domingo, 30 de diciembre de 2018

Sororízate

La lista de 2018 contiene cuatro palabras, ‘micromachismo’, ‘fake news’, ‘procés’ y ‘posverdad’, que ya figuraban en la de 2017. He resuelto incluirlas porque la selección no se basa tanto en lo novedoso cuanto en el afán de representar la actualidad. En cierto modo, ‘decimotercera’ es también una repetición, pues alude al mismo objeto al que aludía ‘decimosegunda’ en 2017, pero el tozudo no soy yo, sino la realidad. 

Hay un neologismo que se debe por entero a mi inmodestia: rubot, unión de ‘ruso’ y ‘bot’, pretende nombrar los programas con que Rusia opera en las redes sociales para tratar de desestabilizar a potencias rivales, y que, casualmente, restituye la integridad de ‘bot’, aféresis de ‘robot’. También me he permitido insuflar una segunda vida a ‘cederrón’, el fósil con que la RAE rebautizó el CD-ROM, para designar a los integrantes de los autodenominados Grupos de Defensa de la República. Un indigenismo. 

Mi amiga Patricia Jacas, que ya me echó una mano en la primera edición, ha contribuido a ésta con ‘trumpismo’, ‘nacionalpopulismo’ y ‘fornite’ (la cuota milenial de este año). Tan crucial como lo que ha añadido ha sido lo que ha suprimido: a ella se debe que acabara desestimando ‘voxismo’, un anticipo infundado.  

Sororidad, migrante, escutoide, relato, inclusividad, mariconez, exhumar, supermanzana, crocante, dataísmo, postrabajo, var, franquismo (antifranquismo), fortnite, cedeerre, cederrón, inhumar, lazi, rubot, procés (postprocés), micromachismo, ofendidito, deslazificar, fake news, mena, cachopo, trap, patinete, hibridar, demofobia, turistización, microplástico, ceti, trumpismo, fascismo, posverdad, arancel, decimotercera, sanchismo, plumófobo, cismujer (cishombre), malamente, despatriarcalizar, nacionalpopulismo.

 The Objective, 30 de diciembre de 2018

martes, 25 de diciembre de 2018

Cataluña inmerecida

“¡No us mereixeu la senyera que porteu!”, gritan a los mossos los 300 CDR que taponan el cruce de avenida de las Atarazanas y Portal de Santa Madrona, frente al Museo Marítimo. Se trata de uno de los hits más coreados de la fanzone, y sugiere la existencia de dos clases de catalanes: los que merecen serlo y los que no. Los primeros rinden culto a una nación inexistente, con arreglo a un programa fundado en el supremacismo que pretende convertir en extranjeros a los segundos, y con ellos a la totalidad de los españoles.

La policía autonómica es una expresión particularmente aberrante del enemigo, el equivalente entre las fuerzas del orden a los (escasos) maestros de catalán que no profesan la fe cuatribarrada, y que hacen explotar el odiómetro. Al nacionalismo, ciertamente, le irritan las extravagancias. “¡Cipayos!”, profiere un cederrón (quién iba a sospechar que la realidad acabaría deparando un uso pertinente a este casticismo grijelmiano) mientras se provee de botellines (vacíos) de cerveza en la bocacalle de Cid.

La pulsión batasuna de los independentistas catalanes va dejando un reguero de apropiaciones culturales. Esta semana, sin ir más lejos, en la Universidad Autónoma de Barcelona. “Agafarem les pistoles i us rebentarem el cap!”. ‘Agafar’ significa coger y ‘cap’ significa cabeza. Me acompaña el escritor Julio Valdeón, hoy en lides reporteras.

Considerando en frío, que dirían Bustos y Vallejo, no harían falta periodistas de Madrid, Valladolid o Pontevedra para cubrir los altercados. ¿Acaso no tiene Cataluña sus periódicos decanos, sus cuadernillos locales, su hipertrofia mediática? Y sin embargo, es preciso que tanto Valdeón como Leyre Iglesias o Rafa Latorre (cuyo Habrá que jurar que todo esto ha ocurrido es la crónica definitiva de esta sinrazón) sigan dejándose caer por Barcelona en previsión de 'anomalías en el tráfico', sintagma con que la Generalitat ha venido aludiendo a la posibilidad de que los cederrones incendiaran la ciudad.

Es preciso, sí, que vengan para que los diarios no repliquen la untuosa prosa atmosférica a la que la prensa local, salvo honrosas excepciones, se ha abonado. Y es que aún más sintomático de la podredumbre catalana que la necesidad de traer policías nacionales y guardias civiles, es la de traer periodistas que lo sean de verdad.

Voz Pópuli, 25 de diciembre de 2018

lunes, 17 de diciembre de 2018

Je t'aime, Barcelona

Manuel Valls no llenó el Palacio de Congresos, pero sí el área que la organización había habilitado en previsión de un pinchazo. Unas mil personas, todo lo más. Y es que además de que había más cenas que empresas y el recinto queda casi en Esplugues, no muy lejos de aquellos Tres Molinos donde el buen Lara emborrachaba a la prensa, llovía como suele llover en Barcelona, con goterones de lunes “ennegreciendo muros y revuelto todo con las primeras letras protestadas”. En el cuarto de hora que estuve bajo el tejadillo de la entrada, tan sólo identifiqué a Mon Bosch, Carina Mejías, Marilén Barceló y el reportero Rius, tan característico de la ciudad como el fotógrafo Flowers o, ay, mi añorado Bernardo. En suma, muchas caras nuevas, lo que tal vez confirme que Valls está atrayendo a un público de amplio espectro. Me llamó la atención, eso sí, la escasísima presencia de lo que viene siendo la resistencia histórica antinacionalista. Aunque, bien mirado, se entiende: dejando de lado que en los prolegómenos no sonara el Dúo Dinámico, sino los Manel, la primera en hablar fue la unionista Eva Parera. Unionista, digo, no porque se le conozca ningún fervor de españolía, sino por su antigua pertenencia a la Extinta. Hablamos, en efecto, de la hija de Antón Parera, el antiguo gerente del Barça. Nada, por lo demás, que no fuera a juego con el diseño de la cartelería, más cercana a la de una campaña por la presidencia azulgrana (el guiño cromático es tan evidente que resulta incluso conmovedor) que a la de un alcaldable por Barcelona. Otro interviniente de relieve fue el fundador de Federalistes d’Esquerres, Joaquim Coll, quien, si no me falla la memoria, por vez primera pide el voto para una opción distinta del PSC. Y sin que sus convicciones se resientan. No en vano, el cambio que propone Valls guarda un cierto parangón con el del González que trató de reinventar España. De poner el recinto patas arriba se encargó Inés de la Frontera, la única política de nuestro tiempo que ha devenido en símbolo; de dignidad, de rebeldía, de modernidad. En cuanto al discurso de Valls, digamos que no estuvo muy allá. Atropellado, fogoso, sentimental. Lo que no quita que mis esperanzas en él sigan intactas. Era el discurso de un hombre enamorado y un hombre enamorado es invencible.

The Objective, 17 de diciembre de 2018

viernes, 14 de diciembre de 2018

No te hacía catalán

“No parece que seas catalán”. Hubo un tiempo en que en España esta frase sancionaba cualquier atisbo de generosidad (o simpatía) que se detectara en un natural de Cataluña. Como si no fuera Jaume Canivell el más simpático (¡y generoso!) de los personajes de La escopeta nacional, ni hiciera falta un plus de afabilidad para vender paños de Tarrasa más allá del Ebro. Y pese a lo infundado del tópico (como lo ese otro de que quien tiene un amigo catalán, lo tiene para toda la vida: ¡díganselo al Dr. Sánchez!), a mí nunca me importó que me lo endosaran; es más, si en mis tratos con gallegos, madrileños o andaluces, no se me concedía la gracia del “pues para ser catalán…”, me llevaba un enorme disgusto.

Soy un profesional, qué quieren. Tanto que por mucho que pise Madrid nunca falto a la costumbre de fingirme sorprendido cuando, al pretender pagar las tapas, el camarero me dice “¡No, hombre, que aquí-en-Madrid son una cortesía!”. “¡Así da gusto, y no como en mi tierra, Cataluña!”. Además de profesional, soy algo truhán; ¡o un degenerado!, qué sé yo (A todo esto, hum, me da que en un bar de Santa Ana me tienen tomada la matrícula; ya imagino a los empleados, al irme yo, murmurando entre ellos: “Otra vez el chalao de la cañita que se hace pasar por viajante de Ripoll”).

Viene esto a cuento de las palabras que el diputado de Podemos Alberto Rodríguez ha dedicado a Alfonso Candón, del PP, y que me permito poner en castellano férreo: “Jamás habría creído que llegaría a decir de una persona del PP que es una buena persona”. No hay comentarista que no haya aplaudido el “hermoso gesto” de Rodríguez. Debe de ser que el espíritu de la Moción ha dado paso al de la Navidad.

A mí me parece magnífico que, en tiempos de histerismo identitario, el afectuoso sectarismo del canario haya pasado inadvertido. Pero claro, yo soy un loco hecho a sí mismo, un damnificado de provincias. Al que ni siquiera importa ya lo inverosímil que pudiera resultar el reverso tenebroso de la frase: “Jamás habría creído que llegaría a decir de una persona de Podemos que es una buena persona”.

Vóz Populi, 14 de diciembre de 2018

sábado, 8 de diciembre de 2018

La barra brava catalana

Durante los últimos años del franquismo y los primeros de la Transición hubo un fascismo estertóreo del que no era fácil discernir dónde acababa el brazo civil y empezaba el policial, pues muy a menudo Torrentes y Pedrines fueron uno y lo mismo. La confusión alcanzaba su más obsceno exponente en las manifestaciones (carentes, con arreglo a la época, del permiso de la autoridad), donde el desempeño coordinado de chaquetas grises y camisas azules brindó apaleamientos pavorosamente literales; goyescos, diríanse, si no fuera porque de los dos contendientes del lienzo sólo uno esgrimía un garrote.

