viernes, 23 de septiembre de 2016

Pregherò

Purita Campos, los kioskos, El Papus, Josep Peñarroya, el Gordito Relleno, las fábricas, ¡los obreros!... En la letanía de Pérez Andújar sólo había muertos, fantasmas y desahuciados, encarnaciones de un mundo en retirada que, insólitamente, iba cobrando visos de actualidad, como si el Guerrero del Antifaz o el Capitán Trueno fueran rescoldos de un imaginario de nuestros días (sea eso lo que sea), y no la santa exhumación con que los Montalbán, Marsé o Serrat nos han amenizado la vida. Aun concediendo que el género del pregón abreva en el pasado, y que Andújar ofrendó algo del suyo (Radio Pika, La Banda Trapera, etc.), tuve la impresión de estar ante un ritornelo de segunda mano. Perfectamente acorde, por cierto, con la nostalgia antifranquista en que Barcelona lleva varada desde tiempo inmemorial, y que, de manos de Colau, ha adquirido estatus de cultura oficial.

martes, 20 de septiembre de 2016

Palmiriana

La carretera de Damasco a Palmira surca un pedregal blanquecino en el que, cada tanto, se aparece un aldeano en motocicleta, en carro o a pie, sin que uno sepa de qué entraña del desierto ha salido ni adónde se dirige, pues en lo que alcanza la vista no se ve más que polvo y esa neblina semiacuosa que precede al desvarío. Y luz, un chorro de luz que, paradójicamente, sume la realidad en una noche americana desprovista de filtros.

A mitad de camino, en el cruce con la pista que se desvía hacia Ar Rutbah, al oeste de Irak (una de las ciudades más aisladas del mundo, según había leído) vimos un cartel que decía: "A Bagdad, 600 kilómetros"; un remedo, pensé, de una de esas viñetas con que el gran Ibáñez sellaba las aventuras de Mortadelo y Filemón, cuando, tras el estropicio de rigor, éstos se escondían en algún lugar remoto. Disfrazados de qué, me pregunté. Y caí dormido.

Palmira, antiguo emplazamiento nabateo, era visita obligada para turistas desde que, a mediados del XVIII, una expedición británica dio noticia de sus ruinas, que consistían en una siembra de templos grecorromanos cuyas columnas, de más de 15 metros, parecían desafiar al sol. Dominando aquel yacimiento, se erguía un magnífico castillo medieval al que se llegaba tras dos horas de caminata o en lo que la guía Trotamundos, un tanto enigmáticamente, describía como 'transporte desde el centro'.

Con Cristina, mi mujer de entonces, y otra pareja, me dirigí al punto de donde salían lo que, según mi previsión, no podían ser sino autobuses (o coches destartalados, a lo sumo), mas lo que allí había no eran autobuses, sino unos vehículos imposibles bajo los que se intuía una motocicleta. La osamenta, cuando menos, asemejaba la de una impala, si bien las terminaciones (a fe que nerviosas) tenían algo de harley, algo de rickshaw y aun el aire inconfundible de la mensakería. Anclado a la máquina con un candado (lo juro) había una especie de calesín destinado al transporte de pasajeros. Aquel engendro, en fin, parecía un homenaje involuntario al Mariachi, a Aquellos chalados..., a Mad Max. La guinda del tuneo era algo así como una sombrilla que, ya en aquel instante, presentimos irónica. El atavío del chófer, o lo que diablos fuera, no desentonaba con el conjunto, máxime por las gafas de aviador que estrangulaban su rostro. Tras el preceptivo regateo, emprendimos la ascensión a la loma, un trayecto que al decir de las guías no superaba los 5 minutos. Los terminaría por recordar de punta a cabo.

