sábado, 21 de noviembre de 2020

Otegis

El barrio de Divis Flats, en Belfast, se hallaba vertebrado en torno al polígono del mismo nombre, un complejo laberíntico levantado a mediados de los sesenta para realojar a miles de familias procedentes de los suburbios, en su mayoría católicas. Retretes comunitarios, ascensores averiados, patios convertidos en estercoleros… Piensen en unas Tres Mil Viviendas fabuladas por un brutalista enloquecido y envueltas en la bruma. Una obra social irreprochable, que cumplía a rajatabla con todas y cada una de las contraindicaciones del bien. En 1972, en uno de los pisos de aquel humedal de hormigón vivía Jean McConville, una viuda de 38 años con diez hijos a su cargo.

En diciembre de ese mismo año, una cuadrilla de encapuchados de los Provos (IRA Provisional) se presentó en su hogar y la secuestró. Cuadrilla, estimado lector, no es una elección inocente. A punto he estado de escribir que se la llevaron “a punta de pistola” pero ni siquiera hizo falta. Sobre Jean pesaba la acusación de ser una chivata. Al parecer, había socorrido a un soldado británico en uno de los corredores del Divis, y al punto aparecieron las primeras pintadas, lo que abrió la veda al hostigamiento de la familia. [En el film(in) ’71, el Divis aparece como uno de esos enclaves a los que la comandancia de las tropas del Reino Unido prohíbe entrar a sus soldados; un territorio mítico a fuer de real].

Al newyorker Patrick Radden Keefe, 44 años, le llamó la atención la desaparición de McConville, un caso tabú en Irlanda del Norte, donde tabú es el eufemismo que alude a la general resignación ante la evidencia de que nuestros muchachos, ay, la habían tenido que asesinar. ‘Tenido que’, sí; la barbarie y los libros de estilo son irreconciliables. Lo que no previó Keefe es que su investigación, reunida en el antológico No digas nada (Reservoir Books), echaría a rodar una bola que abarcaría la historia de la que es, probablemente, la banda terrorista que más altas cotas ha alcanzado en el escalafón del glamour. A ello contribuyeron las hermanas Dolours y Marian Price, tan sumamente idénticas en su oligofrenia swinging que Margaret Thatcher las tomó por gemelas.

Pero No digas nada es, por encima de todo, la más escalofriante caracterización de todos los otegis que en el mundo han sido, encarnada, aquí, en Gerry Adams. Se trata, de hecho, de una biografía de Adams (¡y familia!), del retrato asombrado del individuo que ordenó la detención de McConville y resolvió desaparecerla. Según declaró Dolours Price, dejar su cadáver en la vía pública no les habría dejado en buen lugar. Más dejando diez huérfanos en tierra de quién.

The Objective, 21 de noviembre de 2020

viernes, 9 de octubre de 2020

Sobreentendidos


La novela me dejó una mueca de recelo que no supe a qué atribuir; tal vez, me dije, el problema es ése, que se trata de una novela, pero fui incapaz de explicarme por qué la ficción, o cuando menos esa ficción, tan sumamente amena, tan eficazmente construida, se me fue aposentando en el recuerdo como un beau geste de retrogusto amargo.
Hasta que, mediado el segundo episodio de la serie, di con la clave. En Patria hay un pueblo, sí, y un hombre sometido a la extorsión de una banda terrorista, y aun un cateto que cumple el encargo de matarlo. También un cura inverosímil al que Aramburu, astutamente, ha endilgado una cuota exorbitante de responsabilidad moral. Pero ningún otro elemento permite vislumbrar el régimen de opresión, de flagrante ausencia de libertades, al que la mayoría nacionalista sometió a la minoría constitucionalista.

Ni rastro (entiéndanme) del partido político de ultraizquierda que alienta y justifica los crímenes, ni de la formación de raigambre xenófoba que los legitima, ni de las asociaciones de víctimas (una falla que el autor aspira a subsanar mediante la inclusión, a modo de estrambote, de Consuelo Ordóñez, el único personaje real), ni de la rebelión cívica en defensa del Estado de Derecho, encarnado aquí en una caterva de torturadores que alimentan la falacia de que algo hubo, algo hubo… y que favorece, de paso, la humanización de sus contrarios, esto es, de especímenes que si se vieran desprovistos de esa razón no habrían de ser sino objeto de estudio en el ámbito de la neurología del mal. Los lectores, sencillamente, hemos llenado esos vacíos con nuestros propios sobreentendidos, lo que explicaría, en parte, la unanimidad en torno a la obra, lienzo en blanco.