Actualmente, sólo hay un lugar en el mundo civilizado donde el Gobierno esté tratando de poner en práctica una política represiva que ahonde en ese modelo. Me refiero, obviamente, a Cataluña, donde el presidente de la comunidad (y tómese el término en su más estricto sentido vecinal, ínfimo), después de reclamar a su turba de incondicionales que ‘apretase’, es decir, que incendiara las calles, reprende a la policía por no coordinarse debidamente con los incendiarios.

La única diferencia entre el caso español de los setenta (profusamente descrito en la excelente La muerte del héroe y otros sueños fascistas, del escritor Juan Carlos Castillón, entonces militante de la extrema derecha) y el caso catalán de nuestros días radica en quién lleva la batuta: mientras que aquellos fascistas del ocaso eran en verdad un apéndice (para)policial, lo que anhela Torra es que sean los mossos quienes se subordinen a los Comités de Defensa de la Revolución, sobre todo por el procedimiento de hacer la vista gorda frente al hostigamiento al adversario. Hecha esta salvedad, el objetivo no difiere en absoluto, de ahí que cada vez queden menos pretextos para no suspender la autonomía.

Con su habitual palabrería de secretario de Unicef, el Doctor Sánchez salió a la palestra para tranquilizar a los madrileños ante la llegada de las barras bravas de Boca y River. Esperando a los bárbaros, en efecto, como en el poema de Kavafis, y así seguir encubriendo a los nuestros, a los españolísimos bárbaros de Vic, Tarrasa, Gerona, Barcelona…, que son, después de todo, los que consienten su ingrávida, vacua apostura.

Voz Pópuli,  8 de diciembre de 2018

viernes, 30 de noviembre de 2018

Inés y Josep


La campaña andaluza, que hoy toca a su fin, ha dejado un clamoroso ejemplo práctico de coherencia política. Habrán oído en multitud de ocasiones al presidente de Ciudadanos, Albert Rivera, o a algunos otros dirigentes del partido, decir con justeza que su formación defiende lo mismo en Berga, Alsasua y El Puerto de Santa María. Esa firmeza tiene un precio. Así, la oposición de C’s en el País Vasco y Navarra al concierto económico de que disfrutan ambas comunidades, y que supone la más obscena cristalización de la desigualdad entre españoles, ha redundado en que la formación naranja carezca de representación en los parlamentos de Vitoria y Pamplona. 

No obstante, el mismo ideario que en unas regiones conlleva penalización, en otras se ve recompensado. Véase el caso de Inés Arrimadas,que ha participado con profusión en los actos electorales de Andalucía, donde su estrella ha refulgido tanto como en Cataluña, si no más. Y ello, más allá de su indudable gancho, tiene bastante que ver con que antes que una política catalana, una política andaluza, o una política catalana concernida por su tierra natal, es una política española, sintagma que incluye esas mismas paráfrasis y todas las que nuestras 17 autonomías dan de sí. Ignoro si habría sido posible presentar a Arrimadas en el último lugar de la lista, como rúbrica simbólica de la insobornable convicción de españolía en que se funda el partido (tengo entendido que lo que prohíbe expresamente la ley es la acumulación de actas, por lo que la incompatibilidad sobrevendría únicamente si la candidata resultara elegida, supuesto imposible). En cualquier caso, no estaría de más fomentar ese tipo de promiscuidad, tan pedagógica, en las citas con las urnas que se avecinan. 

Me he interesado por si el expresidente de la Generalitat Josep Montilla acudió a apoyar a la candidata del PSOE-A, pero no he encontrado un solo documento que atestigüe su ¡irrupción en campaña! Lo cierto, no obstante, es que tenía poca fe en que mi búsqueda rindiera fruto. Montilla, en efecto, es el hombre que proclamó que ningún tribunal puede juzgar un sentimiento (nacionalista), o que espetó a Zapatero, cuando éste visitó por primera vez la sede del PSC: “Hazte a la idea de que entras a la sede de otro partido”, y cuya última aparición en los papeles se debió su negativa a votar el 155. La necesidad de ocultar a un socialista de Iznájar, ex ministro de Industria y ex jefe de Gobierno en Cataluña, es hoy la más ajustada credencial del PSOE.

Voz Pópuli, 30 de noviembre de 2018

miércoles, 28 de noviembre de 2018

Acostumbrados los quiere Dios

A Pablo Casado le asombraría saber que en España es tradición matar a los cerdos en casa, y que sólo desde principios de los noventa del siglo pasado rige una normativa sanitaria y de bienestar animal (aturdimiento previo) que no pocos aldeanos incumplen orgullosamente. Sacrifici, el documental de Santi Trullenque coprotagonizado por el cocinero Nandu Jubany y un amoroso ejemplar de puerco catalán, no se puede abrochar precisamente con la certificación pacmática de que la bestezuela no-sufrió-daño-alguno. La provocación no se limita al degüello, el borbotón y los chillidos. No en vano, mientras que la mano del hombre mata y despieza, la de la mujer amasa y embute. Usanzas occidentales.

Las ha habido más cruentas, como el toro alanceado de Tordesillas, cuya prohibición definitiva data de anteayer, o los gansos de Lequeitio, que hasta 1986 se ataban vivos a la soga, a partir de ese año se ataron muertos, y hoy son de goma; también la cabra que los quintos de Manganeses arrojan desde el campanario es una cabra de mentira (los ejemplares anteriores a 2001, realísimos, ‘saltaban’). (No lo digo con entero regocijo: a ese mismo lote corresponde el toreo, rito exhausto.) El progreso, no lo duden, también alcanzará a Fuenterrabía, y el hostigamiento a las vecinas que desfilan en el Alarde (por parte, sobre todo, de otras vecinas) dejará de alimentar la sección de sucesos para convertirse en reliquia antropológica, tal vez junto con el Alarde mismo. Pero a quien debe alcanzar, y se va haciendo tarde, es a los dirigentes del Partido Popular. La ablación de clítoris no es una costumbre, sino un delito, y lo que nuestros inmigrantes deben respetar no es la Navidad, sino la ley. La invocación ‘costumbrista’, por lo demás, no tiene como objetivo, como da en afirmar la general politología, vaciar de sentido a Vox. El copyright, en este punto, pertenece en exclusiva al partido del vino, la vida y la familia.

The Objective, 28 de noviembre de 2018

viernes, 23 de noviembre de 2018

Un gargajo microcósmico

En el VAR no se aprecia que el tal Salvador escupiera a Borrell (bien pudo tratarse de un esputo de fogueo, tal vez un simple carraspeo de carga), pero lo asombroso es que fuera verosímil que lo hubiera hecho, que la posibilidad, en fin, de que un diputado de ERC le soltara un salivazo a un diputado socialista no fuera inimaginable. Para calibrar la deriva tabernaria de Rufián y sus secuaces basta con evocar al caballero Francesc Vicens. No nos pase por alto el aspecto más revelador del incidente: ambos, escupidor y escupido, son catalanes.

Por lo demás, llama la atención que los vecinos de asiento del ministro apenas afectaran un resto de indignación, y sobre todo que no lo hiciera Delgado, cuando en los últimos meses, y ante las legítimas reprensiones de representantes de Ciudadanos o el PP, nos ha deleitado con un patético repertorio de muecas y retorcimientos.
 
Para cálculo inmoral, no obstante, el de Sánchez, cuyas omisiones se escriben con tinta simpática. La del miércoles rezaba más o menos como sigue: “Borrell es un político de una pieza, uno de los más brillantes parlamentarios que ha dado el Congreso y, sobre todo, un catalán modélico, comprometido sin ambages, y en todos los frentes, con la defensa de la Constitución, es decir, con la defensa de la libertad. Eso, en definitiva, es lo que les irrita a golpistas como Rufián”. Fíjense, ni siquiera habría tenido que especular con si hubo o no hubo gargajo.

Dicho lo cual, y si Borrell es tan íntegro y ejemplar como damos en suponer, resulta incomprensible que permanezca un segundo más en un Ejecutivo cuyo jefe no sólo rehúye defenderle, sino que además achaca el ataque a la crispación alentada por la derecha, en un razonamiento que nada tiene que envidiar al del eclesiástico que, recientemente, responsabilizó de los abusos a monaguillos a la laxitud ambiental de nuestra era.

(Coda: Dado que a Sánchez se le entiende todo, les adelanto la siguiente omisión: "Como no puede ser de otra manera, la cooperación con Cuba está supeditada al cese de la persecución de los disidentes, al respeto a los derechos humanos y al aperturismo democrático. Lamentablemente, la llegada al poder de Díaz Canel no se ha traducido en ningún avance al respecto".)

Voz Pópuli, 23 de noviembre de 2018

lunes, 12 de noviembre de 2018

Unílogo

En apenas unos días, Santiago Abascal ha saqueado una canción de Coque Malla, le ha llamado drogadicto por quejarse, ha abogado por la deportación de Echenique ha nombrado a Isabel la Católica mejor política europea y ha renovado el timbre de gloria de la palabra ‘facha’. No siempre la utilizó cual judoka aventajado. Hace unos años tuve la ocasión de entrevistarlo y ante una insinuación por mi parte en ese sentido, el entonces presidente de la Fundación para la Defensa de la Nación Española alzó el mentón y proclamó: “Soy español, punto”, y yo, devoto de aquel Jarabo que bordara Sancho Gracia, completé mentalmente la jura: “Más español que nadie”. A ello sigue encomendándose, ya sea trepando a un toro de Osborne o bebiendo directamente de un manantial (hay una conexión entre el nacionalismo y el crudismo, entre el esencialismo patrio y el alimentario, bandera y ubre). Hablamos, obviamente, de hazañas inasequibles a la derechita cobarde y la veleta naranja, que son, es un decir, más de Calleja.

