciones superfluas, tipo ‘ayer le dimos el alto a un individuo que paseaba por la playa de San Juan’.

- Disolución de la responsabilidad. La apostilla de que la pandemia no es un problema exclusivamente español, sino planetario, se ha ido adhiriendo al discurso de la mayoría de los ministros del Gabinete. El azote que nos ha infligido el destino es universal y (alehop) ningún país estaba preparado para ello. Obviamente (¡razonablemente!), tampoco España. Como-no-podía-ser-de-otra-manera.

- Omisión sistemática de los casos griego, portugués y del Véneto.

- Escamoteo del duelo y exaltación del júbilo. En lugar de un minuto de silencio por los muertos, una salva de aplausos a los vivos (que en Lavapiés suelen ir acompañadas de gritos estridentes, entre el irrintzi batasuno y el alarido comanche). La España de los balcones como primavera de la sororidad. Una crisis versificada por Carlos del Amor.

- La post pandemia como reset moral que sitúe “la vida”, “lo común”, en el centro del debate político. Según es costumbre en España, la invitación a cambiar ‘nuestra’ escala de valores es unidireccional: quien está obligado a hacerlo son los demás. Una oportunidad, en suma, para que la derecha deponga su actitud.

- Invocaciones al ‘verdadero’ patriotismo, a menudo reforzadas por el uso de lenguaje belicista (el enemigo, la guerra) del que se infiere, cuasi naturalmente, el imperativo del ‘prietas las filas’, que permite presentar al discrepante como un traidor. De esa fraseología son tributarios los continuos llamamientos a la unidad (“este virus lo paramos unidos”), cuyo colofón ha sido el intento de forjar unos ‘pactos de la Moncloa’ que, dada la composición del Gobierno, no tienen otro propósito que blindarse tras una inmunidad de Estado.

- Intento de proyectar la acción del Gobierno como un hito democrático, añadiendo ese mismo adjetivo, ‘democrático’, a los anuncios presidenciales de mayor empaque. ‘Se trata del mayor despliegue de la democracia española’, ‘estamos ante una medida sin precedentes en la historia democrática de nuestro país’… Una forma de adanismo que, en este caso, aspiraba a identificar la estrategia del Ejecutivo con una operación de salvaguarda de la libertad.

The Objective, 21 de abril de 2020

viernes, 10 de abril de 2020

Mortaja blanca de mi esperanza


El progreísmo convirtió La España vacía, título del meritorio ensayo de Sergio del Molino, en la España vaciada, operación paranomásica por la que un sintagma descriptivo devino en seca incriminación. Detrás del participio vaciada, en efecto, debía haber un alguien, complemento agente. Y puesto que en nuestro ecosistema político esa clase de señalamiento opera en un solo sentido, la responsable del vaciado no podía ser sino la derecha, ese campo semántico de la desolación. Bastaba con ver el rictus de perspicacia con que los presentadores de las televisiones, de todas las televisiones, pronunciaban "España vaciada", ese retintín en el que aún se obstinan, como quien aspira a insinuar que a ellos no se la cuelan, que si el periodismo exige porqués (¡ir más allá!, claman, ignorando lo mucho que deben sus análisis a Jiménez del Oso), ahí están su ceño fruncido y su proverbial antipatía. La base de semejante imputación es, además de ontológica, taumatúrgica. Dado el umbral de confort que ha propiciado el progreso (al punto de obligar a la izquierda a acularse en lo identitario), cómo no iba a merecer un 15-M que en el Pico de Urbión aún no haya fibra óptica. De hecho, la inmensa mayoría de los filtros (mileurista, desafecta, tóxica...) que nuestro socialpopulismo instagramer aplica a España son achacables al PP y sus envolturas.

La imagen que hizo fortuna para ilustrar la Gran Depresión fue la de un chamarilero al que el New York Times hizo pasar por famélica legión, y la explicación de esa indigencia no pudo tener mejor iconografía que la Valencia de Paco Camps. Un trampantojo y una falla. Y por lo que toca a la huelga feminista del 8-M, aún resuena la consigna que, en boca de Begoña, resumía el caso: "Dónde están, no se ven, las banderas del PP". De algún modo, la misma trama que redundó en 5 millones de parados servía para sustanciar políticamente el terrorismo machista. "Ya son 30 con la de hoy…". Ese "ya", no lo duden, encierra un argumentario.

Ahora, con la crisis del coronavirus, mostrar los féretros es amarillismo, morbosidad, demagogia. Mal gusto. Rafa Latorre dejó anteayer escrito en El Mundo el pie de foto más urgente de estos días. La imagen, no obstante, hablaba por sí misma. No ya por el 'No trespassing' trocado en 'Celebración de cumpleaños'; lo conmovedor era el orden alfabético: higiénico, salvífico, brutal. El Gobierno querría que la tragedia quedara confinada en un puñado de ripiosos anecdotarios del yo. Y que los lemas que presidieran el estado de alarma fueran "La España de los balcones" o el "Gorda, que estoy de guardia".

Hasta que una portada vino a recordarnos que si el poder estuviera en manos del enemigo, ésta sería la España muerta. O, por ceñirme al protocolo, exterminada.

Libertad Digital, 10 de abril de 2020