domingo, 30 de julio de 2023

Desactivar a Vox

El Partido Popular hizo suya en campaña la honrosa declaración de que los extremos son nocivos, y no dejó de proclamar que la forja de grandes acuerdos pasa inexorablemente por que tanto la izquierda como la derecha rehúyan las alianzas con sus respectivos Mr. Hyde. Al PSOE, en cambio, y salvo por algún conato de arrojo baronil (obviamente monetizable) y las andanadas de fogueo del socialismo clásico, al que acaso por respeto a nuestras feministas clásicas deberíamos calificar «de salón»; a los Sánchez, Iceta y Bolaño, en fin, no se les ha escuchado decir que el radicalismo, genéricamente considerado, es un obstáculo para el progreso general. No hay, de hecho, en el discurso de la progresía realmente existente, ninguna prevención frente a «la intolerancia de uno y otro signo».

El escamoteo de dicha simetría remite vagamente, siquiera por correlación sintáctica, al miserable ritornelo «condenamos la violencia venga de donde venga», con el que los otegis pretendieron rebatir la naturaleza unívoca, unidireccional y uniceja del terrorismo. ¿Pretendieron? Dije mal: pretenden, y así ha de constar. Sea como sea, en España, y en virtud de la hegemonía prisaica (en absoluto privativa de los medios izquierdistas) se da el insólito fenómeno de que el espectro político no es una recta separada por dos puntos, pues sólo hay uno: Vox. El otro, el que debería estar representado por la comunista Yolanda Díaz y su cuerda de antisistemas, emulsión que aboga por el derrocamiento de la Corona, la «resignificación» del pacto constitucional y la conversión de España en una suerte de colmenilla a no menos de 15 minutos entre celda y celda; ese otro polo, el que con arreglo a cualquier tratado debería llevar el nombre de ultraizquierda, ha eludido esa categoría. Por decirlo en un lenguaje asequible a Díaz: cualquier formación española está facultada para fluir, para autodeterminarse nominalmente como le venga en gana («Proceso de Escucha», «Esquinita del Tablero», «Izquierda Rosa»,«El Espacio de Yolanda»); cualquiera menos Vox y, en menor grado (pero no en mucho menor), el PP. Y con «nominalmente» he sido generoso: dado el sanchismo, también la esencia, el tuétano ideológico, es susceptible de mutación. Ahí va Ortuzar, arrogándose el mérito de haber frenado… ¡a la derecha! Dios, Kortatu y Leyes Viejas.

Vox, ciertamente, tiene en su ideario nuclear aspectos no poco desdeñables, entre los que se cuentan un antiextranjerismo irrefrenable («es oír extranjero y ya no escuchan más», terció Isabel Díaz Ayuso a cuenta del bloqueo de los de Monasterio a una ley de incentivo a la inversión), la indisimulada inquina a las grandes ciudades en tanto que pandemónium de leso mestizaje (una de las razones por las que en Madrid están condenados a la irrelevancia), la aversión a la modernidad, el culto a la conspiranoia globalista (otra forma, sabrán disculparme, de sororidad). Y, unificándolo todo, una tosquedad a prueba del más elemental pudor, como de matachín del viejo Chicote, admirablemente plasmada en su pavorosa cartelería.

Ahora bien, no cabe situar a Vox en pie de igualdad con una multifacción que reivindica orgullosamente el comunismo (no el comunismo que forjó la Transición y asumió la rojigualda, no, sino el de la constelación de rupturistas que han florecido al calor del podemismo). Sánchez no sólo ha logrado orillar esa evidencia; además, la ha pervertido, al punto de agitar un espantajo, el del miedo, que muchos creíamos desactivado.