Como es habitual en tiempos de politólogos, el fenómeno llega envuelto en llamamientos a fijar sus causas y, en un alarde de compasión inversa, tratar de que no vaya a más. Si el PP fue una fábrica de independentistas, el independentismo es una fábrica de españolazos que a su vez engendrarán más independentistas. El bucle, menos melancólico que vicioso, excluye la más elemental de las razones: la frivolidad. Vox es un hidalgo engominado que gusta de hacerse notar en los restaurantes, nunca se resiste al tercer gintónic y cree que La ciudad que fue es una película de Martínez Soria. Por lo demás,  el germen trumpiano del partido no debiera confundirnos: Abascal es un Putin de Bilbao; eso sí, pasado por el jacuzzi de Gil y Gil. Una muestra, en fin, de que España es de veras diversa.

Lean las 100 medidas urgentes, esa oda al parloteo de sobremesa donde antes que el nombre prima el adjetivo: suspender la autonomía catalana “hasta la derrota sin paliativos del golpismo”, anteponer los intereses de España a los “intereses de los caciques”, “rebaja radical” del impuesto sobre la renta. “España, lo primero”, reza el lema del manifiesto que Vox presentó el pasado mayo. A cualquiera de sus seguidores les pondríamos en un aprieto si les preguntáramos: ¿Y lo segundo?

Voz Pópuli, 12 de octubre de 2018

sábado, 10 de noviembre de 2018

La ciudad que fue

Colau no quiere que el Hermitage abra sede en la Barceloneta. A diferencia de los tiempos en que Barcelona era una ciudad, y no un Lloret con ínfulas, el Ayuntamiento no sólo no acomoda el progreso, sino que se erige en su principal escollo. El mismo odio de clase, típicamente indocto, por el que la alcaldesa anunció en el minuto uno de su legislatura que no se dejaría ver por el Liceu (un templo del que acaso le conmuevan más los bombazos que la lírica) es el que hoy la lleva a poner bajo sospecha, sin más pruebas que sus propios prejuicios, una instalación fetén.

Orgullosamente trasmutada, luego de su etapa Supervivienda, en una suerte de bruja Avería inversa (¡muera el Mal, muera el Capital!), Colau no alcanza a comprender que un equipamiento cultural no tenga ente sus objetivos la denuncia del heteropatriarcado ni se plantee un ciclo sobre, pongamos por caso, Revolución y Metalenguaje. Que un museo, en suma, no tenga más ambición que la delectación estética, pudiendo aspirar a parecerse, como el extinto CCCB,  a una franquicia de la Librería La Central, sección Altermundismo.

Nuestra emperatriz de la ambigüedad (© José Borrell), ténganlo claro, habría impedido los Juegos Olímpicos invocando el derecho a la mugre, o pretextando la participación de Estados Unidos, o, como el gallego que dejó escrito que si moría cerca del mar le enterraran en la montaña, y si moría en la montaña, cerca del mar, por joder. El populismo, y más el que gasta la munícipe, no tiene otro horizonte que la venganza: fuera ese busto, fuera esa calle, fuera el ejército y fuera la Roja. En el último episodio de esta rumbosa centrifugación, la CUP, con la necesaria omisión del colauismo, obligó a que las selecciones de waterpolo femeninas de España e Israel disputaran su partido en Sant Cugat y a puerta cerrada. Como si Barcelona, siquiera en un plano moral, fuera una pedanía de Kabul.

Al hilo de ese periódico, La mitad del camino, con que Podemos trata de relatar sus éxitos al margen de la objetividad, sin las molestas aduanas periodísticas, cabría considerar la posibilidad de que la prensa convencional, o prensa a secas (la que viene siendo susceptible de expropiación) destine un sumario semanal a la roturación del mundo que propone el podemismo. En la que nos ocupa, ‘Hermitage kills the city’, ‘Piscina liberada’ y ‘Tres comidas diarias y una radiografía’.

Voz Pópuli, 10 de noviembre de 2018

viernes, 2 de noviembre de 2018

Últimas noticias sobre Joseba Pagaza


Venciendo el escrúpulo de premiar a un político en ejercicio, la Asociación por la Tolerancia concedía al fin su galardón a Maite Pagaza. El comienzo de su discurso de recogida me recordó por un instante el que pronunciara en el mismo marco, ocho años antes, Xavier Pericay. Si el hoy parlamentario balear discurrió sobre su natural lentitud, Pagaza se confesó, antes que valiente, despistada. Y en ello andaba, hilando monerías sobre la inusitada fealdad de Barcelona (“con esas esteladas que digo yo que estarán ya bastante sucias, ¿no?”) cuando de pronto regresó a Andoain. No hacía ni dos meses que un periodista, haciendo acopio de delicadeza, le había enviado una foto tomada el 16 de septiembre de 1993 en un aparcadero del pueblo. Tal vez le pueda interesar. La imagen muestra los primeros auxilios al guardia civil retirado Juvenal Villafañe, de 78 años, al que una bomba lapa en el coche acaba de herir de muerte.

Seis personas en cuclillas atienden a Villafañe, deshecho de cintura para abajo (De inmediato llegarían su mujer y sus hijas, pues el piso familiar estaba enfrente; según los testimonios, una de las hijas le echó una manta por encima para cubrir, también, su desnudez). Además de los sanitarios de la Cruz Roja, vemos a un hombre con pantalón claro, camisa oscura y sandalias. Por el macuto con que carga (y que, vencido a la derecha, parece equilibrar su centro de gravedad) y la acuciante maniobra en que se halla inmerso, se diría que es médico. Pero no. Es policía. Un policía local. Era Joseba, sí. Fue uno de los primeros en auxiliar a Villafañe, eso me consta. Pero no tenía constancia de que hubiera quedado registro gráfico de aquellos cuidados. Esa foto se publicó en la prensa y tal vez le acabara marcando. “Es verdad que Joxeba ya era entonces la única persona en Andoain que se atrevía a saludar a los guardias civiles. Pero igual ese día tomaron nota de verdad”. La conjetura de Maite, a la que cito de memoria, descansa sobre un sólido indicio: un año después del asesinato de Villafañe, Joseba recibió la información de que ETA lo tenía en el punto de mira. Mal que bien, el terrorismo había ido soslayando que le tendiera la mano al enemigo. Ahora bien, que esa afabilidad apareciera inmortalizada en una foto; que su compromiso cívico, en suma, adquiriera rango de símbolo les debió de parecer intolerable.
 
Y tras ponerle pie a la foto, Maite recobró el aire risueño con que, minutos antes, había empezado a corresponder a los parabienes: “Antes que nada, y por si me parte un rayo, me gustaría decir dos cosas. 1) Qué contenta estoy de tener tan buenos amigos, y 2) ¡Viva el Rey!”.

Voz Pópuli, 2 de noviembre de 2018

domingo, 28 de octubre de 2018

Droga, putas, naranjas… todo apunta al PP


Salvo por algún que otro manierismo, la podredumbre en que chapotean los personajes de El reino no sólo alude al PP, sino también al PSOE o las extintas Convergència, Unió Democràtica y Unió Mallorquina (¿o acaso estos partidos, por ser locales, no son susceptibles de esta clase de comparaciones?). Sí, el caladero de López-Vidal/Antonio de la Torre es Valencia, pero se trata de una Valencia innominada, sin ínfulas, casi un fondo de croma. Y sólo uno de los personajes remite claramente (obscenamente, por mejor decir) a un nombre y apellido reales: los de cierta locutora con fama de incisiva. No obstante, uno de los juicios (y digo bien, juicios) más extendidos acerca de la película es que ésta refleja la corrupción del PP. Tal es el dictamen, por ejemplo, que cuelga de la web de la cadena SER. Sin anestesia: “Todo en ElReino evoca al Partido Popular. Desde la forma de vestir, las naranjas y el mar Mediterráneo del paisaje, las prostitutas, la droga, las mariscadas, los yates, las mujeres que no sabían nada o lo sabían todo, hasta lo más icónicolos papeles de Bárcenas”.

Pese a la abundancia de sumarios que muestran cómo la izquierda no le hace ascos al puterío, la coca y los langostinos (es muy probable que también haya socialistas que le den a la naranja y se solacen en el Mediterráneo), “todo en El reino evoca al PP”. Puestos a cazar paralelismos, cómo no ver en ese juez metido a redentor un trasunto del Garzón de los noventa, o en el episodio andorrano un rescoldo de los Pujol. No, El reino no habla de unas siglas y, si me apuran, ni siquiera cabe considerarla una película ‘política’. Lo que se ventila, en verdad (y me da un poco de apuro, no crean, aclarar esto), es la toxicidad del poder, y más concretamente cómo un hombre familiar, simple como una manivela, trata de conciliar el delito y la rutina en una suerte de trastienda moral donde siempre cabe otro cadáver. Atiendan, si no, a esa escena en que el protagonista, nadador bravío, sufre de pronto un ignoto temor al mar abierto. Observen a ese nadador y díganme a qué partido pertenece.

