viernes, 18 de febrero de 2022

Pujol: vista crepuscular

Imaginemos una ciudad flamenca o italiana del siglo XV. Una ciudad pletórica, vitalista, ambiciosa, cuyo consejo municipal resuelve encargar un fastuoso tapiz para la sala de plenos como expresión de ese estado de gracia. El artesano que recibe el encargo carece de renombre entre los de su gremio, lo que suscita los celos y recelos de sus colegas, que anhelan sin disimulo que el autor cometa un error para poner el grito en el cielo. Pasan las semanas, los meses, los años (se trata de una obra exigente, que requiere meticulosidad, esmero, pulcritud) y el objeto se va haciendo acreedor de la aceptación y aun el elogio generales. Hasta que un día, cuando el tejido empieza a ser reconocible como un todo, el tapicero incurre en un descuido y desgarra la tela. El jirón, además de inexcusable, es insoslayable. Al punto que aquellos competidores que habían aguardado a que se produjera, que habían vivido al acecho de esa posibilidad, decretan que semejante incidencia impugna la majestuosidad, la grandeza del conjunto.

Tal es el relato abreviado (sólo la primera frase es textual) que Jordi Pujol endilga a Vicenç Villatoro en la entrevista-río Entre el dolor i l’esperança, para tratar de ilustrar su caída en desgracia. La alegoría en cuestión es el sanctasantórum del pujolismo, amén de un digno prontuario del nacionalismo; una morfología del cuento, por invocar a Propp, en la que confluyen el mito fundacional, la megalomanía victimista, el trampantojo bucólico, el prurito aleccionador…

Cualquier neófito en la materia se aventuraría a identificar a Pujol con el tapicero: en verdad, él siempre se ha tenido por tapiz.

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Imaginemos una ciudad flamenca o italiana. Imposible recriminarle, a estas alturas de su vida e incluso de la nuestra, que en el imaginario que prescribe al lector no quepa una ciudad española. Pletórica, vitalista, ambiciosa. Aquella Barcelona, por ejemplo.

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Resulta enternecedor que, en uno de los pasajes de esta trascendental autoflagelación, este cántico expiatorio que es Entre el dolor…, el protagonista admita que también él se ve a menudo ante el infernal dilema de si debe decir «en els» o «als». Es la confesión, injustamente inadvertida, del promotor de un modelo lingüístico que convirtió el catalán en horma de hormigón, en un dialecto tan vergonzante como refractario a la naturalidad; en una gincana que convenía rehuir a no ser que fuera cordialmente obligatoria.

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De la conversación emerge un político de convicciones democristianas y veleidades socialdemócratas, homologable, en apariencia, a cualquier gobernante europeo de la vieja guardia; una personalidad enjundiosa, que aborda con no poca solvencia los asuntos que vertebran la agenda internacional: el reto demográfico, la inmigración, la crisis de la Europa del bienestar… Por momentos casi pierdo de vista que el individuo que se explaya al respecto con inestimable hondura, cuyas observaciones, de puro apacibles, podrían ser tenidas por un compendio de civismo, es el mismo que llevó a cabo el mayor programa de roturación social de la Europa democrática de posguerra, un plan 2000 tan fervientemente inclusivo que quienes se resistían a él estaban llamados a autoexcluirse, a fotre el camp; el mismo e inefable personaje, en fin, que sobrelleva su europeísmo, más utilitario que entusiasta, con no poca resignación, pues es consciente de que la UE es hostil a las aspiraciones del secesionismo, lo que por sí solo la haría merecedora de una actitud eurófoba o acaso euroescéptica. Pero apunte, Villatoro, apunte: me resisto a ello a fuer de carolingio. En pujolés: también esa afrenta estoy dispuesto a perdonar.

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En una de sus piruetas más temerarias, el milhomes reivindica la cultura política de Alemania, la de los grosen acuerdos, sin embarazo ninguno porque CiU consagrara su presencia en Madrid a boicotearlos. Con todo, nada supera en temeridad que pretenda conciliar su inveterada inquietud por las grandes cuestiones seculares con el hecho de que, bajo su mandato, la Generalitat empezara a clavetear el mapamundi con toda clase de subdelegaciones. Milagros del sesgo retrospectivo, el antiguo Instituto Catalán del Mediterráneo, regentado por el escritor Baltasar Porcel, es hoy, a la luz ennoblecedora del ocaso, la atalaya que lanzó el primer crit d’alerta (así lo llama) en lo relativo al naufragio de migrantes en las costas sicilianas. Un ‘open arms’, ajá, adelantado a su tiempo. 

Es fama, como bien supo González-Ruano, que el primer chiringuito español se levantó en Sitges. 

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Atlantista declarado, Pujol no hizo campaña por el ‘sí’ a la OTAN. «Fue un error. Nosotros siempre habíamos sido pro-OTAN, e incluso hubo épocas en que fuimos los únicos pro-OTAN, lo que nos costó muchos ataques. He de reconocer que hubo uno que me impactó. En el último debate de la campaña electoral de 1982, después de intervenir Roca y Molins, salió Obiols y dijo: ‘Ya lo habéis oído: CiU está dispuesta a que los cohetes y los misiles caigan sobre nuestro país, sobre nuestros niños, sobre nuestros Jordis y nuestras Núries’ […] Estábamos en un contexto en el que nos trataban muy mal. Banca Catalana, la Loapa… Con una actitud muy hostil. […] Además, la opinión pública catalana, sobre todo la catalanista, era partidaria de no votar a favor».

Más allá de la sumisa astracanada de Obiols, que quiso hacerse pasar por convergente acogiéndose a sagrado (¡Jordis y Núries! ¡Como si le hubieran dado permiso!), el párrafo revela que el resquemor con el SOE no es la verdadera razón por la que Pujol dejó a Felipe en la estacada. Lo que le preocupaba, como bien desliza en la última línea, derrama de verdad, es que Cataluña fuera mayoritariamente anti-OTAN (fue, de hecho, una de las cuatro comunidades en que ganó el ‘no’). Dado que CiU se tenía por la encarnación misma de la sociedad catalana, pronunciarse a favor de la OTAN habría supuesto un delito de lesa catalanidad.

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Toda biografía es un muestrario de omisiones. Así, en las más de 350 páginas de Entre el dolor… no hay mención alguna a Vidal-Quadras, a Ciudadanos, a Boadella… Bien es cierto que tampoco figura el Barça, cuya ausencia es bastante más meditable.

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Deja entrever Pujol un poso de amargura por que ningún político de su cuerda reivindique su legado, cuando su legado son Mas, Torra, Rufián, Junqueras, Puigdemont… 

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¿Algo que añadir?

Todo lo que hice mal se debió a Cataluña. La quiebra de Banca Catalana, la incuria relativa a la deixa de l’avi Florenci, la desatención de la familia y en particular de los hijos. Todo es imputable a mi único vicio.


The Objective, 18 de febrero de 2022

lunes, 14 de febrero de 2022

La Consejería de Propaganda

Una de las noticias más frecuentes de los telediarios de TV3 (tanto que en los años noventa llegó a parecer una sección) era la que informaba de las movilizaciones de los payeses catalanes, organizados en torno al sindicato agrario por antonomasia, Unió de Pagesos (UdP). Sus integrantes, pequeños y medianos propietarios, se hallaban de antiguo en pie de guerra por las cuotas que había traído consigo el ingreso de España en la Unión Europea, de cuya conveniencia siempre habían recelado.

En nombre de la benemérita avellana de Constantí, las huestes de Pep Riera, líder histórico de UdP, marchaban en tractoradas kilométricas o colapsaban las carreteras y autopistas disponiendo una montonera de neumáticos a la que, indefectiblemente, prendían fuego, o asaltaban cada tanto el Departamento de Agricultura, Ganadería y Pesca a fin de dar rienda suelta a su particular tomatina, para lo que solían emplear manzanas, peras o cualquier otra fruta de la que hubiera excedentes.

El cuajo con el que actuaban los payeses era proporcional a la complacencia que les dispensaban los medios de obediencia nacionalista, para quienes no suponía ningún reparo deontológico acreditar las razones del pirómano al pie mismo de la pira. No en vano el pujolismo había extendido sobre la payesía la clase de indulgencia que se reserva a los vástagos, y que obraba, antes que en razón de lo que éstos hacían, en virtud de lo que eran. O habían decidido ser, según la coletilla que el páter añadió a su peculiar concepción de la catalanidad.

Asimismo, y dada su implantación, UdP contribuía a vertebrar Cataluña o, lo que es lo mismo, a desbarcelonizarla, estrategia que tenía su correlato en el desdén con que CiU trataba a los sedicentes sindicatos de clase, y ello pese a que sus secretarios generales, los de entonces y los sucesivos, han hecho suyos todos los mantras del nacionalismo, desde el blindaje de la inmersión lingüística a la petición de libertad para los condenados del 1-O.

Si la Corporación Metropolitana que alumbrara Maragall fue una precuela institucional de la moderna Tabarnia, el germen de Tractoría y sus CDR hay que buscarlo en aquel sindicato de payeses que tenía su órgano de expresión en los Telenotícies.