Mientras desbrozamos los factores que han llevado a ello, sirva como guía el tratamiento que Isabel Díaz Ayuso infligió a Vox en Madrid: 1) afirmar su carácter legítimo y constitucional, 2) impugnar la caricatura que de él esboza la izquierda, 3) poner de manifiesto todo aquello en lo que PP y Vox coinciden, sobre todo en lo que concierne a prestigiar las instituciones del Estado, reforzar la unidad nacional y combatir la cultura woke, 4) no dejar de incidir, sin escatimar un ápice de displicencia, en todo aquello en lo que divergen (pin parental, supresión de la ley trans, prohibición del aborto, criminalización de la inmigración). El resultado de ese manual: mayoría absoluta del PP, y Vox, a la silla de pensar.

The Objective, 30 de julio de 2023

jueves, 9 de marzo de 2023

Belushi: biografía desautorizada


En el verano de 1982, Bob Woodward recibió una llamada a la redacción del Post. Judy Jacklin, la viuda del actor John Belushi, fallecido tres meses atrás por una sobredosis de speedball, le pidió que indagara en las circunstancias de su muerte con el fin de formalizar un relato plausible, magnánimo y elegíaco acerca de su vida. 530 páginas después, Woodward concluyó que, en efecto, el despeño de Belushi era un misterio extraordinario, mas no en el sentido intrigante que atormentaba a su esposa, sino en la acepción de que la piel es insondable. A lo sumo, y estirando el chicle, diríase que Belushi conspiró contra sí mismo desde que empezó a fajarse con el éxito. Tal vez por ello la crónica de Woodward es, antes que una biografía al uso, la trazabilidad de una autopsia. No en vano, el blues brother puso todo su afán en morir joven y, a despecho del tópico, dejar un hórrido cadáver de 140 kilos.

Para llevar a cabo una empresa como la que acometió Woodward, resultaba de obligado cumplimiento dejar a un lado los adjetivos. Reparé en ello al poco de comenzar la lectura. Acostumbrado como estoy a tanto rizo extemporáneo, no me fue difícil apreciar que Belushi durmió, Belushi cantó, Belushi se drogó y Belushi, ay, soñó. En realidad, la aspiración del autor no solo pasaba por la elisión de los adjetivos, sino también de los nombres. Le alcanza, en efecto, con el relato alucinado de un trozo de carne atravesando la noche en busca de su propio reflejo.

En la madrugada de la muerte de Belushi, pasaron por su bungalow del Chateau Marmont, donde el cómico había fijado su residencia (o, por mejor decir, su ataraxia), jovenes airados como Robert de Niro o Robin Williams, estrellas en ciernes que por entonces quemaban Los Ángeles a golpe de farla.

Sostiene Woodward en un sinnúmero de pasajes que la llamada a tal o cual dealer se produjo a las (cito al bulto) tres y veintisiete minutos de la madrugada. Resultaría obsceno no preguntarse cómo Woodward se atreve a incrustar en el texto esos ‘veintisiete’. La respuesta son 217 entrevistas más un exhaustivo escrutinio de agendas, diarios, listados telefónicos, cartas, fotos, registros de hotel, facturas de limusinas, recibos de taxi… Dos años y medio de trabajo en que el bisoño ayudante John Ward Anderson desempeñó una función crucial. 

Sea como sea, la exactitud en el manejo de los datos no es un alarde preñado de fanfarronería, sino el nítido recordatorio de que el sintagma ‘periodismo de precisión’ es un pleonasmo.

John Belushi actuaba al tiempo que se pinchaba y al tiempo que comía y al tiempo que dormitaba y al tiempo que… ¿follaba? No. La gran aportación de Woodward a la historia universal de lo escabroso es la confirmación de que el sexo de los drogadictos es fútil, accesorio, morcillón. Digámoslo ya: el eslogan “sexo, drogas y rock and roll” es una de las mentiras más solemnes que adornó el siglo XX. Así y todo, y puesto que incluso el más tétrico de los drogadictos siente de tarde en tarde una vaga pulsión animal, Woodward es consciente de que no cabe la posibilidad de escurrir el bulto. ¿Y cómo logra encarar lo que no puede ser sino irrelevante? Sobre todo, recurriendo a omisiones. John Belushi y Fulana de Tal llegan a casa de ella sobre las cinco. Belushi se va a las ocho y cuarto. Esos saltos temporales despliegan un alud de imágenes en que entrevemos un fardo temblón arremetiendo en vano contra una sombra. 