Voz Pópuli, 28 de octubre de 2018

domingo, 21 de octubre de 2018

El cáncer en tiempos del me too


La conmemoración del Día Mundial contra el Cáncer de Mama empieza a cobrar rango de reivindicación política, aunque no esté claro qué debemos reivindicar ni a quién debemos dirigir la reivindicación. No parece que la investigación en cáncer de mama esté precisamente descuidada, y prueba de ello son los más de treinta estudios que, sólo en España, se han llevado a cabo en 2018. Los avances en el cribado y la detección, la delimitación de los perfiles biológicos y el desarrollo de fármacos más eficaces han elevado los porcentajes de supervivencia a cifras impensables hace cuarenta años, y el lapso entre un hallazgo decisivo y otro es cada vez menor. Asimismo, la atención médica que la sanidad pública dispensa a las pacientes no es en modo alguno precaria, cuando menos en España, y en lo que respecta a los usos sociales, el apoyo y la solidaridad han suplido a la estigmatización, que, por decirlo todo, nunca ha resistido comparación con la que sufrieron los enfermos de sida.

Así y todo, cada 19-O supera en aspavientos al anterior, en lo que ha devenido en un sacramento unanimista que guarda parecido con las kermés del metoo. También en lo que respecta a sus palabras clave: visibilidad, ‘dar la cara’, ‘levanta tu mano’… Del revuelo sororo participan periódicos, televisiones, partidos, autonomías, ayuntamientos, patronal, sindicatos, bancos, multinacionales… Y a semejanza de la manifestación del 8-M, cuya más insigne avalista fue una Botín, enfrente no hay nadie.

Lo que acontece, así, es un soliloquio con ínfulas de lucha social, cuyo principal combustible no es la conciencia sino el narcisismo. Pedro Sánchez, a quien el cargo debería impedir (un impedimento ontológico) reclamar nada, tampoco se ha abstenido de mostrarse partidario de “más inversiones en tratamiento”, contradiciendo así la idea del poder como torre de soledades. Incluso hemos visto a una ministra asegurar ante las cámaras que ella también pasó por el trance y ya ven, confesión que por un lado parece tributaria del método Colau y por otro sugiere que la próxima estación podría ser la negación misma de la enfermedad, o lo que es lo mismo: una grave parade contra el sentido.

Vóz Pópuli, 21 de octubre de 2018

sábado, 20 de octubre de 2018

Tu afición es sentimiento


Uno de los programas culturales más exitosos de nuestro tiempo (y entiéndase ‘programa’ en el sentido en que lo pueda ser la corrección política) fue el que promovieron a principios de los noventa Manuel Vázquez, Javier Marías, Santiago Segurola y Jorge Valdano. Hablo, claro está, de la imbricación del fútbol y la vida, que podríamos definir como la fijación del cauce expresivo que liberó al juego de su servidumbre semántica para presentarlo tal cual era: un fenómeno asombroso. De esa mirada oblicua, Vázquez había extraído (años setenta, tal vez) la idea del Barça como ejército simbólico (la única de cuantas alumbró, por cierto, que no se ha venido abajo); Marías, madridista de batín, cifró el virtuosismo en lances estéticos (aquel memorable “Felones”, en pleno Mundial del 94, en que abjuró de la Selección después de que sus jugadores se dejaran perilla) y Segurola convirtió la crónica futbolística (género que por entonces daba signos de agotamiento) en un vibrante contencioso entre la vistosidad y la especulación, trasuntos, a su vez, del progresismo y el conservadurismo políticos. (Retrospectivamente, y al hilo de esa reverberación, la Holanda de Cruyff fue contracultural, el Brasil de Sócrates libertario y la Italia de Gentile reaccionaria. El fútbol no imita la vida, sólo sus más bárbaros indicios.) Me he inclinado por el término vistosidad en lugar de tiqui-taca para rendir tributo a Jorge Valdano, que suele rehuir esa onomatopeya por considerarla denigrativa, el atajo más socorrido para subrayar la inercia retórica del jogo bonito. No le falta razón, pues fue Clemente quien echó a andar al animalillo para ridiculizar un artículo de Ángel Cappa, El tiki y el toque (El País, 1994), airado y arrogante como los viejos manifiestos vanguardistas: “Vivimos en la cultura de la inmediatez y el utilitarismo. Todo tiene que ser ahora y práctico. Todo tiene el carácter transitorio de los productos de consumo. Vale el que gana y mientras gane. Quizá por eso es tan fácil confundirse y creer que el fútbol es geométrico y estadístico, computable y previsible”. También Valdano fue objeto recurrente de mofa. Sobre todo por parte del locutor García, que siempre vio en su elocuencia una suerte de tartamudez inversa.

Mas el molde se había roto, y atraídos por las posibilidades de un género propicio a la melancolía, otros autores se añadieron al coro. Al principio, dando rienda suelta a una doblez de opereta: informadores políticos, críticos culturales o novelistas alternaban a ratos perdidos con el balón. Las tardías travesuras de Guillem Martínez, las leyendas desganadas de Enric González, el fanatismo reposado de Sergi Pàmies. Al calor de la novedad, florecieron revistas y aun editoriales, y al poco no quedó en España un solo escritor que se resistiera a sacar al hincha que llevaba dentro; a menudo, sin calcular que también lo llevaba fuera. La tentación manierista hizo el resto y los periódicos empezaron a llegar envueltos en una telilla de murmuraciones infantiles. Me quité el día en que tropecé con la mía.

Hasta que esta misma semana volví a preguntarme cómo empezó todo. Y fue de nuevo Valdano quien susurró: “El Madrid estaba en observación y cuando el Alavés marcó el gol, se me cayó en el comentario la palabra tragedia. Esas exageraciones dejan sin adjetivos a los periodistas de sucesos para describir sus catástrofes. Pero cualquier juego solo tiene sentido si lo ocupa todo durante un rato”.

The Objective, 20 de octubre de 2018

jueves, 4 de octubre de 2018

Salida de emergencia

Uno de los tópicos más insidiosos de cuantos ha generado el procés es la afirmación de que los políticos han engañado a la gente, como si lo reprochable, antes que el intento de golpe de Estado, fuera la ineficacia de los golpistas. “Habéis jugado con nuestras ilusiones”, claman los dolientes, limitando la responsabilidad de los Mas, Puigdemont o Junqueras al hecho (¡im-per-do-na-pla!) de no haber obrado con la solvencia que la empresa requería.

Ni que decir tiene que tales ilusiones son legítimas, como legítima, entiéndase, es la incontinencia del anciano. Un independentismo, ay, de buena fe. El corolario de semejante análisis se resume en la necesidad de gestionar la frustración colectiva, sin que sepamos, por el momento, si el Estado va a tener que costear el psicólogo a dos millones de tarados. Siempre Boadella.

Los partícipes de la teoría del engaño suelen arracimarse en torno al proteico mundo de la equidistancia. Tras una vida declinando la realidad en sesudos ensayos, hoy invocan fantasmagorías como el honor o la seriedad para explicar lo ocurrido en Cataluña. Cualquier evasiva es útil si sirve al propósito de salvar al pueblo y, sobre todo, salvarse ellos. ‘También yo me lo creí’, imploran.

Lo que creyeron se resume en que el Sí del referéndum llevaría a la independencia y el mundo la reconocería. ‘Fue lo que nos dijeron’, se excusan. Así la tonta en mitad de la orgia.

Mas no hay cuidado. Ante la imposibilidad de celebrar su agudeza, la afición llorará su humildad, entreteniendo la espera de su próximo panfleto: yo fui una esclava del 1-O.

The Objective, 4 de octubre de 2018

viernes, 28 de septiembre de 2018

À la ville

Más sereno que romo, el discurso con el que Manuel Valls anunció su candidatura a la alcaldía de Barcelona devolvió a la política local la sensatez, el pragmatismo y la ambición que el nacionalpopulismo le había hurtado. Sí, tal vez las credenciales patriótico-familiares fueran ociosas, máxime frente a un electorado que se define precisamente por la renuencia a esta clase de peajes. Ítem más: es hora de que Valls sepa que ni el más atildado alarde de genealogía antifranquista persuadirá a la izquierda CCCB de que es poco más que un ariete anticatalán. Y que el intento de obtener el beneplácito de gentes como Lluís Bassets o Josep Ramoneda, cuyos análisis se levantan sobre la premisa de que Ciudadanos y el PP son partidos ultras, no sólo está abocado a la melancolía: además, puede redundar en el desapego de sus votantes, digamos, naturales. Con todo, y pese a esta prevención, Valls dejó afirmaciones  ciertamente excéntricas, dado el pensamiento hegemónico en Cataluña.

Así, subrayó la condición antinacionalista y antipopulista de su proyecto (y urgió a darle la espalda al independentismo, desbordando la noción de ‘pal de paller’ que defiende el nacionalismo), rescató la noción de Área Metropolitana, una de las claves de bóveda del maragallismo más antipujolista, reivindicó el castellano como activo económico y cultural, abogó por restablecer los nexos con España, propugnó una mirada más atenta a la comunidad latinoamericana y apuntó la posibilidad de que su propio desempeño como alcalde de Barcelona relance el sueño europeo, al hacer de esta ciudad la primera de la Unión gobernada por un dirigente curtido en otro país. Por el camino, incluso se permitió abominar de los okupas, y todo con guante de seda, sin afectaciones ni mojigatería, conforme a un estilo que evidenció, por sí solo, la ineptitud de la actual alcaldesa, o acaso el modo en que pretende disimularla, ese polivictimismo de obvia raíz patológica cuyas efusiones suenan a capsulitis; todo lo grave, severa y aguda que quieran, pero capsulitis. 


En cierto modo, y como ha ocurrido en otros lapsos históricos, Barcelona se convertirá este mes de mayo en una suerte de laboratorio en que se enfrentarán la verdad y la posverdad, el optimismo ilustrado y la indocta demagogia, la luz y las tinieblas. A un lado, Colau, Maragall y la CUP; al otro, Valls. Con una salvedad: el principal adversario de Valls ni siquiera serán sus rivales, sino este tiempo de molicie.  


