martes, 25 de julio de 2017

Populismo de amiguetes

El Gobierno de Ada Colau seguirá desoyendo el código ético del Ayuntamiento de Barcelona en el punto que llama a "abstenerse de nombrar personal con quien pueda haber conflictos de interés familiar". Pese a que se trata de una recomendación, y no de una prohibición en sentido estricto, nadie más indicado para seguirla que un partido que debe su éxito de público a la agitación mediática contra la corrupción, el nepotismo, las puertas giratorias, etc. Pese a ello, el concejal de Transparencia del Consistorio, Jaume Asens, ha pretextado que se trata, sobre todo, de una cuestión "más estética que otra cosa", lo que a su juicio les exonera de aplicarse el cuento.

Como quiera que el periodista de El Mundo Víctor Mondelo requirió a Asens una razón algo más enjundiosa, éste se abrió de capa: "Si entráramos en el supuesto del conflicto de interés en los cargos de confianza, no sería sólo por razones de afectividad, sino también de amistad. Por tanto, extinguiríamos la figura del personal eventual en el Ayuntamiento de Barcelona, tanto para el Gobierno como para la oposición. No se puede cambiar el concepto de personal eventual". Técnicamente, y aun con el inconveniente que supone invocar el círculo de amigos y familiares en tiempos de internet, no parece un argumento reprochable. Más difícil resulta, insisto, justificar por qué los políticos de la casta no pueden recurrir a él. Aunque ya se sabe que éstos no tienen compañeras, y menos aún que lo sean de lucha, que es, al cabo, lo que faculta a Pisarello para nombrar a la suya, Vanessa Valiño, jefa de gabinete de la Concejalía de Vivienda (49.000).

Mas la transparencia del concejal habría de alcanzar su cota máxima en el tercer intento, cuando, exhausto de formalidad, puntualizó que, en todo caso, es la alcaldesa Ada Colau quien nombra a los cargos de confianza, pese a que hayan sido propuestos por otros concejales, y que por tanto el conflicto de intereses sólo se podría producir si el elegido fuera familiar o amigo de la alcaldesa. No es la primera vez que un miembro del equipo de Colau se jacta de forzar la interpretación de la letra pequeña; o lo que es lo mismo, de conducirse a golpe de trampa. Lo hacen, eso sí, en riguroso cumplimiento del programa electoral, en especial del bloque de medidas que empezaba proclamando: "Obedeceremos las leyes que nos parezcan justas", y donde "justas" no era más que el recato del principiante.


Libertad Digital, 25 de julio de 2017

jueves, 20 de julio de 2017

El jardín prohibido

“Saquen su rosario de nuestros ovarios, saquen su doctrina de nuestra vagina. / Ni amo ni Estado ni partido ni marido.” Tal es el estribillo de ‘Mi cuerpo es mío’, del dúo cubano Kruda Cubensi, cuyas componentes, Odaymara y Olivia, militan en el feminismo negro (lo he buscado y no es ninguna perversión recreativa), el veganismo y la cultura ‘queer’. ‘Mi cuerpo es mío’ es la primera de las 200 canciones del playlist ‘no sexista’ que ha elaborado el Instituto Vasco de la Mujer para que suene en los bares y txoznas de los pueblos durante las fiestas patronales. Entre los hits del Beldur Barik Playlist, que así se llama el bando, figuran también ‘Antipatriarca’ (Ana Tijoux), ‘Ella’ (Bebe), Jodida pero contenta (Buika); Mi barba (también de Kruda Cubensi), ‘I’m not your toy’ (La Roux) y ‘Machirulo escóndete’ (Tongo). Esta última (una cumbia arrebatadora) dice así: “Llámame loca del coño, no me puedes detener. / Feminazi me han parido, machirulo escóndete”.

