lunes, 16 de abril de 2018

La posverdad es pecado

Un banco de alimentos es un observatorio de la pobreza. El reparto de comida entre los más necesitados no tendría sentido sin un protocolo que cuantificara la demanda por municipios, distritos, barrios; que constatara, por ejemplo, la existencia de un súbito pico de menesterosos en un área determinada y, en razón de ello, y en cooperación con los servicios sociales de la localidad, evaluara a qué obedece, de qué modo paliarlo o si va acompañado de otras carencias. Se trata de que la beneficencia no sea únicamente un parche más o menos redentor, sino también una oficina de monitorización de la miseria o, por emplear un tecnicismo al uso, del riesgo de exclusión social. Para los (des)amparados, obviamente, esa cuota de burocracia suele ser desagradable. Nombre, estado civil, número de hijos, profesión…  Nadie responde de buena gana a la taxonomía  de su propia desventura.

Esta semana ha trascendido que en la misa del domingo día 8 celebrada en los Capuchinos de Sarriá, comunidad colaboradora del Banco de Alimentos, el oficiante instó a los feligreses que llevaran alimentos a la iglesia, ya que, según alegó, el Banco había dejado de proveerles. Así era, en efecto. Los responsables del Banco de Alimentos llevaban meses reclamando a los frailes que se ciñeran al protocolo por el que se rigen las más de 300 entidades a las que surten. Siempre en vano. Entretanto, la afluencia de desvalidos a dicha iglesia venía registrando un inusitado incremento (Sarriá pertenece al distrito con la renta más alta de Barcelona), lo que, muy probablemente, estuviera relacionado con que el reparto empezaba a parecerse más a la apertura de compuertas de El nombre de la rosa que a las redes de ayuda de un país civilizado. La caridad a granel no exige preguntas, y los auxiliados, insisto, bien que lo agradecen.

El lunes empezó a circular la especie de que el Banco de Alimentos había represaliado a los Capuchinos por la misa que éstos habían oficiado semanas atrás en favor de los presos. El 155 llega a la caridad, se llegó a decir en los forocoches del nacionalismo. No faltó quien, en lugar de a España, señaló a Colau, cuando lo cierto es que el Banco de Alimentos (privado, apolítico, aconfesional) carece de vínculos orgánicos con el Ayuntamiento. Tanto es así que, según me hace saber un empleado del BA, en sus tres años de mandato, la alcaldesa aún no ha puesto un pie en el almacén de la entidad, en la Zona Franca.

Así que ni la sombra del 155 ni la mano de Colau. Detrás de la crisis no había más que incompetencia chapada en soberbia. ¡Formularios a nosotros, que dimos al mundo la palabra ‘capuchinada’! La misma soberbia, en fin, con que el superior de la orden, Enric Castells, al preguntarle una reportera de TV3 si había alguna relación entre la suspensión del envío de alimentos y la homilía por Junqueras y compañía, declamó: “Objetivamente, no podemos afirmar que sea así por falta de pruebas”. La mentira en formol y la verdad en sordina. Todo sea por devoción a la estelada. Objetivamente.



The Objective, 16 de abril de 2018

martes, 3 de abril de 2018

Faltan los presos

Entre finales de los noventa y principios de los diez tuve la oportunidad de conocer la cárcel Modelo de Barcelona. Mi primo estaba preso y solía ir a verlo cada quince días, casi siempre en compañía de mi abuela, que también era la suya, y su hermano menor. Por entonces, el tenebroso purgatorio que fue aquella cárcel durante los años setenta y ochenta era ya un lugar sin grandes sobresaltos, donde empezaba a haber más educadores que guardias, el trapicheo al que acostumbraban algunos funcionarios no rebasaba el umbral de lo obsceno y la sobrepoblación (concebida para 700 reclusos, la Modelo llegó a albergar 2.200 entre el 81 y el 90) comenzaba a remitir.