Viene esto a cuento de cómo los medios catalanes financiados por el erario, entre los que, además de TV3 y Catalunya Ràdio, se cuenta una vasta red de cadenas comarcales o diarios digitales de la calaña de Vilaweb, cuyo editor, Vicent Partal, aventuró que los servicios policiales españoles estaban detrás del atentado islamista de las Ramblas; de cómo ese entramado, en suma, cuya capilaridad alcanza a la prensa de referencia (y ahí está el editorial único promovido por La Vanguardia), lleva casi cuarenta años mediatizando la conversación pública para construir (debo reconocer que con éxito) el denominado «espacio comunicativo catalán».

La expresión se debe a Enric Marín y Joan Manuel Tresserras, dos activistas de izquierda radical que se conocieron a mediados de los años setenta cursando el COU en la Academia Granés, y que, desde entonces, forman el que probablemente sea uno de los tándems político-intelectuales más longevos de España.

Por aquellos días frecuentaban un círculo de inspiración sacristanista llamado Enseñanza y Revolución, y durante la Transición se enrolarían en Plataformas Anticapitalistas, un grupúsculo radicado en algunas localidades del Vallés, y vinculado, a su vez, a la Organización de Izquierda Comunista. El leitmotiv de su praxis era conciliar, en un mismo frente emancipador, la revolución obrera y la independencia de Cataluña, y aún hoy, con los necesarios empastes a que obligan la historia y el ejercicio del poder, le siguen dando vueltas al asunto con la misma tenacidad con que a mediados de los años ochenta abogaban por la aniquilación del régimen de 1978, a rebufo de los movimientos anti-OTAN, antimilitarista, insumiso, etcétera. Hasta 1987, ya como militantes de la Crida [a la Solidaridad en Defensa de la Lengua y la Cultura Catalanas], no abjuraron (cuando menos en el plano teórico) del uso de la violencia política; esto es, de la legitimación del terrorismo. Bien es verdad que hizo falta que ETA asesinara en Hipercor a 21 personas.

El lector se preguntará a qué detallar la trayectoria del ticket Marín-Tresserras. La razón es que el primero fue decano de la Facultad de Periodismo y Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Barcelona entre 1991 y 1995, y el segundo dirigió el Departamento de Periodismo de dicho centro (el único de la especialidad, en la época) entre 1991 y 1993. En efecto, dos wanabees sin experiencia en el oficio y cuya única ocupación había sido socavar el Estado de derecho, regían, en vísperas de los Juegos Olímpicos, la cantera del periodismo catalán.
Ya en el cogollo de ERC, Tresserras fue consejero de la Corporación Catalana de Radio y Televisión, consejero del Consejo del Audiovisual de Cataluña (2000-2006) y, entre 2006 y 2010, consejero de Cultura y Medios de Comunicación de la Generalidad de Cataluña. Marín, por su parte, ostentó el cargo de secretario de Comunicación del Gobierno de la Generalidad entre 2004 y 2006.

Esos payeses que, día sí y día también, se enseñoreaban del prime time para, entre banderas independentistas y caucho quemado, proclamar que la interlocución con el consejero catalán de turno, aun siendo mejorable, era más fluida que la que mantenían con el ministro español del ramo, al que solían presentar como un marciano, eran algunos de los protagonistas habituales del «espacio comunicativo catalán» que, desde su nacimiento, fue TV3. Desde su nacimiento, sí. Marín y Tresserras, en cierto modo, no hicieron sino perseverar en la organización de un ecosistema mediático a partir del eficacísimo modelo de Alfons Quintà, basado en un diseño aseado, formatos precursores y una resuelta vocación de modernidad que, contrariamente a las apetencias primigenias de Pujol, rehuyó el folklorismo. (La pertinaz exaltación del Barça jamás tuvo un carácter folklórico, sino político, el mismo que le reservó Manuel Vázquez Montalbán al identificar al club con el ejército civil desarmado de Cataluña.)
Sea como fuere, programas como Oh, bongònia, Cinema 3, Àngel Casas show, Tres i l’astròleg, La vida en un xip, 30 minuts, Thalassa, o series como L’escurçó negre, Els joves y Sí, primer ministre, no sólo cosecharon audiencias más que respetables; además, confirieron a la cadena una vitola de prestigio que, en círculos nacionalistas, llegó a propiciar la comparación con la BBC.

En sus inicios, y con la salvedad del tratamiento del caso Banca Catalana, TV3 no se prodigó en el antiespañolismo o el soberanismo de una forma desinhibida, consciente, militante. Ni siquiera tuvo la necesidad de proclamar a Pujol «catalán del año». Lo cual no quiere decir que en su redacción no se fuera afianzando un campo semántico sobre el que ir fundando un reino. El uso sistemático de expresiones como «el Principat», «Estat espanyol», «les Terres de l’Ebre», «les comarques gironines» (para evitar decir «provincia», que equivalía a aceptar la organización administrativa española) devino en una suerte de neolengua que, aun en dosis homeopáticas, tendió a caracterizar España como una otredad.

A ello contribuyeron artimañas como que sus gobernantes llevaran cosido el gentilicio a fin de denotar extranjería (Felipe González era el «presidente del Gobierno español», mientras que Jordi Pujol es el «presidente» a secas) o mandatos como el que constreñía el parte meteorológico a un territorio mítico: els Països Catalans. Incluso el preámbulo de las retransmisiones de los partidos de la Liga, máxime cuando los contendientes son dos equipos no catalanes, destilaban el tono de una indómita expedición al tercer mundo: les saludamos desde el Bernabéu, el lugar donde a los accesos se les llama vomitorios.

Paradójicamente, el superlativo despliegue de corresponsales con que TV3 intentó inocular a la audiencia una visión catalana de la realidad, nada tuvo que ver con la información que aquéllos transmitían, por lo demás insípida, de una vulgaridad diríase que deliberada. No, de lo que se trataba era de ir poniendo chinchetas en el mapa. En puridad, las primeras embajaditas no fueron esas oficinas en el exterior que levantaron tanto revuelo, sino las que encarnaron Llibert Ferri, Ramon Rovira o Montserrat Besses. Con la crucial salvedad de que a medida que el mundo parecía agrandarse, era su ombligo el que en verdad lo hacía.

En cierta ocasión, a finales de la primera década de este siglo, me tomé la molestia de anotar las noticias de que había constado el Telenotícies. Éste fue el resultado:

Nacional

El PSC y CiU empatan en intención de voto, según el barómetro de octubre del Centre d’Estudis d’Opinió.
El diputado de ERC, Joan Tardà, lamenta que la iniciativa de Garzón haya quedado en «agua de borrajas».
La reforma de la política agraria común reactivará las movilizaciones de los agricultores catalanes.
La policía carga contra los manifestantes que protestaban en Barcelona contra el Plan Bolonia.
La Caixa participa en la subasta de ayudas del Gobierno para facilitar el crédito a particulares y empresas. Criteria (filial de La Caixa) planea vender su participación en Repsol a la petrolera rusa Lukoil.
La nieta de Carles Rahola arrastra secuelas psíquicas debido a la condena a muerte de su abuelo por el régimen franquista.
Siete funcionarias de la cárcel de Quatre Camins achacan las malformaciones de sus hijos al uso de agentes tóxicos en la fumigación del centro.
Los restaurantes catalanes Manairó, Cinc Sentits, L’Aliança, L’Angle y Els Tinars, galardonados con una estrella Michelin.

Internacional

Martine Aubry disputa a Ségolène Royal el liderazgo del socialismo francés. Una fragata india hunde un barco pirata en la costa somalí.
Llamamiento de la sociedad civil congoleña a Naciones Unidas.
Deportes
Maradona debuta al frente de Argentina con una modesta victoria frente a Escocia.
[El fenomenal despliegue (con rueda de prensa incluida) del Escocia-Argentina precede al ínfimo resumen del España-Chile.]
El Real Madrid de baloncesto va de mal en peor.relato autobiográfico al libro de la Maratón de TV3.
TV3 se une a la campaña de Unicef para paliar la mortalidad infantil.

El televidente catalán que aquel día estuviera interesado en la repentina admiración de Zapatero por la democracia estadounidense, en la controversia respecto a los fondos destinados a sufragar la cúpula de Barceló, en la primera caída del consumo que registraba España en quince años, en el homicidio de Álvaro Ussía a las puertas de El Balcón de Rosales, en el sorteo en la discoteca Pachá de un bonus de cirugía estética de 4.500 euros, en el Premio Nacional a la mejor labor editorial, en la detención en Barbate de una banda de narcotraficantes, en la refundación de la compañía nacional de danza clásica bajo la dirección de Víctor Ullate, en la presentación del ensayo de Mario Vargas Llosa sobre la obra de Juan Carlos Onetti, en la alta cocina española o en la previsión del tiempo en Madrid; cualquier usuario, en fin, concernido por esas «otras» noticias, había elegido un mal lugar para informarse.
Estábamos, me dije, ante una de las expresiones mejor acabadas del desiderátum de Marín y Tresserras, que bien podía resumirse en un casino de provincias donde sólo se sirvieran cigalós..., y donde la indiferencia respecto a España fuera deslizándose hacia el desprecio para, al cabo, romper en odio.

