Técnicamente era posible. Había un paso intermedio que los informáticos del periódico debían resolver aquella tarde, un ajuste menor del que no recuerdo los detalles, pero una vez salvado ese obstáculo, nada había de impedir que el columnista Salvador Sostres tuiteara una cena desde El Bulli. “Que se entienda”, le previno el director, Arcadi Espada, que, como buen críptico, se irritaba ante la prestidigitación verbal y, en general, ante cualquier tentativa de virtuosismo que convirtiera el relato en un galimatías. A Sostres también le preocupaba hacerse entender, sobre todo a partir de la tercera copa. “Del Bulli se sale algo tocado”, nos aclaró a Jordi Pérez Colomé y a mí, que solíamos atender con regocijo sus aventis de ‘tiet-recién-llegado-de-París’. Sea como sea, el anuncio a los lectores de que Salvador Sostres tuitería una cena desde el mejor restaurante del mundo contenía el germen de lo indómito, la promesa, bien que incierta, de encararse con el futuro.
Al margen de la novedad que suponía incrustar el tuit en la cascada de noticias, se trataba de la primera temporada otoñal del Bulli, que hasta entonces sólo había abierto en los meses de primavera-verano; la primera vez, en fin, que Ferran Adriá se adentraba de lleno en el recetario de las setas, la caza y los consomés (un tour de force encomiable, máxime si tenemos en cuenta que sólo faltaba un año y medio para que el restaurante echara el cierre). Por si fuera poco, el entonces director de El Mundo, Pedro J. Ramírez, también cenaba esa noche en El Bulli. Célebre fue el tuit en que Sostres y Ramírez, chorra en mano, conversaban animadamente sobre la luminotecnia de los inodoros, sin presentir uno e ignorante el otro de que ese intercambio de impresiones estaba cimentando un hito periodístico. Prueba de ello fue el españolísimo ninguneo del que fue objeto la escrituración y aun la existencia misma del periódico, del que sólo interesaron sus exequias.
A los dos meses de la salida del periódico, en efecto, el principal inversor anunció que no había más dinero, menos aún para seguir costeando extravagancias. Espada dimitió del cargo y el periódico inició una carrera a tumba abierta hacia la putrefacción de la que fueron dando cuenta y palma las notas de gastronomía, al cabo, tan perecederas.
El director que suplió a Espada eliminó la sección con la misma displicencia con que la directora que suplió al director que suplió a Espada la recompuso. Sostres, acaso consciente de que el barco no tardaría en hundirse, empezó a publicar lo que llamé ‘reseñas marisqueras’, esto es, críticas aguerridas de restaurantes de ultratumba. Fueron, no obstante, las que más convencieron al inversor, que, no obstante, ordenó a la directora que prescindiera de Sostres y, ya puestos, que se fuera ella también. ‘Cualquier día toma el mando David Vidal’, bromeaba mi amigo Trillas. A las siete de la tarde, eso sí, el periódico estaba liquidado; por decir verdad, antes de las dos la chapuza era ya de tal magnitud que quedaba poco por hacer.
El cuarto director era un comercial de imanes de nevera que, años atrás, había vendido publicidad de una revista de barrio. Al poco de tomar posesión del cargo, me comunicó que él mismo se haría cargo de las notas de gastronomía. Debutó con la reseña del bar de una amiga al que, según dijo sin inmutarse, “le vendrá bien una ayudita de la prensa”. Tituló la reseña “Algo más que comida”, sólo Dios sabe por qué. A mediados de junio, el inversor destituyó al comercial de imanes y nombró director al que, hasta ese momento, venía siendo el principal comentarista del periódico: ‘Nick Séneca’. “Con todo lo que escribe gratis, ¡qué no hará por unos eurillos!”, oí vociferar al encargado . Trillas, aplastado por la realidad, dejó de aventurar sustitutos, no fuera a aparecerse por la puerta el mismísimo Paesa.
A todo esto, al inversor no le faltó razón: en su primera jornada laboral, Séneca publicó un elogio del gin tonic, un perfil (ay) de Violeta la Burra (la había entrevistado en un rumboso descenso a los infiernos) y un chiste. En la mejor tradición de presidente-entrenador, el inversor acabó por adueñarse de la sección de gastronomía. La primera reseña que mandó publicar llevaba por título “Escalopines de pollo al roquefort”. Los escalopines, tal como anunció solemnemente, eran el fruto del primer patrocinio del periódico. El patrocinio, concretamente, lo había firmado con el concesionario Mundiauto. Cuando al fin me despidieron, y mientras bajaba al centro a dar la noticia a Trillas, me asaltó la certeza de que ni siquiera el cierre del periódico evitaría que la noche en El Bulli siguiera degenerando, como un monstruo de razón adormilada que no cesara de caer, caer, caer.
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sábado, 17 de junio de 2017
viernes, 28 de agosto de 2015
Alfonso
A eso de las diez entré en la estafeta más cercana a mi casa. Me atendió un hombre que, tras depositar el bulto en la balanza, recibió el abrazo lacio, mudo, demorado, de una compañera de trabajo. Debió de notar mi impaciencia; la cabeza ligeramente inclinada y en la comisura una turbia doblez.
-Perdona, es mi último día.
-[...]
-Hoy me jubilo. Bueno, hoy me jubilo de aquí, de esta estafeta. Dentro de tres meses me llega la jubilación definitiva; debo una propina en otra estafeta… ¿Qué has metido en el sobre?
-Manuscritos.
-¿Manuscritos?
-Cinco copias; para un concurso literario.
-¡Vaya! Yo suelo escribir los domingos. Empecé escribiéndole poemas a mi novia y no lo he dejado.
-¿Los domingos?
-Alguno he fallado, pero lo normal es que me ponga después de comer. Oye, ¿y esto cuándo tiene que llegar?
-Mañana se cierra el plazo.
-¿Mañana? Pelín justo. Lo enviaremos por postal exprés. ¿Es importante ese concurso?
-Lo convoca el diario Marca. Y sí, es una pasta.
-No te veo convencido.
-Bah, me animó un amigo. Y mi mujer, que dice que tiene una corazonada.
-Lléname esto, es para la prueba de entrega... ¿De qué va? El libro, digo.
-Es algo así como un dietario.
-¿Un dietario? ¿Para el Marca?
-Un dietario escrito desde el fondo norte de un campo de fútbol.
-Ya.
-Raro, ¿no?
-Bah. Yo escribo los poemas oyendo el carrusel. No creo que haya mucha diferencia entre mis versos y tu dietario. Oye, ¿y el premio incluye la publicación?
-A los tres meses del fallo se publican la obra ganadora y la finalista.
-Antes has dicho 'raro' pero querías decir 'especial', ¿no es así? Prométeme que si tienes suerte me dejarás un ejemplar en la estafeta.
Tras darme la vuelta, me estrechó la mano con un leve temblor. Cuando ya estaba a punto de llegar a casa, deshice el camino y fui de nuevo a la oficina.
-Si tuviera suerte, ¿en qué estafeta le dejo el ejemplar?
-Me alegra que empieces a confiar en ti.
Al punto, me tendió una cuartilla con una dirección.
-Me lo dejas en ésta.
-Pueblo Nuevo.
-¿Conoces el sitio?
-Trabajé cuatro años cerca de ese cruce. ¿Por quién pregunto?
-Alfonso.
La mención de su nombre demolió un dique.
-Tengo una curiosidad, Alfonso: me decía que le escribe a su novia.
-Nos casamos.
-Y sigue escribiéndole poemas.
-Sigo escribiéndole, sí. Al poco de casarnos se los empecé a dejar en la cocina, al lado de la taza de café.
-Y ella, ¿los sigue leyendo como los leía al principio?
-Ella murió hace tres años.
Esta vez fui yo quien le estrechó la mano.
Al cabo de tres meses, sobre las diez de la mañana, me llegué a la estafeta de Pueblo Nuevo y pregunté por él. Había salido a desayunar. A los 10 minutos, entraba rebosante de cautela, como si el hecho de mezclarse con los usuarios le expusiera a una afrenta insospechada. Me agradó contemplar su figura antes de tomarlo del brazo.
-¿Me lo has dedicado?
-Todavía no.
-Hoy es mi último día, el último de verdad. Mientras recojo las cosas y me despido, piensa algo.
Todos los domingos del mundo.
Comimos un arroz donde La Mari, dándole la espalda al porvenir. A eso de las cinco nos sentamos en el borde del muelle, yo ya estaba borracho.
-Tu dedicatoria, esta cosa de los domingos del mundo.
-No te parece afortunada.
-No, no es eso.
-¿Entonces?
-Lo importante no son los domingos, sino que cada lunes siga habiendo un poema en la cocina, al lado de la taza de café.
-Perdona, es mi último día.
-[...]
-Hoy me jubilo. Bueno, hoy me jubilo de aquí, de esta estafeta. Dentro de tres meses me llega la jubilación definitiva; debo una propina en otra estafeta… ¿Qué has metido en el sobre?
-Manuscritos.
-¿Manuscritos?
-Cinco copias; para un concurso literario.
