lunes, 17 de abril de 2017

Abriles

Gran día en la dacha de Juan y Marta. Virginia y Jordi pusieron los vinos y una voluptuosa caprese; los Ferrer, Jorge y Marlene, trajeron caviar rojo, y Arcadi preparó su mítico potaje de vigilia. Llevo un tiempo fijándome en que los hombres cocinamos con celo de ingeniero, como si planeáramos un atraco. Mi hija Laura se aburrió sin aspavientos, incluso con elegancia, sin que las monerías de Arcadi lograran rescatarla de su bendito sopor. Hablamos de periódicos, de mujeres, de Lezama (si está Ernesto, Lezama no anda lejos). Y de Léautaud, claro, el hombre del momento. Así, por cierto, le ha puesto Juan a su perrito, Léautaud, después de haberle llamado Benny desde que era un cachorro. Ayer sonero y hoy diarista, justa metáfora del rumbo que suele tomar una vida. La comida no derivó en fiesta porque nunca fue otra cosa. Sencillamente, el tiramisú dio paso al champán y al baile, o acaso Patricia ya bailara en el centro (¿en lo alto?) del jardín desde quién sabe cuándo. Sonaba El Cuarteto Cedrón y la luz declinaba, pero lo hacía de un modo peculiar, como si en lugar de derrumbarse sobre nosotros alguien graduara su intensidad: un atardecer bang-olufsen. Laura y yo nos marchamos antes de la conga, y a mí no deja de sorprenderme que a diferencia de tantísimas soirées, digamos, intelectuales, ésta nunca se celebre para ser escrita, sino para ser filmada. Un potaje, sí, pero con huevo poché.


jueves, 13 de abril de 2017

Aguafiestas


Todo empezó a comienzos de los ochenta, cuando mi tío fue trasladado a una sucursal bancaria de La Coruña y me cedió su carnet del Barça. Entre los 12 y los 15 años, alterné el gol sur de Sarriá con el segundo graderío del gol norte del Camp Nou, si bien feliz, lo que se dice feliz, lo fui sobre todo en el segundo. Aquel 0-2 contra el Madrid, con goles de García Hernández y Santillana, en que Cunningham puso al público de rodillas. El 1-3 contra el Betis (Benítez, Morán y Cardeñosa), con la hinchada verdiblanca dando palmas de tango en el gol sur. El 1-3 de mi Español (Urbano, Lauridsen y Murúa) que tanto contribuyó a que al Barça se le escapara la liga. El empate a 2 del Celta, con gol del imposible Atilano. La eliminación en la Recopa a manos del Metz (1-4), en una eliminatoria que el Barça tenía casi resuelta, tanto que en el campo apenas había 20.000 espectadores. Veinte mil y yo, claro; la lealtad de un aguafiestas no suele presentar fisuras. A fin de evitar la ojeriza de los socios de mi sector, aprendí a enmascarar el alborozo mordisqueándome la lengua, según la estrategia que años después le vería poner en práctica en Las amistades peligrosas a Madame de Mertuil. Lo cierto, no obstante, es que no hubiera hecho falta el disimulo, pues los socios del Barça, de aquel Barça glorioso, jamás prestaban atención a nada que no fuera su íntima agonía. Así, ante la vislumbre de un empate o una derrota, se desataba un runrún que para mis oídos era música celestial, como lo eran, ay, las ovaciones inopinadas al rival de turno, aquellos pintorescos olés con que pretendían zaherir a los suyos, empezando, como es de rigor, por los mejores: Rexach, Carrasco, Maradona…

Cuatro años son muchos para pasar inadvertido. Mi tío regresó de La Coruña y en su primer partido tras el paréntesis, un vecino de asiento le preguntó quién coño era el resentido que había estado yendo al campo en su ausencia y que siempre, siempre iba a favor de los forasteros. Desde entonces sigo al equipo por televisión, o por radio, y aun en ocasiones, ávido de noches aciagas, me dejo caer por mi antigua localidad. Ha habido pocas, para qué engañarme. Desde que Cruyff dotara al club de sentido de Estado, los títulos se han ido sucediendo con asombrosa naturalidad. Pero esa época toca a su fin. Bien pensado, mi antibarcelonismo acumula ya tanta solera que tal vez haya llegado la hora de reclamar al club un pin conmemorativo. Porque yo soy del Barça. De un modo siniestro y disfuncional, de acuerdo, pero del Barça. Que desee que pierda en lugar de que gane es un asunto anecdótico, tan trivial y azaroso como, a menudo, lo es el desamor.



