miércoles, 30 de mayo de 2018

Mica

Ayer, una semana después de que la sacrificáramos, me desperté hecho un ovillo en mi lado de la cama y extendí el brazo con sumo cuidado, tanteando las sábanas en busca de lo que, en mi letargo matinal, aún no tenía por su ausencia. Mica me habría mordisqueado la mano, se habría sacudido mi tentativa de caricia con un leve cabeceo y se habría escurrido hacia el suelo, acaso dejando en el aire un maullido quejoso. La casa está estos días infestada de visiones perfectamente audibles: la sueño correteando, escarbando en la arena, triturando con sus finos colmillos ese pienso granítico que alternaba con latitas gourmet, preferiblemente de salmón o ‘pesce dell’oceano’. La recogimos en un descampado próximo a la cárcel de Quatre Camins y, como haciendo buenos sus orígenes, no dejó de arañarme un solo día, aunque a decir verdad, tampoco yo renuncié a tratarla de modo amorosamente temerario, a sabiendas de que ella desenfundaría las garras (a menudo impetuosamente, las más de las veces con desgana) para trazar un rasguño asombrosamente recto en mi antebrazo. Le puse el nombre de Mica por error, creyendo que el mineral así llamado era tan negro como ella, cuando lo cierto es que aquél suele dar tonos pardos, grisáceos o incluso rojos. Su escaso tamaño (siempre fue una gata canija) salvó, por puro azar, el celo semántico con que la bauticé, pues ‘mica’ en catalán es ‘un fragmento pequeño de algo’. Un poco. Pese a que fue Lola quien quiso una gata como mascota, y por Lola la traje a casa, Mica le infundía demasiado temor, tanto que apenas se rozaron en los ocho años que estuvo con nosotros. Con Laura sí hubo algo parecido a una relación, lo que le costó, ay, más de un bufido.

Hubo un día en que me pregunté por qué, cuando tenía a mis hijas en casa (habitualmente viven con su madre), Mica prefería arrellanarse en el respaldo del sofá, o sobre el escritorio. Un etólogo de felinos me dio la respuesta en un artículo de El País: los gatos, como sus primos los leopardos, tienden a enfilarse en las alturas por puro instinto de supervivencia, para mejor divisar el peligro o a sus presas. Y el respaldo del sofá fue para Mica una atalaya suficientemente privilegiada, sobre todo, ya digo, cuando en casa el trajín se le hacía intolerable. A menudo, tumbado de noche en el sofá, apartaba la miraba del libro que tenía entre manos y me preguntaba si de veras me veía, si nos veía, como a presas, pues el etólogo también aseguró que sólo la diferencia de tamaño impide a los gatos domésticos abalanzarse sobre nosotros como lo haría un guepardo sobre una gacela. Una cuestión de escala.

Hace tres semanas, como quiera que Mica había dejado de comer, la llevé a la clínica para que la revisaran y Flor, la veterinaria que la trató, le detectó una infección intestinal que amenazaba peritonitis, y de la que pudo salvarla, y un tumor mamario que, tras la biopsia que siguió a su extirpación, resultó de mal pronóstico. Dos días después, en la misma visita en que me confirmaron la metástasis pulmonar, también le diagnosticaron un principio de insuficiencia renal. Lo increíble, pensé, es que siga viva. Ya no quedaba más que el sacrificio, así que el viernes 18 de mayo la introduje en el transportín y la llevé a la clínica por última vez. Mientras le administraba el primer sedante, Flor, a quien Dios bendiga, me explicó con voz queda cuál sería el protocolo y me invitó a quedarme con ella, a acompañarla hasta que el primer sueño hiciera su efecto. Así lo hice, apretándola contra mí, besándola en el hocico con cada una de sus cabezadas, hasta que, tras un dignísimo respingo, se quedó dormida. Cuando Flor regresó para aplicarle la sobredosis (eutanasiarla, dijo, sin que yo opusiera resistencia ninguna), me hizo ver que mi mano sangraba. Sin que yo lo hubiera notado, y en el alboroto de desconsuelos, Mica dejó una vereda de adioses sobre mí que el tiempo irá sepultando. Por eso escribo.

The Objective, 30 de mayo de 2018

viernes, 25 de mayo de 2018

Bilingües y bífidos

Uno de los rasgos consustanciales a todo nacionalismo es el desprecio de los hechos, ya se traduzca en la pueril afirmación de superioridad respecto al vecino, la fabulación de un pasado cuajado de afrentas y humillaciones o la construcción de un territorio mítico, cuasi edénico, susceptible de convertirse, nación mediante, en un horizonte de ambrosías. El nacionalismo catalán, en este sentido, no ha renunciado a un solo precepto doctrinario, como atestiguan la guerra de secesión de 1714, el andaluz como paradigma de hombre destruido o el camino a Ítaca.