-¡Vaya! Yo suelo escribir los domingos. Empecé escribiéndole poemas a mi novia y no lo he dejado.
-¿Los domingos?
-Alguno he fallado, pero lo normal es que me ponga después de comer. Oye, ¿y esto cuándo tiene que llegar?
-Mañana se cierra el plazo.
-¿Mañana? Pelín justo. Lo enviaremos por postal exprés. ¿Es importante ese concurso?
-Lo convoca el diario Marca. Y sí, es una pasta.
-No te veo convencido.
-Bah, me animó un amigo. Y mi mujer, que dice que tiene una corazonada.
-Lléname esto, es para la prueba de entrega... ¿De qué va? El libro, digo.
-Es algo así como un dietario.
-¿Un dietario? ¿Para el Marca?
-Un dietario escrito desde el fondo norte de un campo de fútbol.
-Ya.
-Raro, ¿no?
-Bah. Yo escribo los poemas oyendo el carrusel. No creo que haya mucha diferencia entre mis versos y tu dietario. Oye, ¿y el premio incluye la publicación?
-A los tres meses del fallo se publican la obra ganadora y la finalista.
-Antes has dicho 'raro' pero querías decir 'especial', ¿no es así? Prométeme que si tienes suerte me dejarás un ejemplar en la estafeta.
Tras darme la vuelta, me estrechó la mano con un leve temblor. Cuando ya estaba a punto de llegar a casa, deshice el camino y fui de nuevo a la oficina.
-Si tuviera suerte, ¿en qué estafeta le dejo el ejemplar?
-Me alegra que empieces a confiar en ti.
Al punto, me tendió una cuartilla con una dirección.
-Me lo dejas en ésta.
-Pueblo Nuevo.
-¿Conoces el sitio?
-Trabajé cuatro años cerca de ese cruce. ¿Por quién pregunto?
-Alfonso.
La mención de su nombre demolió un dique.
-Tengo una curiosidad, Alfonso: me decía que le escribe a su novia.
-Nos casamos.
-Y sigue escribiéndole poemas.
-Sigo escribiéndole, sí. Al poco de casarnos se los empecé a dejar en la cocina, al lado de la taza de café.
-Y ella, ¿los sigue leyendo como los leía al principio?
-Ella murió hace tres años.
Esta vez fui yo quien le estrechó la mano.
Al cabo de tres meses, sobre las diez de la mañana, me llegué a la estafeta de Pueblo Nuevo y pregunté por él. Había salido a desayunar. A los 10 minutos, entraba rebosante de cautela, como si el hecho de mezclarse con los usuarios le expusiera a una afrenta insospechada. Me agradó contemplar su figura antes de tomarlo del brazo.
-¿Me lo has dedicado?
-Todavía no.
-Hoy es mi último día, el último de verdad. Mientras recojo las cosas y me despido, piensa algo.
Todos los domingos del mundo.
Comimos un arroz donde La Mari, dándole la espalda al porvenir. A eso de las cinco nos sentamos en el borde del muelle, yo ya estaba borracho.
-Tu dedicatoria, esta cosa de los domingos del mundo.
-No te parece afortunada.
-No, no es eso.
-¿Entonces?
-Lo importante no son los domingos, sino que cada lunes siga habiendo un poema en la cocina, al lado de la taza de café.
lunes, 20 de octubre de 2014
miércoles, 20 de agosto de 2014
Smuack
"¿Y si nos vamos a vivir al campo?" La ciudad deviene mole atronadora que arrasa los puentes, desbarata el diálogo y corroe el deseo. Un reportaje sobre la repoblación de Cuenca les ha abierto los ojos. Ella, que ya desde pequeña se sentía atraída por la naturaleza, pregunta si la miel se cultiva o se produce. "Qué cosas tengo, ¿no?" Él se imagina a cargo de una editorial exquisita y deficitaria, trabajando siete horas diarias (nunca más) en un pajar remodelado por una arquitecta ex cocainómana. Se miran, sonríen y el beso les sabe a lacre.
¿Te has fijado en las caras que ponía ella cuando él hablaba del viaje? Daba la impresión de que no se reconocía en sus palabras, como si jamás hubiera estado allí con él. ¿Tú crees que lo hacen? Sí, si follan. Yo creo que no; pero para nada. ¿A ti y a mí nunca nos pasará, verdad, chiqui?
¿Y si nos rebelamos? No pasamos el día quejándonos de esto, aquello y lo de más allá, pero la verdad, la única verdad, es que nos hemos dejado llevar por la inercia. La vida nos ha sepultado sin que hayamos opuesto la menor resistencia, sin que nos hayamos concedido la oportunidad de saber quiénes somos, qué queremos, adónde vamos. Rebelémonos, armémonos de valor y hagamos una locura. ¿Por qué no llamas a tu madre y le dices que el domingo no iremos a comer?
¿Te has fijado en las caras que ponía ella cuando él hablaba del viaje? Daba la impresión de que no se reconocía en sus palabras, como si jamás hubiera estado allí con él. ¿Tú crees que lo hacen? Sí, si follan. Yo creo que no; pero para nada. ¿A ti y a mí nunca nos pasará, verdad, chiqui?
¿Y si nos rebelamos? No pasamos el día quejándonos de esto, aquello y lo de más allá, pero la verdad, la única verdad, es que nos hemos dejado llevar por la inercia. La vida nos ha sepultado sin que hayamos opuesto la menor resistencia, sin que nos hayamos concedido la oportunidad de saber quiénes somos, qué queremos, adónde vamos. Rebelémonos, armémonos de valor y hagamos una locura. ¿Por qué no llamas a tu madre y le dices que el domingo no iremos a comer?
viernes, 8 de agosto de 2014
Dos Ortiz
Foto: Eduardo López (20 Minutos)
Cuando Enrique Bunbury dejó Héroes del Silencio, hastiado de una grandilocuencia cada vez más estéril, de unos punteos de guitarra que empezaron a antojársele tediosos y, sobre todo, de que los críticos vieran en él a un pálido trasunto de Jim Morrison; tras ponerle, en fin, el candado a la formación que lo había catapultado al éxito, Enrique Ortiz de Landázuri Izarduy se rindió a la pujanza de la música electrónica y lanzó ‘Radical Sonora’, un álbum preñado de ínfulas donde se advertía el eco del sound system, un vago soniquete arábigo y, sobre todo, una insufrible confusión. En el afán de reinventarse, Bunbury había tendido las redes en el caladero equivocado. Con todo, fue un trabajo enormemente instructivo por su condición de antimodelo, de estilo en el que no debía perseverar si no quería sonar a la copia de la copia de la copia de la copia... Aquel derrape obligó a Bunbury a indagar en sus querencias, en las aristas que pudieran hacer de él un cantante singular, en las antípodas del ectoplasma estereotipado en que había resultado su primer LP en solitario; un LP que, para más inri, le había puesto contra las cuerdas en sus tratos con la disquera, pues ya sólo disponía de una bala para demostrar que podía ser alguien al margen de Héroes. Una bala de plata, si se quiere, pero sólo una. Así las cosas, Bunbury pidió a sus padres las llaves del apartamento de Cambrils, en el que no había pasado un solo día desde su primera adolescencia. Un invierno después, alumbraba ‘Pequeño’, el disco que empezó a conferirle ese halo de cabaretero chamánico que aún hoy le orla. Ciertamente, Bunbury había labrado otras joyas a lo largo de su carrera, pero las que ensartó en 'Pequeño', a diferencia de tantas otras, no parecían prestadas. El periodista Josu Lapresa ha recogido esta vibrante peripecia, de manera más prolija e informada, en Pequeño, el disco que salvó a Bunbury. No obstante, si me he enredado en ella es para hablarles de otra obra; concretamente, de un conjunto de relatos escritos bajo el mismo influjo que, aun de forma tangencial, alumbró ‘Pequeño’: la del autor en la búsqueda (y el hallazgo) de una voz no ya reconocible, sino también intransferible. Me refiero a Una sucesión de amaneceres imprevistos, de Guille Ortiz. De mi amigo Guille Ortiz.
Guille Ortiz es, antes que nada, un hombre de aconteceres ubicuos: lo mismo entrevista a Bret Easton Ellis que diserta en madrugadas radiofónicas sobre grandes instantes de la humanidad, disecciona la última encuesta del CIS o arrostra una implacable cruzada contra el dopaje en el deporte de élite (a menudo bajo el hostigamiento no menos implacable de José Antonio Montano, ciclista de batín y tajante partidario de toda clase de muletas que acaben en -ína, empezando por la fanta de naranja). Por lo demás, nuestro Ortiz es un consumado especialista (lo que viene siendo ‘un hacha’) en polaroidizar deportistas crepusculares y glosar atardeceres a contrapelo. Él mismo, de hecho, es un hombre con propensión al crepúsculo, algo así como la palpitante evidencia de que la melancolía, la verdadera melancolía, nada tiene que ver con la edad, sino con un prurito de sensibilidad que, bien lo sé, no es sino enfermiza. En su blog, ‘Pequeños objetivos’, ha ido enalteciendo esa melancolía, rebosante de suculentas animalizaciones (ah, la Chica Langosta) y cartografías de la felicidad (ah, aquel apartamento de Castelldefels). En ese puerto franco consagrado a los noventa, Guille Ortiz suele hablar de sí con el ánimo indisimulado de descifrar el mundo; a menudo, con un talante (o acaso es táctica) tan radicalmente 'yoísta' que el mundo es un puro decorado.