Voz Pópuli, 28 de septiembre de 2018

sábado, 22 de septiembre de 2018

De entrada no

Borrell, el guardiola del socialismo español, aludió a las características de las bombas GBU-10 Paveway II para justificar que España le vendiera 400 a Arabia Saudí. Se trata, dijo, de proyectiles guiados por láser, “que dan en el blanco con una precisión extraordinaria”. Requerida al respecto, la ministra Celaá añadió una especificación que se adentraba en el ámbito de los instintos morales: “No se van a equivocar matando yemeníes”. Semejante predicción, obviamente, es imposible; de hecho, la contienda que se libra en Yemen se ha distinguido por la crueldad de algunas de las acciones (sin distinción de bandos) y Naciones Unidas ha denunciado en un informe la escasa disposición de Riad y Saná a “minimizar las víctimas civiles”. En ese escenario, cualquier suministro de armamento  es subsidiario de la recta aplicación del kilómetro sentimental, es decir, de un mecanismo tan universal como indefendible. Ahora bien, el cinismo con que el PSOE ha envuelto la operación no debe ocultar el patetismo con que viene empleándose Podemos.

En enero de 2016, el partido morado reprochó a Felipe VI que viajara a Arabia Saudí para solemnizar la contratación de las cinco corbetas que hoy están en el centro del chantaje. “No pensamos que sea razonable”, decía la nota difundida al efecto, “que una institución como la monarquía, supuestamente neutral y que debe promover los valores compartidos por la ciudadanía española, realice una visita oficial a un país como Arabia Saudí”. En lo relativo a la colaboración militar con el régimen, el comunicado exigía “una rendición de cuentas exhaustiva” ante “las acusaciones de violar los derechos humanos y el derecho internacional humanitario [sic]”. Asimismo, fueron las huestes populistas quienes, en pútrida alianza con el nacionalismo, convirtieron la concentración que siguió al atentado del 17-A en una protesta ¡antibelicista! contra la Casa Real, con el paseo de Gracia atestado de pancartas que acusaban a Felipe VI de cómplice del terrorismo.

En el caso del podemismo, el paso de los manifiestos a la realidad es un camino de reinserción. Puesto en la tesitura de actuar contra los intereses de la clase obrera local, el alcalde de Cádiz, José María González, optó por insubordinarse ante Kichi. Y así, el 17 de febrero de 2016, en la Diputación de Cádiz, votó a favor de una moción presentada por el PSOE para acelerar el inicio de la construcción de las embarcaciones. No sin antes intentar incrustar en el acta la convocatoria de una manifestación en defensa de los Derechos Humanos y contra el terrorismo.

Kilómetro sentimental, decía. No es exacto. No es que los muertos de allí valgan menos que los de aquí. Es que los muertos de allí valen menos que el desempleo aquí.

Voz Pópuli, 22 de septiembre de 2018

martes, 18 de septiembre de 2018

La vida líquida

Enric González, de natural prudente, nunca habló tan alto como cuando en sus memorias lo hizo de Juan Luis Cebrián: “Vale, el poder miente. Siempre. Pero lo de Cebrián es de traca. En comparación con él, Mariano Rajoy cumple sus promesas con la precisión de un reloj suizo. El poder miente, siempre, pero para encontrar a alguien comparable a Cebrián hay que remontarse a Goebbels”. Debió de gustarse, porque a partir de entonces no hubo entrevista en la que no despotricara del antiguo director del periódico, en ocasiones de forma un tanto rebuscada (“Cebrián y Pedro Jota tienen el nivel ético de una oruga”, llegaría a declarar), como parece inevitable cuando a alguien se le ha llamado nazi. Por entonces la inquina ya era mutua. A los diez días de que González fuera incluido a petición propia en el ERE de El País, Cebrián borró su nombre de un artículo de Santos Juliá, sentando jurisprudencia entre los redactores acerca del tratamiento que a partir de entonces debía merecer el maestro de corresponsales. Era su respuesta al artículo de Jot Down en que González, precisamente buscando el despido, incendió-las-redes: “Comparto la opinión universal sobre Cebrián. A mí también me causa horror y una cierta repulsión. Pero prefiero pensar que está enfermo y que la cura a su enfermedad no puede pagarse con dinero. No debe de ser, como pensé hace unos años, un simple caso de ludopatía bursátil. Si fuera así, habría recuperado ya la lucidez. Dudo que lo suyo tenga remedio. Es una lástima”. Hace unos días se supo que González ha regresado a la que fue su casa, luego de una oferta de la nueva directora, Soledad Gallego-Díaz, la misma que, en una decisión inaudita incluso para El País, puso en la calle a David Alandete, José Ignacio Torreblanca, José Manuel Calvo, Maite Rico y Luis Prados. Su triunfo es incontestable, y no sólo porque la destitución de Cebrián haya sido condición inexcusable. En apenas seis años ha sido indemnizado con un pastizal, ha puesto a caldo al consejero delegado, ha racaneado su talento en la competencia (de la que, cada vez que ha tenido ocasión, ha dicho que no le ponía tan cachondo como la primera) y ha vuelto a El País para ir a hacer las Américas, y siempre cobrando un poco más y trabajando un poco menos. Ondoyante, la vida.

The Objective, 18 de septiembre de 2018

viernes, 14 de septiembre de 2018

Pillar hasta que te pillen

“La renuncia de Cifuentes al máster es condición necesaria, pero no suficiente”. “Cifuentes está reconociendo que ha mentido y esa es la cuestión del caso”. “Cifuentes representa la cultura del esfuerzo según el Partido Popular: pilla hasta que te pillen”. “Ya no puede devolver la dignidad a las instituciones públicas que ella misma ha manchado con su falta de ejemplaridad”. “Estamos a las puertas de un nuevo tiempo en la política española y en la madrileña en particular”. “Cristina Cifuentes y Albert Rivera tienen algo en común: dime de qué presumes y te diré de qué careces. Cifuentes no hizo el máster, pero Rivera se está doctorando en cinismo”.

La misma persona que se llenó la boca de reproches a Cifuentes, anunciando el advenimiento de un tiempo nuevo; la que se permitió tildar de cínico a Albert Rivera (¡se está doctorando en cinismo! Bien sabía de qué hablaba, el muy tunante); la que promovió, en fin, una moción de censura apelando a la corrupción miasmática del partido gobernante, venía de firmar una tesis doctoral que, según todos los indicios, había perpetrado un tal Ocaña ensamblando materiales de derribo.

El caso no es equiparable a los de Cifuentes, Casado o Montón. (Por ceñirnos al ámbito de la política, el de Sánchez sería un caso similar, con alguna que otra salvedad, al del profesor Junqueras, que sometió la tesis de un Jaime Carrera al método intertextual). No en vano, a diferencia de cualquier máster, incluso de cualquier máster que no verse sobre Estudios Interdisciplinares de Género, el doctorado es la llave de la docencia universitaria. O lo que es lo mismo: faculta a su poseedor para optar a una sustancial mejora de posición, lo que sitúa el fraude en la esfera de la estafa económica. La intelectual, tratándose de España y la universidad, se da por sentada.

El pacto con la antiespaña para desalojar del poder al Partido Popular, máxime en un instante en que la principal amenaza que enfrenta la democracia es el nacional-populismo, evidenció que Sánchez era un ventajista sin miramientos. Esa misma inmoralidad, después de todo, es la que rezuma su TD. Y la que le llevó a afirmar, con aflicción sobrevenida, cumpliendo el ritual socialdemócrata de explotar la sentimentalidad hasta lo indecible, “hoy he perdido a una amiga como ministra”. Compréndanlo, él iba a un entierro y de repente fue él quien se vio en el ataúd.

Voz Pópuli, 14 de septiembre de 2018

sábado, 8 de septiembre de 2018

Se abre el telón

El discurso de Torra en el TNC no ha hecho sino recordar a los catalanes que el Parlamento autonómico lleva meses clausurado. Con la conversión del mausoleo escénico de Bofill en remedo de la sede legislativa, el soberanismo añade otro hito a su verdadera acción de gobierno, esto es: la liquidación, por caricatura o ninguneo, de las instituciones democráticas. El cuadro resultante, cada vez más similar a lo que bien podríamos llamar ‘patrimonialismo posmoderno’, incluye una presidencia bicéfala, en la que el presidente primero, por así decirlo, fiscaliza la labor del presidente segundo (con la particularidad de que el presidente primero es un prófugo) y dos consejos ejecutivos: el nuevo y el viejo, ambos con idéntica autoridad para ejercer funciones de representación o difundir comunicados gubernamentales, como hoy ha sido el caso.

La antinomia se extiende desde la cúspide al resto de instancias político-administrativas, al punto que el Consejo de Garantías Estatutarias se halla neutralizado (no podía ser de otro modo, siendo el rupturismo el único punto del programa) y el Síndic de Greuges es una mera correa de transmisión de los designios de Presidencia (nunca he entendido, a todo esto, que la indecencia de Ribó no sea señalada con tanto esmero como la de Mascarell).

Asimismo, y como ha observado el periodista Iñaki Ellakuría, la agenda de Torra únicamente tiene en cuenta a Tractoria y sus extensiones morales (una exposición soberanista en Perpiñán, las cárceles de Lledoners y El Catllar, la mansión de Waterloo). O lo que es lo mismo: evita, con la misma obscenidad con que Pujol evitaba en los noventa las Terres de l’Ebre, todas aquellas plazas donde las fuerzas nacionalistas carecen de mayoría, particularmente Barcelona y su cinturón industrial. Por lo demás, en el calendario de la legislatura apenas si cuentan los días de la ira: 11-S, 1-O, 3-O, 27-O, 9-N…

La intentona golpista de hace un año tuvo su contrapunto en la manifestación constitucionalista del 8 de octubre, que pareció abrigar una promesa de normalidad. Lo cierto, no obstante, es que Cataluña sigue siendo el país contrahecho que la mitad del Parlament fundó el 6 de septiembre.