La ausencia de objetividad no es un síndrome estático, delimitado por una tríada sagrada de revelaciones; antes bien, se trata de un fenómeno en permanente combustión, que incluso impregna las usanzas de quienes, teóricamente, no sólo no se tienen por nacionalistas sino que se oponen al movimiento. Hasta hace dos semanas, por ejemplo, el ordinal que solía acompañar a cada uno de los presidentes electos de la Generalitat se ceñía al milenarismo pujolista. Así, Montilla fue, según RTVE, El País, El Mundo o ABC, el presidente número 128; Mas, el 129; y Puigdemont, el 130. Hubo de mediar un esclarecedor artículo del periodista de ABC César Cervera para desmontar una fake new que había echado raíces.

En rigor, no obstante, la tara afecta en mayor medida a los entes que llevan adosada la rémora Catalunya (respétese el dígrafo) o su versión abreviada, CAT. La delegación catalana de SOS Racismo, sin ir más lejos, se querelló en 2010 contra el presidente del PP de Badalona, Xavier García Albiol, por los folletos propagandísticos que éste repartió durante las municipales de aquel año, y en los que aparecía una foto con la leyenda “No queremos rumanos”. Sin embargo, y como la propia entidad ha dejado entrever en un comunicado divulgado a través de su cuenta de Twitter, no lo hará contra Joaquim Torra: “Utilizar el concepto de racismo para referirse a este tipo de acciones banaliza el racismo y desprecia el padecimiento de sus víctimas reales”.  El soniquete granhermanista de la proclama se aprecia en toda su plenitud cuando la leemos en catalán, lengua de parte: “Utilitzar el concepte de racisme per referir-se a aquest tipus d’accions banalitza el racisme i menysté el patiment de les seves víctimes reals”.

Entre los actores políticos sobre los que se cierne esta pintoresca bifurcación entre realidad y deseo, figuran, cómo no, el prefascista PSC, el fascista Ciudadanos y el postfascista PP. La caricatura resulta risible hasta que nos asomamos a las entradas en castellano y catalán de la Wikipedia correspondientes a Sociedad Civil Catalana. En castellano: “SCC es una asociación española de ámbito territorial catalán […] contraria al independentismo catalán, con presencia de formaciones políticas de izquierda y derecha tradicionalmente enfrentadas, y favorable a mejorar las relaciones con el resto de España".  En catalán: “SCC es una plataforma unionista española que se define como ‘un grupo de catalanes que [….] consideran positivo mantener un vínculo sólido con España’. Se la considera próxima a la extrema derecha”.

De donde deduzco que SCC ha renunciado a presentar batalla en su entrada correspondiente al catalán. Y que el catalán, hoy en día, es el vehículo preferente de las mentiras. No cabe descartar que entre ambas formulaciones haya un vínculo causal.

Voz Pópuli, 25 de mayo de 2018

viernes, 18 de mayo de 2018

El gen cipotudo

Cuenta Enric González en sus Memorias líquidas que Jesús Ceberio, el tercero de los cuatro directores que tuvo en El País, y cuya aspereza en el trato era, al parecer, legendaria, le preguntó en una charla de ascensor si estaba escribiendo algo (o acaso González llevaba el libro consigo, también yo hablo de memoria). El hoy reportero de El Mundo debió de responder ‘Estoy con un libro, sí’ o algo similar. A lo que Ceberio repuso: “Ya, una de esas chorradas tuyas”.