The Objective, 13 de abril de 2017

martes, 11 de abril de 2017

Albania


ETA emergió del pueblo y se diluye en el pueblo, carne de su carne. Tal es la parábola semibíblica que el común de los batasunos pretende incrustar en la Historia, con un doble objetivo: legitimar seis décadas de crímenes y propiciar que el acrónimo ingrese en el reino de lo imperecedero. Así, si ETA es una excrecencia popular, una 'expresión' de violencia que germina entre las gentes del País Vasco, sus orígenes son casi geológicos. Y si rinde las pistolas para emulsionarse con el magma verificador, su aliento será perpetuo. El Gran Gudari te vigila. Una potencialidad. Tras la polimili y la militar, la ETA retráctil.

En la entrevista con Carlin, Otegui lo plantea en estos términos: "Yo diría que esta tesis de que ETA es una organización que nace de este pueblo y al final entrega las armas a este pueblo, bueno, forma parte de ese relato, y es un relato de una parte, como lo son todos los relatos. Pero es un relato que se hace en términos constructivos, no se hace en contra de nadie. Es un relato que permite planear una dinámica que no pretende ofender o humillar a nadie, sino que busca cerrar un capítulo de la forma más digna posible".

Entre los conceptos que cimentan la tesis, destaca el de 'sociedad civil'. Sociedad civil designa, en lenguaje recto, un ente de ciudadanos de ideología diversa que, desde los aledaños del poder, suscita debates en torno a lo público. Si en el País Vasco hubiera habido algo parecido a una sociedad civil, es probable que ETA no hubiera pasado de banda residual; unos grapo con ínfulas, a lo sumo. Obviamente, la ausencia de sociedad civil tiene su corolario en el hecho de que ETA se arrogue el copyright para dignificar a un hatajo de mamporreros. Entregar las armas a este pueblo.

Por el contrario, el País Vasco tiene trazas de sociedad incivil. Y acaso la mayor ostentación de incivilidad corresponda a San Sebastián, donde el pastel de cabracho fue perfectamente compatible con el tiro en la nuca, souvenir. De ello saben bien los miles de catalanes que en verano 'subían al Vasco' a jugar a la revolución.

Hace casi veinte años que no voy por allí. No, no se trata de ningún boicot. Sencillamente, cada vez se me hacía más insoportable la idea de compartir la barra de un bar con alguno de esos miles. Y acabar disuelto, también yo, en el pueblo.



Libertad Digital, 11 de abril de 2017

martes, 4 de abril de 2017

La liga antivicio

No veo ninguna razón para que Pedro Antonio Sánchez, expresidente de la Región de Murcia, siga siendo diputado autonómico y presidente del PP murciano. No parece razonable que los delitos por que se le investiga le inhabiliten para presidir el Gobierno regional pero no para representar a la ciudadanía ni liderar la sección local del partido. A no ser, claro, que Ciudadanos, formación que ha forzado su salida del Ejecutivo, entienda que apartarlo de todas sus responsabilidades sea un castigo excesivo, como esos árbitros que, en la tesitura de señalar un penalti y expulsar al infractor, se inhiben de la aplicación del segundo castigo, en la certeza de que el penalti era más bien dudoso.

Sea como sea, aún no hemos oído decir de Sánchez que es un cadáver político, como suele decirse, con ridícula gravedad, de todo aquel representante que se desgaja de la manada. Entre los más ilustres portadores de la mortaja, por cierto, se halla Mariano Rajoy, al que había de retirar un sms.

Respecto a Sánchez, tengo la impresión de que ni siquiera sus más inflamados detractores conocen los pormenores de su presunto tejemaneje. Al cabo, se trata de cobrarse una pieza, al precio que sea (ahí estaba, gravitando sobre Murcia, la amenaza de un gobierno en el que habría participado Podemos), conforme a una concepción de la política a medio camino entre el póker y hundir la flota. Confío al menos en que nuestros azotes de la corrupción sean lo suficientemente cínicos como para no creer de veras que esta clase de achiques tiene alguna virtud depurativa. O que la regeneración de la vida pública llegará por la vía de dejar en suspenso la presunción de inocencia.