El Beldur Barik es una sugerencia, no una imposición. Se trata de que las txoznas pinchen de vez en cuando alguna de esas canciones para, de ese modo, promover “comportamientos basados en el respeto y la igualdad ” y “prevenir agresiones machistas”. Una propuesta asertiva que, por descontado, no pretende impedir que las cuadrillas disfruten del repertorio habitual por estas fechas: el ‘Sarri Sarri’ de Kortatu, que celebra la fuga de dos etarras de la cárcel de Martutene, el ‘Jimmy Jazz’ del mismo grupo (“puso veinte kilos de goma 3 / mandó a tomar por culo todo un cuartel”), ‘Aprieta el gatillo’ de Cicatriz, ‘Txibato’ de Kojón Prieto (“A los chivatos y a todos sus jefes, en un paquete mandaba yo a volar. / Chivato, los días que te quedan son una cuenta atrás”), El último txakurra’ de Lendakaris Muertos (“Antes te echábamos un cóctel molotov / y ahora te echamos de menos”). Un playlist un pelín terrorista, de acuerdo, pero del que no se puede decir que incite a violar a la vecina, como en cambio sí hacen Bisbal, Fonsi o El Puma.

(Pero no nos pongamos dramáticos. Según consta en la wiki, Odaymara y Olivia, nuestras queer-black-feminist-vegan, huyeron de Cuba en 2006 y, a través de la frontera mexicana -y amparadas por la ley de pies secos y pies mojados-, se plantaron en Estados Unidos. Aún más tortuosa que su travesía fue la razón que les llevó a ella: “La decisión del grupo de abandonar Cuba vino motivada por su deseo de luchar por la justicia social en otras partes del mundo, sobre todo en lo que respecta a la denuncia de la marginación de las lesbianas latinas y caribeñas”.)


The Objective, 20 de julio de 2017

martes, 18 de julio de 2017

De la vía catalana a la vía Laietana

Soler es un independentista convencido, de lo que se deduce que hay independentistas que lo son sin estarlo. Tales serían los que suelen achacarse al PP, fabricante mítico. Siempre me ha llamado la atención la forma en que gentes de izquierda aluden a este presunto subgénero, ese "no me extraña que haya catalanes que se hagan independentistas". Es como si dijeran: "A mí, que soy un individuo sofisticado, jamás se me ocurriría, pero el pueblo, que es de natural cazurro, cómo no va a caer en la trampa". "Os entendemos, criaturas", parecen razonar; "el ser humano es de apetencias primarias y no hay nada más primario que la tribu". La gran catástrofe de España es que esta reflexión no les impida simpatizar con el tramposo. Después de todo, enfrente está España, un ente discutido y discutible contra el que todo vale. Incluso la más absoluta ausencia de convicciones. Así, uno dice "nación de naciones", al otro le da pereza y un tercero apuesta por una quita, solución que sitúa a Cataluña en pie de igualdad con Grecia.

No crean que en la derecha hay muchas más luces. Hoy mismo, el inefable Millo ha declarado que "lo que es seguro es que no va a haber un referéndum vinculante y con garantías", lo que abre la puerta a que haya un referéndum no vinculante y sin garantías, es decir, una reedición del 9-N.

Entretanto, en Cataluña, el golpe de Estado institucional sigue su curso, sin que nadie atienda a la evidencia de que, cuando la ANC estableció en su hoja de ruta "tomar el control de grandes infraestructuras, fronteras, seguridad pública y comunicaciones", se estaba refiriendo exactamente a esto. Que ese plan, en fin, se concreta en que un hombre como Albert Batlle tire la toalla ante la imposibilidad de cumplir la ley, y que su sustituto como jefe de la policía sea un xenófobo que si hasta ayer era de tuit fácil, hoy bien puede serlo de gatillo. Un tipo, en fin, que dijo que los españoles le dábamos pena, pero lo que quiso decir en verdad es que le dábamos asco.


Libertad Digital, 18 de julio de 2017

sábado, 15 de julio de 2017

Exequias cubanas y el blanco Ginés

Hace diez años que conozco a Ginés Gorriz, un cubano catalán que hace bueno el aserto de que el diseño es, sobre todo, un conato moral. Al leer en este blog que el médico que había embarcado a mi abuela era cubano, Ginés me dijo: "Tiene que tratarse de mi amigo Alejandro". Al poco de confirmarlo escribió esta nota; léanla: sabrán en qué consiste la ficha técnica de una amistad.

 

Alejandro Negrín me acompaña (le acompaño) desde los cinco años. En la escuela era un chico simpático y sociable que tocaba la guitarra.