La anécdota me vino a la mente mientras empezaba a leer Vidas cipotudas, de Jorge Bustos. De forma tan injusta como inevitable, el título me sugería una faena de aliño: la hazaña menor que todo buen escritor se permite. La impresión, no obstante, se desvaneció a las primeras de cambio, pues Vidas cipotudas es, además de una soberbia galería de amenidades, un magnífico bestiario español, donde pasado y presente están tan finamente enhebrados que incluso de los retratos de Aguirre o Fray Junípero saltan esquirlas de actualidad. Y ya que hablamos de actualidad: el incidente entre Millán Astray y Unamuno, tan en boga estos días, está cipotudamente esclarecido en el capítulo dedicado al primero (“No fue un enfrentamiento entre los cojones y el cerebro, […] sino entre la razón crítica del librepensador y la razón de Estado del militar”). Se trata de uno de los muchos entuertos que Bustos desface. No en vano, el tema primordial de la obra es, junto al empecinamiento ibérico, la desmitificación de algunos episodios de nuestra historia. O lo que es lo mismo: la verdad, aquí administrada con un gracejo que remite al Carandell de Celtiberia Show, al Antonio Fraguas de Historia de aquí o al Ramón de España de Sospechosos habituales. Y que alcanza cotas de excelencia cuando el autor pisa sus terrenos. Memorables son, en este sentido, las entradas de Alejandro Sawa (¡tan rabiosamente contemporánea!), Juan Ramón Jiménez o José de Echegaray; demoledora, la de Sabino Arana; vibrantes, las de Ramón y Cajal, Martín Cerezo o Clara Campoamor (sí, una cipotuda, pues el cipotudismo no es un rasgo privativo del hombre sino, como diría Valdano, un estado de ánimo).

Me extraña, por cierto, que Bustos no convocara a ningún futbolista en su selección, aunque bien pensado, ¿a quién, si nuestro único cipotudo balompédico nació en Madeira? ¿Y el periodismo? ¿Ha dado algún ejemplar en los últimos tiempos, excepción hecha de los autores que fueron señalados, con más encono que ciencia, en el artículo seminal? Animo a Bustos a explorar esa veta. O, por honrar al género: le lanzo el guante.

The Objective, 18 de mayo de 2018

Torra nunca caminará solo

El nacionalismo catalán ha hecho de la disculpa un género discursivo. Por lo común, a la ofensa sigue un lamento genérico, perifrástico y autoexculpatorio: 'por si alguien se ha ofendido', 'a quien haya podido ofender'... Y es que susceptibles los hay en todas partes, incluso en un país de cabreros como España. En un grado superior, en el que ni siquiera se tiene en cuenta al damnificado ni su piel fina, figura el arrepentimiento por 'haber-generado-una-polémica-innecesaria'. Al punto, y con el sosiego que procura el santiguamiento, viene la invocación de un contexto particularmente propicio (un programa humorístico, una entrevista desenfadada) y, por último, el rescate del barro de la causa profunda, legítima, que motivó el insulto. La secuencia admite variaciones, claro. Lo que no está en discusión es la presencia, en todas las, del mismo denominador común: a poco que afinemos la mirada, en efecto, repararemos en que perdón, lo que se dice perdón, no pide nadie. Salvo Pujol. Pero vean por qué y, sobre todo, a quién.

Marta Ferrusola: “[Me molesta] mucho [que el presidente de la Generalitat] sea un andaluz que tiene el nombre en castellano. Y, además, pienso que el presidente de la Generalitat ha de hablar bien el catalán”. (Jordi Pujol: “Siempre he dicho que habla positivamente de Cataluña y del presidente Montilla [que haya alcanzado la Generalitat un político de origen andaluz]. De Cataluña, porque es una prueba de su actitud integradora [...]. Y de Montilla, porque su biografía es una importante contribución a estas características positivas de nuestra sociedad.”). Marzo de 2008

Felip Puig: “En primer lugar, presento mis disculpas por haber generado una polémica no deseada en un momento  inoportuno. Lo lamento. Si alguna lección he aprendido (o refrescado) es que ni en un programa de humor puedes bajar la guardia y dejarte ir sin calcular las consecuencias: siempre nos interpretan seriamente aunque el contexto sea de coña”. (“El presidente de mi país destroza nuestra lengua.” […] “Ni leyendo llega ni a la dicción ni a la pronunciación correcta.”  […] “No pienso seguir callando. No pasa en ningún lugar del mundo que el presidente del país no sea capaz de usar la lengua propia con propiedad.”). Julio de 2008

Lluís Suñé (número uno de la coalición ICV-EUiA por la provincia de Tarragona en las últimas elecciones generales de 2008; concejal del Ayuntamiento de Torredembarra): “En ningún caso he querido herir la sensibillidad de nadie, y publicarel cartel (Sos. Extremadura needs you'. Un 8,7% del PIB catalán no es suficiente. Apadrina un niño extremeño por 1.000 euros al mes) no ha estado acertado, pido disculpas al pueblo de Extremadura.”  (“Aunque las balanzas fiscales hechas públicas estos días dicen que los territorios catalanes aportamos, y mucho, a la riqueza del conjunto del Estado, las voces anticatalanas continúan acusándonos de insolidarios. En fin, quizás nos tendremos que unir a la campaña que nos propone este cartel.”). Julio de 2008

