domingo, 20 de octubre de 2024

Cuando te pido que me toques rumba

Joan Ximénez, Petitet, el mejor percusionista español, murió hace una semana, apenas a unos días de que celebremos en Barcelona un homenaje que ya será póstumo. Una de sus últimas actuaciones con los 22 rumberos que solían arroparlo fue en Llívia, en la iglesia del pueblo. Eva Blanch y yo subimos al autocar de la trup en Barcelona a primera hora de la mañana y, al regresar, de madrugada, éramos otros. El apunte que encabeza la crónica de aquel reportaje, hasta ahora inédito, es un extracto de mis diarios, y describe mi último encuentro con el Petitet. Rey, príncipe o heredero… El Petitet fue el único artista del gremio que concibió la rumba como un grandioso espectáculo. Y que lo hizo carne.


Desayuno con Joan Ximénez, Petitet, en una terraza del Paralelo. La enfermedad sigue batiéndole en brecha, y la evidencia de que las crisis son cada vez más graves es que los proyectos que concibe son puramente faraónicos. Con cada arremetida de la enfermedad, fantasea con cientos de músicos, palmeros y coristas ocupando el gran teatro del mundo. The Ultimate Show. Faltan dos días para que acuda al hospital de San Pablo, donde una vez al mes le proveen de inmunosupresores que le alivian las crisis respiratorias. Un tratamiento paliativo. Cuando se aproxima la fecha del ingreso, su incapacidad para hablar es manifiesta y precisa del respirador cada dos o tres minutos. Padece, además, de fotosensibilidad, dolencia que atenúa con unas gafas a lo rocky sharpe que le encanallan el semblante, y se desplaza en una scooter para minusválidos, pues la fatiga apenas le permite ponerse en pie. Su aspecto general es el de un ciborg campanudo, un superviviente de sí mismo regresado del futuro. El rey de la rumba, catalanitos, es una decantación transhumanista, y todavía hay noches, cuando la ciencia surte efecto, en que agita el pechamen, lanza unas agudas y… ¡oooole, pum, que mirustemi catapum-pum-pum! Recordamos el viaje a Llívia de agosto de 2019, Eva Blanch y yo empotrados en el autobús de la compañía para reportajear el bolo, y el precario estado en que él actuó nada menos que en la iglesia del pueblo, ante el mismísimo Dios. «Aquest any n’hem de fer una de ben grossa, Joan», le digo. Es entonces cuando me agarra del brazo y reprime un gimoteo.

-Tens les filles bé? Hi ha res que falti a casa teva? I aquella noia? La Nuri té el teu telèfon, oi?

Y prosigue, errabundo:

Els diners passen, les malalties es queden…

Me percato entonces de que esas disposiciones son un sobrevuelo circular. Y llega el derrote.

-La cosa es complica.


Nos vamos de concierto a la Cerdaña con Petitet y su Orquesta Sinfónica, el insólito combo que el rumbero de la Cera puso en pie en 2017, después de prometerle a su madre que llevaría el género al Liceo. De camino, una crisis de la enfermedad debilitante que padece Petitet deja el bolo en suspenso. Ésta es la crónica de la que fue la última gran actuación de Joan Ximénez, el hombre ante el que se postró el mismísimo Tito Puente. 

Son las 8:50 de la mañana y Petitet aguarda en la terraza del bar O’Barazal, en el Paralelo, junto a su hija Triana y su yerno, Toni, un gitano parisino que pasaría por modelo de Versace. El establecimiento es lo que él llama su oficina. Su presencia aquí es tan habitual que en la imagen de Google Street View de esa dirección se le ve de espaldas. El road manager, Joan Antoni Barjau, carga en el maletero del autocar la silla de oficina de Petitet. «Papá, que no hace falta que la llevemos, que en el Ayuntamiento de Llívia nos pueden dejar una». «Como la mía, no». A las 9:20 llega el último de los veintidós músicos que forman la troupe y salimos rumbo a la Cerdaña. Petitet toma asientos (con ‘s’, sí) en la fila del fondo, la que suelen ocupar los folloneros. Lleva consigo el respirador portátil con el que combate las crisis de su miastenia gravis, la enfermedad incapacitante que desde hace siete años le mina las fuerzas, y que en los últimos días le ha postrado en varias ocasiones. La altitud de la población, 1.200 metros, no es el mejor de los augurios.

10:30. En la Sinfónica debutan esta noche Maria Cruz (saxofón) y Marina Planellas (trombón), que componen, con el cubano Abel Heredia (trompeta), la sección de viento. Maria y Marina son jóvenes, menudas y eléctricas. Se enrolaron en el comando el lunes y hoy es miércoles. El grupo las ha acogido con un agrado que raya en la ternura, máxime después de que llegaran al ensayo con la partitura trabajada, lo que no es habitual en estos pagos. Por la sonrisa que les asoma cada poco y el entusiasmo que irradian, diríase que no olvidarán de este día. Se saben en una peripecia de carácter iniciático y atienden con celo, casi con arrobo, a los comentarios de sus mayores. Más si es Petitet quien toma la palabra y empieza a hilar anécdotas;del añorado Onclu Paló, rumbero fino.

