sábado, 28 de abril de 2018

Mejor sería robar

El primer currículo político del que tuve noticia fue el de Felipe González. Obviamente, y dado que a finales de los setenta el parlamentarismo no llevaba aparejada la beata ordenanza de la transparencia (no descarto que fuera porque aún no existieran las webs donde alojarla), debí de oírselo a mi padre: “Es abogado laboralista y sabe francés”.

Hablo de un tiempo en que uno valía o no valía, y ése era en verdad el único cedazo por el que regirse en según qué instancias del poder. Tanto es así que no era infrecuente que los méritos curriculares tendieran a contrarrestar lo que, a la vista del respetable, no era sino incompetencia o lisura. “Parece tonto, sí, pero no lo será tanto si tiene dos carreras”. Y del mismo modo operaban ciertos rasgos del carácter: “Un gran estadista no parece, pero cercano lo es un rato”.

Ni que decir tiene que el político que se conducía razonablemente bien, que hacía un uso sensato de la palabra y proponía iniciativas plausibles no se veía obligado a acreditar su nivel de estudios o de idiomas; ya no digamos algo tan abstruso (y a menudo tan indeseable) como la cercanía. Es verdad que España carece de una carrera académica ad hoc, a semejanza de  la Escuela Nacional de Administración francesa. Pero también que la política es una actividad tan peculiar que casi se diría renuente a la sobretitulación e incluso a la titulación misma."

El máster fraudulento, la falsificación del acta, la contumaz negación de la evidencia, la existencia de una auténtica almoneda de favores académicos, el baldón que ello ha supuesto para una universidad que, para más inri, lleva el nombre del  Rey Emérito… Toda la secuencia, de punta a cabo, corresponde a un instante de la vida española en que la dedicación a la política ya no se concibe como lo que debiera ser, esto es, la aventura que emprende un ciudadano que adolece de una nota de locura, pues se ha propuesto, ¡ahí es nada!, cambiar la realidad. No. Un currículum, y para el caso importa poco que sea un documento falseado, hinchado o maquillado, no sirve para cambiar nada, sino para encontrar trabajo.



Voz Pópuli, 28 de abril de 2018

viernes, 27 de abril de 2018

Jauría contra la manada

Durante los casi dos años que han transcurrido desde la madrugada del 7 de julio de 2016 el periodismo no ha reprimido un solo desahogo con la sedicente Manada, a la que desde primera hora, y tras conducirla al rellano de la presunción de culpabilidad, sometió a un trato ciertamente degradante. De aquel suceso apenas ha trascendido un relato fragmentario y plagado de claroscuro. La corrección política, no obstante, no se atiene a los matices, siempre reaccionarios, y hace ya tiempo que, por boca del feminismo rampante, deslizó la posibilidad de que una sentencia adversa desembocara en un nuevo 15-M. Una hoguera preventiva.

El intento de asalto a los juzgados de Pamplona por parte de la turba dio la medida de lo que habría podido ocurrir si los Cinco de San Fermín hubieran sido declarados inocentes. Debió de ser, por cierto, el primer intento de asalto a un juzgado que se lleva a cabo bajo las consignas “yo-soy-respetuoso-con-lo-que-dicen-los-jueces” o “yo-defiendo-la-división-de-poderes”, las mismas con las que Ferreras avivaba, en La Sexta, su festival adversativo. Y al fondo, el mutismo de tantísimos hombres y mujeres, periodistas o no, que evitan, acaso por temor, especular a despecho de los tiempos. Como si sólo la jauría tuviera licencia para mejorar el silencio.


