domingo, 24 de marzo de 2024

La izquierda realmente existente

Pedro Sánchez no es de izquierdas. ¿Cómo se le podría ocurrir a nadie que un individuo como él, que ha hecho bandera de la doblez, de la ausencia de escrúpulos, pudiera emponzoñar tan límpido manantial? «Grosso modo», tal es la objeción (de conciencia) del progresismo adánico al sanchismo. En la palabrería del presidente borbotean sintagmas como «escudo social» o «gobierno de la gente», sí, pero eso no lo convierte en uno de los nuestros, vienen a decir los hacedores del bien. Así, el ex columnista de «El Mundo» Pedro Cuartango (ah, aquellos artículos alfombrados de hojarasca en pleno «procés»), que se santiguó recientemente en «El Español» ante Lorena G. Maldonado: «Yo no considero a Sánchez una persona de izquierdas. Es una persona aferrada al poder. Una persona para la que el fin justifica los medios. Una persona que está dispuesta a convertir el Parlamento en un mercado persa. Por tanto, no es de izquierdas». «Por tanto», proclamaba el silogista, que ni siquiera se privó de abrochar su dictamen con el redondeo al uso: «Para mí, ser de izquierdas o de derechas significa defender principios». Aún más conmovedor fue su colofón: «Le conocí cuando estaba en la oposición, le traté mucho y teníamos buena relación personal. Me creí sus promesas de regeneración ética. Es más, te voy a decir una cosa: le voté». No cabe descartar que cuando le votó (y si fue en las generales de 2019, lo hizo en abril y en noviembre) supiera ya que se trataba del mismo Sánchez que en Google daba un alud de resultados bajo las premisas «urnas» + «cortina». Una geolocalización moral a la que luego se añadiría una moción de censura fundada en hechos no probados. Y la celebérrima coautoría de «Innovaciones de la diplomacia económica española». A ese izquierdista, en efecto, dio Cuartango su confianza porque «creyó en sus promesas de regeneración ética, y que iba a aportar un aire nuevo a la política».

Al parecer, y según he oído últimamente, tampoco la amnistía es de izquierdas. Ni la amnistía, ni subir la alambrada a los inmigrantes, ni la devolución en caliente de menores a Marruecos, ni la entrega a Marruecos del Sáhara Occidental. Cuánto me gustaría profesar una fe cuyos efectos tóxicos pudieran ser imputados, toco y me voy, a la iglesia de enfrente; estar imbuido, en fin, de la clase de certidumbre que escinde a los Ultrasur del Real Madrid, a los hamases de los gazatíes, a los sanchistas de los socialistas. Aun a ETA de los vascos, como el atribulado Ibarreche proclamó tras los atentados del 11M. ¿Vascos? ¡Acabáramos! Ni vascos ni nacionalistas ni de izquierdas; terroristas sin aditivos ni atributos, psychokillers químicamente puros que habrían abrazado (¡anecdóticamente!) el exótico ideal de convertir las Vascongadas en un fortín comunista, en una suerte de Albaniak incontaminada de placeres culpables, tipo doble cheeseburger en Lekeitio. Dígase que gentes que no parecían estrictamente imbéciles llegaron a esculpir, magnánimos, que ETA no era de izquierdas ni de derechas, gavilán o paloma.

Para quienes ambicionan un mundo feliz no hay extravío que no lleve inscrita su propia redención. Véase la corriente «woke», esa sórdida ortodoxia identitaria que, invocando el antirracismo, el antifascismo y el anticapitalismo, ha convertido las universidades en correccionales con ínfulas, en arcadias de proximidad donde quienes no se ciñen al dogma se exponen a escraches, cancelaciones y despidos. Convendrá el lector en que el «wokismo» es el último grito del ingenio izquierdista, la enésima reinvención de una ideología que sobrevivió a la caída del Muro a base de desplazar el sujeto revolucionario del proletariado industrial a Paca la Piraña. Ya no. Susan Neiman, en «Izquierda no es woke», ha trazado la frontera definitiva: «Lamentablemente, muchos de los que criticaron las celebraciones generalizadas del terror de Hamás, y los actos de antisemitismo que las acompañaron [sic], los calificaron de fracasos de la izquierda internacional. Eso es un grave error. Más bien fue un momento que demostró hasta qué punto el poscolonialismo “woke” ha abandonado todos los principios liberales o de izquierdas que necesitamos para mantenernos rectos». El problema de Neiman, obviamente, radica en el término «generalizadas», que desborda semánticamente a la criaturilla «poscolonialismo “woke”». Y ya que estamos: qué es el antisemitismo de izquierdas sino otra ilusión sensorial. La izquierda «contextualiza» el terrorismo palestino para convertirlo en una respuesta casi inexorable (poco menos que en una decantación ética) frente a lo que tilda de nazismo redivivo; la izquierda boicotea a Israel escudándose en parámetros similares a los del boicot a la Sudáfrica racista... Pero, ¿antisemita? ¿Cómo vamos a ser antisemitas, si anhelamos el fin de la opresión, si no vemos el momento de soplar la fragua que el hombre libre ha de forjar? Cómo, si tengo un amigo maricón.

¿Silencio o simpleza?