En el bungalow del decadente Marmont, Belushi recibía a tipos con los que había trabado amistad eterna tres días antes, camellos que le bailaban el agua y, en general, un carrusel fantasmagórico que, durante días, fue asistiendo en riguroso directo a su derrumbe. Salvo Dan Aykroyd (con quien formó un dúo para la posteridad) y Robert de Niro (que ocupaba una habitación en el mismo hotel y mostró algo semejante a una preocupación sincera por su colega), quienes acompañaron a Belushi en sus últimas horas eran hombres y mujeres tan terminales como él.

La forma como Woodward organiza ese material entraña un riesgo fascinante. Al segmentar el texto en cada uno de los días postreros de Belushi (1 de marzo, 2 de marzo…), Woodward ciñe el relato a una cronología que en puridad es inexistente. En su metódica carrera hacia la tumba, Belushi implora el afecto de su mujer a horas intempestivas, aguanta hasta cuatro días sin dormir, asiste a largas reuniones de trabajo en las que termina por desmayarse, rememora los días de Saturday Night Live con el mismo aire crepuscular con que Gloria Swanson reclamó su lugar en el olimpo.

Ya en ese instante, el cómico lenguaraz, geniudo e irreverente no es más que un desecho corroído por la paranoia, la soberbia, el odio. Con todo, Woodward atrapa con suma habilidad el deje conmovedor que aflora en algunas de las habladurías de Belushi. Y ultima el reto de contar su vida exagerada sin incurrir en juicios simplistas ni encomendarse al filón de las señales premonitorias. Con esa rara bonhomía que en ocasiones brota de la frialdad.

A Judy, la viuda de Belushi, le desagradó la obra de Woodward. Éste comprendió su reacción: «Demasiada verdad». 


Como una moto. La vida galopante de John Belushi, de Bob Woodward.

sábado, 31 de diciembre de 2022

2022: palabrerío sin sucursales

Gripalizar, desvacunizar, tiktoker, teruelización, metaverso, sorochka, deflactación, reventón (térmico), despechá, ucraniano, chanelazo, sexilio, topar, fomo, criptosecta, bronquiolitis, muchaaaaachos, nepobaby, endemia, bomba (ciclónica), chatgpt, permacrisis, pichula.

viernes, 9 de diciembre de 2022

La vida, F5

Los Baños Orientales. La playa Libre. Escuela Bosc de Montjuïc. Cine Marina. Cine Barcino. Bruce Lee. Los siete vampiros de oro. Qué pasa contigo, tío/conmigo qué va a pasar. Bomba macha en la Cova Fumada. El perro Boli me roe el tobillo. Godzilla contra David Farré y gana David Farré. El tren de la bruja. Salón de la Infancia: mi padre me obliga a participar en el juego de sillas y, contra mi pronóstico, quedo primero y me premian con un arco y unas flechas. Argentina-Holanda: ¡Gol de Nanninga! Irene: “Me voy a otro colegio”. ¿Eso no era un tiburón? Mamá, ya sé qué quiero ser de mayor: Laurie Cunningham. ¡Cala Conta, Cala Bassa, Cala Tarida! Instituto de Bachillerato Jaime Balmes. Los putos rotrings. Tener Fortuna es... vivir a tope. Raúl. Maria del Mar. Madrid. La Mala Fama. ¿Podemos fumar? De estranquis. LCR. Expulsión inmediata de la LCR. ¿De aquello queda algo? Diana. Un concierto de Camarón en el Palau, en junio del 89. 

Señores, buenas noches...

¿Quién te ha quitaito el color? 
Que estás tan descoloría 
Te lo quitó un marinero 
Con palabritas de amor. 