The Objective, 27 de abril de 2018

jueves, 19 de abril de 2018

Homenaje a Rubianes

Hubo un tiempo barcelonés en que a Pepe Rubianes se le podía encontrar todas las noches en la barra del bar Raval, hoy convertido en un moderno restaurante de ultratumba. Allí fui a entrevistarlo a principios de los noventa para mi primera práctica en la facultad, un reportaje sobre el cine catalán de la época. Entre tragos, y a contramano de las reiteradas postillas de su compinche Carles Flaviá, Rubianes me habló de lo “flojas” que le parecían, en general, las comedias de los Pons, Bellmunt y compañía. Dado el temperamento del personaje, tan sólo era cuestión de tiempo que se viniera arriba. “Vamos, que ni puta gracia. ¿Y de eso quieres hablar? ¡Pero si son una catástrofe, hombre! Lo sabré yo, que salgo en alguna. Aun te diré más: pese a la caspa desarrollista y toda la polla, me parecen más importantes, y por supuesto técnicamente superiores, las películas de Iquino [La zorrita en bikini, Busco tonta para fin de semana, Esas chicas tan pu…] o Lazaga. Los dos catalanes, por cierto”.

Ése (también) fue Rubianes, una gozosa anomalía en la mustia escena local, el indómito monologuista que reinventó la onomatopeya, el sicario disfrazado de cura que liquidó a Vaccarizi (¡bang!), el showman que anudó palabra y gesto en un inmortal aventis, el único catalán, junto con Boadella, que se atrevió a ridiculizar a Pujol y el pujolismo sobre las tablas, uno de los escasos artistas-e-intelectuales del lugar por los que se filtró la Barcelona mestiza, granuja y putañera a la que cantaron Peret, la Platería y el Gato.

Precisamente por su naturaleza extemporánea, los efectos que el achique nacionalista obraron en él fueron más devastadores que en aquellos individuos que, por decirlo magnánimamente, sólo exigieron un levísimo retoque para ingresar en Nosaltres SA. Como es sabido, el epítome de su penosa sumisión a la tribu (fraguada entre Buenafuentes, Solers y Oms) fue aquel exabrupto contra España del que, parafraseando a Perón en su anatomía del ridículo, nunca regresó. En sus penúltimos días, culminada ya la asimilación al mismo pujolismo en que tanto se había ciscado, era ya el guiñol de sí mismo. Y su vida, un resumen perfectamente asimilable al sobresalto sentimental que gobierna el Ayuntamiento. En su afán redecorativo, la alcaldesa ignoraba que la placa que suple a la del facha Cervera no es (sólo) la de Rubianes; es también la del facha Albá, la del facha Llach, la del facha Mainat. Y es que todos somos Rubianes.


Voz Pópuli, 19 de abril de 2018

lunes, 16 de abril de 2018

La posverdad es pecado

Un banco de alimentos es un observatorio de la pobreza. El reparto de comida entre los más necesitados no tendría sentido sin un protocolo que cuantificara la demanda por municipios, distritos, barrios; que constatara, por ejemplo, la existencia de un súbito pico de menesterosos en un área determinada y, en razón de ello, y en cooperación con los servicios sociales de la localidad, evaluara a qué obedece, de qué modo paliarlo o si va acompañado de otras carencias. Se trata de que la beneficencia no sea únicamente un parche más o menos redentor, sino también una oficina de monitorización de la miseria o, por emplear un tecnicismo al uso, del riesgo de exclusión social. Para los (des)amparados, obviamente, esa cuota de burocracia suele ser desagradable. Nombre, estado civil, número de hijos, profesión…  Nadie responde de buena gana a la taxonomía  de su propia desventura.

Esta semana ha trascendido que en la misa del domingo día 8 celebrada en los Capuchinos de Sarriá, comunidad colaboradora del Banco de Alimentos, el oficiante instó a los feligreses que llevaran alimentos a la iglesia, ya que, según alegó, el Banco había dejado de proveerles. Así era, en efecto. Los responsables del Banco de Alimentos llevaban meses reclamando a los frailes que se ciñeran al protocolo por el que se rigen las más de 300 entidades a las que surten. Siempre en vano. Entretanto, la afluencia de desvalidos a dicha iglesia venía registrando un inusitado incremento (Sarriá pertenece al distrito con la renta más alta de Barcelona), lo que, muy probablemente, estuviera relacionado con que el reparto empezaba a parecerse más a la apertura de compuertas de El nombre de la rosa que a las redes de ayuda de un país civilizado. La caridad a granel no exige preguntas, y los auxiliados, insisto, bien que lo agradecen.

