martes, 4 de septiembre de 2018

Pinker en el autobús

Las dos mujeres que se sientan enfrente deben de andar sobre los cuarenta y largos, tal vez cincuenta y pocos; empieza a ser complicado cifrar según qué edades, más cuando el ingreso en la madurez (y aun en la vejez) no conlleva renuncias. Ni al yoga ni al sexo ni a la indignación. Además de la esperanza de vida está ese insólito alargamiento de la plenitud. El Gardel que cantaba “las nieves de tiempo platearon mi sien”, conviene recordarlo, apenas había rebasado los cuarenta.

Dos mujeres enfrente. Una de ellas (la que está junto a la ventana, en diagonal respecto a mí) se queja cansinamente (un levísimo chasquido) del aire acondicionado; es probable, me digo, que sea esa gelidez de Corte Inglés la que hace el silencio entre los pasajeros. La otra se le apoya en el hombro, en un intento de serenarla que más parece un pretexto para la ternura y, con el índice de la mano derecha, le acaricia el dorso de la izquierda. Viene un beso. Y otro.

Trato de reprimir la indiscreción enterrando la cabeza en El orden del día, que me dejará atrapado un tiempo en el Hollywood Custom Palace, vistiendo nazis de cine desde 1940. Al levantar la vista, y como quiera que siguen los arrumacos, intento aparentar que la escena no me escandaliza sino-todo-lo-contrario. Ah, pero la búsqueda de ese contrario se revela infructuosa. Porque lo contrario sería aplaudir. Y no, acabáramos. Aunque bien pensado, ¿por qué no? Aplaudir al pasaje entero, a todos nosotros; al vehículo y su refrigeración escandinava; al hecho de que sean las cuatro de la tarde y nos dirijamos mayoritariamente a la mejor playa urbana de Europa y quién sabe si del mundo; a que nadie escupa ni fume; a que una plataforma móvil se haya desplegado para recoger a un minusválido (que ha ocupado de inmediato un acomodo preferente); a que una voz de galán anuncie las paradas. A que conduzca una mujer. Entiéndanme, yo aún recuerdo la mañana en que mi abuela, con una mezcla de asombro y piedad, me dijo: “Hoy bajaban dos negros por la calle Regomir”. Y con eso echábamos el día.

The Objective, 4 de septiembre de 2018

viernes, 31 de agosto de 2018

Particulares

Que hayan sido dos tuiteros, @troqueliano y @_Nikator_, quienes han destapado el intento de Puigdemont y sus asesores de falsear las palabras del juez Llarena, refiere, una vez más, el crónico desistimiento del Estado respecto a las asechanzas del independentismo. En este caso, además, se da el agravante de que desde el 5 de junio, fecha en la que se presentó la demanda, se sabía que ésta se fundamentaba en unas declaraciones que el magistrado había efectuado en Oviedo el 22 de febrero. Tan sólo había que aguardar a que se divulgara la traducción de esas declaraciones (no más de 100 palabras) para detectar el “et oui c’est ce qui s’est produit”. Vamos, que no había que ser precisamente un cerdo trufero.

Troquel y Nikator no son los únicos espontáneos que han suplido el absentismo de la Administración. El informático granadino Pablo Haro, militante de C’s, recopiló en mayo 440 artículos del presidente de la Generalitat, Joaquim Torra, y los difundió en internet a través de Google Drive. Su ingente labor dio a conocer el sustrato xenófobo de la ideología del sustituto de Puigdemont y, de paso, evitó que el blanqueamiento de su figura, al que el Govern ya se había aplicado en las redes sociales, alcanzara a las hemerotecas. Asimismo, y a raíz de que los Mossos d’Esquadra (cumpliendo órdenes expresas de Torra) empezaran a identificar a los ciudadanos que retiran lazos amarillos de calles y plazas, otro particular, el abogado barcelonés José Domingo, presidente de Impulso Ciudadano, interpuso la denuncia que resultó en la apertura de diligencias contra dicho cuerpo policial.

Esas brigadas de descontaminación, por cierto, también deben su existencia a la que, sin duda, es la más flagrante de las desatenciones en que incurre el Gobierno central para con los derechos de los catalanes. No en vano, son el Ejecutivo y el Ministerio Público quienes habrían de impedir, con radical determinación, la apropiación simbólica del espacio público por parte del nacionalismo. En lugar de ello, dan en situar en pie de igualdad a independentistas y constitucionalistas, refocilándose una vez más en la grácil, proverbial e higiénica equidistancia, responsable última del atolladero en el que nos encontramos.

 Voz Pópuli,  31 de agosto de 2018

miércoles, 29 de agosto de 2018

Los nuevos antisistema

De vuelta a la casa, después de que los Mossos nos hubieran mandado parar y hubieran tomado nota de nuestros DNI (sí, yo también suis un bicho, y no en sentido retórico), el regocijo inicial (pura nerviosidad adolescente, las palabras pasma, papela y spray batiendo la noche) dio paso a una cierta inquietud. Después de todo, seguíamos en el pueblo, y no cabía descartar que la policía difundiera entre la canalla las señas del lugar donde nos alojábamos. El temor se haría sólido al día siguiente, cuando el alcalde de la localidad arrojó a Twitter un nombre como quien arroja un venado. Caza mayor. L. sometió a la consideración del grupo la posibilidad de anular la reserva en Mas d'en Curto, segunda estación de nuestro tour gastronómico por la comarca. No le faltaban razones. "Es un sitio algo apartado y nos podrían estar esperando, o propagarse la voz durante la cena; bastaría con que un camarero nos delatara." Me vi corrido a boinazos (¡a barretinazos!) en mitad del campo por una turba amarilla, y ni siquiera me hizo falta recurrir a la fantasía. Tenía frescas las imágenes del escrache, realísimo, al juez Llarena en Palafrugell, urdido en apenas 10 minutos de 'pásalos'. Qué no podrían hacer con 10 horas por delante. Mas un vozarrón entusiasta zanjó la deliberación: "¡Ni soñéis con cancelar esa cena!". El arroz de Rosa acabó conjurando el desasosiego, mas no por entero. A esa hora, ya nos habíamos enterado de que una mujer había sido agredida en el Parque de la Ciudadela.

Hoy nos reunimos allí, junto a la entrada donde Lidia recibió los golpes, en una concentración de repulsa a la que asistieron otras mil personas, pueblo en su más bronca acepción. Como es habitual en este tipo de actos, la llegada de Albert Rivera y de Inés Arrimadas fue saludada con gritos de ¡presidente! y ¡presidenta! Horas antes, en Alella, ambos habían predicado con el ejemplo, convirtiéndose en los primeros políticos que descontaminaban el espacio público. Veo a Félix Ovejero, Pepe Domingo, Carlos Feliu y demás sospechosos habituales. Juan Carlos Girauta, conocedor de nuestra peripecia en L'Ametlla, nos saluda cariñosamente. En ese mismo instante, la multitud clama "Si nos tocan a uno, nos tocan a todos". Una consigna típicamente feminista, travestida para la ocasión. No en vano, entre algunos manifestantes parece arraigar la convicción de que hoy en día no hay nada más antisistema que la defensa del sistema. El resto es ventriloquía para dummies. De ello da fe una pancarta artesanal que le recuerda a Colau algo vagamente similar.

Al abandonar el lugar, me detengo frente a una locutora de TV3 on the air que le cuenta a los televidentes las muchas dificultades con que han tenido que lidiar debido a la hostilidad de los concentrados, que han proferido insultos contra la cadena. Le habla, exactamente, a lo que ella considera la mitad de la población.

Apenas a doscientos metros de ese acceso, se alza la Glorieta de la Transexual Sonia, así llamada en memoria de Sonia Rescalvo, asesinada a golpes por seis skins nazis el 6 de octubre de 1991. Por estos aledaños, el viento de fronda trae, inexorablemente, su recuerdo.

El Mundo, 29 de agosto de 2018

viernes, 17 de agosto de 2018

Ni miedo ni vergüenza

En septiembre del año pasado, el comisionado de Programas de Memoria del Ayuntamiento, Ricard Vinyes, descartó la instalación de un monumento a las víctimas del atentado yihadista de Barcelona y Cambrils por “no dar supremacía a unos hechos o a unas víctimas sobre las muchas que ha vivido [sic] La Rambla a lo largo de su historia”. Anunció, eso sí, que había hablado con sus homólogos del Ayuntamiento de París y que lo más probable es que Barcelona adoptara el modelo parisino: placas con el nombre de las víctimas en el lugar donde se produjo el atentado, acotado en Las Ramblas al Pavimento Miró. Al igual que el subtexto de ‘Barcelona, ciudad de paz’ es ‘Madrid, ciudad de la guerra’, el de las declaraciones del memorable era ‘Y no como en Atocha’. Un año después del atentado, no hay en el lugar recordatorio alguno ni parece que vaya a haberlo. La presidenta del grupo municipal de C’s en el Consistorio, Carina Mejías, lo ha solicitado varias veces y siempre ha recibido la misma respuesta: “Una actuación así debe ser fruto del consenso, y no lo hay”. Insólito, máxime teniendo en cuenta la propensión del Gobierno municipal a manosear el callejero (de Puig Antich a Rubianes), y a proyectar su ideología sobre la simbología y señalética barcelonesas, del lazo amarillo de la Casa de la Ciudad al Open Arms de Colón. Y no sólo sin consenso, sino con la voluntad de reventarlo sin remedio.