En Una sucesión..., Guille Ortiz nada al fin en aguas abiertas, en esa pampa oceánica donde los nadadores están expuestos al frío, al codazo, al naufragio. Los cuentos que componen el volumen (es un decir, pues Guille Ortiz es uno de esos autores que, como Sergi Pàmies, no obliga al lector a hipotecar sus vacaciones para dar cuenta de sus obras; basta una tarde de domingo, preferentemente lluviosa); los cuentos, decía, fueron escritos al comienzo de la Crisis, por lo que prefiguran un mundo al borde del desplome, cual si en cada párrafo hubiera una playa, sí, mas con su estatua de la libertad decapitada.
Así, la ‘sucesión’ nos muestra a un escritor empachado de éxito, en lo que constituye una rara disección de la abúlica tramoya de los premios literarios; con un triángulo amoroso que podía haber surgido de la pluma de un Carver cualquiera o, aún mejor, del mismísimo Cheever; con una pareja (con incendio forestal al fondo) en cuya conversación crepitan todas las acepciones de la palabra ''cobardía'; con un ‘periodista’ free lance (pero, sobre todo, tremendamente 'free') que alimenta una revistilla digital a base de estupideces por lo demás inventadas: un relato, éste, que remite a la dictadura del click, del ‘tráfico’, del usuario. Y a algo que dejó dicho Enric González en alusión a este ‘nuevo periodismo’: “Sacar cosas de internet para volver a meterlas en internet”. Ojo; volver a meterlas pero no revisitadas, interpretadas o embellecidas. No; a bote pronto, apenas levemente corrompidas por el efímero contacto con el aire que, al cabo, propicia toda puerta giratoria.
La voz que, a mi inmodesto modo de ver, ha hallado Ortiz, ahonda en la encrucijada que supone vivir (o no) del cuento. Olvídense de la cansina postal del novelista alcoholizado que habita una buhardilla y gimotea la desbandada de las musas; lo que Ortiz plantea es un asunto estrictamente mercantil: el del intrincado encaje del ‘nuevo’ escritor, es decir, del escritor todoterreno, en la cadena de (des)valor en que ha devenido el oficio. De esa obsesión y sus problemas con las mujeres se nutre una obra magistralmente escrita, plagada de diálogos electrizantes (el terreno en que mejor se desenvuelve el autor) y, curiosamente, pródiga en personajes catalanes: debemos de estar ante el único autor sinceramente federalista que han dado las letras madrileñas, y ya sólo por esa condición de rara avis merece la pena dedicarle una tarde de domingo. Eso sí, preferentemente lluviosa.
Pequeño. El disco que salvó a Bunbury, de Josu Lapresa. Prólogo de Nacho Vegas; Lengua de Trapo, colección Cara B; Madrid, 2014.
Una sucesión de amaneceres imprevistos, de Guillermo Ortiz; Lapsus Calami; Madrid, 2014.
jueves, 7 de agosto de 2014
De los mortales el consuelo al morir
La novela o el ensayo que tal o cual título traerían consigo
me parecían una minucia, un trámite que habría de resolver la
primavera. A tal punto llegó mi querencia por el bautismo de lo que no eran sino proyectos (y, en simétrica puridad, mi reverencial desprecio por el trabajo) que estuve
tentado de patentar algunas de las joyas que iban engordando el cajón. ¿En
qué andas metido?, me preguntaban los amigos. Y yo improvisaba la sinopsis de una gloriosa historia sobre, pongamos, el amor y la incomunicación, una historia que llevaría por título, "aún le estoy dando vueltas", Amadores de tronío, o Noches
de plexiglás, o acaso El día menos
pensado. Confundido el afán con la locura, medité la
posibilidad de ir diseminando mis encabezamientos y, ya de paso, asesorar a algunos
de mis autores predilectos. A Eduardo Mendoza le cedería
El cazador de regocijos;
a Arturo Pérez-Reverte, Galería de
achantados; a Ray Loriga, El tatuador
que detestaba Reikiavik; a Pedro Almodóvar, ¿Hay algo de amor en tus gemidos?; a Javier Marías, Cuando ya sólo fumen los espectros; y a Raúl del Pozo, siquiera por el aprecio que le tuve en los
noventa, Gatillazo en Arganzuela. En la cima del éxito, me daría al arte de apodar
toreros (Tierno de la Acería, Alberito Chico, José María Perpiñán) y toros (Puñalón, Nazareno, Ermitaño).
Al término del ensueño, yacía convertido en un individuo brumoso, mitad verdad mitad mentira, en un ser de lejanías que pronto, muy pronto actuaría de incógnito, a la manera de un Banksy que al amparo de la noche rebautizara el mundo. Y así tenerte de nuevo entre mis brazos.
Al término del ensueño, yacía convertido en un individuo brumoso, mitad verdad mitad mentira, en un ser de lejanías que pronto, muy pronto actuaría de incógnito, a la manera de un Banksy que al amparo de la noche rebautizara el mundo. Y así tenerte de nuevo entre mis brazos.
sábado, 19 de julio de 2014
Montero Ris
No llevaba una semana en el puesto y ya le había pedido préstamos a media editorial. Se plantaba frente a ti, te daba carrete y, cuando menos lo esperabas, te hundía el sable. "Digo yo que si me dejarías dinero para recoger el coche del taller. En cuanto cobre las primeras comisiones te lo devuelvo." Quién de nosotros iba a sospechar que José Antonio Montero, comercial de publicidad, ya había cobrado esas comisiones a modo de adelanto. Solía llegar sobre las once, con la mirada vidriosa y esa cara sin aristas ni asombro que te deja el trasnoche, pero sin que nada en sus andares delatara que había dormido dos o tres horas. Un viernes, a las dos semanas de estar allí, Montero me llevó a tomar una cerveza. Lo del coche, me dijo, pinta mal, muy mal. Con lo que le dejé aquel día, ya iban para 300 euros. ¿Por qué le había dejado tanto dinero a un tipo al que, en puridad, ni siquiera conocía? Es probable que fueran los trajes, o esa sonrisa ladeada con que abrochaba los chistecillos; sea como sea, Montero rebosaba el empaque de un hermano mayor regresado de la muerte. Uno de los errores más flagrantes en que perseveran los hombres es preguntar a bocajarro por esto y aquello. Aquel día fue el primero de una aceptable procesión de convites en que, por lo común, Montero balbuceaba algo relativo al taller (nunca llegué a ver el coche) y yo acababa prestándole el dinero que me había devuelto días antes, a menudo horas antes. Con ese dinero, Montero iba pagando rondas hasta que, a eso de las diez, y luego de tres o cuatro llamadas (camellos, imagino), decía tener una cita y se largaba. Se fundía, más bien. Los últimos días de Montero en la oficina transcurrieron entre el bar, el lavabo y mi escritorio. Por entonces, no obstante, nadie sabía que eran los últimos; es probable que ni siquiera lo supiera Montero. La editorial englobaba una revista de gastronomía, una de óptica y otra de textil-confección. Yo llevaba las secciones de 'Vinos', 'Actualidad óptica' y 'Maquinaria textil'. Montero era el comercial de la sección 'Maquinaria textil', así que pareció razonable que el director del tinglado nos enviara a Montero y a mí a la feria de confeccionistas de Talavera de la Reina, provincia de Toledo. Yo llevaba tres años en el sector ('llevar en el sector' era una expresión de lo más familiar en la redacción, una de esas redacciones agrestes donde uno valía los años que llevaba glosando las excelencias de cortadoras, telares o calandras. Les advierto que el periodismo político no es muy diferente). En cualquier caso, llevaba en el sector lo suficiente como para presentar al gran Montero en sociedad. No me extrañó que perdiera el puente aéreo de las ocho y apareciera en Atocha sobre las doce del mediodía. Es de ley que reconozca que, en el trayecto de Madrid a Talavera, y viendo que yo me entregaba a no sé qué lectura, no me importunó con sus chistes ni sus putas ni lo bien que cocinaba su mujer (curiosamente, ponía toda la perversión de que era capaz en esa cocina, mientras que las putas no eran más que baba de café). Nos equivocamos de parada y bajamos dos pueblos más allá. En el único restaurante que había por allí, no muy lejos de la estación, comimos sopa de trucha. Fue entonces cuando Montero me dijo que dejaba la editorial, que había superado unas pruebas de selección en Telefónica y que, en fin, si estaba allí, en el extrarradio de un pueblo de Toledo, era por mí. "Qué coño ibas a hacer tú aquí solo, ¿eh?". Esa noche cenamos en un restaurante de ultratumba, el típico mesón castellano donde parece que los camareros lleven pajarita y yelmo. Éramos los únicos clientes, así que a Montero le resultó sencillo sentar a la mesa a uno de los camareros y, entre chupitos, preguntarle quién podía venderle algo de coca "en este pueblo". A eso de la dos, mientras esperábamos a un tal Tente en la barra de un bar musical que podría haberse llamado Skyline, Montero me habló de la noche en que le dio la mano al hermano de quien era su ídolo, Pablo Escobar. "Le presento mis respetos”, le dije. “Mira, todavía se me pone la carne de gallina." Al día siguiente, mientras tomaba café en el stand de la Federación de Confeccionistas Españoles, tuve la sospecha de que Montero no aparecería. Ya de vuelta, en el aeropuerto de El Prat, llamó a un tal Busti. "Me debe un pelotazo", maldijo orgulloso, y a su paso el aeropuerto se fue haciendo diminuto. Antes de subir al coche me crujió la espalda a abrazos y, desde el fondo de su cabeceo barrial, dejó asomar una mueca de barbarie. Fue el preludio de una risa franca, maquinal, engolfada, una risa que atronó en la noche como el ulular de un bombardeo.