El humor fue la mejor vaselina para que ello se naturalizara y, sobre todo, para ganarse el favor de quienes, en otro registro, se habrían declarado ofendidos. No hay que desdeñar, además, la circunstancia de que de un tiempo a esta parte, el político, cualquier político, debe fingir que encaja las burlas con deportividad para granjearse el aprecio del cliente. Que la biblia del populismo exige felicitar a quien te escupe. Sí, me refiero al programa Polònia, en el que todos los políticos son objeto de parodia, pero el escarnio, la máscara del fascistilla descerebrado, sólo se ciñe a los constitucionalistas.

El germen de ese histrionismo, diáfano precedente de la revolución de las sonrisas, data de 1993, cuando el humorista Quim Monzó ridiculizó en un monólogo a la infanta Elena. El programa en cuestión se llamaba Persones humanes y lo conducía Miquel Calçada, un chistoso con malas pulgas que se valía de la comicidad para denigrar a los españoles, a quienes calificaba de catetos, intolerantes o, tal fue el caso de la infanta, retrasados mentales. Hasta que la Casa Real, con su acostumbrado apocamiento, hizo constar su enfado, Calçada tuvo carta blanca para exhibir, como parte del decorado, una fotografía de la primogénita de los Borbón en un gesto no precisamente favorecedor
El humor a la catalana, por cierto, abre una puerta de la que dejaré tan sólo un apunte. TV3 es, además de un gran comedero regional (la menjadora, en vernáculo), el epítome de la economía circular. La subcontratación, a precios de escándalo, de la mayoría de los programas a productoras afines al régimen ha propiciado que gentes como Toni Soler, Antoni Bassas, Xavier Bosch o Albert Om figuren como accionistas privadísimos de, por ejemplo, el diario Ara, en un caso paradigmático de desviación de fondos públicos en ara(s)... del espacio comunicativo catalán. Gracias a ese mismo confusionismo, Jaume Roures y Tatxo Benet, dos avispados redactores de la sección de deportes (dos Minguellas con ínfulas), erigieron Mediapro.

Si hubiera que señalar el día en que TV3 evidenció a las claras, con impasible desfachatez, quién mandaba en los platós, cabría remitirse al debate electoral en que Artur Mas espetó a Albert Rivera: «Imagínese si somos flexibles que incluso le dejamos expresarse en castellano en esta televisión».

TV3, sí. Pero nada hubiera sido posible sin la renombrada cobardía de los catalanes. Individuos que en privado proclaman su desafección al régimen, o que se dicen hastiados de la permanente exaltación de la identidad en que consiste la política doméstica, y que en público se ponen de perfil ante asuntos más o menos delicados, no sea que la defensa de tal o cual punto de vista les lleve a perder el cargo, la subvención o la herencia. Que semejante apocamiento se haya emparentado con algo parecido a la prudencia es otro de los muchos equívocos que penden de la idiosincrasia de mis convecinos. Por descontado, si hay un gremio en que la flojera de piernas es particularmente flagrante, ése es el periodístico, donde una exclamación arquetípica de máquina de café podría ser, muy verosímilmente: «¡No me digas que estás de acuerdo con Cayetana!». 

Capítulo de la obra coral El libro negro del nacionalismo. La ideología totalitaria que ha conducido a Cataluña al desastre (Deusto)

viernes, 31 de diciembre de 2021

Acompáñeme

El problema se resume en tratar de que los virólogos, infectólogos y epidemiólogos bajen del escenario. La maniobra exige una cierta sutileza, puesto que el método científico debe seguir rigiendo nuestras vidas, y nunca mejor dicho. Así, no se trata de que les abran la trampilla, como en ese programa en que los concursantes caen en blando. La idea más bien consiste en dirigirse a ellos sin apenas acritud, con un susurro vagamente marcial, y acompañarlos a la salida. Y sólo fuera, anunciarles que su pase COVIP ha prescrito.

Búfalo, nieve, pala, conviviente, UCRI, ayuser, comunismo, libertad, tabernario, postpandemia, vial, lote, matriota, hipra, delta, tolili, no-fiesta, virosol, copeo, talibán, lgtbifobia, culobulo, chikilicuatre, lava, vulcanólogo, piroclasto, colada, fajana, botellón, palmero, ceniza, basuraleza, ómicron, extinción, petromasculinidad.

viernes, 10 de diciembre de 2021

La Habana de dos infantes: una crónica cubana

Salimos de la casa turística donde nos alojamos, en Línea con F, en el Vedado, y echamos a andar por Línea en dirección a Miramar. Llevamos tres días en La Habana y a base de callejear empezamos a orientarnos por nuestra cuenta. No es que tenga mucho mérito: tanto el Vedado como Miramar forman una suerte de retícula, lo que los asemeja a cualquier ensanche del orbe. En el Vedado, además, se alza, a modo de atalaya indicativa, el mítico Focsa, de Martín Domínguez, un rascacielos de hormigón con planta en Y inspirado en las microciudades de Le Corbusier. Por lo demás, no hay rampa que no rompa, viva Cabrera Infante, en el Malecón, muro y confín.

Unos metros más allá de la avenida Paseo (así llamada), el paladar Panteón remeda un vestigio grecolatino, esa querencia por el viejo mundo de todas las Américas del nuevo.

María Espada (19 años), mi acompañante en este viaje, se debate entre el hambre y el cansancio, un litigio que suele zanjar con un par de cervezas. La mesera nos canta un menú que, a medida que transcurra nuestra estancia en Cuba, se nos hará tediosamente familiar: pollo o cerdo. De aperitivo, rositas (palomitas de maíz). Mientras que las cocinas peruana, mexicana, argentina o brasileña se han desparramado por el mundo, Cuba ha asistido a una regresión por la que su antigua exuberancia, de la que ya sólo sabemos por las novelas, ha quedado reducida a un magro dilema.

Tampoco hay bistecs: la producción de leche tiene absoluta prioridad frente al consumo de carne, al punto que el sacrificio de cabezas de ganado sin la autorización del organismo competente, el Centro de Control Pecuario, se considera un sabotaje al Estado, uno de los delitos más perseguidos en Cuba, con penas que oscilan entre los 4 y los 10 años de cárcel. De hecho, cuando el Papa Francisco visitó Cuba en 2015 y recibieron el indulto más de 3.500 presos, quedaron excluidos de la gracia los encarcelados por matavacas junto con los asesinos, violadores y pederestas. El oro rojo, como Fidel llamó a la carne de vacuno durante el delirio expansivo de los albores de su dictadura, es hoy una realidad, más no por su abundancia sino por su escasez. Las únicas muertes bovinas que no están castigadas son las accidentales, lo que ha instaurado una picaresca por la que Cuba es el país donde mueren más reses electrocutadas o despeñadas. La restricción gubernamental tiene un insólito corolario: el plato nacional, la ropa vieja, preparación a base de ternera desmechada, es casi inasequible. (Hay un cuento de Virgilio Piñeira, La carne, que habla de una ciudad cuyos lugareños, por razones ignotas, carecen de eso mismo, de carne, lo que les lleva a devorarse a sí mismos: ora una nalga, ora un seno… A esta parábola sobre la autodestrucción se parece la Cuba de hoy en día. La gastronomía cubana, si la hay, pertenece a ese pasado que la Revolución convirtió en remoto de un plumazo. O pervive en Miami, lo que bien mirado no deja de ser un desparrame.)

Mi punto de vista, no obstante, es el del turista accidental. Para el cubano de a pie, la naturaleza binaria del recetario no se expresa en forma de gallinas o chanchos, sino de comer o no comer, that is. O, como me dijo un arquitecto metido a taxista: «Acá se come, sí, pero no con apetito, sino con hambre». La escasez y abulia generales tienen un reflejo en los quioscos de fast-food que han proliferado en La Habana desde que el Gobierno flexibilizara en 2011 las condiciones para trabajar por cuenta propia. Al cabo, cuando lo que importa es inyectarse calorías a precios de derribo, la carne picada de incierta procedencia no tiene rival. De esa grasilla se nutre hoy el Hombre Nuevo. Mientras esperamos mi muslo de pollo, entablamos conversación con los comensales de la mesa contigua, dos amigas de veintipocos y el padre de una de ellas.