El lunes empezó a circular la especie de que el Banco de Alimentos había represaliado a los Capuchinos por la misa que éstos habían oficiado semanas atrás en favor de los presos. El 155 llega a la caridad, se llegó a decir en los forocoches del nacionalismo. No faltó quien, en lugar de a España, señaló a Colau, cuando lo cierto es que el Banco de Alimentos (privado, apolítico, aconfesional) carece de vínculos orgánicos con el Ayuntamiento. Tanto es así que, según me hace saber un empleado del BA, en sus tres años de mandato, la alcaldesa aún no ha puesto un pie en el almacén de la entidad, en la Zona Franca.

Así que ni la sombra del 155 ni la mano de Colau. Detrás de la crisis no había más que incompetencia chapada en soberbia. ¡Formularios a nosotros, que dimos al mundo la palabra ‘capuchinada’! La misma soberbia, en fin, con que el superior de la orden, Enric Castells, al preguntarle una reportera de TV3 si había alguna relación entre la suspensión del envío de alimentos y la homilía por Junqueras y compañía, declamó: “Objetivamente, no podemos afirmar que sea así por falta de pruebas”. La mentira en formol y la verdad en sordina. Todo sea por devoción a la estelada. Objetivamente.



The Objective, 16 de abril de 2018

jueves, 5 de abril de 2018

Germen de Tractoría


Una de las noticias más frecuentes de los telediarios de TV3 de los años 80 y 90 (tanto lo fue que llegó parecer una sección de dicho noticiario), era la que, con impasibilidad atmosférica y soniquete NODOcinematográfico, informaba de las movilizaciones de los payeses catalanes, organizados en torno al sindicato agrario por antonomasia, Unió de Pagesos.

Sus integrantes, pequeños y medianos propietarios, se hallaban en pie de guerra por las cuotas que había traído consigo el ingreso en la Unión Europea, de cuya conveniencia siempre habían recelado y aún hoy recelan. (De fora vingueren que de casa ens tragueren, y a qué contrariar al refranero, al mismo vademécum que preludia la sequía o aplaza las cosechas.)

En nombre de la santa avellana de Constantí, las huestes de Pep Riera, líder histórico de UdP, marchaban en tractoradas kilométricas para bloquear el tráfico, o lo interrumpían disponiendo una montonera de neumáticos a la que, indefectiblemente, prendían fuego, o asaltaban cada tanto el Departamento de Agricultura a fin de dar rienda suelta a su particular tomatina; a tal efecto, solían emplear manzanas, peras o cualquier otra fruta de la que hubiera un excedente a todas luces intolerable.

El cuajo con el que actuaban los payeses era proporcional a la complacencia que les dispensaban los medios de obediencia nacionalista, para quienes no suponía ningún reparo moral ni, por supuesto, deontológico, acreditar las razones del pirómano al pie mismo de la pira. No en vano, el pujolismo había extendido sobre la payesía la clase de indulgencia que se reserva a los vástagos, y que obraba, antes que en razón de lo que éstos hacían, en virtud de lo que eran. O habían decidido ser, según la coletilla que el páter añadió a su peculiar concepción de la catalanidad.

Asimismo, y dada su extensa implantación, UdP contribuía a vertebrar Cataluña en torno a la terra (nombre, por cierto, de su órgano de expresión) o lo que es lo mismo: a desbarcelonizarla, estrategia que tenía su correlato en el desdén con que CiU trataba a los denominados sindicatos de clase, y que contrastaba insólitamente con la pleitesía que sus secretarios generales, Álvarez y Coscubiela, rendían a la inmersión lingüística.

