jueves, 10 de octubre de 2013

Guía portátil de la Barcelona ocupada



Tras los pasos de Makoki (Salón del Cómic - Feria de Barcelona; Avda. Reina Maria Cristina, s/n)

Frente al salón del cómic de Barcelona se arremolinan cientos de adolescentes disfrazados de protagonistas de tebeo, susurrando a todo el que pasa si le sobra una invitación. Los siete euros que cuestan las entradas merecen el intento. La cola está a rebosar, pero avanza con marcial ligereza. Ya en el interior, me sorprende la extraordinaria sobriedad de algunas de las casetas. Más teniendo en cuenta la propensión del cómic a la exuberancia, al reventón onomatopéyico. Recuerdo entonces dónde estoy: en un evento levantado a pulso entre editores y lectores, gozosamente confundidos en una hermandad de trazas esotéricas. La verdadera singularidad del salón, no obstante, no es el burbujeo del público ni esos editores que parecen disfrutar con su trabajo, sino la ausencia de la Administración. No hay stands de la Generalitat. No está, por ejemplo, el Departamento de Cultura, omnipresente en todos y cada uno de los eventos culturales que se celebran en Cataluña; tampoco están la Dirección General de Política Lingüística o el Departamento de Comercio. No. Los tratos que aquí se ventilan sólo conciernen a feriantes y lectores, que en esta mañana luminosa se han constituido en sociedad civil, y lo han hecho en el sentido recto de la expresión, esto es, sin que medien subsidios. En Negra espalda del tiempo, el novelista Javier Marías se recreó en ese mismo sintagma del título, negra espalda... , para designar el lugar donde pervive el eco de lo que no fue, de lo que pudo ser y nunca ha sido. Pues bien, el salón del cómic es la negra espalda del tiempo de la cultura catalana. No en vano, de los 141 expositores tan sólo 4 tienen la web en catalán. Ante la retirada de la Generalitat, la vida se abre camino. Para mi gusto, tal vez de un modo excesivo. Recientemente, el periodista Ramón de España hablaba en El Periódico del nulo interés de la Generalitat por erigir el Museo del Cómic, un proyecto mil veces postergado. Había en su columna una probable y genuino porqué: "Catalunya ha sido tradicionalmente la fábrica de la historieta española, pero el grueso de la producción -por imposición, comercialidad o lo que quieran- está en la lengua del opresor, por lo que resulta muy difícil aplicarle el término 'nacional'... A no ser que por 'nacional' se entienda 'español', se requiera la colaboración del Ministerio de Cultura y se considere el supuesto museo un equipamiento cultural español instalado en Barcelona (o Badalona). O sea, lo que el Musée de la Bande Dessinnée de Angulema es a Francia. Y para eso no hay la más mínima voluntad: mejor gastárselo todo en las ruinas del Born, que sí se prestan al rendimiento emocional." Parece el párrafo de un libro de historia, de tan cierto.

http://www.ficomic.com/


Masoquistas del séptimo día (Estadio Cornellá - El Prat; Avda. del Baix Llobregat, 100 - Cornellá de Llobregat)

El estadio de Cornellá-El Prat linda con un centro comercial que no difiere en nada de los de su género. Los días de partido, los hinchas deambulamos por el centro ataviados con camisetas blanquiazules, formando corrillos en torno a bares, cafés y terrazas. En invierno, el paisaje evoca la glacial pulcritud de los estadios alemanes, y en primavera, en cambio, recuerda una de esas macrocarpas donde se reúnen las hinchadas que acuden a las finales de copa. Ninguna de ambas estampas, sin embargo, puede hacer olvidar el carajilleo de ultratumba del viejo Sarriá. Hoy, nada más entrar en el centro comercial, me he encontrado con el periodista Enric González, que, en un librito delicioso, Una cuestión de fe, rememora el ambiente de aquella grada. No nos conocíamos; soy yo quien le sale al paso con el entusiasmo del cazautógrafos. Tras presentarme, le felicito por su más reciente libro, Memorias líquidas. González agradece la cortesía y, haciendo acopio de humildad, matiza mis elogios: "No es más que un currículum comentado". Habla del libro con graciosa inapetencia, como queriendo dar a entender que va más con él la cerveza que lleva en cabestrillo, y a la que va dando sorbos, que el hecho de ser un autor de culto. "¿Vienes habitualmente?" "Sí", y trato de forzar un gesto que denote resignación, pero me temo que no lo logro. El Español-Valencia se convierte, en los minutos finales, en un carrusel de goles que lleva a ambas hinchadas al desquicio. En su artículo del lunes en El Mundo, González alude someramente a esos 10 minutos de pim-pam-pum. Yo buscaba absurdamente reconocerme en algún párrafo, como ese poeta que dejar huella quería, pero el periodismo va en serio, más en serio que la vida.

http://www.rcdespanyol.com/


Tren nocturno a Europa (Restaurante Lázaro - Aribau, 146 bis)