Una ronda de Cristal después, sabemos que Laura, su papá Leandro e Ingrid pertenecen a ese raro estrato de la población local que lleva un nivel de vida desahogado. Sobre todo Ingrid, de 21 años, casada desde hace dos con un ingeniero español y residente en una mansión de Miramar, el barrio de los prebostes del régimen, el personal diplomático y algún que otro extranjero adinerado. Leandro, al que ya empieza a patinarle la lengua, ensalza los lazos fraternales entre España y Cuba y se lanza a recitar a Machado, Serrat mediante. Laura pide prestado al camarero el equipo de música y, a través del bluetooth, va pinchando al Sabina de las 500 noches, aunque más que a Sabina la oiremos a ella. A la media hora, es oficial: estamos de farra. Y como quiera que la farra llama a la farra, empiezan a aparecer amigos de nuestros anfitriones. Ingrid, cada vez más locuaz, sigue ufanándose de su estatus con risueña fanfarronería; Laura, que lleva la pierna izquierda vendada por un esguince (acabará confesando que se lo hizo de borrachera en el Malecón) carece de toda noción del dolor: si hace media hora, acomodar la pierna en la silla le suponía un quebranto, ahora va y viene del lavabo sin que se le adivine la cojera.

Tanto ellas como Leandro beben como esponjas, y sólo Laura parece interesada en lo que pueda contarle María, porque Ingrid apenas me ha permitido presentarme. En una de sus idas al lavabo, entablo conversación con uno de los recién llegados, que estuvo hace poco en Madrid, como acreditan las fotos del móvil.

-Mira ésta, qué ves.
(Su nombre, Migue -sin ‘l’-, pintarrajeado en blanco sobre un soporte que no acierto a identificar.)
-Tu nombre, ¿no?
-Coño, gallego, fíjate bien.

Entonces pellizco la imagen y lo veo. No es pintura sino cocaína, rayas de farla dispuestas sobre la funda de un CD de Metallica. Y comprendo, de paso, la incontinencia de Ingrid, la analgesia de Laura. Ni siquiera pondría la mano en el fuego por el padre, que como mínimo debe de saber de dónde sale todo ese entusiasmo.

Un trauma nacional

La cocaína es un tema tabú en la isla. El día 13 de julio de 1989, el general Arnaldo Ochoa, de 59 años, militar multicondecorado, jefe de las tropas cubanas en Angola, moría fusilado en un potrero aledaño a la base aérea de Baracoa, al este de La Habana, poco antes de las dos de la madrugada. Un tribunal especial lo había considerado culpable de narcotráfico; concretamente, de haber transportado a Estados Unidos 6 toneladas de cocaína del cártel de Medellín, operación por la que habría recibido 3,4 millones de dólares. El juicio, retransmitido por televisión durante un mes, podía haber pasado por un psicodrama dirigido por Boadella; al igual que en La Torna, la obra liminar del dramaturgo catalán sobre los últimos días de Heinz Chez, lo que allí se representaba era una farsa. En el centro de la escena, Ochoa, un veterano de Sierra Maestra respetado en los cuarteles y apreciado en las calles, y del que se decía que había abrazado la causa de la perestroika. Enfrente, el Estado erigido en Pantocrátor.

Del carácter moralizante del proceso dio prolija cuenta el diario Granma. Valga este párrafo, citado en uno de los artículos más iluminadores que se han publicado sobre el caso, del mexicano Gonzalo Celorio («Abogado del diablo: el juicio al general Arnaldo Ochoa», en Letras Libres): «Paso a paso, desoyendo todas las críticas, advertencias y exhortaciones, Ochoa emprendió un camino sin regreso que lo condujo a ultrajar el honor revolucionario de un militar en nuestro Estado Socialista. De tal manera se ha traicionado, ante todo, a sí mismo». De justificar que el Gobierno no se hubiera enterado de la trama de Ochoa se ocupó el hoy presidente Raúl Castro: «Teníamos indicios, aunque no pruebas todavía, de graves faltas morales en su conducta personal, que podían ser expresión de una degradación ética tal, que de ser ciertas suscitaban el temor a una posible deserción […] cuando fuimos conociendo de estos hechos, sobre todo después del arresto de Ochoa, hemos pasado de la perplejidad, e incluso la incredibilidad, hasta la consternación».

El reo, que había pactado con el régimen la inmunidad de su familia, se autoinculpó de todos y cada uno de los delitos que se le imputaron y negó que el Comandante o el Gobierno tuvieran algo que ver en su imperdonable extravío. El castrismo lo acusaba de ser el diablo y él amplió los cargos: «No albergo en absoluto ningún reproche por lo que aquí se ha dicho, pues yo comparto la opinión de todos en lo que se ha dicho hasta este momento, que creo que se ha hecho una valoración justa y meridiana de la realidad […] Yo creo firmemente, conscientemente en mi culpabilidad y si aún puedo servir aunque sea de mal ejemplo, la Revolución me tiene a su servicio, y si la condena, que puede ser por supuesto el fusilamiento, llegara, en ese momento sí les prometo a todos que mi último pensamiento será para Fidel, por la gran Revolución que le ha dado a este pueblo. Gracias».

La exculpación de Castro, rancho aparte, era comprensible. Otro de los fusilados aquel 13 de julio fue el coronel Tony de la Guardia, al frente desde 1982 del Departamento Especial MC (Moneda Convertible), encargado de tareas clandestinas para contrarrestar los efectos del embargo, lo que incluía contrabando de divisas y tráfico de diamantes y, al decir del Gobierno estadounidense, cocaína. El propio Granma (excusatio non) acotó por aquellas fechas la labor del MC: «Una tarea relacionada con la lucha del país contra el bloqueo económico de Estados Unidos: adquisición y transporte a Cuba de productos como equipos médicos y de laboratorios, medicamentos, material sanitario, medios de computación y otros equipos, piezas, componentes y accesorios de equipos de procedencia norteamericana, cualquier cosa que pudiera ser útil a nuestro país, actividades absolutamente justas y morales frente al criminal bloqueo de Estados Unidos. Para realizar estas misiones, el Departamento MC tenía conexiones con ciudadanos norteamericanos o residentes en ese país que disponían de medios navales o aéreos para transportar los productos a Cuba. El Departamento MC estaba autorizado a realizar operaciones comerciales con ellos. No pocas necesidades pudieron ser resueltas por esta vía. Pero estaban obligados a trabajar bajo estrictas normas que prohibían rigurosamente cualquier nexo con elementos de un modo u otro relacionados con la droga».

El veredicto oficioso, el que abrocha la causa 1/1989 para el cubano medio a modo de subtexto, es que tanto Ochoa como De la Guardia traficaron con coca, sí, llevaban años haciéndolo para financiar al régimen, pero Castro no toleró que Ochoa se enriqueciera con ello, ni que empezara a ser visto como un líder aperturista. Los cuerpos fueron enterrados en una tumba anónima del cementerio de Colón para así evitar que los simpatizantes de Ochoa, que eran legión, acudieran a honrarlo. Los fusilamientos del 13 de julio (junto a Ochoa y De la Guardia, fueron ajusticiados otros tres militares) conmocionaron a buena parte de la ciudadanía, incapaz de digerir el trágala orwelliano por el que Ochoa, que incluso había recibido el título de ‘Héroe de la Revolución’, pasaba a ser, de la noche a la mañana, un desecho social.

Laura, ya sin muleta, se ha arrancado por Pablo Milanés. «Pablo es mejor, mucho mejor que Silvio», nos dice. Migue no deja de recibir llamadas al móvil, e Ingrid hace ya media hora que gesticula negativas a dos muchachos junto a la verja del restaurante. «Ya no, ya no»… Papá Leandro no ceja en su maltrato del repertorio de Serrat. Laura, a voz en cuello, recuerda a Ingrid que les aguarda una cena, la mandíbula a punto de desencajársele. Alguien (imposible, a estas alturas, descifrar de quién se trata) lleva guisando un cocido desde las siete de la tarde en la casa de Miramar, y los invitados (¿los invitados?) están al llegar. Además, en el paladar ya no queda cerveza fría y el dueño nos acaba de suplicar por enésima vez, y ésta parece que va en serio, que dejemos de joder.

Antes de despedirnos, una leve sospecha me lleva a preguntarle a Ingrid por las inminentes presidenciales estadounidenses.

-Ojalá gane Trump, mi amol, ojalá que gane y ponga freno a toda esa chusma que invade el país. […] Sí, ya sé que son latinos, pero antes que latinos son chusma. Acá sabemos mucho de eso.

Salimos a Línea algo aturdidos: ese vocerío que no requería contrapunto. A María le parece sorprendente, por acrónico, que a 22 de noviembre haya árboles de Navidad o sucedáneos al uso en gran parte de los ventanales. Dos días antes habíamos conocido el reverso menesteroso de tan selecto clan. Acabábamos de llegar a la ciudad y, tras dejar el equipaje en el piso donde nos alojábamos, dimos un paseo por las inmediaciones del hotel Habana Libre. A 200 metros, en la barra de un puesto callejero, se nos acercó un muchacho de no más de 20 años y se fue entremetiendo en la conversación con la untuosidad de los borrachos que aún se creen serenos, y antes de que nos diéramos cuenta ya había sugerido a María que cambiara la cerveza por el planchao, que es lo que siempre tomaba él cuando libraba en el hospital (“donde trabajo ¿saben? de camillero”). Un planchao es un minibrik de ron blanco de pésima calidad (su precio oscila en torno a 1 cuc) fácilmente camuflable en la cintura del pantalón, donde se lleva estrujado, de ahí su nombre. Se tiene por una bebida para jóvenes, para alcohólicos y, muy especialmente, para jóvenes alcohólicos. Entre los desperdicios que cada mañana alfombran el Malecón, la antigua supremacía de los condones ha pasado a mejor vida en favor del planchaíto. En un país donde nada escapa al control del Estado, la asequibilidad de lo que a todas luces es una suerte de dormidera social, de crack aguardentoso al servicio del escapismo, basta para relativizar cualquier consideración respecto a las bondades de la sanidad. Durante el Período Especial faltaron la gasolina, el pollo, el jabón, el papel higiénico, las medicinas. Lo que nunca faltó fue el ronsito.