El primer susto sobrevino no bien iniciada la marcha, y se debió al temblor bíblico de nuestro carromato, que habría de acentuarse a medida que la carretera (ingenuamente, la habíamos imaginado asfaltada) se iba tornando en vericueto. A los pocos metros, los vaivenes eran ya severos latigazos, y en nuestros semblantes, y muy especialmente en el de Cristina, empezó a atisbarse ese pánico, perfectamente catalogado, que atenaza a los usuarios de cualquier noria de arrabal. No parecía ser el caso de nuestro anfitrión, que con cada tarascada se volvía hacia nosotros y componía una mueca alucinada, mitad burlona, mitad altanera, mediante la que trataba de insuflarnos un resto de confianza en la humanidad. Antes de encarar el repecho definitivo, nos detuvimos para llenar de agua un ignoto depósito que había empezado a echar humo, instante en el que todos, estoy seguro, sopesamos seguir a pie, aunque nadie se atrevió a sugerirlo.

Hasta la cima, cada viraje fue un derrape inopinado, un amago de despeñamiento como el que clausura la persecución de camiones en En busca del arca perdida. El otro espejismo que fue cobrando nitidez fue el de los restos abrasados del motocarro que nos había precedido. Ya en el castillo, y mientras Khaled, que así se llamaba el piloto, se fumaba un cigarro, nosotros nos tumbamos sobre una roca enorme a contemplar el horizonte. Fue entonces cuando Cristina me preguntó si querría tener hijos con ella. No respondí, y a ella se le encharcó la mirada. Jamás veríamos una puesta de sol tan hermosa.

Salí de Palmira mecido en estas palabras del capítulo I de Las ruinas de Palmira, del Conde de Volney: 

"Acababa de ponerse el sol, y una zona rojiza marcaba todavía su curso en el horizonte lejano de los montes de Siria; la luna llena se levantaba por el oriente, sobre un fondo azulado, en las riberas planas del Eufrates; el cielo estaba despejado, el aire en calma; la luz moribunda del día aminoraba el horror de las tinieblas; la frescura de la noche calmaba el fuego de la abrasada tierra, y los pastores habían retirado sus camellos; la vista no percibía ya movimiento alguno sobre la llanura monótona y sombría; un silencio profundo reinaba en el desierto, y sólo a intervalos remotos oíanse los lúgubres acentos de algunos pájaros nocturnos y de algunos chacales".

Sigo recitándolas con agradecimiento.


Club Pont Grup Magazine nº14, 20 de septiembre de 2016

domingo, 18 de septiembre de 2016

Defensa central

En mi afán de nadar en aguas abiertas, me convertí en el primo bastardo de Fernando Hierro (de quien las gentes impresionables recuerdan cómo atornillaba a los árbitros con el dedo índice y, en cambio, entierran sin reparos aquel vadeo imposible de área a área). El acomodo no fue todo lo fácil que había previsto: al principio me pareció que aquella región era hostil al hombre y un edén para el murciélago, así el centrocampista escupe su mirada contra el viento para adivinar el acecho de una sombra y aun su chasquido. Un entrenador que se parecía bastante a Miguel Ríos me sacó del centro del campo y me situó como extremo izquierda. “El regate no se te da mal y tienes la derecha de madera, así que enfila.” Jugué algunos partidos con cierta desenvoltura, pero hubo un día en que regateé a mi marcador y en lugar de que me gustara el regate me gusté yo, y así volví sobre mis pasos y le tiré a ese mismo individuo un caño humillante y absurdo. Al punto, desplegué un repertorio enloquecido de sotanas, quiebros, autopases... Hasta que perdí de vista el horizonte y me perdí de vista a mí. El gozo más ligero que jamás haya disfrutado llegó una mañana en que serví tres goles sin necesidad de tirar un solo regate. Tengo dicho que nunca eché de menos los olés de esas plazas de regional: me bastaban los susurros de Gil o de Castells, los mejores jugadores del mundo en aquel tiempo de heroesmegos. Miguel Ríos se retiró y el tipo que le suplió me dijo que, aunque algo lento, sabía ver los desmarques, así que volví al centro del campo, a la posición que hoy ocupa el gran Xavi Hernández. Una tarde, una de las últimas en que me enfundé la camiseta, levanté la vista y vi a Gil y a Castells, a Salvadó, a Ros, una valla de publicidad, la red temblona de la portería, la base del poste de negro titanlux, un hombre fumando con la cabeza gacha, un árbol que se alzaba sobre el fondo de cemento. Llevaba el balón cosido al pie pero, antes que el toqueteo, me deslumbró mi pasado. En aquel instante comprendí que el fútbol y la vida confluían en el punto de vista. Y que el narrador, por muy omnisciente que sea, siempre será mejor si tiene las espaldas custodiadas por el genio de Benito, la picardía de Marín y algo, en fin, de memoria. Yo vengo de un silencio en que ni siquiera el malnacido peor fingió jamás un penalti.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Cuatro + cuatro

