lunes, 25 de julio de 2016

Last lesson

La enseñanza de la escritura lleva un subtexto que reza '¿Ah, pero es posible enseñar a escribir?', y que se cierne sobre los forcejeos, a menudo infructuosos, de alumnos y profesores. Parecería que la mera existencia de cursos como éste responde a la pregunta, mas sigue siendo pertinente que nos la planteemos. En cierto modo, viene a recordarnos que el profesor es un guía insuficiente, y que a lo sumo tiene en su mano incitar al alumno a leer e inculcarle la necesidad de revisar cuanto escribe. 

Con todo, me daré por satisfecho si habéis aprendido que si podemos decir encina no diremos árbol, que querer mucho no siempre es querer más que querer a secas, y que todos los pintores lo son a domicilio. Que la principal normativa no se halla en los manuales, sino en el sentido común, y que en puridad no aprendemos a escribir, sino a corregir lo escrito, o, por mejor decirlo, que no hay un escritor sino dos: el que escribe y el que corrige, y el segundo no puede equivocarse. Que la escritura es una imitación y no hay manantial de ideas más valioso que leer, leer y leer. Que corregir no es más que despojar el texto de toda adherencia sentimental para juzgarlo de forma implacable y así, ya sin remilgos, deshacernos de lo que nos parecía un hallazgo y no era más que un coágulo. En el fondo, y como sucede en tantos órdenes de la vida, todo consiste en no engañarse demasiado. Pensad que la escritura es un servicio. De todas las leyes que hemos visto estos días, querría que retuvierais la que dice que cuanto menos trabajado está un texto más complicada resulta su lectura. Es la única que siempre se cumple.

viernes, 22 de julio de 2016

El periodista técnico

Hace poco, mientras visitaba a un amigo en la redacción de un periódico barcelonés, reparé en que esta era en verdad el apéndice de una oficina mayor. Al preguntar, mi amigo me aclaró que estaban ‘realquilados’ en la sede de una editorial de revistas técnico-profesionales. Ya saben: industria maderera, manutención y almacenaje, modelismo y maquetas. Esas revistas. Al pasar frente a uno de los revisteros no pude evitar una sonrisa de tango. En mi caso, el recuerdo tenía que ver con los cuatro años que pasé en Astoria Ediciones.
Corría el mes de noviembre de 1997 y, tras unos meses en paro, mis expectativas de lograr un trabajo como periodista eran ya muy exiguas, al punto que había empezado a plantearme la posibilidad de opositar a ninguna parte. Venía de trabajar en una vertiginosa barra nocturna desde la que vi pasar demasiados trenes, y a menudo por partida doble. Eso no quiere decir que no tuviera práctica en el oficio de redactor. Antes que en aquella barra, había trabajado en la revista El Ciervo, dirigida por Rosario Bofill y Lorenzo Gomis, pero la experiencia fue tan castrante (me dedicaba casi exclusivamente a corregir erratas de imprenta en horario de oficina), que el periodismo y yo nos dimos un tiempo; eso, claro está, en el supuesto de que aquel trabajo hubiera tenido algo que ver con el periodismo. Agotado el subsidio y con la autoestima en low battery, sonó el teléfono de casa de mis padres. “Buenas tardes, querría hablar con don José María Albert (me pareció notar que estiraba el nombre, a semejanza del locutor José María García). Mi nombre es José Martín, de Astoria-Ediciones.” Acudí a la entrevista con el único traje que tenía, que era el mismo que vestía en bodas y entierros, si bien la prenda no delataba el trajín al que la venía sometiendo. Por lo demás, el histérico entusiasmo con el que, cada cinco o seis segundos, me iba sacudiendo las solapas, dejaba a las claras que aquélla no era mi vestimenta habitual, sino más bien mi segunda o tercera equipación.

-Se preguntará por qué necesito un redactor.

-Pues no, no me lo había preguntado. Una baja por maternidad, quizá, o la marcha de uno de los redactores.

-En efecto, el tercer redactor nos ha dejado. No le diré que ‘tirados’, pero casi.

-‘El tercer redactor’.