La violencia de Patria, en efecto, parece brotar de la tierra misma, como por efecto de un resorte inmemorial o una maldición de dioses, hasta resultar en un Puerto Hurraco con ínfulas. Tal vez en esa decantación involuntaria se aloje, parafraseando a Mario Vargas Llosa, la única verdad de la mentira.

Se me reprochará que Patria no tiene vocación de ensayo, y que un novelista arrastra los materiales que le viene en gana. A lo que yo opongo que nadie transita La fiesta del Chivo, por seguir con Vargas, sin llevarse consigo una impresión fragmentaria, sí, pero inexpugnable, de la Dictadura de Trujillo.

The Objective, 9 de octubre de 2020

domingo, 27 de septiembre de 2020

No había espejos


Abe Bomba, judío de Częstochowa, llevaba cuatro semanas en Treblinka cuando las autoridades reclutaron entre los internos a una brigada de peluqueros que él mismo, que había desempeñado el oficio durante años en su ciudad natal, fue llamado a comandar. La orden que recibieron fue la de cortar el pelo a las mujeres que ingresaban en el campo. Se trataba de que las recién llegadas creyeran que les era dispensado un trato decoroso, lo suficiente como para que la muerte resultara una incongruencia.

La mañana en que empezaron a trabajar, un grupo de soldados les condujo, a través de un sendero circundado por una maraña de alambres (designado por los nazis con el nombre de "camino al cielo") hacia la estancia que haría las veces de peluquería: la cámara de gas. "Habían puesto bancos", rememora ante Claude Lanzmann en la monumental Shoah, "para que las mujeres pudieran sentarse y no sospecharan que ésa era su última etapa, su último suspiro. Un kapo nos lo transmitió con estas palabras: 'Peluqueros, deben hacerlo de tal manera que todas las mujeres que entren aquí crean que sólo van a recibir un corte de pelo, tomar una ducha, y que después saldrán de aquí'".

"Descríbalo con precisión", le ruega Lanzmann.

"Esperábamos dentro de la cámara de gas y llegaba el transporte, mujeres con sus hijos. Los peluqueros empezábamos a cortarles el pelo y yo creo que algunas de ellas, si no todas, sabían ya lo que les iba a suceder. Llegaban desnudas, tanto ellas como los niños. Tratábamos de hacerlo lo mejor posible, como lo hubiese hecho un peluquero que hace un corte normal, pero que debe, al mismo tiempo, quitar el máximo de pelo, pues los nazis lo enviaban a Alemania, sus razones tendrían. No las rapábamos. Era, insisto, un corte normal, con peine y tijeras; la idea era que pareciera bonito, pero nosotros éramos 16 y ellas eran unas 70 por tanda, así que apenas podíamos dedicar 2 minutos a cada corte, porque fuera ya había otro grupo esperando. No había tiempo que perder. Cuando estaban todas peladas, nos mandaban salir y las gaseaban. Un comando sacaba los cadáveres y limpiaba el suelo para que entrara el siguiente grupo".

-¿Y usted qué sentía?

-Le voy a contar una cosa: uno de los días en que estuve cortando el pelo en la cámara de gas, llegaron unas mujeres de mi ciudad, Częstochowa. Otro peluquero, también de Częstochowa, amigo mío, vio que entre esas mujeres estaban su mujer y su hermana.

En ese instante, Abe se quiebra. La entrevista se desarrolla en la peluquería que, cuando Lanzmann puso en pie el proyecto, él regentaba en Jolón, Israel. Mientras Lanzmann le interroga, Abe arregla a un cliente. La evocación de su amigo, enfrentado a la tarea de cortar el pelo a su mujer y su hermana, le impide seguir hablando, mas no proseguir con el trabajo.

"Continúe, Abe, es necesario y usted lo sabe."

Éste es un artículo de actualidad.

The Objective, 27 de septiembre de 2020

viernes, 25 de septiembre de 2020

Sánchez y Ayuso

La equiparación entre Isabel Díaz Ayuso y Pedro Sánchez a la hora de evaluar el fracaso español en la contención del coronavirus es el último grito en equidistancias. A semejanza de lo que ocurrió en Cataluña, se trata de hacer pasar la frivolidad, el dolce far niente de la vida contemplativa, por un alarde de sensatez e incluso de integridad.
Cual si rindiera a su público una prueba de independencia, de insobornable lucidez, el demediador demediado divisa el incendio y reparte negligencias a diestro y siniestro, según una modalidad de tercerespañismo más emparentada con quienes ni saben ni contestan que con Chaves, Costa o Madariaga, y cuyo único propósito, en verdad, es mancharse lo menos posible.