La puntilla

Al día siguiente de nuestro encuentro con la nueva hidalguía cubana nos adentramos en su hábitat. Miramar, al oeste de La Habana, fue en los años cincuenta el reparto de la clase adinerada. Con el triunfo de la Revolución, la mayoría de las familias residentes huyeron (¿se exiliaron? ¿Tienen derecho los ricos a tamaña dignidad?) a la Florida, y sus mansiones pasaron a manos del Estado. Desde entonces, en ellas reside la crema del régimen, por lo que Miramar sigue siendo el reparto de la clase adinerada. La escasa densidad de la trama urbana, formada por manzanas de 100 por 200 metros, y la notable presencia de patrullas policiales, sobre todo en el perímetro de los organismos oficiales y embajadas, confieren al paisaje un aire fantasmal, como de ciudad zombi. De camino al frente marítimo, pasamos junto al teatro Karl Marx, recinto habitual de los recitales de Silvio Rodríguez y los congresos del PCC, y en cuya fachada luce en letras gigantes manuscritas el nombre del autor de El capital, llamativa concesión al desenfado que apenas matiza su aspecto de búnker. En la misma avenida, a unos 500 metros, se alza el Centro Comercial La Puntilla, templo frecuentado por funcionarios que recrea la ficción de un consumismo exento de depravación. El socialismo soñó con el helado caliente mucho antes que Ferran Adriá.

Obviamente, en ninguna de las tiendas de La Puntilla hay el menor rastro de decadentismo burgués. Lo más pecaminoso es una boutique “made in Italy” en cuyo escaparate conviven el más tosco vestuario laboral con vestidos verbeneros. En el bar que domina el vestíbulo de la planta baja, dos camareros conversan con desgana, indiferentes a las 30 y tantas personas que esperan turno con paciencia revolucionaria. A las puertas del aseo de mujeres, la presencia de una anciana que exige propina (a los cubanos, 50 centavos; a los turistas, 1 cuc) hace concebir la esperanza de una cierta limpieza, papel higiénico quizá. Pero no. Lo único que hay a tal efecto son unos cuantos ejemplares del Granma. El aseo de hombres es un lecho impracticable de mierda y orines: ni funcionan las cisternas ni funcionan los grifos, pero la cigarrera, imperturbable, exige su cuc. En el supermercado hay agua, cerveza, cola, limonada, ron, concentrado de caldo de pollo, cereales, chícharos en conserva, arroz, frijoles, cuñas de queso, salsa de tomate, jabón de manos, detergente y papel higiénico. Ya en el exterior, con el sol de noviembre abrasando el pedregal, un nativo de porte dichoso nos grita ‘¡España! ¡Moreneta! ¡Barça!’, y María y yo pasamos de largo, inmunes al sortilegio, vacunados como estábamos de vivales tras nuestro encuentro, a las pocas horas de llegar a Cuba, con el Negro Dayán.

El Negro Dayán

Nos había echado el guante, fingiendo que paseaba por el Malecón, a la salida del Hotel Nacional. En cuanto hubimos andado un trecho le pregunté si sabía de algún sitio donde comprar tarjetas de conexión wifi, y el Negro Dayán, que lucía una elástica del Bayern de Múnich, empezó a guiarnos con el ímpetu de un general victorioso, macerándonos entre bromas y veras para ver de levantarnos algún dinero. El timo habanero por excelencia consiste en vender al turista un hatillo de puros selectos («de los que se fuma Fidel») envuelto en papel de diario (Qué gran cerdo, el Granma). El vendedor, apelando a la excepcionalidad de la mercancía y al hecho de que se trata de una operación semiclandestina, que debe efectuarse a toda prisa, endosa al incauto un manojo de periódicos y se escabulle, no sin advertirle de que no desenvuelva los puros hasta que llegue al hotel, pues de verlo la policía podría dormir en el calabozo. El tiempo ha ido refinando la técnica, o, por ser más preciso, la ha ido barroquizando.

Invitamos al Negro Dayán, nuestro gánster wanabee de Centro Habana, a un par de mojitos, pero la venta de puros, que debía cerrarse en un piso franco gobernado por una vieja luciferina en la que no costaba adivinar a la dueña del cotarro, defraudó sus expectativas y ambos, la vieja y el Negro Dayán, nos maldijeron. Minutos antes de adentrarnos en aquel semisótano, el Negro Dayán nos había abierto las puertas de su casa, una covacha imposible a pie de acera, diríase que ampliada por derecho de conquista, a mitad de camino entre Escher y el patio de San Onofre. Quería que viéramos su gigantesca televisión con parabólica, desde donde seguía los partidos del Madrid, y su prodigiosa colección de camisetas de clubs. El fútbol ha arraigado en Cuba, país de tradición beisbolera, hasta un punto inimaginable a principios de los noventa, y durante el viaje veríamos a no pocos dayanes luciendo sudaderas, tanto falsas como auténticas, anuncios en hoteles de retransmisiones de Champions, críos jugando en plazas y aceras hasta altas horas (siendo este, el sometimiento de la calle, el más relevante escalón evolutivo) y noticias en televisión de los resultados de ese mismo día.

De La Habana partimos en autobús hacia Varadero, donde estuvimos tan sólo unas horas, lo justo para darnos un baño de postal y gozar de la preceptiva tormenta vespertina. De allí a Cienfuegos, donde nos esperaba C. No la conocíamos. Le llevábamos libros por encargo de Ernesto Hernández Busto y la entrega se alargó. A las siete AM del día siguiente, cuando hacía tan sólo unos minutos que había dejado de ser ayer, a María le sobresaltó ver en el móvil una llamada de su padre, Arcadi. El mío estaba desconectado. “Que dice que Fidel se ha muerto”. (Y mientras iba hacia el baño, gruñendo: “Joder, pensaba que había pasado algo”.)

– Dígame.
– ¿No se había enterado?
– No, no.
– De su entrada en la Wikipedia, José María, colgara esta frase: “Periodista, estando en Cuba no se enteró de la muerte de Fidel”. Póngase a escribir, ya he dicho en El Mundo que nos enviará una pieza en un rato.

Me apañé con un paseo por los alrededores, aquel estupor opresivo, el mar en calma.

Murió Fidel

Murió el Comandante y mandó a parar. Los nueve días de duelo decretados por el Gobierno tras el fallecimiento de Fidel Castro se han traducido, por lo pronto, en el cese del reguetón. En Cienfuegos, los rigores del luto se verán recrudecidos por la prohibición de la venta y el consumo de alcohol. El único atisbo de insurgencia contra la Revolución se dio en esta provincia, de ahí que el régimen la bendijera con un notable abaratamiento del ron. El suficiente para que el índice de casos de alcoholismo y violencia doméstica superen, aún hoy, la media nacional. C. nos habla de ello mientras tomamos una cerveza en el quiosco El Rápido. Psicóloga de formación, dejó de ejercer ante el aluvión de casos que debía tratar al día (unos 20) a cuál más devastador. «Obviamente, se trataba de brindar un trato especial a la desafección al socialismo». Son las 11 de la noche y Fidel Castro lleva una hora muerto, pero la noticia aún no ha llegado al barecito.

En la casa turística donde nos alojamos, y por increíble que parezca, la vida no se ha detenido. Sigue sin haber wifi y en el aire flota un raro aroma a guayaba. Esperanza, la dueña del negocio, intenta tranquilizar en perfectísimo español a cuatro alemanes que parecen dudar entre congratularse o conmoverse. «Fidel ha muerto pero ustedes no se preocupen por nada. Por nada. No va a suceder nada. Además, el presidente era ya Raúl y lo seguirá siendo». No se atreve a decir «por muchos años». Con María y conmigo se da al menudeo: «Para nosotros, los mayores, la muerte de Fidel es una sacudida. Para los jóvenes ya es otra cosa». Se le humedecen los ojos. Como a tantísimos españoles, me digo, con la muerte de Franco.

En el salón, la familia de Esperanza se arracima en torno a la tele. Un anciano del Grupo Moncada improvisa una hagiografía emocionada del Comandante. La profunda sabiduría que crepitaba en lo que dijo y lo que no dijo, en lo que hizo y lo que no hizo. Pregunto a una de las hijas si por Grupo Moncada se refieren al grupo que asaltó el cuartel del mismo nombre. «Ni lo sé ni me importa; yo quería ver Aquí no hay quien viva y me tengo que tragar este mojón». Cuba es un país de metáforas rebosantes de literalidad. Un quiosco llamado El Rápido donde las camareras se mueven con parsimonia de koala, o el centro comercial La Puntilla, en La Habana, donde María descubrió el comunismo y yo mi umbral de tolerancia al surrealismo.