Quienes sí tendrán una señal conmemorativa son Pau Pérez, el hombre de 34 años de Vilafranca del Penedés apuñalado mortalmente por Younes Abouyaaquob en su huida, y Ana María Suárez, la zaragozana de 67 años que murió atropellada en Cambrils. En memoria de Pau, el Ayuntamiento de Vilafranca inaugura hoy un monolito de mármol. En memoria de María, el Ayuntamiento de Cambrils descubrirá mañana una placa frente al club Náutico. No creo que haya constancia en el mundo civilizado de que una misma secuencia de atentados, perpetrados, además, por los mismos individuos, acabe instaurando dos categorías de víctimas, pero en esta Cataluña y esta Barcelona todo es ya posible. Se trata, en cualquier caso, de un epílogo coherente con la miseria moral que ha envuelto la gestión política del atentado por parte de las autoridades locales y regionales. Y tan sólo cabe confiar en que, a no mucho tardar, el caso se estudie en las universidades. Pero a diferencia de la ejemplar Transición, tan detestada por Colau, Puigdemont y sus respectivas huestes, como antimodelo. Una actuación así, en que todo, absolutamente todo, se hace mal, sólo ha de procurar enseñanzas.

The Objective, 17 de agosto de 2018

sábado, 11 de agosto de 2018

Noticia del One

Fundación FG - Pablo Juliá
“Vivimos en un país curioso. Sobran los predicadores, los que se suben al púlpito dispuestos a pontificar, incapaces de asumir la irresponsabilidad de la prédica. Pocos quienes [sic] dan trigo, abarcan a dos manos la sociedad e intentan ir modificándola para conseguir una sociedad más justa”. Corre el mes de enero de 1989 y Felipe González no escatima reproches a los sindicatos en sus notas personales, que la fundación que lleva su nombre hizo públicas en julio*. El Gobieno aún no se había repuesto de la segunda huelga general (14 de diciembre de 1988), tercera de la democracia, de las cuatro que aquéllos le acabarían montando. A diferencia del paro del 20 de junio de 1985, convocado por CCOO contra la ley de reforma de las pensiones (finalmente aprobada), el del 14-D tuvo como detonante el Plan de Empleo Juvenil, punta de lanza de una reforma laboral que, al decir de la izquierda de la izquierda, no pretendía sino institucionalizar la mano de obra barata. Ante las acusaciones de venderse al capital, Felipe alega que no hay medida más progresista que la que propicia la creación de empleo.

Pero hay más. El 14-D supone el fin del modelo de concertación que ha regido desde la Transición, y, de algún modo, también lleva larvada la impugnación de la Transición misma. El despecho de Felipe responde a que nunca se ha sabido tan solo al frente de lo que él considera una cruzada modernizadora. Con la Alianza Popular de Hernández Mancha alentando la protesta (“El desprecio sistemático al Parlamento como foro de debate por parte del Gobierno cierra un amplio círculo de causas para la huelga”), El País torciendo el gesto (“Lo cierto es que el rechazo y la frustración ante la manera de gobernar de los socialistas han unificado el paro de ayer hasta extremos no conocidos en las últimas décadas”) y Julio Anguita descubriendo el filón de la demagogia profesoral, el Gobierno apenas encuentra consuelo en la CEOE, amor de pago. Asimismo, un archipiélago, y nunca mejor dicho, de partidos de ultraizquierda se ha adueñado de las calles al calor de las movilizaciones, poniendo a España al borde del estallido social.

Pero hay más, mucho más. Quien lidera el plante no es ningún coco de larga data, sino el ugetista Nicolás Redondo, hasta un año antes diputado del PSOE. El líder histórico del sindicato hermano, el socialista procesado durante el franquismo al que le viene como un guante el eslogan ‘cien años de honradez’, ha puesto a los obreros (también a funcionarios, empleados y profesionales liberales) en pie de guerra. Y a Felipe se lo llevan los demonios. Que un hombre como Redondo, al que no se le conoce una sola propuesta operativa (ya no digamos audaz), se lleve las vitolas de la integridad, la dignidad, la coherencia… y a él, que se está jugando el tipo y aun las siglas por sacar a España del atraso, se le tenga por un traidor… País curioso, ciertamente, donde curioso es el eufemismo más ajustado de despreciable que se permite el presidente, que gobernó, de hecho, a base de promulgar eufemismos.

Mas la irresponsabilidad de Redondo, se dice González, no es noticia. Cuando menos, no para él. “Recuerdo un mitin en Barcelona (¿Montjuic?) con Nicolás Redondo, poco después de la firma de los Pactos de la Moncloa. Nicolás Redondo fue aclamado por su rechazo a los Pactos. Cuando intervine yo, inmediatamente después, tuve que esperar algunos minutos a que amainara la bronca, pancartas incluidas. Nicolás estaba satisfecho y no se le ocurrió siquiera echar una mano para calmar los ánimos. No sé por qué me viene a la memoria con tanta nitidez. Comencé, después de guardar silencio en la tribuna durante varios minutos, pidiendo a los de las pancartas que las hicieran descender, porque ya habían conseguido su propósito de que las vieran en toda España por TVE, que se dispusieran a oír lo que tenía que decirles. […] Me costó media hora darle la vuelta a la situación, ya con la ventaja de ser el último en intervenir. Todavía entonces –finales del 77- Nicolás se veía comentando que había ganado la partida”.

El desconcierto del PSOE se pone de manifiesto en su Comité Federal, donde se constata la fractura de “la relación partido-UGT”. Entre quienes cierran filas con el presidente, hay quien propone ir “A por los sindicatos”. Felipe toma nota de todas las intervenciones y, cuando le llega el turno, improvisa una síntesis tan equívoca como brillante: “A por los sindicatos, no. Lo contrario, tampoco”. La fórmula alumbra, por estricta analogía, otros dos lemas: “Poder sí, responsabilidad no. (Actitud de los sindicatos.) Poder sí, responsabilidad también [actitud del Gobierno]”.

El Gobierno retiró el Plan de Empleo Juvenil.

*La Fundación Felipe González abrió el pasado 12 de julio los archivos personales del ex presidente, 90 documentos que comprenden centenares de páginas de cuaderno cuadriculado, organizados por materias, lugares, años y personajes e instituciones aludidas. También en este punto Felipe ha sido un precursor.

The Objective,  11 de agosto de 2018

viernes, 3 de agosto de 2018

Exhumación


No he tenido en cuenta los artículos en que Franco tiene un papel secundario, ni las cartas al director, ni las necrológicas de personajes vinculados al régimen (sí las de familiares), ni las informaciones sobre marchas antifascistas con el 20-N como pretexto, ni las entrevistas en que el entrevistado evoca de pasada a Franco o el franquismo. La mayoría de esas piezas (también) son indicativas del influjo del dictador, pero ante la posibilidad de que deformaran las cifras por abultamiento, me he inclinado por descartarlas.

Dado que el cómputo no pretende ser exhaustivo, me he basado únicamente en El País. La elección obedece, además de a su carácter referencial, a la fecha en que apareció: el 4 de mayo de 1976, tan sólo seis meses después de la muerte de Franco. Ningún otro diario revela con idéntica limpieza epistemológica el mayor o menor protagonismo del personaje en la agenda política de la democracia. O por decirlo de otro modo: el énfasis con que Franco, 'subject', se ha ido entreverando en la vida pública de un país libre, a menudo hasta monopolizarla. Bien es verdad que El País no sólo ha sido el reflejo de un estado de las cosas, sino también su principal artífice, pero no es menos cierto que no siempre ha actuado como tal, y es precisamente esa oscilación lo que permite fijar algo parecido a una pauta.

Los datos que presento habrán de dar lugar a un análisis que vaya más allá de lo que salta a la vista. Con todo, no he resistido la tentación de interpretar, o acaso contextualizar, las subidas y bajadas de la gráfica. Así, la caudalosa afluencia de noticias de mediados y finales de los setenta se enmarca en los últimos coletazos de la dictadura y tiene como primeros actores a sus fieros nostálgicos: misas por Franco en el Valle de los Caídos, manifestaciones en la plaza de Oriente, “gritos contra Suárez”… (Ningún otro presidente, por cierto, sufrirá como sufrió Suárez los embates del franquismo residual.) A partir de los ochenta se produce una brusca caída que no se detiene hasta 2004, con la llegada al poder de José Luis Rodríguez Zapatero. Ese año se baten todos los registros habidos hasta entonces, con 55 artículos. Por lo demás, 1989, con sólo 2 artículos (“Un millar de personas conmemoraron el aniversario de la muerte de Franco” y “Pilar Franco Bahamonde muere en Madrid a los 94 años”), constituye el grado cero de lo que, por emplear el lenguaje de los oncólogos, no deja de ser una sobreexpresión. (De no haber sido por la inflación generada por el centenario de Franco, con su hemorragia de biografías, documentales y simposios, ese grado cero habría llegado, con toda probabilidad, en 1992 y aledaños; en cualquier caso, no fue aquel un revival político, sino historiográfico).

Entre 2004 y 2011, como decía, la ley de memoria histórica se plasma en forma de súbita crecida: de la decena larga sobre la que pivotan los ochenta, los noventa y los primeros 2000, se pasa a la serie 55-34-53-53-32-19-45. En el ecuador de ese retroactivismo (que parece moderarse levemente durante el bienio más asolador de la crisis), despunta una noticia: “Sólo 70 personas en el Valle de los Caídos”. La cifra se dispara hasta 99 artículos en 2015, año I de los ayuntamientos del cambio, IV de la hipermovilización procesista e inicio de un trienio que tiene como suelo las 50 noticias de 2016. En 2018, sólo hasta el 22 de julio llevamos 77, por lo que, con toda seguridad, se rebasarán, con mucho, las 99 de 2015. Nunca un caído habrá estado tan ¡presente!

Cualquier inmersión en la hemeroteca tiene algo de chapoteo melancólico. En 1977, El País titulaba así la noticia sobre la manifestación del 20-N: "Unos 150.000 franquistas, contra la democracia en el 20-N". Ni 'histórica exhibición de fuerza' ni 'otro 20-N multitudinario' ni 'nueva demostración de fuerza'. 150.000 nacionalistas contra la democracia. Y en 1978: "Millares de personas uniformadas de azul 'tomaron' Madrid después del acto en la plaza de Oriente". Ni 'la marea azul inunda las calles de Madrid' ni 'miles de personas celebran...'. Uniformados 'tomaron' la ciudad.