Sea como sea, no ha habido impugnación más delicada de la crítica al comunismo que la que aireó, en ese prontuario de revilladas que es el Follonero, Ana Belén, que hizo bueno aquello de que el silencio es preferible a la simpleza. En un valeroso arranque de indignación, y tras los preceptivos «me too» y «a mis 72, ¡habrase visto!, ya no me llaman para hacer de Fortunata», Ayuso se le fue de las manos como a un Bolaños de la vida. «El comunismo, en España, ¿a ti te ha hecho algo malo?». Sabíamos que la camisa de la esperanza no era blanca, sino roja; que no había razón más poderosa para la suspensión de la incredulidad que el hombre del piano y a la sombra de un león; también «Balancé» y «La muralla», canciones del verano a su pesar. Nunca en una plaza de toros se ha escuchado a la multitud susurrar, y digo bien, susurrar, una expectativa de placer tan honesta e indecente como el «sola y sin marido». Conozco cubanos exiliados que en las sobremesas cantan por Silvio Rodríguez y Pablo Milanés. Es más, soy yo, haciendo valer la coartada de que hay que separar a la obra del artista, quien los anima a ello. Coartada, digo, porque en el caso de Silvio no hay canción que no sea una absoluta bellísima barbaridad. «Iba matando canallas con su fusil de futuro», coreamos, y al punto nos indignamos porque esta chica Itziar cante «Sarri sarri». Al kilómetro sentimental le sigue el kilómetro musical.

Pero entiendo a Ana Belén. O, por decirlo en su idioma, me solidarizo con ella. ¡Soy su abajofirmante! Siquiera por las muchas veces que mi abuelo, ante las recurrentes impugnaciones del franquismo de los interviús que iba acumulando en el revistero de su barbería, me fue diciendo: «Pues a mí Franco, lo que es malo, no me hizo nada malo». Una postilla que sólo alcancé a entender cuando mi madre, viéndome sollozar por una derrota del Español, me dijo: «Pero vamos a ver, a ti el Español, ¿qué te da, eh, qué te da?».

«En cada generación hay un selecto grupo de idiotas convencidos de que el fracaso del colectivismo se debió a que no lo dirigieron ellos». Lo dejo escrito en Twitter (antiguo X) don Javier Pérez-Cepeda, para el que va, in memoriam, este artículo.

La Razón, 24 de marzo de 2024

La derecha reemplazada

También la izquierda alienta una teoría del reemplazo, si bien en su caso no tiene que ver con la inmigración, sino con la supuesta inexistencia de un adversario homologable. El izquierdista promedio dice anhelar, en aras de su peculiar concepción de la salubridad pública, el advenimiento de una derecha ilustrada, civilizada, moderna… Cuántas veces no lo habremos oído: «El problema no es la derecha, sino esta derecha», afirmación en la que el demostrativo, con su retintín, se empleó hasta bien entrados los noventa para denotar el presunto carácter franquista o posfranquista del magma «derecha»; o lo que es lo mismo: su ineluctable naturaleza ilegítima. Al decir del progresismo, nuestro mercado electoral carecía de una oferta de corte liberal–conservador de raigambre democrática, europea, pues su espacio natural lo venían ocupando, con algún que otro apaño cosmético, los herederos del régimen. He ahí el primer reemplazo; el escamoteo fundacional, por así decirlo, el señalamiento de una tara de origen que, ni qué decir tiene, jamás lastró a los cargos de CiU, PNV o PSOE, hombres nuevos a la manera guevariana e incluso bíblica.

La refundación emprendida por Fraga en el 89, que cristaliza en lo que da en llamarse «giro al centro», y el triunfo de Aznar en el 96, quiebran la tentativa de seguir asimilando la derecha a los rescoldos de una dictadura que empezaba a desdibujarse, a sumirse en la bruma de la historia. Se impone, así, la necesidad de actualizar el repudio, de endilgar al PP la clase de fraseología que se reserva a los apestados. Son los días en que la prensa socialdemócrata ceba su información parlamentaria con el titular «el PP se queda solo» en tal o cual votación. Una soledad del tipo «el continente aislado» que en 2000 se ve arropada por más de 10 millones de votos, y que se agudiza, en 2011, cuando Rajoy se queda a las puertas de los 11 millones. Para entonces, Zapatero, en su afán de perpetuar el estigma, había resucitado ya la guerra civil y puesto en circulación el quiasmo «derecha extrema».

Sobreviene el segundo reemplazo. Si en los ochenta, el PSOE tildaba a la derecha de anómala, de antinormativa, ahora manifiesta sin rebozo la añoranza (son palabras de ZP) de «aquella derecha democrática que tuvo un destacado papel en la Transición, contribuyó a la llegada de las libertades y se plantó con firmeza frente al golpismo». Al hilo del sectarismo zapaterista, una de las contrafiguras de que se valió el articulismo progre para apuntalar la condición irredimible del PP fue Alberto Ruiz Gallardón, mirlo blanco de quienes jamás le habrían votado, pero se veían fisiológicamente impelidos a corregir el rumbo del oponente.

Cómo no evocar los llamamientos al orden de la gente de bien. Éste de Benjamín Prado de febrero de 2008, por ejemplo, que tan bien resume el espíritu de la época: «¿Y si hubiera sido Gallardón el que debatiese con Zapatero? ¿Qué habría hecho el alcalde de Madrid si tuviera en propiedad la silla de Rajoy, en lugar de ser Rajoy el que tiene prestada la de Aznar? ¿Habría insultado? ¿Habría sacado en procesión a las víctimas del terrorismo? ¿Habría dejado en el aire alguna de sus afirmaciones el aborrecible aroma de la xenofobia? ¿Habría demostrado que para él, como para los dos protagonistas de la noche, un debate es la suma de dos monólogos. Quién sabe, pero seguro que a muchas personas, y entre ellas a numerosos votantes del Partido Popular, se les habrá ocurrido preguntárselo […]. ¿Cómo serían estas elecciones con Gallardón en el papel de la gran esperanza azul de los conservadores? ¿Regresaría el PP a la derecha desde la extrema derecha?».