La muerte de mi tete Gabino; el lamento inaudible de mi yaya en el Salón de Ciento del Ayuntamiento de Barcelona. A mí esto no me sube. Gol Sur. Barcelona-Bellaterra FF.CC. Silvia. El Ciervo. Cadaqués. Ingrid y Violeta. El profesor Iván Tubau describe en El Periódico un atardecer y me animo a escribir; ese artículo habrá de inspirarme de por vida. Toni y Núria. Zeleste, 1991-1995: Jonathan Richman, The Black Crowes, Suede, Radiohead, The Cult, Césaria Évora, Khaled. 23 de abril de 1993: Teresa, al salir del KGB. La puerta echada en el bar los Tonis y el tío Paló a los mandos. Mira bien, que seguro que algo queda. Calabozos de Nou de la Rambla. Verónica Sanz: “Me voy a Miami”. Vas a tener que hacer algo con tu vida, hijo. Periodismo sur. Milán, París, Londres. Cristina. Cómo me gusta que leas. Aqaba, Palmira, Stromboli. ¿Seguro que eso no era un tiburón? Lola. Lola. Lola. Raúl me sugiere que participe en un concurso literario convocado por el diario Marca y, contra mi pronóstico, quedo primero y me premian con 30.000 euros. Laura. Laura. Laura. ¿Otra vez leyendo? Ka. L'Emporrdà. Gualta, Calella, Ullastret. Los jueves de Can Vallès con Miguel. Arcadi. Tentadero Ediciones. Ciutadans. Separación. Vero. Oriol: "¿Hay algún bar que no conozcas?". Plaza del Raspall. En mala hora me fui, María. Docencia en la Escuela de Escritura del Ateneo Barcelonés. Iolanda. Rumba de la playa Libre. Factual. Cada día calienta más el sol de aquella mañana. Laura y Ponyo. Yvonne: un trío canta 'La gloria eres tú' en el bar La Ópera del DF. Crema de chocolate y menta con Milena, en el Matís. Bruselas. Patricia. Rafa. Madrid. Lo del covid. Nieva en Lavapiés. ¿Socialismo o libertad? Libertad, on vas a parar! De pas(e)o por el Retiro. Molde roto. Bilbao, ida y vuelta. El encendido de Navidad con mi hija Lola, y un bar de La Latina donde podría haber aparecido Bertín Osborne. El Perrate, etc. Una heroína inesperada llama a los españoles a hacer algo con sus vidas. En unos minutos, Holanda-Argentina. Se disputa en invierno. También era invierno, niños, cuando Nanninga emergió del confeti para hacer el silencio en el Monumental. Ya.

sábado, 3 de diciembre de 2022

Made

La chacona del Perrate es un misterio. Describe lo que podría ser una rave del siglo XVII y, a la vez, invita al oyente a participar en ella. Una inmersión en clave burlona entre pillos, negros y putas a la que, por poco amor propio que tenga uno, es imposible resistirse. Salir muerto de esa barahúnda es altamente probable pero la vida es un deporte de riesgo, sobre todo si es vida, vidita y bona. A nadie más que a mí (establezco conexiones un tanto disfuncionales) se le habría ocurrido que la boda de Almadán fuera un plagio de Qualsevol nit pot sortir el sol, ni que el Verdejo, a las 21.03, semejara el reverso luminoso d'heus aquí Blancaneus, el Pulgarsito i els Tres Porquets... La diferencia no radicaba en que los invitados ya hubiéramos llegado, sino en que éramos de verdad. 

Cayetana le había hecho creer que cenaban con su madre (¡qué mujer, Patricia!) y Trapiello. Y cuando Arcadi entró y vio lo que le esperaba... Iba a decir que 'no dio crédito', pero no, el tópico habría encogido ante las palabras con que trató de asimilar, casi deglutir, la presencia de ese hombre abrupto, chaparro y peligroso que tanto se parecía al Perrate, con quien yo, en aquel momento, tomaba uno de los vinos con que Puri Losada había amadrinado la cita. "Pero... ¡tú!". A lo que el Perrate respondió: "Sí, yo, y vengo a cantar". Tal vez dijo a cantarte. O a cantaros. Las noches legendarias han de propiciar leyendas.

viernes, 2 de diciembre de 2022

Making 05

A Boadella le había interesado la propuesta de Jordi, que consistía en la recreación de un programa radiofónico, porque remitía con nitidez a la censura que había sufrido Arcadi, y convinimos con él en que había que evocarla de algún modo. El tabanco Verdejo, no obstante, planteaba dificultades. Se trata de un lugar remiso a la adjetivación, donde priman el orden y la luz. ¿Cómo incluir en el menú una denuncia netamente alusiva? (Un toro que rodara sin sangre.) La sintonía de la sección que debía protagonizar Arcadi arrancaba con la Vida bona del Perrate, y Cayetana se lo trajo a mesa puesta.

