lunes, 9 de octubre de 2017

La Cataluña dual

La inserción por parte de la empresa Amichi de un anuncio en prensa en que daba las gracias a la Policía Nacional y a la Guardia Civil suscitó en las redes una salva de afectos que probablemente se traduzca en la ganancia de numerosos clientes, tanto en Cataluña como en el resto de España. También, obviamente, en el boicot de aquellos catalanes y españoles que tuvieron por lesiva la actuación de las FSE. No parece que el saldo deba preocupar a Amichi, que aun podría sacar partido de su valerosa acción publicitaria. De eso trata, en suma, la llamada inversión socialmente responsable, que hasta ahora parecía ceñida a la salvación de las ballenas, el uso de papel reciclado y la donación de un porcentaje de los beneficios a Aldeas Infantiles, la clase de compromisos que, de tan incoloros e insípidos, no comprometen a nadie. Agradecer a las FSE su labor social, en cambio, requiere un plus de osadía, máxime en un país donde sólo a Rafa Nadal se le agradecían sus servicios en página impar.

Idéntico valor mostraron los alumnos del IES El Palau, en Sant Andreu de la Barca, Barcelona, que se concentraron la mañana del jueves a las puertas del centro para exigir respeto a sus compañeros hijos de guardias civiles, que habían sido objeto del desprecio de algunos profesores. En el otro lado, el del apartheid, supimos de la existencia de un bar en Calella cuyo propietario anotó en la pizarra el siguiente menú del día: "No servimos a las fuerzas de orden público no autonómicas. Tampoco queremos sus servicios. Gracias. El Galliner". Menos declarativos fueron los anuncios de Banco de Sabadell, Caixabank, Gas Natural y otras entidades, acompañados igualmente de pitos y palmas, pero sobre todo de una grave inquietud.

La innegable fractura de la sociedad catalana, cuyos efectos ya se hacían notar en los ámbitos familiar, amical y profesional, y que tantos catalanes veíamos de atenuar cambiando de tema o distrayendo la atención (con lo que ello tiene de expurgación política y empobrecimiento intelectual de las relaciones personales), camina hacia un escenario tan indeseable como inexorable: el de una comunidad dual. En parte, hace tiempo que Cataluña lo es: la historia del procés no es sino un intento chabacano del agro de someter a la ciudad a base de algaradas cívicas, festivas y familiares, y que tuvieron su hito más descarnado en el centenar de tractores que marchó sobre Barcelona el 29 de septiembre. Se trata, por cierto, de los únicos tanques que han puesto a prueba la resistencia del asfalto barcelonés.

Es probable, decía, que esa división (que se proyecta tenuemente sobre el resto de la sociedad española) aliente ahora la posibilidad, tan desagradable como inexorable, de que haya tiendas constitucionalistas y tiendas independentistas, como hay, y bien lo saben los católicos, parroquias constitucionalistas y parroquias independentistas. Asimismo, y al hilo del segregacionismo del bar Galliner y otros casos (entre los que figura la adhesión de los grandes cocineros barceloneses a la huelga de país decretada por el Govern y la CUP), tal vez no quepa hablar de dos circuitos de restauración, pero, desde luego, ir a Gresca, Dos Palillos o Disfrutar va a ser bastante parecido al sexo sin amor (de los casados).

Durante años, el pujolismo y sus palmeros extendieron la idea de que cuestionar las bases del nacionalismo era atentar contra la cohesión social de Cataluña, un sortilegio cuya sola invocación justificaba la exclusión del castellano del ámbito público, la inmersión lingüística en las escuelas y el señalamiento de cualquier ciudadano que tratara de ejercer sus derechos. La cohesión social fue omnímoda. Entre quienes fueron acusados de violentarla, amenazando así la modélica, envidiada pax civil de que gozaba Cataluña (el mítico oasis), se contaron los impulsores del Foro Babel, el Partido Popular, los intelectuales que promovieron el manifiesto por la creación de Ciudadanos, el propio Ciudadanos, el PSC (desde los escupitajos a Obiols al guantazo a Bustos), los aficionados a los toros, los literatos repudiados por la cultura oficial, la compañía teatral Els Joglars, Loquillo, Mario Vargas Llosa y, en general, cualquiera que mostrara un cierto apego a lo español.