La Comunidad de Madrid ha incurrido en errores, y la propia Ayuso los ha reconocido sin remilgos, disculpándose por ello y admitiendo que hay aspectos de su gestión que habría resuelto de otra forma. Con todo, un porcentaje abrumador de la indeterminación con que, en algunas ocasiones, ha actuado su Gobierno, o de los riesgos que ha asumido en otras, son imputables a la voluntad de guardar el equilibrio, inexorablemente precario, entre dos obligaciones: la de velar por la salud y la de evitar la ruina; ambos convergen en un mismo punto: salvaguardar la vida.

Detrás de las deficiencias de Sánchez, en cambio, siempre ha habido un indisimulado afán por, en los primeros días de la pandemia, anteponer su agenda ideológica a la emergencia sanitaria y, desde entonces, servirse del derrumbe para tratar de desproveer de legitimidad a la derecha y convertir nuestra monarquía parlamentaria en una república tintinesca. Por el camino, ha instituido una doble contabilidad mortuoria (la gubernamental y la antigubernamental), ha llamado a sus esbirros a retorcer el dolor, ha fabulado un comité de expertos a cuyas reuniones, no lo olvidemos, decía asistir ("¡hay que ver lo que aprendo!", llegó a apostillar), ha tomado al asalto las instituciones y ha usurpado el papel de la Corona acudiendo a la Real Casa de Correos como los Reyes acuden a consolar a los deudos en los funerales de Estado (y eso en el mejor de los casos, pues tuvo la osadía de proclamar que él iba a ayudar, como aquellos hombres que, antiguamente, ayudaban en casa).

La política, cualquier política, es inseparable de la moral que la sostiene, de ahí que no quepa comparar a quien trata de sofocar el incendio con quien, entre ostentosas tribulaciones, va calculando el terreno edificable. Con el equidistante al fondo tocando la lira.

The Objective, 25 de septiembre de 2020

domingo, 30 de agosto de 2020

Un brote de pánico

Las memorias de Woody Allen son un soberbio prontuario de su filmografía, al punto que es difícil resistirse a la tentación de alternar su lectura con la revisitación (discúlpenme la babeliada) de algunas de sus películas, empezando por Bananas, esa entrañable chaladura en la que el sueño cheguevariano que alimentó a tantas generaciones de izquierdistas termina hecho jirones, y en la que ya aletea la vocación iconoclasta, casi contracultural, de este liberal a fuer de neoyorquino.

Ciñéndose a la ley del género, A propósito de nada es un ajuste de cuentas, en este caso con Mia Farrow, precursora del catecismo pro cancelación, y a la que Allen recibe en el libro con una majestuosa reflexión acerca de las sinrazones del amor, una letanía en la que va ensartando el ‘cómo pude’ a modo de mea culpa, y donde opone la ofuscación del flechazo a las numerosas evidencias de que Farrow era exactamente lo que parecía: una jodida chiflada que tenía como hobby la adopción en serie de churumbeles, signaling virtue avant la lettre que practicaba con la fruición y el desahogo que le permitía el dinero de Allen. ¿Sabían, por cierto, que Allen y Farrow jamás llegaron a convivir, y que Allen no ejerció jamás de padre de Soon Yi? 
Honestamente, yo no tenía ni idea, y mucho me temo que, por limitarnos a España, solo Rosa Belmonte estuviera al cabo del goteo de insidias a que dio lugar el relato oficial, orquestado sobre todo por el New York Times, al que el protagonista reserva la que su más doliente diatriba.