Voz Pópuli, 8 de septiembre de 2018

martes, 4 de septiembre de 2018

Pinker en el autobús

Las dos mujeres que se sientan enfrente deben de andar sobre los cuarenta y largos, tal vez cincuenta y pocos; empieza a ser complicado cifrar según qué edades, más cuando el ingreso en la madurez (y aun en la vejez) no conlleva renuncias. Ni al yoga ni al sexo ni a la indignación. Además de la esperanza de vida está ese insólito alargamiento de la plenitud. El Gardel que cantaba “las nieves de tiempo platearon mi sien”, conviene recordarlo, apenas había rebasado los cuarenta.

Dos mujeres enfrente. Una de ellas (la que está junto a la ventana, en diagonal respecto a mí) se queja cansinamente (un levísimo chasquido) del aire acondicionado; es probable, me digo, que sea esa gelidez de Corte Inglés la que hace el silencio entre los pasajeros. La otra se le apoya en el hombro, en un intento de serenarla que más parece un pretexto para la ternura y, con el índice de la mano derecha, le acaricia el dorso de la izquierda. Viene un beso. Y otro.

Trato de reprimir la indiscreción enterrando la cabeza en El orden del día, que me dejará atrapado un tiempo en el Hollywood Custom Palace, vistiendo nazis de cine desde 1940. Al levantar la vista, y como quiera que siguen los arrumacos, intento aparentar que la escena no me escandaliza sino-todo-lo-contrario. Ah, pero la búsqueda de ese contrario se revela infructuosa. Porque lo contrario sería aplaudir. Y no, acabáramos. Aunque bien pensado, ¿por qué no? Aplaudir al pasaje entero, a todos nosotros; al vehículo y su refrigeración escandinava; al hecho de que sean las cuatro de la tarde y nos dirijamos mayoritariamente a la mejor playa urbana de Europa y quién sabe si del mundo; a que nadie escupa ni fume; a que una plataforma móvil se haya desplegado para recoger a un minusválido (que ha ocupado de inmediato un acomodo preferente); a que una voz de galán anuncie las paradas. A que conduzca una mujer. Entiéndanme, yo aún recuerdo la mañana en que mi abuela, con una mezcla de asombro y piedad, me dijo: “Hoy bajaban dos negros por la calle Regomir”. Y con eso echábamos el día.

The Objective, 4 de septiembre de 2018

viernes, 31 de agosto de 2018

Particulares

Que hayan sido dos tuiteros, @troqueliano y @_Nikator_, quienes han destapado el intento de Puigdemont y sus asesores de falsear las palabras del juez Llarena, refiere, una vez más, el crónico desistimiento del Estado respecto a las asechanzas del independentismo. En este caso, además, se da el agravante de que desde el 5 de junio, fecha en la que se presentó la demanda, se sabía que ésta se fundamentaba en unas declaraciones que el magistrado había efectuado en Oviedo el 22 de febrero. Tan sólo había que aguardar a que se divulgara la traducción de esas declaraciones (no más de 100 palabras) para detectar el “et oui c’est ce qui s’est produit”. Vamos, que no había que ser precisamente un cerdo trufero.

Troquel y Nikator no son los únicos espontáneos que han suplido el absentismo de la Administración. El informático granadino Pablo Haro, militante de C’s, recopiló en mayo 440 artículos del presidente de la Generalitat, Joaquim Torra, y los difundió en internet a través de Google Drive. Su ingente labor dio a conocer el sustrato xenófobo de la ideología del sustituto de Puigdemont y, de paso, evitó que el blanqueamiento de su figura, al que el Govern ya se había aplicado en las redes sociales, alcanzara a las hemerotecas. Asimismo, y a raíz de que los Mossos d’Esquadra (cumpliendo órdenes expresas de Torra) empezaran a identificar a los ciudadanos que retiran lazos amarillos de calles y plazas, otro particular, el abogado barcelonés José Domingo, presidente de Impulso Ciudadano, interpuso la denuncia que resultó en la apertura de diligencias contra dicho cuerpo policial.

Esas brigadas de descontaminación, por cierto, también deben su existencia a la que, sin duda, es la más flagrante de las desatenciones en que incurre el Gobierno central para con los derechos de los catalanes. No en vano, son el Ejecutivo y el Ministerio Público quienes habrían de impedir, con radical determinación, la apropiación simbólica del espacio público por parte del nacionalismo. En lugar de ello, dan en situar en pie de igualdad a independentistas y constitucionalistas, refocilándose una vez más en la grácil, proverbial e higiénica equidistancia, responsable última del atolladero en el que nos encontramos.

 Voz Pópuli,  31 de agosto de 2018

miércoles, 29 de agosto de 2018

Los nuevos antisistema

De vuelta a la casa, después de que los Mossos nos hubieran mandado parar y hubieran tomado nota de nuestros DNI (sí, yo también suis un bicho, y no en sentido retórico), el regocijo inicial (pura nerviosidad adolescente, las palabras pasma, papela y spray batiendo la noche) dio paso a una cierta inquietud. Después de todo, seguíamos en el pueblo, y no cabía descartar que la policía difundiera entre la canalla las señas del lugar donde nos alojábamos. El temor se haría sólido al día siguiente, cuando el alcalde de la localidad arrojó a Twitter un nombre como quien arroja un venado. Caza mayor. L. sometió a la consideración del grupo la posibilidad de anular la reserva en Mas d'en Curto, segunda estación de nuestro tour gastronómico por la comarca. No le faltaban razones. "Es un sitio algo apartado y nos podrían estar esperando, o propagarse la voz durante la cena; bastaría con que un camarero nos delatara." Me vi corrido a boinazos (¡a barretinazos!) en mitad del campo por una turba amarilla, y ni siquiera me hizo falta recurrir a la fantasía. Tenía frescas las imágenes del escrache, realísimo, al juez Llarena en Palafrugell, urdido en apenas 10 minutos de 'pásalos'. Qué no podrían hacer con 10 horas por delante. Mas un vozarrón entusiasta zanjó la deliberación: "¡Ni soñéis con cancelar esa cena!". El arroz de Rosa acabó conjurando el desasosiego, mas no por entero. A esa hora, ya nos habíamos enterado de que una mujer había sido agredida en el Parque de la Ciudadela.

Hoy nos reunimos allí, junto a la entrada donde Lidia recibió los golpes, en una concentración de repulsa a la que asistieron otras mil personas, pueblo en su más bronca acepción. Como es habitual en este tipo de actos, la llegada de Albert Rivera y de Inés Arrimadas fue saludada con gritos de ¡presidente! y ¡presidenta! Horas antes, en Alella, ambos habían predicado con el ejemplo, convirtiéndose en los primeros políticos que descontaminaban el espacio público. Veo a Félix Ovejero, Pepe Domingo, Carlos Feliu y demás sospechosos habituales. Juan Carlos Girauta, conocedor de nuestra peripecia en L'Ametlla, nos saluda cariñosamente. En ese mismo instante, la multitud clama "Si nos tocan a uno, nos tocan a todos". Una consigna típicamente feminista, travestida para la ocasión. No en vano, entre algunos manifestantes parece arraigar la convicción de que hoy en día no hay nada más antisistema que la defensa del sistema. El resto es ventriloquía para dummies. De ello da fe una pancarta artesanal que le recuerda a Colau algo vagamente similar.

Al abandonar el lugar, me detengo frente a una locutora de TV3 on the air que le cuenta a los televidentes las muchas dificultades con que han tenido que lidiar debido a la hostilidad de los concentrados, que han proferido insultos contra la cadena. Le habla, exactamente, a lo que ella considera la mitad de la población.

Apenas a doscientos metros de ese acceso, se alza la Glorieta de la Transexual Sonia, así llamada en memoria de Sonia Rescalvo, asesinada a golpes por seis skins nazis el 6 de octubre de 1991. Por estos aledaños, el viento de fronda trae, inexorablemente, su recuerdo.

El Mundo, 29 de agosto de 2018

viernes, 17 de agosto de 2018

Ni miedo ni vergüenza

En septiembre del año pasado, el comisionado de Programas de Memoria del Ayuntamiento, Ricard Vinyes, descartó la instalación de un monumento a las víctimas del atentado yihadista de Barcelona y Cambrils por “no dar supremacía a unos hechos o a unas víctimas sobre las muchas que ha vivido [sic] La Rambla a lo largo de su historia”. Anunció, eso sí, que había hablado con sus homólogos del Ayuntamiento de París y que lo más probable es que Barcelona adoptara el modelo parisino: placas con el nombre de las víctimas en el lugar donde se produjo el atentado, acotado en Las Ramblas al Pavimento Miró. Al igual que el subtexto de ‘Barcelona, ciudad de paz’ es ‘Madrid, ciudad de la guerra’, el de las declaraciones del memorable era ‘Y no como en Atocha’. Un año después del atentado, no hay en el lugar recordatorio alguno ni parece que vaya a haberlo. La presidenta del grupo municipal de C’s en el Consistorio, Carina Mejías, lo ha solicitado varias veces y siempre ha recibido la misma respuesta: “Una actuación así debe ser fruto del consenso, y no lo hay”. Insólito, máxime teniendo en cuenta la propensión del Gobierno municipal a manosear el callejero (de Puig Antich a Rubianes), y a proyectar su ideología sobre la simbología y señalética barcelonesas, del lazo amarillo de la Casa de la Ciudad al Open Arms de Colón. Y no sólo sin consenso, sino con la voluntad de reventarlo sin remedio.