viernes, 11 de julio de 2014
La tormenta
En la parada dos viejos murmuraban que iba a caer una buena; 'una buena', eso decían. Las nubes, en efecto, se habían ido amontonando sobre la ciudad como si jugaran al churro y, a lo lejos, la lluvia difuminaba las casas. El sol aún asomaba por el oeste pero había dejado de calentar. Antes de que llegara el 57 vimos estallar los primeros relámpagos. No les seguía el habitual fragor, esos truenos semejantes a ovaciones, sino un chisporroteo que te atiesaba los huesos como dicen que lo hace el adamantio. Cuando subimos al autobús nos pegamos a la ventanilla para ver el cielo. En la plaza Palacio, las ráfagas, todavía algo tímidas, culminaban en unos remolinos graciosísimos que, a medida que la tarde se apagaba, iban tornándose en azotes esquinados. Alguien dijo 'la palmera' y se hizo de noche. En el Paralelo, el autobús aminoró la marcha y me vino a la cabeza la palabra prudencia, con su eufónica tibieza. Era el agua, que se enredaba en los bajos del vehículo; el agua, sí, que cubría ya dos palmos de fachada. 'Y tres también', dijo un chaval detrás de mí. En ese instante vimos pasar el primer contenedor, calle abajo. Desde la Barceloneta no había subido ni bajado ningún pasajero, y tampoco lo hice yo cuando el autobús llegó a mi parada. Es probable que mi cobardía inspirara a una joven que, tras evaluar las circunstancias, terminó cabeceando nononó. Me acomodé en el asiento, persuadido de que había hecho lo correcto. En la primera parada de Cruz Cubierta, ahí donde la distancia entre la calzada y los comercios no llega a los cuatro metros, bajamos unos cuantos y buscamos refugio en una tienda de deportes. Ninguna de las dependientas puso objeción a que nos guareciéramos allí. Una anciana se quedó en el umbral y ni siquiera el relámpago que abrasó el aire la hizo desistir. En el interior, el chaval que había dicho 'tres' reparó en que la tienda hacía bajada y me lo hizo saber empleando esa misma palabra, 'bajada'. Luego, al verle pegado a una de las paredes de la entrada, comprendí que había aludido a la posibilidad de que la tienda fuese una trampa, de que todos termináramos ahogados como ratas. Los dos viejos que murmuraban en la parada de la Barceloneta (hermanos, creo) intentaron salir en varias ocasiones, pero siempre se quedaban con el molde; dos hombres convertidos en puro ademán. Uno de los críos que acompañaba a la anciana me dijo que dentro había chanclas a siete euros. Traté de tranquilizar al chaval de la bajada, pero sólo conseguí ponerlo más nervioso. Cuando al fin empezó a amainar, fuimos agolpándonos en la puerta. Me alejé de allí pensando que no habría estado mal que nos hubiéramos despedido de forma un poco más efusiva; después de todo, habíamos sido un grupo, un buen grupo. El sol volvía a calentar./ Foto: Mauro Pedretti
martes, 6 de mayo de 2014
Onda
La niña tienta las aguas con el gesto vuelto arriba y su medio girar. En el vuelo discreto de su falda tiembla el afán de nutrirse de horizonte. Apenas faltan unos segundos para que la ola rompa sus pasos; ni ella misma sabe si está huyendo o alejándose o desafiando a las caracolas, a los caballitos, a los escualos. En su mano izquierda amaga un juego de naipes y en su mano derecha lleva tatuada un ancla. Yo soy el hombre que, a calva descubierta, ve a la niña tentar las aguas; el gesto vuelto arriba y su medio girar.
martes, 22 de abril de 2014
Los espontáneos
Poco después de que el periódico echara el cierre, leí no sé dónde que por él habían pasado “hasta cuatro directores”. En realidad fueron cinco. A Arcadio Alfanje le sucedió Juan Carlos de la Pauta; a De la Pauta, Almudena Calambur; a Calambur, Fernando Casual, y a Casual, Pedro Requena. El interinato de Requena, ciertamente, apenas duró unos días, pero no por ello ha de caer en el olvido; antes al contrario, merece ser recordado como lo que fue: el heraldo de un tiempo indecoroso. Si esto fuera una fábula navideña, ahora habría de decir aquello de "pero empecemos por el principio". Yo lo haré por el final; más exactamente, por dos viernes antes del final.
Aquella noche, Malena y yo cruzamos la puerta del piano-bar Klavier, en la calle Aragón, sin más propósito que darnos al escarceo vagamente amoroso. Todavía no habíamos pedido cuando reparé en el grandullón que, micrófono en mano, cantaba "La bohème", el mujerío embelesado en torno a él. Días atrás, el dueño del periódico, el promotor inmobiliario Narváez, me había presentado al trasunto de Aznavour en la redacción. Lo que jamás sospeché es que me estaba presentando al sucesor de Casual, esto es, al quinto director de un periódico que apenas contaba medio año en la calle.
-Pedro Requena, Pepe; Pepe, Pedro Requena. ¿O debo decir... Séneca?
Existía. Séneca no era, como algunos de nosotros llegamos a creer, una suerte de autor colectivo a la manera de Wu Ming u Ofèlia Dracs. No, era perfectamente real. Para nuestra sorpresa, dicho sea de paso. No en vano, y desde la aparición del periódico, nuestro hombre acometió la hercúlea tarea de espolvorear con comentarios todos y cada uno de los artículos que en él aparecían. Su leyenda, ya de por sí inverosímil, alcanzó cotas homéricas el día en que me confesó que algunos de los comentarios que yo había tomado por réplicas a sus observaciones eran enteramente suyos. "Quien responde a mis comentarios soy yo mismo; es una técnica que utilizo para animar el debate." Los interrogantes se agolparon en mi mente cual aciagos moscardones: ¿Habría algún comentario, uno solo, que no fuera de Séneca? Es más: ¿Nos leía alguien además de Séneca?
Luego de apurar "La bohème", Séneca-Requena se desgajó del cogollo de aduladoras y vino hacia nosotros. Por entonces, ya se había consumado su nombramiento, pero no soltó prenda.
Ese lunes, en efecto, y ya investido del cargo, desgranó algo parecido a una hoja de ruta y estampó su huella dactilar en la portada: "Noticias y opiniones eclécticas". No habían transcurrido 24 horas cuando, persuadido por un comentarista (Séneca ante el espejo, pensé) de que las noticias no podían ser eclécticas, corrigió el santo y seña de su legado: "Noticias veraces y opiniones eclécticas". La lógica que aplicó Narváez, promotor inmobiliario y dueño del periódico, para dar a Séneca el timón no tenía fisuras: si Séneca, en calidad de comentarista y sin cobrar un solo céntimo, había escrito más metros de texto que todos los redactores juntos, ¡qué prodigio no haría cobrando!
Séneca dedicó los siguientes tres días a entrevistarse con cada uno de nosotros en un bar contiguo a la redacción. Según nos anunció al comienzo de aquellas charlas, pretendía “ponernos las pilas”. Pensé en mi amigo Oriol, que al poco de que empezaran a sucederse los directores comparó el periódico con una funesta secuela del gilismo y auguró que el último de los directores, el que pondría fin a aquella farsa, no sería sino Narváez, que cumpliría así su sueño de ejercer, siquiera por un lapso, de presidente-entrenador; habría sido, sin duda, el broche a un caso único en un mundo, el de las empresas periodísticas, pródigo en extravagancias.
Mas no pudo ser. Al poco de que Séneca debutara en la dirección, la promotora de Narváez empezó a sufrir los embates de la crisis y el periódico pasó a mejor vida. A mí me había despedido tres días antes; agoté el cupo de perplejidades luego de que Séneca entrevistara, en un descenso a los infiernos de sí mismo, al travesti Violeta La Burra, noticia de apertura de la sección de Sociedad, por bien que el periódico carecía ya de diques con que ordenar el mundo. (Por un momento sospeché que Séneca se había inventado la entrevista, aunque teniendo en cuenta que le había visto imitar a Aznavour en el Klavier, no podía descartar que también merodeara por la bodega Bohemia, “donde nacen los artistas”.)