Con todo, la de Farrow es la parte menos afortunada del libro. Se trata, sin duda, de la más nutritiva, pero en lo estilístico supone una quiebra de la hilarante stand up comedy que es A propósito…, y que en algunos pasajes bordea, conforme a la vieja fascinación de Allen por la magia, un número magistral de prestidigitación. El modo despreocupado, casi cachazudo, con que, por ejemplo, trata de deshacer algunos de los malentendidos que se han adherido a su biografía, ¿es un alarde de descarnada franqueza o una risueña expresión de coquetería? Probablemente haya algo de ambas. Véase, en este sentido, el que a mi juicio constituye el desmentido seminal:

“Me asombra cuántas veces me describen como ‘un intelectual’. […] Iletrado y sin ningún interés en nada académico, cuando crecí era el prototipo del vago que pasa el tiempo sentado delante de la tele, cerveza en mano, con el partido de fútbol americano a toda pastilla y el póster central desplegable de Playboy pegado en la pared con cinta adhesiva […] No tengo ideas profundas ni pensamientos elevados, ni entiendo la mayoría de los poemas que no empiezan con ‘Las rosas son rojas, las violetas son azules’. Lo que sí poseo, sin embargo, es un par de gafas de montura negra, y yo sugiero que este atributo es el que, sumado a un don para apropiarme de citas tomadas de fuentes eruditas demasiado complejas para que yo pueda entenderlas, pero que puedo emplear en mi trabajo para dar la engañosa impresión de que sé más de lo que realmente sé, mantiene a flote mi cuento de hadas.”

Pero de lo que quería hablarles, en realidad, es de Cataluña. Verán, A propósito… es una romería de individuos que han dejado huella en la vida de Allen. Dado que el suyo es un monólogo a borbotones, la información no está dosificada con arreglo a jerarquía alguna. En otras palabras: por el libro desfila todo pichichi, por insignificante o marginal que haya sido el roce con el autor. Ante semejante torrentera, cabría esperar que Jaume Roures, que se ha vanagloriado en infinidad de ocasiones de ser íntimo de Allen, tuviera un hueco en el fragmento dedicado a ese infame borrón que es Vicky Cristina Barcelona. Nada. Ni una mísera mención, y ello en una obra, insisto, en que aparecen cientos, si no miles, de nombres propios.

Hay algo más, y nadie como el propio Allen para contarlo:

“Visité Oviedo por primera vez cuando me informaron de que había sido galardonado con el Premio Príncipe de Asturias. Yo lo rechacé […] porque jamás acepto ningún galardón cuya concesión depende de que yo esté presente en el acto. […] De pronto me llama el distribuidor de nuestra película en España con un brote de pánico. No puedo rechazar ese premio. Es el más importante de España, es enorme en toda Europa. Lo entregan el príncipe y la reina. Es como el Nobel para ellos”.

¡Un brote de pánico, el independentista!

The Objective, 30 de agosto de 2020

jueves, 20 de agosto de 2020

El hombre de Amer

 

Carles Puigdemont (Amer, 1962) es periodista, ha sido diputado del Parlamento de Cataluña, alcalde de Girona y, en enero de 2016, fue investido 130º presidente de la Generalitat de Cataluña. Durante su mandato se celebró el primer referéndum sobre la independencia de Cataluña, y se aprobó en el Parlamento una declaración por la que se constituía la República catalana. Como respuesta, el gobierno español cesó a todos los miembros del ejecutivo catalán, incluido el presidente Puigdemont, que ante la ola de represión política se vio obligado a exiliarse en Bélgica. En las elecciones al Parlamento del 21 de diciembre de 2017 encabezó la candidatura de Junts per Catalunya, que obtuvo el mayor porcentaje de votos del bloque independentista, pero los tribunales españoles le negaron el derecho a ser investido president. Actualmente es diputado del Parlamento Europeo y preside el Consell per la República Catalana. Durante su exilio, ha sido invitado por universidades e instituciones políticas, sociales y culturales de toda Europa y ha publicado dos libros: La crisis catalana. Una oportunidad para Europa (2018) y Re-unámonos (2019).

El párrafo que acaban de leer es la reseña biográfica de Carles Puigdemont que aparece en la solapa de Me explico (vol. 1), su último comunicado. No es obra de Puigdemont ni de su escriba, Xavi Xergo, sino del sello editorial. Puigdemont es. Me voy haciendo a un mundo sin más filtros que los de Instagram, pero más lentamente de lo que sería deseable. De ahí que todavía me alarme ante el hecho de que Plaza y Janés, de la que fuera puntal el exquisito Mario Lacruz, que a tantos españoles alfabetizó, haga suyo el arrebato de @KRLS en el único recodo del libro en el que cabía esperar un resto de discreción, acaso una hilatura wikipédica: sucedió a Mas y antecedió a Torra. No obstante, para PyJ, perteneciente a Penguin Random House, el segundo grupo editorial en España, Puigdemont “fue investido 130º presidente de la Generalitat de Cataluña”, “[ante la ola de represión política] se vio obligado a exiliarse en Bélgica”, y, tras las elecciones de diciembre de 2017 “los tribunales españoles le negaron el derecho a ser investido president”. Fue, se vio obligado y le negaron. El desaliento cunde frente a la sospecha, fundamentada en un rosario de evidencias, de que el primer grupo editorial habría procedido con idéntica incuria, en lo que no sería más que la enésima expresión, por parafrasear a Jordi Pujol, de una postración antigua.