Quienes sí tendrán una señal conmemorativa son Pau Pérez, el hombre de 34 años de Vilafranca del Penedés apuñalado mortalmente por Younes Abouyaaquob en su huida, y Ana María Suárez, la zaragozana de 67 años que murió atropellada en Cambrils. En memoria de Pau, el Ayuntamiento de Vilafranca inaugura hoy un monolito de mármol. En memoria de María, el Ayuntamiento de Cambrils descubrirá mañana una placa frente al club Náutico. No creo que haya constancia en el mundo civilizado de que una misma secuencia de atentados, perpetrados, además, por los mismos individuos, acabe instaurando dos categorías de víctimas, pero en esta Cataluña y esta Barcelona todo es ya posible. Se trata, en cualquier caso, de un epílogo coherente con la miseria moral que ha envuelto la gestión política del atentado por parte de las autoridades locales y regionales. Y tan sólo cabe confiar en que, a no mucho tardar, el caso se estudie en las universidades. Pero a diferencia de la ejemplar Transición, tan detestada por Colau, Puigdemont y sus respectivas huestes, como antimodelo. Una actuación así, en que todo, absolutamente todo, se hace mal, sólo ha de procurar enseñanzas.

The Objective, 17 de agosto de 2018

sábado, 11 de agosto de 2018

Noticia del One

Fundación FG - Pablo Juliá
“Vivimos en un país curioso. Sobran los predicadores, los que se suben al púlpito dispuestos a pontificar, incapaces de asumir la irresponsabilidad de la prédica. Pocos quienes [sic] dan trigo, abarcan a dos manos la sociedad e intentan ir modificándola para conseguir una sociedad más justa”. Corre el mes de enero de 1989 y Felipe González no escatima reproches a los sindicatos en sus notas personales, que la fundación que lleva su nombre hizo públicas en julio*. El Gobieno aún no se había repuesto de la segunda huelga general (14 de diciembre de 1988), tercera de la democracia, de las cuatro que aquéllos le acabarían montando. A diferencia del paro del 20 de junio de 1985, convocado por CCOO contra la ley de reforma de las pensiones (finalmente aprobada), el del 14-D tuvo como detonante el Plan de Empleo Juvenil, punta de lanza de una reforma laboral que, al decir de la izquierda de la izquierda, no pretendía sino institucionalizar la mano de obra barata. Ante las acusaciones de venderse al capital, Felipe alega que no hay medida más progresista que la que propicia la creación de empleo.

Pero hay más. El 14-D supone el fin del modelo de concertación que ha regido desde la Transición, y, de algún modo, también lleva larvada la impugnación de la Transición misma. El despecho de Felipe responde a que nunca se ha sabido tan solo al frente de lo que él considera una cruzada modernizadora. Con la Alianza Popular de Hernández Mancha alentando la protesta (“El desprecio sistemático al Parlamento como foro de debate por parte del Gobierno cierra un amplio círculo de causas para la huelga”), El País torciendo el gesto (“Lo cierto es que el rechazo y la frustración ante la manera de gobernar de los socialistas han unificado el paro de ayer hasta extremos no conocidos en las últimas décadas”) y Julio Anguita descubriendo el filón de la demagogia profesoral, el Gobierno apenas encuentra consuelo en la CEOE, amor de pago. Asimismo, un archipiélago, y nunca mejor dicho, de partidos de ultraizquierda se ha adueñado de las calles al calor de las movilizaciones, poniendo a España al borde del estallido social.

Pero hay más, mucho más. Quien lidera el plante no es ningún coco de larga data, sino el ugetista Nicolás Redondo, hasta un año antes diputado del PSOE. El líder histórico del sindicato hermano, el socialista procesado durante el franquismo al que le viene como un guante el eslogan ‘cien años de honradez’, ha puesto a los obreros (también a funcionarios, empleados y profesionales liberales) en pie de guerra. Y a Felipe se lo llevan los demonios. Que un hombre como Redondo, al que no se le conoce una sola propuesta operativa (ya no digamos audaz), se lleve las vitolas de la integridad, la dignidad, la coherencia… y a él, que se está jugando el tipo y aun las siglas por sacar a España del atraso, se le tenga por un traidor… País curioso, ciertamente, donde curioso es el eufemismo más ajustado de despreciable que se permite el presidente, que gobernó, de hecho, a base de promulgar eufemismos.

Mas la irresponsabilidad de Redondo, se dice González, no es noticia. Cuando menos, no para él. “Recuerdo un mitin en Barcelona (¿Montjuic?) con Nicolás Redondo, poco después de la firma de los Pactos de la Moncloa. Nicolás Redondo fue aclamado por su rechazo a los Pactos. Cuando intervine yo, inmediatamente después, tuve que esperar algunos minutos a que amainara la bronca, pancartas incluidas. Nicolás estaba satisfecho y no se le ocurrió siquiera echar una mano para calmar los ánimos. No sé por qué me viene a la memoria con tanta nitidez. Comencé, después de guardar silencio en la tribuna durante varios minutos, pidiendo a los de las pancartas que las hicieran descender, porque ya habían conseguido su propósito de que las vieran en toda España por TVE, que se dispusieran a oír lo que tenía que decirles. […] Me costó media hora darle la vuelta a la situación, ya con la ventaja de ser el último en intervenir. Todavía entonces –finales del 77- Nicolás se veía comentando que había ganado la partida”.

El desconcierto del PSOE se pone de manifiesto en su Comité Federal, donde se constata la fractura de “la relación partido-UGT”. Entre quienes cierran filas con el presidente, hay quien propone ir “A por los sindicatos”. Felipe toma nota de todas las intervenciones y, cuando le llega el turno, improvisa una síntesis tan equívoca como brillante: “A por los sindicatos, no. Lo contrario, tampoco”. La fórmula alumbra, por estricta analogía, otros dos lemas: “Poder sí, responsabilidad no. (Actitud de los sindicatos.) Poder sí, responsabilidad también [actitud del Gobierno]”.

El Gobierno retiró el Plan de Empleo Juvenil.

*La Fundación Felipe González abrió el pasado 12 de julio los archivos personales del ex presidente, 90 documentos que comprenden centenares de páginas de cuaderno cuadriculado, organizados por materias, lugares, años y personajes e instituciones aludidas. También en este punto Felipe ha sido un precursor.

The Objective,  11 de agosto de 2018

viernes, 3 de agosto de 2018

Exhumación


No he tenido en cuenta los artículos en que Franco tiene un papel secundario, ni las cartas al director, ni las necrológicas de personajes vinculados al régimen (sí las de familiares), ni las informaciones sobre marchas antifascistas con el 20-N como pretexto, ni las entrevistas en que el entrevistado evoca de pasada a Franco o el franquismo. La mayoría de esas piezas (también) son indicativas del influjo del dictador, pero ante la posibilidad de que deformaran las cifras por abultamiento, me he inclinado por descartarlas.

Dado que el cómputo no pretende ser exhaustivo, me he basado únicamente en El País. La elección obedece, además de a su carácter referencial, a la fecha en que apareció: el 4 de mayo de 1976, tan sólo seis meses después de la muerte de Franco. Ningún otro diario revela con idéntica limpieza epistemológica el mayor o menor protagonismo del personaje en la agenda política de la democracia. O por decirlo de otro modo: el énfasis con que Franco, 'subject', se ha ido entreverando en la vida pública de un país libre, a menudo hasta monopolizarla. Bien es verdad que El País no sólo ha sido el reflejo de un estado de las cosas, sino también su principal artífice, pero no es menos cierto que no siempre ha actuado como tal, y es precisamente esa oscilación lo que permite fijar algo parecido a una pauta.

Los datos que presento habrán de dar lugar a un análisis que vaya más allá de lo que salta a la vista. Con todo, no he resistido la tentación de interpretar, o acaso contextualizar, las subidas y bajadas de la gráfica. Así, la caudalosa afluencia de noticias de mediados y finales de los setenta se enmarca en los últimos coletazos de la dictadura y tiene como primeros actores a sus fieros nostálgicos: misas por Franco en el Valle de los Caídos, manifestaciones en la plaza de Oriente, “gritos contra Suárez”… (Ningún otro presidente, por cierto, sufrirá como sufrió Suárez los embates del franquismo residual.) A partir de los ochenta se produce una brusca caída que no se detiene hasta 2004, con la llegada al poder de José Luis Rodríguez Zapatero. Ese año se baten todos los registros habidos hasta entonces, con 55 artículos. Por lo demás, 1989, con sólo 2 artículos (“Un millar de personas conmemoraron el aniversario de la muerte de Franco” y “Pilar Franco Bahamonde muere en Madrid a los 94 años”), constituye el grado cero de lo que, por emplear el lenguaje de los oncólogos, no deja de ser una sobreexpresión. (De no haber sido por la inflación generada por el centenario de Franco, con su hemorragia de biografías, documentales y simposios, ese grado cero habría llegado, con toda probabilidad, en 1992 y aledaños; en cualquier caso, no fue aquel un revival político, sino historiográfico).