Con todo, el dato que me convenció de que el mítico penal barcelonés había dejado de ser un pudridero fueron las comidas navideñas que los familiares compartíamos con los presos de confianza, y que no desmerecían en absoluto las que se servían en tantísimos hogares de la ciudad: los mismos galets anodinos, el mismo pollo reseco. Asimismo, y como quiera que mi primo era uno de los grandes animadores de la compañía teatral, mi abuela y yo cumplíamos con el trámite de acudir a los estrenos y aún alguna reposición: recuerdo, por ejemplo, un Cómeme el coco, negro del verano de 2003 en el que por un instante perdí de vista que los actores eran presidiarios. Toda una gesta, teniendo en cuenta que el de la Modelo era el único teatro en Cataluña donde no salían niños de TV3, verdadera carta de verosimilitud de la escena, digamos, profesional: ¡un teatro libre en intramuros, vive Dios! Por lo demás, el hecho de que entre los internos hubiera más de un conocido con delitos leves hablaba de una sociedad tanto más frívola cuanto menos convulsa.

No hace mucho regresé a la Modelo, cuyo interior (en realidad, sólo una parte) está abierto al público los viernes y los sábados. Mientras deambulaba por la quinta galería y curioseaba en las paredes de las celdas en busca de alguna pintada tremebunda (sin éxito; las que había no eran sino trazos informes, algún que otro dibujo de hechuras infantiles y las inevitables pollas); en ello andaba, digo, cuando una empleada municipal se dirigió a mí para someterme a una encuesta relacionada con los probables usos de la prisión. Según me comentó después, todo apunta a que la Modelo será un centro cívico.

Un centro cívico, sí. Podría ser una cárcel-museo a la manera de Alcatraz, una suerte de memorial urbano que diera cuenta del proyecto inicial, inspirado en ese Gran Hermano avant la lettre que fue el panóptico de Bentham, y que siguiera con la fuga de los 45 através de la panadería, o aquel preso al que le mandaron barrer el patio y sin apenas levantar la vista, barre que te barre, cruzó la garita como una sombra maquinal y se vio sorteando el tráfico de la calle Entenza; del motín que encabezó el Vaquilla el 13 de abril del 84 para exigir mejores condiciones de vida, lo que las autoridades cifraron en 2,5 gramos de heroína; del francotirador que, apostado en un sobreático de Nicaragua con Provenza, le voló la cabeza al gánster francés Raymond Vaccarizi mientras éste, asomado a la reja, hablaba con su novia, conchabada con el asesino; un crimen, el de Vaccarizi, cuyos apéndices museográficos bien podrían ser la película Barcelona Connection, donde aparece escenificado, o la sobrecogedora recreación teatral del primer Rubianes, de la que debe de haber algún vídeo.

También podría ser una aseada prisión de proximidad, por decirlo a la manera en que hoy se tiende a aquilatar lo genuino. Pienso en mi abuela, que sólo pudo visitar a su nieto mientras estuvo ingresado en la Modelo. Para ir a Quatre Camins, adonde lo trasladaron después, ya no le llegaron las fuerzas. Y todavía hay quien considera progresista que las cárceles estén a tomar viento.

Pero no. Ni será una cárcel-museo (una galería de vencidos) ni será una cárcel modélica stricto sensu (lo que prueba, por cierto, hasta qué punto Ada Colau no concibe otra gestión de la memoria que la performance guerracivilista). Será, al parecer, un centro cívico. Un centro cívico donde se enseñará macramé, cocina vegana y cuentos del baobab. Y que se sumará al medio centenar que ya tiene Barcelona, una ciudad que empieza a exigir que la poética consigna del 68, imaginación al poder, se haga prosa electoral.


The Objective, 3 de abril de 2018

viernes, 16 de marzo de 2018

Alaska

Mencionaba Rosa Belmonte en uno de esos felices pandemonios que son sus columnas la sintonía de la serie de documentales que Félix Rodríguez de la Fuente dedicó al lobo, aquella salmodia a mitad de camino entre Vangelis y el trío Lalalá, que decía: “Llegaaaa el matadooooor”, y al punto, tras un redoble tamborilero como de la Fura dels Baus: “¡El loooooooobo!”.

No sé si España estaba preparada para deglutir ese aullido, pero desde luego a mí me cogió con la guardia baja, y desde entonces me sorprendo alguna que otra vez canturreándolo. De ahora en adelante, y gracias a Belmonte, lo haré conforme a la letra original, porque el caso es que llevo 40 años ululando, en lugar de ‘llega el matador’, el ‘graaaan matadooooor’.

