miércoles, 2 de octubre de 2013

El periodista técnico

Hace poco, mientras visitaba a un amigo en la redacción de un periódico barcelonés, reparé en que esta era en verdad un apéndice de una oficina mayor. Al preguntar por ello, mi amigo me aclaró que estaban ‘realquilados’ en la sede de una editorial de revistas técnico-profesionales. Ya saben: industria maderera, manutención y almacenaje, modelismo y maquetas. Esas revistas. Al pasar frente a uno de los revisteros no pude evitar sonrisa de tango. En mi caso, el recuerdo tenía que ver con los cuatro años que pasé en Astoria Ediciones.

Corría el mes de noviembre de 1997 y, tras unos meses en paro, mis expectativas de lograr un trabajo como periodista eran ya muy exiguas, hasta el punto de que empecé a plantearme la posibilidad de opositar a ninguna parte. Venía de trabajar en una vertiginosa barra nocturna desde la que vi pasar demasiados trenes, y a menudo por partida doble. Eso no quiere decir que no tuviera práctica en el oficio de redactor. Antes que en la barra, había trabajado en la revista El Ciervo, dirigida por Rosario Bofill y Lorenzo Gomis, pero la experiencia fue tan castrante (me dedicaba casi exclusivamente a corregir erratas de imprenta en horario de oficina), que el periodismo y yo nos dimos un tiempo; eso, claro está, en el supuesto de que aquel trabajo hubiera tenido algo que ver con el periodismo. Agotado el subsidio y con la autoestima en low battery, sonó el teléfono de casa de mis padres. “Buenas tardes, querría hablar con don José María Albert (me pareció notar que estiraba el nombre, a semejanza del locutor José María García). Mi nombre es José Martín, de Astoria Ediciones.” Acudí a la entrevista con el único traje que tenía, que era el mismo que vestía en bodas y entierros, si bien la prenda no delataba el trajín al que la venía sometiendo. Por lo demás, el histérico entusiasmo con el que, cada cinco o seis segundos, me iba sacudiendo las solapas, dejaba a las claras que aquélla no era mi vestimenta habitual, sino mi segunda o tercera equipación.

-Se preguntará por qué necesito un redactor.

-Pues no, no me lo había preguntado. Una baja por maternidad, quizá, o la marcha de uno de los redactores.

-En efecto, el tercer redactor nos ha dejado. No le diré que ‘tirados’, pero casi.

-‘El tercer redactor’.

-El individuo (por llamarle de algún modo) que nos acaba de dejar, fue, cuando se incorporó hace seis meses, nuestro tercer redactor. Las otras dos redactoras llevan ya bastante con nosotros. Así que, en caso de que usted supere la selección y acepte las condiciones, pasará a ser el tercer redactor, y confío en que por algún tiempo más que su predecesor. Ya le adelanto que aquí hay mucho trabajo y poco dinero, o sea que si ha venido usted a eso, a ganar dinero, esta no es la empresa adecuada.

-No era mi intención, no.

-Le decía que ahora mismo tengo dos redactoras. Y no es que esté descontento con ellas, no: son buenas chicas, sacan el trabajo… Cumplen, en definitiva. Pero ¿sabe?, precisamente por eso, porque se limitan a cumplir, hace ya un tiempo que han dejado de… han dejado de… cómo se lo diría…

-¡Ya no le entusiasman!

-Mmm… Va por ahí, sí, pero no acaba de ser eso.

-¡Ya no le sorprenden!

-Bueno, lo cierto es que sorprenderme, me han sorprendido más bien poco… En fin, se lo diré claro, José María, lo que pasa entre mis redactoras y yo, hablando pronto y mal, es que ya no me ponen. Dígame, ¿usted tiene novia?

-Sí, sí. Cristina, se llama.

-Y digo yo que le tocará las tetas.

-….

-En el cine, por ejemplo … ¿No se las toca?

-Bueno, es que vivimos juntos.

-Ah, viven juntos. Eso cambia las cosas, claro. ¿Y desde cuándo dice que salen?

-No mucho, va para medio año. Bueno, y yo al principio la dejé y estuvimos un tiempo en que no sabía muy bien qué hacer, porque a mí comprometerme me daba un poco de vértigo, pero claro, el caso es que ella me gustaba, así que volvimos, y yo creo que fue al poco de volver cuando le dije, “mira, Cristina…”

-Claro, claro, los comienzos… Pero dígame: ¿le toca usted las tetas o no se las toca?

-Hago lo que puedo, créame.

-Bien. ¿Y a que al tocárselas ahora no es lo mismo que al principio, cuando se las tocaba en el cine? Bueno, digo en el cine pero igual a usted el cine no le gusta.

-¡No va a gustarme! 

-¿Y cuándo se ponía más cachondo: en el cine o ahora, cuando se las toca en casa?

-En el cine, dónde va a parar.