El restaurante Lázaro, en la calle Aribau, se resume en un salón cuadrangular que, antes de llegar a la cocina, rompe en un reservado de aire confuso, como suelen serlo en Barcelona algunas trastiendas. En una de las dos mesas de esa salita (la que queda a mano derecha según se entra) se sienta habitualmente la vieja guardia del pujolismo, encabezada por los ex consejeros Francesc Sanuy y Joan Guitart. En el salón propiamente dicho, las mesas están dispuestas en sendas hileras, lo que hace que parezca un vagón restaurante. En una de esas mesas suele comer el periodista de La Vanguardia Llàtzer Moix, al que he visto a veces acompañado del escritor cubano Ernesto Hernández-Busto y del novelista Ignacio Vidal-Folch. Por lo común, no obstante, Llàtzer come solo, si bien su mesa no inspira precisamente soledad, sólo un gozoso, templado retiro. Debe de ser por el vino, que Llàtzer paladea con sobriedad medicinal, o por los periódicos extranjeros con que entretiene la mirada. Dos mesas más allá, justo en el rincón, el escritor Josep Maria Espinàs conversa plácidamente con su mujer, Lina Luján, hermana del fallecido Néstor, que en sus últimos días se hacía llevar al hospital las míticas croquetas de jamón que prepara Fina. La hermana de Fina, Carmen, que oficia en sala, me cuenta que hace unos días se celebró en Lázaro un homenaje a Espinás, con motivo de la publicación de su antología Una vida articulada. Junto a la caja reposa un ejemplar, como es costumbre en Lázaro con las obras que publican sus clientes. No veo expuesto, por cierto, En nombre de Franco, de Arcadi Espada, que recibe en Lázaro los jueves. Dado el título ("para mayores de 18 años", ha puntualizado el autor) y, sobre todo, dado Cataluña, uno tiene la tentación de pensar que la ausencia del ejemplar obedece a la voluntad de Carmen y Fina de no herir sensibilidades. "No es eso, no", aclara Carmen, y relata entonces que hace años atendía el comedor una camarera colombiana a la que, obviamente, tanto ella como Fina se dirigían en castellano. Para un cliente de la mesa del pinyol no resultaba tan obvio, y así se lo hizo saber a Carmen, aduciendo que hablarle en castellano a la camarera era faltarle el respeto. A lo que Carmen repuso que ella, en su casa, hablaba lo que le daba la gana. Y Dios en la de todos. Lázaro, en efecto, tiene algo de café de Rick. Ante las croquetas de jamón, los callos con garbanzos o el bacalao a la llauna de Fina, incluso los más conspicuos defensores de las multas lingüísticas miran para otro lado. Por lo demás, lo que da perfecta noticia de la catalanidad de Lázaro no es su naturaleza microcósmica, sino que todavía no haya merecido un libro.

http://www.restaurantelazaro.com/


Historia de dos ciudades (Bar Sándor - Plaza Francesc Macià, 5; Bar Marsella - Sant Pablo, 65)

Sillas con el logo de Martini, mesas de pie de forja, camareros antañones, limpiabotas en la puerta. No vendían penicilina en la barra, pero como si lo hicieran. El bar Sándor se extinguió como se extinguieron la Casita Blanca o los merenderos de la Barceloneta. No obstante, y a diferencia de esos establecimientos, el Sándor apenas motivó un par de necrológicas en la prensa barcelonesa, que ha hecho de la mojigatería una divisa. Hubo incluso una cronista que, entre vahídos, le echó la culpa a los tres euros que costaba el agua. Como si beber rodeado de industriales arruinados hubiera de resultar barato. Al otro lado de la balanza, en lo que fuera el Chino, está el bar Marsella, uno más entre los cientos de locales de la franquicia ibérica El Rincón de Hemingway. Al parecer, el contrato de alquiler toca a su fin y el propietario del inmueble ya ha comunicado a los dueños que no habrá prórroga; entre otras razones, porque pretende rehabilitar el edificio, lo que implica derruir los bajos donde se halla el bar. A diferencia del Sándor, el cierre inminente del Marsella ha provocado una cascada de crónicas a cual más sentida, y en el portal de peticiones Change.org, la causa abierta por la paralización del cierre del cierre del Marsella va camino de las 5.000 firmas. Los promotores del manifiesto invocan la memoria colectiva y el patrimonio cultural de la ciudad. Nada, en fin, que no pueda utilizarse en nombre del Sándor. El prestigio de la mugre, que no se atiene a razones.


Ocaña la Nuit (bar Ocaña - plaza Real)

Federico Jiménez Losantos llegó a Barcelona en 1971 para cursar Filología Española y acabó gozosamente engullido por la agitación política y la promiscuidad intelectual del momento. En un pasaje delicioso de su libro de memorias La ciudad que fue, cuenta Losantos que "en esa época era un efebito con cierto éxito en el gremio homocultivado, es decir, entre la loca neoclásica y la locaza posmoderna, así que las insinuaciones o persecuciones no eran infrecuentes". Una de las locazas que se le insinuó fue Ocaña, íntimo de quien fuera su cómplice en mil y una aventuras, Alberto Cardín. Pintor mariano y, sobre todo, ramblero de pro, Ocaña fue uno de los grandes iconos del espíritu del 75, el artista que galvanizó, con su tronío arrabalero, el movimiento contracultural barcelonés. Desafortunadamente, sigue siendo eso, un icono, un apunte simbólico en un lienzo reservado al antifranquismo oficial. Al vacío de las instituciones se une la circunstancia, ciertamente luctuosa, de que la industria editorial barcelonesa no haya sido capaz, en treinta años, de propiciar una biografía de José Pérez Ocaña, un hombre al que, pese a todo, algunos barceloneses siguen recordando afectuosamente. En el número 12 de la plaza Real, donde residió el artista, todavía se conserva la placa con que, un año después de su muerte, le rindieron homenaje amigos como Nazario, Pedro Martínez Mora o Pep Torruella. Así lo recordaba Nazario en su Plaza Real Safari, en un pasaje que da noticia del vigor cívico de los barceloneses de entonces, y ello pese a la ausencia absoluta de subvenciones. O quizá por ello mismo:

"En el aniversario de la muerte del pintor Ocaña (septiembre del 84), sus amigos decidimos hacer una fiesta/homenaje en su honor. Pep Torruella se encargó de reunir todos los cuadros y colgarlos dentro de las arcadas a lo largo de toda la plaza que previamente habían desalojado de mesas y sillas. Por la mañana, ataviados con trajes de torero, flamenca o mantillas, asistimos al descubrimiento de una lápida recordatoria de terracota con angelitos de colores, copia de un cuadro suyo, que fue colocada en el rincón del número 12, siendo hoy lugar de peregrinación de meadores y fans. El "Guti" se encargó de descubrirla ante la presencia de los familiares de Ocaña y numerosos amigos (Solé Barberá, Ventura Pons, Nuria y Montse, Ester, etc.). Nosotros cogimos una borrachera gordísima y nos pusimos a bailar sevillanas desaforados en una tarima. Por la tarde, la "Fernanda" y su grupo de alumnos, que habían acudido a la plaza vestidos de flamenca en coches de caballo, ofrecieron una actuación de sevillanas. Luego fue proyectada en la pantalla la película Retrat intermitent de Ventura Pons, con Ocaña como protagonista. Els Comediants colocaron un sol enorme que pendía sobre la fuente sujeto con cables a las balaustradas. En vista del éxito de este homenaje y tras comprobar que la plaza no era un lugar tan peligroso como muchos temían, la coordinadora de Fiestas y Festejos del Área de Cultura, Marta Tatjer, decidió organizar otra fiesta/homenaje a Ocaña, esta vez en serio y con una subvención, que coincidiría con las fiestas de la Mercé."