Entre 2004 y 2011, como decía, la ley de memoria histórica se plasma en forma de súbita crecida: de la decena larga sobre la que pivotan los ochenta, los noventa y los primeros 2000, se pasa a la serie 55-34-53-53-32-19-45. En el ecuador de ese retroactivismo (que parece moderarse levemente durante el bienio más asolador de la crisis), despunta una noticia: “Sólo 70 personas en el Valle de los Caídos”. La cifra se dispara hasta 99 artículos en 2015, año I de los ayuntamientos del cambio, IV de la hipermovilización procesista e inicio de un trienio que tiene como suelo las 50 noticias de 2016. En 2018, sólo hasta el 22 de julio llevamos 77, por lo que, con toda seguridad, se rebasarán, con mucho, las 99 de 2015. Nunca un caído habrá estado tan ¡presente!

Cualquier inmersión en la hemeroteca tiene algo de chapoteo melancólico. En 1977, El País titulaba así la noticia sobre la manifestación del 20-N: "Unos 150.000 franquistas, contra la democracia en el 20-N". Ni 'histórica exhibición de fuerza' ni 'otro 20-N multitudinario' ni 'nueva demostración de fuerza'. 150.000 nacionalistas contra la democracia. Y en 1978: "Millares de personas uniformadas de azul 'tomaron' Madrid después del acto en la plaza de Oriente". Ni 'la marea azul inunda las calles de Madrid' ni 'miles de personas celebran...'. Uniformados 'tomaron' la ciudad.

Voz Pópuli, 3 de agosto de 2018

viernes, 27 de julio de 2018

Ni César ni nada

Así como la derrota en unas elecciones no impide integrar el Gobierno que forme el vencedor, perder un congreso supone, si no el destierro, sí la marginación. En ello influye el encono con que suelen librarse esta clase de lizas, cristalizado en la célebre gradación de Adenauer, a la que Andreotti dio una vuelta de tuerca: “Hay amigos, conocidos, adversarios, enemigos y compañeros de partido”. Por obvias razones darwinistas no hay estructura de poder que despierte mayor hostilidad entre sus miembros. Y aún más insalvable que el encarnizamiento, que la radicalidad de la contienda (acrecentada por el prurito de disimulo a que obliga enfrentarse a un compañero), es la incompatibilidad de los proyectos. Ni el PSOE de Rosa Díez era conciliable con el PSOE de Zapatero ni el Podemos de Iglesias podría acomodar, sin menoscabo de su ideario, al Podemos de ErrejónSantamaría no es ajena a tales inercias, por lo que su intento de negociar la pax a cambio de un 43% de los puestos en la Ejecutiva de Casado sólo refiere su incapacidad para asumir la derrota.

Los manejos que se le atribuyen (una leyenda que ella misma ha cultivado a base de omisiones, en la convicción de que tendemos a asociar la perversidad con la inteligencia, y en la que también ha tenido algo que ver el gusto de cierta prensa por la literatura de intriga), topan en el caso del máster con una evidencia: el periódico que más a fondo se ha empleado contra su rival no ha sido El País, sino El Mundo. Antes que la ponzoñosa regurgitación sobre su paso por la Rey Juan Carlos que viene publicando el primero (y que demuestra que tampoco Soledad Gallego-Díaz sabe perder), lo que hizo peligrar la candidatura de Casado fue la información del presunto aprobado ¡político! de 12 asignaturas de Derecho en 2007, que firmaron Quico Alsedo y Pedro Herráiz en 'EM', y que supuso el arranque de un formidable despliegue que incluyó otras cinco piezas. La Complutense, universidad a la que estaba adscrito el centro donde cursaba la carrera el joven diputado palentino, abrió una investigación al respecto y, según se supo el pasado día 23, no ha hallado ninguna irregularidad. Como es norma en el gremio, y en ese aspecto no hay distingos, a esta hora del jueves, día en que escribo, 'EM' aún no ha dado cuenta del desenlace.

Voz Pópuli, 27 de julio de 2018

martes, 24 de julio de 2018

Sacerdotisas, al fin

En su peripecia igualitaria, la mujer ha conquistado una cima impensable o acaso inadvertida: la retransmisión televisiva de partidos de fútbol. En el pasado Mundial, la locutora brasileña Isabelly Morais narró para Fox Sports el debut de la ‘penta’ contra Suiza, y sólo cinco días después, la británica Vicki Sparks, tertuliana habitual de Final Score, el programa decano de los ‘estudio-estadio’ europeos, puso voz al Portugal-Marruecos. En España, la periodista que está llamada a hollar ese ocho mil es Natàlia Arroyo, comentarista de Bein Sports (así ensalzaba sus análisis el técnico del Betis, Quique Setién), cronista del diario Ara (se ocupó durante un tiempo del RCDE y como quiera que sus piezas eran las que despertaban mayor interés, le asignaron el Barça; hasta los cronistas nos roban) y seleccionadora catalana.

Cualquier deporte que lleve adosado el adjetivo ‘femenino’ implica un consenso sobre las limitaciones. El sexo es un hándicap tan natural como la edad, de ahí que las hazañas de las mujeres y los alevines se celebren con un deje inexorable de arrogancia. Mal que nos pese, de las chicas no se dice que son marcianas, sino que son messis, ¡ronaldinhas! Pero una locutora no sólo puede medirse con Víctor Hugo Morales, Matías Prats o Héctor del Mar, sino que está obligada a ello. Como es fama, todas esas leyendas empezaron de críos, recitando alineaciones frente al palo de una escoba o, en demediado delirio (¡bien lo sé!), cantando sus propias jugadas de forma simultánea (y en tercera persona, como Hugo Sánchez). En casi todos los cursos de mi colegio había una chica que prefería el fútbol a la comba, pero nunca conocí a ninguna que ‘jugara’ al carrusel deportivo. Ignoro si Sparks o Morais cumplieron de crías con ese rito iniciático. Sea como sea, tan asombroso como una mujer oficiando es un hombre dejándose oficiar. Por eso el progreso es general.

The Objective, 24 de julio de 2018

viernes, 20 de julio de 2018

Barcelona, puerto franco


Me alertó la menor de mis hijas mientras rodeábamos la estatua en autobús. “En el dedo de Colón han puesto algo.” Como quiera que no acertábamos a identificar el objeto, tecleé en el iPhone ‘Barcelona’ + ‘Colón’ + ‘Activistas’. Y ahí estaba: “Dos escaladores, activistas de la organización Proactiva Open Arms, han colocado este miércoles un chaleco salvavidas gigante en la estatua de Cristóbal Colón en Barcelona, coincidiendo con la llegada al puerto del barco Open Arms con 60 migrantes a bordo”. (Migrantes, sí, como las golondrinas en invierno.) No era la primera vez que miembros de un movimiento social, ONG o similar se encaramaban al monumento para quebrar el skyline de la ciudad con un reclamo reivindicativo. En 1991, dos insumisos al servicio militar obligatorio se encerraron en la cúpula tras inutilizar el ascensor y desplegaron una pancarta, no recuerdo si alusiva a la mili, los objetores presos o la guerra del Golfo, por ahí andaría. Lo que distingue aquella acción de la del pasado 4 de julio es que la segunda fue el colofón a una campaña puesta en marcha por el Ayuntamiento de Barcelona, primer agitador de la ciudad. Ese mismo día, del balcón de su sede, en la plaza de San Jaime, colgaba, además del preceptivo lazo amarillo, una pancarta de bienvenida al barco Open Arms con la inscripción ‘Barcelona, puerto seguro’. 

Desde que Ada Colau ejerce de alcaldesa, buena parte de las causas que defiende Barcelona en Comú han tenido eco en la fachada del edificio, relegando a lo exiguo el escudo que proyectara Molina i Casamajó, único emblema que debería distinguir a la Casa de la Ciudad. Así, además del lazo amarillo y el ‘safe passage’ (con la aberración que supone situar en idéntico plano a quienes huyen de la guerra y de la miseria y a quienes, como gobernantes de una próspera región de Occidente, se dieron al capricho de violentar la ley y azuzar a una mitad de la población contra la otra); aparte de tan antitéticas proclamas, en fin, hemos visto pancartas con los lemas ‘Llibertat presos polítics’, ‘Més democràcia’ (un modo como otro de insinuar que en España no la hay), el recurrente ‘Welcome Refugees’, una declaración de huelga por el 8-M, el arcoíris LGTBI y un estupefaciente ‘The planet first’, para que los turistas sepan cómo se las gasta la alcaldesa con Trump. 

El consistorio es hoy un top manta ideológico, en cabal reflejo del top manta textil que se extiende por el casco antiguo a rebufo de la retórica de integración, sindicación, cooperativismo… En la certeza de que no hay mejor solución para un problema que declararlo irresoluble, Colau y su equipo no plantean otra medida que la invocación de las causas. Así, la proliferación de manteros, lejos de interpelar al Gobierno municipal, constituye una expresión del desequilibrio estructural entre el Norte y el Sur, un asunto, en fin, sobre el que poco o nada podemos hacer, salvo sensibilizar a la población. E idéntico tratamiento merecen el vandalismo ultraizquierdista o las algaradas nacionalistas.  ¿Que la muchachada de Arran asalta un autobús turístico, como sucedió no hace mucho? Se trata de “una iniciativa simbólica, una de las tantas que se producen en la ciudad” [el vandalismo como iniciativa que se produce], y que hace necesario impulsar un debate sobre la gentrificación. ¿Que los CDR okupan la antigua cárcel Modelo? Lo que en verdad merece nuestra repulsa es que el Estado español pisotee los derechos y las libertades de los dirigentes independentistas. Entre los efectos más lesivos del trienio populista en Barcelona se halla la supeditación de cualquier posibilidad de progreso a un magma de razones inconsútiles que van de Chomsky a Montalbán, concejales áulicos. Si Manuel Valls aspira finalmente a la alcaldía, el primer punto de su programa ni siquiera ha de ser el restablecimiento del orden. Habrá que ir más allá: habrá que restablecer la política.

Voz Pópuli, 20 de julio de 2018