La mañana en que Narváez me echó o acaso me hice echar salí del edificio con paso de gigante, sonriendo fieramente ante la posibilidad de otear de nuevo el mundo, quién sabe si deshacer lo andado y tentar otros quehaceres (reinventarse, lo llamaron después). Me llevaba el fanático alborozo que precede a todo apocalipsis.
jueves, 3 de abril de 2014
Fisking Gabo
Antes de entrar en el automóvil miró por encima del hombro para estar segura de que nadie la acechaba. Eran las siete y cinco de la noche en Bogotá. Había oscurecido una hora antes, el Parque Nacional estaba mal iluminado y los árboles sin hojas tenían un perfil fantasmal contra el cielo turbio y triste, pero no había a la vista nada que temer. Maruja se sentó detrás del chofer, a pesar de su rango, porque siempre le pareció el puesto más cómodo. Beatriz subió por la otra puerta y se sentó a su derecha. Tenían casi una hora de retraso en la rutina diaria, y ambas se veían cansadas después de una tarde casi soporífera con tres reuniones ejecutivas. Sobre todo Maruja, que la noche anterior había tenido fiesta en su casa y no pudo dormir más de tres horas. Estiró las piernas entumecidas, cerró los ojos con la cabeza apoyada en el espaldar, y dio la orden de rutina:
-A la casa, por favor.
Regresaban como todos los días, a veces por una ruta, a veces por otra, tanto por razones de seguridad como por los nudos del tránsito. El Renault 21 era nuevo y confortable, y el chofer lo conducía con un rigor cauteloso. La mejor alternativa de aquella noche fue la avenida Circunvalar hacia el norte. Encontraron los tres semáforos en verde y el tráfico del anochecer estaba menos embrollado que de costumbre. Aun en los días peores hacían media hora desde las oficinas hasta la casa de Maruja, en la transversal Tercera N.º 84ª-42 y el chofer llevaba después a Beatriz a la suya, distante unas siete cuadras.
Antes de entrar en el automóvil miró por encima del hombro [mirar por encima del hombro: tener en menos, desdeñar] para estar segura de que nadie la acechaba. Eran las siete y cinco de la noche en Bogotá ["de la noche", anotado está]. Había oscurecido una hora antes, el Parque Nacional estaba mal iluminado y los árboles sin hojas tenían un perfil fantasmal contra el cielo turbio y triste [en un "cielo triste" hay poca tristeza. En cualquier caso, no olvidemos que el autor está hilando un relato veraz a partir de testimonios. ¿Hemos de creer que uno de esos testimonios le habló del "perfil fantasmal de los árboles sin hojas contra el cielo turbio y triste"? Hasta aquí, en efecto, llega la maligna influencia de Truman Capote], pero no había a la vista nada que temer. Maruja se sentó detrás del chofer, a pesar de su rango, porque siempre le pareció el puesto más cómodo ["se sentó detrás del chofer" refiere una acción que corresponde a un tiempo perfectamente delimitado, mientras que "porque siempre le pareció el puesto más cómodo" sugiere que Maruja acostumbra sentarse detrás del chófer]. Beatriz subió por la otra puerta y se sentó a su derecha ["la otra puerta". Imagino al buen Gabo meditando sudoroso la posibilidad de que, en caso de no especificar por cuál de las dos puertas entra Beatriz, el lector crea que lo hace por la misma que Maruja, gateando por encima de ella. Esta prosa como de instrucciones de la minipímer traducidas del chino resume a la perfección el descalabro gramatical que es Noticia de un secuestro]. Tenían casi una hora de retraso ["tener un retraso" suele referirse a la menstruación o al retraso en los pagos] en la rutina diaria [diaria la rutina es hartarse de balón], y ambas se veían cansadas después de una tarde casi soporífera [casi una hora, casi soporífera, casi, casi, casi…] con tres reuniones ejecutivas [tres reuniones ejecutivas casan muy mal con una tarde soporífera]. Sobre todo Maruja, que la noche anterior había tenido fiesta en su casa [¿"Había tenido"? ¿No sería preferible "había dado"? ¿Qué se fizo de la gran riqueza léxica del español de Colombia?] y no pudo dormir más de tres horas. Estiró las piernas entumecidas [las que no estaban entumecidas no las estiró, sólo estiró las entumecidas], cerró los ojos con la cabeza apoyada en el espaldar [ver "subió por la otra puerta"] y dio la orden de rutina [Rutina diaria, orden de rutina... ¿Por qué no lo dejamos en "habitual" y nos libramos, al menos, de una rutina]:
-A la casa, por favor. [Ese “por favor” es lo que se le dice a un taxista, no al chofer de un vehículo oficial. Ver Truman Capote]
Regresaban como todos los días, a veces por una ruta, a veces por otra, ["a veces por una ruta, a veces por otra"; imposible, por lo tanto, hacerlo "como todos los días"] tanto por razones de seguridad como por los nudos del tránsito [esa pintoresca expresión, "nudos de tránsito", pretende designar lo que no es más que un atasco. Pero hay algo más. Imaginen que las razones que llevan a un concejal del PP en el País Vasco a elegir entre un itinerario u otro son el temor a que lo asesinen y los atascos. Así, en pie de igualdad]. El Renault 21 era nuevo y confortable, y el chofer lo conducía con un rigor cauteloso [cautela rigurosa, dice]. La mejor alternativa de aquella noche fue la avenida Circunvalar hacia el norte. Encontraron los tres semáforos en verde y el tráfico del anochecer [¿El anochecer? ¿No habíamos quedado en que ya había anochecido?] estaba menos embrollado que de costumbre. Aun en los días peores hacían media hora [mejor "tardaban", qué se fizo, etc.] desde las oficinas hasta la casa de Maruja [Sin duda, el autor ha querido decir "en los días mejores"; de otro modo, ese "aun" carece de sentido], en la transversal Tercera N.º 84ª-42 y el chofer llevaba después a Beatriz a la suya, distante unas siete cuadras.
-A la casa, por favor.
Regresaban como todos los días, a veces por una ruta, a veces por otra, tanto por razones de seguridad como por los nudos del tránsito. El Renault 21 era nuevo y confortable, y el chofer lo conducía con un rigor cauteloso. La mejor alternativa de aquella noche fue la avenida Circunvalar hacia el norte. Encontraron los tres semáforos en verde y el tráfico del anochecer estaba menos embrollado que de costumbre. Aun en los días peores hacían media hora desde las oficinas hasta la casa de Maruja, en la transversal Tercera N.º 84ª-42 y el chofer llevaba después a Beatriz a la suya, distante unas siete cuadras.
Gabriel García Márquez, Noticia de un secuestro
Antes de entrar en el automóvil miró por encima del hombro [mirar por encima del hombro: tener en menos, desdeñar] para estar segura de que nadie la acechaba. Eran las siete y cinco de la noche en Bogotá ["de la noche", anotado está]. Había oscurecido una hora antes, el Parque Nacional estaba mal iluminado y los árboles sin hojas tenían un perfil fantasmal contra el cielo turbio y triste [en un "cielo triste" hay poca tristeza. En cualquier caso, no olvidemos que el autor está hilando un relato veraz a partir de testimonios. ¿Hemos de creer que uno de esos testimonios le habló del "perfil fantasmal de los árboles sin hojas contra el cielo turbio y triste"? Hasta aquí, en efecto, llega la maligna influencia de Truman Capote], pero no había a la vista nada que temer. Maruja se sentó detrás del chofer, a pesar de su rango, porque siempre le pareció el puesto más cómodo ["se sentó detrás del chofer" refiere una acción que corresponde a un tiempo perfectamente delimitado, mientras que "porque siempre le pareció el puesto más cómodo" sugiere que Maruja acostumbra sentarse detrás del chófer]. Beatriz subió por la otra puerta y se sentó a su derecha ["la otra puerta". Imagino al buen Gabo meditando sudoroso la posibilidad de que, en caso de no especificar por cuál de las dos puertas entra Beatriz, el lector crea que lo hace por la misma que Maruja, gateando por encima de ella. Esta prosa como de instrucciones de la minipímer traducidas del chino resume a la perfección el descalabro gramatical que es Noticia de un secuestro]. Tenían casi una hora de retraso ["tener un retraso" suele referirse a la menstruación o al retraso en los pagos] en la rutina diaria [diaria la rutina es hartarse de balón], y ambas se veían cansadas después de una tarde casi soporífera [casi una hora, casi soporífera, casi, casi, casi…] con tres reuniones ejecutivas [tres reuniones ejecutivas casan muy mal con una tarde soporífera]. Sobre todo Maruja, que la noche anterior había tenido fiesta en su casa [¿"Había tenido"? ¿No sería preferible "había dado"? ¿Qué se fizo de la gran riqueza léxica del español de Colombia?] y no pudo dormir más de tres horas. Estiró las piernas entumecidas [las que no estaban entumecidas no las estiró, sólo estiró las entumecidas], cerró los ojos con la cabeza apoyada en el espaldar [ver "subió por la otra puerta"] y dio la orden de rutina [Rutina diaria, orden de rutina... ¿Por qué no lo dejamos en "habitual" y nos libramos, al menos, de una rutina]:
-A la casa, por favor. [Ese “por favor” es lo que se le dice a un taxista, no al chofer de un vehículo oficial. Ver Truman Capote]
Regresaban como todos los días, a veces por una ruta, a veces por otra, ["a veces por una ruta, a veces por otra"; imposible, por lo tanto, hacerlo "como todos los días"] tanto por razones de seguridad como por los nudos del tránsito [esa pintoresca expresión, "nudos de tránsito", pretende designar lo que no es más que un atasco. Pero hay algo más. Imaginen que las razones que llevan a un concejal del PP en el País Vasco a elegir entre un itinerario u otro son el temor a que lo asesinen y los atascos. Así, en pie de igualdad]. El Renault 21 era nuevo y confortable, y el chofer lo conducía con un rigor cauteloso [cautela rigurosa, dice]. La mejor alternativa de aquella noche fue la avenida Circunvalar hacia el norte. Encontraron los tres semáforos en verde y el tráfico del anochecer [¿El anochecer? ¿No habíamos quedado en que ya había anochecido?] estaba menos embrollado que de costumbre. Aun en los días peores hacían media hora [mejor "tardaban", qué se fizo, etc.] desde las oficinas hasta la casa de Maruja [Sin duda, el autor ha querido decir "en los días mejores"; de otro modo, ese "aun" carece de sentido], en la transversal Tercera N.º 84ª-42 y el chofer llevaba después a Beatriz a la suya, distante unas siete cuadras.