-El individuo (por llamarle de algún modo) que nos acaba de dejar, fue, cuando se incorporó hace seis meses, nuestro tercer redactor. Las otras dos redactoras llevan ya bastante con nosotros. Así que, en caso de que usted supere la selección y acepte las condiciones, pasará a ser el tercer redactor, y confío en que por algún tiempo más que su predecesor. Ya le adelanto que aquí hay mucho trabajo y poco dinero, o sea que si ha venido usted a eso, a ganar dinero, esta no es la empresa  adecuada.

-No era mi intención, no.

-Le decía que ahora mismo tengo dos redactoras. Y no es que esté descontento con ellas, no; son buenas chicas, sacan el trabajo… En definitiva, cumplen. Pero ¿sabe?, precisamente por eso, porque se limitan a cumplir, hace ya un tiempo que han dejado de… han dejado de… cómo se lo diría…

-¡Ya no le entusiasman!

-Mmm… Va por ahí, sí, pero no acaba de ser eso.

-¡Ya no le sorprenden!

-Bueno, lo cierto es que sorprenderme, me han sorprendido más bien poco… En fin, se lo diré claro, don José María, lo que pasa entre mis redactoras y yo, hablando pronto y mal, es que ya no me ponen.

-Ah.

-Dígame, ¿usted tiene novia?

-Sí, sí. Cristina, se llama.

-Y digo yo que le tocará las tetas.

-….

-En el cine, por ejemplo …  ¿No se las toca?

-Bueno, es que vivimos juntos.

-Ah, viven juntos. Eso cambia las cosas, claro. ¿Y desde cuándo dice que salen?

-No mucho, va para medio año. Bueno, y yo al principio la dejé y estuvimos un tiempo en que no sabía muy bien qué hacer, porque a mí comprometerme me daba un poco de vértigo, pero claro, el caso es que ella me gustaba, así que volvimos, y yo creo que fue al poco de volver cuando le dije, “mira, Cristina…”

-Claro, claro, los comienzos… Pero dígame: ¿le toca usted las tetas o no se las toca?

-Hago lo que puedo, créame.

-Bien. ¿Y a que al tocárselas ahora no es lo mismo que al principio, cuando se las tocaba en el cine? Bueno, digo en el cine pero igual a usted el cine no le gusta.

-¡No va a gustarme! 

-¿Y cuándo se ponía más cachondo? ¿En el cine o ahora, cuando se las toca en casa?

-En el cine, dónde va a parar.

-Pues lo mismo me pasa a mí con mis redactoras. No, no vaya usted a pensar que les toco las tetas, no; yo las tetas sólo se las toco a mi mujer; bueno, a decir verdad se las tocaba, y si no ya me dirá usted dentro de unos años, aunque claro, lo que a mí no me sobra son precisamente años…

-No diga eso, José.

-Jefe.

-¿Perdón?

-Mis empleados me llaman ‘Jefe’.

-Entonces, ¿estoy contratado?

-La verdad es que tiene usted posibilidades, pero no, no está contratado. Todavía he de ver a otros dos candidatos. Pero supongo que antes querrá conocer las condiciones.

-Ah, claro, claro. Porque, a todo esto, ¿qué clase de revistas publican?

La joya de la corona de Astoria Ediciones era Noticiero Textil, una revista con aspecto de tabloide inspirada en el prestigioso quincenal francés Journal du Textile. Pero eso lo sabría después. En aquel momento, mientras Martín me mostraba la revista con el orgullo del que muestra la foto de su nieto, me pregunté cómo demonios podían tres personas llenar cada mes noventa y seis páginas.

-Como verá, la revista consta de un gran reportaje, una entrevista a fondo a un empresario del sector y un editorial, que escribo yo. El resto de las secciones sigue la pauta de lo que sería el proceso textil. Supongo que sabrá de qué le hablo.

-…

-Grosso modo, el proceso textil comprende las fases de hilatura, tisaje, acabados, confección y distribución, y cada una de esas fases comprende, a su vez, varias subfases. Ya lo irá usted viendo. Una de las secciones de Noticiero que a usted le correspondería es ‘Maquinaria de cabecera’. Un tanto árida, a qué andarse con rodeos. A cambio, se hartará de ir a desfiles de lencería, porque su otra sección sería ‘Moda íntima’

En cierta ocasión, tomando unas cervezas en el bar de la facultad con cuatro o cinco compañeros, nos dio por sincerarnos respecto a nuestras ambiciones profesionales, eufemismo que encubría lo que esperábamos de esta vida. Uno dijo que El País, el otro que reportero de guerra, un tercero que presentar el telediario… Hasta que llegó el turno de Vidal, la mirada en el vacío.