BRIAN SNYDER / REUTERS
"Ninguna persona podrá ser elegida para el cargo de Presidente más de dos veces, y ninguna persona que haya ocupado el cargo de Presidente, o ejercido como Presidente, durante más de dos años de un mandato para el que otra persona hubiera sido elegida como Presidente, será elegida para el cargo de Presidente más de una vez." El entrecomillado, tan anticuado que incluso alude a la probabilidad de que un presidente fallezca a media legislatura, pertenece a la Vigesimosegunda Enmienda a la Constitución de Estados Unidos, y se funda en la creencia de que, más allá de esos 8 años , cualquier presidente corre el riesgo de convertirse en monarca, una de las figuras más detestadas por los padres de la patria.

Semejante limitación, de evidente raigambre premoderna, se ha ido abriendo paso hasta nuestros días, y no precisamente como una rémora indeseada, sino como una suerte de ISO 9001 de las democracias. Aznar, en un automatismo propio de película de Jacques Tati, asumió ese mismo credo cuando mejores réditos estaba dando su liderazgo, y lo hizo sin caer en la cuenta de que España es ya una monarquía (francamente, no lo creo tan soberbio como para que temiera suplantar a don Juan Carlos).

Llegados a este punto, el mejor presidente de la historia de los Estados Unidos habrá de abandonar el cargo para que, en nombre de una presuntísima higiene democrática, se lo disputen dos enfermos: un enfermo mental y una enferma pulmonar. Obviamente, siempre es mejor que nos presida una Hillary en las últimas que un Trump a base de litio, pero la pregunta es por qué no Obama y, si me apuran, por qué no Michelle o, qué carajo, alguna de sus hijas.


The Objective, 14 de septiembre de 2009

martes, 13 de septiembre de 2016

Arrimadas


Cuatro días antes de la Diada, Inés Arrimadas se reunió con Carles Puigdemont y, como viene siendo habitual entre ambos, mantuvieron una conversación "muy cordial". Ella le reiteró el no a la cuestión de confianza del 28 de septiembre y él le reiteró que no renunciaría a su propuesta rupturista. La democracia es sobre todo el respeto a las formas (la tan denostada democracia formal es, en efecto, la más real de todas), por lo que en principio no cabe sino alegrarse de que entre el jefe del Gobierno y la jefa de la Oposición haya un diálogo más o menos fluido e incluso amigable. Sin embargo, yo, que soy algo rústico, no creo que tenga mucho sentido rozarse con un individuo que no tiene más proyecto entre ceja y ceja que la fabricación de extranjerías y la disolución de ciudadanías, y que, además, pretende aplicarlo en nombre de una ficción, cual es la superioridad moral de los catalanes respecto a los españoles. Aún entiendo menos, claro está, que mi representante le dispense un trato deferente.