Voz Pópuli, 3 de agosto de 2018

viernes, 27 de julio de 2018

Ni César ni nada

Así como la derrota en unas elecciones no impide integrar el Gobierno que forme el vencedor, perder un congreso supone, si no el destierro, sí la marginación. En ello influye el encono con que suelen librarse esta clase de lizas, cristalizado en la célebre gradación de Adenauer, a la que Andreotti dio una vuelta de tuerca: “Hay amigos, conocidos, adversarios, enemigos y compañeros de partido”. Por obvias razones darwinistas no hay estructura de poder que despierte mayor hostilidad entre sus miembros. Y aún más insalvable que el encarnizamiento, que la radicalidad de la contienda (acrecentada por el prurito de disimulo a que obliga enfrentarse a un compañero), es la incompatibilidad de los proyectos. Ni el PSOE de Rosa Díez era conciliable con el PSOE de Zapatero ni el Podemos de Iglesias podría acomodar, sin menoscabo de su ideario, al Podemos de ErrejónSantamaría no es ajena a tales inercias, por lo que su intento de negociar la pax a cambio de un 43% de los puestos en la Ejecutiva de Casado sólo refiere su incapacidad para asumir la derrota.

Los manejos que se le atribuyen (una leyenda que ella misma ha cultivado a base de omisiones, en la convicción de que tendemos a asociar la perversidad con la inteligencia, y en la que también ha tenido algo que ver el gusto de cierta prensa por la literatura de intriga), topan en el caso del máster con una evidencia: el periódico que más a fondo se ha empleado contra su rival no ha sido El País, sino El Mundo. Antes que la ponzoñosa regurgitación sobre su paso por la Rey Juan Carlos que viene publicando el primero (y que demuestra que tampoco Soledad Gallego-Díaz sabe perder), lo que hizo peligrar la candidatura de Casado fue la información del presunto aprobado ¡político! de 12 asignaturas de Derecho en 2007, que firmaron Quico Alsedo y Pedro Herráiz en 'EM', y que supuso el arranque de un formidable despliegue que incluyó otras cinco piezas. La Complutense, universidad a la que estaba adscrito el centro donde cursaba la carrera el joven diputado palentino, abrió una investigación al respecto y, según se supo el pasado día 23, no ha hallado ninguna irregularidad. Como es norma en el gremio, y en ese aspecto no hay distingos, a esta hora del jueves, día en que escribo, 'EM' aún no ha dado cuenta del desenlace.

Voz Pópuli, 27 de julio de 2018

martes, 24 de julio de 2018

Sacerdotisas, al fin

En su peripecia igualitaria, la mujer ha conquistado una cima impensable o acaso inadvertida: la retransmisión televisiva de partidos de fútbol. En el pasado Mundial, la locutora brasileña Isabelly Morais narró para Fox Sports el debut de la ‘penta’ contra Suiza, y sólo cinco días después, la británica Vicki Sparks, tertuliana habitual de Final Score, el programa decano de los ‘estudio-estadio’ europeos, puso voz al Portugal-Marruecos. En España, la periodista que está llamada a hollar ese ocho mil es Natàlia Arroyo, comentarista de Bein Sports (así ensalzaba sus análisis el técnico del Betis, Quique Setién), cronista del diario Ara (se ocupó durante un tiempo del RCDE y como quiera que sus piezas eran las que despertaban mayor interés, le asignaron el Barça; hasta los cronistas nos roban) y seleccionadora catalana.

Cualquier deporte que lleve adosado el adjetivo ‘femenino’ implica un consenso sobre las limitaciones. El sexo es un hándicap tan natural como la edad, de ahí que las hazañas de las mujeres y los alevines se celebren con un deje inexorable de arrogancia. Mal que nos pese, de las chicas no se dice que son marcianas, sino que son messis, ¡ronaldinhas! Pero una locutora no sólo puede medirse con Víctor Hugo Morales, Matías Prats o Héctor del Mar, sino que está obligada a ello. Como es fama, todas esas leyendas empezaron de críos, recitando alineaciones frente al palo de una escoba o, en demediado delirio (¡bien lo sé!), cantando sus propias jugadas de forma simultánea (y en tercera persona, como Hugo Sánchez). En casi todos los cursos de mi colegio había una chica que prefería el fútbol a la comba, pero nunca conocí a ninguna que ‘jugara’ al carrusel deportivo. Ignoro si Sparks o Morais cumplieron de crías con ese rito iniciático. Sea como sea, tan asombroso como una mujer oficiando es un hombre dejándose oficiar. Por eso el progreso es general.

The Objective, 24 de julio de 2018

viernes, 20 de julio de 2018

Barcelona, puerto franco


Me alertó la menor de mis hijas mientras rodeábamos la estatua en autobús. “En el dedo de Colón han puesto algo.” Como quiera que no acertábamos a identificar el objeto, tecleé en el iPhone ‘Barcelona’ + ‘Colón’ + ‘Activistas’. Y ahí estaba: “Dos escaladores, activistas de la organización Proactiva Open Arms, han colocado este miércoles un chaleco salvavidas gigante en la estatua de Cristóbal Colón en Barcelona, coincidiendo con la llegada al puerto del barco Open Arms con 60 migrantes a bordo”. (Migrantes, sí, como las golondrinas en invierno.) No era la primera vez que miembros de un movimiento social, ONG o similar se encaramaban al monumento para quebrar el skyline de la ciudad con un reclamo reivindicativo. En 1991, dos insumisos al servicio militar obligatorio se encerraron en la cúpula tras inutilizar el ascensor y desplegaron una pancarta, no recuerdo si alusiva a la mili, los objetores presos o la guerra del Golfo, por ahí andaría. Lo que distingue aquella acción de la del pasado 4 de julio es que la segunda fue el colofón a una campaña puesta en marcha por el Ayuntamiento de Barcelona, primer agitador de la ciudad. Ese mismo día, del balcón de su sede, en la plaza de San Jaime, colgaba, además del preceptivo lazo amarillo, una pancarta de bienvenida al barco Open Arms con la inscripción ‘Barcelona, puerto seguro’. 

Desde que Ada Colau ejerce de alcaldesa, buena parte de las causas que defiende Barcelona en Comú han tenido eco en la fachada del edificio, relegando a lo exiguo el escudo que proyectara Molina i Casamajó, único emblema que debería distinguir a la Casa de la Ciudad. Así, además del lazo amarillo y el ‘safe passage’ (con la aberración que supone situar en idéntico plano a quienes huyen de la guerra y de la miseria y a quienes, como gobernantes de una próspera región de Occidente, se dieron al capricho de violentar la ley y azuzar a una mitad de la población contra la otra); aparte de tan antitéticas proclamas, en fin, hemos visto pancartas con los lemas ‘Llibertat presos polítics’, ‘Més democràcia’ (un modo como otro de insinuar que en España no la hay), el recurrente ‘Welcome Refugees’, una declaración de huelga por el 8-M, el arcoíris LGTBI y un estupefaciente ‘The planet first’, para que los turistas sepan cómo se las gasta la alcaldesa con Trump. 

El consistorio es hoy un top manta ideológico, en cabal reflejo del top manta textil que se extiende por el casco antiguo a rebufo de la retórica de integración, sindicación, cooperativismo… En la certeza de que no hay mejor solución para un problema que declararlo irresoluble, Colau y su equipo no plantean otra medida que la invocación de las causas. Así, la proliferación de manteros, lejos de interpelar al Gobierno municipal, constituye una expresión del desequilibrio estructural entre el Norte y el Sur, un asunto, en fin, sobre el que poco o nada podemos hacer, salvo sensibilizar a la población. E idéntico tratamiento merecen el vandalismo ultraizquierdista o las algaradas nacionalistas.  ¿Que la muchachada de Arran asalta un autobús turístico, como sucedió no hace mucho? Se trata de “una iniciativa simbólica, una de las tantas que se producen en la ciudad” [el vandalismo como iniciativa que se produce], y que hace necesario impulsar un debate sobre la gentrificación. ¿Que los CDR okupan la antigua cárcel Modelo? Lo que en verdad merece nuestra repulsa es que el Estado español pisotee los derechos y las libertades de los dirigentes independentistas. Entre los efectos más lesivos del trienio populista en Barcelona se halla la supeditación de cualquier posibilidad de progreso a un magma de razones inconsútiles que van de Chomsky a Montalbán, concejales áulicos. Si Manuel Valls aspira finalmente a la alcaldía, el primer punto de su programa ni siquiera ha de ser el restablecimiento del orden. Habrá que ir más allá: habrá que restablecer la política.

Voz Pópuli, 20 de julio de 2018

viernes, 13 de julio de 2018

Verdad o acción

Raras veces me han dicho “no”, así, a bocajarro, pero lo que me inquieta de verdad es que tampoco recuerdo que me hayan dicho “sí”, por lo que a no mucho tardar (¡o eso espero!) habré de responder de mi conducta ante un juez. Hablo, por supuesto, de mi experiencia como adulto; de crío, el sí y el no, de viva voz o manuscritos en una de esas notitas que iban circulando de pupitre en pupitre, fueron el código binario de mis desasosiegos. De ese sin aristas parecen sacados los usos amorosos que impone el nuevo mujerismo, y a los que el Gobierno pretende otorgar rango de ley. En adelante, todo lo que la seducción tiene de sofisticado, de civilizatorio, ¡de humano! habrá de pasar por el cedazo del metoo. La conversación ingeniosa, las ocurrencias chistosas, aquel pestañeo suyo; el lenguaje, en suma, ese milagro que nos exime de la humillación de preguntar sí o no, será un crédito potestativo, pues en última instancia, y antes de rozarse siquiera, habrá que sellar una póliza.