miércoles, 2 de abril de 2014
Bateman world
Este blog mío, o acaso la sencilla posibilidad de ir devanando la vida a salto de mata, sin orden ni concierto, me lleva a fabular qué habría anotado a propósito de lo que, aún hoy, tengo por grandes hits. Las noches en la barra de Zeleste, por ejemplo, o las madrugás en la calle de la Cera, cuando Manzanita emergía de la nada y ponía a bailar los borrachos, o los días de plomo en Astoria Ediciones; con qué pierna habría rematado, ay, en el preciso instante en que Kiko Veneno dio al mundo ese milagro fáustico que es Échate un cantecito; con qué verbo me habría rendido a la arrogancia de Ray Loriga, que campaba luminosa en Lo peor de todo, qué bravata habría escupido en la tumba en que bailaba el Bateman de American Psycho. Hay en esa novela, por cierto, una indiferencia respecto al prójimo que, a mi modo de ver, retrata nuestra época de un modo más certero que el marquismo, la cocaína o la gastronomía chic. No hay un solo personaje de cuantos pululan por sus páginas que acierte con el nombre de pila de cualesquiera de sus amantes, colegas o amistades, en un griterío que no se aleja mucho del patrón "Eh, chicos, ¿aquél no es Owen?, "Cómo Owen, si Owen murió la semana pasada?". Tales equívocos terminan por resultar bastante más aterradores que los crímenes de Bateman, pues no sólo dan cuenta del tedio que engulle a los personajes, sino que también refieren su inhabilitación para la empatía. Nadie como Ellis, en fin, ha explorado con tanta maestría ese reino de las apariencias que cuajó en spleen del mundo. "Ayer estuve follando con Meredith." "Cómo Meredith, si el otro día, después de follármela, le di tal paliza que no hubiera podido salir en dos semanas." Cualquier atisbo de humorismo va cediendo a la evidencia de que el hecho de que fuera Meredith o no lo fuera no tiene efecto alguno en el relato, o lo que es lo mismo: que el presente se va desenvolviendo al margen de la memoria, lo que sitúa la acción (y cualquier trato con el progreso) en un erial de zombis. La directora de la versión cinematográfica, Mary Harron, intuyó que esa querencia por lo superficial (por una superficie que acaba deviniendo en costra antes que en piel), constituía uno de los grandes temas de la novela, de ahí que culminara la escena final en el bar con un yuppie que, mientras contempla el mitin de Reagan en televisión, exclama: "Se presenta como un pobre viejecito, pero por dentro...". A lo que Bateman, que al fin vislumbra el signo de los tiempos, responde: "¿Por dentro ? Por dentro no importa".
viernes, 28 de marzo de 2014
Cuchillería
Cuando se cumplieron cuatro días del abrazo nos encaramos en el pasillo de casa de mis padres. No conocía los pormenores de su estancia en la comunidad ni quería conocerlos. O sí, lo cierto es que sí quería, pero me sublevaba el aire de adventista de séptimo día con que me trataba, esa displicencia de esplai católico. Hasta que nos encaramos en el pasillo. Al poco de ese lance se fue tornando hosco, desapacible. La recaída llegó un mes después, en un domingo de hojaldre desmigado. Al cuarto día de aquello entró en un centro de día; todavía andaba soñoliento. Durante los siete meses que duró ese segundo tratamiento aprendió a conducirse en internet ("es como la vida, de verdad. He conocido una piba que te cagas"); también aprendió a escribir ("lo que cuenta es el concepto, la idea"). Algo tuvieron que ver las niñas en su medio girar. El sábado, después de mucho tiempo despidiéndose sin más, me dijo que me cuidara. Lo encajé con benevolencia. Le habían dado el puesto de cocinero en un hotel simpatiquísimo y se creyó por encima de la ortografía. Mañana, si el tiempo no lo impide, mandará afilar la puntilla y el cebollero.
sábado, 15 de marzo de 2014
'Tiene Jaime nuestra vecina un talle'
Me despierto a diario con los alaridos psicalípticos de una vecina que, algo antes de las siete, asorda a la comunidad con una retahíla de noes. 'No', dice. Noo... Nooo... Noooo... Nooooo... La primera vez que oí tan perturbadora negación salí al rellano y traté de identificar el piso donde, sin ningún género de duda, un macho grasiento estaba apaleando a su pareja. En ese preciso instante, mi venerable vecina (la de la puerta contigua a la mía) salió de casa y me puso sobre aviso: “Tranquilo, nadie está matando a nadie”. A los dos minutos, y luego de un “no” sostenido que parecía surgir del mismo averno, la calma se adueñó de la finca. Esos noes in progress son ahora el pórtico natural de mi desperezo. No han faltado situaciones embarazosas, como el día en que Lola me preguntó a qué se negaba exactamente esa mujer o el día en que una vecina asomó la cabeza por una ventana del patio interior y pronunció una, digamos, conferencia sobre la impudicia. Así y todo, hasta hoy no he podido sino agradecer ese rítmico oleaje que iba mordisqueando la arena. Hasta hoy, insisto. Eran las las 6 y 54 cuando mi vecina, en un acto de renuncia que jamás le perdonaré, ha dicho sí.
martes, 11 de marzo de 2014
Secretariado
Esa gente que en el restaurante, y cuando el camarero llega cargado de platos, sigue conversando o riendo o silbando, sin prestar un ápice de atención al servicio ni, llegado el caso, atender a la pregunta elemental, cardinal: "¿El lenguado, por favor, para quién era?". Esa gente, en fin, que cree que ha venido al mundo a que la masajeen y que confía la suerte de que le sirvan su segundo a algún compañero de mesa que, acaso por vergüenza ajena, interroga a unos y a otros hasta dar con el fatuo pescado, ese comensal que ahora entorna los ojos y, desde lo más recóndito de su displicencia, chasquea: "Ah, sí".
domingo, 9 de marzo de 2014
El fin del mundo
La cercanía del fin de semana solía avivar las cortesías y demorar las asperezas. El viernes 11 de noviembre no parecía distinto a otros viernes; también
ese día un runrún de algarabía se fue apoderando de la oficina y ni siquiera
el hecho de que la prensa anunciara el fin del mundo sofocó nuestro habitual contento.
Así transcurría la mañana hasta que, a eso de las doce, una de las de las becarias
ahogó un grito de asombro que jamás pretendió serlo.
En una de las ventanas del edificio de enfrente, una residencia de estudiantes de fachada neoclásica, un joven se la cascaba con ímpetu de mandril. ¿Recuerdan aquel golazo de Cristiano contra el Sevilla y la celebración que le siguió, ese frame en que el guapo delantero convierte su brazo en un émbolo ygrita-ta-ta-ta? Pues con ese mismo brío se pajeaba nuestro adán.
En un remedo oficinesco de Los pájaros, nos fuimos arracimando en torno a la mesa de la improvisada vigía hasta formar un coro de unos veinte o veinticinco mirones. Un coro, sí; al punto, uno de los comerciales empezó a alentar al pajero con procacidad de sargento y una sombra de rubor nubló el semblante de algunas de las chicas. El puberto, que oficiaba de pie, empezó a retorcerse como dicen que se retuerce el acero, en lo que asemejaba una estricta levitación sobre sus talones alados. Fue entonces cuando uno de los maquetadores avistó tierra:
-¡Hay una tía!
Enroscada en un pliegue de la habitación, en efecto, había una mujer.
Al comercial que había empezado a jalear las acometidas del amante le secundaba ya casi todo el departamento. En ese punto, la intriga empezó a centrarse en si el gerente saldría de su despacho y se uniría a la conga o, por el contrario, en Esade no previeron un máster para esa clase de incidencias. Como quiera que la costumbre es la más instantánea de las perversiones, empezamos a encontrar aburrido el vaivén del gayolero. Yo mismo me descubrí cabeceando al ritmo del braceo como quien asiste circunspecto a un intercambio de reveses entre Nadal y Federer.
