jueves, 18 de febrero de 2016

Los 'activistas' de Terra Lliure


En sus años de periodista en El Punt, el hoy presidente de la Generalitat de Cataluña, Carles Puigdemont, reservó a Terra Lliure el sintagma "organización activista catalana" y a ETA el de "organización vasca", abominó de los Juegos Olímpicos del 92 por españoles y relativizó las agresiones a miembros del Partido Popular. A su juicio, el "tiro al popular" (como llamó al lanzamiento de huevos a los dirigentes peperos durante la ofrenda floral de la Diada) eran "preferibles a los saludos a la romana".

Cuando, hace unas semanas, la periodista Mònica Terribas, en El Matí de Catalunya Ràdio, calificó a Carles Sastre y otros antiguos militantes de la organización terrorista Terra Lliure de "históricos del independentismo combativo", el diputado Carles Puigdemont debió de asistir con perplejidad, quién sabe si desdén, a la controversia que siguió al programa. Entre otras razones, porque también él hizo suyo, mientras ejercía de periodista en El Punt, el lenguaje balsámico con que, históricamente, el nacionalismo ha venido legitimando, o cuando menos atenuando, el terrorismo de barretina. Así, en una noticia aparecida el 31 de julio de 1988, el actual presidente de la Generalitat de Cataluña, a la sazón jefe del área de Política del rotativo gerundense, se refería a Terra Lliure como "organización activista catalana" y asumía sin ambages la terminología de la banda, que se presentaba a sí misma como "vanguardia armada de la lucha por la liberación nacional". Al pie de la pieza, en un aparte sobre la expectativa de una negociación entre el Estado y ETA, Puigdemont alude a este grupo como "organización vasca", sin más. El documento de Terra Lliure que era objeto de la atención de Puigdemont conceptuaba como un "accidente" el atentado de Hipercor, cometido por ETA un año antes.

Bajo el ala del redactor jefe del periódico, Joan Vall Clara (quien, casi veinte años después, tildaría a Ciudadanos de "inadaptados"), Puigdemont cultivó casi todos los géneros y no rehuyó debate alguno. A propósito, por ejemplo, del llamado Milenario de Cataluña, una de las habituales mixtificaciones históricas promovidas por el Gobierno de Jordi Pujol, lamentó que el nacionalismo hegemónico no apuntara al futuro con el mismo ahínco con que revisaba el pasado. "Sin el conocimiento de la historia", escribía con apenas 26 años, "no podría existir el sentimiento de Nación, pero conviene tener presente que no todos los que se llaman nacionalistas están dispuestos a participar en el proyecto de futuro que se hará necesario cuando los catalanes hayan entendido, en perspectiva histórica, la importancia del Milenario".

Entre los asuntos que, ya por aquel entonces, ocupaban al joven Puigdemont, se hallaba la imagen exterior de Cataluña. Fruto de esa inquietud fue la publicación, a principios de los noventa, de Cata... què?, un breve ensayo sobre el modo en que la prensa extranjera tendía a reflejar la "realidad nacional" catalana, y en que el autor exhibía su execración de los Juegos Olímpicos del 92. A su entender, ese acontecimiento "ayudó poco a proyectar una imagen de Cataluña como nación diferenciada de España, sobre todo porque, durante los últimos días de competición, las manifestaciones de catalanidad fueron desplazadas a un segundo término en beneficio de los símbolos de la cultura española". Al hilo de este desvelo, y tras un Barça-París Saint-Germain de Liga de Campeones, Puigdemont se congratula de la admiración que profesan por el Barça los locutores de la televisión francesa TF1, de quienes afirma que durante la retransmisión de los partidos de este club "siempre utilizan el gentilicio 'catalán' para definir a los jugadores". "En ningún caso", remarca, "se refieren al Barça como club 'español'". Y concluye: "El marco de referencia [sic] que utiliza TF1 para hablar del Barça suele ser mucho más favorable que el que utilizan por todas las cadenas españolas".

Ese mismo año, en una columna titulada 'Jerarquía', el hoy jefe del Ejecutivo autonómico describe como "deporte" el lanzamiento de huevos a miembros del Partido Popular durante la ofrenda floral de la Diada. "Tiro al popular", llama concretamente a dicha práctica, una "gamberrada" que, en cualquier caso, le parece "preferible a la pública apología del fascismo hecha en nombre de la Hispanidad". Por si no había quedado claro que para Puigdemont hay agresiones que despiertan comicidad y agresiones del todo punto despreciables, va el remache, que incluye, como es habitual en esta clase de enjuagues, el preceptivo condón en forma de adversativa: "Siempre me parecerá mucho más civilizado un huevo estrellado en la testa de un notable (por más respecto que merezcan, que me lo merecen) que un saludo a la romana".

No es la única relación de jerarquía en la que incide. En su última etapa como columnista de El Punt, aplica un prisma idéntico a Mossos d'Esquadra y Guardia Civil. En esta ocasión, a cuenta de la tortura. Así, pone en duda que sea de justicia poner continuamente bajo sospecha a la policía autonómica catalana, sobre todo cuando los "incidentes" de que se la acusa (vejaciones, humillaciones, maltratos) eran, dice, "moneda de cambio cuando estábamos en manos [sic] de la Guardia Civil".


El Mundo, 7 de febrero de 2016

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