El auto que nos ha de llevar a Trinidad está a punto de partir. Antes de dejar la casa, el locutor reclama «mucha atención» de los televidentes. «Hagan llegar a esta dirección de correo (fidelsiempre@ntv.icrt.cu) sus evocaciones del Comandante, lo que él supuso para ustedes. No tienen por qué ser vivencias estrictamente físicas ni carnales; puede ser un elogio, un recuerdo que honre su figura o una expresión de dolor». Eso puede ser.

Le ofrecí a mi editora en El Mundo una crónica diaria sobre el terreno, pero no recibí respuesta. Las siguientes que escribí se publicaron en Libertad Digital.

Así están las cosas: Fidel ha muerto y en Cuba regirá la ley seca hasta el 4 de diciembre. María y yo vemos la tele en el salón de la casa de Cienfuegos donde nos alojamos. El locutor anima a la población a enviar correos laudatorios del Gran Timonel. Fuera, el chófer que nos ha de llevar a Trinidad nos apremia.

Compartimos el viaje con una pareja de franceses que, no sin delicadeza, le sacarán los colores a mi inglés. «Living History», le digo a Jean, a propósito del Óbito, y me quedo dudando sobre si ese History va con artículo o sin artículo. María saca el iPhone por la ventanilla y, con su flamante objetivo de ojo de pez, graba el paisaje ondulando temerariamente el brazo, como en el anuncio de te gusta conducir.

Yasmín, la matrona de nuestra casa en Trinidad, nos conduce a la vivienda desde el parque del wifi, donde nos ha ofrecido sus servicios con afabilidad de testigo de Jehová. De camino, tras 10 minutos de charla, nos recuerda que ha muerto Fidel. María y yo nos percatamos de que en el instante en que ha dicho Fidel ha bajado el tono. Y María le pregunta abiertamente por ello. «Verán, en Cuba hay algún problemilla con la libertad de expresión. No es que no se pueda hablar, claro; es que hay asuntos en los que es mejor no meterse». Por eso Yasmín no se llama Yasmín.

La prohibisión no ha alcanzado a las casas turísticas ni al ámbito privado. María se abre una cerveza y sale al fresco. En el balcón de enfrente hay dos niñas a las que dar carrete, y nada más oportuno, para empezar, que elogiar sus meneítos. La negrita Valia (13 años) es nieta e hija de bailadoras y está decidida a seguir la tradición; la trigueña Elisabeth quiere ser médico, esto es, llegar un peldaño más allá que su mamá, de profesión enfermera. En apenas unos minutos, sabremos por Valia y Eli que en España (en el resto del mundo, en verdad), cuando alguien enferma de corazón y no tiene dinero, no recibe atención médica, y que parir también cuesta dinero. Y que Fidel hizo mucho por los niños y por los pobres. Y que Cuba, desde el avión, se ve pequeñita pero luego se da uno cuenta de que es gigante. Al anochecer, de nuevo ante el televisor, lo último que veremos antes de acostarnos es al niño Elián. La criatura engendrada por el régimen, veintitantos ya, glosa a Fidel entre sollozos. «Vive en Cárdenas, en la provincia de Matanzas», nos dice Yasmín, «y allá donde va, lo hace siempre con escoltas».

El libro de condolencias

La pareja de vascos con los que compartimos el colectivo a la playa de Trinidad, a 8 kilómetros del centro, opina lo mismo que Valia y Eli. A ella le ha dolido la muerte de Fidel «por lo que Fidel representa», pero considera una desproporción que no se pueda beber cerveza. Me pregunta si es nuestra primera vez en Cuba y le cuento que estuve en La Habana en 1994, cuando la rotura de la cristalera del Deauville y el estallido de la crisis de los balseros, en pleno Período Especial. «La situación sigue siendo penosa», le digo, «pero entonces era casi apocalíptica». «Sí, pero aquí nadie pasa hambre y todo el mundo tiene un piso; no como en España, donde la gente se muere de hambre y hay miles de desahucios al día».

El Período Especial. Cuba no sólo es pródiga en metáforas sino también en eufemismos. Lo que en cualquier otro país se llama crisis o colapso, aquí se llamó Período Especial. «En realidad», nos dijo un taxista habanero al poco de aterrizar en la ciudad, «nuestro Período Especial empezó en 1959».

En la playa de Trinidad, ordeno al mozo dos mojitos y frente a la mar más hermosa del mundo me vienen a la cabeza los versos de Silvio Rodríguez:

Soy feliz, soy un hombre feliz
y ruego que me perdonen
los muertos en este día por mi felicidad.

El tribunal académico que tenía que calificar la tesis de graduación de Mariela, la novia de un primo de Yasmín, no le permitió abrir la boca. «La universidad es para revolucionarios y usted no lo es». Tras cuatro años de estudios, ése fue el precio que pagó Mariela por pertenecer a una familia de la corriente opositora Proyecto Varela. A Yasmín no le extrañó la represalia: «¡El Proyecto Varela! Ya son ganas de buscarse problemas».

Yasmín prefiere estar en paz con la Revolución. No hace ni diez minutos, una anciana mulata de pelo estropajoso ha llamado a su puerta y le ha susurrado algo. Era la delegada del CDR de su cuadra, que le informaba acerca de la posibilidad de firmar en el libro de condolencias por la muerte de Fidel, habilitado al efecto en un colegio de Trinidad. Yasmín firmará, claro: no hacerlo es buscarse problemas. ¡El ámbito privado!

Y el cielo se cerró y cayó un aguacero

Son las 8 de la mañana del lunes 28 de noviembre, primer día de escuela tras el óbito. Los escolares cubanos, a diferencia de los españoles a la muerte de Franco, no recordarán estos días por la suspensión de las clases. Al cabo, el solo hecho de ir a la escuela es un acto revolucionario y, por ello, la mejor forma de honrar la memoria del Líder Supremo.

La que escogió anoche el sexagenario Jorgito fue más ortodoxa. Cocido a buchitos de ron desde las cinco de la tarde, a las ocho brindó por Fidel («mi amigo, mi hermano») y, al punto, en un alarde de objetividad, se dio a enumerar las deficiencias del régimen, haciendo hincapié en el «tremendo» error que ha supuesto, en los últimos años, dar tanta libertad a los pájaros, que es el modo como en Cuba se designa a los maricones. Jorgito es cochero de turistas, vive solo y tiene satisfechas sus necesidades básicas, esto es, el alcohol y, de cuando en cuando, 20 minutos de amor a 10 cucs. Cómo iba a tener otras si Fidel, al poco de llegar al poder, repartió refrigeradores, lavadoras y televisores entre el pueblo. La aflicción, obviamente, también rige para Jorgito, mas en envase de agua mineral. A las putas va a ser más difícil camuflarlas. Sobre todo porque en Cuba no hay putas.

Mientras esperamos al chófer del colectivo que nos ha de llevar a La Habana, prosigue en la tele el maratón fidelista. Son ya 56 horas de loas al comandante y es el turno de una corresponsal en algún país iberoamericano (Ecuador, creo entender). «Y en cuanto aquí se supo la noticia, el cielo se cerró y cayó un aguacero impresionante, el mayor, estoy segura, en mucho tiempo, como si la naturaleza también quisiera sumarse al homenaje a Fidel».

Para realismo mágico, sin embargo, el de Julio, 35 años, nuestro chofer de hoy. «Hace diez años me eché al mar tres veces en una balsa y el mar me devolvió las tres. Esta isla, amigo, es una prisión rodeada de agua, usted me entiende. Ahora tengo esposa y un hijo y sigo tratando de salir, pero por otra vía: una visa, ayuda de algún amigo de Miami, un contrato de trabajo en México… Lo que Dios provea».

Vamos lanzados por la autopista porque Julio debe llegar antes de las 11 a un punto de recogida para dejar a los dos alemanes que viajan con nosotros. Si no llega a esa hora, el día se le complica. Un bucle de canciones de Bisbal ameniza el trayecto, bien entendido que autopista, punto de recogida y complicación son términos tan orientativos como ameniza. Reflexiono en voz alta sobre el inmenso porcentaje de cubanos que no conoce ningún otro país. «No sólo», apostilla Julio. “Le asombraría la cantidad de habaneros que no conocen Cienfuegos, o la cantidad de cienfuegueros que no han pisado Santiago. De eso se habla poco y también es bastante revelador del país de mierda que es esto».

Al poco de entrar en La Habana, vemos las primeras marchas de pioneros hacia la Plaza de la Revolución. Algunas de esas columnas están encabezadas por pancartas. «Viva Cuba libre». «Fidel vive». «Hasta siempre, Comandante». La ciudad es un sepulcro envuelto en banderas y ni siquiera el obvio paralelismo con cualquier pueblo catalán resulta tranquilizador. Hace ya unos minutos que Julio ha silenciado a Bisbal.