Y qué hay de los arrebatos, esos lances en los que no media palabra ni consentimiento alguno, por vago o impreciso que sea, y en los que se entremezclan la brusquedad, el desespero e incluso el desdén. Qué hacemos con la mantequilla de El último tango y la harina de El cartero siempre llama dos veces, qué con Eyes Wide Shut o Herida. ¿Y el alcohol, presente en la inmensa mayoría de las relaciones entre desconocidos? ¿Qué ha previsto el progresismo (¡el progresismo!) para sancionar esa evidencia? Desde que a propósito de los 5 de Pamplona, tantísimas (y tantísimos) comentaristas concluyeron que hacer una mamada con los ojos cerrados revela coacción, cabe esperarlo todo. Y no lo digo retóricamente: Podemos registró ayer una proposición no de ley que incluye una multa de tres a nueve meses o de 31 a 50 días de trabajos comunitarios para quien se dirija “a una persona en vía pública con proposiciones, comportamientos o presiones de carácter sexual o sexista que, sin llegar a constituir trato degradante ni atentado contra la libertad sexual, creen para la víctima una situación intimidatoria”. Aluden, en efecto, a las zalamerías de toda la vida, a las que tan propenso soy. Ya no digamos mi amigo Juan Abreu, del que las charcuteras del mercado celebran sus preciosidad, belleza, mami linda y qué te has hecho en el pelo hoy, esa querencia suya al piropeo frente a la que la izquierda no ofrece más que cilicio.

Voz Pópuli, 13 de julio de 2018

sábado, 7 de julio de 2018

Dios es cuadrado

Bajo el pretexto de la sofisticación tecnológica y el prurito civilizador, el fútbol moderno ha ido renovando las cláusulas del contrato con el público. Si en mi niñez, en mitad de una retransmisión, el locutor de turno (del que sólo se esperaba que murmurara el nombre del futbolista que tocaba la pelota; sólo José Félix Pons se permitía algún aderezo) hubiera anunciado: “No se pierdan, después del partido, la nueva entrega de Lo que se avecina, la serie más disparatada de la ficción televisiva”, habría abjurado del mundo. Hoy, en cambio, finjo no haber oído nada, y de esa suspensión de la incredulidad saco el aplomo para seguir, mal que bien, a pie de obra.

El emplazamiento de las cámaras no ayuda. Como nos hizo ver Patricia Jacas a su marido y a mí en la final de la Champions contra la Juventus, la omnisciencia de la realización, y en especial esa steady que cuelga del cielo, están más cerca del FIFA Nintendo que de aquellos picados unicejos que tantos goles dejaron fuera de plano, en el limbo perfecto de la fantasía. Y qué es hoy el estallido de la celebración sino una pura retención de humores en espera del dictamen del VAR; gozos en diferido y desconsuelos tántricos, sí, también a ello nos iremos acostumbrando en memoria del niño que somos. A lo que no logro hacerme, pues el colapso es casi multiorgánico, es a que los jugadores, cuya única gesticulación homologada de Platko a Benzema ha consistido en casar las mitades de una esfera abollada, se den a la mímica del cuadrado. Por esa insólita ventana se está yendo mi fe.

The Objective, 7 de julio de 2018

viernes, 6 de julio de 2018

Un porcentaje familiar

Las negociaciones sobre la composición del Consejo de RTVE han supuesto una nítida evocación, casi una celebración, del pujolismo. Tardà ha tenido bloqueado el nombramiento de los candidatos no porque éstos le incomodaran, pues tanto ellos (¡sobre todo ellas!) como él pertenecen a la más fecunda e insoluble hermandad de nuestro país, la de sus haters. Ni lo que exigía, en fin, tenía que ver con la televisión ni su perenne atuendo luctuoso es una expresión de solidaridad con la histérica protesta de los trabajadores del medio. Su demanda, como cualquier chantaje que se precie, era harina de otro costal. Y cabría formularla en estos términos: yo hago la vista gorda en un asunto por el que, después de todo, no tengo el menor interés (entre otros motivos, porque dispongo de mi propia televisión, donde hago y deshago sin que ningún locutor funda a negro ni se enfunde en negro, siendo éste un privilegio que también he obtenido gracias al tráfico de influencias, que, cuando se trata de Cataluña, adopta el nombre de peix al cove), y tú consientes en acercar a nuestros presos y entrevistarte, en pie de igualdad, con el presidente Torra; sí, el mismo al que llamaste racista, qué le vamos a hacer.

Ésta es la clase de chalaneo que la izquierda, con su habitual pomposidad, denomina forja de consensos en pos de un país plural, un trueque al que la derecha, por cierto, no sólo no ha sido ajena; antes al contrario, ha llegado a poner en la balanza mercancías tan inverosímiles como el destierro a Bruselas de su mejor hombre. La propuesta de Ciudadanos de un umbral del 3% de los votos en el cómputo nacional para lograr representación en el Congreso, no pretende sino levantar un dique frente a quienes se sirven de la democracia para tratar de reventarla. Huelga decir que no estamos ante un problema exclusivamente español. El Parlamento Europeo aprobó el miércoles una reforma electoral en idéntico sentido y por las mismas razones. Para conjurar la posibilidad de que, llegado el día, un aldeano orgullosísimo de serlo suba a la tribuna de oradores y, sabedor de que sus votos son necesarios para vaya a usted a saber qué complot, exclame: “¡Vaya, vaya... así que ésta es la gran Europa!”.

Voz Pópuli, 6 de julio de 2018

viernes, 29 de junio de 2018

Los he encontrado tranquilos y animados


Desde que la justicia decretara a finales de 2017 el ingreso en la prisión de Estremera de los políticos y activistas procesados por el 1-O, la nómina de celebrities y cargos públicos que han pasado por dicho centro penitenciario no hace más que aumentar, al punto que la peregrinación a Madrid empieza a ser (otro) requisito ineludible para seguir acreditando la condición de persona de bien, ya sea en las modalidades de equidistante profesional, racista bonachón o tertuliano sentimental. Así, por lo bajo, se habrán dejado ver por el páramo mesetario alrededor de una treintena de aspirantes a antifranquista del año, y al parecer la lista de espera es interminable.

Un googleo a vuelapluma, del que, obviamente, quedan excluidos los familiares y otros íntimos, arroja el siguiente saldo: Joan Manuel Serrat, Pablo Iglesias, Jaume Asens, Ada Colau, Gabriel Rufián, Enrique Santiago (Izquierda Unida), Jordi Évole, Xavier Sardà, Marta Pascal, Roger Torrent, Carles Mundó (ERC), Carles Castillo (PSC), Dante Fachín, Gerardo Pisarello, Isaac Peraire (alcalde de Prats de Lluçanès), Alfred Bosch, Jordi Basté (conductor del magazine matinal de RAC1, del grupo Godó), Sílvia Cóppulo (locutora de Catalunya Ràdio), Andreu Pujol (escritor), Joaquim Torra, Marta Pascal, Josep Maria Soler Canals (abad de Montserrat), Xavier Novell (obispo de Solsona), Meritxell Roiger (alcaldesa de Tortosa), Mercè Conesa (alcaldesa de Sant Cugat), Jaume Collboni, Benet Salellas (CUP), Aitor Esteban

Semejante aluvión de visitas, huelga decirlo, supone un descrédito para el Estado de Derecho y un aval a la intentona golpista del pasado octubre. Con todo, no me preocupa tanto España (ni la posibilidad de que el régimen de entrevistas esté siendo conculcado a capricho de quienes anhelan un selfie frente a la cárcel) cuanto la salud de sus presos. Sospecho, en fin, que no hay peor castigo que lidiar casi a diario con un profesional de la solidaridad que, como aquellos regidores que acudían al 'Un, Dos, Tres', lleva consigo un chorizo mágnum, el afecto de toda su tribu y una sincera invitación a hacer de pregonero en cuanto las circunstancias lo permitan. Ningún interno debería estar expuesto a ese suplicio ni a sus más que probables secuelas.

Voz Pópuli, 29 de junio de 2018

viernes, 22 de junio de 2018

Os saludamos con alegría

Berlanga hacía cine futurista. El comité de bienvenida en el puerto de Valencia a esos pobres desgraciados, en el que no habría desentonado una paella para 600, asemejaba un Mr. Marshall coloreado, remasterizado y, ay, pixelado, un remedo levantino de Villar del Río donde el decreto de algarabía tendiera a confundir a redentores y redimidos en una misma e improbable falla estival.
 
En ese domund de la posverdad se apretujaron arribistas del último día, profesionales de la solidaridad y clickbaiters de primera hora; a todos les unía el afán de mimetizarse con los pasajeros del Aquarius, al punto que hay imágenes donde, insisto, se hace difícil distinguir al negrito del americano. Nunca sabremos, por cierto, quién estaba más de paso.

Precursor de precursores, Berlanga también incrustó el spoiler de nuestro tiempo en Todos a la cárcel. Recordemos, si no, el argumento del film: con el pretexto de conmemorar el Día Internacional del Preso de Conciencia, una corte de políticos, empresarios e intelectuales que habían conocido la cárcel durante el franquismo, acude a pasar el día a la prisión Modelo de Valencia. El objetivo confeso es ponerse en la piel de los internos para reivindicar la memoria del antifranquismo (un autohomenaje) y ponderar, por comparación, las excelentes condiciones de las instituciones penitenciarias de la España democrática; el inconfesable, rematar los flecos de alguna que otra corruptela y, a despecho de cualquier vestigio de moralidad, seguir pretendiéndose víctimas aunque ya lo sean sólo de sí mismos.

The Objective, 22 de junio de 2018

Hacia la soberania alimentaria

El chef Joan Roca, del Celler de Can Roca, ha declarado a El País que ellos [los hermanos Roca] no hacen política, que son cocineros. La afirmación, de la que está elidida la conjunción ‘porque’, pretende establecer un vínculo causal entre dicha profesión y un cierto grado de activismo social, por el que la primera devendría en incapacitación (¿moral?) para ejercer el segundo.  No son los únicos restauradores michelin que consideran compatible aparecer en el colorín pontificando sobre lo humano y lo divino para luego, al ser preguntados por uno de los grandes vectores de la intelectualidad, cual es el compromiso político, recular obscenamente haciéndose pasar por cantineros de olla podrida.