En este sentido, la manifestación del domingo ha supuesto la quiebra definitiva del simulacro de consenso que, al decir de los nacionalistas, presidía Cataluña, esa cohesión social que, como todas sus añagazas retóricas, empezando por el derecho a decidir y acabando por la reivindicación del Sí, no era sino una forma peculiar de designar la tersa discriminación estructural a la que estábamos (estamos) sometidos los no nacionalistas. De lo que se trata, ahora, es de organizar la conllevancia de forma que resulte lo menos bronca posible. Tal vez la perspectiva no resulte edificante, pero la realidad es siempre la mejor de las noticias.


Libertad Digital, 9 de octubre de 2017

sábado, 7 de octubre de 2017

Tiempo de joda en el Sant Jordi

En cuanto acabó My name is Taburete, la primera de las canciones de la noche después del intro, prendió entre el público el cántico 'Yo soy español, español, español' y asomaron las primeras rojigualdas a modo de mosaico deslavazado. Desde ese instante, y hasta el final del concierto en el Palau Sant Jordi Club, las 3.500 personas que colmaban, sin apreturas, el recinto, fundieron el pop pijo de Taburete y sus mentores, Hombres G, con una (inédita) condición de españolidad. A semejanza, por cierto, de las decenas y decenas de conciertos que en Cataluña resultan impensables sin la estelada, el 'in-inde-independència!' o el 'No volem ser una regió d'Espanya...!'. Por una vez, los hijos e hijas de quienes, a mediados y finales de los ochenta, bailotearon el 'Sufre mamón' en Baccara, Chic o Fibra Óptica, se soltaron el pelo (y el sujetador) por España. Parte de esa desinhibición se explica por las concentraciones improvisadas durante la semana en plaza Artós (lugar habitual de concentración de hinchas del Español), y que se diseminaban en forma de columna por Mitre, Balmes y Travesera. En cierto modo, el petit Sant Jordi fue una prolongación de esas movilizaciones, acaso una suerte de alto en el camino en espera de la gran manifestación del domingo en Barcelona. Sara y Georgina (unos veinte), bandera española a la cintura, cuentan que participaron en la marcha que recorrió Balmes ("todo por wpp", aseguran) y estarán el domingo en Urquinaona, que, según pronostican, "estará a petar". Álvaro (23), que ha olido prensa y no ve el modo de meter cucharada, dice saber de "muchísima peña que sube de Valencia". "En plan pacífico, ¿eh? Esto tiene que quedar muy claro, esta manifa no es una venganza contra nadie sino un grito de rabia, un aquí estamos, qué pasa". Para Julio (17), será la primera manifestación de su vida. "¡Ya era hora de que despertáramos, joder!". La cerveza más pequeña cuesta 3,50, y hay que pagar el vaso, que son otros 2 euros, pero no parece que los precios disuadan a nadie, pues las cuatro barras funcionan a pleno rendimiento. En el front stage (a 65 palos la entrada) un grupo de universitarios con aire de tunos lleva un buen rato intentando que Bárcenas Jr. coja una bandera española, pero no hay modo. Y a fe que lo han dado todo: "¡Willy, valiente, / tu padre es inocente!"; pero Willy, al que se nota un pelín incómodo ante esa clase de peticiones, se resiste. Mediado el concierto, y ya con la garganta caliente, agarra al vuelo una bandera española, la pliega y, dando la espalda al respetable, con raro pudor, se la lleva a los labios y la deposita en el suelo con suavidad. ¡Os lo juro por Snoopy! ¿O es por Piolín?


El Mundo, 7 de octubre de 2017

viernes, 6 de octubre de 2017

Aquellos días de octubre

Todo fue muy confuso. Se sucedían las informaciones a velocidad de vértigo, con intervenciones policiales en multitud de localidades, y resultaba muy difícil discernir los montajes de los hechos. Se sabe, o al menos eso se dice, que la primera víctima de una guerra es la verdad, ¿no? Pues el clima de aquellos días se acercaba mucho a lo prebélico.

Ignoro si hubo un plan, pero me inclino a pensar que no, que la mayoría de los disturbios fueron espontáneos; incluido, en efecto, el acoso a las sedes del PP y Ciudadanos. Los ánimos estaban caldeados, corría la voz de que Rajoy había ordenado a la Policía Nacional atacar a la población y, en fin, frente a una noticia de esa magnitud no actúa la razón, sino el pánico, la rabia, el miedo.

No, yo no me sumé a la huelga, simplemente dijeron "mañana no se viene" y, estando las cosas como estaban (hay que recordar que acababámos de salir de una crisis), no era cuestión de significarse. Entre otras razones, porque hacerlo equivalía a jalear la, entre comillas, tortura policial. En cualquier caso, entonces mis hijas eran pequeñas y su colegio se había adherido a la convocatoria, así que, en parte, mi huelga fue casi obligada. Sí, podríamos decir que fue una huelga entre comillas. Comillas simples.