Joan Puigcercós: “No quería ofender a nadie, pero una frase fuera de contexto no puede ocultar lo que hay detrás: Cataluña contribuye como el que más, pero paradójicamente tiene más inspecciones que nadie." (“Tenemos la Agencia Tributaria instalada en Cataluña. Y mientras tanto, Madrid es una fiesta fiscal y en Andalucía no paga ni Dios.”). Noviembre de 2010

Joaquim Torra: “Lamento que unos tuits sacados de contexto dirigidos al Gobierno del Estado hayan podido ofender a alguien. También lo siento si, fruto de la intensidad que pide el periodismo, he podido utilizar una palabra inconveniente. Me arrepiento y no volverá a pasar”. (“Los españoles en Cataluña son como la energía: no desaparecen, se transforman; vergüenza es una palabra que los españoles hace años que han eliminado de su vocabulario”; “Sobre todo, lo que sorprende es el tono, la mala educación, la pijería española, sensación de inmundicia. Horrible”; “Oír hablar a Albert Rivera de moralidad es como oír a los españoles hablar de democracia.”). Entre 2011 y 2014, aproximadamente.

Xavier Trias: “Si las imágenes han podido ofender, pido disculpas públicamente, no se repetirán.” (“Lo que es jodido es que te venga algún yerno o alguien que sea perico o del Madrid.” […] “Hombre, no, no, eso no me ha pasado; si te pasa esto es una desgracia inmensa.”). Julio de 2011.

Artur Mas: “Se ha magnificado y sacado de contexto de forma desproporcionada lo que no era más que un comentario inocuo e inocente. En todo caso, no tengo inconveniente en pedir disculpas a las personas que se hayan podido sentir ofendidas.” (“Mira por dónde: los niños y niñas, sacrificados bajo la durísima hacha de la inmersión lingüística en catalán, sacan las mismas notas de castellano que los niños y niñas de Salamanca, Valladolid, Burgos y Soria. Y ya no le hablo de Sevilla, Málaga, A Coruña... etcétera porque allí hablan castellano, efectivamente, pero a veces a algunos no se les entiende. A veces, no se les acaba de entender todo pero hablan castellano, efectivamente.”). Septiembre de 2011

Josep Antoni Duran i Lleida: “No es la primera vez ni será la última que critique el sistema de prestaciones existentes en el mundo rural andaluz y extremeño. Lo hago, y lo seguiré haciendo, no como desprecio, insulto, ni tan siquiera crítica al pueblo andaluz o extremeño.” […] “A quien sí critico sin insultar, educadamente y con el respeto que me caracteriza, pero con fuerza y firmeza, es a los gobernantes que Andalucía y Extremadura han tenido en los últimos años.” (“Mientras los payeses catalanes no pueden recoger la fruta por los bajos precios, en otros sitios de España, con lo que damos nosotros de aportación conjunta al Estado, reciben un PER para pasar una mañana o toda la jornada en el bar del pueblo.”). Octubre de 2011

José Montilla: “Mis disculpas a los ciudadanos y ciudadanas de Ceuta y Melilla. Mi desafortunada comparación en ningún caso pretendía poner en cuestión su españolidad ni su importancia, me refería al peso económico de las comunidades autónomas”. (“España sin Cataluña sería otra cosa. No hablamos de Ceuta y Melilla.”). Noviembre de 2017

Núria de Gispert: "Lamento lo que le he dicho a la Sra. Arrimadas. A veces, tendré que contar hasta diez”. (“¿Por qué no te vuelves a Cádiz?”). Noviembre de 2017

Voz Pópuli, 18 de mayo de 2018

viernes, 11 de mayo de 2018

Las cunetas de la democracia

En su crónica para El Mundo del acto de Cambo-les-Bains, Leyre Iglesias subrayaba la belleza del lugar, en lo que asemejaba una metáfora de la ceremonia de blanqueo (o mejor pseudohomenaje -no, no es ésa la fastuosa automamada con la que delira mi amigo Montano-) a la que estaba asistiendo. Se trataba de una observación del todo pertinente: como es sabido, el escenario de una buena parte de los tiros en la nuca no fueron sino marcos incomparables en perpetua rivalidad. ¡Ay, estos chicos, con lo bonito que es esto y lo bien que se come!

Y ojo, que aquí sufrir hemos sufrido todos. Que cada uno tiene sus razones  y si no las respetas te vuelves a tu pueblo, pues. Siempre me pregunté si no habría sido más eficaz, en la lucha contra el terrorismo, que en el Bulevar se hubieran vendido postales de txakurras despanzurrados. Y quien dice el Bulevar dice las Ramblas, la Puerta del Sol o el parque de María Luisa. Desde Euskadi con amor.