En el caso de los Roca, empero, la proposición es doblemente falsa, pues el 1 de octubre, con ocasión de la intentona golpista, y quién sabe si tratando de emular el envío de caviar y champán por parte de Oriol Regàs, a la sazón propietario de Via Veneto, a los intelectuales que se encerraron en Montserrat en protesta contra el proceso de Burgos; el día, en suma, en que el nacionalismo movilizó a niños y ancianos contra el Estado de Derecho, los artífices del laureado restaurante gerundense repartieron avituallamientos entre los voluntarios del colegio electoral de su barrio, el Talaià. “El sumiller Josep Roca”, recogió La Vanguardia, “ha transportado personalmente una cazuela con fideos que se ha servido a las personas reunidas en ese centro, que ha reabierto después de que las fuerzas de seguridad irrumpiesen en él y se detuviesen las votaciones provisionalmente”. Así, los Roca no sólo han hecho política, sino que, en el culmen de la conciliación, la han hecho a la cazuela y para colectividades (Regàs, al cabo, sólo hubo uno).
 
Sirva el ejemplo para quienes aún conciben la posibilidad de que el amor, como dice la canción, convierta en milagro el barro. A Josep, Joan y Jordi, ay, ni siquiera ese gesto les sirve hoy para convalidar el hospedaje del discurso del Rey. Al punto de hacerse público que el evento (consagrado, recordémoslo, a la ‘educación del talento emprendedor’) se celebraría en el Espai Mas Marroch, el salón de banquetes del Celler, un cupaire de buena familia (hermano del ex parlamentario que en 2016 tenía declarados 2 pisos, 3 locales y 6 fincas rústicas), y con la necesaria complicidad de la alcaldesa de Girona, ha abierto la veda contra los Roca; recordándonos de paso al resto de los ciudadanos que la nuestra sólo está cerrada provisionalmente.

Por cierto, estas fueron las palabras con que, el 29 de junio de 2017, Felipe VI cerró su intervención: “El compromiso firme y sincero de la Fundación con sus proyectos y con esta tierra, con Girona, con Cataluña. Y este compromiso significa creer en esta tierra y amarla […] El año que viene, cuando nos volvamos a reunir para reconocer los méritos de nuestros nuevos premiados, tendremos, una vez más, la oportunidad de reafirmar nuestro compromiso con los valores que han agrandado Cataluña, que han sido la base de su progreso y, por tanto, del progreso de toda España”. 

Intoleraplas, ciertamente.

Voz Pópuli, 22 de junio de 2018

sábado, 16 de junio de 2018

Despachos catalanes


La corresponsal en España de Le Monde, Sandrine Morel, cuenta en En el huracán catalán cómo un director de comunicación del PdCat (¿Toni Aira? ¿Esther Domingo?) trató de chulearla (el verbo es mío) en el bar de un hotel de Barcelona. Poco más o menos: si te pongo dos páginas de publicidad vas a escribir lo que a mí me dé la gana, así funcionan aquí las cosas. A priori, semejante revelación supone un magnífico anzuelo comercial, pues la bravata está a la altura del mítico Le haré una oferta que no podrá rechazar. Por las mismas razones, no obstante, encierra la posibilidad de convertirse en un repelente. Una vez conocido el detalle más escabroso, en efecto, a qué zambullirse en la lectura. Craso error, pues las 220 páginas en que Morel ha comprimido el procés son, amén de una crónica palpitante, que desgrana a ritmo vertiginoso el convulso periodo en que se halla sumida Cataluña, un vergel de confidencias que deja en muy mal lugar al nacionalismo catalán (y me atrevería a decir que a todos los catalanes que secundaron el golpe: por ingenuos, frívolos e insensatos, justo lo que siempre han tratado de desmentir).

El Gobierno central tampoco sale precisamente airoso, si bien la autora, a despecho del modo en que operan nuestros equidistantes de salón (pleonasmo), reparte las responsabilidades de modo equitativo, asignando a cada cual lo que merece. Así, y en lo que respecta a Moncloa, pone de relieve la ausencia de una política de comunicación que intentara neutralizar el relato soberanista y constata cómo Rajoy y su plana mayor se dieron al sesteo, fiando la solución del problema al desinflamiento del soufflé. Mientras, según denuncia, la presión de la Generalitat a los corresponsales (a la prensa, en general) se hacía insufrible, al punto de que un colega español le confesó que se autocensuraba para evitar insultos, Madrid ni estaba ni se le esperaba. «El único ministro que, durante los años de la crisis, mantuvo un canal de comunicación relativamente regular con un reducido grupo de corresponsales […]”, atestigua Morel, “fue Luis de Guindos. Sin embargo, cuando le preguntábamos por el tema de Cataluña, su única respuesta consistía en restar importancia al problema: nos aseguraba que, cuando la recuperación se notase, aquel movimiento “se desinflará solo”».

No había más que conversar con los dirigentes nacionalistas (como la corresponsal de LeMonde hacía a diario) para deducir que haría falta algo más que quietismo. En ese roce cotidiano, Morel acabó por conocer el rostro menos homologable del independentismo, el que, por ejemplo, traslucían las palabras, al hilo de las grandes movilizaciones de la ANC, del ínclito Miquel Strubell: “Nadie quiere formar parte de una minoría. Eso es algo que te hace sentirte miserable e insignificante”. O las del que fuera considerado posible recambio de Artur Mas, Josep Maria Vila d’Abadal: “Somos los más trabajadores, los más emprendedores, los más innovadores y los más europeos”. Para didáctica, sin embargo, la que gastaba Oriol Pujol. «Está convencido de que se podrá forzar al Estado a negociar un referéndum, por una razón muy sencilla: “Convergència es mucho más que un partido -me dice-. Convergència es el país”.»

Aún más crucial que la desinhibición de que adolecían (y adolecen) los políticos en privado (aunque en otro sentido, recordemos cómo el propio Puigdemont dio por muerto el proceso en un wpp a Comín), resulta la naturaleza del movimiento, una muchedumbre que, autoconvocada ante los ojos del mundo, se muestra unánimemente alegre, altruista, jovial. Se trata, claro está, de una necesidad ontológica. No en vano, y como sugiere Morel (y es este un extremo que aún no han comprendido, o no han querido comprender, muchos periodistas locales), los manifestantes que, cada 11 de septiembre, forman a la coreana, no sólo lanzaban sus proclamas al limbo de la comunidad internacional; sobre todo, y antes que ser vistos, ansiaban verse, sentir que formaban parte de un relato trascendente, que estaban haciendo historia, que, de hecho, todo lo que hacían, hasta el más casposo de los almuerzos con que entretenían la espera de la manifestación, estaba destinado a engrosar las enciclopedias.

Tan sólo un borrón: la inexplicable ausencia en el último tramo de la obra de los atentados del 17-A, inseparables del procés por cuanto actuaron como catalizador de la ira contra España y propiciaron el ensayo (fallido) de una república. Ojalá la autora y el editor hagan propósito de enmienda con vistas a una nueva edición. Del resto, no sobra ni una coma.

Voz Pópuli,  16 de junio de 2018

viernes, 8 de junio de 2018

Sempruniana


Hubo un tiempo en que el Ministerio de Cultura tenía algo de patronato de salvación o casa de socorro, como si la salud del sector descansara casi en exclusiva sobre los hombros del ministro de turno, a cuya aptitud o acaso inspiración parecía subordinada, asimismo, la querencia del pueblo por los libros, la música o la pintura. El responsable de Cultura no sólo debía haber tenido tratos con la gran enciclopedia del saber; además, debía aparentar que cargaba con ella. Por esa y otras razones, era el único integrante del gabinete al que no cabía endosar el socorrido ‘del ramo’, más apto para asuntos porcinos, ferroviarios o morunos. El suyo, al cabo, era material inflamable, de ahí que su conducta también admitiera, y aun exigiera, algún que otro exabrupto, más de una extravagancia y cierto aire de pesadumbre, señal inequívoca de intelectualidad y, por qué no decirlo, de vanidad, pues el ministro encarnaba la Cultura, sí, pero también la posibilidad de aplazar su crepúsculo. Requisitos apropiados eran que fumara y bebiera en exceso; requisito innegociable, que viviera de forma excesiva, lo que implicaba al menos una antigua rivalidad intelectual (preferiblemente anterior a la Transición) y fama de buen amante, sólo fama.

Dada la devastación del sistema cultural, que cabría resumir en la quiebra de su influencia social, la volatilización de los prescriptores (producto, a su vez, de la crisis del periodismo) y la precarización de los profesionales (con la consiguiente diseminación del amateurismo); ante esa evidencia, en suma, que el Ministerio haya recaído en Màxim Huerta supone un homenaje a la realidad, pues pocos famosillos representan como él la afable nadería en que se cifra el éxito. Aunque, en esa misma longitud de onda, yo me habría quedado con Mara Torres, Carlos del Amor o Gemma Nierga. O qué diablos, ¿por qué no Jorge Javier Vázquez? Incluso Paz Padillaves per on. Si se trata de echar la persiana, hagámoslo al menos con la dosis de cinismo que merece el finado, y no con un instagramer con ínfulas del que no cabe esperar más que un breve rosario de bochornos. Sentimental que es uno, más me irrita que colabore con El Español que su nuevo cargo.

Voz Pópuli, 8 de junio de 2018

viernes, 1 de junio de 2018

Un partido discutido y discutible

Aún me sonrío al recordar cómo Margarita Robles, remedo defectuoso de la torva asesora demócrata de The Good Fight, proclamaba ante Antonio G. Ferreras, sumo sacerdote de la entropía española, la necesidad de un gobierno de estabilidad. Por tal entiende la jurista una suerte de alianza de la tiña encabezada por Sánchez y secundada, entre beodas carcajadas a lo filibustero, por Rufián, Tardà, Iglesias, Esteban, Baldoví y Campuzano, un pandemónium de indigencias que no sólo agravará todos los problemas que nos acucian; además, devendrá en caldo de cultivo de nuevas preocupaciones. O, por decirlo a la manera de Rajoy, en abono.