Álvarez Cambra era un médico cubano, una celebridad en esa mitad oscura del mundo que vivía sin celebridades. Fidel y otros muchos quebrantahuesos internacionales acudían a ese médico famoso cuando eran sus huesos los quebrados por afán del tiempo o de justicia divina

Cuando yo tenía 6 años ese médico famoso me diagnosticó una fisura de fémur, me sentenció a un año de invalidez total sin garantía de cura y ofreció como alternativa una operación con injerto de hueso, seguida de un año inválido.

Mis padres desafiaron su autoridad con una segunda consulta y un médico con menor fama y de quien injustamente no retengo el nombre desafió a su vez el diagnóstico del comandante en jefe (por no decir rey) de los médicos cubanos. Así, mi pena de año de invalidez fue conmutada por tres meses de reposo y sin pisar.

Me recuerdo en el colegio subiendo las escaleras en volandas sobre los hombros de cuatro amigos: Alejandro Negrín era uno de ellos. No sé si ya entonces tenía inclinación (o rectitud) a curar. En la adolescencia Alejandro era dicharachero, simpático y anarquico, era lo que ahora se dice un 'popu', el amigo que todos los chicos quieren tener, el novio que todas las chicas quieren tener. Y en aquella Cuba de cartón ser 'popu' era ser un poco 'antisocial'.

Yo me fui a Rusia y él se quedó; y salió de la universidad como un doctor serio y formal, y es ésta una de esas transformaciones más extraordinarias que me ha tocado presenciar en el pasar de los años.
En todo ese tiempo yo no sabía que en otra parte del mundo existía ese otro hombre, un José María Albert de Paco.

No podía sabero; como tampoco podía saber, cuando Alejandro me llamó de Miami para decirme "ayúdame a venir a Barcelona", que Alejandro vendría, entre otras cosas, para ofrecer un primer y último viaje en avión a la abuela Conchita de mi querido DiPac.

jueves, 13 de julio de 2017

Conchita Serra Loscertales

Mi abuela llamó a eso de la una, debía yo de tener 16 años y estaba a punto de convertirme en comunista. "Tráeme un bañador de tu padre antes de las tres". Mi abuela trabajaba en el Ayuntamiento como señora de la limpieza (así, con ese sintagma, se designaba su oficio) y llevaba años, muchos años encargándose, entre otras dependencias, del despacho del alcalde, quien quiera que el alcalde fuera. Desde que a sus 29 entró a trabajar en el cuerpo de limpieza del consistorio, había visto pasar a Simarro, Porcioles, Masó, Viola, Socías, Font y Serra. Le desagradó el empeño de éste en que le tuteara, tanto como receló de la legión de jipis que fue copando el Ayuntamiento, y que le llamaban, ay, Conchita a secas, como si fuera una amiga o, aún peor, una colega. ¿Qué sentido tiene que yo haga los dorados (con hacer los dorados se refería al abrillantamiento de los adornos metálicos de color de oro) si el alcalde parece un pordiosero? Y no es que ella fuera de derechas, no. Era, sencillamente, una mujer de orden. Por eso cuando vio a Maragall se le vino el mundo abajo. Legañoso, desastrado, locuaz, chistoso... Barcelona se hunde, me dijo, esta vez de verdad. Sin embargo, y acaso por la misma razón por la que se atraen los polos opuestos, se encariñó con él, tanto que a los pocos meses dejó de ser el alcalde para ser Pasqual. Como corresponde a esta clase de sortilegios, el afecto fue mutuo, ya no digamos la confianza. Tanta hubo que el día de autos, al mediodía, Pasqual le dijo a Concha si le podía conseguir un traje de baño. El Gobierno que presidía se había obstinado en civilizar las playas y esa tarde se inauguraba uno de los tramos recientemente remozados.
-Tráeme un bañador antes de las tres.
-¿Un bañador? ¿Para quién?
-Para Pasqual.
El hundimiento de Barcelona, en fin, prometía emociones fuertes. Los celos de mi abuelo, sin ir más lejos, no apuntaban al vecino, al butanero o al lampista. No, apuntaban al alcalde, al Pasqual ese, especie que él mismo se encargó de propagar por la Barceloneta. Que supiera la banda de quién se guardaba él.
Esa misma noche, mientras cenábamos en familia, vimos a Pasqual cabeceando una ola... con el traje de baño de mi padre, que lo ignoraba todo.
Fue él, por cierto, quien de veras cortó la cinta:
-¡Mirad, el alcalde con un bañador igual que el mío, para que luego digáis que soy un hortera!
Regresé al Ayuntamiento cinco años después, esta vez para decirle a mi abuela que su hijo había muerto. Fue el único día en cuarenta años en que no fichó al salir, si bien antes quiso asegurarse de que el Ayuntamiento quedaba como oro en paño. Se llevó la bata celeste consigo: le faltaban unas pocas semanas para jubilarse y ya no volvió a ponérsela.
No perdió el hilo.
De Clos le gustaba que irradiara tantísimo optimismo ("demasiado, tal vez"); de Hereu (un incomprendido, decía) le enternecía su afán en parecerse a Maragall; a Trías lo caracterizó como un pobre hombre. Colau le recordó los días en que el desaliño irrumpió en el Ayuntamiento y Barcelona estaba abocada al caos. No hace mucho, después de oírme criticar una de sus iniciativas, me recriminó que hablara así de la alcaldesa. "Es la alcaldesa", me dijo. Fue, ya digo, una mujer de orden. Ni mentarle quise que en ausencia de la alcaldesa, el alcalde en funciones era un argentino en bermudas, ché. Y entendí como nadie ha entendido en este mundo el sentido de la película Good Bye Lenin!
Anoche murió, después de 89 años (creí que eran 90, pero con el papeleo vi su dni y ponía 29 de febrero de 1928). El médico cubano que vino a administrarle la sedación, a quien Dios tenga en su gloria, le dijo a mi madre que no se preocupara, que lo que mi abuela experimentaría es algo parecido a un viaje en avión con feliz aterrizaje. Ella, que nunca había volado.