-La verdad, la cruda verdad, es que vamos a acabar trabajando en una revista de taekwondo.

Lo dijo con la histérica lucidez de esos personajes que, en las películas de terror, vaticinan la general escabechina.

Pues bien, lo que tenía ante mí, esa revista que Martín iba mostrándome sin ahorrarse los detales más escabrosos (“vea, vea, en este número entrevistamos a un jefe de ventas de Cortefiel”); esa revista, decía, fue algo así como mi particular descenso a los infiernos del periodismo ‘taekwondo’, que es (y esta fue la única fisura en el vaticinio de Vidal), un subgénero del periodismo bélico.

Estuve cuatro años escribiendo sobre perchadoras, remalladoras, maquinaria para la tintura, tejedoras, plegadoras, enrolladoras, máquinas de corte… De cuando en cuando, eso sí, me tocaba ir a algún que otro desfile de lencería, aunque la verdad es que no me prodigué demasiado porque no había tiempo para ello. No en vano, además de llenar Noticiero Textil (la revista no se elaboraba, se ‘llenaba’; o, por ser más precisos, ‘se rellenaba’, ya que nuestro verdadero cometido consistía en tejer (¡nunca mejor dicho!) un simulacro alrededor de los anuncios, única fuente de ingresos de la editorial); además de Noticiero Textil, decía, había otras dos revistas que rellenar: Optimoda, que se distribuía en ópticas, y Restauración Actualidad, dedicado a la hostelería. En Optimoda me ocupé de las lentes (incluidas las de contacto), y en Restauración Actualidad, de las bebidas.

Había días en que escribía de sostenes con efecto push up a primera hora de la mañana; de tricotosas, después del bocadillo de las once; de lentillas al mediodía y, ya por la tarde, del gran momento por el que atravesaban los whiskys de malta. No, no crean que me convertí en un multiexperto; entre otras razones, porque eso que llaman periodismo especializado es, las más de las veces, una impostación atildada.

Hasta mucho después de dejar Astoria no fui consciente de lo mucho que aprendí, de lo decisiva que fue aquella experiencia para desacralizar el miedo a la página en blanco. y demás cursiladas.

Para descartar de una vez y para siempre que hubiera hechos inenarrables, pues nada en adelante lo sería tanto como una esmeriladora, un compactador de borras o el último grito en pantis. 


Unfollow Magazine, 29 de septiembre de 2013

A mis pies mi ciudad

El 23 de septiembre de 1986, víspera del día de la Mercè, salí de casa de mis abuelos, en la Barceloneta, a eso de las nueve. Me había propuesto asistir a tres conciertos en una sola noche, y así emular sin saberlo al nadador del cuento de Cheevers. Mis padres y mi hermano pasaban el fin de semana en el piso de Camprodón, de ahí que, cada cinco pasos, me asaltara la idea de llevar a Ariadna a casa. ‘Invitarla a casa’, había escrito con anterioridad; paradójicamente, el verbo llevar, con toda su vaguedad a cuestas, se aviene mejor con las intenciones, o acaso ensoñaciones, del quinceañero que fui. Barcelona olía a pólvora, humedad y fritanga.

Pasadas las once llegué a la Catedral, donde Franco Battiato derramaba ya sus ecos de danzas sufíes, aquella jovial destilación de misticismo. Me chocó que el público, formado eminentemente por progres, se mostrara tan renuente a la zambra, máxime ante canciones como la arrebatadora ‘Yo quiero verte danzar’. Recuerdo vivamente que a mi lado un tipo con aspecto de monitor de esplai le iba mostrando fotos del Partenón a una conocida, y cómo ésta punteaba cada instantánea con la palabra “autèntic”, tan de moda en los ochenta. En cierto modo, todo era ‘autèntic’ en aquellos instantes: el Partenón, el enjambre de progres, el concierto de Battiato y la luz que mordisqueaba la fachada de la Catedral. Incluso yo parecía más auténtico, por mucho que el modo en que iba sorbiendo mi cerveza no fuera muy natural. Nunca lo ha sido.