Aquélla, ésa, esta derecha. En puridad, nunca hubo una que no fuera aproximadamente ultra, aproximadamente forajida o aproximadamente montaraz. Digámoslo ya: el muro lo levantaron en tiempo inmemorial quienes hoy presumen de estadistas sin tacha: a Sánchez, eso sí, le cabe el mérito de haberlo robustecido y haberlo rematado en su cresta con un rimero de vidrios.

The Objective, 24 de marzo de 2024

domingo, 11 de febrero de 2024

Esta atención desmedida

La degradación de El País se convierte cada tanto en objeto de una controversia en que se entremezclan el lamento, la melancolía, la nostalgia… Añádase, por mi parte, el hastío. Sí, yo también afiné mi paladar con los artículos de aquel El País en que despuntaban Santiago Segurola, Javier Marías, José Miguel Larraya, Jacinto Antón, Ramón de España, Arcadi Espada, Enric González, Mario Vargas Llosa, Hermann Tertsch, Jon Juaristi o Joaquín Vidal. He nombrado a once porque aquellos atracones de lectura se alojan en el mismo pliegue de la memoria que preserva el vínculo inmarcesible entre infancia, fútbol y mixtificación.

Toda educación sentimental lleva adherida una fatal contraindicación, cual es la obligatoriedad de no encararse nuevamente con aquellos lugares que seguimos teniendo, sin duda exageradamente, por una fuente inagotable de gozo. Félix Grande lo dijo mejor: «Donde fuiste feliz alguna vez / no debieras volver jamás: el tiempo / habrá hecho sus destrozos, levantando / su muro fronterizo / contra el que la ilusión chocará estupefacta». Con todo, algunas de las piezas que conservo recortadas y encuadernadas y a las que, desafiando el mandato del poeta, regreso de manera recurrente, me siguen pareciendo deslumbrantes. Sirva esta piedra preciosa de La ciudad que fue, de Federico Jiménez Losantos, y en la que refulge el estremecimiento que en él es habitual cuando apresa una época, para evocar el fervor al que me refiero: «Cada día calienta más el sol de aquella mañana». He recitado una alineación y puedo rememorar, sin necesidad de consultar la hemeroteca, decenas de obras, si bien en ello influye ese trastorno, hipertimesia lo llaman, que me lleva a recordar hasta el más ínfimo detalle de lances antiquísimos. Induráin pierde la máscara, Donde Lázaro, Incertidumbre de un profesor de bachillerato, Los tiburones que mi madre me enseñó, Nace una leyenda gitana, Cristo salió del bar Kiki, Sampaio es el síntoma, El Madrid es un avión, Los crímenes de la calle Mandri…

Me resisto, en suma, a tirar al niño con el agua sucia, a impugnar a la brava al que fuera el gran periódico de referencia en España, por mucho que haga lustros que me enerve. Lustros, digo bien. Quienes asimilan la deriva sectaria y liberticida de El País a la hegemonía del sanchismo pasan por alto casos como el de la censura al crítico Ignacio Echevarría a propósito de la novela de Bernardo Atxaga, el Fernando Savater es miembro de Basta Ya, el chantaje del malo de los Vidal-Folch a Espada («aquí tendrás futuro si dejas el blog y Cs»), la criminalización sistemática del PP, acompañada de la prescripción de marginarlo («El PP se queda solo…»), el intento de sepultar a Cs, en 2006, bajo la etiqueta de ultraderechista. Aquí siempre se ha jugado. Por cierto, ni uno solo de los que hoy se caen del guindo con estrépito, de quienes abjuran de este El País (a la manera de ese izquierdismo que lleva una vida estigmatizando no a la derecha, sino a esta derecha) se rebelaron contra esas prácticas. Y, por decirlo todo, el vedetismo de la cancelación empieza a resultarme estomagante.

Tanto como las decenas de artículos que se han dedicado los últimos días a un diario cuya gran diferencia respecto a lo que fue es que en lugar de influir en el Gobierno se somete a él. No es la única: el antiguo BOE (como lo llamaban, ay, las derechas) es hoy una hoja parroquial infestada de mamarrachos con ínfulas, monologuistas interseccionales y comisarias del 37, donde aquello de «la mejor literatura se escribe en los periódicos», aquí yace. De ahí que, cada vez que desde otras tribunas, nos afanamos en señalar a gentecilla como Idafe Martín o Íñigo Domínguez, no estamos sino perpetuando la falacia, más romanticona que romántica, de que El País sigue siendo la medida de todas las cosas.

The Objective, 11 de febrero de 2024

lunes, 22 de enero de 2024

Hombría sin brújula

¿Es usted hombre? Sepa que tiene más números que una mujer de abandonar los estudios, convertirse en adicto, ingresar en prisión, morir prematuramente… Incluso de que su vida se resuma en esa misma sucesión de estaciones. Por si fuera poco, en los últimos tiempos, y de resultas de procesos como la automatización y la globalización, así como de la hegemonía del discurso feminista y la redefinición de los vínculos familiares, el hecho de ser hombre no sólo conlleva desventajas concretísimas; también una cierta mortificación existencial, un desasosiego que no es ajeno a la popularización de expresiones como «masculinidad tóxica», en las que anida la idea de que hay algo intrínsecamente nocivo en los cromosomas XY.