martes, 11 de julio de 2017

La Barcelona que fue

El lunes 14 de julio de 1997 millones de ciudadanos de toda España tomaron la calle. Nunca, ni en las marchas contra la guerra de Irak, habían salido en manifestación tantos españoles. Y nunca, por descontado, lo habían hecho de modo tan unánime, lo que en parte se debió a que hubo menos protesta que náusea. Nadie sale indemne de 72 horas de snuff movie en directo, que en ese subgénero de terror, sin precedentes en la era multimediática, se inscribía el asesinato de Miguel Ángel Blanco. En la conjura colectiva que siguió al crimen hubo rabia, ira, indignación, pero también, y sobre todo, la humanísima necesidad de reconciliarse con lo verosímil. De ahí que algún que otro equidistante (ah, ese punto intermedio entre la nuca y la bala) presuma hoy de haber estado en las movilizaciones, incidiendo muy oportunamente en ese verbo, estar, que a diferencia de participar mantiene al PP, y a quienes nos dejamos manipular por el PP, dentro del preceptivo cordón sanitario.

La negativa del Ayuntamiento de Madrid a homenajear a Miguel Ángel Blanco no sólo responde a esa clase de convicciones; además, desmiente toda la charlatanería en torno a la memoria sobre la que Carmena ha edificado su mandato. Por lo demás, su reparo ante la posibilidad de que alguna de las víctimas del terrorismo no se reconozca en una víctima concreta sólo cabe en la lógica de alguien que, en efecto, también es incapaz de reconocerse en ella. No es que Carmena empatice, como se dice ahora, con el-resto-de-las-víctimas; es que ha sufrido un lapsus.

Pero aún más escandaloso que su doblez es que nadie conciba la posibilidad de reprender a Colau por las mismas razones. Aquel día no hubo en la calle cientos de miles de barceloneses, por un lado, y cientos de miles de madrileños por otro. Hubo españoles. Y la prueba de que en Barcelona está dejando de haberlos es que su alcaldesa, que gobierna con el PSOE, no se ha visto sometida al menor escrutinio moral por obviar la efeméride. A tal punto que ni siquiera ha tenido la necesidad de oponer su acostumbrada demagogia. Frente a quién.