El presidente, una vez más, sacó ayer a pasear su excelso don para la oratoria (“¿Percibe el aroma del absurdo”?) e hizo picadillo a sus oponentes, rozando, en el caso de Ábalos (que llegó a balbucear un insólito ‘yo es que llevo aquí poco tiempo’), ese extremo temerario en que el andrajo inspira lástima. “Ah, si gobernara como discursea”, me decía Espada por el auricular. Pero ése, en efecto, ha sido otro cantar, como la propia moción de censura ha vuelto a poner de manifiesto.

Precariamente fiado a que el PNV le sirviera de mata en el precipicio, Rajoy no previó la posibilidad de que Sánchez (un cirio a Dios y otro al Diablo) tragaría con los presupuestos y con lo que hiciera falta con tal de tocar poltrona. De lo contrario, no se entiende cómo no renunció al cargo y convocó elecciones de forma inmediata, tal como le había pedido Ciudadanos. Asistiremos, si nada lo remedia, a un bienio informe, con el PSOE entregado a una fase concesiva que incluso podría llevar a su líder, para ir abriendo boca, a abjurar de la calificación de racista a Torra.

En cualquier caso, Ciudadanos no debe temer que el PSOE obtenga rédito alguno de su paso, y nunca mejor dicho, por la Presidencia. Antes al contrario, si en muchos aspectos exhalaba un aire crepuscular, a partir de hoy entra en la categoría de partido ficcional, estadio anterior a la irrelevancia.

Voz Pópuli, 1 de junio de 2018

miércoles, 30 de mayo de 2018

Mica

Ayer, una semana después de que la sacrificáramos, me desperté hecho un ovillo en mi lado de la cama y extendí el brazo con sumo cuidado, tanteando las sábanas en busca de lo que, en mi letargo matinal, aún no tenía por su ausencia. Mica me habría mordisqueado la mano, se habría sacudido mi tentativa de caricia con un leve cabeceo y se habría escurrido hacia el suelo, acaso dejando en el aire un maullido quejoso. La casa está estos días infestada de visiones perfectamente audibles: la sueño correteando, escarbando en la arena, triturando con sus finos colmillos ese pienso granítico que alternaba con latitas gourmet, preferiblemente de salmón o ‘pesce dell’oceano’. La recogimos en un descampado próximo a la cárcel de Quatre Camins y, como haciendo buenos sus orígenes, no dejó de arañarme un solo día, aunque a decir verdad, tampoco yo renuncié a tratarla de modo amorosamente temerario, a sabiendas de que ella desenfundaría las garras (a menudo impetuosamente, las más de las veces con desgana) para trazar un rasguño asombrosamente recto en mi antebrazo. Le puse el nombre de Mica por error, creyendo que el mineral así llamado era tan negro como ella, cuando lo cierto es que aquél suele dar tonos pardos, grisáceos o incluso rojos. Su escaso tamaño (siempre fue una gata canija) salvó, por puro azar, el celo semántico con que la bauticé, pues ‘mica’ en catalán es ‘un fragmento pequeño de algo’. Un poco. Pese a que fue Lola quien quiso una gata como mascota, y por Lola la traje a casa, Mica le infundía demasiado temor, tanto que apenas se rozaron en los ocho años que estuvo con nosotros. Con Laura sí hubo algo parecido a una relación, lo que le costó, ay, más de un bufido.

Hubo un día en que me pregunté por qué, cuando tenía a mis hijas en casa (habitualmente viven con su madre), Mica prefería arrellanarse en el respaldo del sofá, o sobre el escritorio. Un etólogo de felinos me dio la respuesta en un artículo de El País: los gatos, como sus primos los leopardos, tienden a enfilarse en las alturas por puro instinto de supervivencia, para mejor divisar el peligro o a sus presas. Y el respaldo del sofá fue para Mica una atalaya suficientemente privilegiada, sobre todo, ya digo, cuando en casa el trajín se le hacía intolerable. A menudo, tumbado de noche en el sofá, apartaba la miraba del libro que tenía entre manos y me preguntaba si de veras me veía, si nos veía, como a presas, pues el etólogo también aseguró que sólo la diferencia de tamaño impide a los gatos domésticos abalanzarse sobre nosotros como lo haría un guepardo sobre una gacela. Una cuestión de escala.

Hace tres semanas, como quiera que Mica había dejado de comer, la llevé a la clínica para que la revisaran y Flor, la veterinaria que la trató, le detectó una infección intestinal que amenazaba peritonitis, y de la que pudo salvarla, y un tumor mamario que, tras la biopsia que siguió a su extirpación, resultó de mal pronóstico. Dos días después, en la misma visita en que me confirmaron la metástasis pulmonar, también le diagnosticaron un principio de insuficiencia renal. Lo increíble, pensé, es que siga viva. Ya no quedaba más que el sacrificio, así que el viernes 18 de mayo la introduje en el transportín y la llevé a la clínica por última vez. Mientras le administraba el primer sedante, Flor, a quien Dios bendiga, me explicó con voz queda cuál sería el protocolo y me invitó a quedarme con ella, a acompañarla hasta que el primer sueño hiciera su efecto. Así lo hice, apretándola contra mí, besándola en el hocico con cada una de sus cabezadas, hasta que, tras un dignísimo respingo, se quedó dormida. Cuando Flor regresó para aplicarle la sobredosis (eutanasiarla, dijo, sin que yo opusiera resistencia ninguna), me hizo ver que mi mano sangraba. Sin que yo lo hubiera notado, y en el alboroto de desconsuelos, Mica dejó una vereda de adioses sobre mí que el tiempo irá sepultando. Por eso escribo.

The Objective, 30 de mayo de 2018

viernes, 25 de mayo de 2018

Bilingües y bífidos

Uno de los rasgos consustanciales a todo nacionalismo es el desprecio de los hechos, ya se traduzca en la pueril afirmación de superioridad respecto al vecino, la fabulación de un pasado cuajado de afrentas y humillaciones o la construcción de un territorio mítico, cuasi edénico, susceptible de convertirse, nación mediante, en un horizonte de ambrosías. El nacionalismo catalán, en este sentido, no ha renunciado a un solo precepto doctrinario, como atestiguan la guerra de secesión de 1714, el andaluz como paradigma de hombre destruido o el camino a Ítaca.

La ausencia de objetividad no es un síndrome estático, delimitado por una tríada sagrada de revelaciones; antes bien, se trata de un fenómeno en permanente combustión, que incluso impregna las usanzas de quienes, teóricamente, no sólo no se tienen por nacionalistas sino que se oponen al movimiento. Hasta hace dos semanas, por ejemplo, el ordinal que solía acompañar a cada uno de los presidentes electos de la Generalitat se ceñía al milenarismo pujolista. Así, Montilla fue, según RTVE, El País, El Mundo o ABC, el presidente número 128; Mas, el 129; y Puigdemont, el 130. Hubo de mediar un esclarecedor artículo del periodista de ABC César Cervera para desmontar una fake new que había echado raíces.

En rigor, no obstante, la tara afecta en mayor medida a los entes que llevan adosada la rémora Catalunya (respétese el dígrafo) o su versión abreviada, CAT. La delegación catalana de SOS Racismo, sin ir más lejos, se querelló en 2010 contra el presidente del PP de Badalona, Xavier García Albiol, por los folletos propagandísticos que éste repartió durante las municipales de aquel año, y en los que aparecía una foto con la leyenda “No queremos rumanos”. Sin embargo, y como la propia entidad ha dejado entrever en un comunicado divulgado a través de su cuenta de Twitter, no lo hará contra Joaquim Torra: “Utilizar el concepto de racismo para referirse a este tipo de acciones banaliza el racismo y desprecia el padecimiento de sus víctimas reales”.  El soniquete granhermanista de la proclama se aprecia en toda su plenitud cuando la leemos en catalán, lengua de parte: “Utilitzar el concepte de racisme per referir-se a aquest tipus d’accions banalitza el racisme i menysté el patiment de les seves víctimes reals”.

Entre los actores políticos sobre los que se cierne esta pintoresca bifurcación entre realidad y deseo, figuran, cómo no, el prefascista PSC, el fascista Ciudadanos y el postfascista PP. La caricatura resulta risible hasta que nos asomamos a las entradas en castellano y catalán de la Wikipedia correspondientes a Sociedad Civil Catalana. En castellano: “SCC es una asociación española de ámbito territorial catalán […] contraria al independentismo catalán, con presencia de formaciones políticas de izquierda y derecha tradicionalmente enfrentadas, y favorable a mejorar las relaciones con el resto de España".  En catalán: “SCC es una plataforma unionista española que se define como ‘un grupo de catalanes que [….] consideran positivo mantener un vínculo sólido con España’. Se la considera próxima a la extrema derecha”.

De donde deduzco que SCC ha renunciado a presentar batalla en su entrada correspondiente al catalán. Y que el catalán, hoy en día, es el vehículo preferente de las mentiras. No cabe descartar que entre ambas formulaciones haya un vínculo causal.

Voz Pópuli, 25 de mayo de 2018

viernes, 18 de mayo de 2018

El gen cipotudo

Cuenta Enric González en sus Memorias líquidas que Jesús Ceberio, el tercero de los cuatro directores que tuvo en El País, y cuya aspereza en el trato era, al parecer, legendaria, le preguntó en una charla de ascensor si estaba escribiendo algo (o acaso González llevaba el libro consigo, también yo hablo de memoria). El hoy reportero de El Mundo debió de responder ‘Estoy con un libro, sí’ o algo similar. A lo que Ceberio repuso: “Ya, una de esas chorradas tuyas”.