Si la Corporación Metropolitana que alumbrara Maragall fue un preludio de la moderna Tabarnia, los CDR que hoy asaltan los peajes se hallaban larvados en aquella Unió de Pagesos que devino en brazo roturador del independentismo. El fracaso de la gran operación simbólica en que se ha fundado el Procés se cifra en la volatilización de las sonrisas tanto como en el vislumbre de la rudeza. En el fondo, todo ha sido una larga, penosa e inacabada regurgitación.


Voz Pópuli, 5 de abril de 2018

martes, 3 de abril de 2018

Faltan los presos


Entre finales de los noventa y principios de los diez tuve la oportunidad de conocer la cárcel Modelo de Barcelona. Mi primo estaba preso y solía ir a verlo cada quince días, casi siempre en compañía de mi abuela, que también era la suya, y su hermano menor. Por entonces, el tenebroso purgatorio que fue aquella cárcel durante los años setenta y ochenta era ya un lugar sin grandes sobresaltos, donde empezaba a haber más educadores que guardias, el trapicheo al que acostumbraban algunos funcionarios no rebasaba el umbral de lo obsceno y la sobrepoblación (concebida para 700 reclusos, la Modelo llegó a albergar 2.200 entre el 81 y el 90) comenzaba a remitir.

Con todo, el dato que me convenció de que el mítico penal barcelonés había dejado de ser un pudridero fueron las comidas navideñas que los familiares compartíamos con los presos de confianza, y que no desmerecían en absoluto las que se servían en tantísimos hogares de la ciudad: los mismos galets anodinos, el mismo pollo reseco. Asimismo, y como quiera que mi primo era uno de los grandes animadores de la compañía teatral, mi abuela y yo cumplíamos con el trámite de acudir a los estrenos y aún alguna reposición: recuerdo, por ejemplo, un Cómeme el coco, negro del verano de 2003 en el que por un instante perdí de vista que los actores eran presidiarios. Toda una gesta, teniendo en cuenta que el de la Modelo era el único teatro en Cataluña donde no salían niños de TV3, verdadera carta de verosimilitud de la escena, digamos, profesional: ¡un teatro libre en intramuros, vive Dios! Por lo demás, el hecho de que entre los internos hubiera más de un conocido con delitos leves hablaba de una sociedad tanto más frívola cuanto menos convulsa.

No hace mucho regresé a la Modelo, cuyo interior (en realidad, sólo una parte) está abierto al público los viernes y los sábados. Mientras deambulaba por la quinta galería y curioseaba en las paredes de las celdas en busca de alguna pintada tremebunda (sin éxito; las que había no eran sino trazos informes, algún que otro dibujo de hechuras infantiles y las inevitables pollas); en ello andaba, digo, cuando una empleada municipal se dirigió a mí para someterme a una encuesta relacionada con los probables usos de la prisión. Según me comentó después, todo apunta a que la Modelo será un centro cívico.

Un centro cívico, sí. Podría ser una cárcel-museo a la manera de Alcatraz, una suerte de memorial urbano que diera cuenta del proyecto inicial, inspirado en ese Gran Hermano avant la lettre que fue el panóptico de Bentham, y que siguiera con la fuga de los 45 através de la panadería, o aquel preso al que le mandaron barrer el patio y sin apenas levantar la vista, barre que te barre, cruzó la garita como una sombra maquinal y se vio sorteando el tráfico de la calle Entenza; del motín que encabezó el Vaquilla el 13 de abril del 84 para exigir mejores condiciones de vida, lo que las autoridades cifraron en 2,5 gramos de heroína; del francotirador que, apostado en un sobreático de Nicaragua con Provenza, le voló la cabeza al gánster francés Raymond Vaccarizi mientras éste, asomado a la reja, hablaba con su novia, conchabada con el asesino; un crimen, el de Vaccarizi, cuyos apéndices museográficos bien podrían ser la película Barcelona Connection, donde aparece escenificado, o la sobrecogedora recreación teatral del primer Rubianes, de la que debe de haber algún vídeo.