Libertad Digital, 11 de julio de 2017

jueves, 6 de julio de 2017

El gremio de los finales infelices

No conozco un solo periodista de plantilla (entiéndanme, de los considerados rasos) que gane más de 1.500 euros brutos, la mitad de lo que El País considera, con arreglo al caso Goytisolo, un salario digno. (Del artículo “Goytisolo en su amargo final”, en que Francisco Peregil contaba cómo las penalidades habían acabado por sumir en el desaliento al escritor barcelonés, me llamó la atención que el propio diario, en su estimable labor de auxilio, fijara en 3.000 euros brutos el sueldo mínimo para no vivir en precario).

Descuiden, no es mi intención endilgarles una dickensiana, sobre todo porque si lo fuera, me bastaría con remitirme al estándar tarifario de la mayoría de las colaboraciones en la prensa digital. No, mis reparos son estrictamente técnicos y tienen que ver con el desempeño del oficio, es decir, con la (im)posibilidad de que pueda haber periodismo si quienes lo ejercitan son un hatajo de pobretones. El trato con las fuentes, por ejemplo, exige del redactor una cierta presencia (de ánimo). No quiero decir con ello que debamos ir vestidos como Llàtzer Moix o Tom Wolfe, pero sí que una imagen más o menos pulcra (no hablo aquí de la elegancia, que, como el talento, se tiene o no se tiene) favorece que nuestro entrevistado o informante, ya sea político, cocinero o sicario, nos brinde la versión más sofisticada de sí mismo, que a eso y no a otra cosa debemos aspirar. Y quien dice vestir bien dice comer bien, visitar de vez en cuando París, frecuentar tertulias, ir a ver a Flotats al teatro Borrás, tomarse el tiempo que haga falta para releer a Pla, emborracharse en los bares de Enric Rebordosa, ir a recitales de Mayte Martín y flirtear con pintoras ocurrentes.

Hay novelistas exitosos que a la menor oportunidad declaman: “Yo empecé a escribir para follar”. Bien, en el periodismo se folla para escribir. La razón, obviamente, es que nuestra gloria no puede ser efímera, pues los periódicos han de salir a diario. En el trasfondo más literal de esa certeza conversan a Ava y Dominguín.

-¿Adónde vas ahora?
-¿Adónde voy a ir? ¡A contarlo!

Pero follar, como vivir, es caro, y eso ya no hay periódico que lo pague. Lo más preocupante de los 3.000 brutos que cobraba Goytisolo es que incluían la ausencia de libido.


The Objective, 6 de julio de 2017

martes, 4 de julio de 2017

Las hijas de papá van a USA a subrogar

Uno de los aspectos de la gestación subrogada en que no se ha hecho suficiente hincapié es el de la igualdad de oportunidades. Quienes diciéndose de izquierdas se oponen a esta práctica suelen esgrimir, a modo de segunda salva argumental, la inexistencia de una verdadera igualdad, condición inexcusable para que cualquier decisión al respecto se adopte libremente. Se trata, por cierto, de una objeción análoga a la que cimentó el ideario de Podemos, para quien tampoco puede hablarse de verdadera democracia. De hecho, y de modo semejante a la Ley de Godwin, que establece la proclividad de que, en un debate, uno los contendientes llame "¡fascista!" a su adversario, cualquier discusión con la izquierda real encalla en la ausencia de libertad, igualdad y aun fraternidad reales.

Detrás de esa convicción no hay más que una cosmovisión antediluviana, un mundo dividido entre un puñado de explotadores de panza, puro y chistera, según los representó Perich, y un enjambre de miserables, esos pobres del mundo a los que invocan y siguen invocando sin vergüenza ninguna, quienes entonan (siempre en domingo) La Internacional. Si frente a esa evocación pulsan la tecla F5 se les aparecerán el columnista Roto, el novelista Simón (los bomberos no temen por su vida sino por llegar tarde al curro) y la cuentista Fallarás. Como dice Ferran Caballero en su extraordinario Maquiavelo para el siglo XXI a propósito del PSOE, y en una observación que vale también para el desnorte de la general izquierda, "su crisis no es de imagen, ni de carisma ni de falta de relato, sino profunda, ideológica y de falta de proyecto".