11:00. «Cuánto lo echo de menos. ¡Lo que me llegaba a reír con él! Una vez nos llamaron de TV3 y le dije: ‘Lo normal, Paló, es que nos inviten a tomar algo después de la actuación. Si es así, por favor, moderación, sobre todo moderación, no vaya a ser que nos tomen por unos muertos de hambre’. Ya en el bar, viene a tomarnos nota un camarero y el Paló diu: ‘A mí, jove, me pone una tostada con una loncha de jamón dulce y un botellín de agua’. Y se vuelve y me dice: ‘¿Ho veus, Petitet, como yo sé estar?’. Y yo: ‘Muy bien, Paló, així m’agrada’. En eso que el camarero me pregunta: ‘¿Y usted?’. ‘A mí’, le digo, ‘me pones un entrecot; grande, si puede ser, y bien jugoso. Ah, y acompañado de patatas fritas, cuantas más mejor. Y para beber una cerveza, la más fría que tengas’. La cara del Paló. Y el grito que pegó cuando el camarero empezó a enfilar para la cocina: ‘Esperi!’.»

Al apagarse el eco de la carcajada, la melancolía le nubla el gesto: «Ya no quedan gitanos así».

Foto: Eva Blanch

12:30. Conforme a los usos de una vida remota, en que la prensa anunciaba la llegada a puerto de las celebridades, el director de Radio Pirineus, Emili Carrillo, recoge a Petitet a la entrada de Puigcerdá y lo acerca en su utilitario a la emisora local. Allí le entrevista el único locutor del medio, que también es Carrillo. Antes de entrar en la pecera Petitet se da un chute de oxígeno. Como presentíamos, el agotamiento ha empezado a hacerle mella. On the air, Carrillo le lanza a Petitet el nombre del Gato Pérez y su recuerdo parece ahuyentar el fatalismo: «Precisamente lo venía hablando con Rafa Moll, que fue su manager, y que también se ha venido con nosotros: ‘¡Quines lletres que feia el Gato!'». Cristina Llombart, la administrativa del Ayuntamiento de Llívia que ejerce de gestora cultural (vio la película Petitet y se dijo que el espectáculo encajaría bien en la programación veraniega) confía en que el recinto que ha de albergar el concierto, la iglesia de la Mare de Déu dels Àngels, presentará buena entrada. Antes que la afluencia le preocupa el celo litúrgico de mossèn Ramon. Dado que el concierto es a las 22, lo normal habría sido salir por la tarde para hacer la prueba de sonido sobre las 19, pero a esa hora se oficia misa, por lo que la prueba ha de efectuarse a las 16. Cuando acabe, a los músicos no les quedará otra que sentarse a esperar o darse un garbeo por el pueblo. Sólo Petitet dispone de habitación en el hotel contiguo, donde reposará hasta media hora antes de la actuación.

13:00. Cuando estamos a punto de llegar a Llívia, le pido a Barjau, el road manager, que me facilite el «set list». «Set list? Ah, ok! Nosaltres en diem el repertori!». Lo tengo merecido.

14.00. Tras dejar los instrumentos en la iglesia, el grupo se dirige al restaurante L’Enclau, donde Barjau ha apalabrado un menú de 15 euros. No bien ha probado los garbanzos con bacalao, Rambo (al cajón) exclama: «Això és pura mel!». Ricardito Batista (hijo del mítico Tarragona) los comería de buena gana, pero la perspectiva de una tarde bajo los efectos de tanta miel le acaba por disuadir. Una cerveza es todo el alcohol que se permiten. Sólo algún que otro quejío del Tarragonita delata a los comensales como rumberos de ley.

15:00. El Cocho, una de las dos voces masculinas de la banda, debía sumarse al tour viajando desde Lérida, pero una avería en su auto se lo ha impedido. Barjau consulta una web de autobuses y le sugiere que tome el de las 15:30 hasta La Seu, y desde allí otro hasta Puigcerdá. Una hora más tarde anuncia su baja definitiva en el concierto, lo que pone a la Sinfónica en un brete. Yumitus, el otro cantante, está aquejado de una severa afonía y a duras penas podrá hacerse cargo de sus temas, así que los guitarras Jack Tarradellas y Roger Lozano se tienen que repartir los del Cocho y algunos de los de Yumitus. Rumba del contratiempo.

16:00. La iglesia de la Mare de Déu dels Àngels es un edificio del siglo XVI cuyo principal atractivo es el portal, de estilo renacentista. El espectáculo del Petitet tiene una cierta reminiscencia eucarística, por lo que el escenario no desentona en absoluto. El problema es la reverberación (el reverb, en jerga) como evidencia Laura Santos al arrancarse por El triunfo. El técnico de sonido, Gerard, se las habrá de componer durante la tarde para moderarlo.