Nazario no lo dice, pero él, como se aprecia en algunas de las fotos que circulan por la red, iba aquella tarde vestido de torero; no disfrazado, ojo, vestido. Por lo demás, resulta casi enternecedor observar el cálculo con que opera el poder, que primero olisquea la capacidad de convocatoria del acto y sólo luego se ¿arriesga? a subvencionarlo. 'Los barceloneses de entonces', decía, pero no todo está perdido. Hace poco más de un año, la familia Laguna abrió, en el tramo de soportal contiguo al número 12, el club Ocaña, donde confluyen de forma pasmosamente natural un café, una barra de cócteles, un bar y un restaurante. Unas veces me recuerda a un casinet de l'Empordà; otras, a un baño turco, y aun hay noches en que me ha llegado a parecer un gran café centroeuropeo. Debe de ser por su naturaleza eminentemente proteica por lo que, mediado el segundo gintónic, suelo jurarme en voz muy queda que el día menos pensado me quedo a vivir en cualquiera de sus barras. En cuanto a Losantos, a menudo me digo qué sucedería si de pronto apareciera en alguno de los locales que frecuentó de joven, en este Ocaña mismo. Después de todo (voy subiendo la voz) cómo no iba a tener derecho a su propia memoria el hombre que escribió este párrafo:

"Tuvimos la suerte de cumplir veinte años en Barcelona, de tener la ferocidad, la insolencia, la fe y la suerte de la juventud; [...] Recuerdo una noche en que llegamos pronto a Les Enfants y después de un par de horas bailando, nos fuimos al Colón, hasta que cerraron. Extrañamente, encendieron las luces y abrieron las puertas mientras sonaba un éxito de entonces: la versión de José Feliciano de Ché sará. Y cuando salía a la noche casi amanecida de las Ramblas yo oía la canción del joven emigrante italiano, como si me contaran mi propia historia, la incógnita que nadie podía despejar por mí [...] En la oscuridad lechosa de las cinco de la mañana, en aquella nocturnidad lívida aspirábamos el salobre olor del puerto, del mar sempiternamente oculto. [...] En aquellas madrugadas, la felicidad de lo por venir, la vivíamos con una sensación casi física de placer inextinguible".

Bien pensado, mejor no venga. Es una insensatez.

http://www.ocana.cat/es/


Clandestino (Speakeasy - Aribau, 162 (entrada propia por la calle Córcega)

Cada año, por Sant Jordi, el diario El Mundo da una fiesta en el Speakeasy, un restaurante que pretende recrear la atmósfera de clandestinidad de los tiempos de la ley seca. El local, que ocupa la trastienda de la coctelería Dry Martini, es también el almacén-bodega de este último, lo que favorece la pamema. Este año, la contraseña era "Montalbán-Bolaño-Moix", un guiño a los ausentes. Por supuesto, nadie la pide, es sólo un aderezo literario; otro trampantojo, si se quiere. Con ciertas fiestas ocurre como con el fútbol, que se ven mejor en diferido. Sólo al día siguiente sabré, por el retablo de fotos que acompaña la crónica de Leticia Blanco, que entre los invitados estaban la novelista Nuria Amat, el profesor Iván Tubau, el crítico teatral Marcos Ordóñez, el editor Rafael Borrás o quien fuera director de Ajoblanco, Pepe Ribas. En cambio se me aparecen con pavorosa nitidez la entrenadora de sincro Anna Tarrés, el concejal del PSC Jordi Martí o la corresponsal Núria Ribó. También está Antonio Luque, único integrante del grupo (¿?) Sr. Chinarro, y a quien se ve muy acaramelado con la periodista Llucia Ramis. Y el director de la tienda Santa Eulalia, Luis Sans, impecable como de costumbre. Ah, cuánto me hubiera gustado escribir los ecos de sociedad en un periódico indecente. El barman Javier de las Muelas, propietario del local, saluda a la concurrencia con un levísimo, frugal cabeceo, y lo hace, además, mientras alecciona a una camarera sobre el modo de llevar una bandeja vacía, que no es precisamente bajo el sobaco. Pero el verdadero anfitrión es hoy el director de la edición catalana de El Mundo, Àlex Salmon, a quien veo saludar a mi acompañante, una diputada de derechas que de cuando en cuando me saca de paseo. La gran virtud de este sarao es que le añade un punto de vicio al Día del Libro, una jornada que a mi juicio peca de relamida, de estomagante. A estas horas de la noche las rosas están ya mustias como una novia emputecida y los libros han perdido ese halo de infalibilidad del que han gozado desde primeras horas de la mañana. El consejero de Cultura, Ferran Mascarell, no está ni se le espera, lo que contribuye a engolfar el encuentro casi tanto como la ausencia de diputados de Iniciativa por Cataluña, a quienes no logro imaginarme con las bragas en la mano. Es precisamente cuando la fiesta agoniza y los últimos invitados nos diseminamos por el Dry Martini, en ese instante desmadejado en que falta ya poco para retirarse o liarla parda, cuando más impresión tengo de estar en un reducto de civilidad sin conciencia de serlo, lo que duplica su atractivo. Una Barcelona sin tutelas ni padrinos. Vuelvo a Montalbán, a Bolaño, a Moix. Quizás la clandestinidad no sea un guiño a los ausentes, sino a los presentes.