La anécdota me vino a la mente mientras empezaba a leer Vidas cipotudas, de Jorge Bustos. De forma tan injusta como inevitable, el título me sugería una faena de aliño: la hazaña menor que todo buen escritor se permite. La impresión, no obstante, se desvaneció a las primeras de cambio, pues Vidas cipotudas es, además de una soberbia galería de amenidades, un magnífico bestiario español, donde pasado y presente están tan finamente enhebrados que incluso de los retratos de Aguirre o Fray Junípero saltan esquirlas de actualidad. Y ya que hablamos de actualidad: el incidente entre Millán Astray y Unamuno, tan en boga estos días, está cipotudamente esclarecido en el capítulo dedicado al primero (“No fue un enfrentamiento entre los cojones y el cerebro, […] sino entre la razón crítica del librepensador y la razón de Estado del militar”). Se trata de uno de los muchos entuertos que Bustos desface. No en vano, el tema primordial de la obra es, junto al empecinamiento ibérico, la desmitificación de algunos episodios de nuestra historia. O lo que es lo mismo: la verdad, aquí administrada con un gracejo que remite al Carandell de Celtiberia Show, al Antonio Fraguas de Historia de aquí o al Ramón de España de Sospechosos habituales. Y que alcanza cotas de excelencia cuando el autor pisa sus terrenos. Memorables son, en este sentido, las entradas de Alejandro Sawa (¡tan rabiosamente contemporánea!), Juan Ramón Jiménez o José de Echegaray; demoledora, la de Sabino Arana; vibrantes, las de Ramón y Cajal, Martín Cerezo o Clara Campoamor (sí, una cipotuda, pues el cipotudismo no es un rasgo privativo del hombre sino, como diría Valdano, un estado de ánimo).

Me extraña, por cierto, que Bustos no convocara a ningún futbolista en su selección, aunque bien pensado, ¿a quién, si nuestro único cipotudo balompédico nació en Madeira? ¿Y el periodismo? ¿Ha dado algún ejemplar en los últimos tiempos, excepción hecha de los autores que fueron señalados, con más encono que ciencia, en el artículo seminal? Animo a Bustos a explorar esa veta. O, por honrar al género: le lanzo el guante.

The Objective, 18 de mayo de 2018

Torra nunca caminará solo

El nacionalismo catalán ha hecho de la disculpa un género discursivo. Por lo común, a la ofensa sigue un lamento genérico, perifrástico y autoexculpatorio: 'por si alguien se ha ofendido', 'a quien haya podido ofender'... Y es que susceptibles los hay en todas partes, incluso en un país de cabreros como España. En un grado superior, en el que ni siquiera se tiene en cuenta al damnificado ni su piel fina, figura el arrepentimiento por 'haber-generado-una-polémica-innecesaria'. Al punto, y con el sosiego que procura el santiguamiento, viene la invocación de un contexto particularmente propicio (un programa humorístico, una entrevista desenfadada) y, por último, el rescate del barro de la causa profunda, legítima, que motivó el insulto. La secuencia admite variaciones, claro. Lo que no está en discusión es la presencia, en todas las, del mismo denominador común: a poco que afinemos la mirada, en efecto, repararemos en que perdón, lo que se dice perdón, no pide nadie. Salvo Pujol. Pero vean por qué y, sobre todo, a quién.

Marta Ferrusola: “[Me molesta] mucho [que el presidente de la Generalitat] sea un andaluz que tiene el nombre en castellano. Y, además, pienso que el presidente de la Generalitat ha de hablar bien el catalán”. (Jordi Pujol: “Siempre he dicho que habla positivamente de Cataluña y del presidente Montilla [que haya alcanzado la Generalitat un político de origen andaluz]. De Cataluña, porque es una prueba de su actitud integradora [...]. Y de Montilla, porque su biografía es una importante contribución a estas características positivas de nuestra sociedad.”). Marzo de 2008

Felip Puig: “En primer lugar, presento mis disculpas por haber generado una polémica no deseada en un momento  inoportuno. Lo lamento. Si alguna lección he aprendido (o refrescado) es que ni en un programa de humor puedes bajar la guardia y dejarte ir sin calcular las consecuencias: siempre nos interpretan seriamente aunque el contexto sea de coña”. (“El presidente de mi país destroza nuestra lengua.” […] “Ni leyendo llega ni a la dicción ni a la pronunciación correcta.”  […] “No pienso seguir callando. No pasa en ningún lugar del mundo que el presidente del país no sea capaz de usar la lengua propia con propiedad.”). Julio de 2008

Lluís Suñé (número uno de la coalición ICV-EUiA por la provincia de Tarragona en las últimas elecciones generales de 2008; concejal del Ayuntamiento de Torredembarra): “En ningún caso he querido herir la sensibillidad de nadie, y publicarel cartel (Sos. Extremadura needs you'. Un 8,7% del PIB catalán no es suficiente. Apadrina un niño extremeño por 1.000 euros al mes) no ha estado acertado, pido disculpas al pueblo de Extremadura.”  (“Aunque las balanzas fiscales hechas públicas estos días dicen que los territorios catalanes aportamos, y mucho, a la riqueza del conjunto del Estado, las voces anticatalanas continúan acusándonos de insolidarios. En fin, quizás nos tendremos que unir a la campaña que nos propone este cartel.”). Julio de 2008

Joan Puigcercós: “No quería ofender a nadie, pero una frase fuera de contexto no puede ocultar lo que hay detrás: Cataluña contribuye como el que más, pero paradójicamente tiene más inspecciones que nadie." (“Tenemos la Agencia Tributaria instalada en Cataluña. Y mientras tanto, Madrid es una fiesta fiscal y en Andalucía no paga ni Dios.”). Noviembre de 2010

Joaquim Torra: “Lamento que unos tuits sacados de contexto dirigidos al Gobierno del Estado hayan podido ofender a alguien. También lo siento si, fruto de la intensidad que pide el periodismo, he podido utilizar una palabra inconveniente. Me arrepiento y no volverá a pasar”. (“Los españoles en Cataluña son como la energía: no desaparecen, se transforman; vergüenza es una palabra que los españoles hace años que han eliminado de su vocabulario”; “Sobre todo, lo que sorprende es el tono, la mala educación, la pijería española, sensación de inmundicia. Horrible”; “Oír hablar a Albert Rivera de moralidad es como oír a los españoles hablar de democracia.”). Entre 2011 y 2014, aproximadamente.

Xavier Trias: “Si las imágenes han podido ofender, pido disculpas públicamente, no se repetirán.” (“Lo que es jodido es que te venga algún yerno o alguien que sea perico o del Madrid.” […] “Hombre, no, no, eso no me ha pasado; si te pasa esto es una desgracia inmensa.”). Julio de 2011.

Artur Mas: “Se ha magnificado y sacado de contexto de forma desproporcionada lo que no era más que un comentario inocuo e inocente. En todo caso, no tengo inconveniente en pedir disculpas a las personas que se hayan podido sentir ofendidas.” (“Mira por dónde: los niños y niñas, sacrificados bajo la durísima hacha de la inmersión lingüística en catalán, sacan las mismas notas de castellano que los niños y niñas de Salamanca, Valladolid, Burgos y Soria. Y ya no le hablo de Sevilla, Málaga, A Coruña... etcétera porque allí hablan castellano, efectivamente, pero a veces a algunos no se les entiende. A veces, no se les acaba de entender todo pero hablan castellano, efectivamente.”). Septiembre de 2011

Josep Antoni Duran i Lleida: “No es la primera vez ni será la última que critique el sistema de prestaciones existentes en el mundo rural andaluz y extremeño. Lo hago, y lo seguiré haciendo, no como desprecio, insulto, ni tan siquiera crítica al pueblo andaluz o extremeño.” […] “A quien sí critico sin insultar, educadamente y con el respeto que me caracteriza, pero con fuerza y firmeza, es a los gobernantes que Andalucía y Extremadura han tenido en los últimos años.” (“Mientras los payeses catalanes no pueden recoger la fruta por los bajos precios, en otros sitios de España, con lo que damos nosotros de aportación conjunta al Estado, reciben un PER para pasar una mañana o toda la jornada en el bar del pueblo.”). Octubre de 2011

José Montilla: “Mis disculpas a los ciudadanos y ciudadanas de Ceuta y Melilla. Mi desafortunada comparación en ningún caso pretendía poner en cuestión su españolidad ni su importancia, me refería al peso económico de las comunidades autónomas”. (“España sin Cataluña sería otra cosa. No hablamos de Ceuta y Melilla.”). Noviembre de 2017

Núria de Gispert: "Lamento lo que le he dicho a la Sra. Arrimadas. A veces, tendré que contar hasta diez”. (“¿Por qué no te vuelves a Cádiz?”). Noviembre de 2017

Voz Pópuli, 18 de mayo de 2018

viernes, 11 de mayo de 2018

Las cunetas de la democracia

En su crónica para El Mundo del acto de Cambo-les-Bains, Leyre Iglesias subrayaba la belleza del lugar, en lo que asemejaba una metáfora de la ceremonia de blanqueo (o mejor pseudohomenaje -no, no es ésa la fastuosa automamada con la que delira mi amigo Montano-) a la que estaba asistiendo. Se trataba de una observación del todo pertinente: como es sabido, el escenario de una buena parte de los tiros en la nuca no fueron sino marcos incomparables en perpetua rivalidad. ¡Ay, estos chicos, con lo bonito que es esto y lo bien que se come!

Y ojo, que aquí sufrir hemos sufrido todos. Que cada uno tiene sus razones  y si no las respetas te vuelves a tu pueblo, pues. Siempre me pregunté si no habría sido más eficaz, en la lucha contra el terrorismo, que en el Bulevar se hubieran vendido postales de txakurras despanzurrados. Y quien dice el Bulevar dice las Ramblas, la Puerta del Sol o el parque de María Luisa. Desde Euskadi con amor.

El fotógrafo y surfero Willy Uribe, por encargo mío y de Arcadi Espada, fue fotografiando ‘crime scenes’ en el mismo día y a la hora exacta del ‘crime’. Al poco de que las fotos empezaran a publicarse, y como quiera que la manada atinó a identificar una pauta, empezaron a esperarle en los siguientes meeting points. Un insulto, un abucheo, un amago. Click. No he dejado de pensar en la posibilidad de que aquellos borrokas consultaran un regio almanaque. Con muertos en lugar de ligas, copas y uefas.