Nadie, ninguno de los 300 empleados de La Caixa que ese día gritamos en la Diagonal "Els carrers seran sempre nostres", hablaba en serio. Bueno, ninguno tal vez no, pero salvo por los tres o cuatro frikis de la cup, para el resto fue una acción catártica, sin más. Una performance autoparódica, sí, eso sería. En qué cabeza cabe que las calles pudieran ser nuestras.

No, si yo cazuela ya no gastaba, ya teníamos la termomix. ¡No pretenderá!

No, a ver, yo no firmé nada, alguien lo hizo por mí. Exactamente no recuerdo quién, aquel día había salido a una gestión y cuando se planteó la iniciativa yo no estaba, así que alguien, probablemente mi vecino de mesa, firmó por mí. Como cuando se echa una quiniela y en tu ausencia alguien pone el dinero por ti. Pues eso.

No recuerdo haber dicho en clase a ningún niño "Estaréis orgullosos de lo que han hecho vuestros padres". Al menos con esas palabras. Lo que propuse es una reflexión colectiva en torno a los hechos del 1 de octubre. La susceptibilidad hizo el resto, pero claro, yo eso ya no lo puedo controlar.

Dije "animales", sí, pero en el sentido de "¡No me seas animal!", como diciendo "¡Hombre, hombre!".

Ya le digo que todo fue muy confuso aquellos días de octubre.


Libertad Digital, 6 de octubre de 2017

Domingo


martes, 3 de octubre de 2017

El bien común

La mentira y sus versiones posmodernas, ya se trate de fake news, bulos tuiteros o agregadores de histeria, son la levadura de la insurrección. Ada Colau denunció ayer en RAC1 "varias" agresiones sexuales por parte de policías nacionales, lo que equivale a trazar un tenue paralelismo entre los sucesos de Barcelona y las violaciones colectivas en Bosnia durante la guerra de Yugoslavia. La población civil indefensa y el ansia depredadora del invasor.


Es sabido que los tiempos convulsos son propicios a toda clase de adventistas, y Colau, que llegó a la alcaldía exprimiendo el relato de una ciudad sumida en la indigencia, es una profesional del ramo. Con todo, y dada la gravedad de la acusación, me asomé a la noticia, donde refulgía el caso de Marta Torrecillas, miss capsulitis, que había denunciado, además de que le habían roto (uno a uno) todos los dedos de una mano ignota, haber sido víctima de un magreo. "Al tiempo", seguía el texto, "[Colau] ha apuntado que 'se han hecho desperfectos enormes que aún no sé qué objetivo perseguían'". Cualquier mujer agredida que se supiera en pie de igualdad con un cristal roto habría de pedir explicaciones a Colau, pero a esta hora de la tarde aún no se ha dado el caso.

Ni que decir tiene que la alcaldesa no está sola en su cruzada. Cataluña, que ya ha fabricado todos los independentistas que hacían falta, se ha centrado ahora en la fabricación intensiva de patrañas. Así, en apenas dos días hemos sabido de la existencia de 893 heridos, de individuos ensangrentados en la guerra del 14, de una manifestante del 11 de septiembre chileno teletransportada al Ensanche, de un adolescente aporreado en 2013 que sigue luciendo bozo... Quienes segregan estas imágenes no sólo son frikis tipo lagarder, sino también altos responsables políticos, por mucho que no haya forma humana de distinguirlos: empiezan a parecerse unos a otros como Barcelona al ocaso que describiera Colau.


Libertad Digital, 3 de octubre de 2017

lunes, 2 de octubre de 2017

Robocops contra pastorets

El procés jamás ha sido pacífico, como voceaban sus promotores en una de sus añagazas propagandísticas. Las sesiones parlamentarias de los días 6 y 7 de septiembre, sin ir más lejos, con el silenciamiento de la oposición, el desdén del reglamento y el menosprecio de la más mínima elementalidad democrática evidenciaron una notable carga de violencia institucional, como violento ha sido el achique de espacios que el nacionalismo ha practicado no ya con sus adversarios, sino con el más nimio de los desafectos. Menos simbólicos han sido los ataques que las hordas independentistas han acostumbrado dirigir, con la inexorabilidad de una llovizna, contra las sedes del PP, C’s y PSC.