Ya en la plaza San Jaime, me encontré con Conxa, Ariadna, Muntsa y Lluís, con quienes había quedado para ver la actuación de La Salseta del Poble Sec, un combo barcelonés que sigue amenizando fiestas callejeras y congresos neocomunistas. Ariadna, la hipnótica Ariadna, tenía entonces 21 años y estudiaba filología eslava. La había conocido ese mismo verano en unos campamentos y me habría fugado con ella a Rusia, si me lo hubiera pedido. Cuando acabó el concierto de la la Salseta, fuimos a Montjuïc, a la Recta del Estadio, donde El Último de la Fila presentaba Enemigos de lo ajeno, un disco plagado de palmoteos y metáforas. Los aviones plateados que rozan los tejados son, en realidad, las antenas de los edificios. El concierto resultó un mazazo de buen gusto, un derroche de sudor y jazmines marbellíes. Ariadna bailaba frente a mí, se mesaba los cabellos, bamboleaba sus senos.

El aire aflamencado de Manolo García y Quimi Portet se consideró, en sus inicios, un arrebato de modernidad, un indicio razonable de progreso. Cuesta creer que llegaría un día en que Quimi Portet, que pasaba por artista disoluto y anarcoide, dijera, a propósito de los catalanes que no quieren la independencia de España, que habría que empezar a debatir quién es quién en Cataluña.

La recta de l’Estadi nunca fue la recta del Estadio, como escribí arriba, sino ‘de l’Estadi’; incluso entre castellanohablantes decíamos ‘de l’estadi’ con la misma naturalidad con que decíamos ‘rachola’. El estadio es, claro, el estadio Olímpico, por entonces en ruinas, y la recta no era sino la avenida que pasaba por sus aledaños. El nombre de ‘recta’ se debía al hecho de que, años atrás, Montjuïc había sido un circuito de motociclismo, y ese mismo tramo coincidía con la recta. A lado y lado del escenario, hervía una ristra de tenderetes de partidos extraparlamentarios donde despachaban cerveza y chistorra, y la vertiente de montaña que se desparramaba sobre la ciudad (a la derecha mirando al escenario) era una suerte de chill out, cara B o cuarto oscuro donde cualquiera que se adentrara no iba a nada que no fuera conculcar la ley.

Allí me llevó Ariadna con el pretexto de que estaba algo mareada.

A finales de los ochenta, los conciertos multitudinarios de la Mercè se trasladaron al Sot del Migdia, un socavón tramado a espaldas del estadio Olímpico. Con el tiempo, el formato de masas fue reemplazado por el llamado independiente o de bolsillo, con sede en el impracticable Moll de la Fusta. Hoy, lo más parecido a las agrestes madrugadas de la Recta es un macroconcierto de 40 Principales que alterna la plaza Cataluña con la plaza España, sin que quepa aventurar metáfora alguna al respecto. O sí. Hace unas semanas, 26 años después de que saliera de casa de mis abuelos para recorrer el trecho que separa la Barceloneta de la Catedral, oía desde mi casa al gentío reunido en plaza España para ver una de esas actuaciones. ‘Independència’, gritaban de forma sincopada en cada pausa.

Ariadna no vino a casa.

Todo lo que hice aquella noche lo hacía por primera vez. Es decir por última.