La profunda pena de los habaneros

El valenciano de cincuenta y tantos que tenemos en la mesa de al lado, en un paladar de Línea junto a Presidentes, no ceja en su empeño de que le sirvan una cerveza. «Pero a ti qué te cuesta», le dice a la camarera. Incluso la mulata de veintitantos que le acompaña parece incómoda ante su insistencia, que incluye humoradas del tipo: «¿Y un riojita?», a las que sigue su propio, denigrante carcajeo. Enfrente, en el restaurante Decamerón, no se ve un alma. Un grupo de americanos se asoma a la verja que separa la terraza del paladar de la acera, atraídos por una tele que ofrece imágenes de la NBA. El hecho de que den baloncesto en lugar de discursos históricos de Fidel (¡cuál no lo fue!) les ha hecho pensar (¡benditos!) que aquí no rige la ley seca. La decepción, de tan amarga, resulta cómica.

Quien no se rinde es el valenciano: «¿Y si la escondo en la mochila y le voy dando traguitos? ¿Qué te cuesta?». Durante el día, nos hemos cruzado con grupos de turistas marchando en procesión; cruzando, en algún caso, miradas suplicantes, perentorias, con los lugareños: son las que distinguen, en cualquier lugar del mundo, a quienes andan buscando su dosis, no importa de qué. Que sepamos, sólo en los hoteles de Varadero, Trinidad y otras localidades hiperturísticas se puede tomar alcohol. Siempre, claro está, que lleves la pulsera de cliente. En La Habana, en cambio, el cerrojazo es absoluto. De velar por él se ocupan los millares de policías que hay distribuidos por las áreas. En cada esquina, al menos un joven uniformado anda al acecho, con gesto sumarísimo, del menor conato de júbilo. Ello no impide a los locutores de la televisión nacional achacar «el vacío, casi desolación, de algunas calles de La Habana a la profunda pena de los habaneros por la muerte del Comandante». Por lo demás, la retórica cuántica prosigue su curso:

“Fidel ha muerto sin morir, porque vive en nuestros corazones. Es decir, ha muerto, pero sólo, y que esto quede bien claro, en un sentido físico.”

Capital mundial del chisme, éste es el ranking matutino: 1) Fidel llevaba muerto ya unos días pero lo anunciaron el viernes para que su muerte coincidiera con la conmemoración de la partida del Granma de México a Cuba. 2) Fidel llevaba muerto ya unos días, pero retrasaron el anuncio para que les diera tiempo a organizar las exequias. Y nuestro favorito: 3) Fidel no ha muerto; todo esto lo ha montado él mismo para ver si los cubanos lo queremos de verdad.

De vez en cuando, entre el toda-La-Habana-comenta se cuela una noticia, digamos, veraz. La que hoy echa candela por el Malecón es la trifulca entre castristas y anticastristas frente a la embajada cubana en Madrid, que la tele ha difundido sin escatimar detalle, presentándola como un ejemplo de fervor internacionalista. Carla, la chica de la limpieza de nuestra anfitriona en La Habana, remata la crónica: «A todos esos castristas que tienen ustedes en España, ¿por qué no los envían para aquí a vivir como nosotros?». Otro internacionalismo, éste sí, inapelable.

Una de nuestras últimas estaciones es el Habana Libre, joya hotelera del castrismo, y en cuyos bares, según nos dice una conocida, sí que sirven mojitos. Así es, en efecto. La prensa internacional, con sus cámaras, sus credenciales y su prosopopeya, se ha hecho fuerte en el hall, y corren los mojitos, los daiquiris y la cerveza. Pido dos mojitos: «Estamos de duelo, señor, y los mojitos sólo son para los clientes. ¿Son ustedes clientes?». Pienso en mi amigo Juan Abreu, que pasó aquí su noche de bodas.

Salimos hacia el aeropuerto cinco horas antes de que nuestro vuelo despegue, pues nos han advertido de que el Gobierno ha decretado el cierre de comercios (un decir) y prohibido el tráfico en las calles próximas a la plaza de la Revolución, y que la medida empezaría a aplicarse sobre las siete PM. Un poco más tarde debía celebrarse el funeral habanero en memoria de Fidel, con la participación de jefes de estado tipo Maduro, Ortega, Obiang, Mugabe, Peña Nieto, etc. «En memoria» es inexacto. Durante las cuatro horas de espera en la terminal del José Martí, donde seis grandes televisores retransmiten el acto, nos fijamos en que ninguno de los dirigentes osa hablar de Castro en pasado. Fidel no era. Fidel es. El mismo libro de estilo que rige en la televisión cubana. Ortega, que empieza su discurso apiadándose de Allende por haber creído, tan bienintencionada como ingenuamente, en la toma del poder por vía pacífica, razona el porqué del presente histórico. «Y yo me pregunto: ¿Dónde está Fidel?». Y al unísono, miles de habaneros: «¡Aquí!». Antes de que el presidente de Nicaragua retome su discurso, el gentío estalla en un «¡¡Yo-soy-Fi-del!!» que el realizador, por si no ha quedado claro, sobreimpresiona en amarillo. Si Fidel es, si sigue siendo, en definitiva, es porque se ha transubstanciado en el Pueblo.

Al fin, la libertad

De camino al aeropuerto hemos sido testigos de esa transubstanciación. Pedro Luis, un coronel de aviación jubilado que a sus 70 años hace de taxista clandestino, se ha extendido en los logros de la Revolución. «Verán, Batista, el dictador que gobernaba antes de Fidel, mandó asesinar a miles de cubanos…». Hacia el kilómetro 5, más o menos, ya habíamos llegado a la sanidad. ¿Recuerdan a Valia, la niña de Trinidad? Así Pedro Luis. «Y ahora díganme: en España, si alguien requiere un trasplante de corazón o ser tratado de un cáncer, ¿cuánto tiene que pagar?». A punto he estado de decirle que España es líder mundial en trasplantes desde 1992; me lo ha impedido el temor a que infartara y, lo admito, su grado de coronel. También me he abstenido de hurgar en el hecho de que un hombre retirado, con las facultades algo mermadas, se dedique a hacer de chofer de turistas. Una cosa es impugnar un sistema y otra impugnar una vida, me he dicho. Pero ha sido antes de ver el teléfono que gastaba.

–Veo que tiene usted un iPhone… ¿5?
–Cuatro, cuatro… Me lo trajo mi hijo, que vive en Miami.

Y antes, también, de que nos explicara los fundamentos de la democracia cubana: «Usted elige a su representante de cuadra, el representante de cuadra al de barrio, el de barrio al de distrito… Y así hasta Raúl».

Ya en París, en el control de equipajes, María rememora algún episodio particularmente espinoso del viaje y ella misma, al saberse hablando sin moderar el volumen ni mirar a los lados, exclama: «¡Qué bien, poder hablar en libertad!». Delante, una cubana con pasaporte francés y bolso de Carolina Herrera nos mira y, negando con la cabeza, profiere un chasquido. Sin duda, no hemos entendido nada.

The Objective, 10 de diciembre de 2021

lunes, 25 de octubre de 2021

Planetario

En octubre de 1992, Rosario Bofill, la directora de El Ciervo, revista en la que yo oficiaba de becario, me cedió (o acaso me endosó) su invitación para el almuerzo de presentación del Premio Planeta, en el restaurante Los Tres Molinos, bodas-bautizos-y-comuniones. En aquella convocatoria, Fernando Sánchez Dragó se llevaría el galardón con la prosa fatigada de La prueba del laberinto, tal como presagiaban las quinielas. (En cierto modo, la cita tenía para mí algo de cuadratura del círculo: el verano anterior había sido testigo de cómo FSD lo redactaba en Cadaqués; solía coincidir con él en una calita cercana a Portlligat, y raro era el día en que no se ciscara en la primera manada de turistas que asomaba el pico por el lugar). En la mesa de los 3M me tocaron en suerte Pepe Ribas y Andrés Aberasturi. No hubo una sola conversación que no tuviera por objeto lamentar la comida que nos iban sirviendo en comparación con la de antiguos certámenes, en un sabroso intercambio de evocaciones que me enseñó que cuando uno come no debe hablar de otra cosa que no sea comida; ah, «aquellos cocktails de gambas». Ribas, que había reflotado su Ajoblanco sin saber exactamente para qué, cultivó el desaire hasta el empacho y a punto estuvo de despreciar el volumen de Historia del Arte con que la editorial obsequió a los invitados. «Los regalos de antes, chaval, también eran mejores». El viejo Lara, en su habitual parlamento, presagió el final de sus días y rompió en sollozos. «Lo hace cada año», me ilustró Ribas, que con las copas se dio a maldecir el libraco de marras sin remilgo alguno, como incitando al conato de rebelión contra tan escuálido soborno a la prensa cultural.