Véase, por remitirnos a un episodio reciente, la tasa de mortalidad por covid, mayor en hombres que en mujeres (el doble, en algunos rangos de edad). Los medios de comunicación y las instituciones sanitarias despacharon el dato sin inmutarse, y ello en el mejor de los casos. En el peor, lo atribuyeron a factores típicamente masculinos, como la inclinación al alcohol o la predisposición a las conductas de riesgo (por la inobservancia en el uso de mascarillas).

El ejemplo pertenece a Hombres, el exitoso ensayo del economista británico Richard V. Reeves, experto en políticas de familia y de movilidad social, y su corolario no escatima crudeza: «Si los hombres morían en pandemia, era por su culpa, lo cual es falso». Ciertamente, había causas biológicas; vinculadas, por ser más precisos, al sistema inmunológico. No es que la propensión al alcoholismo y la temeridad no tengan una raíz biológica; de hecho, Reeves considera que el desdén por la nature y la postración ante la culture, que tan a gala lleva la izquierda, explica gran parte de los atolladeros en que se hallan los hombres. Lo que estima inaceptable es que una circunstancia tan azarosa como el sexo deba conllevar una penitencia.

Si bien en Hombres el progresismo woke sale especialmente maltrecho «por descuidar totalmente las cuestiones masculinas», no faltan los señalamientos al populismo de corte ultraconservador, al que el autor achaca el error de «creer que la única forma de ayudar a los hombres es restaurando los roles y las relaciones de género tradicionales».

Mas Reeves no se limita a describir el rosario de inequidades que está en el origen de la llamada «crisis de la masculinidad», y del que dan cuenta y razón cientos de estudios. En consonancia con su trayectoria como activista cívico y servidor público (fue asesor de cabecera de Nick Clegg cuando éste ocupó la vicepresidencia en el Gobierno de David Cameron), aventura soluciones. Y este tal vez sea el aspecto más elocuente de lo que cabría denominar, sin temor a exagerar, Informe Reeves: su valor propositivo, su contribución al diseño de políticas fundamentadas en la evidencia científica.

Así, en el capítulo dedicado al hándicap académico de los chicos, plantea que éstos se incorporen a la escuela un año más tarde para que no se vean lastrados por su menor grado de madurez. Es lo que se conoce como redshirting, medida que en Estados Unidos tiene una creciente aceptación en familias de clase alta (para las de clase media y baja suele ser inasumible por imperativos laborales), y que acostumbra traducirse en una reducción drástica de los casos de hiperactividad y de déficit de atención durante la primera etapa, y en un mayor nivel de «satisfacción vital, una menor probabilidad de repetir curso en el futuro y mejores resultados en los exámenes».

Reeves recomienda asimismo primar el acceso de los varones a profesiones HEAL (Sanidad, Educación, Administración y Lectoescritura) del mismo modo que se prima el acceso de las mujeres a profesiones STEM. Y no sólo para paliar la escasez de mano de obra de que adolece el ámbito de los cuidados, con el consiguiente riesgo de colapso sistémico que la pandemia puso de relieve. No en vano, y por lo que toca a la educación, la identificación del alumno con un docente de su mismo sexo tiende a fortalecer la confianza y acrecentar la implicación, y otro tanto ocurre en la relación médico-paciente. Lo que viene a decir el autor, en suma, es que si hay cuotas femeninas en los consejos de administración, también debería haber cuotas masculinas en un jardín de infancia. Los datos, una vez más, blindan su exhortación, que en este punto es taxativa: «La educación infantil [en Estados Unidos] está al borde de convertirse en un entorno exclusivamente femenino. Debería ser motivo de vergüenza nacional que sólo el 3% de los profesores de preescolar sean hombres, que en este momento haya el doble de mujeres pilotando aviones militares que de hombres enseñando en párvulos (ateniéndonos a los porcentajes de cada profesión)». Reeves abrocha su batería de sugerencias con la necesidad de acometer una mayor inversión en FP para, de ese modo, abrir el abanico de rutas hacia el éxito y dejar atrás la «estructura única de oportunidades» que acarrea «la obsesión por la universidad».

Hombres, en definitiva, apela a los gobernantes para que vuelvan la vista a la otra mitad, que nunca como en nuestros días había sido considerada, políticamente hablando, un resto. El fragmento que sigue bien podría condensar dicho llamamiento: «Cerrar las brechas en las que las niñas y las mujeres están rezagadas sigue siendo un objetivo importante. Sin embargo, dados los enormes progresos realizados por las mujeres en las últimas décadas y los importantes retos a los que se enfrentan actualmente muchos niños y hombres, no tiene sentido tratar la desigualdad de género como un fenómeno unidireccional».

Despedidos. «La idea de ciertos círculos políticos de que las ganancias del libre comercio se redistribuirían entre los perdedores resultó ser falsa en la mayoría de los casos. Básicamente, se dejó de lado a las víctimas, se les dijo que pusieran en práctica sus ideas, que se comprometieran con el ‘aprendizaje permanente’. Hasta 2017, por cada dólar que el Gobierno estadounidense gastaba en el programa federal de Asistencia para el Ajuste Comercial de los Trabajadores, se gastaban 25 dólares en subvenciones fiscales a las donaciones de las universidades de élite. En la reacción popular, la élite tecnócrata cosechó lo que había sembrado».