Y sin embargo, hasta ayer a primera hora de la mañana, el catecismo gandhiano seguía incrustado en el discurso hegemónico, por lo general cosido a conceptos como jovial, familiar y festivo. El flower power se marchitó en cuanto la Guardia Civil, en cumplimiento del deber que habían eludido los mossos (un escaqueo con trazas de simpa que les ha de sumir en algo más que el deshonor), empezó a desalojar a los asaltantes de las escuelas. Por primera vez desde el inicio de la farsa, allá en 2010, el Estado reprimía a los sediciosos conforme al monopolio de la violencia que le asignan las leyes. Con ponderación y proporcionalidad al principio, más enérgicamente cuando aquéllos forcejeaban y respondían, como se vio después, con el lanzamiento de vallas metálicas y el levantamiento de barricadas (¡en Sant Gervasi, el sexto barrio más rico de España, lo que prueba que la frivolidad es la gran divisa moral de nuestros días!).

No era una tarea sencilla. El Govern y lo que le cuelga, con su proverbial negligencia, había animado a niños, enfermos y ancianos a taponar las puertas de los centros de estudio. Al punto, empezaron a circular por las redes los primeros sofocos (escarafalls, decimos en catalán) de esa izquierda para la que, cuando se trata de desalojar a la derecha del poder, todo es legítimo, incluso el patrocinio de un golpe fundado en una de las más repugnantes ideologías que ha visto el mundo, una hidra insaciable que ya no atiende a razones (entiéndanme) tacticistas. No había más que ver a la Gabriel proclamar que la huelga general del día 3 pondrá los cimientos de un inminente empoderamiento popular que habrá de conducir a la felicidad, obviamente universal, absoluta y hasta definitiva. Ja tenim la foto!, he llegado a leer, como si bastara una ofrenda de sangre para romper un país de la Unión Europea, y sin que parezca importar que, en algunos casos, la sangre llevara costra de años. Fotos de una mani de bomberos de 2013, fotos del 15-M, fotos de un niño herido en Tarragona por una carga de los mossos. Frente a España, nada es despreciable. Ni siquiera la más tosca retórica visual, ese bucle de seis o siete vídeos que, como un mantra narcótico, iba fijando en los televidentes el frame definitivo: ¿El 1-O? La poli de Rajoy moliendo a porrazos a unos pobres pastorets.


The Objective, 2 de octubre de 2017

La mala reputación

¿De verdad estás de acuerdo con que peguen a la gente? En las últimas horas he debido responder a esta pregunta cinco o seis veces. La formulaban amigos y conocidos que no daban crédito a mi opinión sobre el 1-O, pues me tenían por un buen tipo; algo derechoso, tal vez, pero en dosis admisibles, apenas merecedoras de una llamada de atención de vez en cuando. Digamos que siempre me han tolerado, aunque yo, haciendo de tripas corazón, prefiera pensar que soy un consentido.

Me he resistido como un jabato a la tentación demagoga. A decir, por ejemplo, que celebrar el apresamiento de un violador no te convierte en detractor del sexo o enemigo de la libertad. Y sólo el eco de la alcaldesa Colau, con su habitual repertorio de embustes, que esta vez incluían la denuncia de un "ataque indiscriminado a la población por parte de la Policía" (le faltó precisar, conforme a su costumbre mixtificadora, que se trataba de población "civil"), ha estado a punto de doblegarme.

Si no he cedido es porque lo que se dirime no tiene ninguna relación con los hechos y, en esa tesitura, cualquier empeño en elaborar un argumento sólo conduce a la melancolía. Cuando una amiga de la universidad, y ya son años de amistad, te pregunta "Aleshores et sembla bé que torturin la gent gran al mig del carrer?" (¿entonces te parece bien que torturen ancianos en mitad de la calle?), no queda más que refugiarse en un sótano, esperar a que pase el huracán y, al cabo, ver si queda algo en pie. Hace ya tiempo que en Cataluña el recuento de daños es un ejercicio cotidiano.

Hasta ahora, decía, mis faltas no comportaban otro inconveniente que suaves reprimendas. El 1-O ha supuesto un punto y aparte. No porque los sediciosos y quienes tratan de apaciguarlos no se hayan creído siempre mejores que quienes no comulgamos con la sedición ni con el apaciguamiento. Eso va de suyo. Lo que ahora está en tela de juicio es si quienes defendemos que se use la fuerza contra los asaltantes de la democracia podemos seguir siendo, incluso modestamente, buenos tipos. 



Libertad Digital, 2 de octubre de 2017