Hacía ya tiempo que el Planeta había perdido su velo de inocencia. Mucho antes que yo, Manuel Vázquez Montalbán holló ese mismo territorio. Este artículo, publicado en Triunfo, data de la concesión del premio a Ramón J. Sender, en 1969:

«Veinticuatro horas antes de la concesión del Premio Planeta 1969, cualquier lector de la prensa diaria barcelonesa podía haberse enterado de que iba a ganarlo Ramón J. Sender. ¿Que quién es Sender? Sender era, hasta no hace mucho, un hombre para conversaciones en voz baja y un autor para librerías con trastienda. […] Treinta años de exilio. Una casita en Alicante. Y de pronto Sender concurre al Planeta. ¿Por qué concurre Sender al Planeta? Necesidad de dinero; tal vez sea el motivo básico. ¿Necesidad de Sender? Tal vez este motivo también sea básico. […] El exilio, la cultura literaria y la ‘situación’ unidos en el acto reversible de una carambola. Y sin tiempo para la reflexión, Lara corre una anilla en el marcador. Es una carambola que se apunta, una carambola más a sumar a las que tuvieron en Gironella, Torcuato Luca de Tena, Emilio Romero y Ángel de Lera sus toques finales. Pero ninguna de estas carambolas tuvo la grandilocuencia histórica del Planeta 1969, concedido a un hombre que, en Proclamación de la sonrisa, escribiera: ‘Los premios están bien para las vicetiples’. Quizás hayamos abusado todos un poco en la exaltación del derecho del español a ser contradictorio. Aunque tal vez la palabra contradictorio sea insuficiente, por lo trascendente, y lo que ocurriera en Barcelona en la noche de los días 15 y 16 de octubre de 1969 fuera un collage de recortes y retales, de palabras y músicas, de gritos lejanos, lejanos, lejanos. Todo bien prensado, bien encuadernado, bien comercializado es: cultura».

Diez años después, y como atestigua esta crónica en El País de Rosa María Pereda, el cinismo ya había hecho mella en MVM. Todo su mérito consistió en exhibirlo con cierto aire de misterio, fingiéndose un vencido al que apenas le quedaba el esparcimiento gastronómico.

«Manuel Vázquez Montalbán ganó ayer el Premio Planeta de novela, en su 28 edición, con la obra Los mares del Sur, que presentó bajo lema y por la que cobrará ocho millones de pesetas. Fernando Quiñones quedó finalista con su novela Las mil noches de Hortensia Romero. El fallo del jurado se dio a conocer anoche en una cena literaria celebrada en un hotel de Barcelona. El premio, el más cuantioso de los que hasta el momento se conceden en España en su género, es una iniciativa del editor José Manuel Lara. […] "Yo no había negociado nada antes", dijo a El País Manuel Vázquez Montalbán, visiblemente nervioso, momentos antes de que comenzara el show de entrega del Premio Planeta. "Únicamente diré ¡Oh! si me lo llegan a dar". Pues, no, no dijo ni ¡Oh! A pie firme recogió el trofeo de manos de la primera autoridad preautonómica, contestó preguntas de la radio, y, ya más tranquilo –"es una pasta ocho millones"-, siguió fumando el habano de la celebración. "Hace cinco horas", dijo a El País, "no sabía ni que fuera finalista. Y sólo hace unos minutos que supe que con quien luchaba era con Quiñones y no con Azancot. De verdad. He enviado la novela a Planeta porque, además de este dinero tentador, estaba la necesidad de cambiar la imagen. Esa imagen que dan los medios de comunicación".[…] Naturalmente, Vázquez Montalbán entregó, según él, su libro hace tres meses, bajo pseudónimo, y no lo dijo a nadie; ha pasado una noche de nervios e ilusión. Lara sabe crear el suspense, llevar el ritmo de las votaciones, con votos que suben y que bajan, y hay que decir que el habano ese, el de la seguridad y el escepticismo, estaba bien mordido por los nervios. "Yo hasta que no lo oiga por los altavoces…", había dicho a El País antes de la cena. Y hasta que lo oyó habían pasado los regalitos, la música de órgano, los langostinos. «Con esto gano una buena pila de años", dice Vázquez Montalbán.» 

The Objective, 25 de octubre de 2021

sábado, 9 de octubre de 2021

Mileuristas

El pintoresco simulacro que fue la entrevista de Évole a Redondo tuvo su verdadero clímax en el duelo de honorarios, ese lapso en que ambos dejan de lado sus respectivos personajes, el de preguntador quinquiprofético y el de tamborrero áulico, para encarnar la identidad que de veras les define, la que les faculta para hablarse de tú a tú: la de columnistas de La Vanguardia. Que Redondo lo fuera en ciernes no invalida que en lo sustancial, en lo relativo a la escala moral, ya llevara quinquenios engrosando el estaf, categoría que difiere del staff en que el texto no es tanto una expresión de poder (todo periodismo debe aspirar a serlo) cuanto una ostentación de superficie.

Como corresponde a la etiqueta social de quienes se pueden permitir el lujo de fingirse modestos, el ‘yo no cobro tanto como tú’ debía interpretarse, al trasluz de la confianzuda sobremesa en que había derivado el interrogatorio, como un estricto ‘yo la tengo más grande’. Y no, no se referían a la bata de cola. Desentonaba, eso sí, el lóbrego decorado dispuesto por el presentador, esa cripta villareja que habla de lo mucho que debe la tele a Jesús Quintero. Porque ese duelo al sol entre el chistoso consultor de Cornellá y el humilde follonero de Donosti exigía un reservado de marisquería, un entorno, en fin, tan sencillo como ellos, y entiéndase «sencillo» sin doblez alguna. Lisamente.

Imagínense por un instante que el pendenciero que retó a su interlocutor a echarle ceros al artículo hubiera sido un radiofonista de derechas, y que en lugar de al cineasta que dirigió la improvisada-ovación a Pedro Sánchez en Moncloa, con Manuel Castells de palmerillo mayor, hubiera tenido enfrente a un asesor curtido en la tramoya del aznarismo. ‘Yo me la saco si tú vas después. ¿Qué? ¿Hay cojones o no hay cojones?’ ¡Qué no habría tuiteado Évole (en cursiva, azote de la casta) ante semejante obscenidad!

Por fortuna, y para el improbable caso de que se diera un lance así, en Barcelona ha echado a andar el Centro de Masculinidades, institución reeducativa cuyo primer mandamiento es «El Hombre No Existe» (aplíquese, por cierto, a la mujer, y atentos a la combustión sulfurosa que se produce). Sobra decir que la Nueva Acrópolis del Colauismo no está concebida para tratar a ivanes y jordis. Aunque no sé exactamente en razón de qué filtro: si sólo es ideológico o es que no se ocupan de señoros de a mil euros la pieza.

The Objective, 9 de octubre de 2021

viernes, 24 de septiembre de 2021

El reencuentro

Tuve la misma impresión cuando liberaron a la farmacéutica de Olot. La repentina salida a flote de un personaje que, de manera inopinada, acaso por efecto de la costumbre, había quedado postergado, cuasi reducido a un acúfeno cada vez menos perceptible. Resulta significativo, no obstante, que nos hubiéramos resignado a que un prófugo de la calaña de Puigdemont anduviera de gira por las Europas, de ahí que frente a esta dichosa regurgitación sea pertinente evocar las palabras de Cayetana Álvarez de Toledo, en aquel 1 de octubre: «Presidente, ¿está usted preparado para ir a la cárcel por sedición? […] Insisto, presidente, ¿está usted preparado para ir a la cárcel por su masiva agresión a la democracia».

Ni respondió entonces ni recogió el lance en sus memorias, siendo el único de cuantos enumeraba que condicionaría amargamente su futuro. Su futuro, sí; ni el de Cataluña ni, ¡por supuesto!, el de España han de vincularse a las réplicas a que dé lugar su detención en la mesa bilateral. El constitucionalismo no ha de perder un minuto reflexionando acerca de si su extradición (bastante más factible, esta vez, que cuando lo interceptaron en Alemania) conviene o no conviene a Sánchez, a Esquerra o incluso a Junts, algunos de cuyos dirigentes se inclinan, bien que en privado, por museificar a Puigdemont y administrar el «mientras tanto». De repente, ha llamado un inspector, y sus razones son las del Estado de Derecho. Europa, por emplear la jerga universitaria, vuelve a ser un «espacio seguro» ante la amenaza de involución supremacista, y hoy, festividad de la copatrona de Barcelona, lo celebraré con alevosía, así ardan los contenedores a mi vera.

Por lo demás, es imperativo hacer notar que su escapada haya acabado, momentáneamente, en L’Alguer, localidad cuya inclusión en los mapas dels Països está, al fin, justificada. En El secreto de sus ojos, eterna, Guillermo ‘Sandoval’ Francella le sugiere a Ricardo ‘Espósito’ Darín que al criminal al que persiguen le pierde su pasión, el Racing de Avellaneda, y que ahí, en esa veta psicodramática, deben perseverar. A Puigdemont le han perdido las sardanas, y Cataluña, en esta hora feliz, ya sólo cuenta en su galería de la extravagancia con Alejandro Cao de Benós.

The Objective, 24 de septiembre de 2021