19:00. Al término del ensayo, con las sillas, los atriles y los instrumentos perfectamente alineados sobre el altar-escenario, se cumplen los peores vaticinios y mossèn Ramon ordena desmontarlo todo para celebrar la misa. Los diez feligreses que han acudido a la iglesia tratan de persuadirlo de que no es necesario (“no s’amoini, mossèn”), pero mossèn se atrinchera en el ‘no es no’. ¡On s’és vist, dir missa amb uns bongos al darrera! […] El (re)montaje (tras la misa) concluye sobre las 20.30, pero no hay mal que por bien no venga: nuestros músicos se han ahorrado la afrenta de tener que hacer tiempo a cielo abierto.

20:45. Al cineasta Carles Bosch, director de la extraordinaria Petitet (2018), el concierto le ha pillado en la región y se ha acercado a verlo. Entre las muchas dificultades que hubo de enfrentar el rodaje del documental, se cuenta una ciertamente llamativa, cual es la sobreactuación del Petitet. Bosch lo detectó de inmediato y le metió en vereda: “Con que seas tú me basta”.

21:15. Los músicos esperan frente al pórtico de la iglesia a que vaya entrando el público. Ellos visten de smoking y ellas de largo. Maria y Marina han optado por un conjunto de blusa y pantalón holgado. Si hay algo que no consiente Petitet es el desaliño. No en vano, una de sus sentencias más recurrentes es “la rumba es señora”, lo que extiende el señorío a los rumberos. Al pianoman, Iván Santaeularia, le costará una bronca el olvido de la pajarita.

21:40. A Petitet no le ha cundido el descanso. La sola visión de los escalones del pórtico le deja exhausto y por un instante parece venirse abajo. Sólo su imperial traje negro y su media sonrisa invitan a pensar que sí, que superará el envite. Apoyado en su hija Triana, recorre los 30 metros que le separan del altar y se refugia en un habitáculo lateral. Desde ahí hará aparición en cuanto la banda ataque el primer tema, Una lágrima. ¡Pom-pom-pom, pom-pom-pom-pom! El sonido no es tan deficiente como el ensayo hacía prever. (Según me explicaría después Roger Lozano, no se ha hecho la temida pelota, tan típica de pabellones deportivos, y que consiste en que unas notas se pisen con las siguientes por efecto del reverb.)

Foto: Eva Blanch

22:10. Al acabar la tercera canción, Limón, Petitet se vuelve hacia las 300 personas que llenan el recinto (como buen director de orquesta, actúa dándole la espalda al público) y les dirige unas palabras. “Sintiéndolo mucho, hoy no estoy bien. Como algunos ya sabéis, padezco una enfermedad debilitante que se llama miastenia gravis y el tratamiento que me aplican cada dos meses me está dejando de hacer efecto. El caso es que hasta dentro de quince días no me pueden volver a tratar porque hacerlo antes no me haría bien. Es así, no hi puc fer res. Habrá concierto, pero tendré que actuar sentado y con la máquina de oxígeno sobre la mesita; nadie se alarme si cada tanto me aplico el respirador.” Un aplauso que proviene del fondo de la iglesia acaba prendiendo y se hace la ovación. El estremecimiento da paso a las ganas de fiesta, que se irán haciendo más y más ostensibles hasta que, con La noche del hawaiano, sea el Cristo Crucificado el único que no se agite.

23:45. Gitana hechicera y Sarandonga abrochan la despedida y los llivienses bailan arrebatados, con el alcalde Elies Nova entregado a la causa desde la fila 0. Los músicos van desfilando uno tras otro por el pasillo central sin dejar de tocar, en una suerte de saints go marching in que por un instante hermana Llívia, el Raval y Nueva Orleans. El apropiacionismo gobierna el mundo y sobre el escenario queda Petitet, rendido y feliz.

03:30. El autocar nos devuelve al mismo punto del Paralelo en que nos había recogido 18 horas antes. Barcelona es un horno húmedo y mal iluminado, indiferente al cansancio de 22 rumberos en desbandada. 24, conmigo y Eva.

The Objective, 20 de octubre de 2024

domingo, 29 de septiembre de 2024

La flojera de Europa ante Sánchez

El que fuera corresponsal del Times en España, Raphael Minder, informó sobre el procés de manera exhaustiva, cual era su obligación. Que lo presentara como la batalla definitiva del conflicto secular entre el atraso español y la modernidad catalana tuvo, además, la virtud de educarnos en el pueril sectarismo del diario universal de referencia.
El discurso legitimador de Minder se apreció aún mejor a la luz de las crónicas que despachó la corresponsal de Le Monde, Sandrine Morel, que concitó la animadversión del nacionalismo por su instant book En el huracán catalán. Tal fue el precio de que aireara lances ciertamente tercermundistas, como el del incógnito dircom del PDECat que, ante su escepticismo respecto a la legitimidad del referéndum del 1-O, le dijo: «Mira, niña, si compramos dos páginas de publicidad en tu periódico vas a decir lo que nosotros queramos». ‘Mira, niña’ lo digo yo, pero es, a buen seguro, la interjección que su interlocutor llevaba en mente.

También Minder dejó un libro, The Struggle for Catalonia: Rebel Politics in Spain, en el que dio rienda suelta a la fantasía iniciática, americanísima, de cubrir, vencida y desarmada, la guerra civil.