Esta semana se han cumplido 38 de aquel sábado en que mi madre me despertó con la noticia de que felirrodiguedelafuente (lo pronunciábamos así, de una sola voz y a la velocidad del rayo, cual si fuera un trabalenguas abreviado al que hubiera que rendirle honores. Sólo tras la canción de Enrique y Ana, Félix fue simplemente Félix e incluso algo peor, el Amigo Félix); de que el Hombre de la Tierrra, ay, había muerto en un accidente de avioneta. Recuerdo que se postró frente a mi cama y, en un susurro pausado, el tacto inédito en su decir (ni siquiera las muertes de su primo y de su abuela habían merecido ese acopio de duelo) su mano atusándome el cabello: “Ha dicho la radio…” Por aquellos días, a la hora de describir el oficio de felirrodiguedelafuente, tendía a repetirse la palabra naturalista, y aún hoy su entrada en la Wikipedia incluye dicha atribución.

Ignoro si nuestro hombre encajaría hoy en los postulados del ecologismo, concepto que aún había de hollar los periódicos y telediarios locales, donde sí tenía presencia, aunque residual, el sintagma Los Verdes, el partido alemán en que cristalizó el movimiento (y que devino en la alegre constatación de que Alemania había dejado de ser nazi). Quiero creer que no. No ya por objeciones de carácter político (no olvidemos que Del Bosque, que compartía ecosistema con depredadores como Juanito, Benito o Camacho, era de izquierdas), sino porque felirrodiguedelafuente incumplía todos los preceptos estéticos que definen al ecololó (apócope de mi admirado Caparrós), empezando por el de hombre blandengue.

Fue, además, el último gran iberista, empresa que en nuestro país no ha tenido nunca demasiados entusiastas (Gaziel, se me ocurre ahora). No teman, no; no es que estuviera abonado a la fórmula Estado Español, sino que su reino era, sobre todo, una unidad de destino en lo geográfico. ¿Cómo iban a ser españoles un lince, un alimoche, un águila? Y sin embargo, ¿cómo explicar España sin el lince, el alimoche, el águila? Cómo explicarla, en fin, sin felirrodiguedelafuente, que obró el milagro de que un niño de no más de 10 años asolara la Barceloneta de la mañana a la tarde, fuera al cine de reestreno hasta entrada la noche y jugara a fútbol en la repla hasta la madrugada.

Y jamás le faltara en el bolsillo su cuaderno de campo. No fuera a aparecer el matador en un barrio donde, la verdad, todos teníamos un aire a lirón careto.


The Objective, 16 de marzo de 2018

sábado, 3 de marzo de 2018

De memoria

Les propongo un ejercicio insólito. Se trata de anotar a todas las víctimas de ETA que puedan recordar por el nombre y, al menos, el primer apellido. Un memorial, en efecto, tan voluntarioso como injusto y escuálido. Una afrenta, en verdad, para quienes son pasto de exclusión. En aras de un cierto decoro, me impuse la obligatoriedad de no infestar la lista de perífrasis. El niño aquel, los músicos militares de Barcelona, uno al que vigilaba un cura, los dos polis de Roses (¡la Donostia catalana, llegó a decir el forense Marc Álvaro!), los niños del cuartel de Zaragoza, el cuartel de Vic, Hipercor. No. Una vida, me dije, merece un anclaje nominal (eso que en los periódicos, y a propósito del fútbol, dimos en llamar ficha técnica, y que también recogía las principales incidencias del encuentro). Qué menos que un nombre. Éstos son los  míos y, obviamente, llevan incorporada (adosada) la gran incidencia de sus biografías. 

Joseba Pagazaurtundúa, Isaías Carrasco, Melitón Manzanas, Irene Villa, Gregorio Ordóñez, Miguel Ángel Blanco, Luis Carrero Blanco, José Antonio Ortega Lara, Carlos Palate, Diego Estacio, Ramón Baglietto, Alberto Jiménez-Becerril, Ascensión García Ortiz, Ernest Lluch, Fernando Buesa, Fernando Múgica, Miguel Ángel Gervilla, Manuel Broseta, Carmen Tagle, Ricardo Sáenz de Ynestrillas, María Dolores González, Emiliano Revilla, Julio Iglesias, Pilar Elías, Enrique Casas, José Luis López de la Calle, Cosme Delclaux, José Luis Caso, Gorka Landáburu.