Ah, el comunicado. Ha habido que vadearlo, sí.

Me explico: de la investidura al exilio es la historia de cómo la insólita posibilidad de extranjerizar a la mitad de la población catalana acaba por cobrar verosimilitud, y casi legitimidad, gracias a la aquiescencia de las élites. Javier Godó, Isidre Fainé, ¡Vicente del Bosque!, Luis Conde (al que el protagonista describe como “un experto en dar la razón a todo el mundo”), Emili Cuatrecasas, Juan Villar-Mir, Juan Luis Cebrián (impagable, su tarjeta de presentación: “Tenemos muchas cosas en común: mi mujer también es rumana”)… La larga relación de personajes que concede a Puigdemont estatus de interlocutor normativo (una suerte de parte contratante en un conflicto más o menos instigado por la intransigencia de la vieja España) y se aviene a discutir con él de condiciones, plazos y otras formalidades, cuando no a jalear su desafío, explica en parte por qué el procés entró en combustión. El ex columnista de El Punt transita por la vida pública española al arrullo del “hay que negociar”, “tenemos que hablar”, “hay que entenderse”, la clase de santiguamiento que, lejos de apaciguar las ansias de independencia, las excita.

A ello no son ajenos los políticos, digamos, constitucionales, empezando por Pedro Sánchez. Frente a un Puigdemont que, en sus cogitaciones, se plantea la necesidad de “hacer lo que hacía Pujol en la clandestinidad: ir a buscar los ejes vertebradores de los pueblos; gente sana, con ganas de trabajar por el país”, el trémulo líder del PSOE trata de ponerle fecha a un hipotético referéndum (“Y este referéndum, ¿cuándo tendríamos que hacerlo?”), lo que lleva al primero a vislumbrar una conquista que se revelará crucial: “[Sánchez] ha entrado en el marco mental del referéndum”. No es menor la que cosecha ante Albert Rivera al confiarle éste que “Ciudadanos no contribuirá a avivar el conflicto lingüístico” y convenir con él en que, en lo tocante al reparto de dinero entre las autonomías, “en Andalucía […] se tienen que poner las pilas”, para, en un intento de reconducir la crisis, anunciarle que en Madrid habrá “cambios” (“Ahora no puedo decirte nada, pero ya lo verás”). Un Duran i Lleida, se malicia Puigdemont.

El papel de Rajoy, al que vemos ejecutar el gif del barco en numerosos pasajes del dietario, es, como se sabe, el de obstinado incrédulo, actitud que suscita en ocasiones el asombro del propio Puigdemont, como cuando en la comida de clausura de un foro profesional regala a quienes le acompañan en la mesa (además de Puigdemont, Antonio Asensio, Joan Rosell, José Creuheras…) su erudición sobre la segunda división del calcio. “¿Cómo es posible que este hombre sepa todo eso?”, se pregunta Puigdemont, quien tiende a ver en la evitación del conflicto al Estado en retirada.

Con el calendario volando hacia el 1-O, el presidente sobrevenido de la Generalitat de Cataluña no le hace ascos a las mieles del cargo: su admirado Quico Pi de la Serra se detiene a hablar con él en plena calle, el conejo a la rabiosa de Les Goges le sabe cada día mejor y no ve el momento de que llegue el día de partido para codearse en el palco del Camp Nou con prohombres como Florentino Pérez. (A decir verdad, tiene muy poco que envidiar a Rajoy, pues también para explicar al auge del soberanismo recurre a un símil futbolístico, el que le sirve el aforista Gerard Piqué: “¡Gracias, Tribunal Constitucional, contigo empezó todo!”.) Por si fuera poco, cada tanto se permite dar rienda suelta a su vena cantarina voceando en dependencias oficiales el “Torna, torna, Serrallonga”, acompañado al piano de su fiel Comín, así en la comida de Navidad del Govern o a media tarde de un martes cualquiera, tras haberse despejado la agenda. Y es que la desconexión se hizo carne en Puigdemont mucho antes de que se promulgaran las leyes. Y no sólo en su acepción de relajo. De ello da fe su reflexión, ¡pasada a limpio!, ante las críticas por las fotos de la paella en Ca Rahola: “¿Qué pasa? ¿Tenemos que cohibirnos? ¿Un país que tiene gente preparada que queda para comerse una paella y sostiene una estelada no tendría que estar orgulloso de esta gente en lugar de destrozarla? Vivimos acomplejados, eso es lo que nos pasa”. Ése es, grosso modo, el hombre que está poniendo a España de rodillas.
Su único dolor de cabeza se llama Oriol Junqueras. Si todas las memorias se escriben contra alguien, éstas le conceden ese honor al ex vicepresidente de la Generalitat, que sale de Me explico desollado. Con una particularidad: a su fama de desleal, ampliamente ameritada en filtraciones, desautorizaciones y encuentros paralelos, Puigdemont añade la incompetencia, que tiene como cima la gestión del litigio con el Gobierno de Aragón a propósito de las pinturas de Sijena.