http://www.speakeasy-bcn.com/es/


Jot Down Nº 4 Rutas, junio de 2013

Contra crónica

La presentación el pasado lunes del digital barcelonés Crónica Global, que resulta de la fusión de La Voz de Barcelona y El Debat, reunió en un hotel del barrio de Les Corts a políticos del PSC, del PP y de Ciutadans. Los promotores del diario habían cursado invitación a todas las formaciones catalanas con representación parlamentaria, pero sólo acudieron al acto los representantes de los partidos contrarios a la independencia (Albert Rivera, Jordi Cañas y Carina Mejías por Ciutadans, Pere Navarro, Joan Ferran y David Pérez por el PSC y Alberto Fernández Díaz y Àngels Esteller por el PP). Bien es cierto que ICV-EUiA estuvo representada por un miembro de su gabinete de prensa, pero en lo que respecta a CiU, ERC y la CUP, ni siquiera medió una adhesión. Tampoco hubo representación del Gobierno de la Generalitat, pese a que Francesc Homs se hallaba entre los invitados. Completaban el antepalco de ausentes la presidenta del Parlamento, Núria de Gispert, y el alcalde Trias, al que, a decir verdad, nadie esperaba.

Dado que, tal como recoge su carta fundacional, Crónica Global aspira a "cubrir un espacio mediático en internet que está infrarrepresentado: el de todos aquellos ciudadanos de Cataluña que creen en los principios recogidos en la Constitución de 1978", habrá quien objete que soy un ingenuo. Cómo demonios pretende, se me dirá, que esas instituciones y, sobre todo, esos partidos, que hace ya años que abjuran de la Constitución, arropen el nacimiento de un diario de esas características. Creo, no obstante, que la democracia tiene mucho que ver con la desenvoltura en la adversidad, con la posibilidad de que un político, por muy contrario que sea al espíritu que anima tal o cual empresa, o precisamente por ello, sea el primero en brindar por su prosperidad. En el caso que nos ocupa, además, esa empresa es un periódico y no una salchichería (dicho sea con respeto y a sabiendas de que, como sucede con las salchichas y las leyes, de algunas noticias tampoco conviene saber su making of). Hablamos, en fin, de un artefacto indisociable de toda noción de democracia.

La institucionalización del desprecio entre catalanes es uno de los efectos de la deriva independentista del presidente Mas. En eso ha resultado, por el momento, la voluntad de quebrar España, en un asomo de fractura social que, en actos como el del pasado lunes, se muestra a las claras. En este sentido, la clase política no es un dique de contención: empiezan a ser ya muchas las conversaciones entre amigos y familiares que se ven ahogadas o mutiladas por no enredarse-en-discusiones o enemistarse.

Lo digo, claro está, asumiendo que pertenezco a un bando. Años atrás, en el canal catalán de TVE, había un programa llamado La Barbería que consistía en una tertulia futbolística entre políticos locales de diferente signo. Ahí estaban Francesc Baltasar (IC), Jaume Camps (CDC), Jaume Sobrequés (PSC), Enrique Lacalle (PP)… Eran los tiempos del oasis catalán, aquel almíbar. Bien, hoy en día, ya con todas las cartas boca arriba, no veo probable que Albert Rivera se faje con Francesc Homs en un programa de televisión a propósito de la posición que debe ocupar Neymar.

¡El oasis catalán! No es que hubiera fair play; es sólo que no había adversario.


Libertad Digital, 9 de octubre de 2013

jueves, 3 de octubre de 2013

Llamando a la Tierra

El llamado 'proceso soberanista', o 'proceso' a secas, tendrá al menos la virtud de hacer añicos el mito de la moderación catalana. No, no lo digo por que Otegi sea uno de los participantes en esa Comisión del Derecho a Decidir, que es en realidad una comisión por el derecho a decidir. Al cabo, desde que Artur Mas, haciendo suya la retórica proetarra, resolvió internacionalizar el conflicto, cabía prever esa posibilidad. Eso no quita, claro está que sea un escándalo, como hoy afirmaba Victoria Prego en El Mundo, pero no sólo por lo que Otegi hizo o dejara de hacer; también por lo que hace. O, más precisamente, por lo que dice. No en vano, el Parlamento catalán se dispone a darle voz a un individuo que no hace ni tres días declaró que el derecho a decidir es una vía de agua en la España de la Transición. A un tipo, en suma, que considera que el vector más atrayente del derecho a decidir (lo que le pone, vaya) es su contribución a la fractura del Estado español.

Sin embargo, si les hablaba de la templanza como quimera no era por Otegi, impermeable a esa clase de categorías, sino por la campaña El món ho ha de saber ('El mundo tiene que saberlo'), promovida por la revista de divulgación histórica Sàpiens (Grup Cultura 03), que, dicho sea de paso, recibió en 2012 una subvención de 13.815,91 euros (las otras dos cabeceras del grupo, Descobrir Catalunya y Cuina, recibieron, respectivamente, 12.511,94 y 12.732,22 euros; la sociedad civil, ya saben). La campaña, les decía, se llama El món ho ha de saber, y consiste en el envío del libro Catalonia calling, editado por la propia Sàpiens, a 10.000 personalidades, seleccionadas por los promotores entre los galardonados con premios como el Oscar, Bafta, Pritzker, Goncourt, Booker, Cervantes y Príncipe de Asturias.

En Estados Unidos, por ejemplo, han recibido el libro (o, en cualquier caso, la llegada del paquete postal es inminente) Woopie Goldberg, Viggo Mortensen, Tim Burton, Oprah Winfrey, Barack Obama, Beyoncé, Lady Gaga, Marilyn Manson y otros 240 famosos. Sí, yo también me muero de ganas de mirar por la cerradura y ver qué demonios hace Marilyn Manson con su ejemplar de Catalonia calling, que trae una entrevista (¡entrevista!) al exdiputado del PSC Germà Bel, azote de la España radial, y cuyo logro más cualificado, ahora lo sabemos, es la probabilidad de que Beyoncé le vea el careto.