Sea como fuere, el procés fue noticia en el extranjero, y si bien las crónicas adolecieron de una cierta comprensión para con los delincuentes, no faltaron voces que alertaran de que la «sonrisa» revolucionaria con que el nacionalismo trató de encandilar a las cancillerías, era en verdad una mueca siniestra. A bote pronto: Antonio Tajani, Manuel Valls, Nicolas Sarkozy, Marlene Wind, Inger Enkvist…

No sucede lo mismo con Pedro Sánchez, de cuyas trapacerías apenas se ocupan los medios internacionales. Sí, hubo cabeceras que se hicieron eco de su retiro espiritual, aunque en general, y dada la extravagancia del episodio, el tratamiento que le dispensaron no fue estrictamente político, sino que tendió a vencerse del lado del interés humano, subsección «psicodramas».

Sólo The Guardian, por boca de María Ramírez, tuvo a bien desvelar la trastienda de la reflexión de Sánchez, pero no para escandalizarse por su «carta a la ciudadanía», secreción sentimentaloide donde también el título era mentira, pues los verdaderos destinatarios eran los jueces y la prensa. No, Ramírez hizo suya la propaganda gubernamental para proclamar, por duplicado, que Sánchez tenía razón.

«Sánchez tiene razón al denunciar a los medios de comunicación poco profesionales por difundir mentiras e insinuaciones infundadas. Hace tiempo que tiene que hacer frente a ataques personales y absurdos difundidos en Internet por sus oponentes de derecha y extrema derecha, incluidos rumores maliciosos e infundados sobre su esposa y su familia. […] Sánchez tiene razón en lo que se refiere a la degradación del debate en el parlamento español, en los medios de comunicación y en las instituciones públicas en general. […] Es muy fácil señalar como causa de ello la cruda retórica de los políticos, sobre todo de la derecha. Al primer ministro se le acusa sistemáticamente de ‘mentir’ sin pruebas. Los conservadores de la oposición describen a España como una “dictadura” en la que Sánchez se comporta como Franco. No hay consecuencias, ya que no existe un código ministerial que prohíba mentir o acusar a alguien de mentir. Incluso ha habido algunos incidentes de violencia física contra funcionarios socialistas locales.»

Anécdotas al margen, la impasibilidad de los grandes medios europeos frente a Sánchez, la indiferencia para con el progresivo desguace del Estado de Derecho en España, guarda cierto parangón con la incuria con que la UE viene tramitando el madurazo, al que apenas ha aplicado el protocolo deeply, consistente, esta vez, en conceder a don Edmundo una presidencia honorífica, quién sabe si de la isla de If.

Es el si(g)no de un tiempo en el que los primeros en caer, lo recuerdo bien, fueron los editores, entiéndase el término en su sentido más amplio.

[Bola extra]

Dice Zapatero: «Mi Gobierno acabó con ETA. Bajo mi Gobierno se entregó ETA, se rindió ETA. Lo digo y lo afirmo. […] Pasó con mi Gobierno, no con el Gobierno de Aznar ni con el de Felipe González ni el de Rajoy».

[Segunda bola extra]

Dice Zapatero: «Cuando alguien facilita, cuando alguien media, debe ser extraordinariamente respetuoso. Es un derecho y un deber mantener discreción y lealtad a las personas que han permitido, que han querido, que facilitase una tarea. En mi larga experiencia política de conflictos sé muy bien que eso es lo que hacen los mediadores».

[Tercera bola extra]

Polarización es el término que emplea la izquierda para deslegitimar a la oposición de derechas. «La derecha polariza» es la mutación politolai de «la derecha crispa». La gran genialidad de la factoría progresista estriba en reclamar para sí el papel de sagaz observador en una disputa en la que participa como actor protagonista. El viejísimo, bipolar, ‘juez y parte’.

The Objective, 29 de septiembre de 2024

domingo, 18 de agosto de 2024

Diga 133, por cuatriplicado

La ridícula gravedad que rezumó la investidura de Salvador Illa, las ínfulas de coronación medieval de la ceremonia; el aura de elegido, más que de electo, que pretende proyectar el personaje, y esa cordialidad de mano flácida y risa de conejo que parecía imperar en los corrillos, me retrotrajeron al pujolismo más rigorista. Incluso el padrinazgo in corpore del Viejo, al que vimos departiendo animadamente con la vicepresidenta Montero (en la que probablemente haya sido su última conversación en lengua impropia), y la insistencia de los tertulianos en abrochar la postal con el presuntuoso «sobrio», tanto más falso cuanto más reiterativo, apuntalaban la renaixença del oasis.