Unfollow Magazine, 4 de noviembre de 2012

jueves, 21 de julio de 2016

El hijo de Maria Antònia

El gesto de Maria Antònia Horrach en el funeral de su hijo, Luis Salom, contenía una vida. Una madre en el funeral de su hijo es una anomalía cósmica, una suerte de pesebre inverso en el que todo, hasta el más nimio detalle, está electrificado. Por lo general el dolor, un dolor de tinieblas, incapacita al deudo, al punto que el único arrebato sentimental de que un padre o una madre son capaces suele ser el dolor mismo. Maria Antònia, no obstante, se rebeló contra su circunstancia para adelantarse unos pasos y depositar entre las manos de su hijo los cabellos que, en su honor, había dejado de lucir. A los periodistas que siguen los grandes premios de motociclismo, y que trataban con ella en los circuitos, les había costado reconocerla. Un día antes, en el tanatorio de Son valentí, donde velaban a Luis, se los había cortado. Esos cabellos eran el amuleto más preciado del joven piloto, que tenía por costumbre acariciarlos en la línea de salida, justo momentos antes de arrodillarse al lado del vehículo y, con los ojos cerrados y las palmas de las manos enfrentadas, rezar un padrenuestro. Así conjuraba el miedo. El suyo y, probablemente, el de su madre. Con la ofrenda, Maria Antònia parecía fundir su aspecto con el fallecimiento del hijo, como encarnándolo y, al tiempo, proyectándolo. Para cualquier amigo o conocido, lo primero que en adelante habrá de 'decir' la cabeza de Maria Antònia es Luis. Y así será, probablemente, de por vida. Ni siquiera le tembló la voz cuando, desde el atril, clamó "¡Sigue cabalgando a nuestro lado, Mexicano!". Ése, Mexicano, era el mote de Luis. Su nombre de guerra. Cuentan quienes le conocían que, cada vez que le preguntaban de dónde venía el gentilicio, siendo él mallorquín, temía desvelar la razón por si no estaba a la altura de las expectativas. "Viene por mi mánager", se arrancó en cierta ocasión ante la periodista Nadia Tronchoni. Ya no soltó el gas: "Su hermano tenía un caballo de carreras negro, en Argentina, que se llamaba Mexicano. Pero no le salió como él esperaba: resulta que en una carrera se quedó parado en la salida. Cuando el hermano me conoció y vino a unas cuantas carreras, empezaron con la broma, y a decirme que a ver si yo iba a ser como su caballo y me iba a quedar clavado en la salida". Sobra decir que no se quedó clavado. Nieto del dueño del concesionario de motos Salom, el más conocido de Palma, Luis se subió a una moto por primera vez con apenas 5 años, a los 8 compitió en la categoría de 50 centímetros cúbicos del Campeonato Balear de Supermotard y antes de cumplir los 16 ya se había proclamado campeón regional de 125 en dos ocasiones. Luego vendrían el paso a la velocidad, su debut en los grandes premios, el triunfo en Indianápolis, el subcampeonato mundial de moto3 y el ascenso a moto2. En el campeonato en curso, había hecho segundo en Catar y, tras seis carreras, se hallaba décimo en la general. El 3 de junio, en los entrenamientos libres del Gran Premio de Cataluña, Luis llegó a la referencia de frenada de la curva 12 algo más lento de lo que lo había hecho en su vuelta rápida. La telemetría diría después que el decalage tenía su origen en que había salido de la curva 11 sin la debida aceleración, y que esa ínfima tardanza provocó que aún llevara el freno accionado al pasar por encima de un bache. Luis salió despedido. La Kalex, que iba crujiendo el suelo diez metros por delante de él, golpeó las defensas del muro y giró sobre sí misma. Luis llegaba resbalando sobre la gravilla y ni siquiera llegó a impactar contra el muro. Los médicos intentaron reanimarle a pie de pista y, aunque sopesaron evacuarle en helicóptero, decidieron utilizar una ambulancia debido a la gravedad de los traumatismos. Fue trasladado al hospital del circuito y desde allí al Hospital General de Cataluña, donde falleció a las 16:55. Hace aproximadamente un año, le preguntaron por qué rezaba antes de cada carrera,y, con su habitual sobriedad, respondió: "Para que todos acabemos la carrera". En aquella misma entrevista, y venciendo su renuencia a exhibir sus tatuajes ("No tienen nada que ver con mi profesión", solía decir para ahuyentar a quien se interesaba por ellos), acabó mostrando los de su antebrazo derecho. En el lado más visible, una virgen; en el anverso, el rostro de su madre, tomado de una fotografía del día en que lo bautizaron a él. También él, a su modo, contenía una vida. 