Sólo así se entiende la oposición a un tipo de reproducción asistida cuyo rasgo primordial, aquí y ahora, es que la mayoría de sus beneficiarios son ricos, término que, en el caso de Cristiano Ronaldo, Miguel Bosé, Tita Cervera o Kike Sarasola, es más bien un eufemismo. No en vano, sólo contratando la subrogación en el extranjero (léase Estados Unidos) consiguen los padres ser reconocidos como tales. (Dicho sea de paso: la gestación por sustitución en España no está prohibida, sino declarada nula de pleno derecho.) ¿Cómo era aquéllo, "Las niñas de papá / van a Londres a abortar"? Pues en esa ruedecilla de hámster se ejercita hoy la progresía, con la salvedad de que la jaula, esta vez, la han construido ellos.


Libertad Digital, 4 de julio de 2017

domingo, 2 de julio de 2017

Un viejo dentro


Pasan en el 33 un documental sobre Raimundo Amador, en quien sólo acierto a ver la ausencia de su hermano Rafael. Con Rafael me ocurre algo parecido; lo que en realidad veo de él es la ausencia de Camarón. Y así, entre ausencias entreveradas de ausencias, voy tramando una discografía. En uno de los pasajes del documental, Raimundo habla de José y se le aviva la sonrisa, como si a la sombra del príncipe todavía fuera posible la inocencia. Cuando los Amador metieron 'Camarón' en su Blues de la Frontera, el mismo José les dijo que no había sabido encontrarse en aquel homenaje. Con los desprecios no tuvo tantas dificultades. A Camarón le despreciaron tanto que llegaron a atribuir su audacia a las malas compañías; cómo iba él a concebir ese flamenco rabioso, tan fieramente distinto que más que de Jerez parecía de Calcuta. No, el responsable no podía ser él, sino esos hippies que le habían ido descuadrando el cante hasta convertirlo en un rolling stone. Ay, los puros.

Durante la grabación de Pasaje del agua, el gran disco de Lole y Manuel, Camarón se quedó maravillado con la porfía rockera del productor, Ricardo Pachón. De aquel pellizco, en parte, surgió La leyenda del tiempo, un disco tan moderno que al poco de salir parecía un fósil atrapado en ámbar. El próximo julio hará 20 años de su muerte y seguirá sin haber una web que dignifique su figura. Es teclear 'Camarón' y encontrarse con la misma mugre de gasolinera que supuraban sus cintas.

En el verano de 1992 no había internet, y pasé más de una madrugada pegado al transistor acechando el desenlace. Hasta que el día 2 el boletín escupió la noticia. Hay algo que no logro quitarme de la cabeza, y es lo que Camarón le dijo a su madre cuando se supo morir: "¿Qué es esto que tengo?". El País arropó su figura con un pie de foto luminoso: "Nace una leyenda gitana". Fue verlo en portada y sentirme orgulloso de mi diario de entonces, que traía un editorial titulado "El Picasso del cante". Y estas palabras del Tomate: "¿Ahora a quién le toco yo?". A Camarón lo enterraron en San Fernando como si fuera Bruce Lee. 

Estos días, por cierto, el corresponsal de El País en Buenos Aires, Francisco Peregil, informa de la expropiación de YPF. Cada vez que doy con una pieza suya recuerdo la lectura alucinada de su biografía de Camarón, El dolor de un príncipe. La canónica, lo sé bien, es la de Enrique Montiel, pero carece del asombro de la primera, y sin asombro no hay periodismo. Con todo, la cima literaria de la camaronería llegó hace dos años de la mano de Montero Glez y su Pistola y cuchillo. Es ficción, de acuerdo, pero ya no es posible hablar de Camarón sin haber pasado por esas páginas, como no es posible evocar sus manos sin la lente de Alberto García-Alix. 

Yo quise ser Camarón, ahora que lo pienso. Tan sólo hacía falta pedir otro whiskito, meter el mentón como lo hace Morante y creer en los milagros. 


 Jot Down Magazine, número 1; junio de 2012