Obviamente, y dado que estamos en Cataluña, el envío no es gratis. Cuesta, como poco, 15 euros, y en su modalidad premium, 50, lo que da derecho, además, a una camiseta y una suscripción de un año a una de las revistas del grupo.

Bien pensado, qué más da la cordura si, a cambio, la independencia desbanca a la guerra civil como principal industria cultural española. Y, como aquel que dice, sin bajar del autocar.


Libertad Digital, 2 de octubre de 2013

miércoles, 2 de octubre de 2013

La torna / El redondeo / The rounding

Al ver a esos docentes mallorquines sollozando cual figurantes de Ken Loach ante la aprobación del decreto de Tratamiento Integrado de Lenguas (TIL), me pregunto de dónde proviene ese desgarro melodramático, más acorde con el restablecimiento del sufragio censitario que con la derogación de la inmersión lingüística en catalán. Pero, sobre todo, me pregunto de dónde proviene esa resignada aflicción, esa envanecida soberbia, como si lo que estuviera yéndose a pique fuera en verdad la mayor conquista social que haya conocido jamás una comunidad española, y no uno de los vectores del sistema educativo que ha llevado a España a la cola de Europa, y a Baleares, con un 39% de fracaso escolar, a la cola de España. Asombra, en fin, que los arietes de la llamada comunidad educativa tengan el cuajo, aunque se trate ya de un cuajo puramente sentimental, de oponerse al TIL en nombre de la calidad de la enseñanza. Como si lo que hubiera que preservar fuera un ecosistema de vital importancia para el género humano, y no el lodazal en que se ha convertido la enseñanza tras casi un cuarto de siglo de pedagogía posmoderna.

Como saben, el TIL prevé la implantación en Primaria y ESO de la enseñanza trilingüe (catalán, castellano e inglés) en idénticos porcentajes. Es probable que, de buen principio, el inglés no alcance el porcentaje del 33%, y que la lengua que se beneficie de ello sea el catalán. ¿Corazonada? Antes bien, indicio: el proyecto elaborado por algunos de los centros (los centros, en efecto, gozaban de una cierta autonomía para plasmar el decreto) reserva el castellano para asignaturas de Educación Física o Plástica. Tales son los casos, por ejemplo, del IES Berenguer d'Anoia y del IES Sureda i Blanes.

Sea como sea, y al igual que cualquier otra normativa, el TIL no será impermeable a los desajustes de primera hora. Y no precisamente por dejadez del Ejecutivo, que ha establecido que el plan se aplique de forma gradual, de modo que en el presente curso tan sólo se beneficien de él 6.000 de los 150.000 alumnos que cursan Primaria y ESO en las Islas Baleares. Más problemática resulta la competencia lingüística de los profesores encargados de la fase inicial.

Es verdad que, al tratarse de un plan escalonado, la primera fase requiere 570 profesores de los 15.000 de que dispone la comunidad (incluyendo los centros concertados). Y no es menos cierto que, de esos 15.000, 3.875 cuentan con el nivel B2 de lengua inglesa, que les capacita para relacionarse con fluidez con hablantes nativos y para producir textos detallados sobre temas diversos, según recoge el "Marco común europeo de referencia para las lenguas". Sin embargo, no les capacita para impartir clases. Para ese fin, ciertamente, se requiere el nivel C1, es decir, el inmediatamente superior, y hoy por hoy no hay en las islas 570 profesores entre esos 15.000 que lo acrediten. (¡Eso en la isla de Magaluf, suburbio de Liverpool!). A fin de parchear esa carencia, el Gobierno empezó a formar durante el curso pasado a 1.315 profesores, pero todo indica que los comienzos del TIL serán más bien inciertos.

¿Tiene algo que ver la huelga de profesores con las insuficiencias de que adolece el plan? Mucho me temo que no, que los docentes no han tomado la calle por la brusquedad o apresuramiento con que el Gobierno ha acometido la empresa, sino por el porcentaje de castellano a que obliga la norma. O en otras palabras: por lo que el TIL supone de restablecimiento de la legalidad y, de algún modo, también de la realidad.

En la obra La torna, por la que sufrió un consejo de guerra, Albert Boadella recreó los últimos días de la vida de un delincuente común, el subdito alemán Heinz Chez, a quien Franco mandó ejecutar el mismo día que a Salvador Puig Antich. El régimen trataba, de ese modo, de restar significación política a la ejecución del activista. El inglés del TIL también tiene algo de torna. Y es que hasta qué punto habían llegado las cosas que para lograr que un grupo de alumnos españoles estudie en español no ha quedado más remedio que enseñarles (al fin) el inglés.