En eso, Rocco levantó su rostro y, al ver a la comitiva, al reparar en aquel fiero desorden de corbatas y vahídos, hizo amago de convertirse en estatua de sal.
Creímos entonces que las persianas de Gayolo se pondrían como el sol se pone a veces en las novelas cubanas, cayendo a plomo sobre el horizonte. Y así habría sido, sin duda, si hubiera dependido de la chica, mas era el hombrecillo, al que aún respondía su báculo, el que gobernaba el mediodía.
Ojipláticos nos quedamos cuando, tras fingir una mueca de fatiga, Rocco se volvió hacia la parroquia y, con la mano que le quedaba libre, empezó a abanicarse el rostro al tiempo que libraba su cintura a un gracioso bamboleo, su media sonrisa alumbrando Barcelona.
Yo no dejé de admirarme por la posibilidad de que el estudiante (¿o acaso era un 'guest star' en una residencia de féminas?) no llevara despierto ni media hora.
Por que toda su inminencia fuera un gemido entrecortado y otro sueño infinito.
En una de las ventanas del edificio de enfrente, una residencia de estudiantes de fachada neoclásica, un joven se la cascaba con ímpetu de mandril. ¿Recuerdan aquel golazo de Cristiano contra el Sevilla y la celebración que le siguió, ese frame en que el guapo delantero convierte su brazo en un émbolo ygrita-ta-ta-ta? Pues con ese mismo brío se pajeaba nuestro adán.
En un remedo oficinesco de Los pájaros, nos fuimos arracimando en torno a la mesa de la improvisada vigía hasta formar un coro de unos veinte o veinticinco mirones. Un coro, sí; al punto, uno de los comerciales empezó a alentar al pajero con procacidad de sargento y una sombra de rubor nubló el semblante de algunas de las chicas. El puberto, que oficiaba de pie, empezó a retorcerse como dicen que se retuerce el acero, en lo que asemejaba una estricta levitación sobre sus talones alados. Fue entonces cuando uno de los maquetadores avistó tierra:
-¡Hay una tía!
Enroscada en un pliegue de la habitación, en efecto, había una mujer.
Al comercial que había empezado a jalear las acometidas del amante le secundaba ya casi todo el departamento. En ese punto, la intriga empezó a centrarse en si el gerente saldría de su despacho y se uniría a la conga o, por el contrario, en Esade no previeron un máster para esa clase de incidencias. Como quiera que la costumbre es la más instantánea de las perversiones, empezamos a encontrar aburrido el vaivén del gayolero. Yo mismo me descubrí cabeceando al ritmo del braceo como quien asiste circunspecto a un intercambio de reveses entre Nadal y Federer.
En eso, Rocco levantó su rostro y, al ver a la comitiva, al reparar en aquel fiero desorden de corbatas y vahídos, hizo amago de convertirse en estatua de sal.
Creímos entonces que las persianas de Gayolo se pondrían como el sol se pone a veces en las novelas cubanas, cayendo a plomo sobre el horizonte. Y así habría sido, sin duda, si hubiera dependido de la chica, mas era el hombrecillo, al que aún respondía su báculo, el que gobernaba el mediodía.
Ojipláticos nos quedamos cuando, tras fingir una mueca de fatiga, Rocco se volvió hacia la parroquia y, con la mano que le quedaba libre, empezó a abanicarse el rostro al tiempo que libraba su cintura a un gracioso bamboleo, su media sonrisa alumbrando Barcelona.
Yo no dejé de admirarme por la posibilidad de que el estudiante (¿o acaso era un 'guest star' en una residencia de féminas?) no llevara despierto ni media hora.
Por que toda su inminencia fuera un gemido entrecortado y otro sueño infinito.
martes, 25 de febrero de 2014
Puro humo
Hoy recordaba el tiempo en que me daba yo veneno que quiero morir,
aquellos días nebulosos en que mis pulmones eran un fuelle nicotínico y mi
identidad un pensamiento de humareda. Del tabaco dependían los amores, los
temblores, el llanto, la alegría, el candor. Y fumaba, ay, tanto fumaba que levitaban
en humo mis andares, que no había apocalipsis que no entrañara un instante
memorable, dígase el del cigarrito. Fumaba en el autobús, en los pasillos del instituto y, por supuesto, en
clase; en la sala de espera del seguro, en el metro y los aviones, en los
bares, los restaurantes y los puticlubs. No había nada más placentero que
jumar fugando al fútbol, como dicen que solía hacer el gran Cruyff. O tal vez sí, tal vez no hubo nada como dejar
de comerte a besos para boquear señales de rendición y, al menor de tus
descuidos, sacar de la chistera un marlboro desangrado; fumaba, sí, fumaba tanto que
una madrugada de insomnio y bulerías traté de convencerme de que la esperanza
consistía en deglutir un cigarro lo más pronto posible y así acortar la brecha
para encender el siguiente. Fumaba en las panaderías, en las discotecas, en el
lavabo y en la cama; en los hospitales, en las exposiciones, en las peluquerías.
En aquellos años de incienso en que los chalados aventaban el mal entre
aspavientos, acaso perfilando las aristas de un orden imposible, de una
comunidad luctuosa de palabras sin humo.
miércoles, 19 de febrero de 2014
Aula 403
Los
lunes, a eso de las seis, intento que un grupo de hombres y mujeres aprenda a
reescribir (en eso, en reescribir, radica la única enseñanza probable de la
escritura). Durante el curso, que tocará a su fin el 22 de junio, mis alumnos
han ido afianzando o despreciando querencias, recurrencias, vicios. Artur, por
ejemplo, concibe el uso de los arcaísmos como un derrame de melancolía; Pere, francotirador carente de mira telescópica, es un acérrimo partidario del cite largo y las
tandas de estatuarios; Maige no escribe relatos, sino dibujos al carboncillo;
María José, que solía hablar de sí misma por voces interpuestas, ha dado al fin
con la veta excelsa del 'yo'; Alfonso es el más audaz explorador de sí mismo
que he tenido como alumno, y Helena, una escritora en ciernes que, después de
dos o tres avisos, ha entrevisto que sus mejores faenas son las menos
pintureras. Mi táctica es hablarles y escucharles, construir con palabras un
puente indestructible. Mi estrategia es, en cambio, más profunda y más simple.
Mi estrategia es que un día cualquiera, no sé cómo ni con qué pretexto, por fin
no me necesiten. De entre mis alumnos, Alfonso y Helena son quienes más gustan
de hablar del proceso creativo, esto es, de la cocina de la escritura: la hora
del día a la que escriben, la atmósfera propicia para ello, el tiempo que les
ha llevado tal o cual texto. En cierto modo, vinculan la trastienda del oficio
con un cúmulo de instantes placenteros que oscilan entre la noche aciaga y el
estallido luminoso. Yo me sonrío porque no concibo la escritura
como algo placentero, sino como un trabajo arduo, laborioso, ingrato. Así las
cosas, debería preguntarme por qué escribo. Y tal vez admitir sin rebozo que
soy un hombre presumido y falto de afecto, un petulante al que urgen
los aplausos del tendido de sombra y las bragas del tendido de sol. Por esa
misma razón (máxime cuando despierto y no hay aplausos ni bragas a mi vera) a
menudo requiero un fugaz reencuentro con los días en que escribía para no decir
nada, en que saltaba a la olivetti y me decía, una y otra vez, que los
hombres duros no bailaban. Preciso, en fin, reflotar el tiempo en que mi
hermano llegaba a casa de madrugada y me preguntaba, sosteniéndose en el marco de la
puerta, por qué no había salido y qué me daba la olivetti que no me diera la
plaza Real. Entonces se acercaba despacio, muy despacio, y leía en voz alta el
principio de mi enésima novela: “Javier Bastante llegó al lugar del crimen con
el sinsabor de la ginebra atizándole las sienes y la mirada hosca de quien ha
visto mucho y feo”.
-¿El sinsabor de la ginebra? ¿Qué es el sinsabor de la ginebra?
-Se supone que el personaje se ha acostado borracho y que, cuando acude al lugar
del crimen, todavía se tambalea y sigue apestando a ginebra.
-Ya. ¿Y por qué no escribes eso, que llega tambaleándose porque todavía le dura la
borrachera?
-Hum.
-“El sinsabor de la ginebra atizándole las sienes…” Menuda tela…
-Es una forma de evocar la resaca.
-Pues di resaca, joder. Así, mira: "Javier bastante llegó al lugar del crimen resacoso de
ginebra". ¿Qué problema hay?
-Problema,lo que se dice problema, ninguno.
-¿Qué quiere decir 'hosca'?
-Desagradable.
-¿Y por qué dices que Javier Bastante ha visto mucho y feo?
-Porque es policía.
-Ya. Y como es policía y ha visto de todo, le ha quedado la mirada hosca.
-Sí, bueno, más o menos.