También podría ser una aseada prisión de proximidad, por decirlo a la manera en que hoy se tiende a aquilatar lo genuino. Pienso en mi abuela, que sólo pudo visitar a su nieto mientras estuvo ingresado en la Modelo. Para ir a Quatre Camins, adonde lo trasladaron después, ya no le llegaron las fuerzas. Y todavía hay quien considera progresista que las cárceles estén a tomar viento.

Pero no. Ni será una cárcel-museo (una galería de vencidos) ni será una cárcel modélica stricto sensu (lo que prueba, por cierto, hasta qué punto Ada Colau no concibe otra gestión de la memoria que la performance guerracivilista). Será, al parecer, un centro cívico. Un centro cívico donde se enseñará macramé, cocina vegana y cuentos del baobab. Y que se sumará al medio centenar que ya tiene Barcelona, una ciudad que empieza a exigir que la poética consigna del 68, imaginación al poder, se haga prosa electoral.



The Objective, 3 de abril de 2018

jueves, 29 de marzo de 2018

Contra la melancolía

No son presos políticos, pero la tácita conformidad con la etiqueta de “comunes” requiere un cierto disimulo o acaso un plus de cinismo. Tanto o más que el que late en el mantra de que la democracia española permite profesar el independentismo siempre que éste se atenga a la ley. Esto es, siempre que se trate de un simulacro silábico, un independentismo recreativo que, como tal, renuncie a su única aspiración verosímil: instigar una revuelta popular para que prenda el esqueje de un nuevo Estado. Lo que sucede en Cataluña no es sino la estación término a que conduce, de forma inexorable, cualquier nacionalismo que se precie, por más que su apariencia hasta la fecha, fiada al chantaje institucional, haya sido la de un movimiento no ya inofensivo, sino incluso audaz y constructivo; la escuela política, en fin, en la que debían mirarse los gobernantes españoles para burlar su naturaleza cerril. 

Bien, ha llegado el momento de poner las cartas boca arriba. De declararlos ilegales, en suma. Pero no únicamente a la CUP o a Arran, para quienes el remoquete de forajidos sería una suerte de halago, un (tardío) reconocimiento a su empeño. Ningún partido que tenga entre sus objetivos la independencia puede tener cabida en la vida política española; ninguno, bien entendido que la consecución de dicho objetivo pasa por la destrucción del orden democrático, es decir, por la extranjerización de los ciudadanos no catalanes, con la consiguiente quiebra del principio de igualdad, la extinción de la separación de poderes, la suspensión de los tratados comunitarios y, en última instancia, la instauración de un régimen fundado en el supremacismo.

Quien sea propenso al vértigo no tiene más que considerar el artículo 21 de la Constitución de Alemania: “Los partidos que por sus fines o por el comportamiento de sus adherentes tiendan a desvirtuar o eliminar el régimen fundamental de libertad y democracia, o a poner en peligro la existencia de la República Federal de Alemania, son inconstitucionales”.

Atendamos a lo nuclear y dejemos de enredarnos en discusiones sobre si es o no legítimo judicializar la política, pues, como dejó escrito Fernando Savater en una de sus luminosas analogías, que un independentista manifieste ese reparo es como si un condenado por violación esgrimiera en su defensa la indelicadeza que supone para con su libertad judicializar el sexo. En cualquier caso, las leyes (empezando por la del divorcio, por la que siempre recordaremos a Paco Ordóñez, y siguiendo con la del matrimonio homosexual o la de derogación del Código de Justicia Militar) no son indisociables del sistema político que nos dimos tras la dictadura. O en otras palabras: lo que se presenta como una intolerable intromisión de la judicatura en la libertad de expresión es en verdad una pared maestra del Estado de derecho.

Dejemos de engañarles. Pero sobre todo, dejemos de engañarnos.


Voz Pópuli, 29 de marzo de 2018