Por de pronto, la ceremonia con que Sánchez se ha despedido (sin despedirse) ha desactivado el necesario componente ejemplarizante que, en teoría, debe caracterizar cualquier iniciativa anticorrupción. El hombre que hoy hablaba, en efecto, lo era todo menos un político vergonzante.


Libertad Digital, 4 de abril de 2017

viernes, 31 de marzo de 2017

Cuando la vida te hace perla

Joan Garriga presintió que el banderazo caería de forma prematura, pues no conocía otra existencia que la que transcurre en el filo de la navaja. "Esto no acabará bien", solía decirse, como si al echar cuentas se supiera un espectro. Su historia es la historia del mundo, la del ángel caído que no encuentra su sitio al apagarse los focos, la del héroe crepuscular al que la vida le hace perla. 

Todo se se torció a principios de los noventa, cuando en pleno declive profesional, Comecocos, como le apodaban en los circuitos, empezó a consumir cocaína. Salvo por algún que otro paréntesis, jamás dejó de hacerlo. Contaba a quien quisiera escucharle que tomó la primera raya para no dormirse al volante de su motorhome. Tabacalera había renunciado a patrocinarle en la categoría de 500 y se vio "yendo a Superbikes a Italia, recolocando a la gente, cerrando las tiendas que tenía, haciendo mil kilómetros". Cada ficha fue empujando a la siguiente y cinco años después, la policía irrumpió en su casa de Vallvidrera y decomisó 25 gramos de farla, dos balanzas de precisión, billetes de cinco mil pesetas falsos y un revólver... El motociclista que en 1988 había estado a una curva del título de 250, en una liza memorable con Sito Pons, se había convertido en un traficante menor. El estruendo de la noticia fue proporcional al fervor que aquella rivalidad había despertado en el colectivo motero, dividido a finales de los ochenta entre partidarios de Pons y partidarios de Garriga, centauros con chasis de torero.

La participación de Garriga en la red de tráfico de estupefacientes se saldaría en 2003 con dos años de cárcel, pena que, dado que carecía de antecedentes, no comportó su ingreso en prisión. Al verse frente al abismo, trató de reinventarse ejerciendo de monitor de motociclismo en Almería, pero se ahogó en el intento. En su deriva, fue acusado de haber prendido fuego a un negocio de su propiedad para cobrar la poliza, extremo que él negó hasta el fin de sus días.

El golpe más duro, no obstante, y del que ya nunca se recuperaría, estaba por llegar: debido al impago de una deuda municipal de 20.000 euros, perdió su casa de Vallvidrera, valorada en algo más de un millón. En la subasta posterior, salpicada de irregularidades (entre ellas, el hecho de que él mismo quedara excluido de la puja), la vivienda fue adjudicada por 250.000 euros. Un saldo. El hombre que en Jérez se ganara el sobrenombre de Boieng 747 (así lo había bautizado el histórico speaker del circuito, Baldomero Torres) se vio en la calle, sin más pertenencias que su perro y una dentadura postiza. Y ni siquiera la buena. Tal como él mismo lamentó en septiembre de 2013 en una entrevista con Jordi Basté, sólo pudo recuperar la dentadura mala. "Todas mis cosas", clamó, "están en el interior de mi casa, que ya está habitada por otra persona. Allí está todo: miles de cartas de fans, mi coche scalextric preferido, unas 250 cintas de vídeo de mis duelos con Sito, trofeos, cuadros... Todo, absolutamente todo". El juicio por las anomalías del concurso había quedado fijado para enero de 2015, casi un año y medio después, y al Come le pareció una eternidad. "La verdad, Jordi, no creo que llegue a esa fecha; imposible, estoy muy destrozado ("estic molt trinxat", dijo exactamente). No tengo ayudas ni retiro ni pensión ni nada".