El ya presidente de la Generalitat, de hecho, había hecho suyo en el discurso de toma de posesión la fantasmagoría del cent trenta-tresè president… , conforme al listado que se sacó de la manga un comité de expertos capitaneado por el historiador Josep Maria Solé i Sabaté, a quien Jordi Pujol, obsesionado con la idea de revestir la Generalitat de pedigrí milenarista (recuerde el lector la campaña institucional «Catalunya 1.000 anys», que tanto alegró la vida de la prensa), encargó la «investigación», auspiciada por Enciclopèdia Catalana. Aquella concienzuda labor al servicio de la mitología añadió once presidentes a la nómina oficiosa, que ya en 1980 había convertido a Pujol en el 115º presidente de Cataluña. Entre los medios que traficaron con dicha mercancía, por cierto, no faltó El País. Firmaba la noticia el psicópata en ciernes Alfons Quintà, ya entonces dado al menudeo:

«En el plano formal, la noticia del día fue la toma de posesión de Pujol como 115º presidente de la Generalidad. Pero en el orden de la trascendencia de la política real, destaca la profundización de la maniobra conjunta de socialistas y Tarradellas para socavar el escaso poder del presidente Pujol. Tarradellas ha dejado la Generalidad «atada y bien atada», en el sentido de que, por un lado, deja colocados en ella a sus amigos y confidentes, y por otro, ha excitado la confrontación entre socialistas y Pujol».

La historiografía recreativa de Solé apuntaló el delirio pujolista; sobre todo, para que «en el orden de la trascendencia», lo trascendente fuera el orden y la «política real» fuera lo más semejante a un romancero. Tal es la mística ultramontana que ha abrazado Illa, a modo de frontispicio de una legislatura que promete ser tan siniestra como su gesticulación pandémica, y en la que, en nombre de la paz social, todo aquel que cuestione el corpus, empezando por la sumisión a la cronología paleozoica, será tildado no ya de anticatalán, sino, dado Sánchez, también de antiespañol.

«Señoras y señores, bienvenidos y bienvenidas al Palacio de la Generalidad, sede del Gobierno de Cataluña. Dará comienzo el acto de toma de posesión del cent trenta-tresè president de la Generalidad de Cataluña.» Hasta cuatro veces la voz megáfona de pantocrátor, reverberación del eco divino de los locutores que en TV3 retransmitieron el procés, nos hicieron oír 133.

Ahora bien, ni Rull, el delincuente indultado que escenificó cómo serían los lunes en una Cataluña independiente, ni Illa, que se atrevió a proclamar que gobernaría «para todos», remedando al Artur Mas que se ufanó de tolerar que Albert Rivera hablara en catalán; ni Rull ni Illa, decía, tuvieron arrestos para incrustar ese ‘133’ en la resolución del pleno del Parlamento y la promesa oficial del cargo, no fuera a ser que un antiespañol, yo mismo, lo impugnara ante la justicia; no fuera a ser, en fin, que se lastimaran, que prenguessin mal.

Ésta siempre fue tierra de cobardes y me alegró de que ambos, siquiera por omisión, lo dejaran claro.

[Bola extra]

El entierro del procés, esa pobretona unanimidad a la que se le ven todos los costurones. Como si el procés no estuviera muerto desde que Ciudadanos se convirtió en primera fuerza.

[Segunda bola extra]

El Confidencial, 29 de septiembre de 2020. El doctor y profesor en Derecho de la Universitat Pompeu Fabra, Pere Ripoll ha hallado a dos nuevos presidentes de la Generalitat durante la época medieval, por lo que Quim Torra sería el 133 ‘president’ y no el 131. […] Hasta ahora, la historiografía había considerado a estos dos regentes como «una especie de tecnócratas al frente de la institución», si bien Ripoll ha afirmado que su hallazgo permite afirmar que «lo más cercano a la presidencia actual que experimentó la Generalitat medieval y moderna fue el sistema de regencia de la institución». Los dos regentes ocuparían el 5º y 6º lugar en la lista de presidentes, por lo que la numeración actual debería desplazarse dos números y Torra pasaría a ser el 133 y no el 131 como se afirmaba hasta ahora.

The Objective, 18 de agosto de 2024

domingo, 28 de julio de 2024

Un epílogo catalán

La manifestación independentista que recorrió el centro de Barcelona el pasado 13 de julio no fue noticia pese a que debió serlo. Lejos quedaban los desfiles coreanos de la edad de oro del procés, cuando sus promotores, entre los que se contaban TV3 y el Grupo Godó, voceaban ufanos «ho tenim a tocar!», paráfrasis del culerísimo «aquest any, sí!», y la cartelería oficialista avizoraba la distopía de que, cuando Cataluña fuera un Estado, habría «helado de postre». ¡Helado de postre! Aún faltaban tres años para que los principales instigadores de la revolución de las sonrisas, que al punto devinieron en mueca siniestra, tuvieran ocasión de comprobar de primerísima mano que en las cárceles se servían tarrinas hacendado de vainilla, y que la calidad del menú navideño (terra d’escudella, después de todo) era superior a la de no pocos hogares catalanes.