Desastrados. «La perspectiva de formar una familia es un importante incentivo para el suministro de mano de obra masculina. Los hombres que no son proveedores, o que no son percibidos como tales, trabajan menos. Hoy, las mujeres económicamente independientes pueden prosperar tanto si están casadas como si no. En cambio, los hombres sin cónyuge suelen ser un desastre. En comparación con los hombre casados, su salud es peor, sus índices de empleo son más bajos y sus redes sociales más endebles».

Narcotizados. «Los hombres representan casi el 70% de las muertes por sobredosis de opiáceos en Estados Unidos. Casi la mitad de los hombres en edad productiva que estaban fuera de la fuerza laboral en 2016 dijeron haber tomado analgésicos el día anterior, en su mayoría con receta. El aumento de las prescripciones de opioides podría explicar casi la mitad de la caída del desempleo masculino en el mismo periodo. Barómetro y causa. Los opiáceos no son drogas como el MDMA, de inspiración o rebelión, lúdicas, son de aislamiento y retiro. Una de las razones por las que tantas personas mueren por sobredosis de opiáceos es que sus consumidores suelen estar solos».

Suicidas. «Los hombres son más propensos al suicidio que las mujeres, un patrón mundial que viene de lejos, aunque la brecha de género es mayor en las economías más avanzadas, donde los hombres presentan aproximadamente tres veces más probabilidades que las mujeres de quitarse la vida. El suicidio es aproximadamente la principal causa de muerte entre los hombres británicos menores de 45 años».

Rechazados. «Con el aumento del poder adquisitivo de las mujeres, los hombres tienen que superar un listón más alto para convertirse en maridos, pues son percibidos como una boca más que alimentar. Las mujeres son más proclives a buscarse la vida solas que a asociarse con un hombre que se encuentre en una posición económica débil» 

The Objective, 22 de enero de 2024.

viernes, 12 de enero de 2024

Manuel Valls: "No creo en el hombre perfecto; si lo hiciera, tampoco creería en la democracia"

Manuel Valls (Barcelona, 1962) ha reunido en El valor guiaba sus pasos a 14 personajes cuyo coraje, amén de virtud moral, deviene en condición de eficacia para cambiar el rumbo de la historia. Charb (Charlie Hebdo), Willy Brandt, Adolfo Suárez, Carlos V, Churchill, Camus y Zelenski son algunos de los protagonistas de esta personalísima galería de semblanzas, por lo común vinculadas, a modo de pie-de-foto, a acontecimientos que estremecieron el mundo, y en las que no es difícil advertir una exhortación a defender la civilización europea. El autor sabe de lo que habla. Como ministro del Interior francés, combatió en primera línea el terrorismo etarra con una determinación inédita. Posteriormente, en su peripecia política española, le cantó las cuarenta a la morigerada burguesía catalana e impidió que Barcelona cayera en manos del nacionalismo, lo que cristalizó en una instantánea que bien podría incorporarse al hall-of-fame de la bravura: la de la negativa a estrechar la mano de Quim Torra en el transcurso de la recepción en la Generalitat de los nuevos ediles, en 2019. El prólogo de Cayetana Álvarez de Toledo, un canto al encuentro de los distintos en el fragor de la lucha por la libertad, con la límpida sintaxis que la diputada del PP ha convertido en rasgo temperamental, le lleva a rebelarse contra el etiquetaje de trazo grueso, pleonasmo: "Ya ve, a ella la encasillan en la derecha ultra y a mí en la izquierda derechista". Valls me atiende al teléfono en el día de la Constitución.

En El valor... se refiere en tono elogioso a Anatomía de un instante, de Javier Cercas, un ensayo novelado que explica los inicios de la democracia en España a partir de las imágenes del 23F. También usted se sirve de frames icónicos, de escenas de una profunda carga dramática como punto de partida de cada uno de sus episodios: el primer acto del proceso de abdicación de Carlos V, las lágrimas de Clemenceau ante los mutilados en la firma del Tratado de Versalles, la genuflexión de Willy Brandt ante el monumento conmemorativo al levantamiento del Gueto de Varsovia...

Javier es un gran escritor; me atrae su reflexión sobre la memoria y en particular la que lleva a cabo en Anatomía de un instante, un libro de una gran originalidad. En El valor... también yo he partido del instante, sí... De los instantes... Tal vez se deba a que pertenezco a una generación de europeos (la misma que Javier) que ha vivido en un mundo de paz y democracia, que no ha conocido momentos que cambien el paso de la historia (¡por suerte, a veces!). De ahí probablemente que sin que me lo proponga, tienda a buscar esos momentos, y por supuesto el 23-F es uno de ellos. Ahí están Suárez, Carrillo y Gutiérrez Mellado, que soportan erguidos las ráfagas de los golpistas, los dos primeros en sus escaños y el tercero encarándolos. Ese día se convierten en leyenda.

Uno de esos instantes tiene como escenario la redacción de Charlie Hebdo, a la que usted, siendo primer ministro de Francia, accede horas después del atentado islamista, cuando los cadáveres aún no han sido retirados.