Además, y según leo en este impagable artículo de Cayetana Álvarez de Toledo, en dicho encuentro Arrimadas entregó a Puigdemont un extravagante documento de trabajo que, entre otros puntos, incluía la demanda de una financiación más favorable para Cataluña y una mayor dotación presupuestaria para el corredor del Mediterráneo. Extravagante, digo, no sólo porque se trate de asuntos que no les competen, sino también por la tácita omisión de que Puigdemont es un golpista; amabilísimo, cortés y rockanrollero, sí, pero un golpista. Y hablarle de algo que no sea su tricornio (¡su cuatricornio!) supone la misma impostura que plantearle a Trump, ingeniero de muros, la necesidad de adecentar la carretera Panamericana.

El día 11, la lideresa de C's en Cataluña perpetró una paella comunal a golpe de remo en Premiá de Mar. El propósito, al parecer, era reivindicar la transversalidad de la Diada y, en cierto modo, denunciar la apropiación que de ella hace el nacionalismo, lo que equivale a clamar contra la apropiación de la Nochebuena por parte del catolicismo.

Hay dos Arrimadas: la dignísima jefa de la oposición que, desde el atril, canta las cuarenta a los nacionalistas y la portavoz de corte unionista (de Unió, quiero decir) que, ante los mismos adversarios, acepta el marco que éstos le imponen, contraviniendo, por cierto, la que ha sido la mayor aportación de Albert Rivera al ideario de Ciutadans, esto es, la urgencia de salirse del marco. Mi problema es que voto a la primera y cada vez me topo más con la segunda.


Libertad Digital, 13 de septiembre de 2009

jueves, 8 de septiembre de 2016

¡Viva Panamá!

El periodismo es un simulacro por el que individuos que lo ignoramos todo del Banco Mundial hablamos de la inconveniencia de que José Manuel Soria se siente en el consejo del Banco Mundial. Nos basta el eco luciferino del binomio 'banco' + 'mundial' (a buen seguro, hum, un cónclave para la perpetuación de las desigualdades) y la sospecha de que Soria no sólo es un ladrón, sino un ladrón de derechas. Así, a base de prejuicios y supercherías, se escribe la actualidad, o acaso se la somete.

Anoche, en 13TV, intervino Manuel Conthe, ex presidente de la CNMV, y que el domingo había publicado en Expansión un esclarecedor artículo en defensa del nombramiento de Soria. El caso es que en la tertulia salieron a colación los llamados ‘Papeles de Panamá’, y hoy, al enterarme de la nominación de Almodóvar a los Oscar (ese Banco Mundial de cineastas) he temido que el pueblo se levantara en armas para que, en lugar de Almodóvar (¡y el entrañable Tinín!), España enviara a los Oscar cualquier grosería.

Verán, hay una escena de Julieta en que Adriana Ugarte y Daniel Grao follan por todo lo alto en un coche cama, ella encima de él. La imagen muestra el reflejo en la ventanilla de Adriana, hecha una mueca de perdición, y a nadie escapa que lleva bragas, unas deliciosas bragas negras de cuello alto. Y yo, como cualquier espectador decente, no pude sino apartar la braguita (un poco, sólo un poco). Y claro, me escandalizó la posibilidad de que el artista que me había dado la oportunidad de apartar (un poco, un poco sólo) la braguita de Adriana, se quedara fuera de los Oscar, como Soria se ha quedado fuera de su carrera de funcionario.

Ya me estaba viendo, ay, en la tesitura de escribir: “El periodismo es un simulacro por el que individuos que lo ignoramos todo del cine hablamos de la inconveniencia de que Pedro Almodóvar represente a España en los Oscar”. Cuando de pronto, pensé en Zapatero. El peor presidente que ha tenido España asiente al régimen de Maduro en nombre de una mediación (¡otro Banco Mundial!) que cada día recuerda más a la de Brian Currin con Batasuna. Y c'est joli la corruption, n’est-ce pas, monsieur? C’est joli la corruption.


The Objective, 8 de septiembre de 2009