Libertad Digital, 25 de septiembre de 2013

lunes, 23 de septiembre de 2013

Hacia el medio y centradito


 
El Waldor Cinerama, a finales de los sesenta. / Xarxantoni.net

Primero fue el Waldorf, al que mi padre me llevó a ver, el veinticuatro de diciembre de 1976, King Kong. Debimos de ir a la sesión de las siete porque esa noche, como cada Nochebuena, cenamos en casa de mis abuelos, en la Barceloneta. No, no he rastreado la hemeroteca para dar con la fecha exacta, sino al contrario; gracias a que la recordaba con absurda nitidez, como recuerdo casi todo lo demás, localizar la cartelera de ese día no me ha resultado difícil. Tal vez es que soy un tipo impresionable y lo soy, además, en un sentido literal, algo así como un memento inverso. Pero estábamos en lo alto del World Trade Center. No en vano, el King Kong al que me refiero no es el clásico, sino el de Jessica Lange y Jeff Bridges. Por entonces, el Waldorf era un cinerama de los de pantalla curva, como lo fueron el Nuevo y el Florida. Y eso mismo sería durante los siguientes nueve años. Hasta que el veintiuno de diciembre de 1985, y tras un periodo más o menos fantasmagórico que coincidió con el auge de los primeros videoclubs, pasó a convertirse, con cuatro salas, en la primera multisala de Barcelona (el Publi, el Alex y el Casablanca, con dos salas, no podían considerarse multisalas, y el Pelayo y el Comedia, pese a su condición de pioneros en la atomización de la oferta, no pasaban de tres pantallas). Ese día, sábado, se proyectaron, en riguroso estreno, las películas Legend, Santa Claus, Comando y Las minas del Rey Salomón. Llama la atención cómo en la cartelera de aquellos años, cuando menos en la de La Vanguardia, los títulos venían acompañados de una exigua leyenda que daba una pista acerca de la película en cuestión. Un gancho, en suma. Así, Legend, la película de Ridley Scott, en cuya breve filmografía se contaban ya dos clásicos, Alien y Blade Runner (esos dos filmes, de hecho, se publicitaban como aval en el cartel); Legend, decía, llevaba como reclamo el subtítulo «mucho más allá de la imaginación». Lo de Santa Claus no era tanto un subtítulo cuanto un eslogan sesentero, como de agencia de Mad Men: «Un personaje de leyenda, que maravilla a grandes y pequeños»; la propuesta de Las minas del Rey Salomón viraba hacia el avance de programación típicamente televisivo: «La estela de la aventura llega a su cota máxima con Richard Chamberlain»; y el señuelo de Comando se inclinaba por la sinopsis desganada: «Un hombre que destruye a cuantos se interponen en su camino».

No obstante, y más que las multisalas en sí, lo que levantó una gran expectación fue que el precio de la entrada, que rondaba las cuatrocientas pesetas, se abarataría los miércoles hasta las doscientas. Era el día del espectador, que, en lo que a mí respecta, contribuyó a cimentar una afición un tanto aletargada desde que, con poco más de diez años, asistiera al ocaso de las salas de reestreno de la Barceloneta, que fue mi cascarón. Ah, el día del espectador. Me especialicé, y crean que es un verbo que me repugna, en apostarme cada miércoles en la taquilla del Waldorf y mendigar lo que a bien tuvieran quienes guardaban cola. En realidad no mendigaba, sino algo peor: fingía entre aspavientos que, debido a un descuido, en lugar de doscientas pesetas solo llevaba ciento setenta y cinco: lo habitual era que algún alma caritativa me diera los cinco duros que me «faltaban»; y así, de cinco en cinco, reunía el dinero de la entrada. Pero claro, fueron muchos miércoles, muchos ‘descuidos’ y, sobre todo, demasiados aspavientos.. El miércoles en que fui a ver Platoon un gigantón que, al parecer, ya me había soltado cinco duros en otra ocasión, casi me rompe la crisma. Lances del toreo. Eso sucedió el uno de abril de 1987; no, no es que mi anomalía alcance la aberración infinitesimal, pero sé a ciencia cierta que se trataba del primer miércoles tras el estreno, que, según consta en la cartelera, tuvo lugar el jueves anterior, esto es, el veintiséis de marzo. Hay, claro, otro gancho nemotécnico. Ese día me acompañaba Carme, una compañera del instituto a la que besé en el instante en que Elías (Willem Dafoe) corre a cámara lenta bajo el fuego de los charlies, que lo acaban abatiendo como un Cristo doliente. En realidad no besé a Carme, pero si la hubiera besado habría debido hacerlo en ese instante. Elías sigue cayendo desde aquel día.

El Waldorf cerró.

También cerró el Rex, en la Gran Vía. Hubo un sábado en que mi padre me sacó a rastras de la habitación para que conociera Amarcord. Fue lo más parecido al hielo que jamás me mostraría. Aún recuerdo su expectante nerviosidad, ese prurito de satisfacción del que tiene la certeza de estar guiando a su cachorro entre la maleza de un territorio mítico. Como cuando yo con diecisiete le dije a mi hermano «escucha esto, Jordi», y Rafael Amador se adueñó del verano.

El siguiente en cerrar fue el Urgel, la mayor sala de Barcelona, con 1382 localidades. De la fealdad arquitectónica de los cines se ha hablado poco. No he pisado en mi vida un solo cine del que no quisiera salir huyendo al término de la película, como si, al desvanecerse el hechizo, el interiorismo del local cobrara un aspecto intolerablemente grotesco, ya fuera por los descabellados ceniceros de peana, por las barras de bar de crucero barato o por el aire de lisiado (tirando a Millán Astray) de algunos empleados. Pues bien, en este sentido, el Urgel fue una cumbre estética, en lo que bien podría considerarse el canon Balañá, coronado por la aparición en pantalla de la nieta de don Pedro, que pedía silencio a los presentes antes del comienzo de la película.

Queda el Renoir Floridablanca, un enjambre de salas de V.O. en el que en más de una ocasión me he visto solo; gozosamente solo, he de aclarar. Ni la institución del día del espectador (los lunes, a 5,50€), ni los descuentos asociados al carnet de socio parecen suficientes para parchear la sangría de público. Así las cosas, el IVA del 21% resulta un gran consuelo para todos aquellos espectadores que hace ya tiempo que tiraron la toalla. Y es que a Wert, a poco que se descuide, le van a endosar hasta la extinción del atún rojo.

Hoy, al escuchar Los fantasmas del Roxy, de Joan Manuel Serrat, he experimentado la sensación, no sé si gratificante, de pertenecer a la grey de los que en algún momento u otro de su vida se quedaron sin cines. Ojo, no sin aquella sala pintoresca de reestreno en la que no besamos por primera vez a una mujer, no. Sin cines; así, a secas. ¿Filmin? Un servicio satisfactorio, sin duda. Como lo es el sushi a domicilio, siempre que no sea la alternativa a quedarse sin restaurantes. Como lo es servirme un whisky a media tarde, siempre que ello no suponga el cierre de los bares donde tomarse uno.

Aunque sea solo, ya digo.