Club Pont Grup Magazine  nº 13, 20 de julio de 2016

miércoles, 20 de julio de 2016

Jugando a Borgen

El PP había ofrecido la presidencia del Congreso a Ciudadanos a cambio de que éste votara a favor de la investidura de Rajoy, pero Rivera, temeroso de que lo tomen por vaya usted a saber qué, optó por un canje de menor vuelo y tasó el sí a Pastor en el descarte de Cospedal y JFD, más el voto favorable del PP a que dos de sus parlamentarios se sienten a la Mesa del Congreso. De la convicción de C's de que el presidente del Congreso debía ser de un partido que no fuera el mayoritario, nunca más se supo. Conmueve, en este punto, la insistencia de C's en que el sí a Pastor no forma parte de ningún enjuague, como si la transparencia que tanto reclaman no obligara también a admitir un cierto grado de podredumbre, siempre preferible a ese continuo remiendo del himen que practica la formación centrista.

Por su parte, Podemos se había comprometido a votar en segunda vuelta a Patxi López, siempre que el PSOE se prestara a la misma componenda con Xavier Domènech. La negativa de los nacionalistas, no obstante, hizo que los socialistas ni siquiera tuvieran en cuenta la oferta, que, por su reminiscencia Risk, parecía llevar la firma del ilustre secretario de Estrategia.

En cuanto al nacionalismo, sus pactos siguen ciñéndose al patrón del chantajismo clásico, consistente en ceder en una ventanilla para recoger la ganancia en la de al lado. Así, gracias al voto favorable a Pastor, el PNV ocupará una silla en la Mesa del Senado y CDC logrará que el PP no ponga ninguna objeción a que forme grupo propio en el Congreso, y ello pese a incumplir los requisitos del mínimo de diputados y del porcentaje de votos en cada circunscripción. Hubo un tiempo en que los objetos susceptibles de trueque fueron España y la impunidad; hoy, la mejor noticia probable es que aquellos años, los de Roca, el peix y el cove, son inverosímiles. (La peor es que parecen más lejanos que la Guerra Civil misma.)

Con todo, y como suele ocurrir, el espectáculo más desolador se celebra a cielo abierto y tiene como protagonista al PSOE, que ahora, con el 2 de agosto en el horizonte, anda esperando el 'sí' de Ciudadanos a Rajoy para, en un ejercicio en que se confunden la hipocresía, el relativismo y el kilómetro sentimental, poder abstenerse. Y así, con la certeza de que hay un partido aún peor, seguir de vacaciones.


Libertad Digital, 19 de julio de 2016



Catalanes todos

El más claro indicio del extravío de los convergentes tiene que ver con el hecho de que el gentilicio catalán abroche las siglas de su nuevo partido, un poco a la manera en que el artículo primero del Estatuto que proyectó Maragall decía "Cataluña es una nación", y que resultó la prueba más concluyente de que no lo era. (En realidad, la epopeya catalana está perfectamente descrita en todos y cada uno de los párrafos de aquel engendro, al que los hechos vienen otorgando una rara cualidad profética).

Ninguno de los nombres propuestos en el congreso se elevaba por encima de la evidencia: Más Cataluña, Catalanes Convergentes, Juntos por Cataluña, Partido Nacional Catalán y Partido Demócrata Catalán denotan el mismo afán autorreferencial que distingue a los locos y a los acomplejados. Y que se plasma, por ejemplo, en la dificultad para articular una visión del mundo. Valga a este respecto su portentoso ideario (copio de la Wikipedia): "En cuanto al modelo social, el partido defiende el estado de bienestar".

Que el único debate visible haya tenido que ver con el nombre del partido y, además, se haya saldado con un fracaso aún hace más inconcebible la antigua hegemonía de Convergència, cuya doctrina consistió (consiste) en levantar una frontera imaginaria y proclamar que a este lado somos superiores.

En realidad, el gobierno de un partido nacionalista no debe de ser muy distinto al de un partido animalista, pirata o cannabista. Se trata, en todos los casos, de partidos unicejos, que fían su credo a un sortilegio inoperante y, como tal, reaccionario. Con la refundación de Convergència, esa nadería ha aflorado de modo inmisericorde, de ahí que sea de justicia que, al final del camino, no quede más que un estéril forcejeo con el lenguaje. El nombre y la cosa batiéndose a la caída del sol. Partido Demócrata Catalán; lo que antes conocíamos por imputados.


Libertad Digital, 12 de julio de 2016