En ese momento entiendo que estamos ante una de esas rupturas que cambian el mundo, como lo fue el atentado del 11-S, que todos vimos pegados a la pantalla. Aquí me interesa la parte humana. Cuando entro a la redacción de Charlie, lo hago porque los conozco personalmente a casi todos. Y lo que no quiero es que el atentado se tramite como una noticia más, que muera con el día, o acabe alojada en un plano de irrealidad, como en una especie de metaverso... Así que acudo a la escena del crimen. Es una ceremonia de despedida.

Me ha llamado la atención que considere el atentado contra Charlie "el acontecimiento más importante ocurrido en Europa a principios del siglo XXI". Creo que es la primera persona a la que le leo esa afirmación, o cuando menos la primera que conozco que lo expresa de una forma tan rotunda.

Ha habido otros atentados en Europa de una gran trascendencia: los que sacudieron París el 13 de noviembre de 2015, por ejemplo. Y, por supuesto, los del 11-M en Madrid y el 7-J en Londres. En todos ellos hubo más muertos, pero la importancia de Charlie no tiene que ver con el número de víctimas, sino con el hecho de que es un atentado enteramente político. Y con esto no quiero decir que los otros atentados no lo sean. Pero el ataque a Charlie Hebdo, que es la expresión del periodismo, de la libertad, de un sentido de lo francés que entronca con Voltaire, con Rabelais... tiene un componente político tan simbólico que la repercusión es de una potencia increíble, y provoca una oleada de solidaridad única, mucho mayor que la que después tiene lugar con los atentados de noviembre de ese mismo año o el de Niza, un año después. En París, que tiene esa vocación universal, ese valor de capital que representa el mundo, hay una manifestación a la que acuden un millón de personas y medio centenar de dirigentes mundiales, y eso denota que hay un cambio de paradigma. Lo que da comienzo es la época en la que todavía estamos inmersos, la de la guerra contra el yihadismo, con la particularidad de que es un yihadismo que no viene de fuera, porque los terroristas son europeos.

Otro de los autores con los que hay un cierto paralelismo es Stefan Zweig. En cierto modo, su ensayo también es un mosaico de miniaturas históricas, de 'momentos estelares de la humanidad'. Incluso su estilo recuerda en algo al de Zweig; esa prosa ágil, vibrante, impetuosa.

¡Suerte que estoy sentado, porque eso de compararme con Zweig! No, a ver, a mí me apasiona la historia y, ciertamente, me atraen los 'momentos'. Yo no soy de cultura marxista, nunca lo he sido...

Lo deja claro en el capítulo que dedica a Ósip Mandelshtam y a su mujer, Nadezhda.

Así es. Yo vengo de la izquierda republicana y mis héroes son Clemenceau y Camus, por citar dos. La economía, el clima, la geografía y la cultura de cada pueblo son importantes, por supuesto... Pero concedo mucho valor a los seres humanos, a los individuos; detrás de todo gran acontecimiento siempre hay un hombre o una mujer. Y sí, es verdad que eso está en Zweig. Que un hombre, por su calidad intelectual, o su valor, pueda provocar cambios de tanto calado, me parece inspirador. En las biografías de Zweig, además, se advierte el reflejo de la época en que vive: salvando las distancias, Castellio es él, del mismo modo que Calvino es Hitler; y respecto a Erasmo y Lutero podríamos decir otro tanto.

¿Y usted se considera un reflejo de alguno de sus valerosos?

No, no... Me pueden haber inspirado, pero no me comparo con ellos, ni mucho menos. En el caso de Zweig, además, él se siente una víctima de la historia, y eso le lleva a ensalzar a los que, como él, también lo fueron. Lo que sí comparto es su pesimismo histórico.

No me lo ha parecido. Su libro es más bien una invitación a la acción, al compromiso.

Sí, en parte era el propósito. Lo que quiero decir es que estamos viendo renacer la lucha de la democracia contra el totalitarismo, y eso es algo con lo que no contábamos. Ucrania, Israel... Pero sí, hablar de personajes que son capaces de dar un vuelco a la historia no deja de ser una demostración de optimismo. Y en ese punto, el valor, la ética, el coraje... son decisivos.

Hablemos del valor, el gran tema del libro, el atributo que tienen en común sus personajes. A Louise Michel y Georges Clemenceau les une un vínculo de amistad irrompible pese a que profesan ideas diferentes, porque ambos se reconocen en el valor. En ese sentido, hay en todos los personajes un corte de carácter, algo profundamente temperamental. La majestad de Carlos V, por ejemplo, no dista en exceso de la de Zelenski. 

Uno entrega el timón del mundo y el otro se pone a la vanguardia moral de Occidente, pero los hermana la dignidad, el sobrecogimiento. Con una diferencia: que la historia de Zelenski no sabemos cómo acaba. Pero lo que es indudable, como digo en el libro, es que la invasión rusa cambia al personaje, lo transfigura. Del mismo modo que Hitler transforma a Churchill, que sin la guerra habría sido un político brillante pero marginal, y acaba encarnando el mundo libre frente al nazismo.

Hay un hilo conductor.