Debió ser noticia, digo, e incluso copar la misma superficie que coparon las vías catalanas, las uves a vista de pájaro, el soberanismo sobre plano y las cadenas humanas entre Salses y el porvenir. Se trataba de someter a los mil y pico de expedicionarios que desembarcaron en plaza Urquinaona desde Vic y sus afueras, dicho sea en un sentido moral, a la misma operación discursiva que normalizó, enalteció los fastos de 2014-2017: planos cenitales para tasar la magnitud de la movilización, cálculo aproximado de la asistencia mediante el índice de densidad del gentío, anécdotas varias (mascotas, bebés, ancianas, rostros populares)…

El periodismo, en cambio, exhibió una vez más su acreditada incuria a la hora de cerrar los paréntesis, su ontológica renuencia al principio de simetría. Siglos soportando la murga del deporte como metáfora de la vida y ni siquiera alcanzamos a embalsamar nuestras miserias en la olímpica sintaxis de unos Juegos, apertura y clausura. El Mundo incrustó un pie de foto y solo THE OBJECTIVE publicó la esquela en tiempo y forma, lo que no deja de ser irónico, detentando La Vanguardia como detenta el monopolio de las pompas: «Según cifras de la Guardia Urbana, cerca de 1.500 manifestantes han recorrido la Vía Laietana de Barcelona hasta la sede del Palau de la Generalitat, donde los manifestantes han echado al suelo trozos de pan en un simbólico mensaje de que Cataluña no quiere conformarse con “migajas”». Qué oportunísima performance; porque lo que encarnaba esa postrera falange era, exactamente, la quinta acepción del término «migajas»: residuo. D’un temps-d’un país.

Anote la general estulticia, si no lo ha hecho ya, que fueron la policía, el Rey, un millón de españoles y los jueces quienes hicieron descarrilar el procés; que la inveterada cobardía catalana (¡independientes sin bajar del autocar, hágase!) hizo el resto. Y que Sánchez no ha propiciado nada; antes al contrario, ha cedido el centro del tablero político a una camarilla crepuscular.

Lo alarmante es que, a 27 de julio, no lo haga para estar a la altura, nunca mejor dicho, del ritornelo del Falcon, sino porque se haya aficionado a la escritura y pretenda, gravemente, seguir practicándola.

[Bola extra]

Voilà. Una vez más, Francia se ha quedado a un paso de hacer el ridículo; para que sean los agoreros quienes lo den. Y con ellos, los nativos analógicos que, una semana antes que los 1.500 de Urquinaona, salieron a la calle para protestar por la conversión de su ciudad en un parque temático. Los organizadores de París 2024 han hecho realidad esa hipérbole, como apuntaba Marc Bassets, con un espléndido anti-Puy du Fou. Pasado por agua. Poché.

viernes, 12 de julio de 2024

¿’Welcome refugees’ y ‘tourists go home’?

En julio de 2017, cuatro encapuchados de la organización ultraizquierdista Arran, vinculada a la Candidatura de Unidad Popular (CUP), asaltaron en Barcelona un autobús turístico repleto de pasajeros, pincharon una de las ruedas con lo que parecían navajas y en la luna delantera pintarrajearon: «El turisme mata els barris«. La alcaldesa Colau trató de echar tierra sobre el suceso, pero luego de que los autores lo hicieran público en Twitter, no tuvo más remedio que lamentar que la protesta contra el turismo (¡legítima, faltaría más!) hubiera ido acompañada de un acción intimidatoria.

Un año después, Arran volvió a inaugurar la temporada veraniega lanzando dos botes de humo contra el piso superior de uno de los vehículos de la misma línea, en lo que ya corría el riesgo de perpetuarse como otra tradición barcelonesa, una suerte de versión prototerrorista del tren de la bruja. Al punto, el comisario de guardia, Pisarello, hizo gala de su conocida omnicomprensión de la violencia de izquierdas, y puntualizó que, antes que un acto vandálico, se trataba de una «iniciativa simbólica». Este fue el tuit que publicó, plenamente identificable por su sintaxis, y al que, antes que tuit, habría que llamar comunicado: «Ha sido una iniciativa simbólica que no ha provocado incidentes, una de las tantas que se producen en Barcelona, estamos teniendo un debate sobre el futuro del turismo, debe ser una actividad sostenible».

En verdad, hacía al menos una década que ese debate se había abierto en Barcelona, que había reemplazado al País Vasco como destino predilecto en Europa del turismo borroka. En el macrourinario en que se convertía el barrio de Gracia a partir de julio, no era infrecuente que los enfrentamientos entre el rojerío pluriestatal y la guardia urbana se prolongaran hasta bien entrada la madrugada, con quema de contenedores incluida y un sinfín de atracciones para todos los gustos, entre las que se contaban los destrozos en viviendas de uso turístico, las amenazas a los propietarios y el hostigamiento a los turistas.

De que fuera una actividad sostenible se ocupaban los servicios de limpieza municipales, sísifos a cuenta del erario que en torno a las 10 de la mañana ya habían devuelto una cierta apariencia de civilización al infecto sumidero anticapitalista de la noche anterior.

Hoy sabemos que la propaganda o (cupaire) fue cualquier cosa menos simbólica, pues ha acabado incrustada en partidos como el PSOE, que trata de desviar la atención sobre su catastrófica Ley de Vivienda achacando la falta de oferta asequible a los pisos turísticos. ¿Que hay que velar por el cumplimiento de la ley? Por supuesto. Es innegable que en áreas de elevada concentración se produce un efecto en el precio del alquiler residencial, y los ayuntamientos deben esmerarse en aplicar medidas que corrijan esa eventualidad, pero practicando la cirugía fina, no la demagogia a granel. Y, sobre todo, atendiendo a la evidencia.

