El oprobio se repitió en 2004, cuando, a raíz de las protestas de las víctimas del terrorismo contra la candidatura de La pelota vasca, nuestros sanitarios del celuloide se manifestaron a favor de la libertad de expresión. Por prurito de dignidad, los productores Eduardo Campoy, César Benítez, Enrique Cerezo, Andrés Vicente Gómez y Francisco Ramos, divulgaron este comunicado:
«Nuestro colectivo, tradicionalmente tan individualista, peca en ocasiones –aunque suene contradictorio- de actitudes gregarias. Este año no ha funcionado una consigna, como el NO A LA GUERRA del año pasado, y ante la necesidad de seguir una estela colectiva, pero sin líneas definidas, se ha producido un auténtico desconcierto. Al final hay mucha actitud mimética y ante la necesidad de defender la libertad de creación, rechazar a ETA, apoyar a las víctimas y rechazar el orden establecido, se ha perdido de vista lo más importante, lo que está por encima de cualquier consideración, lo que hay que decir a voz en grito: NO A ETA.
No he dejado de ir a ver una película o una obra teatral porque las opiniones del autor o los actores me desagradaran. Me precio de haber sido un habitual de los estrenos de Almodóvar, Trueba, Aranda, Garci, Amenábar, Bigas… También de los de la compañía Animalario, siquiera por rebañar algún destello de genialidad de Guillermo Toledo.
Ahora bien, la suspensión de la incredulidad tiene un límite. Cómo seguir admirando, por ejemplo, a Marisa Paredes, sin ver a la mamarracha que lleva fuera. Cómo apartar de la filmografía de Almodóvar al individuo que gimotea contra la derecha. Cómo distinguir al Coque Malla artista del Coque Malla tuitero que dejó ese «Bravo» al saber que Sánchez no dimitía. No, no es sectarismo. Es la decepción de ver cómo discurren, orgullosos de su indigencia cognitiva, sin que el rubor los abrume, tipos que deberían dedicarse a sus labores, y sólo a sus labores.
The Objective, 5 de mayo de 2024
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