 The Objective, 3 de marzo de 2018

viernes, 16 de febrero de 2018

Teoría de la visibilidad

Extrañamente, en ninguna lista de palabras-del-año de los cuatro anteriores (fuente principal: Fundeu) se hallaba, siquiera abrochando el inventario, la que vertebra en los últimos tiempos la mayor parte de las reivindicaciones progresistas. Me refiero a ‘visibilidad’. No en vano, y a rebufo del fragor identitario al que la izquierda ha fiado su discurso, no hay proclama que desate tantos aleluyas como la de ser más visible o visible a secas, según se trate de situarse en plano de igualdad con otros colectivos o emerger a la realidad, equiparable, aquí, a ‘normalidad’. Sin perjuicio de que la superposición de visibilidades redunde en la saturación del mundo, gremios, géneros (incluso literarios) y otras camarillas reclaman para sí una mirada ponderativa. O lo que es lo mismo: el derecho a exhibir su condición sin tasa o servidumbre de ningún tipo.

Un googleo a vuelapluma brinda manifiestos por la visibilidad de los traductores, las enfermeras, la diversidad funcional, las mujeres deportistas, los voluntarios, las kelllys o la regla (“éste es el zumo de mis entrañas, del que no huyo, una mancha sin límites, un rezumar que no pueden parar”). Veleidades polipoéticas al margen, algunas de estas exigencias presentan un trasfondo moralmente idéntico. Así, los traductores abogan por que su nombre figure en la cubierta del libro, junto al del autor; los voluntarios, por que se les rinda honores de héroe posmoderno, y las enfermeras, por que su labor asistencial sea considerada poco menos que decisiva (“No somos simples secretarias del médico”, alegan, lo que tal vez movilice a las secretarias en defensa de su visibilidad, quién sabe si esgrimiendo que ellas no son simples pasantes…).

En otras palabras: ser traductor (e incluso serlo orgullosamente) sin que ello suponga renunciar al prestigio del que goza el autor; lucir galones de médico por el procedimiento de saberse enfermero visible; y ser voluntario, sí, mas con oropeles de Gran Orden Civil. En espera del día en que el reparto igualitario, sabiamente equitativo, de la visibilidad, nos convierta por fin en invisibles.


The Objective, 16 de febrero de 2018

viernes, 2 de febrero de 2018

Confines del ridículo

Hubo un tiempo en que no había un solo artículo sobre Cataluña que no se aliñara con la célebre cita de Tarradellas acerca del umbral de lo admisible en política, si bien a mí siempre me pareció más certero, por inmaterial, el aforismo de Perón sobre el viaje sin retorno.

Hablo, en efecto, del ridículo. En los últimos días, cuando más viene arreciando esta condición (me temo que inexorablemente idiosincrásica) menos se alude a ella, como si ya no fuera necesario advertir al lector de que se adentra en una entropía inverosímil, un lienzo a medio camino entre Munch y La Chunga por el que desfilan alborotadores a tiempo parcial, mossos que encabezan la manifestación caminando hacia atrás para que así parezca que la contienen, y un ejército de plañideras con la careta de Puigdemont (el mátrix de Girauta, ajá, hecho pueblo al fin), mientras aquél, 1.300 kilómetros al norte y en un rapto de flaqueza, conmina a Comín resignarse a la derrota, ofrendándole una consejería como premio de consolación.

Y eso al tiempo que Junqueras, entre flagelos y cilicios, fantasea con dos presidencias: la efectiva y la simbólica, acaso en consonancia con el espíritu de un país donde todo, desde el principal club de fútbol a las polichinelas y los humoristas, son también simbólicos.

Mas el ridículo, tema ventral de cualquier conversación sobre el procés, sigue incardinado en la literatura que éste genera. Hoy es un subtexto, una premisa elidida por la erosión de la costumbre, como la que abre los periódicos del día en tinta simpática y que susurra al lector: hoy amaneció y está usted vivo.



The Objective, 2 de febrero de 2018