Aquel día, en el estudio de RAC1, Garriga desveló que Francesc Homs, flamante consejero de Presidencia del Gobierno autonómico, le había asegurado que la Generalitat le proporcionaría una vivienda. Que no se preocupara, que lo dejara en sus manos. Eso sí, debía esperar a que pasara el verano. La ayuda jamás llegaría, en lo que supuso la última afrenta de su Cataluña. A Basté, de hecho, le sobrecogió que Garriga hubiera tenido que ir a Valencia a contratar a un abogado para litigar por su antigua vivienda. Tampoco llegó el auxilio federativo, ni el de los sponsors ni retiro ni pensión ni nada

La biografía de Garriga es un infierno tan insólitamente literario que aun guarda un colofón poético. Así, la única persona que en su larga caída le tendió siempre una mano fue Sito Pons, con quien había sellado una amistad a prueba de chispazos en el carenado. Su archirrival acabó sufragando la habitación de hotel en la que Joan, ya muy deteriorado, se fue consumiendo. Allí sufrió el primero de los dos infartos que le devolvieron a primera página.

La penúltima vez que los papeles trajeron algo de él fue en junio de 2015, con ocasión de una nueva detención. Garriga, acusado de pertenencia a organización criminal, se dedicaba a verificar la pureza de la cocaína destinada al menudeo. Un catador. La amargura de su relato no conoce tregua: Garriga había sido el gran testador de muchas de las piezas de protección y aerodinámica (rodilleras, jorobas) que llevan hoy los pilotos.

Dos meses después, un accidente de moto en la barcelonesa calle Numancia y las complicaciones respiratorias del postoperatorio, ponían fin a su odisea. Había nacido una leyenda motera. 


Club Pont Grup Magazine, 31 de marzo de 2017

Habitación 5013


Hasta el pasado martes, en que la trasladaron a la clínica Sant Antoni, en la Zona Franca, tuve a mi abuela ingresada en el hospital de la Esperanza, en el barrio de La Salud, aquejada de los noventa años que cumplió el 28 de febrero (en realidad nació un 29, por lo que los nietos solemos bromear con que si tiene veintitrés). Durante las tres semanas que estuvo allí ocupó la habitación 5015, contigua a la del cantante Bernardo Cortés, que murió el viernes debido a una isquemia intestinal. Habrán leído en la prensa que Bernardo falleció en el Hospital del Mar, «donde llevaba un mes ingresado». No, estaba ingresado en la Esperanza, y lo más probable es que muriera allí. El equívoco se debe a que la Esperanza forma parte de la red sanitaria Parque de Salud Mar, cuyo vértice es el Hospital del Mar, en La Barceloneta. Así, es habitual que entre sus pacientes haya un elevado porcentaje de vecinos de ese barrio. Como Bernardo y Concha.

El lunes entré a saludarlo, como siempre que iba a darle la comida a mi abuela, y al ver que estaba escribiendo le dije que pasaría después. Ya no pasé. Me sorprendió que muriera, pues no parecía que estuviera en las últimas: no hace una semana salió en pelotas al pasillo arrastrando el gotero como si fuera una bola de presidiario y diciendo a las enfermeras, y a todo el que quisiera oírle, que se encontraba de fábula.

Lo vi por primera vez cuando yo apenas contaba nueve o diez años. Los De Paco Serra, que aquel día debíamos de ser unos quince, celebrábamos un cumpleaños en el antiguo Cal Pinxo, uno de los merenderos que cercaban la playa («chiringuitos», decían los profanos, sobre todo si eran ricos y escritores). No hubo en los ochenta película rodada en Barcelona en que no salieran sus protagonistas comiendo un arroz en uno de aquellos delirantes restorans. Recuerdo (de una forma tan vívida que me resulta incluso sospechosa) que mi abuela, mi madre y sus primas tenían las mejillas coloradas por el champán, que los hombres llevaban corbata y que mi abuelo se había arremangado, como hacía siempre que se entonaba. Atento al derroche de las celebraciones, Bernardo se bamboleó hasta nuestra mesa y, tras asegurarse de que la guitarra y su gaznate eran una sola cosa, se arrancó con el «Cumpleños feliz», que cantó con un tesón impropio de la pieza, como si aquella cancioncilla hubiera de procurarle un ápice de gloria. Lo cierto, ay, es que en la cima de cada uno de sus gorgoritos parecía alojarse una derrota. Vestía un traje azul de solapas imposibles, una camisa con algún que otro lamparón y era difícil, muy difícil, imaginárselo haciendo otra cosa que no fuera eso: avivar la alegría de los comensales a base de profanar tonadas, boleros, rancheras.