Es Europa, el hilo conductor. A Carlos V y a Zelenski, con todas las salvedades, les une Europa. Me he inspirado mucho en los dos textos de Kundera publicados hace sólo un año: Un Occidente secuestrado. La tragedia de Europa central. Aquí se ve perfectamente que de Ucrania a España, pasando por Checoslovaquia, Polonia, Hungría y por supuesto Alemania y Francia, hay una cultura común: el cristianismo, el judaísmo, la Ilustración, la Revolución francesa, la democracia liberal. En Viena, en Praga, en Madrid o en París, nos sentamos a hablar y nos sentimos europeos a pesar de todas nuestras diferencias. Y este conjunto de valores, esta civilización, es algo que también he querido defender a través del valor, y a través de Camus, Zweig o Mandelshtam, intelectuales imprescindibles para entender lo que somos.

No oculta los defectos de ninguno de ellos. De Carlos V, por ejemplo, señala que no hace lo suficiente para contrarrestar el antijudaísmo, y al Zelenski anterior a la guerra lo retrata como un individuo mediocre, con una trastienda oscura.

¡Claro, son hombres! No creo en el hombre perfecto, si no tampoco creería en la democracia. Y sí, me interesa esa parte no sé si oscura, pero sí de fragilidad. He de decir que en la fascinación por el personaje de Carlos V influye su retiro a Yuste; sin Yuste, tal vez habría sido diferente. Me gusta el azar en la historia. Carlos V no es ajeno a las circunstancias de una dinastía que se está rompiendo, y él llega en el momento en que se está descubriendo el Nuevo Mundo... Francamente, no entiendo que en España no se hable más de este personaje. Un personaje que, sin ser de cultura española, termina siendo tan español, con ese final de Yuste, tan absolutamente barroco.

El libro presenta retazos de su propia biografía. En el capítulo dedicado a Camus, por ejemplo, cuenta que la abolición de la pena de muerte fue la primera causa en la que militó.

Me influyó mucho la literatura. También El último día de un condenado a muerte de Victor Hugo, por ejemplo. Y Clemenceau, que fue otro gran abolicionista. Y Koestler, al que no cito mucho, pero es para mí un personaje importantísimo, como lo es George Orwell, o el mismo Willy Brandt. Y también podría haber hablado de Nikos Kazantzakis, de su relación con la guerra de España. Pero Koestler, insisto, con El cero y el infinito o Testamento español, es capital. Él y Camus son mis dos grandes referencias en este sentido. Y es verdad que cuando tengo 16 o 17 años, se producen en Francia grandes juicios en los que está sobre la mesa la pena de muerte, y en los que es protagonista el gran abogado Robert Badinter, que será el ministro de Justicia que acabará con las ejecuciones. Para mí es un combate no sólo justo, sino también concreto, que me aleja de las grandes ideologías, de las ideologías globalizantes que no llegan a nada y además pueden ser tan peligrosas, como demuestra el totalitarismo comunista. El humanismo, en cambio, libra combates concretos por utopías concretas, que no están fuera de la realidad.

De Churchill y De Gaulle dice que "quieren evitar que el pueblo se haga ilusiones. [...] Apelan a su corazón, pero también a su razón. No buscan halagarlo". Todo un precepto antipopulista.

En general no me gusta decir que el mundo era mejor antes, pero claro, ante personajes como Churchill y De Gaulle... Churchill además fue Premio Nobel; pero no de la Paz, no... ¡De literatura! Y qué decir de De Gaulle; sus memorias son uno de mis libros de cabecera. Dos personajes tan semejantes y a la vez tan distintos; uno, absolutamente inglés, el otro absolutamente francés, pero en ambos encontramos la búsqueda (y el hallazgo) de la palabra justa en cada uno de sus discursos, de sus artículos, de sus libros. Hay una exigencia de verdad en todo lo que dicen y escriben, ¡y eso no los hace menos políticos, al contrario! De Gaulle es la estatua del commandeur, y Churchill tiene una dimensión más humana, con ese físico, sus puros, su whisky, su ironía...

Otro de los rasgos comunes a todos sus personajes es la soledad.

Así es, el liderazgo, porque hablamos de líderes, también implica esa soledad.

Tengo la impresión de que estamos ante el embrión de lo que podrían ser unas interesantísimas memorias.

Llegarán, llegarán, pero me gustaría incluir los capítulos de mi vida política que estén por venir.

La Lectura, 12 de enero de 2024

domingo, 31 de diciembre de 2023

Menú corto

Un libro. V13, de Emmanuel Carrère. Carrère en el juicio a los catorce acusados de los atentados yihadistas que el 13 de noviembre de 2015 masacraron en París a 130 personas e hirieron a otras 400. La respetuosa, casi temerosa, aproximación a las víctimas; el cauteloso escrutinio de los inculpados; el peso de las palabras; los dictámenes críticos respecto a la labor de los letrados; la implacable, inexorable jerarquización de los relatos de los testigos, susceptibles, como cualquier historia, de resultar más o menos sugestivos; el hastío que, con el pasar de los días (un hastío parecido al del juicio del 1-0), terminan por suscitar los hechos, o tal vez su regurgitación. Un cronista disuelto en el proceso, con sus prejuicios a la intemperie, convirtiendo el avance del Estado de derecho en una superproducción.


Una antológica. Cossos, ciutats, interiors, de Oscar Tusquets, en Volart. Figurativismo sin pamplinas al servicio de escenas dramáticas, exquisitamente vulgares, de diumenge al vespre i dilluns al matí. Escenas, sí; en ellas se presume el rastro de una vida exuberante, una envidiable peripecia en la que parecen haber primado la búsqueda de la belleza y aun su hallazgo inopinado. Y acaso la convicción de que es posible recrearla a partir de una fregona, una meada, un cáncer o el calmo anhelo de vicio con que el pintor electriza a sus amantes; las que lo han sido y las que sólo lo parecen (lo que es un mérito artístico de primer orden). La tensión -sólo aparente- entre Barcelona y Benidorm. Y las antenas de televisión de los tejados de Gracia, ese trazo luminoso. Com ho haurà fet, se preguntaba Laura.