Jot Down, 23 de septiembre de 2013

jueves, 19 de septiembre de 2013

No nos engañan

La reacción al ataque ultra a la librería Blanquerna por parte de la prensa y los políticos españoles no merece otro calificativo que el de ejemplar. No ya por la diligencia y unanimidad en las condenas, que también (aunque, para mi gusto, sobrasen algunos aspavientos), sino porque no hubo reproches a las víctimas. Nadie osó decir, por ejemplo, que la agresión había sido intolerable, pero que, claro, eso de celebrar la Diada en Madrid era una provocación, más si cabe con-la-que-está-cayendo. O que, en el fondo, tanto agresores como víctimas eran uno y lo mismo, esto es, extremistas adscritos, respectivamente, al bando nacionalista español y al bando nacionalista catalán.

En general, ya les digo, no puedo sino celebrar que a las condenas no siguiera la habitual alharaca adversativa. A diferencia, por cierto, de las decenas de agresiones que los promotores de Ciutadans sufrimos en Cataluña durante el proceso de gestación del partido, allá por 2006. Yo mismo, sin ir más lejos, tuve que salir del Centro Cultural de Martorell, donde había intervenido en una charla-coloquio junto con Félix Ovejero, protegido por la Guardia Civil. Era, no se me borrará de la cabeza, un 23 de febrero. Aquel año y el siguiente no hubo acto pro Ciutadans que no fuera boicoteado por un comité de bienvenida independentista. Este mismo diario publicó en febrero de 2008 un artículo que recoge algunas de las agresiones habidas en aquel periodo. Y no sólo contra los impulsores del nuevo partido; también contra el entonces presidente del PP catalán, Josep Piqué; contra Mariano Rajoy, entonces jefe de la oposición, o contra el presidente de Convivencia Cívica Catalana, Francisco Caja. La violencia intimidatoria que desplegaron los cachorros de Maulets dejó episodios ciertamente dantescos, como el sufrido por Arcadi Espada, Victoria Prego y José Quiroga, que se llevó los golpes, en el auditorio Narcís de Carreras, en Gerona, o el asalto y destrozo, el día de Sant Jordi de 2007, de un puesto de libros regentado por simpatizantes de Ciutadans. ¿Spray de pimienta, dice? No sé si de pimienta, pero a nosotros también nos rociaron, ¡vaya si nos rociaron!

Ni que decir tiene que, conforme al protocolo con que la prensa comarcal fue deglutiendo la violencia nacionalista, ninguno de aquellos agresores fue tenido por fascista. Eran extremistas, radicales, independentistas e incluso revoltosos, pero no fascistas. Eran sólo catalanes; algo díscolos, sí, pero catalanes, lo que, sin duda, contribuyó al hecho de que los mossos velaban por nuestra integridad (a regañadientes ellos y después de mucho pedirlo nosotros) no tuvieran el menor empacho en pactar el cese de hostilidades con los mozalbetes de turno. Pactar, sí, porque a cambio de desalojar el recinto, cualquiera que fuese, se les permitía irrumpir durante unos minutos en el auditorio, sala de actos o aula magna, lo que fuera que albergase el acto en cuestión, y cantar Els Segadors. ¿Se imaginan que la policía nacional hubiera llegado a Blanquerna a tiempo de detenerlos y, en lugar de proceder a ello, hubiera tolerado a los brutos entonar el Cara al Sol? ¿Acojonante, no? Pues eso, pero con Els Segadors como detente bala, ocurrió en Cataluña hace no mucho. Y, claro, cómo iban los Mossos a prohibir que los niños cantaran Els Segadors; de hecho, en qué cabeza cabe comparar Els Segadors con el Cara al Sol. Cómo va a uno a estar en contra, en suma, del derecho a decidir de aquellos improvisados orfeonistas.

Les hablaba al comienzo de la justeza con que la prensa española se había empleado al encarar los hechos de la librería Blanquerna. Así y todo, permítanme una objeción (¡alharaca adversativa!). Las piezas de apoyo en que se glosaba la actividad ultraderecha en España debieron versar sobre el único partido ultraderechista español que presenta signos reales de vitalidad, amén de 67 concejales (entre los que se cuentan dos concejales en Hospitalet de Llobregat, tres en Santa Coloma, Sant Boi y Mataró). Se llama Plataforma por Cataluña y, como su nombre indica, es tan genuinamente catalán como las sardanas, l’ou com balla o, como hace al caso, la longaniza de Vic.


Libertad Digital, 18 de septiembre de 2013

Una gran anomalía

Lo primero que sorprende de Cataluña es que sea el poder quien convoque las manis. El Gobierno catalán pretexta enfáticamente que las movilizaciones no son cosa suya, sino de lo que denomina sociedad civil. Para que se entienda qué es eso de la sociedad civil iremos al cine. En El escándalo de Larry Flynt hay una escena en que el protagonista, el editor de pornografía Larry Flynt, asiste a una convención organizada por una agrupación que se hace llamar Estadounidenses por la Libertad de Prensa. Uno de los esbirros del editor, en un aparte, le hace saber su alegría por que los defensores de la libertad de prensa les hayan invitado al acto, a lo que Flynt responde:

No seas idiota, los defensores de la libertad de prensa somos nosotros. ¿Quién te crees que paga todo esto?

La cita es tanto más pertinente cuanto que Artur Mas, a su modo, también es pornógrafo. Lo que le diferencia de Flynt es que la causa que decía defender este último, siquiera de forma oportunista, sí tenía que ver con los derechos civiles.

Otro rasgo anómalo es que el Gobierno no tenga oposición. O, por ser más precisos, que Esquerra Republicana de Catalunya, el partido que se arroga la jefatura de la oposición, sea en realidad el principal sostén del Gobierno. Se trata, obviamente, de un déficit democrático cuya inadvertencia se debe al velo viscoso que en Cataluña lo envuelve todo. El mismo que difumina, hasta prácticamente confundirlos, los perfiles de lo público y lo privado, el Gobierno y la familia, el fútbol y el país o el partido y la televisión.