Antes de darse a la música, a finales de los setenta, había trabajado como mecanógrafo (se ufanaba de haber ganado en 1950 el campeonato de mecanografía de Jaén, su ciudad natal, con más de quinientas pulsaciones por minuto). Desde Cataluña, donde se había instalado a mediados de los cincuenta, emigró a Suiza, y a su regreso fundó una empresa de derribos. Fino lector, ya por entonces tentaba la poesía pero nada hacía presagiar que de las ruinas del empresario Bernardo Cortés Maldonado surgiría el quijotesco Bernardo, ni que éste se convertiría, andando el tiempo, en un ilustre de la Barceloneta, junto a gigantes como el Anchoveta, la Paca, el Cherif o la Mari. Al igual que ellos, Bernardo vivió a despecho de su siglo, sin que los sucesivos cambios en el paisaje mellaran su autenticidad. Entre sangría y contoneos, asistió al aluvión murciano de los sesenta, al cine de barrio de los setenta, a la ventisca de la heroína de los ochenta y a la piocha olímpica de los noventa. Y ni siquiera el derribo de los merenderos, el único escenario de sus actuaciones, pudo con él. Yunque contra la desdicha, hablamos de un cantante que no dio nunca un concierto, lo que se entiende por concierto. Y aunque últimamente, ya muy decaído, decía que le habría hecho ilusión una gala de despedida (una gala, así hablaba Bernardo), colmó su gran anhelo hace cuatro o cinco años, cuando Fede Sardá le abrió las puertas de la sala Luz de Gas para que presentara su último libro de poesía.

El día en que mi abuela dejó el hospital, mi madre pasó a despedirse. Le dijo que en el mueble-aparador del piso de mi abuela conservamos una fotografía suya, de la que mi abuela dice que le ha traído suerte. Nadie en la familia sabe exactamente por qué, aunque bien pensado, Bernardo fue para los De Paco una cálida presencia, algo así como el exótico figurante de todos los momentos en que hemos sido felices.


Jot Down Magazine, 31 de marzo de 2017

jueves, 30 de marzo de 2017

40 sobremesas en Txillarre


En el año 2000, el entonces diputado autonómico Arnaldo Otegi y el ex consejero de Justicia vasco Paco Egea (PSE) comienzan a frecuentar el caserío Txillarre, en la localidad guipuzcoana de Elgóibar, establecimiento dedicado a la producción y venta de hortalizas ecológicas, y cuyo propietario, amigo de ambos, es un antiguo trotskista llamado Peio Rubio. A los almuerzos, cenas o lo que se terciara se une, andando el tiempo, el presidente del PSE, Jesús Eguiguren. El documental de José María Izquierdo y Luis R. Aizpeolea El fin de ETA presenta aquellos encuentros como el germen de las conversaciones que desembocarían en el cese-definitivo-de-la-actividad-armada (convoy semántico que obliga, que sigue obligando, a mirar debajo de cada palabra). Como formuló magistralmente Cayetana Álvarez de Toledo en su artículo del lunes, Izquierdo y Aizpeolea defienden que el ocaso de ETA se debió, antes que al temple del Estado de Derecho, a la osadía de Otegi y Eguiguren, retratados en el film como dos arrojados idealistas que, desafiando a los testarudos de uno y otro lado (otro parteaguas, ese uno-y-otro-lado, que forma parte de la fraseología básica de El fin…) se aventuran en las procelosas aguas del diálogo. Una operación quijotesca, en suma, dirigida con sutileza por el taimado Rubalcaba, que en la película se interpreta a sí mismo. Los directores, que por algo son consumados conflictólogos, han tenido el decoro de exhibir el punto de vista de las víctimas, personificadas en Alfonso Sánchez, lo que confiere a la obra una cierta apariencia de pulcritud (acentuada si cabe por la limpieza de las imágenes). Lo que no han podido evitar, en el cometido de depurar el relato, es que éste incorpore su propio fisking, al modo de esos mensajes que se autodestruyen. Debemos a Eguiguren la más férrea de las refutaciones:

-El hecho de que estuviéramos allí reunidos no implicaba ninguna salvaguarda para ninguno de los dos. Es decir, que él podía ser detenido en cualquier momento (por un juez o por lo que sea), y a mí me podían matar.

A él detener y a mí matar. No tengo más preguntas, señoría.


The Objective, 30 de marzo de 2017