Por entonces yo ya había desdeñado la palabra ‘homenaje’ y empleaba atajos como ‘celebración’, ‘tributo’, ‘gratitud’ o cualquier otro término que ahuyentara la melancolía y fondeara la amistad, así constara ésta de instantes, según el aforismo de Renard (al que, por decirlo todo, la esperanza de vida, los vuelos baratos y Facebook no han hecho ningún bien) o del granítico “porque era él, porque era yo” de Montaigne.

domingo, 27 de noviembre de 2022

Making 04

Lo que debía ser una performance se nos había venido abajo; el festejo se resolvería con una cena y la presión se aligeró. A finales de verano, tomando una cerveza con Julio en el Paleto, hablamos del privilegio que había supuesto hablar de teatro con uno de los mejores directores que ha dado Europa, pero no fue hasta mucho después cuando fui consciente de que todos, Cayetana, Jordi, Juanjo, Julio y yo, habíamos sido intrusos de una master class impagable. A decir verdad, Caye lo tuvo presente desde el primer día, de ahí, sospecho, que fuera la única de nosotros que no aventurara ninguna propuesta, que asistiera a las reuniones sabiéndose un escollo. No, no era falta de imaginación. Una mujer que acude a un debate en TV3 vestida de amarillo en plena fiebre lazi no puede más que andar sobrada. Era pudor. El mismo que a nosotros nos faltó para no 'tutear' a Boadella, para reprimirnos a la hora de lanzarle ideas que, por pura compasión, desdeñó sin más. Sólo se detuvo en la de Jordi, que consistía en una tertulia sobre Arcadi conducida por un presentador que debía azuzar a los invitados sobre sus 'fracasos' ("Sí, sí, todo esto está muy bien, Arcadi, pero Ciudadanos está en vías de desaparición"). Yo propuse que escenificáramos un juicio a Arcadi, con la particularidad de que el juez fuera Dios, que iría desgranando las causas que lo han convertido en nuestro primer apestado: Cataluña, el feminismo, Raval, Camps... No habría ninguna posibilidad de que Dios lo declarase inocente, entre otras razones porque el acusado escribe su nombre en minúscula inicial, pero sí de que tuviera que atender a sus argumentos, expresados mediante la lectura de algunos de sus textos: el 'testigo' Melero leería sobre Raval, Sostres sobre gastronomía, Pericay sobre el catalán...  Sea como sea, hubo instantes en que, sin llegar al debate, incurrimos con Boadella en un intercambio de pareceres que tal vez hablara más de nuestro entusiasmo que de nuestra osadía. Y lo que aún me conmueve no sólo es la finura con que acomodó el atrevimiento, sino que por esos días andaba ultimando un libro que trataba precisamente sobre la disolución del saber, encarnada en un estudiante que se cree 'apto' para conversar con él en plano de iguladad. "No, mire, aquí no venimos a debatir. Yo hablo y usted aprende." El mundo de Sofia pero sin melindres. Hay algo más: la gran mayoría de las apreciaciones de Boadella no eran titiriteras, a lo "a esto le falta alma", "hay que ser más subversivo" o "¿de qué queremos hablar en realidad?". No, eran técnicas. "Ante un discurso, el umbral de atención del espectador medio no pasa de 10 minutos". La lista de invitados fue creciendo tanto que Caye, que negociaba los detalles con Marian, emperatriz del Tabanco Verdejo, puso un tope: Seríamos 45, ni uno más.