Ah, la televisión. La retransmisión del Barça-Osasuna del 10 de septiembre de 1983, de la que ayer se cumplían precisamente 30 años, fue la primera emisión de TV3, un artefacto propagandístico que, sin el menor disimulo, ha ido tallando una imagen de Cataluña a imagen y semejanza de ese enclave moral que el nacionalismo da en llamar nación cultural, y que consiste en la perversa identificación entre lengua, identidad y cultura. Sin ese foco de irradiación, la Cataluña de hoy en día sería inconcebible. Pedagogía del odio, folklorismo irredento y sobreexposición de soplapolleces de variada índole (empezando por las soplapolleces de la audiencia, a la que se han abierto las puertas para que exhiba el álbum familiar, un amanecer o lo bien que suben los críos) son los rasgos primordiales de una televisión íntegramente dedicada a exhibir, con todo lujo de detalles, el mismo paisaje que contribuye a fabricar. No hay que descartar que el íntimo deseo de esos miles y miles de manifestantes por la independencia sea el mismo que el de los leperos del Meteosat: salir por la tele. O, como señalan con ínfulas los promotores de la cadena humana: hacer Historia, poder decir "jo hi era".

Una de las consecuencias de este atraso, o quizás su causa misma, es la exclusión del Gotha de los talentos desafectos al régimen. Me refiero a personajes como Miguel Poveda, Loquillo, Ferran Adriá, Sabino Méndez, Mario Gas, Albert Boadella, Sergi Arola, Ferran Toutain, Juan Carlos Girauta, Ignacio Vidal-Folch, Francesc de Carreras, Félix de Azúa, Xavier Pericay, Arcadi Espada, Iván Tubau o Salvador Sostres. Lo que demuestra, por otro lado, que el nacionalismo es profundamente antipatriótico.

En Cataluña hay sindicatos, sí, pero se pliegan a la trompetería del Gobierno. Sin llegar a ser lo que conocemos por sindicatos verticales, lo cierto es que una gran mayoría de sus consignas se hallan supeditadas al complemento de país, lo que se traduce en secundar toda suerte de vindicaciones nacionalistas. Así, más que un sindicalismo de clase, lo que ha acabado imponiéndose en Cataluña es un sindicalismo de país.

Al parlamentarismo de país y el sindicalismo de país siguió, el 26 de noviembre de 2009, la prensa de país.

No, el editorial no se escribió solo. El autor fue el periodista de La Vanguardia Enric Juliana, que suele esgrimir la tesis de que Cataluña es una mujer maltratada, lo que convierte la ruptura en algo perfectamente razonable. En uno de sus más recientes artículos, Juliana aseguraba que, mientras los diarios catalanes se habían ocupado de la candidatura de Madrid 2020, el diario ABC no había hecho lo propio con la de Barcelona 92 en 1986. La portada del ABC del 17 de octubre de 1986, decía, no hacía mención de la candidatura de Barcelona. Llevaba razón, claro. Lo que omitía es que la portada del día siguiente, la del 18 de octubre, estaba dedicada a la elección de Barcelona como sede de los Juegos del 92. Juliana sabía, evidentemente, que las portadas de ABC de aquel entonces eran monotemáticas, lo que hacía imposible la coexistencia de noticias. Así, cabe deducir que los responsables del diario, a fin de evitar la repetición de portadas, optaron, con buen criterio, por dedicar a Barcelona la del 18, es decir, la del día siguiente al veredicto. Ahora bien, que Barcelona fuera portada el 18 no quiere decir que el 17 no se hablara de ella en el interior del diario. De hecho, y tras las secciones habituales del comienzo, Barcelona era uno de los dos temas de apertura. Asimismo, uno de los tres editoriales estaba dedicado a ella. Y, por si eso fuera poco, la sección de Deportes estaba protagonizada por la crónica del enviado especial a Lausana, Andrés M. Varela. En la página siguiente, además, había una pieza de apoyo, ciertamente osada, sobre los miembros del COI. Coronaba el despliegue una columna de Gilera.

Página de apertura, editorial, dos páginas en el interior y una columna de opinión. Esto es lo que Juliana entendía por asimetría: la que, según su peculiarísimo enfoque, había entre la atención de los diarios catalanes a la candidatura de Madrid 2020 y la desatención de los madrileños a la de Barcelona 1992. De este modo, y a semejanza de una profecía autocumplida, la justificación de la desafección catalana a partir de esa asimetría (falsa de punta a cabo) es el único argumento de los desafectos.

Conste que Juliana, a quien suelo leer con gusto, es un exquisito comparado con la mayoría de los arietes del nacionalismo. Días atrás, por ejemplo (en Cataluña nunca hay que ir muy lejos para rescatar un caso que venga al pelo), el director del digital Vilaweb, Vicent Partal, acusó al PSC de "bascular hacia el fascismo" por aproximarse esta formación a los planteamientos del Partido Popular y de Ciudadanos, éstos sí, fascistas palmarios. La caracterización del adversario político como fascista (o como español, uno y lo mismo en el credo de Partal) es el pa que s’hi dóna en Cataluña (conèixer el pa que s’hi dóna, "conocer el pan que se da", es una expresión con que los catalanes designamos el conocimiento de los riesgos habituales de cualquier empresa).

Así las cosas, y teniendo en cuenta que Cataluña es un cúmulo de anomalías, que el consejero de Cultura del Gobierno de Artur Mas, Ferran Mascarell, endose el término a España no sólo ilustra su desvergüenza. Además, confirma un salto cualitativo: hasta hace al menos un par de años, la piromanía política era un vicio estrictamente popular y mensurable, limitado a los Carod, Colom y alguna que otra escaramuza de Pujol. Como en el pueblo de Amanece que no es poco, el reparto de papeles propiciaba una atmósfera no del todo respirable, pero en modo alguno tóxica. Hoy, en cambio, el aire es nauseabundo.

(Mientras escribo, a no más de 50 metros de mi portal, cientos de conciudadanos forman uno de los tramos de cadena humana. Si no fuera porque la mayoría de ellos son adultos, se diría que forman la fila del comedor. A las 17:14 han levantado la vista y sonreído al helicóptero. Qué tragaderas, la Historia).


Libertad Digital, 11 de septiembre de 2013