domingo, 2 de julio de 2017

Un viejo dentro


Pasan en el 33 un documental sobre Raimundo Amador, en quien sólo acierto a ver la ausencia de su hermano Rafael. Con Rafael me ocurre algo parecido; lo que en realidad veo de él es la ausencia de Camarón. Y así, entre ausencias entreveradas de ausencias, voy tramando una discografía. En uno de los pasajes del documental, Raimundo habla de José y se le aviva la sonrisa, como si a la sombra del príncipe todavía fuera posible la inocencia. Cuando los Amador metieron 'Camarón' en su Blues de la Frontera, el mismo José les dijo que no había sabido encontrarse en aquel homenaje. Con los desprecios no tuvo tantas dificultades. A Camarón le despreciaron tanto que llegaron a atribuir su audacia a las malas compañías; cómo iba él a concebir ese flamenco rabioso, tan fieramente distinto que más que de Jerez parecía de Calcuta. No, el responsable no podía ser él, sino esos hippies que le habían ido descuadrando el cante hasta convertirlo en un rolling stone. Ay, los puros.

Durante la grabación de Pasaje del agua, el gran disco de Lole y Manuel, Camarón se quedó maravillado con la porfía rockera del productor, Ricardo Pachón. De aquel pellizco, en parte, surgió La leyenda del tiempo, un disco tan moderno que al poco de salir parecía un fósil atrapado en ámbar. El próximo julio hará 20 años de su muerte y seguirá sin haber una web que dignifique su figura. Es teclear 'Camarón' y encontrarse con la misma mugre de gasolinera que supuraban sus cintas.

En el verano de 1992 no había internet, y pasé más de una madrugada pegado al transistor acechando el desenlace. Hasta que el día 2 el boletín escupió la noticia. Hay algo que no logro quitarme de la cabeza, y es lo que Camarón le dijo a su madre cuando se supo morir: "¿Qué es esto que tengo?". El País arropó su figura con un pie de foto luminoso: "Nace una leyenda gitana". Fue verlo en portada y sentirme orgulloso de mi diario de entonces, que traía un editorial titulado "El Picasso del cante". Y estas palabras del Tomate: "¿Ahora a quién le toco yo?". A Camarón lo enterraron en San Fernando como si fuera Bruce Lee. 

Estos días, por cierto, el corresponsal de El País en Buenos Aires, Francisco Peregil, informa de la expropiación de YPF. Cada vez que doy con una pieza suya recuerdo la lectura alucinada de su biografía de Camarón, El dolor de un príncipe. La canónica, lo sé bien, es la de Enrique Montiel, pero carece del asombro de la primera, y sin asombro no hay periodismo. Con todo, la cima literaria de la camaronería llegó hace dos años de la mano de Montero Glez y su Pistola y cuchillo. Es ficción, de acuerdo, pero ya no es posible hablar de Camarón sin haber pasado por esas páginas, como no es posible evocar sus manos sin la lente de Alberto García-Alix. 

Yo quise ser Camarón, ahora que lo pienso. Tan sólo hacía falta pedir otro whiskito, meter el mentón como lo hace Morante y creer en los milagros. 


 Jot Down Magazine, número 1; junio de 2012

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