Véase el caso de Nueva York, donde al cabo de nueve meses de la prohibición de facto del turismo residencial, la oferta de vivienda es todavía menor, los precios de los alquileres siguen disparados y lo que antes era un mercado regulado, ahora es un mercado negro. O el caso de Barcelona, donde, según recogen las ponencias que se presentaron en el marco de una comisión sobre la materia en el Parlamento de Cataluña, el porcentaje de pisos turísticos registrados y activos supone el 0,93% del parque de vivienda, y el porcentaje de turistas que recurren a esta modalidad no llega al 10%.

No son cifras que casen con ese alud de imágenes truculentas en las que los turistas aparecen caracterizados como un enjambre de indeseables, y los propietarios de pisos turísticos, como un hatajo de desaprensivos. ¿Cómo reaccionaríamos si los medios de comunicación de referencia hablaran de los inmigrantes irregulares como de una plaga bíblica a la que hay que combatir? ¿Y ante una patrulla vecinal que increpara en las calles a esos mismos recién llegados, haciéndoles saber a voz en grito que no son bienvenidos?

Porque eso mismo ocurrió el sábado en una terraza barcelonesa, en la que varias familias de turistas se vieron rodeadas de energúmenos que vociferaban a quemarropa, poco más o menos, «forasteros al pilón». ¿Acaso los delitos de odio incorporan eximentes en función de quienes lo sufren? ¿O la eximente estriba, como sospecho, en portar banderas palestinas? Esa xenofobia de alta cuna, con certificado ministerial.

The Objective, 12 de julio de 2024

domingo, 16 de junio de 2024

Un níveo baldosín en memoria de Aly Herscovitz

Cuando en 2009 el blook Aly Herscovitz, cenizas europeas en la vida de Josep Pla, empezó a publicarse en Factual, tardé en prestarle atención. El motivo, paradójicamente, tenía que ver con que yo trabajaba en Factual, y pese a que el director, Arcadi Espada, nos había impuesto la obligación (se trataba de un precepto cuasi estatutario) de leer de punta a cabo nuestro propio periódico, nunca hubo tiempo para nada que no fuera despejar corners. Demoré la lectura de Aly hasta pocos días antes de que Factual echara el cierre y su hemeroteca fuera destruida por orden de su principal accionista del negocio, un decir.

La inmersión en 'Aly', lamento la cursilería, fue una experiencia holística. Esa sensación de estar ante un patrón fundacional. A partir de Aly, me dije parafraseando a Adorno, no se podría escribir de otra manera que no fuera utilizando los recursos que el progreso había puesto a nuestro alcance: hipervínculos, audios, vídeos... Y que Verónica Puertollano, que sin saberlo estaba inaugurando una profesión, la de editora moderna, empleaba con finura, sin que ninguno de ellos pareciera 'incrustado'. Llegué a temer que la historia, el reportaje al que los autores habían liberado del corsé de la narración, digamos, lineal, quedara relegada por el deslumbramiento de ese lenguaje inaugural. Porque la historia era un fractal de oro molido.

En el Berlín de entreguerras, Pla, 26 años, se ennovia con Aly Herscovitz, una scort judía de 18 que cumplía los estándares de lo que hoy etiquetaríamos como 'curvy'. Años después de que acabara la relación (y la Segunda Guerra), Pla, al saber de "la existencia de los hornos crematorios destinados especialmente a los judíos", se interesa por lo que ha sido de su ex y deja constancia del resultado de sus pesquisas en Notes disperses: "El paso del tiempo lo ha confirmado todo. ¡Pobre criatura! Cuanto más incierto es el recuerdo, más dolorosa y trágica es la catástrofe final". "¡Pobre criatura!", dice de su amada, como si hablara de un etíope al que hubiera apadrinado por intermón. Y culmina el estropicio con una frase que podría firmar Suso de Toro: "Cuanto más incierto es el recuerdo, más dolorosa y trágica es la catástrofe final". Aly, en efecto, había sido asesinada en Auschwitz, luego de que las autoridades francesas la arrestaran en París, en julio del 42.

A Espada le venía carcomiendo la paupérrima calidad estilística y moral de esa necrológica, y reunió a cuatro cómplices para seguirle el rastro: Xavier Pericay, Marcel Gascón, Sergio Campos y Eugenia Codina. La conclusión tal vez sea lo menos importante de la obra, pero es obligatorio consignarla e incluso darse el gusto de masticarla: Pla fue un cobarde; ni se encaró con el franquismo ni con el nazismo ni consigo mismo. Begut massa. Pudiendo ser un gran periodista europeo, se quedó en un admirable comentarista local.

Lo que hace de 'Aly' un trabajo mayúsculo es la escrituración de la indagación, la anotación de una labor que rinde noticias insólitas a fuer de nimias, como los viajes de los autores a esas escenografías del Este, puro cemento portland a cincuenta bajo cero. O la sufrida insistencia de Campos en recabar información en la Fundación Josep Pla, el más vívido ejemplo de antifundación del que podemos alardear en España. Veraneo en Calella y la visité con mis hijas el verano pasado. Nos atendió una Charo con ínfulas a la que fui corrigiendo su plática para turistas, primero a base de susurros para Lola y Laura, y luego abiertamente, ya sin remilgos: "Mira, niña, no tienes ni puta idea".

