viernes, 10 de febrero de 2017

El triunfo de Juan Abreu

Teresa Giménez Barbat y Juan Abreu, en el acto inaugural de 1959.
En uno de los escasos pases que le fueron concedidos mientras cumplía el servicio militar, el soldado Juan Abreu supo del Gordo Collazo, un "señor serio, compacto, de paso lento", como el propio Abreu lo describe en Debajo de la mesa, sus milagrosas memorias cubanas. Collazo, opositor al castrismo desde primerísima hora, había pasado 10 años en las cárceles del régimen y traía consigo la historia de Luisito, un niño de quince años pasado por las armas en la Fortaleza de la Cabaña, durante la estancia en ella del siniestro argentino Ernesto Guevara. Transcurrían los espeluznantes años de los fusilamientos masivos (1959-1961) y Luisito estaba incluido en una causa que agrupaba a varios presos acusados de conspirar contra el régimen. "Toda la noche, nos contaba Collazo, la pasaban despiertos los presos, aguardando el estruendo de las descargas. Desde las ventanas, gritaban palabras de ánimo al paso de aquellos a los que conducían a la muerte. [...] Todos en la galera donde se encontraba el Gordo Collazo estaban convencidos de que Luisito no sería fusilado. No tenía edad para ello. Según las leyes cubanas, la pena de muerte es aplicable a partir de los dieciséis años. Pero un día entró uno de los jefes militares de la prisión y leyó los nombres de los que serían ejecutados el siguiente amanecer. Entre ellos, el de Luisito. Los presos protestaron argumentando la edad del muchacho. Entonces el militar mandó a buscar al médico del penal. Este hizo abrir la boca al niño, le revisó las muelas como si de un animal se tratase y dijo a continuación: 'este ya está para fusilar'."

Luisito está en el germen del sobrecogedor proyecto 1959, más de 300 retratos de fusilados del castrismo, de los que 120 se exponen estos días en el Espacio Léopold, la sede bruselense del Parlamento Europeo. La muestra, auspiciada por los buenos oficios de la eurodiputada del grupo ALDE Teresa Giménez Barbat, lleva el timbre del desagravio. No en vano, muchos de los representantes de la eurocámara, y en particular los encuadrados en partidos de izquierda, no sólo no han repudiado la ínsula patibularia de los hermanos Castro, sino que han celebrado su pervivencia como si se tratara de un horizonte moral. La circunstancia de que los lienzos se hallen en un sala de paso cuasi obligado es deliciosamente perversa. El martes, en la inauguración, no fue difícil apreciar la incomodidad en el rostro de algunos de los andariegos, a los que ni siquiera parece inquietar la más ignominiosa de las evidencias: 1959 es una obra abierta.

En su discurso, la directora de Archivo Cuba, María Werlau, que tanto ha contribuido al conocimiento de los horrores de la dictadura, calificó a Abreu de "patriota cubano". Cuando éste tomó la palabra, lo primero que salió de sus labios fue un desmentido. Le asistían las mismas razones por las que recela de la mística del exilio. Le movía, en fin, la convicción de que si se hubiera quedado en la isla donde nació, "en ese entorno empobrecedor, hoy sería otra persona, peor sin duda". Mas no había tiempo para disquisiciones: "No he intentado hacer retratos convencionales, eso se ve enseguida, sino acercarme a los rostros (muchas veces borrosos, conservados apenas en viejas fotografías) de forma franca y veloz, con el propósito de crear una imagen pictórica poderosa (y musical, en los mejores casos). He huido de la repetición. Cuando las soluciones se me hacían fáciles, he buscado otras, de ahí que a veces haya gran diferencia entre la manera en que está pintado un retrato y otro".

En la singularidad que irradia cada personaje reparó la briosa Ana Palacio, ex ministra de Exteriores y miembro del Consejo de Estado, quien, ya en el cocktail, fue mirando a los fusilados de hito en hito para, con el índice rozando la pintura (en algunos lances, temerariamente), adosarles un adjetivo que devenía en epitafio. En otra esquina, Alejo Vidal-Quadras comentaba con Ginés Górriz y Jorge Ferrer las noticias que llegaban de Cataluña, que en los últimos tiempos ocupa un lugar de honor en cualquier vernissage sobre la infamia. El link llegó de la mano de Javier Nart, que no había precisado de chuleta: "Yo nací en el 47 y hay algo que no podré olvidar, y es aquella España miserable, casposa, donde la verdad oficial y la mentira eran el pan nuestro de cada día, y a los que discrepábamos de esa verdad oficial nos determinaban como antiespañoles. Bueno... hoy en Cataluña a mí me determinan como anticatalán, y es que en último término estamos hablando de lo mismo: del exclusivismo, de la exclusividad, de la exclusión. Esto se llama 1959, y 1959 comienza en un lugar llamado La Cabaña, donde un personaje comienza a fusilar indiscriminadamente, en una especie de brutal justicia llamada 'popular' donde la diferencia entre la vida y la muerte era sencillamente el buen o mal humor que tenía aquella chusma que se decía revolucionaria. Hay una frase que os quería leer aunque sé más o menos de memoria, y que dice: 'El odio es fundamental, porque hace del revolucionario, una implacable máquina de matar'. Bien, son palabras del Che".

Al término del acto, con los asistentes en desbandada, vi que la cineasta en ciernes Helena Espada, con la que preparo un documental sobre Abreu, se hallaba absorta frente al mural. Buscaba, entre los 120, a Luisito.

Fuera, el cielo se iba licuando con morosidad sobre la civilización.


Libertad Digital, 10 de febrero de 2017

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