-Pues lo mismo me pasa a mí con mis redactoras. No, no vaya usted a pensar que les toco las tetas, no; yo las tetas sólo se las toco a mi mujer; bueno, a decir verdad se las tocaba, y si no ya me dirá usted dentro de unos años, aunque claro, lo que a mí no me sobra son precisamente años…

-No diga eso, José.

-Jefe.

 -¿Perdón?
 
-Mis empleados me llaman ‘Jefe’.

-Entonces, ¿estoy contratado?

-La verdad es que tiene usted posibilidades, pero no, no está contratado. Todavía he de ver a otros dos candidatos. Pero supongo que antes querrá conocer las condiciones.

-Ah, claro, claro. Porque, a todo esto, ¿qué clase de revistas publican?

La joya de la corona de Astoria Ediciones era Noticiero Textil, una revista con aspecto de viejo tabloide que no era sino una copia del prestigioso quincenal francés Journal du Textile. Pero eso lo sabría después. En aquel momento, mientras Martín me mostraba la revista con el orgullo desatado del que muestra la foto del nieto, me pregunté cómo demonios podían tres personas llenar cada mes esas noventa y seis páginas.

-Como verá, la revista consta de un gran reportaje, una entrevista a fondo a un empresario del sector textil y un editorial (que escribo yo). El resto de las secciones sigue la pauta de lo que sería el proceso textil. Supongo que sabrá de qué le hablo.

-…

-Grosso modo, el proceso textil comprende las fases de hilatura, tisaje, acabados, confección y distribución, y cada una de esas fases comprende, a su vez, múltiples subfases. Ya lo irá usted viendo. Una de las secciones de Noticiero que a usted le correspondería es ‘Maquinaria de cabecera’. Un tanto árida, a qué andarse con rodeos. A cambio, se hartará de ir a desfiles de lencería, porque su otra sección sería ‘Moda íntima’

En cierta ocasión, tomando unas cervezas en el bar de la facultad con cuatro o cinco compañeros, nos dio por sincerarnos respecto a nuestras ambiciones profesionales, eufemismo que encubría lo que esperábamos de esta vida. Uno dijo que si El País, el otro que reportero de guerra, un tercero que presentar el telediario… Hasta que llegó el turno de Vidal, la mirada en el vacío.

-La verdad, la cruda verdad, es que vamos a acabar trabajando en una revista de taekwondo.

Lo dijo con la histérica lucidez de esos personajes que, en las películas de terror, vaticinan la general escabechina.

Pues bien, lo que tenía ante mí, esa revista que Martín iba mostrándome sin ahorrarse los detales más escabrosos (“vea, vea, en este número entrevistamos a un jefe de ventas de Cortefiel”); esa revista, decía, fue algo así como mi particular descenso a los infiernos del periodismo taekwondo, que es (y esta fue la única fisura en el vaticinio de Vidal), un subgénero del periodismo bélico.

Estuve cuatro años escribiendo sobre perchadoras, remalladoras, maquinaria para la tintura, tejedoras, plegadoras, enrolladoras, máquinas de corte… De cuando en cuando, eso sí, me tocaba ir a algún que otro desfile de lencería, aunque la verdad es que no me prodigué demasiado porque no había tiempo para ello. No en vano, además de llenar Noticiero Textil (la revista no se elaboraba, se ‘llenaba’; o, por ser más precisos, ‘se rellenaba’, ya que nuestro verdadero cometido consistía en tejer (¡nunca mejor dicho!) un simulacro periodístico alrededor de los anuncios, única fuente de ingresos de la editorial); además de Noticiero Textil, decía, había otras dos revistas que rellenar: Optimoda, que se distribuía en ópticas, y Restauración Actualidad, un cajón de sastre dedicado a la hostelería. En Optimoda me ocupé de las lentes (incluidas las de contacto), y en Restauración Actualidad, de las bebidas.

Hubo días en que escribí de sostenes con efecto push up a primera hora de la mañana; de tricotosas, después del bocadillo de las once; de lentillas al mediodía y, ya por la tarde, del gran momento por el que atravesaban los whiskys de malta. No, no crean que me convertí en un multiexperto; entre otras razones, porque eso que llaman periodismo especializado es, las más de las veces, una impostación atildada. O, si prefieren, postureo con ínfulas. (Bien pensado, el término ‘multiexperto’ no parece del todo inadecuado. Qué es un periodista sino eso precisamente, un multiexperto, un experto en vaguedades.)

Hasta mucho después de dejar Astoria, no fui consciente de lo mucho que allí aprendí, de lo decisiva que fue aquella experiencia para desacralizar la escritura, para inmunizarme ante el miedo a la página en blanco y demás cursiladas, para descartar de una vez y para siempre que hubiera hechos inenarrables, pues nada lo sería más que una esmeriladora, un compactador de borras o el último grito en pantis.


Unfollow, 29 de septiembre de 2013

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