Del verdadero problema de Puigdemont, no obstante, sabremos por las omisiones que salpican las páginas finales. El día 1 de octubre de 2017, tras votar en Cornellá de Terri, el todavía presidente de la Generalitat regresa al colegio de San Julián de Ramis para darse un baño de multitudes y, al bajar del coche, una mujer le sale al paso. Se llama Cayetana Álvarez de Toledo y sus palabras se cuentan entre las primeras que Puigdemont se ve obligado a sortear desde enero de 2016.



"Presidente, ¿está preparado para ir a la cárcel por sedición?”.  Silencio. Insisto, presidente: ¿está preparado para ingresar en prisión por su masiva agresión a la democracia?”. Puigdemont, el gesto duro y vencido, no me contestó. Intentó girar la cara, pero mi perfil y las preguntas se quedaron ahí. Sus escoltas, tensos, me exigieron que me callara y a él, que avanzara hacia la luz.

Luego vendrían las del Rey y, el día 8, las de los cientos de miles de españoles que se manifestaron en Barcelona. Son las únicas tachaduras genuinas de un relato inexplicable.

The Objective, 2 de agosto de 2020

miércoles, 19 de agosto de 2020

La diana móvil

Destituida Cayetana, el escalafón de la radicalidad experimentará en breve un deslizamiento, y los redactores de política, con independencia de si el diario es socialdemócrata o no, redoblarán sus invectivas contra Isabel Díaz Ayuso. No en vano, se trata de la dirigente del PP que está haciendo valer el discurso más orgullosamente desinhibido contra el mainstream izquierdista, que en España se articula en torno al intento de desvertebración del pacto constitucional. Por de pronto, su determinación le podría valer una moción de censura, tal como acaba de anunciar el Delegado del Gobierno en Madrid, que no hace ni tres días consintió una manifestación chamánica en el centro de la ciudad. ¡Así se ejerce la moderación! He dicho ‘los redactores’ porque en la prensa se produce un fenómeno que desbarata el corpus del periodismo, de suerte que mientras que los Bustos y Latorres pesan las palabras hasta lo infinitesimal, los Junqueras y Lamets no tienen el menor reparo a la de cortar las noticias con «giros al centro», «triunfos de la moderación» y otras estricninas.

Paradójicamente, tampoco Pablo Casado está a salvo de que le endilguen, más pronto que tarde, el escapulario de derechista feroz, pues a poco que franquee el umbral de lo que La Sexta considera admisible, será acusado de «recuperar su perfil más intransigente», «volver a las andadas» o «acercarse a Vox». Los titulares que jalonan la trayectoria del conservadurismo operan a modo de módulos prefabricados desde que El País alumbró en 2001 el seminal «el PP se queda solo», acechando el realismo mágico, puramente sinestésico, de una soledad de 10 millones de votantes. Por lo demás, José Luis Martínez-Almeida, al que sigo con atención desde que Emilia Landaluce empezó a ensalzar como azote del carmenismo, no debe de ignorar que su popularidad (merecida, en cualquier caso) obedece fundamentalmente al plácet que le ha otorgado la biempensancia, siempre necesitada de un Gallardón al que poner como ejemplo de político ejemplar al que, eso sí, «no votaría nunca», según ese paternalismo que osa arrogarse la elección de que lo que conviene, o no, al votante popular. Que esos salvoconductos los extiendan gentes que no aspiran sino a desmantelar lo que llaman el régimen del 78 da la medida del atolladero en que se halla España.

The Objective, 19 de agosto de 2020