En San Sebastián se perpetraron 94 asesinatos: qué mejor ruta de la memoria que cinco, seis, siete días visitando cunetas; las de la democracia. Aun podría compaginarse el recorrido con un circuito gastronómico y fundir ambos itinerarios: “Han llegado ustedes al bar ‘La Cepa’. Degusten sus especialidades, todas ellas excelentes (oh, la brocheta de solomillo); en la primera mesa del comedorcito, pasados los servicios, Valentín Lasarte mató a Gregorio Ordóñez”. No he vuelto por allí ni creo que lo haga. Una cuestión más física que moral, y vuelvo a Montano: el estremecimiento de saber que uno va cruzándose, e incluso rozándose, con una ingente cantidad de hijos de puta. ¿Relato? La historia la escriben los vencedores, sí, pero hay que enseñarla.

Voz Pópuli, 11 de mayo de 2018

viernes, 4 de mayo de 2018

Un dictador en la sopa

La publicación en El País de un artículo de Nicolás Maduro es una malvada sutileza que se proyecta, por elevación (aunque tal vez quepa hablar de desviación), contra los avalistas españoles del sátrapa, desde José Luis Rodríguez Zapatero a Pablo Iglesias y Juan Carlos Monedero. Según he sabido, fue el propio Departamento de Presidencia de la República Bolivariana quien ofreció la pieza a los responsables del periódico, que, tras una deliberación (deliberación que en el extinto Factual, cada día más moderno, habría sido pública y, muy probablemente, se habría convertido en lo más visto), resolvieron que “Nuestra democracia es proteger” debía ver la luz “en aras de su interés para los lectores”.

“Nuestra democracia”, se arranca el émulo de Chávez, “es distinta a todas”. Y sin apenas transición, con la arbitrariedad que distingue a quienes jamás han tenido la necesidad de persuadir a un público, pondera el fin de la violencia obstétrica, conquista señera de una sanidad que, según la directora de Amnistía Internacional en las Américas, Erika Guevara-Rosas, “ha convertido problemas de salud tratables en una cuestión de vida o muerte”. Las añagazas propagandísticas con que Maduro espolvorea el texto son tan grotescas que llevan incorporadas su propia refutación. Nunca un artículo, en fin, se había comentado solo de una forma tan cruentamente literal.

“Hemos promovido una política de pleno empleo”, “hemos garantizado el acceso de los jóvenes al trabajo y a su porvenir;, “estamos compitiendo junto a otros cuatro candidatos, todos distintos” [no me resisto: ¡compitiendo junto, ni siquiera frente!];“la reforma de la Seguridad Social se asentará sobre una economía productiva, estable, soberana y próspera”… Basta, en cierto modo, con aislar los sintagmas: el carnet de la patria, el plan Chamba juvenil, el plan Misión Vivienda… Y así, a machetazos, plantarse ante el sintagma supremo: “Una democracia de panas”, que el propio Maduro, quién sabe si por prurito filológico, tiene a bien desmenuzar: “En Venezuela usamos una hermosa expresión para llamar a los amigos: ‘Mi pana’. La nuestra es una democracia de panas porque para nosotros la Patria es el pana y el otro, mi entraña”. No se apuren, en el párrafo siguiente hay una refulgente adaptación al castellano: “La nuestra es una democracia orgullosamente popular, qué duda cabe. Es una democracia de la gente”.

A diferencia de lo que ocurre en esos thrillers en que el psicópata de turno exige publicar una nota, El País podría haberse negado. Que no lo haya hecho, insisto, no debe interpretarse como una ominosa ausencia de filtros, sino como una feliz operación de trasplante cuyo efecto más nítido ha sido un rechazo cuasi orgánico. Tan sólo he echado de menos una advertencia al lector, acaso en clave literaria: “Cuando despertó, el pajarico todavía estaba allí”.

Voz Pópuli, 4 de mayo de 2018

sábado, 28 de abril de 2018

Mejor sería robar

El primer currículo político del que tuve noticia fue el de Felipe González. Obviamente, y dado que a finales de los setenta el parlamentarismo no llevaba aparejada la beata ordenanza de la transparencia (no descarto que fuera porque aún no existieran las webs donde alojarla), debí de oírselo a mi padre: “Es abogado laboralista y sabe francés”.

Hablo de un tiempo en que uno valía o no valía, y ése era en verdad el único cedazo por el que regirse en según qué instancias del poder. Tanto es así que no era infrecuente que los méritos curriculares tendieran a contrarrestar lo que, a la vista del respetable, no era sino incompetencia o lisura. “Parece tonto, sí, pero no lo será tanto si tiene dos carreras”. Y del mismo modo operaban ciertos rasgos del carácter: “Un gran estadista no parece, pero cercano lo es un rato”.

Ni que decir tiene que el político que se conducía razonablemente bien, que hacía un uso sensato de la palabra y proponía iniciativas plausibles no se veía obligado a acreditar su nivel de estudios o de idiomas; ya no digamos algo tan abstruso (y a menudo tan indeseable) como la cercanía. Es verdad que España carece de una carrera académica ad hoc, a semejanza de  la Escuela Nacional de Administración francesa. Pero también que la política es una actividad tan peculiar que casi se diría renuente a la sobretitulación e incluso a la titulación misma."

El máster fraudulento, la falsificación del acta, la contumaz negación de la evidencia, la existencia de una auténtica almoneda de favores académicos, el baldón que ello ha supuesto para una universidad que, para más inri, lleva el nombre del  Rey Emérito… Toda la secuencia, de punta a cabo, corresponde a un instante de la vida española en que la dedicación a la política ya no se concibe como lo que debiera ser, esto es, la aventura que emprende un ciudadano que adolece de una nota de locura, pues se ha propuesto, ¡ahí es nada!, cambiar la realidad. No. Un currículum, y para el caso importa poco que sea un documento falseado, hinchado o maquillado, no sirve para cambiar nada, sino para encontrar trabajo.



Voz Pópuli, 28 de abril de 2018

viernes, 27 de abril de 2018

Jauría contra la manada

Durante los casi dos años que han transcurrido desde la madrugada del 7 de julio de 2016 el periodismo no ha reprimido un solo desahogo con la sedicente Manada, a la que desde primera hora, y tras conducirla al rellano de la presunción de culpabilidad, sometió a un trato ciertamente degradante. De aquel suceso apenas ha trascendido un relato fragmentario y plagado de claroscuro. La corrección política, no obstante, no se atiene a los matices, siempre reaccionarios, y hace ya tiempo que, por boca del feminismo rampante, deslizó la posibilidad de que una sentencia adversa desembocara en un nuevo 15-M. Una hoguera preventiva.

El intento de asalto a los juzgados de Pamplona por parte de la turba dio la medida de lo que habría podido ocurrir si los Cinco de San Fermín hubieran sido declarados inocentes. Debió de ser, por cierto, el primer intento de asalto a un juzgado que se lleva a cabo bajo las consignas “yo-soy-respetuoso-con-lo-que-dicen-los-jueces” o “yo-defiendo-la-división-de-poderes”, las mismas con las que Ferreras avivaba, en La Sexta, su festival adversativo. Y al fondo, el mutismo de tantísimos hombres y mujeres, periodistas o no, que evitan, acaso por temor, especular a despecho de los tiempos. Como si sólo la jauría tuviera licencia para mejorar el silencio.


The Objective, 27 de abril de 2018

jueves, 19 de abril de 2018

Homenaje a Rubianes

Hubo un tiempo barcelonés en que a Pepe Rubianes se le podía encontrar todas las noches en la barra del bar Raval, hoy convertido en un moderno restaurante de ultratumba. Allí fui a entrevistarlo a principios de los noventa para mi primera práctica en la facultad, un reportaje sobre el cine catalán de la época. Entre tragos, y a contramano de las reiteradas postillas de su compinche Carles Flaviá, Rubianes me habló de lo “flojas” que le parecían, en general, las comedias de los Pons, Bellmunt y compañía. Dado el temperamento del personaje, tan sólo era cuestión de tiempo que se viniera arriba. “Vamos, que ni puta gracia. ¿Y de eso quieres hablar? ¡Pero si son una catástrofe, hombre! Lo sabré yo, que salgo en alguna. Aun te diré más: pese a la caspa desarrollista y toda la polla, me parecen más importantes, y por supuesto técnicamente superiores, las películas de Iquino [La zorrita en bikini, Busco tonta para fin de semana, Esas chicas tan pu…] o Lazaga. Los dos catalanes, por cierto”.

Ése (también) fue Rubianes, una gozosa anomalía en la mustia escena local, el indómito monologuista que reinventó la onomatopeya, el sicario disfrazado de cura que liquidó a Vaccarizi (¡bang!), el showman que anudó palabra y gesto en un inmortal aventis, el único catalán, junto con Boadella, que se atrevió a ridiculizar a Pujol y el pujolismo sobre las tablas, uno de los escasos artistas-e-intelectuales del lugar por los que se filtró la Barcelona mestiza, granuja y putañera a la que cantaron Peret, la Platería y el Gato.

Precisamente por su naturaleza extemporánea, los efectos que el achique nacionalista obraron en él fueron más devastadores que en aquellos individuos que, por decirlo magnánimamente, sólo exigieron un levísimo retoque para ingresar en Nosaltres SA. Como es sabido, el epítome de su penosa sumisión a la tribu (fraguada entre Buenafuentes, Solers y Oms) fue aquel exabrupto contra España del que, parafraseando a Perón en su anatomía del ridículo, nunca regresó. En sus penúltimos días, culminada ya la asimilación al mismo pujolismo en que tanto se había ciscado, era ya el guiñol de sí mismo. Y su vida, un resumen perfectamente asimilable al sobresalto sentimental que gobierna el Ayuntamiento. En su afán redecorativo, la alcaldesa ignoraba que la placa que suple a la del facha Cervera no es (sólo) la de Rubianes; es también la del facha Albá, la del facha Llach, la del facha Mainat. Y es que todos somos Rubianes.


Voz Pópuli, 19 de abril de 2018