-Eso no aporta nada al personaje; en todo caso, lo convierte en un poli más. Si me
dijeras que tiene la mirada hosca porque la novia le ha dejado por su mejor
amigo, vale, pero que tenga la mirada hosca por ser poli, no sé yo. Además, ¿tú
de dónde sacas que los polis tienen la mirada hosca?
-Ahora que lo dices, no lo sé.
-Yo sí. Seguro que de otra novela.
(Y ya entre dientes, batiéndose en retirada:
"Javier Bastante, ¿quién coño se llama Javier Bastante?".)
Todo aprendizaje, ciertamente, es una pugna entre la dicha y la desdicha. Sea como
sea, Alfonso, Helena y mi vieja olivetti se encontraron el pasado lunes en el
bar Castells. Alfonso y Helena me contaban, entre despuntes de orgullo y ardor,
que habían dedicado el fin de semana a realizar un cortometraje. Apenas habían
dormido y algún que otro sinsabor les atizaba las sienes, pero no había en
ellos rastro alguno de hosquedad. No celebraban que el trabajo realizado
hubiera satisfecho sus expectativas; de hecho, la cristalización de su empeño
les importaba una higa. Hablaban, sobre todo, de las discusiones embravecidas,
de las noches sin dormir, de los palos en la rueda, del momento en que estás a
punto de tirar la toalla y se abre un claro en el cielo, de la patria sin
nombre del esfuerzo baldío y el arrebato inmisericorde de la primavera.
miércoles, 12 de febrero de 2014
Cuatro
Yo vengo de un silencio en que los hombres llevábamos michetas y eran las mujeres quienes se ponían medias o esos horrendos calentadores. Empecé mi carrera como defensa central porque gustaba de tener mi vida en orden y atesoraba una rara intuición para prever el engaño del delantero. Jamás fui dado a patear el balón, sino a paladear la jugada desde la cueva, por lo que solía concitar la mirada hosca de los nueves más tarugos. Ya entonces despreciaba el axioma de que el primer defensa de un equipo es el ariete. ¡Bah! Palabrería de timoratos, incienso televisivo de quienes rehúyen la posibilidad inversa, esto es, que el central sea el primer atacante. Mi incapacidad para la pugna por alto y, sobre todo, mi nobiliaria renuencia al choque (suplida con creces por el genio de Benito y la picardía de Marín) me fueron alejando del área y asentando en el centro del campo. No hay que descartar que en mi exilio pesaran otras razones: el área se me fue quedando pequeña hasta parecer no ya un teatro chino, sino la patria misma en que acabó refugiándose Beckenbauer. En mi afán de nadar en aguas abiertas, me convertí en una suertede Fernando Hierro avant la lettre (de quien las gentes impresionables recuerdan cómo atornillaba a los árbitros con el dedo índice y, en cambio, entierran sin reparos su lírica pujanza. Hay conversaciones sobre fútbol que asemejan un jardín inglés infestado de cadáveres). Durante mi época de futbolista lánguido no protesté una sola decisión arbitral porque mi afectación también alcanzaba al árbitro, al que llamamos juez para evitar la repetición de la palabra 'árbitro' y es precisamente ese sinónimo, juez, el que ratifica la ridiculez de tan temprana vocación. El daño que la sinonimia ha infligido al lenguaje debiera consignarse en un manual de escritura y tal vez sea yo, defensa central venido arriba, quien se ocupe de hacerlo cualquier domingo. Decía que me fui aclimatando a otras latitudes y que la primera escala fue el centro del campo. El acomodo no fue todo lo fácil que había imaginado: al principio me pareció que aquel páramo era hostil al hombre y un edén para el murciélago, así el centrocampista escupe su mirada contra el viento para adivinar el acecho de una sombra y aun su chasquido. (¡Latitudes, tierras...! ¡Lo he escrito yo, que acabo de denostar la sinonimia! La literatura consiste en no dejar un solo andamio por el camino o acaso en lo contrario: en dejarlos todos y pasar por debajo de ellos una y otra vez para que te lluevan los piropos, los escupitajos). Un entrenador que se parecía bastante a Miguel Ríos me sacó del centro del campo y me situó como extremo izquierda. “El regate no se te da mal y tienes la derecha de madera, así que a la izquierda.” Ciertamente, el regate no se me daba mal y mi pierna derecha sólo me ha servido para bailar lentas. Jugué algunos partidos con tesón y suficiencia, pero llegó un día aciago en que regateé a un defensor y volví sobre mis pasos y le tiré a ese mismo defensor un caño humillante y absurdo. Al punto, desplegué un repertorio enloquecido de sotanas, quiebros, autopases... Hasta que perdí de vista el horizonte y el regate, ese otro gran prolegómeno de la dicha, se convirtió en un fin en sí mismo, sin medida ni hermosura. En aquel extravío debí de parecer uno de esos toreros que encadenan derechazos sin entrever el sentido del mundo; o uno de esos escritores que, ya pasados los cuarenta, aún siguen creyendo que escribir equivale a amontonar metáforas; a tanto alzado cada perla de rocío. Renegué de mi locura de autor y, con el paso de los partidos (porque entonces no era el tiempo lo que pasaba), aprendí a pasar inadvertido. El gozo más ligero que jamás haya disfrutado un hombre llegó una fría mañana en que serví tres goles sin necesidad de tirar un solo regate. Tengo dicho y escrito que nunca eché de menos los olés taciturnos de esas plazas indoctas de regional infantil: me bastaban las alabanzas de Gil o de Castells, los mejores jugadores del mundo en aquel tiempo de heroesmegos. Miguel Ríos se retiró y el tipo que le suplió me dijo que me faltaba velocidad pero sabía ver los desmarques, así que volví al centro del campo, a la posición que hoy ocupa Xavi Hernández. Hubo un día en que levanté la vista y vi a Gil y a Castells, a Salvadó, a Ros, una valla de publicidad, la red temblona de la portería, la base negra del poste, un hombre fumando con la cabeza gacha, un árbol que se alzaba sobre el fondo de cemento. Llevaba el balón cosido al pie pero, antes que el toqueteo del balón, me deslumbró avistar mi pasado.Yo vengo de un silencio en que ni siquiera el malnacido peor fingió un penalti.
domingo, 9 de febrero de 2014
Carta a un joven escritor
Los escritores siempre han gustado de la noche y el vino. Sobre todo del vino. Cuántas veces no habrás visto a un novelista darse al balbuceo en cualquier sumidero televisivo. Y cuántas no habrás leído que tal o cual obra se gestó al calor del Knockando. El consumo de alcohol, ciertamente, se halla incrustado en los usos y costumbres del oficio; la literatura misma ha contribuido a la magnificación de tal virtud hasta convertirla en un hábito legendario. Recuerda, si no, esos carvalhos en que el protagonista daba cuenta, de una sentada, de cuatro botellas de vino y nueve whiskys. Si traigo aquí los carvalhos es porque, en mis tiempos de estudiante, la iniciación en la posturita no pasaba por el conocimiento de los proverbiales how-to-do, sino por abrevar en las obrillas de Vázquez, Vila-Matas o Monzó, que fueron, ya entonces lo sospechábamos, meros pavones respecto a Ford, Carver o Bukowski, regias deidades. Hubo días en que bastaba con entrar en el bar de la facultad, fingir una mueca melancólica y exhibir La máquina de follar para que un racimo de alumnas con ‘inquietudes’ serpenteara torpemente hasta tu mesa. Por cierto, me costaría dar con un escritor tan mal leído como Bukowski, de quien esculpíamos que lo más relevante no eran el sexo ni el alcohol ni la procacidad, como si el sexo, el alcohol o la procacidad no fueran coartadas admisibles para devorar su obra hasta lo infinito. De todos modos, y teniendo en cuenta que el siglo ha dado clubes que son más que un club, no habrá de importunarte que Bukowski sea más que Bukowski, que algunos alumnos de periodismo fuéramos diseminando cuentos sin remite en que dejábamos patente que nuestra envergadura se debía a los concienzudos efectos del alcohol, como quien jura que su empresa “sólo produce imitaciones”. No tengo nada contra la escritura a 45 grados. Antes al contrario: se trata de un recurso de primer orden para que los aprendices desentrañen el misterio de la distancia crítica; al cabo, qué mejor autocrítica que la que impone la realidad cuando, al despertar, reparamos en la mujer que duerme a nuestro lado y nos decimos: “Pero… ¡cómo he podido!”. En otras palabras: nada como derramar versos salvajes para aprender que la escritura, la buena escritura, nos obliga inexorablemente a poner toda nuestra atención (y no sólo el 45%) al servicio de la inteligibilidad; y con inteligibilidad me refiero, claro está, a la feliz circunstancia de que al día siguiente de perpetrar la salvajada no musitemos: “Pero… cómo he podido”. Acabo ya. En nuestro afán de ser artistas barfly, hubimos de ascender el peldaño definitivo. ¿Existía una gesta más literaria que escribir borracho? Sí: emborracharse a secas. Yo mismo la practiqué durante años con resultados majestuosos, y estas líneas que hoy te escribo son un artefacto puramente sentimental, el tardío reconocimiento de una abultada derrota: lo mejor de mi mismo no apesta a Jameson, sino a lluvia.
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