Una serie. El último artefacto socialista, de Dalibor Matanić, basada en la novela de Robert Perišić No-Signal Area. Dos antihéroes de vislumbre quijotesca llegan desde Zagreb a Nuštin, un pueblo crepuscular de la antigua ex Yugoslavia, un borrón ceniciento donde sus habitantes deambulan como zombis, rumiando y escupiendo el recuerdo de los días en que la fábrica de turbinas era el latido del mundo. Nuestro dúo, Oleg y Nikola, pretenden reflotarla sin sospechar que con ella pondrán en marcha toda una operación de salvamento moral. Ese no man’s land esconde la promesa de un sueño y los sueños pertenecen a quienes los trabajan. Desde que tengo uso de razón quise ser reseñista.


Un podcast. Las Hijas de Felipe, de las sapientísimas repipis Ana Garriga y Carmen Urbita, en el que ambas conversan con primor (enhebrando oraciones de relativo de lo más sensual) sobre gossips conventuales del barroco. Me fascina cómo a partir de un detalle prosaico (y deliciosamente artificioso, pues se trata de una «charla» guionizada) evocan cuanto tiene de familiar el mundo de Felipe II. «¿Qué has comido hoy, Ana?», y, cual si fuera un conjuro, Teresa la Santa se hace carne.


Un artículo. «Variaciones sumamente técnicas de lo indistinguible», de Arcadi Espada. Arcadi en Ciudad Badía, extrarradio barcelonés. El motivo de la visita es una historia de inmigrantes que pisaron en falso, a la que pone voz el actor Rafa Sánchez. Contra Catalunya es un libro tan decisivo que sigue rindiendo capítulos. «A partir del texto de David Martínez, Rafa cuenta su vida desde el presente, que es como se puede y como se debe. El presente es un padre de 90 años, con la cabeza ya perdida, y una madre de algo menos, que ve y oye muy poco. Los dos llegaron a Cataluña desde Córdoba, se metieron primero en una chabola del Carmelo, luego estrenaron un pisito en Ciudad Badía y ahora van a morir en Benicarló, adonde se fueron ya viejecitos buscando el calor. En el auditorio, a rebosar, hay un ambiente muy cargado, porque todos han venido a verse a sí mismos. Está la madre, además. Al final, cuando Rafa empiece a saludar entre la apoteosis, la madre se levantará y hará como un intento imposible de subirse al escenario, simbolizando lo que aquí acaba de pasar: una confusión intensa y extraordinaria, realmente extraordinaria, entre el teatro y la vida. Por suerte, y como desde que se apagan las luces y suena Toda una vida en la voz de Machín ya se me saltan las lágrimas, la obra discurre toda llorada, con fluida placidez, sin el molesto arrebato del sollozo».


Una obra teatral. París 1940, de Josep Maria Flotats, a partir de las notas de Louis Jouvet sobre el oficio de actor, en el Teatro Español. Flotats venía afilando el montaje desde al menos 1989, año en que terminó por aparcarlo sine die ante la imposibilidad de alternarlo con Lorenzaccio y El misantrop, las dos obras que entonces tenía en cartel. El estreno, con el título de Tot assajant Dom Joan, llegaría en 1993, y la primera versión en castellano diez años después, al filo del Fórum de las Culturas. Hace unos meses, cumplidos los 83, la repuso en Madrid. Hechas las cuentas, Flotats lleva alrededor de 40 años despojando el texto de gorgoritos y petulancias. Y es probable que el adelgazamiento siga sin parecerle suficiente, que aún porfíe en la búsqueda de una inflexión novedosa.


Una película. Los asesinos de la luna, de Martin Scorsese. Como es costumbre en Scorsese, las convenciones morales de la época se muestran sin paliativos, en toda su crudeza, como corresponde a una mirada necesariamente estupefacta ante el racismo sistémico, el nulo valor de la vida humana y, sobre todo, la anemia legal en la que prosperan los Liberty Valance del lugar, menos toscos que el original pero igual de bárbaros. Si en el clásico de Ford el villano se enseñorea de Shinbone hasta que le salen al paso un abogado, un periodista (nos solemos olvidar del periodista) y un pistolero con agallas, en Los asesinos… es un incipiente FBI quien encarna el advenimiento del Estado. La sucesión de crímenes llega a un paroxismo insoportable, y es natural que así sea. El cine nos había mostrado a los indios muriendo a puñados, blancos móviles que se quedaban prendidos de un estribo de la montura o rendían un último servicio al espectáculo derribando al caballo con ellos. Martin Scorsese, al particularizarlos, les da algo parecido a una digna sepultura.


The Objective, 31 de diciembre de 2023

viernes, 22 de diciembre de 2023

Como es tradición en estas fechas

AI, piquito, ASMR, hipogeo, X, soledad, threads, lawfare, amnistía, relator, Supernova, censura, kibutz, túnel, rehenes, contexto, antisemitismo, surdos[de-mierda], balotaje, carajo, muro, pashmina, swiftie, disminuido, superliga.