El fotógrafo y surfero Willy Uribe, por encargo mío y de Arcadi Espada, fue fotografiando ‘crime scenes’ en el mismo día y a la hora exacta del ‘crime’. Al poco de que las fotos empezaran a publicarse, y como quiera que la manada atinó a identificar una pauta, empezaron a esperarle en los siguientes meeting points. Un insulto, un abucheo, un amago. Click. No he dejado de pensar en la posibilidad de que aquellos borrokas consultaran un regio almanaque. Con muertos en lugar de ligas, copas y uefas.

En San Sebastián se perpetraron 94 asesinatos: qué mejor ruta de la memoria que cinco, seis, siete días visitando cunetas; las de la democracia. Aun podría compaginarse el recorrido con un circuito gastronómico y fundir ambos itinerarios: “Han llegado ustedes al bar ‘La Cepa’. Degusten sus especialidades, todas ellas excelentes (oh, la brocheta de solomillo); en la primera mesa del comedorcito, pasados los servicios, Valentín Lasarte mató a Gregorio Ordóñez”. No he vuelto por allí ni creo que lo haga. Una cuestión más física que moral, y vuelvo a Montano: el estremecimiento de saber que uno va cruzándose, e incluso rozándose, con una ingente cantidad de hijos de puta. ¿Relato? La historia la escriben los vencedores, sí, pero hay que enseñarla.

Voz Pópuli, 11 de mayo de 2018

viernes, 4 de mayo de 2018

Un dictador en la sopa

La publicación en El País de un artículo de Nicolás Maduro es una malvada sutileza que se proyecta, por elevación (aunque tal vez quepa hablar de desviación), contra los avalistas españoles del sátrapa, desde José Luis Rodríguez Zapatero a Pablo Iglesias y Juan Carlos Monedero. Según he sabido, fue el propio Departamento de Presidencia de la República Bolivariana quien ofreció la pieza a los responsables del periódico, que, tras una deliberación (deliberación que en el extinto Factual, cada día más moderno, habría sido pública y, muy probablemente, se habría convertido en lo más visto), resolvieron que “Nuestra democracia es proteger” debía ver la luz “en aras de su interés para los lectores”.

“Nuestra democracia”, se arranca el émulo de Chávez, “es distinta a todas”. Y sin apenas transición, con la arbitrariedad que distingue a quienes jamás han tenido la necesidad de persuadir a un público, pondera el fin de la violencia obstétrica, conquista señera de una sanidad que, según la directora de Amnistía Internacional en las Américas, Erika Guevara-Rosas, “ha convertido problemas de salud tratables en una cuestión de vida o muerte”. Las añagazas propagandísticas con que Maduro espolvorea el texto son tan grotescas que llevan incorporadas su propia refutación. Nunca un artículo, en fin, se había comentado solo de una forma tan cruentamente literal.

“Hemos promovido una política de pleno empleo”, “hemos garantizado el acceso de los jóvenes al trabajo y a su porvenir;, “estamos compitiendo junto a otros cuatro candidatos, todos distintos” [no me resisto: ¡compitiendo junto, ni siquiera frente!];“la reforma de la Seguridad Social se asentará sobre una economía productiva, estable, soberana y próspera”… Basta, en cierto modo, con aislar los sintagmas: el carnet de la patria, el plan Chamba juvenil, el plan Misión Vivienda… Y así, a machetazos, plantarse ante el sintagma supremo: “Una democracia de panas”, que el propio Maduro, quién sabe si por prurito filológico, tiene a bien desmenuzar: “En Venezuela usamos una hermosa expresión para llamar a los amigos: ‘Mi pana’. La nuestra es una democracia de panas porque para nosotros la Patria es el pana y el otro, mi entraña”. No se apuren, en el párrafo siguiente hay una refulgente adaptación al castellano: “La nuestra es una democracia orgullosamente popular, qué duda cabe. Es una democracia de la gente”.

A diferencia de lo que ocurre en esos thrillers en que el psicópata de turno exige publicar una nota, El País podría haberse negado. Que no lo haya hecho, insisto, no debe interpretarse como una ominosa ausencia de filtros, sino como una feliz operación de trasplante cuyo efecto más nítido ha sido un rechazo cuasi orgánico. Tan sólo he echado de menos una advertencia al lector, acaso en clave literaria: “Cuando despertó, el pajarico todavía estaba allí”.

Voz Pópuli, 4 de mayo de 2018