Recapitulemos: cinco europeos levantan un reportaje cuyo sujeto, en verdad, es Europa. Nadie, repito, nadie, ha hecho nada comparable. Ni siquiera Enzensberger, cuyo flatulento ¡Europa, Europa! propendía, precisamente, a neutralizar el europeísmo (aquel patético copy-paste, tan admirativo, de Arzalluz y el juego de las sillas).

He empezado esta reseña hablando de la novedad que supuso, en 2009, la reinvención de la literatura. Lo que jamás habría sospechado es que una obra de la complejidad técnica de 'Aly' pudiera convertirse en un texto convencional. El mérito corresponde a Xavier Pericay, quien, con su habitual maestría, se vale de un narrador omnisciente para conferir apariencia de orden a una conversación a cinco voces que presumo bastante más caótica. La stolperstein en memoria de Aly que Arcadi, Xavier, Eugenia, Sergio y Marcel trataron, en vano, de instalar en París, es, en cierto modo (pero sólo en cierto modo), un níveo baldosín de papel.

The Objective, 16 de junio de 2024

domingo, 26 de mayo de 2024

Un gobierno incógnito

Una de las consecuencias menos comentadas del procés ha sido el borrado del poder en Cataluña. Pensaba en ello mientras, con motivo del asesinato de Nuria López, cocinera en la cárcel tarraconense de Mas d'Enric, a manos de un recluso, vi en las noticias a un grupo de funcionarios clamar frente al Parlament: "¡Ubasart, dimisión!". ¿Ubasart? ¿La podemita? ¿Qué tendrá que ver con el suceso?, me dije. Google me dio la respuesta: "Gemma Ubasart González (Castellar del Vallés, Barcelona, 1978) es una política y politóloga española. Actualmente es consejera de Justicia, Derechos y Memoria de la Generalidad de Cataluña". El ChatGPT no había sido tan preciso. Después de una respuesta un tanto disparatada por la que, eso sí, pidió disculpas de inmediato ("Gemma Ubasart es una actriz", me había dicho, "que ha destacado por su participación en películas como La vida empieza hoy y Anacleto: agente secreto), me aclaró que, en efecto, Ubasart, del partido Podemos, había sido diputada en el Parlament y había contribuido "al desarrollo de políticas de izquierda". Ni rastro de su desempeño como responsable de la cartera de Justicia en el Gobierno de Aragonès.

En cierto modo, me sentí aliviado por que la máquina fuera tan profana como yo. Con una particularidad que, hasta ese momento, no había sopesado: a mi ignorancia de quién era Ubasart (una ignorancia, si se quiere, relativa, pues, como digo, no era ajeno a su vínculo con la extrema izquierda), se sumaba el desconocimiento (éste sí, absoluto) de quiénes eran sus colegas de Gabinete: no era capaz de identificar a uno solo.

Sí, estaba esa mujer, la segunda de Aragonès, a la que solía ver en las típicas imágenes de recurso del Patio de los Naranjos, camino del Consejo de Gobierno, pero ni recordaba su nombre ni ningún dato significativo. También la portavoz, autora de una célebre disertación sobre el escote cuya lectura recomiendo vivamente: "Dicen que de cada crisis sale una oportunidad. Que deben aprovecharse. Cada vez que lo siento pienso lo mismo: y una mierda. Las oportunidades deben buscarse y se pueden encontrar sin tener que lidiar con un problema. El escote de la portavoz del gobierno no ha provocado ninguna crisis, pero sí una polémica tan absurda como evitable. No lo he buscado, no le he querido y no he contribuido a ello".

Sopesé la posibilidad de si el hecho de vivir en Madrid, con la consiguiente desvinculación del ecosistema mediático catalán, pudiera explicar esa carencia. A tal efecto, sondeé a diez residentes en Cataluña más o menos concernidos por la actualidad, y entre cuyos hábitos se cuenta la lectura de periódicos. Sólo uno me supo decir el nombre de un consejero: concretamente, el del consejero de Interior, Joan Ignasi Elena, si bien no acertó con el departamento, pues le atribuyó el de Sanidad.

Sí, me dirán que los consejeros de gobiernos como los de Andalucía, Valencia o Castilla-La Mancha son tan o más desconocidos que los catalanes, aun para los ciudadanos de esas mismas comunidades. Es posible. Pero lo cierto es que hubo un tiempo en que individuos como Max Cahner, Josep Laporte, Antoni Comas, Joan Guitart, Xavier Trias, Joan Maria Pujals, Macià Alavedra o Andreu Mas-Colell eran susceptibles de atención periodística (probablemente desmesurada), y que algunos de ellos dieron pie a artículos (¡y libros!) de no poca enjundia. Un mundo con el que el que el independentismo (también) ha acabado, en un caso insólito de algo parecido al autocanibalismo.

The Objective, 26 de mayo de 2024